Chapter 10
--Pues, como decía a ustedes, observé, que según los ensayos iban adelantando, crecía el ascendiente de Inocencio sobre nuestra amiga. El tono en que se dirigía a ella ya no era el humilde y cortesano del principio: corregíala a menudo en la manera de decir, señalábala las actitudes y el gesto que debía adoptar, y a veces, cuando la actriz no comprendía bien sus deseos, llegaba a dirigirla públicamente palabras severas y miradas más severas aún. Nuestro poeta tronaba y relampagueaba ya como amo y señor. Clotilde lo aceptaba de buen grado: ella tan desdeñosa con los autores más eminentes, se estiraba y se encogía ahora como blanda cera en las manos de este muñeco insulso. Era de ver la humildad con que aceptaba sus correcciones, y la inquietud que la causaban las censuras: mientras duraba el ensayo tenía los ojos puestos constantemente en él, espiando como esclava sumisa los deseos de su dueño. El poeta, arrellanado en una butaca, con el brasero delante, dirigía la escena en la forma dictatorial que pudiera hacerlo García Gutiérrez o Ayala: una mirada suya bastaba para ruborizar o poner pálida a Clotilde: los demás no protestaban por respeto a ella. Cuando salía de la escena, venía presurosa a sentarse al lado de su novio, que se dignaba acogerla a veces con una sonrisa soberana, otras con indiferencia olímpica. Yo estaba escandalizado.
Una vez me acerqué por detrás y escuché lo que hablaban. Clotilde llevaba la palabra sosteniendo con calor que el _Subir bajando_ o el _Bajar subiendo_ de Inocencio era mejor que _Un drama nuevo_. El joven se defendía débilmente. Otra vez hablaba acerca de su futuro enlace. Clotilde pintaba con frase apasionada el retiro donde irían a esconder su felicidad: un cuarto alto del barrio de Salamanca, lleno de luz, un nido risueño donde Inocencio trabajaría en su despacho, escribiendo comedias, mientras ella bordaría a su lado en el mayor silencio: cuando se fatigase, charlarían un instante para descansar y después le daría un beso y emprendería de nuevo su tarea: por la noche saldrían cogidos del brazo a dar una vuelta y a casa otra vez: nada de teatro; lo aborrecía con toda el alma: en la primavera irían a pasear por las mañanas al Retiro y tomarían chocolate entre los árboles; en el verano a pasar un mes o dos a la provincia de Inocencio a proveerse en el campo de buen color y de salud para el invierno.
La descripción de este tierno idilio, que a mí, con ser machucho, me hacía bailar el corazón dentro del pecho, no producía en el autor novel más que una impertinente soñolencia que sólo desaparecía repentinamente cuando dirigía con voz imperiosa alguna advertencia a los cómicos.
Llegó, por fin, el día del estreno. Todos estábamos ansiosos por ver el resultado: la opinión corriente era que el drama ofrecía poco de particular; pero como Clotilde había puesto en el desempeño toda su alma, teníase como seguro un gran éxito. En el ensayo general nuestra amiga había hecho verdaderos prodigios: hubo un instante en que los pocos curiosos que asistíamos a él nos levantamos electrizados, convulsos, gritando desaforadamente. No pueden ustedes figurarse qué a maravilla decía su parte. Entonces me vino de golpe una idea a la cabeza: relacionando todas mis observaciones sobre los amores de Clotilde me convencí hasta la evidencia de que Inocencio al enamorarla no se había propuesto otra cosa que adquirir una interpretación excepcional para el papel de la protagonista de su drama y asegurar el éxito lisonjero de esta suerte. No quise comunicar mis sospechas a nadie; callé y esperé; pero declaro que el chico me fue desde entonces muy antipático.
