Aguas fuertes

Chapter 11

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Efectivamente, no lo sabía. Don León me miraba con aspecto triunfal.--¿No lo acierta usted...? Pues comete usted un _epifonema_, un verdadero _epifonema_ (exclamación profunda que se hace después de narrada, descrita o probada una cosa). Cuando entramos en mayor confianza, el profesor me manifestó secretamente que él también había escrito versos en su juventud, y que aún los escribía cuando le soplaba la musa, si bien nunca había osado publicarlos con su firma. No tardó, como es consiguiente, en leérmelos, encerrándose para ello previamente en un cuarto retirado, donde a su sabor descargó la conciencia del grave cargo de ciento y tantas composiciones en todos los metros imaginables, aunque sus predilectos eran los sáficos y adónicos. Los dísticos, compuestos de exámetros y pentámetros, también le gustaban sobremodo. Pero de la que estaba más orgulloso y la que le había valido, al decir de él, infinitas enhorabuenas, era un cierto poema dedicado al desafío de dos íntimos amigos suyos, fatal para el uno de ellos, pues el contrario le había atravesado el vientre de un balazo. Creyendo necesario ponerme en antecedentes, me dijo que estos tales amigos se hallaban una tarde en el café de Levante platicando apaciblemente con él y otros varios, y que habiendo girado la conversación sobre varios temas, vino a parar, como tal vez solía acontecer, a los toros, y que haciendo uno el panegírico acabado de la plaza de Valencia, notable por su amplitud y solidez, otro manifestó inmediatamente que la tal plaza era un patio de vecindad comparada con la de Córdoba, a lo cual replicó el primero que mirase bien lo que decía, porque la plaza de Valencia tenía fama en todo el orbe. Empeñose una discusión viva y acalorada; tanto más acalorada, cuanto que el que sostenía las ventajas de la plaza de Córdoba no conocía la de Valencia, y viceversa; el defensor de la de Valencia nunca había visto la de Córdoba, y bien sabido es que cuando faltan razones, sobran siempre gritos. En resumen: la disputa subió tanto, que llegó en forma de bofetadas a las mejillas de los contendientes. Pusiéronse los amigos de por medio, alborotose el café, rompiéronse algunos vasos: al día siguiente de madrugada efectuábase el duelo más allá de la Fuente Castellana, y el campeón de la de Córdoba caía al suelo revolcándose en su propia sangre. Este lance desgraciado causó una penosa impresión en don León por tratarse de dos amigos igualmente queridos, y bajo el sentimiento que le produjo escribió la composición que he mencionado, donde menudeaban los signos de admiración, los puntos suspensivos, las amargas reflexiones y los gritos de dolor, todo ello sostenido en un tono severo y digno, como el de las elegías clásicas. Siempre tengo en la memoria el acento dolorido con que don León me recitaba aquellos versos salidos del alma:

¡Qué falta de cordura! ¡Qué sobra de imprudencia! ¡Adoptar desventura! ¡Desechar avenencia!

No hay para qué decir que yo celebraba mucho los versos de don León: juzgábalos sinceramente bellos; mas, aunque así no fuese, el respeto me obligaría a ponerlos sobre la cabeza. En cambio, don León acogía con indulgencia y agrado los primeros vagidos de mi musa: escuchábalos atentamente y los proponía, como dignos de imitarse, a los discípulos. No pocas veces, leyéndole alguna composición, se sintió interesado vivamente hasta el punto de acercar más la silla, inclinar el cuerpo y exclamar con vehemencia: «¡Prosiga, querido, que me deleita!»

Pronto se estrecharon nuestras relaciones de tal suerte que vinimos a ser más bien amigos y camaradas que profesor y discípulo. Don León depositó en mi seno, que contaba a la sazón catorce o quince años, una muchedumbre de secretos que le atormentaban, casi todos pecuniarios, lo mismo que había depositado todos sus versos; me nombró pasante de la clase y me otorgó otra porción de testimonios de aprecio. Al cabo estas relaciones, conservándose no obstante la buena amistad, se rompieron bruscamente. He aquí de qué modo:

