Part 17
Pero la inventiva del boticario es tenaz, y sube con la temperatura, como el barómetro; así, el viejo proporciona á su agente y enemigo augurios y revelaciones acerca de lo que vuelve á ser «cuestión palpitante»; y aunque no vendrá igual que antaño la ronda de curiosos á indagar el origen de tales rumores, en risueña parranda, el farmacéutico sonríe complacido y arremete con ímpetus á su preparación contra la polilla, de enorme utilidad en la canícula.
Mientras funciona el almirez ilustre de la calle Real, vase el declamador buen mozo á predecir, con voces misteriosas, graves sucesos en la familia de Ramírez: mas en vano gesticula en actitud interesante, y finge alarmas, y augural balbuce:
--«Según tengo entendido»...
La gente mira incrédula al _Robledo_, y ni los más inclinados á la catástrofe y á la fatalidad, advierten que en la serena fronda se inicie drama alguno: adormecida está en la altura, con beatitud amable, como si prestara oído á la solemne respiración del Cantábrico; y el cantar de las aguas corrientes brota de las entrañas de la selva con tan mansos rumores, que hasta los más pesimistas y agoreros oyen en su voz un romance de paz.
Si la señora de Ramírez se apareciese allí donde su hijo ambula esperándola, de seguro el vecindario sonreiría con benevolencia, creyendo á Carlota un ángel en quien Dios hacía gala de prodigios. Indulgentes brisas de caridad rondan el bosque, y el rumor de que ha devolver la dama del _Robledo_, tiene una dulzura placentera que Felipe Alonso no puede amargar con los vaticinios del boticario...
En esto, las de Estrada descubren una tarde el grupo significativo y alegre de la viuda de Velasco--casi nunca vista en la población --apoyándose en la niña de Ramírez, y con la escolta galante de Manuel. Van de compras: cruzan la plaza, y bajo los portalones se hunden en la tienda más rica de la ciudad.
Cuando aparecen otra vez al sol, todos los visillos del trayecto están atacados de epilepsia contagiosa, encima de los cristales.
Manuel mira hacia los balcones con sabia sonrisa, como si penetraran sus ojos al otro lado del fino cendal que cubre á las señoras, arrodilladas, impacientes y febriles.
Y al sorprender la risueña observación de Velasco enrojece Ana María, y se turba.
Ya no es preciso más para que cuenten aquella noche las de Estrada que otra vez hay barruntos de boda en el _Robledo_: asienten las de Bernaldo; las del juez aseguran, y ármase un guirigay estrepitoso, del cual llegan rumores á cada paseante de la alameda, donde el estío reune á la gente de buen humor. A coro acciona y comenta el grupo mujeril:
--¡Iban tan entusiasmados!...
--Ella se puso muy encarnada...
--¡Está monísima!
--¡Qué buen mozo es él!
--Las canas le favorecen.
--Es tan arrogante como Adolfo...
--Y más formal.
La alcaldesa dice que los Velascos son de una raza de caballeros tan cumplidos, que de seguro Manuel quiere enmendar la culpa de ingratitud cometida por Velasquín.
--Pues hay pocos hombres de ese temple--exclama Filomena Bernaldo.
Ordóñez toma parte en la conversación:
--Con mujeres como Ana María, ya puede ser Velasco un caballero.
--Adolfo no lo fué--murmura Jacoba Estrada, que se muere por el doctor.
Pero él replica impávido:
--Un caso de locura no se repite con frecuencia.
--¡Buen desfacedor de agravios tenemos aquí!--ríe muy relamida la celosa.
Y el joven se conduele agresivo:
--¡Si no estuviera «tan alto» el _Robledo_!...--Después lanza, burlón, una pregunta al corro:
--¿No compran ustedes las bolas que vende el boticario para defender terciopelos y lanas?
Todos sonríen mirando á Filo; la sensible doncella, dándose por aludida, responde con mucho desdén que ya es viejo ese específico... «de la calle Real», porque el año anterior puso ella unas cuantas bolas en la piel... ¡y se le picó toda!...
--¿Se le ha picado á usted la piel?--compadece Estraduca, tímido y desolante, asomando la nariz por detrás de sus hijas.
--Sí, señor. La tengo completamente picada.
--¡Pobre criatura!... Pero ¿y de qué, de qué?
--Pues de la polilla.