El ruido que los amigos de Inocencio habían hecho con motivo del drama, el haberlo elegido Clotilde para su beneficio y la voz esparcida de que la célebre actriz iba a obtener en él un triunfo señaladísimo hizo que los revendedores expendiesen todas las localidades a precios fabulosos: conozco un marqués que dio once duros por dos butacas. Este cuarto donde nos hallamos se llenó, como todos los años, de flores y baratijas; no se podía andar en medio de tanta chuchería de porcelana, libros preciosamente encuadernados, estuches de ébano, marcos de retrato y un sin fin de objetos de bazar.
La sala estaba brillante: las damas más encopetadas, los hombres ilustres de la política, la literatura y la banca; en fin, la _high life_, como ahora se dice. Pero más brillante y más radiante estaba aún Inocencio; radiante de gloria y felicidad, recibiendo con agrado a cuantas personas venían a ver los regalos, dictando órdenes a los traspuntes y tramoyistas para el conveniente decorado de la escena y multiplicando las sonrisas y los apretones de mano hasta lo infinito. Clotilde, igualmente, aparecía más bella que nunca, revelando en su rostro expresivo la dulce emoción que la embargaba y el ansia de ganar laureles para su dueño.
Abriose el telón, y todos se fueron a ocupar sus asientos. En las cajas sólo nos quedamos el autor y cuatro o seis amigos. Las primeras escenas fueron como siempre recibidas con indiferencia; las segundas con algún agrado; la versificación era fluida y elegante, y el público, como ustedes saben, se paga de las frasecillas de bombonera. Llegó el momento de entrar Clotilde en las tablas y hubo en el público un murmullo de curiosidad y expectación. Dijo su parte discretamente, pero sin gran calor, se adivinaba que estaba poseída de miedo. Bajó el telón en silencio.
Al instante poblose el saloncillo y los pasillos de amigos de Inocencio, que venían presurosos a decirle que la exposición de su drama era lindísima.--¿Pero qué tiene Clotilde?... Apenas se mueve en la escena... ¡ella tan viva y tan suelta!--Nuestra amiga confesaba, en efecto, que había sentido mucho miedo y que esto la embarazaba extremadamente. El autor, sobresaltado por el éxito de su obra, trataba de persuadirla a que abandonara todo temor, que se mostrase como ella era y que no pensase para nada en él, mientras dijese los parlamentos.--No puedo remediarlo, contestaba Clotilde, estoy hablando y pienso al mismo tiempo en que eres tú el autor y me imagino que no va a gustar el drama y me asusto.--Inocencio se desesperaba; dirigíale ruegos, advertencias, argumentos, la acariciaba, sin tener en cuenta que le veían: trataba de infundirle valor, excitando su amor propio de artista; en fin, hacía todo lo imaginable para salvar su obra.
Dio comienzo el acto segundo. Clotilde tenía algunas escenas patéticas: al comenzarlas se produjo un poco de ruido en el público y esto bastó para que se desconcertase y lo hiciese rematadamente mal, como nunca lo había hecho en su vida. Oyéronse no pocas toses y fuertes murmullos de impaciencia. Al finalizar el acto, algunos amigos indiscretos quisieron aplaudir, pero el público se les vino encima con un inmenso y aterrador chicheo. El autor, que estaba a mi lado, pálido como un muerto, se desahogó con algunas palabrotas groseras y se fue al cuarto de Pepe en vez de el de Clotilde, donde sus amiguitos le consolaron, echando la culpa del fracaso a aquélla y encendiendo más y más la ira que rebosaba de su corazón. Mientras tanto, nuestra pobre amiga se encontraba muy afectada y abatida, preguntando a cada instante por su Inocencio. Yo, para no afligirla más, le dije que el autor lo había tomado con resignación y se había salido del teatro a respirar un poco el fresco. La infeliz se revolvía contra sí misma echándose toda la culpa.