Era el año mil ochocientos cincuenta y cuatro. Don León no pareció un día por el colegio, lo cual causó cierta sorpresa al director, pues en los años que llevaba de enseñanza no había estado indispuesto una sola vez. Al día siguiente tampoco vino, y pensando pudiera hallarse enfermo le pasó un recado; pero don León no estaba en su casa, lo que le sorprendió todavía más. Al otro amaneció Madrid obstruido de barricadas, las casas atrancadas; patrullas de soldados y ciudadanos armados por las calles y ruido incesante de fusilería; muchos gritos subversivos, como dicen los bandos de las autoridades, y mucho jaleo, como dicen los que se paran a leerlos. Había estallado _la gorda_. ¡Quién pensaba en matemáticas, retórica y psicología en el colegio! Los muchachos celebramos el cataclismo como un acontecimiento fausto, corríamos por los pasillos brincando de alegría, nos comunicábamos en voz baja noticias a cual más estupendas, y mirábamos por los balcones lo que pasaba en la calle, cuando la vigilancia de los superiores lo consentía. Un criado vino diciendo, ya bien entrada la mañana, que D. León se estaba batiendo en las barricadas y que mandaba una fuerza considerable, cuya nueva cayó como una bomba en el colegio, produciendo gran perturbación y sobresalto, ya que no sorpresa, entre los alumnos. El profesor León adquirió entre nosotros en aquel mismo punto un maravilloso prestigio, se levantó ante nuestros ojos con talla colosal y no poco se arrepintieron algunos de haberle denigrado apodándole _el Camello_ y haciendo chacota de su levita. Todo se volvió ensalzar su valor y sus fuerzas y entregarse a mil gratos comentarios acerca de su próxima victoria: uno que se jactaba de tener buen olfato decía que algo había presumido al no verle los días anteriores en el colegio, otro aseguraba que si vencía la revolución el capellán D. Jerónimo lo iba a pasar muy mal porque había declarado la guerra sin motivo a D. León. Mareábamos al criado que trajo la noticia con un sin fin de preguntas: queríamos que nos informase de todos los pormenores, y el pobre sólo sabía por referencia que el profesor se hallaba hacia la calle de Toledo mandando una barricada. El director se había encerrado en su cuarto; el capellán había desaparecido; algunos aseguraban que estaba metido entre colchones con un _canguelo_ que no le llegaba la camisa al cuerpo. Reinaba dulce indisciplina en el colegio.

En esto, a mí y a otros dos compañeros nos vino la idea de fugarnos y marchar a ponernos a las órdenes de D. León. Dicho y hecho; espiamos las vueltas del inspector, bajamos quedito las escaleras, abrimos la puerta con cuidado, y ¡pies para qué os quiero! nos dimos a correr hacia la Puerta del Sol sin volver la cara atrás. Las calles presentaban un aspecto siniestro, casi todas solitarias, los balcones de las casas herméticamente cerrados, en las esquinas algunos centinelas con el fusil terciado; los pocos transeúntes que veíamos cruzaban velozmente, con ánimo, sin duda, de guarecerse en su casa lo más pronto posible, y sólo se detenían trémulos ante el «¿quién vive?» del soldado. La Puerta del Sol estaba ocupada militarmente; muchos soldados, muchos cañones y al mismo tiempo mucho silencio: la _gresca_ andaba por los barrios bajos. Tuvimos que dar un gran rodeo para llegar a ellos, cosa que no hubiéramos conseguido si en vez de niños fuésemos hombres; mas nuestra corta edad nos salvaba de toda detención y reconocimiento, pensando los soldados que andábamos buenamente en busca de la casa. Llegados a la plaza de Antón Martín pisamos terreno revolucionario: veíase una muchedumbre de paisanos trabajando con afán en levantar una formidable barricada; patrullas y grupos de hombres armados entraban y salían en la plaza por sus bocacalles; las casas estaban fortificadas. Uno de nosotros se acercó a preguntar a un obrero de luenga barba, que iba armado con carabina de caza, por D. León. «D. León... D. León... ¿qué se yo quién diablos es D. León?»--dijo sin detenerse;--y volviéndose a los pocos pasos, exclamó en tono áspero: «¡Eh, chiquillos, metéos pronto en casa, no vaya a suceder una desgracia!» Los tres alumnos del colegio del Salvador seguimos por la calle de la Magdalena hasta la plaza del Progreso. Allí volvimos a preguntar por D. León: tampoco nos dieron noticia, pero un chulo compasivo nos dijo: «Venid conmigo, si queréis; ¿no decís que debe de estar en las barricadas de la calle de Toledo? Pues apretad el paso, que yo voy hacia allá.» Al llegar a esta calle tratamos igualmente de informarnos, y también fue en vano; mas en la plaza de la Cebada, al preguntar a un grupo de hombres, todos armados de carabinas, que había delante de una taberna, nos replicó uno de ellos: «¿Ese D. León que manda una barricada, es alto, de bigotes blancos?»--Sí, señor.--«¡Toma--dijo volviéndose a sus compañeros--pues si es el general León!» Quedamos maravillados y pedimos con afán ser presentados a él. El mismo interlocutor nos condujo a otra taberna que allí cerca estaba, y entrando por ella hallamos en la trastienda, rodeado de una docena de chulos y gañanes, a nuestro profesor, con un _kepis_ de miliciano en la cabeza, faja encarnada de general, sable y botas de montar; pero con la misma levita.

