Chapter 8
Y no es eso lo peor. Debajo del árbol no se disfruta tampoco la paz y sosiego necesarios. Los mosquitos y moscones, las arañas, los cínifes y bichos de todo linaje no dejan un instante de atormentarle a uno con su zumbido cuando no con sus pinchazos. Excuso decir que me refiero a la nube de poetastros de todos sexos, edades y condiciones que, para escarmiento de pícaros, existe en la capital.
II
Voy a hablar de algunos de nuestros mosquitos más distinguidos. Conviene de vez en cuando sacudirse las moscas. Divídense en cuatro grandes familias a cual más perversa y endemoniada. La primera es la de los mosquitos _sentimentales_, que son los de apariencia más inofensiva, aunque en realidad haya motivo para guardarse bien de ellos. Tienen un zumbido dulce y quejumbroso, que al principio no molesta gran cosa, pero que llega a hacerse insoportable. De estos mosquitos, algunos empiezan a disgustarse de la vida así que entran a cursar la segunda enseñanza; salen generalmente suspensos en los exámenes, reciben innumerables coscorrones del jefe de la familia y se enamoran perdidamente y en secreto de una mujer de treinta años. Hasta aquí sus estragos no pasan del círculo de la familia; mas al llegar a los diez y seis años comienzan a hacer coplas amargas como la hiel, inspiradas por lo común en _La desesperación de Espronceda_, un estúpido y obsceno poema fabricado por algún estudiante de medicina para deshonrar el nombre del ilustre poeta. Estas coplas se escriben con lápiz mientras los papás se figuran que está allá en su cuarto enfrascado en el estudio, y sólo son admiradas de algún amigo discreto que recíprocamente presenta a su admiración otras coplas no menos amargas. Tal vez que otra estas coplas, que ruedan por los bolsillos de los pantalones hasta que se pudren, caen en manos de la mamá al tiempo de coser o acepillar la ropa: la mamá, claro es, no sabe lo que aquello significa, pero corre a mostrárselo al papá, ¡y aquí fue Troya! Éste considera a su hijo sumido en un piélago de liviandades, se pone lívido, lanza profundos suspiros de congoja, y después de un enérgico discurso, encierra al culpable bajo llave durante ocho días. La mamá, más dispuesta como mujer a los sentimientos dulces, acude a la religión y le lleva a confesar con un sabio jesuita, no sin que el joven poeta proteste sordamente, pues ya han huido de su atormentado espíritu las consoladoras creencias de los primeros años. Aunque pide perdón a su mamá y le promete no volver a escribir _porquerías_, el mosquito sentimental no puede prescindir de continuar zumbando a escondidas de su familia: las persecuciones, lejos de abatirle, encienden más y más el horno de su inspiración y le acaban de persuadir de que la copa de la vida está llena hasta los bordes de cierto licor ponzoñoso, y que él se encuentra obligado a apurarla hasta las heces. Un periódico semanal de la población se encarga de comunicar este su convencimiento al público, expresado en términos solemnes, aunque sin gramática. Desde esta fecha, nuestro mosquito comienza a gozar de una envidiable reputación que se extiende como mancha de aceite por toda la provincia.
No obstante, por más que la opinión favorable de sus paisanos sea un bálsamo precioso para cicatrizar las heridas del corazón, todavía no está satisfecho y medita seriamente un día y otro en venir a zumbar a Madrid, a fin de que se le oiga en todos los ámbitos de la península. El papá, que ya se va convenciendo de que su hijo, aunque haya salido suspenso en la mayor parte de las asignaturas, llegará a ser hombre célebre, consiente en hacer un sacrificio. Ya le tenemos en la Corte. A los cuatro meses justos publica una composición en cierta revista literaria; a los quince días otra, a los quince días otra, y así sucesivamente sigue zumbando periódicamente durante dos años. Al fin se decide a coleccionar sus poesías en un tomo. El papá vende una finca y le remite dinero. Pide un prólogo a Cañete, y este señor, que jamás se niega a tales cosas, dice al frente del libro en lenguaje castizo que hay en él composiciones muy lindas, y las cita; que el autor muestra por lo general mucha «elegancia, donaire y estro», y que el joven mosquito, si no se desgracia, llegará a ser un moscón insigne. Desgraciadamente, esta profecía permanece guardada como santa reliquia en el almacén de algún librero que ha aceptado el tomo _en comisión_. Transcurren meses sin que ningún humano venga en demanda del tomo de _Preludios_ (estos mosquitos casi siempre ponen a sus zumbidos algún nombre musical: preludios, arpegios, acordes, calderones, etc.), hasta que el librero se cansa de tener tanto papel inútil en el almacén y decide volvérselo a su dueño o comprarlo al peso. Esta es una de las soluciones. Otra consiste en que D. Modesto Fernández y González interponga su influencia para que el Ministerio de Fomento le tome quinientos ejemplares con destino a las bibliotecas públicas. Los súbditos españoles que las frecuentan no podrán menos de agradecer al Ministro el interés con que mira el cultivo de sus facultades imaginativas: todos los años les remite algunos miles de quintales de ternezas rimadas.