Se alzó el telón para el acto tercero: todos acudimos a las cajas con afán. Clotilde se mostró al principio, por un esfuerzo poderoso de la voluntad, más serena que antes; pero ya la gente se encontraba dispuesta a la broma y no valió ningún recurso para ponerla seria. El público, cuando presiente el _jaleo_, es lo mismo que una fiera cuando huele la sangre: no hay quien lo ataje, y es necesario darle carne a toda costa. Y la verdad es, que en aquella ocasión se cebó de lo lindo; toses, risas, estornudos, patadas, silbidos; de todo hubo. A nuestra pobre amiga se le saltaron las lágrimas y estuvo a punto de desmayarse. Cuando bajó el telón buscó con la vista a su amante, pero había desaparecido. En el cuarto, a donde yo la seguí, gimió, pateó, se desesperó, se llamó estúpida, dijo que se iba a marchar a una aldea a cuidar gallinas, etc., etc. Me costó mucho trabajo sosegarla, pero al fin lo conseguí, si bien quedó en un gran abatimiento. En la tristeza que sus ojos revelaban, advertí que le atormentaba horriblemente la desaparición de Inocencio.
La puerta del cuarto se abrió repentinamente; el poeta silbado se presentó; estaba pálido, pero tranquilo al parecer: a primera vista comprendí, no obstante, que aquella tranquilidad era ficticia y que la sonrisa que contraía sus labios tenía mucha semejanza con la de los ajusticiados que quieren morir serenos.
Un relámpago de alegría iluminó el semblante de Clotilde: alzose velozmente y le echó los brazos al cuello, diciéndole con voz conmovida:
--¡Te he perdido, mi pobre Inocencio, te he perdido!... ¡Qué generoso eres!... Pero mira... yo te juro, por la memoria de mi padre, que te he de desquitar de la humillación que acabas de sufrir...
--No hace falta que me desquites, querida--repuso el poeta con tono sosegado, donde se advertía la ira desdeñosa,--mi familia no ha conquistado un nombre ilustre por la intercesión de ningún cómico; renuncio desde ahora, de buen grado, al teatro y a todo lo que con él se relaciona... Con que... hasta la vista.
Y separando nuevamente los brazos que le aprisionaban y sonriendo sarcásticamente, retrocedió algunos pasos y se fue. Clotilde le miró estupefacta: después cayó desmayada en el diván.
Al verla en tal estado se me encendió la sangre y salí detrás del chico: alcancele cerca de la escalera, y agarrándole por la muñeca le dije:
--Oiga V... Lo primero que un hombre debe ser, antes que poeta, es caballero... y V. no lo es... El drama se ha silbado porque le falta lo mismo que a V... el corazón... Aquí tiene V. mi tarjeta.
--¿Y le mandó los padrinos, D. Jerónimo?--preguntó el estudiante del doctorado.
--¡Silencio, silencio!--exclamó un tertulio--aquí llega Clotilde.
La simpática actriz apareció efectivamente en la puerta, y sus grandes y tristes ojos negros que resaltaban bellamente debajo de la blanca peluca a lo Luis XV, sonrieron con dulzura a sus fieles amigos.
EL PROFESOR LEÓN
La otra noche en el café donde tengo costumbre de asistir, versó la conversación sobre los maestros y catedráticos que habíamos tenido los que en torno de la mesa nos juntábamos. Cada cual dio cuenta de los talentos, las manías y los rasgos más o menos donosos de los suyos, sazonando la descripción con anécdotas graciosas o desabridas, según el numen del narrador.
Mi amigo Duarte, notario, persona distinguida, de carácter observador y muy cursado en letras clásicas, se llevó la palma. Nos hizo la pintura de un antiguo profesor suyo, tan original y chistoso, que merece la pena de darlo a conocer al público. Con permiso de mi ilustrado amigo, voy a hacerlo, adoptando en cuanto sea posible las mismas palabras con que él nos lo describió.
