Agua de Nieve (Novela)

Part 15

Chapter 153,963 wordsPublic domain

Y mientras la esposa, por su propia mano, trató de componer los desarreglos de la morada, salió Adolfo á la calle con aquel mismo impulso de pesquisa y ansiedad que le había movido por las revueltas habitaciones. Desde la altura del barrio lanzó una mirada temerosa á la bahía, entoldada de brumas, y al vetusto caserío. Le pareció que el pueblo, amodorrado, le mostraba una faz hostil, el hosco semblante de quien se niega á responder á una pregunta. Y volviendo la cabeza, posó los ojos en el _Robledo_, camposanto de sus memorias: miraba al robledal sin conocerle; crispada y amarilla la arboleda, semejaba un fatídico brote del paisaje, un brazo nervudo y fibroso de la costa, que alcanzaba las nubes con los dedos de su mano brusca. De repente, Velasquín enrojeció al poner su alma en contacto con una multitud de recuerdos penetrantes y dulces. Un cendal de la niebla entre los robles fué la cortina que en el espíritu del visionario se alzó entre la conciencia y la memoria: el jirón intangible dióle la semejanza de un traje femenino, y tuvo luego en la excitada mente de Adolfo la silueta gentil de una persona y el ritmo grave y lento de un paso de mujer.

--¡Ana María!--murmuró Velasquín con involuntaria emoción--. Y en el amable nombre palpitaban todos los gérmenes de sus remordimientos...

Era la niña de Ramírez imán de muchas ilusiones en la ilustre y opulenta casa del muchacho. La madre y los dos hijos no acertaban, en los últimos tiempos, á encender esperanza alguna donde la imagen de la moza no surgiera, como un resplandor alegre del porvenir...

Pero aquella mañana invernal en que un recién casado mira al _Robledo_ con el corazón oprimido, ¿dónde están las felices promesas, la arrogante y hermosa actitud de Adolfo, realizando ilusiones de dos familias, largo tiempo inclinadas á unirse en una?

Esto se preguntaba el mozo, doliéndole en el alma que la realización de aquellos planes sonrientes no hubiera podido navegar en el río de fuego de sus amores.

¿Por qué, de improviso--se decía--, un afán más duro que todas mis fuerzas ha tirado de mí, lejos de tales propósitos?

Y estremecíase, confuso de haber hecho daño sin poderlo remediar, de haber sido causa de dolor y de vergüenza para su madre, tan tiernamente amada, para sus mejores amigos, para su hermano, á quien Adolfo quería con entusiastas devociones. ¡Que la roja lumbre de la pasión no pudiese arder junto á la llama apacible de los cariños familiares!... Porque Adolfo pensaba en la niña del _Robledo_ con ternura sedante y confortadora, llena de adivinaciones y deleites, como los que gozaba en el santuario de su propia familia.

Bajo el dominio de una amarga tristeza, envolvió en amplio ademán el amigo paisaje, aludiendo acerbamente:

--¡Todo se acabó!

Y volvió las espaldas al bosque deshojado, á la marina brumosa, al pueblo ceñudo, horizontes en querella con su porvenir. Siguió andando hacia la sierra salvaje, hacia la costa brava, como quien busca senderos piadosos, confines indulgentes para norte de su destino. En la tortura de una ondulación, la serranía dejó ver el camposanto, con su pálida toca de nubes sobre los graves maderos en cruz; y con brusco temblor cayó el mozo en la cuenta de que por allí sólo se iba al abismo de la muerte, más negro que la noche. De aquel lado agonizaba el sol. Toda la desgarradora tristeza de los crepúsculos norteños, se condensaba en el remoto confín del argomal bravío, entre las aguas grises y el cielo melancólico. Parecía que el mundo se acababa en aquel jirón de la sierra hincado en el mar, allí donde el tiempo hacía su fuga trágica en los atardeceres, galopando sobre un plantel de cruces que el humano dolor puso en la tierra...

* * * * *

Vuelve sobre sus pasos Velasquín, perseguido por la penosa sensación de infinita soledad que reina en el alto paraje, allí donde parece que se acaba el mundo.

La costumbre y el cariño llevan al muchacho, por detrás de la casita que ya es suya, hacia el hondo valle en tendal junto á la población marinera. ¡Pero también de aquí le espantan los temblores de su corazón!

