Agua de Nieve (Novela)

Part 16

Chapter 163,912 wordsPublic domain

Y sintiéndose completamente desasida de cuanto puede atar al mundo una existencia, irritábase al ver que su destino estaba ya trazado, que todos los senderos de su porvenir tenían en el horizonte el yugo del matrimonio, la cadena del amor... ¿Del amor?

Esta pregunta era de una tristeza desgarradora al rebosar en labios de Regina. Para ella, la esperanza del amor yacía con las alas rotas, inerte, imposible...

Y á cada inquieta consulta, los descubrimientos de la recién casada respondían obstinados y crueles:--El amor es carne, es instinto, como fruto del corazón.

La clara inteligencia de la moza arrojaba su luz tímidamente sobre tantas obscuras negaciones. Si la vida no cumplía ninguno de sus ofrecimientos, si todo era fugaz y mentiroso en el mundo, ¿cómo una parte inmensa de los seres humanos sembraba optimismos uno y otro día, cosechando, al fin, realidades y venturas?... ¿Por qué el mito de la felicidad subsistía al través de las generaciones?

En sus vagos discursos, deshilvanados y tristes, Regina escuchaba como un eco obsesionante la confusa advertencia: _El bien es el placer; el mal es el dolor..._ Pero ¿el dolor que ella sufría, se originaba de algún mal, ó existía un mal como consecuencia de su dolor?... Estaba á punto de saltar hecho pedazos aquel entendimiento, en la esclavitud de tales indagaciones.

Presa en el círculo vicioso de sus lecturas, la dama balbucía delirante: _El bien es el placer..._ ¿Cómo se entiende? ¿Cuál es el primero, el originario?... ¿Será preciso obrar el bien para ser feliz, ó ser feliz para obrar el bien? Y se oprimía las sienes, estallantes de dudas y sutilezas, concluyendo por confesar:--_Sólo sé que no sé nada..._ Ella vivió buscando placeres con ciego frenesí, y á lo largo de su juventud todos los goces amargaban con el ácido sabor del mal de la vida. _Cuanto más elevado es el ser, más padece_, recordaba la filósofa á este propósito. Y trataba de engreirse con frágil orgullo, débil hasta en sus vanidades. Así se hundía en las nieblas de un dañino apocamiento, con trazas tan decadentes, que nadie puso en duda su enfermedad.

Se atormentaba Adolfo con las prisas de poner correctivos eficaces á la extraña dolencia. Alejada de los novios, como era de razón, la corte de amigos que la dama tuvo, sin familia y sin relaciones, era menester buscarle rutas alegres fuera de allí.

El marido, que ya frecuentaba los acostumbrados lugares en la ciudad, gozando como siempre la supremacía de su linaje y fortuna, achacaba un poco el retraimiento de su mujer á la violenta situación en que ambos estaban frente á los de Ramírez, y á la expectante curiosidad del vecindario. Pero en vano insistía en hacer aquella excursión, base de olvidos y mudanzas; siempre que él hablaba de partir, suspiraba la señora con tal pesadumbre, que el viaje quedábase en suspenso, mientras la vida conyugal languidecía en actitud impaciente, supeditados á la resolución de la dama todos los planes del nuevo matrimonio. Estaba convenido que en ausencia suya se hiciesen obras de consideración en la casita del arrabal y que los excursionistas trajeran un mobiliario á su gusto para aquel breve estuche de los primeros años de amor. Andando el tiempo, Adolfo no desconfiaba de ver entrar á su esposa, con todos los honores que le correspondían, en el palacio del valle.

Después de apremiantes instancias, Regina dijo que marcharían cuando llegase su ajuar de novia, encargado por Velasquín con mucho boato. Fué un pretexto para detenerse aún, asustada por la idea de lanzarse otra vez al mundo, tan inútilmente paseado por la viajera rubia. En sus enormes decaimientos surgían de pronto afanes infantiles, caprichos inocentes como los de una niña. Dió en suponer que entre su ropa blanca pudiera llegar de París alguna solución milagrosa para sus graves conflictos. Y aquella criatura, tan profundamente decepcionada en cientos de agudos desengaños, estuvo pendiente del arribo de un baúl que entre lazos y blondas alumbró unas prendas vulgares de íntimo uso.