* * * * *
Llamábase León, o se apellidaba, que esto muy pocos lo sabían de cierto--nos decía Duarte. Unos le llamaban D. León y otros Sr. León, y a todos contestaba; era militar retirado aunque no muy viejo, no pasando de los cincuenta a mucho estirar: su graduación en el ejército era materia de arduas y prolongadas discusiones en el colegio: mientras unos le hacían capitán o comandante, otros no le dejaban pasar de sargento, y estaban en lo firme. Gastaba grandes bigotes retorcidos y perilla de cazo; la estatura elevada, el porte marcial, cabellos grises cortados a punta de tijera, levita negra, prolongada, más limpia y reluciente que un espejo, bastón de hierro que hacía estremecer el suelo, advirtiendo de su presencia desde muy lejos, pantalones cortos y botas de campana escrupulosamente charoladas. Era bueno y afable con los discípulos, y hombre de mucha voluntad en el cumplimiento de su deber: suscitábanse dudas entre nosotros acerca de sus conocimientos filológicos y literarios, que le hubiesen quizá acarreado nuestro desdén si una especie muy grave que unos a otros nos decíamos en secreto al oído no le sirviese de respetuosa salvaguardia. Afirmábase como cosa segura que D. León o el Sr. León era un revolucionario. Contábase que había sido en su juventud amigo y edecán de Riego, que había servido después bajo las órdenes de Espartero, y algunos añadían que había estado en capilla para ser fusilado como conspirador. Nadie puede figurarse lo que tales insinuaciones influían en el respeto que generalmente se le tributaba: la aureola de revolucionario, conspirador, y singularmente la de sentenciado a muerte, le guardaban de las burlas, tretas y malas pasadas que de otra suerte no le hubieran sus discípulos escatimado.
El sueldo con que en el colegio remuneraban sus buenos oficios, no pasaba de veinte duros mensuales; y como no se le conocía otro, pues no había podido recabar retiro, según se decía, a causa de sus peligrosas opiniones, teníase por seguro que con las cien pesetas se mantenía a sí y a su familia; el cómo no he de decirlo ahora, aunque bien lo sé; lo reservo para otra ocasión. Tienen el ahorro y la frugalidad héroes tan grandes y admirables como los de la guerra de Troya y tan dignos de ser pintados; mas como les faltan Homeros y Virgilios, viven y mueren oscuros y quedan sepultadas eternamente sus hazañas. Entre dar la muerte a Héctor (teniendo fuerzas para ello) y vivir en Madrid con cuatrocientos reales al mes, manteniendo mujer e hijos, vistiendo decentemente y no debiendo un cuarto a nadie, lo segundo es infinitamente más maravilloso. Digo, pues, que a D. León no se le conocieron en la vida más que un par de botas, unos pantalones de color de ceniza muy sufridos, una levita y un enorme sombrero de copa, todo ello tan limpio, tan planchado y reluciente que siempre pareció que acababa de salir de la tienda. Cierto día en que se celebraba el santo del director, un criado, azorado en demasía, dejó caer sobre nuestro profesor una bandeja de vasos llenos de vino tinto. Todo el mundo se preguntó: ¿En qué traje veremos a D. León mañana? Mas al día siguiente, con grande admiración y sorpresa del colegio, apareció con la misma levita, más fresca y más galana que nunca lo había sido. Por esta y otras razones se la llamó _la levita del desierto_; porque segundaba el milagro de los israelitas viajando por los desiertos de la Arabia durante cuarenta años, sin menoscabo de sus vestidos.