Recibiónos con gran alborozo, nos hizo servir dulces, y como cosa extraordinaria y propia de las batallas, un poco de vino; mas de ningún modo consintió en darnos las armas que le pedíamos. Nos contó cómo había rechazado en la Cava Baja con veintisiete hombres a dos compañías de cazadores, y de qué forma estaba dispuesto a «rendir el último suspiro en holocausto de la libertad». Los chulos que tenía a sus órdenes le llamaban «mi general», cosa que nos tenía encantados, por más que no nos pareciese muy en su lugar que los simples soldados bebiesen en la misma copa que el general y discutiesen con él los planes de campaña.

Al parecer, tratábase de secundar el movimiento de las tropas revolucionarias que iban a atacar el palacio de la Reja. El general reunió en la taberna hasta treinta hombres mejor o peor armados, y echándoles una arenga, donde puso a los «césares y dictadores» por los pies de los caballos, se dispuso a salir con su «valerosa legión» a clavar «el puñal de Bruto en el corazón del tirano». Los chulos no entendieron bien, pero bebieron una copa y se echaron de nuevo a la calle. El general dio orden al tabernero de que nos hiciese conducir con las debidas precauciones al colegio tan pronto como cesase el fuego.

Al día siguiente supe que la revolución había triunfado. En el colegio se murmuró como cosa cierta que D. León iba a ser nombrado Capitán general de Madrid; pero aunque mucho leímos y releímos los periódicos en los días siguientes, nunca pudimos tropezar con el nombre del general. Llegó un instante en que creímos que había perecido en el combate, si bien no comprendíamos cómo no se hablaba más de esta desgracia. Al cabo de algún tiempo supimos por fin que el nuevo gobierno había reconocido a D. León el grado de alférez y que pasaba a servir al cuerpo de Carabineros. Crean ustedes que padecí un terrible desengaño, y hasta escribí a mi profesor suplicándole que no aceptase; pero mis ruegos fueron desoídos. D. León ganaba once duros más al mes... y tenía cinco hijos.

EL SUEÑO DE UN REO DE MUERTE

Una mañana, al salir de casa, hirió mis oídos el repique agudo y estridente de una campanilla. Llevé la mano al sombrero y busqué con la vista al sacerdote portador de la sagrada forma; pero no le vi. En su lugar tropezaron mis ojos con un anciano, vestido de negro, que llevaba colgada al cuello una medalla de plata; a su lado marchaba un hombre con una campanilla en la mano y un cajoncito verde en el cual la mayoría de los transeúntes iban depositando algunas monedas. De vez en cuando se abría con estrépito un balcón, y se veía una mano blanca que arrojaba a la calle algo envuelto en un papel; el hombre de la campanilla se bajaba a cogerlo, arrancaba el papel, y eran también monedas que inmediatamente introducía en el cajoncito verde: cuando levantaba la vista al balcón, estaba ya cerrado. Lo adiviné todo.

Un ligero temblor corrió por todo mi cuerpo, y a toda prisa procuré alejarme de aquella escena. Corrí por la ciudad, haciendo inútiles esfuerzos para no escuchar el tañido de la fatal campanilla, y en todas partes tropezaba con la misma escena. Notaba que los transeúntes se miraban unos a otros con expresión de susto, y se hacían preguntas en tono bajo y misterioso. Algunos chicos, pregoneros de periódicos, chillaban ya desaforadamente: «La Salve que cantan los presos al reo que está en capilla».

Desde que tengo uso de razón he sabido que existe la pena de muerte en nuestro país; y no obstante, siempre la he mirado del mismo modo que los autos de fe y el tormento; como una cosa que pertenece a la historia. Esto se explica, atendiendo a que he residido siempre en una provincia donde por fortuna hace ya bastantes años que no se ha aplicado. Conocía algunos detalles de la ejecución de los reos sólo por referencia de los viejos, a los cuales no dejaba de mirar, cuando me lo contaban, con cierta admiración, mezclada de terror.

