Aguas fuertes

Chapter 7

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Y temblé. Y eché una cobarde mirada en torno buscando un _simón_ vacío. Los pocos que pasaban iban alquilados. Pero aún quedaban los portales. ¡Ah, los portales! Los portales me parecían un recurso de mala ley, indigno de ser tomado en consideración por el momento. Para estar metido en un portal viendo caer la lluvia, más valía haberse quedado en casa. Además, los portales estaban llenos de canalla, vagos de profesión, aventureros de la calle, gente sin hogar y sin paraguas. ¡Quién va a exponerse a que le roben el reloj o le secuestren!

Esto lo pensaba al cruzar por la calle del Carmen. Pues bien, al cruzar por delante de la de la Montera, ya pensaba otra cosa. Y es que las ideas del hombre se van modificando insensiblemente al través de la existencia; las convicciones más profundas se desarraigan de nuestro espíritu cuando menos lo esperamos, la antigua fe deja paso a la nueva, y el entusiasmo se enfría y se calienta incesantemente durante nuestra peregrinación por la tierra. Cogidos de la mano, con fuego en el corazón, alta la frente y la pupila clavada en lo porvenir, hemos partido muchos para recorrer los campos de la política; a los pocos pasos, ya se ha desprendido uno, a quien el temor o la utilidad han solicitado, más allá otro, más allá otro: al poco tiempo la caravana se ha disuelto, y cada cual corre a refugiarse donde más le conviene. Esta es la vida. Una verdad innegable he sacado, no obstante, de su experiencia, y es, que cuando llueve, todo el mundo se cobija.

Yo también claudiqué en aquella ocasión refugiándome en un portal, aunque con circunstancias atenuantes, pues era el de una fotografía. Las paredes estaban cubiertas de retratos: señoras bonitas, haciendo resaltar sus gracias con actitudes lánguidas, dirigiendo una sonrisa insinuante a todos los _timadores_ y fosforeros que se paraban a contemplarlas; varones con los ojos estáticos, en muda y eterna admiración de algo que nadie sabe. Algunos caballeros estaban disfrazados: había uno vestido de fraile haciendo oración entre las malezas de una sierra, con su calavera y todo al lado. Me dijeron que era un muchacho de la nobleza que había renunciado al mundo por desengaños de amor. Bien se le conocía al pobre, a pesar de su vestimenta eremítica, que había tirado muchos tiros al pichón. Había otro con traje de doctor, con las cejas fruncidas y la frente arrugada como si tuviese agobiados los sesos bajo la pesadumbre de tanta jurisprudencia. Tenía un birrete en la mano y otro sobre la mesa, quizás para el caso de que se inutilizase el primero.

Seguía cayendo agua copiosamente. El cielo mostraba la faz severa, aunque tornadiza; algunas nubes grandes y oscuras rodaban sobre los edificios de la Puerta del Sol, desahogándose un poco de su peso; cruzaban con harta prisa para no presumir que pronto vendría un claro que permitiera escaparse. Los poquísimos carruajes que pasaban vacíos eran asaltados rabiosamente por los proscriptos de los portales, quedándose con ellos, como sucede en todo lo demás, los más osados.

Al fin, en cierto paraje del espacio se divisó un agujerito azul: por aquel agujerito pasó tembloroso, y como avergonzado, un rayo de sol empapado todavía en agua, que fue a chocar en los cristales de los balcones más altos del hotel de la Paz. Al poco rato se divisó otro, algo más allá, y ambos se comunicaron pronto por medio de una extensa raya, azul también. Pero la lluvia no cesaba. Delante de nosotros empezó a funcionar una manga de riego. ¿Por qué salen a relucir las mangas de riego cuando llueve? No pretendamos averiguarlo. Hay más misterios en el cielo y en el Municipio de los que puede soñar la filosofía.