Aunque pudiera ponerse en tela de juicio la solidez y extensión de sus conocimientos literarios, bien puedo asegurar sin rebozo que nadie aventajaba a D. León en amor y decidida inclinación a las letras, y en particular a las clásicas: las modernas y románticas teníalas en poco. Rayaba en locura el entusiasmo con que hablaba de los grandes poetas de la antigüedad, y la fruición con que los leía en los _Trozos escogidos_. Decía del griego que era la lengua más rica, flexible y armoniosa que hubiera existido, y que las modernas, tales como el francés, el italiano, el alemán, no eran sino dialectos rudos y primitivos comparados con ella, lo cual era tanto más meritorio cuanto que D. León sólo conocía del griego las declinaciones y tal cual palabra desperdigada, como _Zeos_ (Júpiter), _oicos_ (cosa), _logos_ (tratado), _eros_ (amor), y así hasta unas tres o cuatro docenas; en cuanto a los idiomas modernos tenía a mucha honra el no saber más que el patrio. Sentía un desprecio sin límites hacia su compañero el profesor de francés que una hora antes que él ponía clase en la misma aula y que era de origen marsellés, marido, a la sazón, de una corsetera de la calle de la Luna, antiguo barítono de opereta bufa, que había dejado el canto por debilidad del pecho. Cuando se tropezaban en la puerta, D. León le miraba desde lo alto de su clasicismo y le decía sonriendo: _bon jour monsieur_, con acento que rebosaba de ironía. «Estos _franchutes_, decía al tiempo de sentarse, son todos afeminados; no sirven más que para tenores y bailarines.» Amaba la virilidad y la energía en sus discípulos y gustaba de que tuviesen rasgos de independencia, aunque fuese a expensas de la disciplina: cuando un muchacho sufría impasible los golpes y se negaba por terquedad a ejecutar cualquier cosa, esto era lo que le encantaba a don León. «¡Bien, hombre, bien! exclamaba, así me gusta; los hombres no deben llorar aunque se vean con las tripas en la mano; has faltado a la obediencia pero has sufrido el castigo con entereza; a tí no te hubieran arrojado en Esparta de la roca como a otras mujerzuelas que hay en la clase!» Y echaba miradas de soberano desdén a ciertos individuos. Si quisiera vérsele encendido, colérico, fuera de sí, no había más que traer alguna esencia en el pañuelo o la cabeza perfumada con algún aceite; así que llegaba a su nariz el malhadado perfume, ya se le subía la sangre a la cabeza, marchaba derecho hacia el culpable, y después de alborotarle los cabellos, le molía los cascos a coscorrones. «¡Corrompido! (_un coscorrón_). ¡Desgraciado! (_otro coscorrón_)... ¡Con que en vez de estudiar su lección se entrega V. a la molicie! (_¡zas!_)... No sabe V. que yo quiero en mi clase hombres y no cortesanas, eh? (_coscorrón_). Los romanos de la república, los que vencieron a los germanos y a los galos, y a los escytas, y a los parthos, y destruyeron a Cartago, no se daban con ungüentos (_¡zas!_...) pero los vasallos envilecidos de Calígula y Nerón gastaban las riquezas que sus mayores les habían adquirido en tarros de pomadas, en aceites olorosos, y se dejaban vencer por los extranjeros y azotar por los tiranos (_¡zas!_). Hijos míos (_dirigiéndose a nosotros_), huyan ustedes de los afeites, no se dejen aprisionar por la molicie, por los placeres muelles que afeminan y debilitan. Un pueblo vigoroso es un pueblo libre... Vamos a ver, siga V. hijo mío... _habeo_, transitivo...»
No gustaba de que le diesen la traducción literal de los pasajes culminantes; antes se complacía en que sus discípulos hallasen modo de trasladarlos a nuestro idioma sin hacerles perder de su vigor y galanura. Por ejemplo, traduciendo en Tito Libio, el episodio del combate habido entre Horacios y Curiacios al llegar al punto en que el autor dice que el último Horacio _tiró al suelo a su adversario_, D. León no quiso pasar por la interpretación ajustada al texto que un alumno le daba. «No, no, eso de tirar al suelo es muy poco; busque V. otra frase más enérgica.--Le volcó en tierra.--Tampoco, eso es muy flojo... algo más duro.--Le tiró rodando por el suelo.--¡Más fuerte, más fuerte aún!» El muchacho no hallaba nada más fuerte que echarle a uno a rodar; no obstante se aventuró a decir: «Le estrelló contra el suelo. ¡Más fuerte todavía!... Sí, hombre, sí, más fuerte... ¡Le hi-zo-mor-der-el-pol-vo!» Y recalcó de tal manera las sílabas que, en efecto, no podía darse nada más feroz e imponente que esta frase en sus labios.
