Aguas fuertes

Chapter 9

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Y si esta era la conducta de los grandes ingenios, de los hombres más eminentes, calcúlese cuál sería la de los adocenados, los que no pudiendo elevarse hasta ellos por la belleza de las obras imitan su vida exterior y hasta pretenden oscurecerla (y a veces lo consiguen) por medio de enormes extravagancias y atrocidades. Hubo una época en que la bohemia invadió toda la literatura. Para ser literato era preciso no sólo ser un perdulario sino afectarlo; vivir a la ventura, no pagar a la patrona (este era el artículo primero del código bohemio), dormir algunas veces al aire libre, rodar noche y día por los cafés, pedir dinero a todo el mundo con resolución de no devolverlo, ponerse las camisas y las botas de los amigos, _dar mico_ al sastre, jugar, emborracharse, etc., etc. Los que tenían gracia solían emplearla en estas cosas y se hacían célebres. Todavía se cuentan con entusiasmo las pasadas que a sus patronas, sastres y zapateros han jugado algunos escritores de menor cuantía, y hay quien les admira por ellas más que por sus obras: quizá tengan razón, porque estos literatos tan chistosos para no pagar, no solían serlo tanto para escribir.

De la falange de los bohemios, que repito comprende la mayor parte de los escritores que han parecido de treinta o cuarenta años a esta parte, algunos, muy pocos por supuesto, han conseguido inmortalizarse con sus escritos; otros abandonando la literatura se han hecho personas formales y han entrado en la política o los negocios: éstos son los que mejor han librado; pero uno que otro, o más viciosos o más soberbios o menos aptos han persistido con extraña tenacidad en su vida aventurera y en sus costumbres abyectas que los han conducido rápidamente a un abismo de degradación. El representante genuino de estos últimos, el más empedernido, el que gozaba de más notoriedad era Pelayo del Castillo, fallecido recientemente en el hospital. Este desgraciado fue víctima de su indolencia y de sus vicios, pero en parte también de las ideas dominantes en su tiempo acerca del papel que en el mundo debe el literato representar. Si en vez de celebrarse como chistes los vicios, el desaseo, la desvergüenza y el desarreglo de las costumbres, se consideraran como graves y repugnantes defectos, ni éste ni otros desdichados hubiesen llegado a tal extremo de miseria. Nada hay tan funesto como presentar al hombre un ideal que no esté de acuerdo con los preceptos de la virtud y halague al propio tiempo sus malas propensiones.

Por fortuna el ideal ha desaparecido y sus representantes no tardarán en desaparecer. El literato ya no pide a la sociedad privilegios inmorales: es un hombre que debe trabajar como los demás y sacar el mejor partido posible de sus productos. Si no puede vivir de la pluma, porque en España no existan todavía medios de remunerarle cumplidamente, debe alternar sus ocupaciones literarias con otras de diversa índole. Si puede vivir, aunque sea modestamente, debe trabajar diariamente como cualquier otro obrero. Claro es que no se le han de exigir las mismas horas de trabajo que a un covachuelista, porque el del escritor es más intenso; pero se marcará las que sin detrimento de la salud pueda llenar. La teoría de la inspiración es falsa y ridícula: la inspiración acude delante de las cuartillas y de los libros, no en las mesas de los cafés ni en las salas de juego: cuando no gusta lo que se ha escrito, se rompe y se escribe de nuevo preparándose convenientemente con el estudio y la meditación; pero no se van a buscar ideas a la ruleta.

Hay ejemplos irrecusables que comprueban la verdad de lo que acabo de manifestar. El hombre más inspirado del siglo XIX, Víctor Hugo, el inmortal autor de las _Hojas de Otoño_, trabaja diariamente un número crecido de horas. Balzac, el coloso que rivaliza con él, trabajó más que nadie en el mundo. Ni uno ni otro han necesitado esperar la inspiración jugando a las siete y media. No obstante, es fuerza declarar que para hacer lo que estos hombres, además de su ingenio soberano, se necesita un gran vigor corporal que pocos poseen: mas a nadie se le pide sino lo que puede ejecutar buenamente. En España tenemos dos ejemplos notabilísimos: uno es el del primero de los oradores contemporáneos, D. Emilio Castelar, el cual se puede decir que trabaja de la salida a la puesta del sol como el último obrero, haciendo sudar a todas las prensas del orbe y atendiendo al propio tiempo a sus tareas políticas: es de la raza de los atletas como Víctor Hugo y Balzac. Otro es el ilustre novelista D. Benito Pérez Galdós, embebido noche y día en un intenso trabajo literario, aprovechando todos los momentos de la existencia para preparar y escribir sus obras inmortales.