El sol hizo surgir los colores del iris en el chorro de agua que caía como un espléndido penacho sobre la calle: el empleado municipal lo sacudía sin curarse de su belleza, haciéndole servir a los fines prosaicos de la policía urbana; mas el chorro salía altivo y alegre de la manga y se esparcía en el aire, cayendo en lluvia de plata unas veces, otras en lluvia de cristal y otras de fuego. El rumor que producía al azotar el pavimento, era dulce y gozoso. Yo y un perro de Terranova (me coloco el primero para no dar armas a los frenópatas del Ateneo), fuimos los únicos que supimos apreciar su hermosura. El perro, más exaltado o con menos miedo al ridículo, se lanzó a la calle expresando su entusiasmo por medio de ladridos y saltos prodigiosos, ahora parándose bajo el chorro y dejándose bañar, ahora brincando sobre él, ahora dando un millón de volteretas y haciendo cómicas contorsiones, sin cesar nunca de exhalar el frenesí de su entusiasmo en ladridos más o menos correctos e inspirados, que de esto no entiendo. Me parece, no obstante, que había más sinceridad en ellos que en el soneto del Sr. Grilo a las cataratas del río Piedra, aunque, por supuesto, mucha menos fantasía.

La lluvia no cesaba. Con todo, se fue debilitando de tal modo, que ni para la salud ni para el sombrero había gran peligro en salir y llegar hasta Fornos. Así quise realizarlo, y desde luego me fui pegadito a los edificios, observando cómo rápidamente el cielo se despejaba y la lluvia se enrarecía. Todavía continuaba mucha gente en los portales. Al llegar al del ministerio de Hacienda, un brazo de mujer se interpuso en mi camino, y una manecita blanca y hermosa trató de averiguar si aún llovía. Era una mano fina, correcta, aristocrática, con graciosas y leves rayas azules; además, aún no estaba ajada, a juzgar por su color sonrosado y por la frescura e inocencia que se adivinaba en sus movimientos resueltos; la muñeca estaba aprisionada por un sencillo brazalete de oro; en los dedos brillaban algunas sortijas. Ahora bien, ¿qué hubieran hecho ustedes si se les colocase delante del rostro, a dos dedos de la boca, una mano semejante? Besarla, estoy seguro. Pues eso es cabalmente lo que yo hice: besarla y escaparme riendo sin echar siquiera una mirada a su dueño. Detrás de mí oí gran algazara y muchas carcajadas femeninas, por lo cual comprendí que se me perdonaba de buen grado la audacia. Llegué al café sano y salvo y de un humor excelente. Pero estuve un poco inquieto toda la tarde. ¡Los nervios, sin duda, los nervios!

EL PASEO DE RECOLETOS

Voy a denunciarme ante el severo tribunal de la sociedad _fashionable_ de Madrid, y entregarme con las manos atadas a su justa reprobación.

«Egregias damas: señores sietemesinos: Tengo la vergüenza de confesar a ustedes que la mayor parte de los domingos y fiestas de guardar me paso la tarde dando vueltas en el paseo de Recoletos lo mismo que un mancebo de la _Dalia azul_. Y no subo hasta el Retiro, a admirar respetuosamente vuestros _chaquettes_ y vuestros perros ratoneros, porque deje de poseer carruaje; pues si bien es mucha verdad que no lo poseo (¡misericordia!) no es menos exacto que tengo unas piernas que no me las merezco, las cuales han hecho con fortuna más de una vez la competencia al tranvía, y de ello puedo presentar testigos. Me quedo, por tanto, en Recoletos sin motivo alguno que pueda justificarme, por pura perversidad, lo cual revela mi depravada índole. Vuestra conciencia distinguida se alarmaría aún más si supieseis... ¡pero no me atrevo a decirlo!... ¡que me gustan mucho _las cursis_! ¡Perdón, señores, perdón! Ahora que he confesado mi indignidad descargando el alma del peso que la abrumaba, aguardo resignado vuestro fallo. Condenadme, si queréis, a perpetuos pantalones anchos. Los llevaré como marca indeleble de mi deshonra, los pasearé hasta la muerte como la librea del presidario... pero los pasearé los domingos por Recoletos».