--¿Es posible? ¿de veras?
--¡Si era de nutria, hombre!--advierte Jacoba con un codazo irrespetuoso. El regocijo gárrulo de las mujeres empapa la vocecilla tremante, que gime aún, con la obsesión del duelo:
--¡Pobre Filomena!...
Cuando agoniza la velada, ya es público en Torremar el hidalgo proceder con que los Velascos saben cumplir compromisos de amor; y la imaginada boda presta al _Robledo_ un relieve de tales proporciones, que, mediante absurda suposición, cuéntase á la de Heredia enclaustrada por un voto y se dice que la merced pontificia está á punto de volverle su libertad... ¡Tal eficacia tuvieron una sonrisa burlona en labios de Manuel y una llama de rubor en el rostro gentil de Ana María!...
* * * * *
Ligera y fugaz como una sombra, desde que «resucitó» con el corazón exhausto en el blando nicho de chales y almohadones, camina la de Alcántara con inconsciente rumbo, igual que si le hubiesen puesto una venda en los ojos. En su propia casa, al tropezar á sus familiares, sonríe con la misma dulzura á Pablo y á Velasquín; tal sonrisa es perenne, yerta y remota, como la de un retrato, ó de una estatua. Ya la joven sale en el _Reina_; cruza la playa; monta á caballo, y asiste á misa. Adolfo está muy contento viéndola así, por más que á veces sienta una vaga inquietud vislumbrando en los ojos de su mujer el frío detrás de la penumbra, como si aquellos cristales tenebrarios franquearan un sepulcro. Hay una triste sensación de ausencia en las pupilas de la dama: diríase que duerme con los párpados abiertos ó que vela con el espíritu en fuga. Velasquín está receloso y le dice á menudo:
--¿Sufres?... ¿Qué sientes?
Regina responde:
--No sufro nada. No siento nada... ¡nada!--corrobora con un ligero espasmo de extrañeza.
Y en Torremar produce grande asombro el aspecto apacible y saludable de aquella dama que se recobra al mundo cuando todos la creían achacosa y doliente.
No ha pasado la primera semana sobre la singular resurrección, y una tarde Regina se entretiene en tirar al blanco en pugna con Velasquín, desde el rudo camino de la costa: en palique y en chanza, agujereando un papel prendido en los matorrales del argomal, suben al cementerio, y junto á la cerca, Adolfo propone á su mujer colocar desde allí, á porfía, una bala en un pino solitario de la otra linde; tira el caballero, y acierta; la señora apunta y dispara: una cruz del plantel cruje; un grito amargo y desgarrador emerge de las flores que rodean al herido leño.
Velasquín, pálido y afanoso, empuja la puertecilla y avanza entre losas funerales; Regina corre detrás, sin miedo ni susto, rauda y leve como una pluma, que el aire lleva; al llegar los dos al pie de la cruz, el marido incorpora á una mujer, inerte en el suelo, y la esposa distingue entre los brazos del símbolo piadoso un nombre: ¡Gabriel!
Cuando la triste desmayada vuelve en sí, mediante la asistencia de ambos jóvenes, mira á la cruz y prorrumpe en lamentos:--¡Gabriel! ¡Gabriel!--murmura.--¡Está sangrando!... ¡Le han herido en el corazón!
Y furiosa de repente, arranca puños de flores y se los echa al rostro á la culpable. Luego, huye veloz y frenética, gritando su desventura. Absorta Regina, la ve correr, la oye gritar, contempla el agujero de la cruz, repara en la palidez de su marido, y sacudiéndose los pétalos de rosas que le salpican el traje, sonríe con absoluta indiferencia.
Los ayes de _la novia_ repercuten en el acantilado bravío, mezclándose al rumor de la marejada en el silencio augusto del anochecer; y cuando Velasquín y su esposa llegan á la población, ya en el alto argomal las florecillas silvestres entornan con sueño los dorados ojos. Se duele el joven del percance, culpándose de no hacer prevenido el posible error de aquel disparo; aún se figura contemplar la cruz, temblorosa y traspasada sobre las imploraciones de la suplicante; y un estremecimiento piadoso le sacude, conmovido, en mitad de la senda: teme que el espanto de la loca alborote á la gente, y que en la desenfrenada fantasía popular adquiera visos de profanación aquel suceso fortuito; pero Regina escucha sus palabras como si llegasen de muy lejos, como si no le concerniesen ni á ellas tuviera cosa alguna que responder. El acento pesaroso de Velasquín es para la dama un ruido más, un rumor que se une al de las olas y que envuelve y apaga con dulzura los estridentes gritos de _Gabriela_...