Abandonemos, pues, para siempre el romanticismo bohemio, plaga de nuestra literatura, que degrada al escritor y lo pone a merced de los intrigantes políticos y de los especuladores avaros. El literato necesita independencia, un relativo bienestar y sosiego para entregarse a su trabajo, el cual de esta suerte se hace leve y ameno. Nada me aflige tanto como ver a un hombre ilustre y respetado en la república de las letras, arrastrarse a los pies de cualquier político estólido en demanda de un destino o una pensión: me parece que aún subsiste aquel doloroso estado del tiempo de Cervantes, en que los literatos eran los domésticos de los magnates; aún peor hoy, pues que tienen que adular a los que han sido sus compañeros, a quienes han aventajado siempre en el talento, y que por dedicarse a la política, maltrechos quizá en la literatura, ocupan altas posiciones y otorgan mercedes.

Pero si todavía es poco lisonjera la situación del escritor en España, en el horizonte se divisan ya señales de un nuevo y mejor estado. De algunos años a esta parte ha mejorado notablemente el aspecto económico de las letras: ya los autores o poetas que abastecen el teatro, pueden vivir de sus obras, y dentro de algunos años tal vez los que escriben libros y artículos puedan hacer lo mismo. Se fundan casas editoriales serias y acaudaladas en sustitución de los editores sórdidos e ineptos que antes se lucraban con la miseria del escritor; muchos literatos administran sus obras con acierto, otros se hacen pagar dignamente, y casi han desaparecido los necios que por verse en letras de molde escriben de balde. En este respecto, preciso es confesar que la población de España que más está haciendo para procurar independencia al literato, beneficiando sus obras con habilidad en la península, explotando los mercados de América para nosotros cerrados hasta ahora y arriesgando fuertes capitales en este negocio, es Barcelona. Siguiendo de tal suerte, y si Madrid no trabaja algo más en pro de las artes y las letras patrias, barrunto que pronto será Barcelona el centro intelectual de España.

LOS AMORES DE CLOTILDE

(NOVELA)

En el cuarto de Clotilde, primera actriz de uno de los teatros más importantes de la capital, se reúnen todas las noches hasta media docena de amigos. La tertulia dura casi siempre tanto como la representación; pero tiene algunos paréntesis. Cuando la actriz necesita cambiar de traje se dirige a sus tertulios con sonrisa graciosa y ojos suplicantes:

--Señores, ¿me dejan ustedes un momentito?... un momentito nada más.

Todos se van al saloncillo y aguardan con paciencia: me he equivocado, no todos, porque el más joven de ellos, que estudia hace tres años el doctorado de medicina, aprovecha la ocasión y va a dar una vuelta por los bastidores a estirar un poco las piernas y a pescar algún beso descarriado. Pero en fin, la mayoría espera paseando o sentada a que Clotilde entreabra la puerta y asomando su cabeza de reina o de villana, según el papel que va a representar, les grite:

--Adelante, caballeros... ¿He tardado mucho?

Para D. Jerónimo siempre. Es el último que sale refunfuñando y el primero que entra en el cuarto. No acaba de transigir con esta púdica costumbre: y aunque no se atreva a expresarlo, allá en el fondo de su pensamiento encuentra poco cortés que se le eche de su asiento para que aquella mocosita se vista: ¡a él que hace treinta años pasa la vida entre bastidores y ha sido el íntimo de todas las actrices y actores antiguos y modernos!

Tiene cincuenta y cuatro años, y es empleado en el Ministerio de Ultramar desde los veinticinco. Todos los Gobiernos le han respetado como una rueda indispensable de la maquinaria administrativa de las colonias: soltero y mártir de las patronas. Allá en su juventud se cuenta que escribió un drama que le valió una silba y la entrada por toda la vida en el escenario de los teatros. Resignado o no resignado con el fallo del público, dejó de escribir dramas y adoptó el noble papel de protector de autores y artistas desconocidos y de empresas arruinadas. El joven provinciano que llegase a Madrid con un drama en el bolsillo, no podía emprender camino mejor para verlo representado que el de la casa de D. Jerónimo. Todo lo acogía con los brazos abiertos, malo y bueno. Sin embargo, como era asaz rudo en sus modales, no escatimaba a los autores noveles que se confiaban en él y le leían sus producciones, las censuras fuertes y hasta los insultos:--«Toda esa relación es puro fárrago; eche V. tinta sobre ella.--Pero venga V. acá, alma de Dios, ¿cómo quiere usted que un hombre que está a punto de matar a otro, suelte diez y siete décimas sin respirar!--¡Jesús qué disparate! ¡Amor platónico a una prostituta! ¡Usted se ha caído de un nido, joven!» El que entendía un poco la aguja de marear no se incomodaba, seguía adelante y al terminar depositaba el manuscrito en manos de D. Jerónimo. Y era bien seguro que el drama se ponía en escena. El veterano de los bastidores ejercía mucho ascendiente con ribetes de miedo sobre empresas y cómicos: cuando se incomodaba ¡tenía una lengua! Si el drama era silbado, protestaba lleno de ira contra el juicio del público y seguía protegiendo con más fuerza al autor. Si lograba buen éxito, callaba y sonreía voluptuosamente, pero no volvía a acercarse al poeta aplaudido. Cuando éste se quejaba de su desvío, respondía: «Usted ya ha demostrado que tiene alas; vuele V., amigo mío, vuele V., que yo tengo que soltar a otros pobrecitos».