Señora del valle la casa de Velasco, extendiendo sus límites con poderío solemne, infunde al mozo un respeto nunca por él sentido desde las amigas veredas. Toda la traza noble de su palacio parece que le acusa: huyen los linderos bajo la neblina que deshilacha el monte; las mieses, yermas, baldías, ondulan tiritando; el boscaje, desnudo y agresivo sobre un fondo de nubes aborregadas, ofrece la impresión medrosa de lanzas y monstruos, brazos sin cuerpos y cuerpos sin cabeza, fugitivos y amenazadores. En la fábrica elegante y jovial del edificio todos los huecos duermen con mueca de indignación y enojo; diríase que el palacete versallesco está vacío y sólo guarda los secretos de una tragedia impune. Pero bien sabe Adolfo Velasco de dos almas que allí padecen silenciosas desde el momento en que el ingrato mozo, poseído de la pasión súbita y recia, rasgó leyes de hidalguía, quebrantó resoluciones familiares é impuso, tras una escena dura y triste, el juramento de casarse con la de Alcántara. Y harto sabe también que no traspasará Regina los umbrales de aquel palacio soñoliento y fuerte, cerrado á todas las traiciones. Persuadido de todo ello, retrocede Adolfo con la pesadumbre del fracaso, caídas las alas del espíritu; nada busca ya, puesto que tiene la certeza de haber perdido muchas cosas...

Su mocedad y su buen ánimo le traen de pronto una esperanza firme: se yergue con altivez y valentía y sacude sus cobardes pensamientos. Considera que si todo lo que ama y pretende fuera de la casita del arrabal se le resiste huraño, él sabrá vivir para su gran pasión...

Razonando de esta suerte pone unos sonoros pasos sobre la tosca ruta, con la cabeza muy alta, orgulloso y apremiante, hacia el amor de su mujer. La convencerá de que deben partir para una larga excursión. Si aquí toda grata apariencia huye entre sus manos de novios, ellos se bastan á sí mismos para ser felices: irán lejos de mudos reproches y semblantes severos, hasta desbordar el triunfo de su corazón en un himno de juventud y de independencia...

Pálido y risueño, Adolfo silba un aire montañés cuya letra campesina y jactanciosa, desgrana mentalmente:

«La flor del romero la van á cortar... Si la cortan que la corten, á mi lo mismo me da, porque la flor del romero para mí no ha de faltar... La flor del romero la van á cortar...»

Por el atajo que le lleva á su casa en pocos minutos, un arroyo que baja de la finca de Ramírez sale al encuentro del joven. Ha llovido, y el agua, crecida y mugiente, rompe su margen y balbuce, sabe Dios qué remotas tristezas.

Pero Velasquín silba con ímpetu su tonada, para acallar el rumor de aquel llanto que viene del _Robledo_ y cruza el valle, en querella lastimosa.

Salta el mozo sobre el gemido de la corriente; las espumas le salpican y le tiembla en los labios la canción... Cuando se acoge al portal de su casa, aún le persigue, en tumulto, la muchedumbre de pesares que vislumbró al otro lado del dintel; y como resumen de todo lo que pierde y abandona á la parte de allá, un nombre se impacienta en su corazón: ¡Ana María!

Es inútil. Adolfo no quiere caer en más ansiedades: alegre y desesperado, canta, á voz en grito, al subir las escaleras:

«... porque la flor del romero para mí no ha de faltar... La flor del romero la van á cortar...»

Todo está en la casa igual que dos horas antes. Mientras en la cocina se oye trastear con acompañamiento de suspiros, en el jardín Pablo hace un hoyo profundo que parece una sepultura; cava que te cava con afán, casi con furor, las caídas de la herramienta en el suelo repercuten al borde de la pared: pun... pun... con eco sordo y triste.

En una sala del piso bajo, Eugenia, oculto el rostro en la sombra de un cofre abierto, apila vestidos, estuches y papeles, con trazas de preparar un gran equipaje. Pero no debe de ser así, porque la voz, un poco empañecida de la trajinadora, repite:

--Son recuerdos... recuerdos...

Allí al lado, atisba Marta con mucha curiosidad las cajas en forma de ataúd, los trajes en desuso, los legajos prendidos en pálidas ligaduras, que trascienden á perfumes añejos y á historias olvidadas. En algunos manuscritos, los renglones cortos acusan cantares; y atrevida, la muchacha, tiende su mano hacia el archivo yacente, con la tentación de cantar las coplas.

--Serán del difunto don Jaime--alude en voz queda.

Los ágiles dedos han desplegado ya un papel.

--¡Pero, chiquilla!--censura la que está hincada junto al cofre. Y se arma de respetuosa solemnidad, previniendo:

--Son «autógrafos» del pobre señorito...

Con la unción de quien reza en un libro santo, Marta se inclina palpitante para leer:

¡Qué noche más triste, qué noche más larga! ¡Soledad y silencio... El insomnio... las horas que pasan dejando una pena, dejando un vacío y un sabor de ceniza en el alma!... Dios de los amores, oye mi plegaria: enciende en los cielos tu luna de plata; desata la voz de los vientos; que corran veloces las aguas; tiende en lo infinito la secreta escala, y haz que venga á mis brazos la dulce prenda de mis ansias...