Mientras acomodó Marta en los armarios el flamante equipo, lloraba Regina, como si en su horizonte se hubiera puesto para siempre el sol...

A menudo Adolfo, compasivo y amante, hablaba á su mujer de una inmediata aurora de venturas.

--Te pondrás buena... tendremos un hijo--murmuraba en fervientes «escuchos».

Y ella fingía un asomo de complacencia, que rebosaba amargo desdén.

¡Tener un hijo! !Bah! Aquella ambición era insoportable á la flaqueza de Regina. Le hacía daño pensar en cosas fuertes, y arrojaba con terror aquel grandioso pensamiento, que le dolía en la cabeza con peso irresistible. Sintiéndose impotente y acabada, le parecían una burla á su incapacidad las dulces ilusiones del marido...

Desde el mes nebuloso de la boda corrieron otros cuatro, y aún Regina respondía á las instancias de Velasquín:

--Saldremos la semana que viene...

Ya florecía la primavera. Las tardes, crecientes y apacibles, se extasiaban sobre el cielo y el mar, y la dama rubia avizoraba el celaje benigno, con la vaga expresión de quien no sabe por dónde ha de venir una sonrisa de la esperanza. En la quietud de aquella triste demora, hasta el paisaje inmóvil parecía esperar algún suceso.

Adolfo llegó un día á su casa muy alegre, portador de tan grata noticia, que imaginó llevar con ella la salud á su mujer.

Doña Mercedes había hecho partícipe de sus nuevos planes de felicidad al hijo pródigo, y sintiéndose él consolado y tranquilo en el corazón y en la conciencia, supuso que ofrecía iguales beneficios á su esposa, comunicándola el raro secreto.

Habló impaciente, con el aire misterioso y las palabras en tumulto:

--¿No sabes?... Ana María es novia de Manuel.

Fué como una puñalada aquel repentino informe, que dejó convulsa el alma de Regina. Sin darse exacta cuenta de lo que estaba oyendo, interrogó:

--¿Novia de tu hermano?

Y ya, penetrándose de la noticia, se asió á la duda con zozobra:

--¿Es de veras?

--De veras... Mi madre cree que se casarán pronto.

--¡Ah!... Se casarán pronto...

El eco de aquella frase silbó en los labios de la dama y dejó en aquella boca contraída la huella cruel de una burla doble y terrible.

--¿Qué dirá Carlota... y qué dices tú?

--¿Cómo?

--La novia de Manuel se iba á casar contigo hace poco tiempo... Y su madre huyó, locamente enamorada de tu hermano.

--¿Tú sabías?...

--Carlos, sin darse cuenta de ello, me ha contado la historia del drama y de la fuga.

--¡Ah, sí; pobre mujer!... También yo supe, hace poco, muchas tristezas del _Robledo_.

Se quedó el mozo meditabundo. Su madre, para conmoverle, para uncirle á su compromiso con Ana María, habíale iniciado en los amores y dolores de la silenciosa tragedia. Pero en aquel tiempo, Velasquín, borracho del licor de sus antojos, no percibió el perfume de aquellas rojas flores de pasión y tormento que ahora, de improviso, tomaban alto y puro relieve en su conciencia.

La vigorosa juventud de Adolfo penetraba en el devastado corazón de Carlota con más sigilo y certidumbre que la ancianidad de doña Mercedes.

Y con profunda lástima pensó el caballero en aquella hermosa mujer, sola en lo alto de la vida, cerrando voluntariamente los ojos á la única estrella de su camino. La conducta hidalga de Manuel hallaba dulce premio en el amor de un ángel: Ana María Ramírez era un espléndido regalo para el hombre más descontentadizo. Seguro de ello, Velasquín, imaginó que mientras á su hermano le sonreía tan apetecible recompensa, Carlota ahogaba detrás de sus labios sonrientes un sollozo en que rugían la soledad y el desconsuelo, con todo el humano poder de una pasión que asaltaba á la pobre criatura en el desamparo de su peregrinaje, como animal dañino que acecha al inerme viajero.