Su vida privada ofrecía muy poco de particular. Todas las noches, al salir del teatro, se iba al café Habanero, donde cenaba constantemente un _beefsteak_ con una chica de cerveza. Y, según cierto amigo que le había observado repetidas veces, combinaba siempre su refacción con tal arte, que había de concluir al mismo tiempo con el último bocado de carne, el último de pan y el último sorbo de cerveza.

Esta noche la tertulia se presenta muy animada. Los amigos de la actriz charlan y ríen más que de costumbre. Don Jerónimo, embozado en su capa (es privilegio), arrellanado en el sillón de la esquina y con un empedernido cigarro en la boca (es privilegio también), deja escapar famosos chistes, que a veces obligan a los tertulios a dirigir la vista hacia Clotilde y a colorearse levemente las mejillas de ésta. Don Jerónimo no lo echa de ver; la ha conocido tan niña, que se cree con derecho a prescindir de ciertos miramientos debidos a las damas; suponiendo que se los haya tributado en su vida a alguna, que no lo creemos. La ha conocido muy niña y la ha encaminado al teatro: cuando tropezó con ella vivía muy estrechamente aprendiendo el oficio de florista: hoy, merced a su talento, gana lo bastante para mantener con decoro a su madre y sus hermanas.

Es agraciada y simpática más que hermosa; la tez morena, los ojos rasgados y negros, lo más bonito de su rostro; la boca un poco grande, pero fresca con dentadura admirable. Está vestida de dama del tiempo de Luis XV, con una peluca blanca que le sienta a maravilla. No toma parte apenas en la conversación. Parece muy satisfecha con escuchar solamente, girando sin cesar sus ojos serenos de uno a otro interlocutor y sonriendo a menudo cuando se dirigen a ella.

Al llegar a cierto punto, se oye la voz del traspunte.

--Señorita Clotilde, cuando V. guste...

--Vamos allá--dice levantándose.

Se dirige al espejo, se da los últimos toques a las cejas y pestañas con el pincel, arregla con mano un poco nerviosa los tirabuzones de la peluca, la cruz de brillantes que lleva al cuello y los pliegues del vestido. Sus amigos guardan un instante silencio y contemplan estas maniobras distraídamente.

--Señores, hasta luego.

Y sale del cuarto seguida de su doncella, que le lleva recogida la cola, una espléndida cola de raso color crema.

--¡Cada día va estando más linda esta Clotilde!--dice el estudiante del doctorado, dejando escapar un imperceptible suspiro.

D. Jerónimo da una enorme chupada al cigarro y queda envuelto instantáneamente en una nube de humo. Por eso nadie advierte la sonrisa de triunfo con que acoge la observación.

--A mí también me parece más bonita cada día--dice otro tertulio;--pero creo que se ha modificado mucho su genio de algún tiempo a esta parte... Usted, pollo, no la ha conocido como nosotros... Era una loquita encantadora, ¡tan alegre! ¡tan traviesa!... Nadie podía estar a su lado de mal humor... Ahora la encuentro grave, triste casi siempre...

--Es verdad que me ha chocado la melancolía que hay en sus ojos...

D. Jerónimo dio otra enorme chupada al cigarro. Nadie vio el relámpago de ira que pasó por su rostro.

--Estos cambios, pollo, solamente los opera el amor.

--¿Algún novio?

--Eso... D. Jerónimo conoce bien la historia...

--Voy a contarla--dijo sordamente aquél desde el fondo de su embozo,--y crean ustedes que no es plato de gusto contar estas niñerías... Pero se trata de una chica a quien todos queremos y cuanto a ella se refiere debe interesarnos.