De todos modos, la falta de dinero es una de las causas primeras de mortandad en la familia de los mosquitos sentimentales. Los que consiguen sobrevivir a tal causa y llegan a dar una velada en el Ateneo de Madrid, están salvados. El Ateneo es para los mosquitos el oxígeno. Cuando alguno anda alicaído, asfixiado por la indiferencia del público y a medio morir, no tiene más que venir a leer ante esta docta corporación, y se le verá inmediatamente revolotear lleno de vida y alegría. El Ateneo, en achaque de versos, es de una potencia digestiva superior a la de los tiburones y avestruces. Los botones de metal y los pedazos de vidrio que dicen que estos animales digieren, no son nada comparados con los versos que yo he visto tragar en el Ateneo; un padre cariñoso no haría más por su hijo que lo que suele hacer este cuerpo docente por los mosquitos de que acabo de hablar.
III
Otra de las grandes familias en que se divide la especie de los mosquitos líricos, es la de los _filósofos_ o _trascendentales_. No tiene la misma fuerza reproductiva, y por consecuencia no es tan numerosa, pero en cambio es infinitamente más devastadora. El mosquito filosófico suele leer mucho, y está, por lo general, bastante enterado de las literaturas extranjeras; apunta cuidadosamente en un libro de memorias las frases brillantes y los pensamientos profundos y esmalta con ellos sus híbridos engendros; no es partidario del arte por el arte, ni gusta de la literatura frívola que sólo aspira a conmover y recrear; de las tres dimensiones de los cuerpos, longitud, latitud y profundidad, no admite más que la última. Es mucho más objetivo que sus colegas los sentimentales, y aun cuando manifiesta tendencias muy marcadas hacia el pesimismo, no llega a él por el camino puramente subjetivo y personal de aquéllos sino mediante el estudio reflexivo de los fenómenos y las leyes, por lo cual su pesimismo es siempre más lúgubre, más desgarrador, como que es el resultado lógico de un sistema, de un vasto y profundo concepto de la existencia. Desde niño se observa en él gran amor a lo general y mucho desdén por lo particular. Estas nobles aficiones le han perdido a menudo en los exámenes durante la segunda enseñanza: se empeñaba en contestarlo todo _a ratione_ y en resolver las más arduas cuestiones de plano y según le dictaba su alto entendimiento. En historia natural salió suspenso, porque habiéndole preguntado las clasificaciones, contestó que él no admitía clasificaciones en la naturaleza, que el mundo debía considerarse siempre en su unidad indivisible y permanente, y que todas las clasificaciones estaban sujetas a cambios incesantes, según los progresos que se hicieran en el estudio de la materia. Los profesores de instituto (salvo honrosas excepciones), son más dados a lo temporal que a lo permanente, y el mosquito filósofo padece por esta causa muchos vejámenes en los albores de la vida.
Después de formada su opinión en lo que atañe a la existencia, al amor, a la religión, a la muerte, etc., etc., nuestro mosquito adopta la manera que le parece más interesante para zumbarla al oído del público. Unas veces se presenta con un escepticismo risueño y paradójico que parece decir a los lectores: «Yo no creo en nada, ni en Dios, ni en los hombres, ni en la madre que me parió, pero me gusta aprovecharme de las cosas buenas que en el mundo nos encontramos, como el amor, los buenos vinos, los paisajes bonitos, etcétera, etc., y vamos viviendo.» Su maestro es Campoamor, a quien imita no tan sólo en el pensamiento sino en la frase, expresando las ideas elevadas y abstrusas en forma llana y corriente, y así como el ilustre poeta, también él desciende a los pormenores vulgares de la existencia y se complace en describir lo pequeño e insignificante.
«Yo no voy a la escuela aunque me pegue mi señora abuela.»
¡Qué sobriedad tan encantadora! ¡Qué amable sencillez se advierte en esta y en otras frases que se encuentran esparcidas por una muchedumbre de poemas no bastante apreciados del público!