Alarmado por tan singular actitud, Adolfo se confunde y entristece porque no halla razón á la indiferencia extraña de su esposa. Cayendo la noche tornan los dos al hogar mudo y áspero, donde las incertidumbres del mozo vuelven á insinuarse, mientras el señorío de Torremar, congregado en el paseo, celebra al aire libre una de sus veladas domingueras, no ya en plácemes de boda como la anterior, sino en derroche de vilipendios contra Regina de Alcántara, que otra vez sale de aventuras á dejar en su camino una huella de escándalo. Y del coro de vivas murmuraciones surgen con fuerte aroma exótico, entre mal disimulados celos, un elegante perfil y un haz de cabellos rubios que ondulan como bandera de rebeldía, malignos y seductores...
VI
FIN DE LA HISTORIA DE LA "BELLA DURMIENTE".
¡DÍA magnífico, día sublime para las musas trágicas de don Celso Ortiz; día histórico de perpetua memoria en los anales de Torremar!
Apenas había el boticario augur abierto los ojos á la luz de aquella mañana, entróse por la botica cierto rumor de catástrofe, que puso al profeta del almirez en súbita vibración. Un mozo de la finca de Ramírez, forastero sin duda, preguntaba por el domicilio de don Fermín. La inquietud del emisario y la urgencia que mostraba, dieron margen al interrogatorio:
--¿Ocurre alguna cosa?
--¡Vaya si ocurre!
--¿Hay enfermos?
--Lo que hay es un difunto. Y la señorita está muy maluca.
--Pero ¿qué ha sucedido?
--Pues que el amo... Al decir esto hízose el mozo, con el pulgar en la garganta, una señal significativa.
--...¿Se degolló?
--Así parece.
Y mientras don Celso, pálido y tembloroso, dilatada la nariz y los ojos brillantes, conmovía á la vecindad con la triste nueva, echó el mozo á correr, calle abajo, en busca del médico.
* * * * *
Aconteció la víspera en el _Robledo_ que Ana María bajó al sótano para hacer, como de costumbre, la renovación y limpieza del gran acuario instalado allí. De algún tiempo á esta parte, sentíase la joven más animosa para llevar las difíciles riendas de aquel laboratorio sin labores, con vistas á un hogar arrecido. La inspección cotidiana del acuario constituía para la moza un curioso divertimiento: gustábale descubrir aquel fondo de mar en miniatura, que proyectaba, en la obscuridad del sótano, perspectivas fantásticas y emocionantes; era un vivo simulacro de la lucha por la existencia, un sutil remedo de la jerarquía social, revuelto nansa donde también los peces grandes se comen á los chicos...
Absorta Ana María, contemplaba aquella turbia caricatura del mundo, cuando sintió pasos en la escalera:
--Será Manuel--pensó, enrojeciendo--. Teme que se me olvide soltar los grifos y abrir las válvulas...
De pronto, una mano cayó con violencia en el hombro de la niña, y, tras un grito de espanto, la voz de don Juan Ramírez rugió desatada:
--¡Carlota!... ¿Te escondes, eh?... ¡No te me escaparás, infame!
El sabio, el loco, sacudiendo á su hija con frenesí, levantó sobre ella el puño. Pero no le llegó á descargar. Con las dos manos presas, hallóse frente á Manuel Velasco, que le decía en pleno rostro:
--¡Cobarde!
Tras una ráfaga de vacilación y de miedo, Ramírez protestó:
--¿Qué buscas tú aquí? ¿A qué vienes?... Esa mujer es mía.
--Está usted equivocado.
--¡Es mía!
--Le digo á usted que se equivoca.
El discípulo entonces, soltando al profesor, le hizo mirar de cerca el espavecido semblante de la niña. Próximo ya el crepúsculo, había crecido la obscuridad por instantes, y en las altas rejas, leve soplo otoñal, deshojador de rosas, parecía gemir sobre los gajos murientes de la luz. El sordo murmullo de las aguas semejante á un lamento; las reverberaciones del acuario, con su muchedumbre temblorosa de inquietas vidas; todo el conjunto original del recinto, puso marco de imponente emoción al terrible episodio.