El paseo de Recoletos no es bello ni grande; los árboles que lo guarnecen dejan mucho que desear en cuanto a corpulencia y follaje; la acera que lo atraviesa a lo largo cansa y lastima los pies. Pero tiene la ventaja de estar dentro de la población. Parece hecho para la gente de negocios que dispone de poco tiempo para pasear. Los días de trabajo no suele haber mucha concurrencia: en cambio los domingos no hay quien camine libremente por allí, lo cual declara bien paladinamente la condición social de sus habituales concurrentes. Es el paseo de la _burguesía_, y esto basta para que se haya captado la antipatía de la sociedad distinguida y ociosa.

Mas en el sexo femenino que allí acude los días de fiesta suelen verse rostros muy lindos, dicho sea con perdón de aquella sociedad. Las damas que cruzan arrellanadas en su _landau_ hacia el Retiro, podrán volver desdeñosamente la cabeza y no verlos; los jóvenes, que apetecen la gloria inmarcesible de vivir y morir perteneciendo al _Veloz_, pasarán velozmente con la cabeza erguida, el sombrero ladeado y el bastón a guisa de lanza, dando miradas amorosas a todos los carruajes y ansiando descubrir su cabeza venerable ante alguna duquesa ajamonada, sin fijar la atención en ellos; pero no es menos cierto que allí están para honra y gloria de Dios y regocijo de los villanos y pecheros que en tales lugares paseamos.

La palabra _cursi_, que la magnanimidad nunca bastante loada de los señores de la calle de Valverde ha introducido en nuestro diccionario, se emplea como proyectil mortífero contra aquellos rostros celestiales. Todo sietemesino bien criado tiene en su carcaj una buena cantidad de tales flechas para arrojar a la primer belleza anónima que se presente en su camino. Si habéis gozado la honra de acompañar alguna vez en sus expediciones gloriosas por la carrera de San Jerónimo a uno de estos jóvenes y habéis incurrido en la flaqueza de alabar la hermosura de alguna niña modesta, de seguro le habréis visto fruncir el noble entrecejo, alargar el labio inferior en testimonio de desdén y dejar caer estas o semejantes palabras:

--¡Pero, hombre, que siempre te has de fijar en estas cursilillas de media tostada!

Efectivamente, tengo esa desgracia. Lo mismo me pasa con las flores: la rosa y el clavel, las más cursilonas de la jardinería, son las que más me gustan. Pero no soy el único. Antes que yo el doctor Fausto fue decidido partidario de las cursis y por ellas vendió su alma al diablo. Los abonados al paraíso del Teatro Real saben muy bien que cuando Gayarre en el primer acto _brama_ con voz atiplada la _giovinezza_, es con el objeto exclusivo de ir a decir ternezas a Margarita en el tercero. ¿Y quién era Margarita? Una muchacha que hilaba, barría, lavaba la ropa de sus hermanos y paseaba los domingos por Recoletos. Pues eso es precisamente lo que le seduce a Gayarre, y bien se le conoce cuando se queda tan abrazadito con ella al tiempo de caer el telón y suelta aquellas feroces carcajadas el artista mallorquín señor Uetam.

En general, bien se puede decir que Goethe no ha amado ni pintado más que cursis. Margarita, Federica Brion, Carlota, Lilí, Olimpia, eran mujeres muy bonitas, pero absolutamente incapaces de molestar con su charla desde las plateas del teatro Real a los abonados de las butacas, los cuales, si no oyen la ópera en paz, en cambio tienen el honor de ser molestados por alguna dama ilustre, descendiente de los guerreros de la reconquista.

Tengo la seguridad, pues, de que Goethe se hubiera paseado los domingos por Recoletos. Esto le habría enajenado las simpatías de los salones (si es que los salones pueden tener simpatías) y le colocaría en el concepto de los nobles sietemesinos (si es que los sietemesinos pueden tener concepto) muy por bajo del señor Grilo. Yo creo que ha hecho muy bien en vivir en la corte de Weimar donde tales flaquezas se perdonaban fácilmente.