--¡Qué precioso!--murmura la moza. Regina, que despacito y sin objeto entró en la estancia está allí escuchando, presa del hastío que á veces la sobrecoge en medio de su inútil actividad.

--Dame eso--dice á Marta, con el brazo extendido hacia el papel.

En cuanto la muchacha, confusa y diligente, la complace, sube la señorita, y se repliega en el sofá de su breve salón, donde ya se ha encogido escalofriada y temblorosa, en varias crisis de estéril cansancio, desde que salió Adolfo. Apenas si dirige una mirada á los versos de su padre, que tiene en la mano. ¿Para quién serían?

Esto es lo único que se le ocurre en aquel instante en que la musa paternal roza su oído, al través del tiempo.

--¿Para quién serían?--repite.--Y vuelve los ojos hacia el retrato del poeta, que desde el muro responde á la curiosidad con una sonrisa enigmática.

--Para mi madre, no--prorrumpe la monologuista con despecho, iniciando una protesta de mujer casada contra el libertinaje de los maridos. Mas, á poco, sonríe con desdén y con mofa: ¿Qué valor, qué virtud tiene en el mundo la fidelidad?... Sólo quien ama es fiel. Y, ¿hay quien ame, en el sentido espiritual y elevado de la palabra?... Regina lo duda. Aquel escepticismo tiene aire y forma en el desquiciado camarín de los novios; allí dentro de las vidrieras cerradas, alrededor de los muebles en desorden, un precioso ramo de camelias está en la alfombra marchito, y la Venus que decora la estancia, cubre su hermosura con un chal de Regina, mientras que Jaime, desde el retrato, riela en torno una sonrisa de muerto, y su esposa hunde en la pared de enfrente la cansada expresión, desde otra pálida fotografía. Este incrédulo matiz plañe con el sordo grito de las cosas:--Como no se cree en el alma de las flores, no se aguarda á que agonicen en un vaso piadoso; como no se cree en la belleza de la escultura, ofende su desnudez con sensación de frío; por desprecio á la estética, los muebles danzan, desorientados y hostiles; porque se duda del cielo, los difuntos se asoman á sus imágenes para sonreir con inquietud, para mirar con angustia...

Y el colmo de la incredulidad pone su trágica nota en la palidez caliente de la desposada, que no cree en el amor, y que suspira viendo morir sus postreras ilusiones en la misma aurora del tálamo...

Aún tiene la dama los versos á su alcance, y aún dice maquinalmente:--¿Para quién serían?

Busca en la composición algún indicio, con ese falso interés de los ociosos que tratan de engañar su aburrimiento:

...dejando una pena, dejando un vacío; y un sabor de ceniza en el alma...

--¡Miente, miente mi padre!--prorrumpe con ímpetu, casi con crueldad:--«El vacío, la pena, la amargura», quedan en el alma después de ese goce bárbaro que tiene el dulce nombre de amor... Ya nada me promete la vida, porque ya conozco todos los amores del mundo... ¡Mienten los poetas!--grita iracunda.

Pero su voz es apagada por otra, sentimental y varonil, que sube por la escalera, cantando:

«Si la cortan que la corten, á mí lo mismo me da... La flor del romero la van á cortar...»

Y al asomarse Adolfo al saloncito, con la sonrisa y el cantar en los labios, quédase mudo ante la actitud de su esposa, que no ha hecho nada y tiene un aire de cansancio triste.

Ella le ve tan perplejo, que se compone el rostro con una mueca gentil, y dice, á guisa de explicación:

--La Venus y yo, tenemos frío...

--¡Es singular!--piensa él, hallando mucha semejanza entre la mujer y la escultura: el mismo semblante helado, igual sonrisa yerta, y un aire impasible, una quietud inerte dentro del chal obscuro...

Yace un papel á los pies de la desposada, y Velasquín le recoge, advertido por ella: Son versos de mi padre...

El mozo, muy aficionado á las sentimentales poesías, lee á media voz, con interés:

Gustar quiero en mis labios ardientes de tus labios la miel regalada, sentir en mi carne la dulce caricia de tu carne en amor inflamada, mientras en mi oído tu boca murmura un «escucho» dulcísimo. El alma sedienta de amores con fatal calentura se abraza... ¡Reina, dame un beso, de esos besos largos que nunca se acaban!

Al extinguirse el acento, ligeramente conmovido, el lector se vuelve insinuante hacia su mujer, y sonríe:

--Parecen de actualidad.

Estalla en los labios de ella una risa loca.