--¡No es ella!--profirió don Juan, escudriñando con avidez la cara llorosa de la joven. Quedó un punto perplejo, y con súbita audacia gritó en seguida.
--Pero ésta me pertenece también.
--Me pertenece á mí--refutó Velasco, tranquilo y firme. El padre quiso avanzar con la mano extendida, mas le detuvo, inmóvil y medroso, la reciedumbre de otra mano, mientras añadía Manuel con reconcentrada expresión:
--He adquirido derechos sobre ella á muy alto precio.
--¿Y pretendes tener en mi casa más derechos que yo?
--Sobre los corazones, sí.
--¿Qué me importan á mí los corazones?
--Por eso huyen de usted...
--No me hacen falta.
El mozo, endulzando su acento, murmuró, más compasivo que indignado:
--La vida es amor.
--Aborrezco la vida.
--¿Cómo quiere usted entonces dominarla?
--Con el odio.
--¡Pobre don Juan!--compadeció Velasco, doliéndose de aquella demencia destructora que le desarmaba con la propia insensatez. Y Ramírez, jadeante como si rindiese la jornada más penosa, giró en redondo, y hundióse en la obscuridad, de donde había salido igual que un fantasma. Iba regruñendo:
--¡Odio... odio!...
--Amor... amor...--aleteaba el corazón de Ana María, refugiándose en los brazos defensores de Manuel. Al sentir el mozo los apremiantes latidos de aquel pecho tan suyo, hízose un eco de la blanda querella, confirmando:
--Sí; amor... amor...
Y después de una pausa en que la caridad y el sentimiento rehogaron en el alma de Manuel los más nobles propósitos, añadió acariciando la frente de la niña:
--Es menester sacarte pronto de aquí; lo resolveremos mañana mismo--. Se la confió luego á Carlos con muchas precauciones, y bajó á su casa impaciente.
Triste fué la velada del _Robledo_: don Juan se escondió en su alcoba soliviantado, sin permitir que nadie traspasara el dintel; y junto á una vidriera, ya cerrada al rocío del otoño, Carlos y Ana María recordaron con angustia y sigilo todas las pesadumbres apuntadas en la memoria de su corazón. El paisaje, pálido y confuso bajo la luz de la luna, parecía penetrado de santidad y el rumor de las olas rodaba en el silencio como enorme sollozo de la vida...
Al nacer la siguiente mañana, en el dormitorio de don Juan resonaron quejidos, y piadosa Ana María, acudió con solicitud cerca de su padre: un espectáculo horrible la clavó al pie del lecho, pávida de terror; el sabio se debatía con la muerte, entre las sábanas húmedas y rojas, ya sumidos los ojos en tinieblas. Habíase inferido en el cuello bárbaro corte, valiéndose de una cuchilla sutil del laboratorio.
Pocos minutos después inclinábase don Amador con infinita piedad sobre la tremenda agonía. Desde fuera, señores y criados escuchaban distintamente el acento fervoroso del sacerdote, que, sobreponiéndose á los ayes del moribundo, decía con solemne ternura:
--El odio mata y condena; el amor redime y perdona... Don Juan Ramírez: espere usted en la misericordia divina; clame usted, con fe, desde el fondo de su alma: ¡Jesús... Jesús... Amor... Amor...!
* * * * *
Aún vibraban resonantes y compasivos los comentarios del drama cuando Velasquín se atreve á decir á su mujer:
--¡Si subieras al _Robledo_!... Allí no te guardan rencor. Pronto seremos hermanos de Ana María, porque la boda se hará en breve.
Sin recordar por qué los de Ramírez habían de ser rencorosos para ella, Regina maquinalmente pregunta:
--¿Has subido tú?
--El día del entierro... Carlos estuvo amable conmigo y su hermana me preguntó por ti.
--Subiré hoy--dice la señora muy tranquila--; tú me irás á recoger cuando anochezca.
Y por los mismos senderos tan paseados el año anterior con locas ambiciones, la dama rubia, indiferente y desamorada, insensible y fallida, fué ganando la cumbre aquella tarde, bajo un cielo plomizo, entre las rachas del agorero vendaval.