Y para terminar con el paseo de Recoletos. Ahora en la estación primaveral queda cubierto por una bóveda de follaje que le presta frescura y belleza. Cualquier ciudadano pacífico, incluso los poetas líricos, puede pasar un rato agradable viendo desfilar una muchedumbre de Margaritas rubias y morenas con las cuales se pudieran empezar novelas tan amenas, si no tan famosas, como la de Fausto. Además, en el centro del paseo hay un estanquillo.

LA CASTELLANA

La acera de Recoletos termina en la plaza de Colón. A la derecha se encuentra la casa donde se fabrican las pocas pesetas buenas que hay en España. A la izquierda está la que proporciona las pocas novelas bellas; la casa de D. Benito Pérez Galdós. Todos los españoles saben lo primero: muy pocos somos los que tenemos noticia de lo segundo. Pero los que lo sabemos--dicho sea para nuestra honra y prez--solemos mirar con más atención a la izquierda que a la derecha. Al cabo, las monedas que se fabrican en aquel gran edificio de ladrillos irán como esclavas sumisas a procurar deleites a los poderosos, a halagar sus torpes pasiones y sus vicios, mientras las novelas que se escriben en aquel alto y silencioso despacho, vendrán a posarse delante de nuestros ojos dándonos algunos instantes de placer honrado, elevando nuestro espíritu y esclareciéndolo.

La inmensa mayoría, casi la totalidad de los hombres, guarda consideración y respeto a los ricos sólo por el hecho de serlo. Los grandes escritores sólo lo infunden cuando ejercen un cargo oficial. Y, no obstante, el rico es un hombre que trabaja y se afana únicamente para proporcionarse goces, de los cuales no nos hace, bien seguro, partícipes, mientras el escritor se priva de los suyos, gasta sus fuerzas, enferma del estómago o la cabeza y acorta su vida para procurarnos deleite y cultura. Después, se da por satisfecho con un estipendio parecido al de un albañil y con que le digamos: «¡Amigo, qué bonito libro ha escrito usted!»

El paseo de la Castellana, que sigue a la plaza de Colón, consiste en una amplia carretera para los caballeros y dos caminos estrechos a los lados para los peones. Hace unos cuantos años estaba concurridísimo por las tardes: la carretera se henchía de carruajes y los caminos de gente distinguida y ordinaria. Hoy apenas va nadie hacia allí porque está a la moda el Retiro. Sin embargo, bien puede asegurarse sin temor a engaño, que llegará un día en que la Castellana recobre su antiguo esplendor: al cabo de los años mil, vuelven los coches por donde solían ir.

En los buenos tiempos de la Castellana observábase un fenómeno que atestigua bien claramente de la exquisita delicadeza de sentimientos que suele existir en nuestra sociedad distinguida. Como no había gente bastante para llenar los dos caminos que ciñen la carretera, acaecía que el paseo se fijaba en uno de ellos. Pues bien, las jóvenes distinguidas no pudiendo soportar, como es natural, el contacto de otras jóvenes menos distinguidas, empezaban a desertar del paseo acostumbrado yéndose por pelotones al otro camino. Desde allí, irguiendo la noble cabeza, miraban, al través de la red de carruajes, desfilar a sus enemigas naturales por el paseo de enfrente. Que en esta mirada se advertía un soberano desdén no hay para qué decirlo, y que este desdén se hallaba perfectamente justificado, tampoco creo necesario demostrarlo. ¿Cómo ha de sufrir con paciencia, verbigracia, la hija de un auxiliar de la clase de primeros, que la de uno de la clase de cuartos pasee y disfrute de la vista del mundo en el mismo paraje que ella? Claro está que todos somos hermanos, pero no hay más remedio que atender un poco a los escalafones que de vez en cuando publica el ministerio de la Gobernación, pues para algo se publican. Además, este deseo de separarse de la muchedumbre y del vulgo, señala en quien lo siente un espíritu fino y superior y temperamento aristocrático.