Cuantas sublimes resistencias pudiesen existir en el corazón de una madre, le parecían al mozo insuficientes para conllevar el sacrificio de Carlota. Y sobre estas cavilaciones, en que Velasquín sentía rodar un imaginario rumor de lágrimas, se alzó la voz inquieta de Regina. Creyó la dama adivinar los pensamientos del esposo, y extraviándose en sus conjeturas, fulminó un dicaz comentario:

--Pues ya «estábais» lucidos tú y la fugitiva...

Pero el joven murmuró con fervor, únicamente:

--Carlota es una santa.

Cambiando de tono, obsesionada y envidiosa, dijo entonces la mujer, como si hablase consigo misma:

--Las santas son felices.

Adolfo ya miraba á su interlocutora con más atención.

--¿Felices?--interrogó admirado.--Ella padece enorme desventura.

--¿Porque sufre? ¿Porque ama? Eso es gozar, es sentir, y comerse la vida á mordiscos amargos y dulces... Lo terrible es no tener creencias, ni amores, ni rumbos, ni hambre ó sed de cosa alguna, y fracasar siempre y no saber de quebrantos ni de gozos, hasta morir de hastío, sin pena ni gloria.

El joven, sentado cerca del balcón, alzóse con miedo; su mujer hablaba sordamente, blanco el semblante y sombríos los ojos como nunca.

Un chispazo de luz quiso alumbrar en el corazón del esposo la torva sima abierta debajo de aquellas frases; mas el rostro de la habladora tomó un cariz tan lastimero y doliente, que al punto Velasco, enternecido, se acercó á ella con piedad.

--Te exaltas, hija mía--pronunció,--cálmate; ya hablaremos despacio de todas esas cosas.

Ella, viéndole crédulo y niño, engañado por dos mujeres con tanta facilidad, le vibró de soslayo su desdén en una mirada, y se encogió de hombros con suma indiferencia. Pensaba que era inútil dar calor aparente de vida á los ecos de una tumba: sus palabras, audaces y fuertes, á ella misma le habían hecho daño; tuvieron la resonancia sepulcral de un recinto donde no hubiese más que el polvo de un cadáver...

Sintió que Velasquín la arropaba en el sofá, besándola con dulzura en los cabellos. Y quedó sola, inmóvil, dudando si aquella quietud que la invadía era el anuncio de una buena hora para dormir ó para morir. La breve y dura plática le causó profundo cansancio y dejó en su boca una estela salobre, como si la hubiera acariciado la brisa del mar; aquel triunfo orgulloso sobre otra mujer, única satisfacción positiva de sus errores, hundíase de repente con inesperada burla, y el marido que á Regina le quedaba entre los brazos perdía su único valor para ella, puesto que dejaba de ser el codiciado botín de una victoria.

Bajo la inmovilidad de la dama se alzó una impotente cólera contra Ana María, y subió hacia Velasquín la marejada de los desdenes, como si ambos jóvenes arrebatasen con traición su presa á la triunfadora: pecaba Adolfo--según tales argucias--en valer menos que su hermano, y Ana María en fingir que lo ignoraba, para inutilizar á una rival temible y emprender sin peligros la valiosa conquista del Velasco de más fuste, del hombre original sobre cuya cabeza interesante había nevado en pleno estío. Aquellas prematuras canas de Manuel adquirían, de súbito, un altísimo precio para Regina; y la adusta indiferencia que su cuñado la demostraba, fué de pronto un estímulo que le obligó á admirarle.

Pero rendida en aquel sordo y leve pugilato de odios y admiraciones, dejóse hundir entre las nieblas del sueño. Poco después, bajó sus párpados caídos, á una luz indecisa, como de tarde moribunda, imaginó ver en casa de Ramírez el salón principal del laboratorio convertido en escenario de muy extraña comedia: don Juan vociferaba, con los puños crispados, amenazador y furioso, pero su expresión de voluptuosidad y de placer daba la certidumbre de que era muy feliz de semejante guisa; Carlitos, en un extremo de la sala, lloraba en los brazos de su madre, y sobre los humanos relieves de la piedad y de la pena, tenía el grupo tal aroma divino de amores y de gozos, que á la visionaria le dieron mucha envidia aquellas dos criaturas tristes; allá, en otro rincón, Manuel y Ana María se hablaban en secreto: el rocío del llanto y la santa ciencia del sacrificio daban á la hermosura de la niña un aire de madona, tan solemne y tan noble, que Manuel de seguro la quería por aquel tinte de bondad y excelsitud, en tanto que ella se inclinaba con respeto y ternura hacia los surcos que el dolor y las vigilias pusieron en la frente del mozo.