Otras veces prefiere envolver sus vastas concepciones poéticas y metafísicas, en un misterioso simbolismo atestado de laberintos. Su modelo entonces es el _Fausto_ de Goethe, o el _Manfredo_ de Byron. Pasa unos cuantos años escribiendo un grandioso poema, del cual lee solamente de vez en cuando, en Academias y Ateneos algunos fragmentos que dejan en suspensión y espanto el ánimo de algunos amigos. En este poema todos los seres animados o inanimados del universo expresan su opinión acerca del misterio de la existencia; y de la suma de estas ideas se propone el autor que resulte la clave de todo. Las diversas opiniones se expresan en el poema del mosquito filósofo por medio de voces que van sucesivamente gritando por las páginas del libro. Cuanto existe y cuanto ha existido tiene voz y voto en el poema: la _voz de la esclavitud, la voz de la libertad, la voz de las ciudades, la voz de los campos, la voz de la iglesia, la voz de la administración, la voz de los colegios electorales, la voz de los tribunales colegiados, la voz de los edificios del Estado_, etc., etc. Pero las cosas mejores las dice siempre _una voz_ anónima, que debe de ser la del autor. De todo ello resulta que la vida es un lazo insidioso que nos ha tendido una voluntad perversa, y que para vencer a esta voluntad no hay otro medio que el suicidio, el suicidio de la humanidad entera.
A pesar de estas lúgubres y espantosas conclusiones, y del pesimismo que mina su preciosa existencia, el mosquito filósofo gusta extremadamente de que _El Imparcial_ y _El Globo_ digan en su hoja literaria que zumba con corrección y elegancia.
Viene después la familia de los _legendarios_, que estaba a punto de desaparecer de la fauna, y que merced a ciertos trabajos misteriosos de la naturaleza poderosamente secundada por la sección de literatura del Ateneo de Madrid, ha vuelto a cobrar vida en estos últimos años.
Los legendarios aborrecen la edad moderna y desprecian la antigua. La única época histórica que les seduce es la comprendida entre la irrupción de los bárbaros y el Renacimiento. Dentro de esta época la institución que despierta en su juvenil fantasía mayor copia de romances octosílabos y endecasílabos, es el feudalismo. El mosquito _legendario_ no comprende cómo se puede vivir sin almenas, sin alfanjes, puentes levadizos, cascos y cimitarras. El amor no tiene atractivo para él, sino cuando la dama aguarda toda la noche a su galán en una ventana del castillo, sin miedo a catarros ni a reumatismos, y el galán despacha al otro barrio media docena de deudos para llegar hasta ella. Los combates, las emboscadas, los asaltos, los pisos que se hunden para sumirle a uno en profunda mazmorra, los fosos, los despeñaderos, etc., etc., son las únicas cosas que entusiasman a nuestro mosquito. En su concepto, no se puede vivir a gusto, sino con el alma en un hilo. Sus poemas, por consiguiente, están saturados de aquellos elementos que admiten muchas y variadas combinaciones, según puede verse en las infinitas leyendas que los lectores habrán, sin duda, oído recitar en su vida.
El argumento es lo único permanente o inalterable en estas leyendas; un amor desgraciado por la enemistad tradicional de los papás de los novios; dos señores feudales de cortos alcances y que padecen de atrabilis; los chicos que no se resignan a ser desgraciados y continúan sus relaciones hasta que una noche los sorprenden juntos y les arman un belén; el padre de la niña que encierra a su presunto yerno en una mazmorra, y le tiene a pan y agua sujeto con cadenas; el novio que se escapa ayudado por la niña, y viene después con su mesnada a dar un asalto a su suegro; rapto de la novia; el papá suegro que no se resigna, arma su mesnada y va a dar otro asalto a su yerno y le lleva la novia; el yerno, que tiene muy malas pulgas y arma de nuevo su mesnada y vuelve a robar la chica, etc., etc. Los asaltos se prolongan hasta que la novia, fatigada de tanto trasiego de un castillo a otro, se decide a espirar.
Con este sencillo argumento, que muchos años de uso han consagrado, lograron triunfos imperecederos una muchedumbre de mosquitos, cuyos nombres guardará tan cuidadosamente la historia, que nadie los averiguará jamás. Dentro de él caben infinitas combinaciones, bellas e interesantes, según el número y distribución de los asaltos y lo sangriento de la lucha; según la calidad del novio, que puede ser caballero y trovador o caballero solamente; el carácter del paisaje, que puede estar cerca del oceano o en lo interior de la sierra; el corcel del amante, que puede ser blanco, negro o alazán, etc., etc. De todos modos, yo aconsejo a los jóvenes líricos que no se aventuren por ninguna consideración a cambiarlo, pues al romper con los usos establecidos se corre grave peligro, y no en vano está sancionado desde tiempo inmemorial por cien generaciones de mosquitos.