Sucedía, no obstante, que este temperamento o abundaba en demasía o se falsificaba, como todas las cosas buenas, pues es lo cierto que unas tras otras, con más o menos disimulo, todas las niñas del camino despreciado se iban pasando al camino despreciador, quedando aquél al cabo de algún tiempo totalmente desierto. Entonces las jóvenes del verdadero y genuino temperamento aristocrático se comunicaban, no sé en qué forma, sus impresiones dolorosas, y una tarde, cuando menos se pensaba, enderezaban el paso, arrastradas por altos sentimientos, al camino abandonado, donde permanecían hasta que de nuevo se veían molestadas y tornaban a ejecutar graciosamente la idéntica maniobra. Cuando la Castellana vuelva a ser lo que antes, el paseo más concurrido de Madrid, confiamos en que se repetirá este fenómeno consolador hijo de una noble altivez, sin la cual no es posible el refinamiento de las costumbres ni el progreso de los pueblos.

Aunque solitario, o porque lo esté quizá, el paseo no deja de ofrecer atractivos, sobre todo para los melancólicos. No es frondoso y quebrado como el Retiro, ni presenta variación de ninguna clase; es una línea recta que se prolonga indefinidamente con cierta severidad clásica y municipal convidando a los graves y tranquilos sentimientos. La línea recta tiene también sus encantos, por más que yo prefiera la curva, como ya he tenido el honor de decir en tres distintas ocasiones. De noche, las dos hileras de faroles colocadas a entrambos lados de la carretera, ofrecen una perspectiva muy bella: son dos cintas paralelas y luminosas que van a perderse en un fondo oscuro, donde una imaginación viva puede forjar, selvas dilatadas, abismos inmensurables o un desierto poblado de monstruos. No sé hasta qué punto la comisión de alumbrado público ha hecho bien en buscar este nuevo aliciente para excitar la fantasía del vecindario. Sin embargo, fuerza es confesar que en esta ocasión ha sabido herirla de un modo delicado y útil, revelando lo infinito por medio de una misteriosa e indefinida sucesión de faroles.

Adornando los flancos del paseo, álzanse un número considerable de hoteles y palacios de formas muy diversas, no siempre bellas, aunque sí caprichosas. Nuestros banqueros y contratistas de obras públicas no queriendo, como es natural, pagar tributo a lo prosaico de las construcciones modernas, han solicitado el concurso de las edades más poéticas de la humanidad y de las comarcas más pintorescas para levantar sus viviendas suntuosas. Se encuentran allí, a poca distancia unos de otros, palacios egipcios, árabes, asirios, babilónicos, gallegos y catalanes. Por regla general están rodeados de jardines que la naturaleza, secundada eficazmente por las mangas de riego, ha poblado de flores y verdor. He pasado muchas veces por allí y jamás he visto a nadie disfrutando de su amenidad, salvo los pájaros. Las ventanas de los palacios tienen las persianas echadas y reina tal silencio en sus inmediaciones, que cualquiera los creería deshabitados. Esto contribuye a despertar en la imaginación de los paseantes recuerdos o sueños romancescos. Aquellos palacios deben de guardar seres bellos y felices que se alejan del ruido de la corte a fin de paladear con más tranquilidad su dicha. El amor debe de ser el dios a quien se rinde culto en tales nidos tibios y suntuosos. Algunas veces al través de sus persianas he oído los dulces acordes de un piano. ¡Cuántas cosas bellas cruzaron entonces por mi mente! ¡Cuántas novelas interesantes se me presentaron de improviso!

Una mañana de primavera, impresionado por la reciente lectura de cierta novela de Octavio Feuillet, iba paseando distraído por aquellos silenciosos lugares gozando de la frescura y aroma de los árboles y de la grata soledad que allí imperaba. De pronto, al pasar por delante de uno de los palacios, creí percibir rumor de voces en el jardín. Al fin sorprendo a la enamorada pareja de este nido, me dije sonriendo; y con el corazón agitado y el paso cauteloso, me acerco a la verja revestida de una espesa cortina de madreselva y aplico el oído. Detrás del muro de verdura dos voces poco argentinas disputaban acaloradamente sobre el proyecto de conversión de la deuda.