Hará cosa de tres años se presentó al director de este teatro un joven elegantemente vestido, con el manuscrito de un drama bajo el brazo. No hay nada en el mundo más imponente y aterrador que un joven bien vestido que lleva debajo del brazo el manuscrito de un drama. El director procuró escurrir el bulto, le dio algunos quiebros con maestría y varios pases, pero al fin fue cogido en la misma cuna; quiero decir, que el joven le convidó un día a almorzar, le llevó engolosinado ofreciéndole la perspectiva de unas cuantas docenas de ostras empapadas en Sauterne, y como postre le descerrajó el drama a quema ropa.

El drama era efectivamente _un tiro_. Pepe hizo lo que ustedes saben que se hace en estos casos; se admiró profundamente de la versificación, dijo ¡bravo! al llegar a ciertos pensamientos enrevesados, y por último propuso algunas reformitas en el acto segundo, con las cuales quedaría la obra que ni pintada.

El poeta incauto se fue a su casa muy complacido y se puso a trabajar con ardor en las reformas. Al cabo de quince días volvió a presentarse a Pepe; pero éste halló entonces el acto primero un poco lánguido y le aconsejó que a todo trance le diera más movimiento y lo acortase un poquito. En mover el acto primero tardó el poeta un mes: cuando se presentó de nuevo, el director, mostrándose muy admirado siempre de la versificación y de algunos pensamientos, manifestó algunas dudas respecto a que la obra fuese _teatral_. Que fuese _literaria_ no tenía ninguna, al contrario, le parecía que en ese concepto podía competir con las mejores de Ayala... pero teatral... realmente teatral... eso ya era otra cosa.

--¿Qué diferencia es esa, D. Jerónimo?... No entiendo...

--Pues se la explicaré a V., pollo. Llamamos entre bastidores, teatrales a las obras buenas y literarias a las malas.

--¡Ah!

Después de manifestar estas dudas, concluyó por proponer otras cuantas reformitas en el acto tercero.

Al fin el poeta comprendió, cosa verdaderamente maravillosa, porque los poetas, que todo lo comprenden, que saben por qué vuela tan alto el cóndor, ascienden a los cielos y bajan a los abismos y penetran el sentido íntimo de todas las cosas creadas, no son capaces de entender que sus obras a veces no gustan a los que las escuchan. Nuestro joven, a quien llamaremos Inocencio, recogió no poco mohíno su manuscrito y estuvo algún tiempo sin dar cuenta de sí; mas al fin, sin duda después de haber meditado profundamente, se presentó cierta mañana en casa de Clotilde. Excuso decirles a ustedes que llevaba el manuscrito debajo del brazo.

Esperó con paciencia en la sala a que nuestra amiga _hiciese su toilette_, y cuando ésta se presentó al cabo, vio delante de sí a un joven ruboroso, confundido, pero simpático y elegante, que la rogó con labio balbuciente le otorgase el favor de escuchar la lectura de un drama. Deben ustedes saber que a las mujeres les gusta mucho ejercer protectorados, muy singularmente sobre los jóvenes simpáticos y elegantes; así que no les sorprenderá que Clotilde escuchase con paciencia el drama y hasta lo hallase muy aceptable. El joven se confió a ella enteramente, depositando en sus hermosas manos el manuscrito, cual si fuese un niño recién nacido, y ella lo recogió como madre cariñosa y lo tomó bajo su amparo, prometiendo velar por su preciosa existencia y presentarlo en el mundo. El joven manifestó que esa resolución era digna de un noble corazón cuya fama había llegado ya a sus oídos. Clotilde contestó que no era bondad de su parte el trabajar porque el drama se representase, sino un acto de justicia. El joven dijo que le halagaba muchísimo esa idea, porque el inmenso talento de Clotilde y el acierto de sus juicios estaban bien reconocidos por todos, pero que no osaba forjarse tal ilusión. Clotilde declaró que había muchas reputaciones usurpadas en el mundo y que una de ellas era la suya, pero que en esta ocasión creía estar en lo firme. El joven replicó que cuando el río suena, agua lleva, y que cuando todo el mundo se empeña en admirar no sólo la singular belleza y la inspiración artística de una persona, sino también su claro ingenio y su brillante ilustración, era necesario bajar la cabeza. Clotilde dijo que no la bajaría en esta ocasión porque estaba bien persuadida de que el mundo se engañaba mucho acerca de lo que llamaba su talento y que no era otra cosa que un puro instinto. El joven puso el grito en el cielo contra esta mistificación, que no tenía absolutamente ninguna razón de ser; pero dulcificándose de pronto, mostrose profundamente conmovido ante la modestia de su protectora, y juró por todos los santos del cielo que jamás había conocido otra semejante. En fin, que el manuscrito fue ganando por momentos terreno en el corazón de nuestra simpática amiga, y que el joven se despidió de ella, embargado por la emoción, hasta el día siguiente.