Flores muertas, animales disecados, fósiles y moluscos, esqueletos y plantas, parecían descansar en cómodas posturas, á lo largo de las paredes, bienhallados con sus apariencias de vida, y con ojos invisibles abiertos á la escena; mientras los peces vivos, en sus casas de cristal, formaban en torno al cuadro una cinta de trémulos colores.

--Pues, señor,--decíase Regina con despecho--aquí todos gozan, todos tienen un destino y un fin, una pasión, un impulso...

Y al sentirse fallida y miserable en aquel raro centro de actividad, fué quedándose inerte, petrificada, con sensación de frío y de reposo, como si fuera á morirse.

Pero la muerte así, no era medrosa ni cruel; al contrario, muy tranquila, muy suave, bajaba desde la cabeza, destrenzando á la dama los cabellos y echándole en los ojos la pálida sombra de un cipresal; después la besaba en los labios, con una ráfaga de hielo que extinguía dulcemente la voz y los suspiros de la moribunda; y, por fin, le hacía un pequeño tajo en el corazón, por el cual se le escapaban á Regina los residuos de sus odios y sus amores, en flujo apacible y benéfico... ¡Qué descansada se quedó!... ¿Era aquello estar muerta, como Daniel, como Jaime, como todos los huéspedes del camposanto, tendido en el argomal?... ¿Estaría disecada, igual que los peces del laboratorio?...

Un átomo vivo de la memoria fluctuó en la rubia cabeza desmayada, y, de repente, aquel punto animado del pensamiento se arrebató con locos terrores:--¿Qué habrá detrás de los cipreses, al otro lado de la sombra y del frío, de la quietud y el descanso?--gritó el minúsculo vigía de la inteligencia.--Y la voluntad, alarmada por la terrible pregunta, estremecióse toda y despertó.

--Señorita, el correo--anunciaba Marta, presentando una bandeja.

Regina tardó un rato en reconocerse. Examinó los muebles y la estancia, y, hallándose al abrigo del sofá, entre edredones y cojines, fué recordando cómo se había muerto, después de una sorprendente conversación con Adolfo... Sí, era verdad: la hendedura del corazón prevalecía; rencores y cariños, aun aquellos tan leves y menudos que le quedaban como un poso de sus luchas para vivir y amar, se derramaron totalmente durante aquel sueño indefinible. Sintióse ligera y helada, igual que una vedija de nieve.

--Morir, ¿no es soñar?--se dijo.--¿No podría suceder que yo estuviese muerta y que soñara pasajes de mi vida?

--¿La señora no quiere abrir sus cartas?--insinuó la doncella.

--Sí quiero; dámelas--respondió la «difunta» con grato acento. Extendiendo la mano, recogió los sobres, uno de los cuales, con orla de luto, llamó su atención.

--Letra del doctor Marín--dijo.

Y para su «mortaja» (que era un vestido muy elegante), meditó:

--¡Si estaré viva!... Parece que reconozco la escritura de las gentes; que hablo acorde; que tengo agilidad y memoria... ¿Habré resucitado?

Se echó á reir, y el oro de su voz sonó con hechizo de metal puro, estremeciendo á Marta, que no presentía aquella explosión alegre.

--¿Está peor la señora?--interrogó sorprendida, temiendo que delirase.

--Al contrario; estoy muy bien--dijo ella, asombrada de escuchar su propia voz y entender sus razones. Y rasgando el sobre de luto inclinó los ojos tranquilamente hacia la carta del doctor Marín, mientras la doncella salía del aposento.

Por el balcón penetraba un perfumado soplo de la tierra, henchida ya de brotes en la preñez fecunda del verano, y las horas, cuajadas de sol, se mecían con deleite sobre el infinito desdoblamiento del mar.