Recuerdo que en la madrugada de un día de otoño frío y lluvioso, salí de mi pueblo para Madrid. Despedime de mi madre, y turbado y conmovido como nunca lo había estado, bajé a escape la escalera en compañía de mi padre. Ambos marchábamos embozados hasta las cejas, no sé si por miedo al frío o por no vernos las caras. Nuestros pasos resonaban profundamente en las calles solitarias; la luz triste y escasa del día que comenzaba daba cierto aspecto de antorchas funerarias a los faroles que aun se hallaban encendidos, y las casas, dejando caer de sus tejados algunas gotas de lluvia, parecían llorar mi marcha. Al atravesar un campo situado a la salida de la población, me dijo mi padre: «Este es el sitio donde se ajusticiaba a los reos de muerte.» Sentí un temblor igual al que corrió por mi cuerpo cuando vi al hombre del cajón verde. ¡Dios mío, qué lejos estaba en aquel momento mi corazón de estas escenas de horror!

Pasé todo el día inquieto y nervioso escuchando el toque de la campanilla fúnebre por todas partes. A la verdad, no puedo decidir si la campanilla sonaba realmente, o eran mis oídos los que la hacían sonar. Compré cuantos papeles se vendían por las calles referentes al reo, y los devoré con ansia. No me atreví, sin embargo, a pasar por delante de la cárcel para mirar la ventana de la estancia donde se hallaba, aunque me dijeron que había mucha gente por aquellos sitios. En cambio pasé varias veces por delante de la casa de su esposa. La desgraciada mujer había venido de muchas leguas lejos, a solicitar el indulto, y alojaba en una casa sucia y miserable de uno de los barrios extremos de Madrid. Allá a la noche me sentí fatigado, cual si hubiera pasado el día trabajando, cuando no hice otra cosa que errar distraído por las calles, y me acosté temprano. Tardé en conciliar el sueño, como sucede siempre que uno anda caviloso, y por dos o tres veces, cuando ya creía ganarlo, me despertó un gran estremecimiento parecido a la emoción que se experimenta al tocar el botón de una máquina eléctrica. Al fin me dormí. Así como lo temía, toda la noche soñé con patíbulos y verdugos: mas no dejaron de ser bastante curiosos y significativos mis sueños, por lo cual, aunque me cueste trabajo, voy a trasladarlos al papel.

Soñé que me achacaban un gran crimen, y que ponían en seguimiento de mis pasos a toda la policía de Madrid. Mis tretas para burlar su persecución, se redujeron a echarme a correr por la puerta de San Vicente hacia fuera, metiéndome en los lavaderos del Manzanares, donde me creí perfectamente seguro de las asechanzas de mis enemigos. Con efecto, estando allí muy tranquilo mirando correr el agua de jabón y viendo a las lavanderas colgar sus ropas en los cordeles, dieron sobre mí el presidente del Consejo de Ministros, el de la Juventud Católica, el ministro de Fomento y el de Gracia y Justicia, los cuales inmediatamente me amarraron y me condujeron a la cárcel. El ministro de Fomento propuso que se me llevara cogido por los pies y a la rastra, pero el presidente de la Juventud Católica hizo observar que se me iba a estropear la ropa, y fue desechada la proposición.

La cárcel era un edificio grande, sólido y austero, con un crecido número de balcones y ventanas, cosa que me sorprendió, a pesar de la turbación de ánimo en que me hallaba, pues tenía la idea de que en las cárceles había poca ventilación. Me encerraron en un calabozo circular, sin ventana ninguna: de suerte que me vi sumido en la más completa oscuridad. Mas no se pasó mucho tiempo sin que se abriera la puerta de par en par, y entrara por ella un carcelero con una bujía encendida anunciándome que pronto llegaría el juez y el escribano. Aparecieron al fin estos dos varones, y fue extraordinaria mi sorpresa al encontrarme enfrente de dos señores que jugaban todas las tardes al billar conmigo en el café Suizo. Aparentaron no conocerme, e inmediatamente se pusieron a tomarme declaración, ofreciéndome antes algunos merengues con objeto, según decían, de que tuviese la voz más clara. El juez, que era de los dos el que mejor jugaba las carambolas de retroceso, después de haberme obligado a confesar una porción de crímenes a cual más horroroso, hizo un gesto muy expresivo a su compañero, llevándose la mano al cuello y sacando al mismo tiempo la lengua. Yo tomé el gesto por donde más quemaba, y barrunté muy mal del asunto.

A las dos horas poco más o menos, tornaron a abrir la puerta, y entró el escribano a leerme la sentencia. No se me condenaba nada más que a morir en garrote vil, si bien en atención a que jugaba con mucha seguridad los recodos limpios, dejábase a mi arbitrio señalar el día de la ejecución. Por un instante tuve el intento de aplazar indefinidamente este día, juzgando que era muy joven para morir de modo tan desastroso: mas pronto revoqué mi acuerdo por motivos de delicadeza, y pedí se me ejecutara al día siguiente. Hay que confesar que tengo un sueño muy digno.