Por último, hablaré del mosquito _clásico_. Lleva la ventaja a sus compañeros de que ha estudiado regularmente la segunda enseñanza y conoce la retórica de Hermosilla. Ha obtenido siete escribanías de plata en otros tantos certámenes poéticos abiertos en varias provincias de España, y en todas partes se han hecho lenguas de su _forma_, que los periódicos califican constantemente de gallarda. Como es natural, desprecia profundamente el fondo, en el cual no ha brillado ni brillará, y admira en primer término, tratándose de poesía, la paciencia, que es la facultad que todo clásico debe cultivar con predilección. Así que, cuando habla de alguna composición poética, nunca se mete a averiguar si es elevada o rastrera, original o vulgar, si tiene o no tiene inspiración: lo único que aprecia en ella es si está o no está _bien trabajada_. No puede ver a un buen ebanista dando los últimos toques a una cómoda sin exclamar para sus adentros: ¡Qué lástima de poeta!
Por lo general viene a Madrid recomendado a D. Aureliano Fernández Guerra o a Barrantes, a quienes admira de buena o de mala fe, que eso no importa, y les lee unos cuantos sáficos adónicos y algunas espinelitas: los académicos se dignan decirle que es muy «donoso y maleante», y que sus composiciones están llenas de «sentencias briosas y sales irónicas». Abroquelado con este juicio nuestro mosquito, da algunas lecturas en la Juventud Católica y publica varios fragmentos en _La defensa de la Sociedad_, hasta que, por consejo de sus amigos académicos, deja repentinamente de zumbar. Escribiendo y publicando no se va a ninguna parte. Para que un literato alcance respetabilidad y obtenga la admiración de la gente, es condición ineludible que no escriba poco ni mucho.
Entonces el mosquito clásico se dedica a despellejar a Echegaray, a Castelar, a Pérez Galdós, y en general a los escritores que son leídos y aplaudidos. Al mismo tiempo se deshace en elogios de todo lo ñoño, pobre y ridículo que se publica o se representa, con lo cual satisface sus instintos y a la vez regocija a los astros literarios que le iluminan en su carrera.
Es el peor intencionado de los mosquitos que hemos estudiado, y por eso es el único que tiene buen paradero. Sus compañeros arrastran una vida miserable y triste; o vuelven a vegetar a su pueblo, o se distribuyen por los ministerios de auxiliares y escribientes, o entran de factores en alguna compañía de ferrocarriles, o mueren en el hospital. Pero el mosquito clásico ¡ni por pienso! Ahí están sus protectores, que le hacen archivero-bibliotecario, o le dan una comisión lucrativa en país extranjero, o le ayudan a salir diputado y a ser director general y ministro. Después de algunos años de mantenerse firme en no escribir, de frecuentar los salones aristocráticos y de despellejar sin piedad a cualquier escritor que muestre talento y fantasía poco comunes, el mosquito clásico como recompensa de su brillante campaña, es conducido en triunfo a la Academia de la Lengua. Que a todos mis lectores deseo. Amén.
EL ÚLTIMO BOHEMIO
No hace todavía dos años que pasando por la Carrera de San Jerónimo di con un amigo periodista, que me dijo al tiempo de saludarme:--Vaya usted por la calle de Sevilla y verá V. a Pelayo del Castillo acostado en la acera.
Había oído hablar muchísimo de este personaje y tenía la cabeza llena de sus extravagancias y proezas tabernarias: había visto en los teatros una pieza suya titulada _El que nace para ochavo_, no desprovista enteramente de gracia: no quise, pues, perder la ocasión de conocerle. A los pocos pasos encontré a Urbano González Serrano, conocido seguramente de todos mis lectores, y le invité a venir conmigo, lo que aceptó con gusto. Ambos nos dirigimos al lugar que me habían designado, o sea, la acera de la calle de Sevilla colocada en el sitio de los recientes derribos, donde tumbado boca arriba, con la cabeza apoyada en una piedra y expuesto a los rigores del sol, vimos a un mendigo sucio y desarrapado. ¡Cómo se nos había de ocurrir que aquel hombre fuese Pelayo del Castillo! Tenía la cabeza enteramente descubierta y llena de greñas, el rostro encendido, el cuerpo envuelto en un andrajo que parecía el residuo de una capa, los pies metidos en dos cosas asquerosas que en otro tiempo habían sido alpargatas.