La escritura, un poco difícil, ocupaba el pliego que extendió Regina y aun cruzaba la página postrera formando cuadritos. Bien conocía esta costumbre la lectora, porque el galeno amable complacióse en escribirle, varias veces, atravesados renglones en cuya confusión clareaba su antojo por la moza andariega, camarada y confidente un día del consolado viudo. A una sola carta contestó Regina, y la más fogosa epístola del doctor cruzóse en el camino con un lacónico impreso en que la viajera rubia participaba su celebrado enlace... Ahora decía Rafael Marín que él también se casaba: una prima suya, cordobesa, mujer de mucho ángel y rica dote, hacía tiempo esperaba aquella decisión del primo viudo. Dábase el mozo importancia con su brillante boda, muy picado por los desdenes de Regina; y este anuncio feliz iba á modo de epílogo al final de otra nueva muy triste: la niña del doctor se había muerto; al nacer la primavera comenzó á entristecerse, y cuando las rosas abrieron sus capullos cerró la nena para siempre los ojos. Quedábase allí en el cementerio lindante con el mar, dormidita debajo de una cruz. El doctor se trasladaba á Córdoba con su hijo, á establecer el hogar nuevo.

Una ráfaga de remota tristeza pasó por el semblante de Regina, como si le llegara de muy lejos, de otro mundo quizá, aquel papel fechado la víspera en San Simón.

Parecióle á la dama haber amado en otra vida á la pobre nena del doctor Marín, y hasta haber sido novia de un mozo enlutado y sonriente, único poblador de una isla admirable, con árboles muy viejos y rosas muy pálidas.

Y entornando los ojos como para retener fugitivas imágenes, vió Regina al médico diciéndola adiós, á la triste hora del crepúsculo, con los niños de la mano, mientras ella bogaba hacia la costa buscando la felicidad.

¡Tampoco estaba en la ribera!--se duele al recordar que persiguió la ilusión de ser feliz al través de los mares y de los mundos. Y sin dolor ni amargura se quedó pensando en la isla verde y florida, desde la cual demandó á la costa patria un refugio placentero, sabe Dios cuándo, tal vez en época ilusoria.

En la imaginación doliente de la dama es la isla un vergel abandonado, un plantío de cipreses y cruces donde duerme la niña de Marín, mientras su padre corre detrás de una ilusión.

Por aquel escenario de fuga y abandono pasa tranquilamente una moza descalza, muy contenta, con un dedo sobre sus labios rojos, en señal de silencio. La reconoce Regina, y, al verla sonreir con vivo gozo piensa que esta criatura es digna de guardar el vergel de los sueños, la isla de las ilusiones; porque va pisando, sin ruido y sin alardes, rosas de felicidad deshojadas bajo sus pies desnudos...

La dama rubia no tiene envidia como antaño, ni humor para hacer experiencias inverosímiles, como cierta noche primaveral en que se descalzó persiguiendo un mito. Pero le queda la memoria de sus ambiciones de ventura; tiende la mirada al paisaje, suspira y repite:

--¡La felicidad no estaba en la ribera!...

V

AMOR CON AMOR SE CURA.--EL PROFETA DEL ALMIREZ.--MENTIDEROS TORREMARINOS.--UN CORAZÓN POR BLANCO.

ARDE el estío. Murmura el robledal con tumulto de tenues rumores, y Carlos Ramírez pasea bajo la fronda en solitaria meditación. Parece más alto; inclina la cabeza como si le pesara la corona de la juventud; suspira y se detiene á menudo. El amor le duele como un mal de la vida, y el desengaño le agobia; pero sus pensamientos, que vuelan por el bosque á la par de los malvises, son tranquilos. Es que la dura pesadumbre del mozo tiene una alegría: Carlota ha resucitado en la impenetrable ausencia, al saber que su hijo no gime como adolescente, sino que sufre como hombre, iniciado en la ciencia trágica del amor. Sabia en amar la madre y en sufrir, fué clemente doctora para disponer los remedios al herido de amores; y á maternal milagro trascendía la convaleciente actitud que tomó el muchacho apenas sus lágrimas cayeron sobre las cartas benéficas de Carlota. A la pobre ausente le sirvió de ocupación divina consolar á su hijo; en la dulce tarea hallaba algún recurso la propia desventura, porque el secreto amoroso de aquella triste alma se derretía en halagos y promesas, derramándose en el papel como en un cauce bienhechor. La piedad y el sentimiento vibraron de tal modo en la pluma de Carlota, que, bajo el influjo de la eficaz medicina, Carlos sintióse renacer, lo mismo que si su madre le alumbrara á otra existencia más consciente y profunda; y la maravillosa caridad sostuvo al mozo en tan confortable sosiego, que no se atrevió á pedir goce mayor, cual si temiera romper con su codicia el hechizo de aquel hallazgo. Pero la ausente ofreció, pródiga, más bellas realidades, vertiendo en sus renglones la esperanza de entrevistas futuras y de una felicidad posible. Y Carlitos espera también animoso, porque la dicha de su hermana se proyecta como un sol nuevo en el horizonte amaneciente del muchacho.