Más allá de la Castellana se tropieza con el Hipódromo. Quisiera decir algunas palabras acerca del Hipódromo, pero creo que aún no ha llegado la época de juzgar con verdadera imparcialidad esta nueva institución. Las grandes reformas necesitan algunos años para desenvolverse y dar el fruto que el legislador ha buscado. Juzgando hoy aquélla, temo incurrir en errores y apasionamientos, de los cuales me arrepentiría ya tarde.

LOS MOSQUITOS LÍRICOS

I

Emilio Zola sostiene que los poetas líricos de ahora son pajaritos que cantan en el árbol de Víctor Hugo. Es la pura verdad. Carduci, Núñez de Arce, Copee, Sully Prudhome, Campoamor y otros pocos no hacen más que glosar con dulzura el canto sublime del titán del siglo XIX, reflejar la luz gloriosa del astro que se está acostando entre vivas y esplendorosas llamaradas.

Los grandes poetas gozan el privilegio de fundar ciclos donde van a reunirse los que cierta misteriosa simpatía y una evidente semejanza en la manera de sentir y pensar arrastra hacia ellos. Sin remontarnos a tiempos antiguos, y fijándonos solamente en la época moderna, saltan a la vista ejemplos. Ahí está Goethe con su brillante falange de poetas alegres, serenos, razonadores y sensibles. Ahí está Byron con su numeroso cortejo de desgraciados, a quienes el mundo no comprende, almas doloridas, corazones que destilan sangre y versos lacrimosos. Y por último, vivo está todavía, por dicha nuestra, el egregio autor de las _Orientales_ y la _Hojas de Otoño_, y viva también una gran parte de sus discípulos, cuyos trinos y gorjeos escucha el mundo con placer.

Ni quiere decir esto que la circunstancia de estar comprendidos en un ciclo, prive a los poetas de originalidad. No hablamos aquí, ni valiera la pena de que hablásemos, de aquellos que rastrean servilmente la pista del maestro para posar sus pies en las huellas que va dejando, porque no merecen los tales nombre de poetas. Hacemos referencia tan sólo a los que, recibiendo impulso y dirección de algún ingenio extraordinario, caminan solos y sin andadores, representando cada cual dentro del ciclo un brillante color de los muchos en que la luz de la poesía puede descomponerse. Los que hemos citado más arriba pertenecen a ese número. Son poetas, por privilegio, de nacimiento, pero han nacido bajo la influencia de un astro que aún resplandece sobre el horizonte, y no pueden sustraerse a ella. Esto no les quita ningún mérito. Todos los objetos hermosos que existen en el mundo necesitan absolutamente la luz del sol, y, sin embargo, ¿quién se acuerda de éste al contemplar su belleza? Además, en el firmamento las estrellas con luz refleja aparecen tan bellas como las que la tienen propia. Algunas veces, cuando los astros de primera magnitud brillan muy lejos, no ostentan tanta hermosura como otros más pequeños y cercanos; bien así como tal o cual poeta de la antigüedad, con ser mucho más grande, no nos produce la impresión viva y profunda que otros modernos de importancia secundaria, pero que participan de nuestra manera de sentir y pensar, y la reflejan.

Adviértase también que los ingenios extraordinarios que comunican movimiento y señalan derrotero a un período literario, los que Juan Pablo Richter denomina _genios activos_, son o han sido muy pocos en el mundo. La mayor parte de los poetas que admiramos y nos deleitan pertenecen a la categoría de los que el mismo crítico llama _genios pasivos_, si bien, a nuestro entender, incluye en este número a algunos que merecen ser colocados entre los primeros, como Rousseau y Schiller.

Dejemos, pues, sentado que nos gustan todos los pájaros, ruiseñores, canarios, malvises y jilgueros que cantan en el árbol de que nos habla Zola. ¡Ojalá nos fuera permitido pasar la vida reclinados dulcemente bajo su frondosa copa escuchándolos! Pero todo el mundo se empeña en aconsejarle a uno que trabaje. Apenas nos distraemos un poquito con sus gorjeos, cuando nos dice la voz de cualquier fiscal municipal o jefe de sección: «¡Hola! ¿Versitos, eh? ¡Vaya una gana que tiene V. de perder el tiempo!»