Una vez resuelto que me ejecutarían al día siguiente, la única idea que se apoderó de mí fue la de morir con serenidad y entereza; y en efecto, demostré, al decir de todos los que me rodeaban, un gran carácter durante las horas de la capilla. Comí y dormí tranquilamente, y pasé algunos ratos departiendo con los redactores de _La Correspondencia_. De vez en cuando procuraba verter alguna frase bonita para que éstos la reprodujesen en su diario y las gentes se admirasen de mi valor.

Llegó por fin el instante terrible de emprender la marcha hacia la muerte, y yo la emprendí con la mayor sangre fría. En aquel momento lo que me embargó fue un gran sentimiento de vergüenza, y recuerdo que exclamé apretándome contra el sacerdote que marchaba a mi lado: «¡Ah, por Dios, que no me vean, que no me vean!» Hasta el instante de salir de la cárcel, no se me ocurrió que iba a hallarme frente a una muchedumbre de espectadores, y que algunos millares de ojos se irían a clavar sobre mi rostro con expresión de burla y desprecio. Este pensamiento hizo flaquear mi valor: me aterraba infinitamente más que la perspectiva del cadalso. Sentía dentro de mí fuerzas bastantes para mirar a la muerte cara a cara, y al mismo tiempo me contemplaba incapaz por entero de soportar la vista de un público curioso y hostil.

Congojado y muerto de vergüenza salí por la puerta de la cárcel entre un grupo de curas, soldados y carceleros. No quise levantar la vista del suelo, porque temía desfallecer; mas el silencio pavoroso y extraordinario que observé en torno mío, incitome a alzar los ojos. ¡Qué sorpresa y qué ventura! La calle estaba desierta. Fuera del cortejo que me rodeaba, ni una sola figura humana veíase cerca ni lejos. Los balcones y ventanas de las casas, así como las puertas de los comercios, se hallaban perfectamente cerradas. Los curas, soldados y carceleros, después de pasear la vista por el ámbito de la calle, mirábanse unos a otros con acentuada expresión de asombro. El único objeto que hería la vista en medio de esta soledad era el carruaje miserable y fatídico que me esperaba. Antes de entrar miré al cielo. Aparecía cubierto por un leve manto de nubes, tan leve, que no conseguía velarlo por entero, semejante a una colcha de encaje con fondo azul. El sol, asomando su ardiente pupila por los agujeros de esta celosía de nubes, era el único curioso que nos observaba.

El carruaje marchaba lentamente. Yo, sin atender a las exhortaciones del clérigo que iba a mi lado, asomaba la cabeza por la ventanilla explorando con los ojos la calle, las puertas y los balcones de las casas. Nada, ni un ser humano parecía. Allá en las afueras de la población, distinguí dos niños que corrían sofocados hacia la puerta de una casa, desde la cual su madre les llamaba a gritos. Cuando pasamos por delante de esta casa, la madre y los hijos habían desaparecido. Un poco más allá tropezamos con un hombre que llevaba un saco cargado sobre la espalda, el cual, así que nos percibió, dio la vuelta y echó a andar apresuradamente por una calle lateral, perdiéndose muy pronto de vista.

Llegamos, por último, a la vista del patíbulo situado en medio de un extenso campo. Allí fue mucho mayor mi sorpresa. Ni en torno del patíbulo, ni en toda la tierra que alcanzaban los ojos, se veía tampoco una figura humana. Subí las escaleras del tablado, deteniéndome a cada instante para mirar alrededor, pues no acertaba a comprender lo que era aquello. El cielo presentaba un aspecto distinto. Su manto de nubes era más espeso; la vaporosa túnica de encaje había sido reemplazada por una cortina gris que cerraba herméticamente toda la bóveda celeste; el sol ya no tenía celosía por donde mirarnos. La llanura triste y oscura en que reposa Madrid, exhalaba un vapor trasparente que concluía por aproximar la línea vaga y fina que cierra el horizonte. Los objetos ofrecíanse indecisos y temblorosos, como si hubieran perdido sus contornos, y la luz se filtraba con trabajo por aquel cielo de algodón para sumirse luego en la tierra negra y húmeda. Respirábase en este ambiente espeso, que no hería apenas ruido alguno, cierta calma: pero una calma que oprimía en vez de refrescar el corazón.