Por consejo de Eugenia vistióse Regina un traje obscuro: ahora le es muy fácil y cómodo seguir cuantas indicaciones se le hacen, como si no tuviese voluntad, interés ni deseos para cosa alguna. Le ha dicho Marta antes de salir:
--Abríguese bien, por Dios; hace mucho frío, «está cociendo nieve»...
Y la señorita se ha envuelto en su estola de piel con mucha docilidad: cuando vence el atajo, ya en la linde de la selva deshojada, oye en el camino real las campanillas de un carruaje; pero va ausente de cuanto la rodea, y no se preocupa del coche que sube hacia el _Robledo_, á poco de haber tocado un tren en la estación de Torremar.
En el escampo del bosque, Regina se detiene porque una sombra avanza con aire majestuoso al encuentro de la visitante: es una dama vestida de luto; sobre su albísima frente el velo de crespón semeja una desgarradura de la noche caída en el dosel de la mañana.
Acércanse las dos mujeres, se miran á los ojos en silencio, y Regina balbuce con una voz que no parece suya:
--¡Carlota!...
--¿Adónde vas, Regina?
La de Alcántara no responde, y en el estupor de una sonrisa atónita, quédase mirando á la viajera, cuyo acento dulcísimo, al derramarse en la desolación del robledal, juraría la joven que tiene resonancia prodigiosa; porque, de pronto, los árboles ariscos, el aire helado, el celaje adusto y su propio impasible corazón, le preguntan á un tiempo:
--«¿Adónde vas, Regina?»
Una sorpresa enorme la sacude, como si despertara de sueños ó de fiebres y cayera de improviso en certidumbres espantosas. Mudamente se dice:
--¿Estoy muerta?... ¿Seré sonámbula?... No; ¡estoy viva!--asegura, sintiendo agudo y potentísimo el dolor de vivir. Y bajo la zarpa de las pasiones y el aguijón de la memoria, enrojece y se turba.
--¡No te guardo rencor!--dice benigna la señora del velo, al ver á la muchacha vacilar en confusión tremenda. La moza repite:
--¡No me guarda rencor!--Sabe que esas palabras se las ha dicho también Adolfo, refiriéndose á Carlos y Ana María: ya sus recuerdos no huyen como antes; ahora punzan y duelen, y hasta los más lejanos retornan en tropel dentro de un rayo de luz que ha caído en el alma de Regina desde los ojos profundos de la viajera. Del tumulto de luminosas membranzas toma con sagacidad la de Velasco unas partículas y compone esta frase, evasiva y extraña, fuera de lugar:
--Ana María se casa con Manuel...
En el semblante hermoso de la enlutada cayó una sombra; ¿qué pretende Regina con aquella importuna afirmación? ¿Trata de disculpar sus traiciones, recordando que no impide el matrimonio de su amiga, ó conoce el secreto de la madre y quiere atormentarla?...
Las dos señoras se miran otra vez, en sondeo tenaz, hasta que la de Heredia murmura con voz firme:
--He venido á la boda.
--¿No la esperan á usted?
--Siempre me están esperando--sonríe la peregrina. Y continúa:
--Quise venir sin avisarles, porque sé que no daña la felicidad.
--Ana María estuvo enferma... de la impresión...--alude entonces Regina; pero ya está valiente.
--Sí: también Carlos se muestra valeroso--asegura Carlota, evadiéndose de comentar el suicidio y con acento que á la coqueta le parece una acusanza.
Quedan mudas un instante, sin saber qué decirse, disimulando impulsos y palabras bajo apariencias indiferentes. Al sentir memoria y corazón sacudidos por recuerdos y emociones, la dama rubia advierte que nadie espera su visita en casa de Ramírez; ya se lo ha demostrado la extrañada pregunta de Carlota. Y el despecho vengativo hacia Velasquín, renace y dicta á la mente torturada amargo insulto:
--¡Miedoso! No ha tenido valor para subir conmigo, y me envía sola, ciega y torpe, á demandar clemencia... ¡Me he casado con un nene, con un cobarde!
Alza los ojos y la voz la querellosa dama, y quiere explicar:
--Pues yo, venía por aquí á dar un paseo...
--¿Sola, en una tarde tan cruel?
No hay ironía en este comentario; la duda de Carlota está llena de lástima. Y con dulce compasión, añade:
--¿No eres feliz?