Todo nos volvíamos mirar a un lado y a otro explorando la calle en busca de nuestro literato, sin lograr hallarle. Al fin nuestros ojos se encontraron y le pregunté recelosamente designando al mendigo:
--¿Será ese?
--¡Imposible!--replicó Serrano.
No obstante, en la frente de aquel hombre había algo que no suele verse en las de los braceros; era una frente degradada, pero era una frente donde se había pensado. Insistí en que lo averiguásemos, y acercándonos a él, Serrano le sacudió levemente:
--Oiga V..... ¿es V. D. Pelayo del Castillo?
El mendigo se incorporó lentamente y restregándose los ojos y abriéndolos con dificultad a causa de la gran irritación de los párpados, contestó mal humorado:
--No señor, yo no soy ese Pelayo del Castillo.
Serrano se quedó un instante suspenso. Los dos comprendimos, sin embargo, que era él.
--¿De veras no es V. Pelayo del Castillo?
--No señor.
Después de comunicarnos en voz baja nuestra opinión contraria, sacamos cada cual una moneda del bolsillo.
--Tome V.
--No señor--repuso rechazándolas con la mano y el gesto--yo no puedo aceptar eso..... yo no les conozco a ustedes.
--Somos dos aficionados a las letras; tome V.
Con algún trabajo hicimos que al fin las aceptase. Levantando entonces la cabeza que tenía doblada sobre el pecho, nos preguntó.
--¿A quién debo dar las gracias?...
--Nuestros nombres no importan nada: somos dos amigos de la literatura: quede V. con Dios.
Y nos alejamos apresuradamente mientras él repetía esforzando la voz.
--Gracias, caballeros... yo quisiera saber...
A los pocos pasos volví la cara. Estaba mirando las monedas. Al verle de aquella suerte, sentado en el suelo, cubierto de andrajos y la cabeza desnuda al sol, me sentí conmovido. ¡Será posible que ese desdichado sea un literato; que haya escuchado los aplausos del público y alternado con los hombres más distinguidos de España! Y en aquel instante se me ocurrió escribir algo acerca del estado en que se hallan los literatos y artistas en nuestra nación. Celebro no haberlo hecho, porque desde entonces hasta ahora se han modificado bastante mis opiniones en este asunto.
Impresionado por el espectáculo que acababa de presenciar, no pude menos de dirigir _in mente_ amargas recriminaciones a la patria que deja perecer de hambre a todo el que se dedica al cultivo de las letras y las artes y ensalza y pone sobre su cabeza a cualquier necio que se engolfa en la política sin más equipaje que su desvergüenza. Algo, y aun mucho de esto, es verdad; pero no es toda la verdad. Para resolver un problema es necesario examinarlo en todos sus aspectos.
Primeramente, la nuestra, es una nación de diez y seis millones de habitantes: por lo mismo, es absurdo pretender que el literato que vive del público, sea aquí remunerado como en Francia o Inglaterra, donde la población es más del doble. A más de ser el número de lectores menor en absoluto, lo es también relativamente: si en Francia leen diez por cada ciento, en España no lee siquiera uno, entre otras razones, porque no saben, y es fuerza, por lo tanto, que este uno o este medio por ciento eche sobre sus hombros la carga de alimentar a todos los que con razón o sin ella nos dedicamos a escribir para el público. Harto hace, a mi entender, con ayudarnos a vivir modestamente: no le pidamos hoteles, coches y alfombras como en Francia o Inglaterra porque no puede dárnoslos.
Claro es que el número insignificante de lectores depende del atraso del país, del detestable gobierno que nos ha regido, nos rige y nos regirá, de la influencia venenosa de la política y de otras mil causas enumeradas a la continua en libros y en periódicos. Aquí está la parte de culpa de la nación, que realmente no es menuda.
Mas también los artistas y literatos ayudan con su conducta al estado miserable en que se hallan. En España se ha entendido hasta ahora que el poeta o el artista es un ser mitad humano mitad angélico a quien no sientan bien los deberes y hábitos exigidos a los demás hombres. Todo hombre debe trabajar para ganarse el sustento; pues el literato no. Todo hombre debe ser previsor y separar de lo que gana una parte para mañana; pues el literato está exento de tal carga. Pasar la vida holgando y tomar la pluma en los momentos de inspiración (que no suelen venir precisamente cuando se está ayuno); vender los productos del ingenio al primer editor usurero con quien se tropieza; gastarse el dinero alegremente en un día y pasar el resto del mes viviendo del crédito, si es que lo hay; tal ha sido hasta la fecha el proceder de la mayor parte de nuestros literatos. En algo se han de distinguir los seres inspirados de los que no lo son.