Traduciendo la famosa catilinaria de Cicerón que comienza con aquel exabrupto:
_Quousque tandem abutere, Catilina, patientiâ nostrâ_, nadie consiguió darle gusto: todos los hallaba tímidos, encogidos, cobardes, al pronunciar los vehementes ataques del Senador romano: «Hijos, para comprender bien lo que sería este modelo de exabruptos en boca del príncipe de los oradores, es preciso figurarse la indignación y la cólera que se apoderaría de él al ver entrar por las puertas del Senado a su más encarnizado enemigo, al procaz y libertino Catilina; es preciso verle dar un salto en la silla, levantarse descompuesto, el rostro pálido, los cabellos en desorden, la mirada fulgurante. Si ustedes no se colocan con la fantasía (que, como ustedes saben, es la facultad de reproducir mentalmente las imágenes de los objetos sensibles) no conseguirán nada... Vamos a ver, venga usted acá--dijo tomando a un muchacho entre sus hercúleos brazos y poniéndole de pie sobre la mesa.--Ahora eche fuego por los ojos y espuma por la boca, grite usted, enciéndase usted, mueva usted los brazos en todos sentidos y estremézcase usted de cólera y rabia... ¡Vamos, hombre, vamos...! _¡Quosque tandem!_»
El pobre chico no pudo encolerizarse por más que hacía, lo cual le valió algunos razonables coscorrones. Fue necesario que el mismo don León tomase la palabra y dijese a grandes voces el trozo, acompañándose de furiosos ademanes. Nosotros sentimos el terror de lo patético, cosa que lisonjeó mucho al profesor, y muy singularmente nos conmovimos al observar que la mesa se resquebrajaba con un tremendo puñetazo.
Su castidad igualaba, si no excedía, a su energía. Le ofendían, sobre todo encarecimiento, las palabras y las canciones deshonestas. Cuando en los poetas latinos llegaba a un pasaje algún tanto subido de color, o lo pasaba por alto o lo velaba por medio de una interpretación de todo en todo infiel. Siempre recordaré que al traducir la elegía de Ovidio que empieza: _Cum subit illius tristisima noctis imago_, llegando a un punto en que el poeta cuenta en qué forma se despidió de su esposa, y dice que tocando ya en la puerta los pies, se negaban a marchar; y
_Sæpe vale dicto, rursus sum multa locutus,_ _Et quasi discedens oscula summa dedi,_
traduje el pasaje a la letra, diciendo: «Dicho muchas veces el último adiós, todavía me volví a hablarle, y casi separándome la cubrí de besos.»
Don León, ruborizado, extendió los brazos exclamando: «¡No, hijo mío, no! Y al tiempo de separarme la di el ósculo de paz.» También recuerdo que en cierta ocasión, habiendo sorprendido en un discípulo un ademán obsceno, cayó sobre él exclamando: «¡Infame, todavía no estamos en Sodoma y en Gomorra!» Y por poco le despedaza.
Finalmente, en estas y otras cualidades guardaba el buen profesor muchos puntos de semejanza con el elefante. Yo, aunque nada tuviese de común con este animal por mi figura menudísima, conseguí caerle en gracia, merced a una cierta entereza de que estaba dotado y a mi mucha aplicación. Estimó en mí cualidades que no tenía, y creyó sinceramente que estaba llamado a ocupar un alto puesto en las letras. Por aquella época, habiendo encargado una composición en décimas a toda la clase, la mía logró despuntar sobre las demás. Tributome por ella desmedidos elogios, y con tal motivo engendrose en mí la afición de escribir versos, que tarde o nunca me dejó. Don León se encargaba de corregirlos y señalar las figuras que iba _cometiendo_ sin saberlo. «Mire usted, hijo mío, al llamar al rocío líquidas perlas comete usted una metáfora, muy linda por cierto. Eso que usted dice de la aurora que con sus dedos rosados abre las puertas del firmamento, es ya una alegoría, o lo que es igual, una metáfora continuada... ¿A que no sabe usted qué figura comete cuando dice al terminar la composición?
¡Triste suerte, cruel, parca inhumana sumió a mi alma en duelo y amargura!»