Al resplandor suavísimo de aquella aurora que en su cielo sonríe, el doncel siente resucitar los fervores de su infancia; cree en los milagros celestiales y en las compensaciones providentes; reza y confía. Como si Carlota pudiera descender desde las nubes, volviendo hacia sus hijos con luminosa traza de aparición, le gusta al muchacho peregrinar por las cumbres de la selva, absorto en santos consuelos, seguro de que un día las virtudes de su madre resplandecerán sin una sombra, con la diadema doble del mérito y el infortunio...

Ya entre el vecindario «se corre» que la dama fugitiva ha parecido, y que vive, en olor de santidad, en un convento francés.

Don Celso Ortiz asegura esta especie con sones cavernosos, mientras prepara un específico sensacional contra la polilla.

--Aquí hay un conato de crimen, una coacción inicua--murmura, dale que dale en el almirez.

--Esa señora--afirma, estornudando al mezclar alcanfor en su menjurje--no se ha recluído de tan extraño modo por la propia voluntad, exponiendo fama y dicha... Aquí existen vestigios de secuestro, rastros de monomanía religiosa ó síntomas de terror insuperable...

--Una _perra_ de cerato simple--le interrumpen. Él despacha, cobra, tose y augura:

--La familia del _Robledo_ no puede acabar bien. Tiene una vena dramática en pugna con el sentido común.

Felipe Alonso, que abre unos ojos tristísimos sobre los manejos del charlatán, suspira resignado. Suele sentarse en la rebotica cuando no encuentra á quién colocar algún discurso altisonante; y allí se encoge pasivo, en actitud de oyente, seguro de que don Celso no le deja intervenir en su peroración. Después, el bello Alonso toma justa venganza del humillante mutismo, apropiándose las invenciones y hasta las frases del boticario, para hincharlas y lucirlas al través del puerto. Estos dos rivales de la oratoria popular se temen y se buscan, se odian y se necesitan: don Celso crea; Alonso propala; el anciano echa á volar la fantasía con inventos peregrinos, desde la cárcel de su laboratorio, y el joven vagabundo difunde aquellas imaginaciones; pero aunque goza éste las primicias de la pública emoción, no sabe disimular en sus _speechs_ el sello originario, un rojo tinte de volcán y tragedia, que hace á las gentes decir:

--«Eso» ha salido de la botica...

Entonces el inventor gusta sus triunfos, porque los curiosos acuden á la fuente madre de los chismes, y pierden interés las divulgaciones que siembra Alonso en el Casino y en las demás tertulias.

Mas ahora tardará el boticario novelero en sentir los halagos de la popularidad: sus pronósticos ofrecen dudas, á fuerza de no cumplirse; sus noticias se han desacreditado, como cierto betún para las canas, completamente fallido; y durante los calores estivales, la botica, situada á pleno mediodía en el chicharrero de la calle Real, no goza el favor de los desocupados, aunque el aburrimiento profundo de Felipe Alonso caiga en aquel cuchitril ardiente, lleno de moscas y de mareantes perfumes, donde el mármol y el cristal hacen más visible la ausencia del aseo. La facundia del químico se derrocha esta vez sin esperanzas; conoce él sus fracasos, y sabe que en las filas disidentes de sus adeptos esgrime armas victoriosas la Bernalda «joven», mustia y frenética por la broma del amor y del barniz.