Escucha la de Velasco, seducida por la entrañable suavidad de aquel acento.
Sobre el luctuoso ropaje de la viajera, derrama el bosque, como una caricia, el oro sutil de algunas leves hojas, y el viento, que no se cansa nunca de rondar en las selvas otoñales, gime «escuchos» tristísimos alrededor de las solitarias mujeres.
--¡Feliz!--exclama la joven amargamente.--Y ansiosa pregunta:
--Pero ¿existe la felicidad?... ¿Usted la conoce?
--¿Yo?--balbuce la enlutada;--yo conozco la alegría de mis penas... he saboreado los frutos divinos del dolor.
La codicia pone un relámpago en los ojos audaces de la dama rubia.
--¿Y qué haré,--murmura subyugada--para poseer esos frutos y esas alegrías?
--Sufrir y amar.
--Ya sufro...
--¿Y amas?
--No puedo... no sé. He conocido todos los amores y ninguno me conmueve... ¡Tengo el corazón helado!
--¿Todos, dices que los probaste?--advierte incrédula Carlota.--Sin remontarte al cielo, aún te falta uno, el más hermoso, el más grande...
--¡Ah, sí! Feto «ese»--aduce Regina--es superior á mis fuerzas... No podría con el.
--«Ese», derritiendo la nieve de tus entrañas, te haría llorar mucho: te salvaría.
--De modo, ¿que es preciso llorar para salvarse, llorar para ser feliz; siempre llorar?
--Sí; es menester que llueva en los corazones para que fructifiquen.
--¿En dolor?
--Y en amor; en caridad, que es fuente de vida eterna... Pero ya me voy; llevo mucha prisa... Me detuve á consolarte un poco.
--¡Oh, espere usted!... ¡Un minuto!... ¿Quién le dijo que yo era desgraciada?
--Mi presentimiento.
--¿Porque fuí culpable?--confiesa Regina bajando la frente.
--La culpa--dice Carlota evasiva, para responder con más piedad--engendra un dolor estéril, sin esperanzas ni compensaciones.
--Así es el mío--confirma la escéptica con amargura.
--Pues truécale por este otro, confiado y sonriente;--y Carlota señala su corazón.
--Aguarde usted otro momento--suplica la joven al ver que la señora trata de partir,--y dígame algo de ese corazón que usted me enseña.
--¿Tienes curiosidad?
--¡Tengo envidia!--Y con audacia añade:
--Yo conozco la vida de usted; sé que por esta selva, en este memorable día de regreso, usted va hacia el más duro de los sacrificios: ¿por qué va usted predicando la esperanza y el amor?
Carlota, palidísima, con voz de lágrimas, responde:
--Porque voy también al triunfo...
Levanta los ojos al cielo y á Regina se le van los suyos detrás de aquella mirada. Se han partido las siniestras nubes y un jirón azul asoma en el espacio como fugaz sonrisa del celaje.
--No me puedo detener--dice Carlota muy conmovida;--el más valiente, el más puro de los amores humanos, me espera detrás de esos árboles... Adiós.
--Respóndame usted--clama Regina asiéndola del velo.--Derroché mi juventud al través del mundo, buscando la felicidad...
--No la busques. Busca el bien solamente y lo demás _te será dado por añadidura_.
--Pero es que no lo encuentro; voy desorientada y loca; no me abandone usted, que sabe los caminos...
Hay tal angustia en esta confesión, que la dama viajera se detiene; su actitud, segura y apacible, contrasta de un modo original con el aspecto inquietante de Regina. Sorprendiéndolas allí, en tan raro coloquio, se las tomaría por imágenes de una fantástica historia; pudiera creerse que la joven peregrina, cobarde y sin rumbo, pregunta á la reina del Bosque:
--Dígame, por favor: ¿hay por aquí posadas y veredas hacia el _Buen Paradero_?... ¿Habrá lobos y ladrones?
Y parece que responde, solícita, la señora del manto:
--¿Ves aquel caminuco lleno de abrojos? Sigue por él... Andarás, andarás; si te hieres, no grites; llora en silencio y ofrece á Dios tus tribulaciones. A la derecha, siempre á la derecha, se ensancha la ruta, el suelo se ablanda y se toca el final del camino; el descanso, el triunfo...
En realidad lo que hablan las dos mujeres tiene mucho parecido con eso.