Al día siguiente Clotilde se presentó al empresario y le arrancó, mediante la amenaza de rescindir el contrato, la promesa de llevar a la escena lo más pronto posible el drama de Inocencio. Este dio las gracias aquella misma tarde a su protectora y la hizo además su confidente. Pertenecía a una familia distinguida de provincia, aunque sin grandes recursos de fortuna; a probarla había venido él a Madrid, confiado únicamente en su ingenio. En el pueblo decían que tenía talento, y que si publicase en Madrid los versos que había insertado en _El Eco del Tajo_, hablarían de él como de Núñez de Arce y Grilo: no sabía si esto era cierto, pero sentía su corazón lleno de nobles propósitos, y amaba al teatro más que a las niñas de sus ojos. ¿Llegaría a ser un Ayala o un Tamayo? ¿Sería rechazado por el público? Era un misterio inextricable para él.

En esta sesión Clotilde averiguó dos cosas importantísimas; a saber: que Inocencio tenía un talento que no le cabía en la cabeza y que no había en Madrid quien se pusiera con más gracia la _chalina_. Excuso decirles que menudearon las sesiones confidenciales, y como resultado de ellas, que Clotilde sufrió todos los días la influencia fascinadora de esta chalina sobrenatural; a la postre se declaró vencida, entregándose a ella atada de pies y manos. La chalina se dignó alzarla del suelo y otorgarle la merced de su cariño.

--¿Cómo la chalina?--preguntó uno que dormitaba.

Don Jerónimo dio una inmensa, infernal chupada al cigarro en testimonio de desagrado, y prosiguió sin hacer caso:

--Por entonces empezaron los ensayos del drama de Inocencio, que se titulaba, si mal no recuerdo _Subir bajando_;... callen ustedes, me parece que era al revés; _Bajar subiendo_... En fin, de todos modos, era un gerundio y un infinitivo. Yo vi en seguida que se habían entablado relaciones amorosas entre nuestra amiga y el autor, y como realmente, por más que Inocencio fuese un mal poeta, según los informes de Pepe, parecía un buen muchacho, me alegré de ellas y las alenté en lo que pude. Clotilde se confesó conmigo, declarándome que estaba perdidamente enamorada; que sus aspiraciones ya no tenían nada que ver con el arte escénico, el cual le parecía una esclavitud insoportable; que su ideal era vivir tranquilamente, aunque fuese en una guardilla, unida al hombre que adoraba; que la mujer había nacido para ser el ángel custodio del hogar y no para divertir al público, y que estimaba ella más el reinar en una humilde vivienda iluminada por el amor que todos los aplausos de la tierra. En fin, caballeros, nuestra amiga se encontraba en pleno idilio.

Inocencio no estaba menos enamorado, al parecer. A menudo los encontraba paseando por los parajes solitarios del Retiro, a distancia respetable de la mamá, que se detenía oportunamente a contemplar los primeros botones de las flores o algún insecto curioso: las mamás, en esta época de crisis marital, tienen la obligación de ser admiradoras de las obras de la naturaleza. La parejita de tórtolas se detenía al verme y me saludaba ruborizada. No les puedo ocultar a ustedes, que aunque lo sentía por el arte, me alegraba de que Clotilde se casara: la mujer siempre necesita el amparo del hombre. Y lo cierto es, que eran dignos el uno del otro por la figura: Inocencio tenía una presencia muy simpática.

En el teatro no se hablaba de otra cosa más que de este matrimonio en ciernes. Todo el mundo se alegraba, porque Clotilde es la única artista desde el principio del mundo, que ha llevado a cabo la empresa, hasta ahora juzgada insuperable, de hacerse querer de sus compañeras.

Observé, no obstante... ya saben ustedes que soy observador; es la única cualidad que tengo; la observación, a la cual no dan importancia los autores ahora; hoy todo es hojarasca en los dramas, muchos rayos de luna, que se quiebran al pasar por el follaje de los árboles, mucha descripción de alboradas y crepúsculos, muchos símiles retorcidos... ¡Todo eso es!... Cuando algún autorcillo me viene con tales monadas yo le digo: ¡al grano, al grano!... El grano es el drama, que no existe en la mayor parte de los _idem_...

--¿Se enfada V., D. Jerónimo?