--Ya sé, ya sé para quién fueron--alude--. No se me había ocurrido: ¡Para Silvia!

--¿Quién era Silvia?

--Una «reina» del boulevard, íntima de mi padre.

Y sigue riendo la dama, nerviosa hasta el punto de romper en sollozos.

Supone el marido que la emoción de los recuerdos sugiere aquella crisis de risas y llantos, y acude hacia el sofá con tan amable impulso, que Regina presiente la repetición de la estrofa: _¡Reina, dame un beso!_... y prorrumpe amarga, casi violenta:

--No heredo yo la «sed de amores del alma» que mi padre sentía.

Adolfo retrocede. El también tiene frío. Un frío penetrante que le taladra el corazón.

IV

LUCES DE OCASO.--LOS ACHAQUES DE REGINA.--TINIEBLAS DE UN NAUFRAGIO MORAL.--LA ISLA DE LAS ROSAS PÁLIDAS.

NO sin grande asombro advirtió doña Mercedes que la niña del _Robledo_ se consolaba del fracaso de su boda con excesiva prontitud. En la indiferencia de la muchacha al afrontar la conversación sobre este suceso; en el modo digno y prudente con que aludía á la pesadumbre de Carlos sin mentar la propia, adivinó la dama un altivo sentimiento, mezcla de piedad y desdén, que la llegó á herir. ¿No merecía Adolfo siquiera ni el tributo de una lágrima?

Olvidando un instante el dulce cariño de Ana María, irguióse en el pecho clemente de la señora el orgullo maternal. Repitió aquella pregunta delante del primogénito, y entonces Manuel, con viva elocuencia, refirióle á su madre la peregrina historia; analizó, á fuer de agudo psicólogo, los sentimientos de la muchacha; expuso claramente cómo en su inexperto corazón había ella confundido el afecto fraternal, la antigua simpatía que Adolfo le inspiraba, con la fuerza latente de otro amor más hondo y entrañable, y, sin más rodeos, añadió que había jurado hacer feliz á la hija de Carlota.

--Ya lo sabe ella--dijo por fin.

--¿Ella? ¿Quién es ella?--inquirió la viuda estupefacta.

--¡Ella!--repitió Velasco también. Y con la voz un poco temblorosa corroboró al punto:

--Ella es la madre... pero yo he renovado á la hija mi juramento.

Fué menester que se explicara con más claridad para que doña Mercedes le comprendiera; y así que la dama hubo entendido cuanto Manuel se proponía, quedó absorta, contemplando á su hijo con ternura y admiración. Apareciósele en aquel momento como un ser providencial, como una especie de caballero andante que tenía la noble misión de traer al _Robledo_ auras de libertad para la _Bella durmiente_, anuncios de castigo para el _Ogro_ y certidumbres de ventura para el _Hada gentil_. Y para que todo fuese milagroso y sublime, el amor de Ana María se revelaba de súbito, como un premio de Dios á su elegido.

Arrobada y gozosa, doña Mercedes sintió, sin embargo, un ligero escozor en la conciencia, al comprender que con la nueva alianza se excluía en absoluto á la pobre ausente de todo pacto posible con la felicidad. Pero una idea luminosa hizo sonreir á la señora de Velasco.--«Ella es la madre»--, pensó, repitiendo mentalmente unas palabras que se le habían quedado en la memoria, clavadas allí por la fuerza de un agudo sentimiento. Y se puso á escribirle una carta á su amiga Carlota, insinuando, entre muchas confidencias maternales, exhortos blandos y tímidos sobre amores y deberes: indicaba, con prudentes alusiones, que la felicidad de los hijos, por buenos que ellos sean, se cumple casi siempre á costa del sacrificio de los padres, y concluía en términos de muy delicada sinceridad... El resplandor de una vida feliz puso en aquel pliego luces alegres de ocaso: á la anciana señora le parecía fácil y sabroso que una madre abdicara en sus hijos las más íntimas ilusiones, y la tremante pluma instiló en el papel toda la suavidad de un corazón envejecido entre caricias y dulzuras; apacible corazón que nunca supo la tormenta espantosa de aquel otro á quien consultaba, joven y pujante, constreñido entre un pasado de angustias y el secreto de un trágico presente.

Carlota hizo su renuncia tácita y plena al porvenir con grave sencillez:--«Si antes daba con gozo mi hija á un niño bueno, ¿cómo no dársela con gratitud al mejor hombre del mundo?»--Así escribió. Y los rasgos de su letra, fina y elegante, no se estremecieron con el vendaval que en el pecho de la mujer soplaba, deshojando la abierta rosa de la juventud hasta dejar el tronco, perenne y vivo, de espinas erizado...

Grande júbilo sintió doña Mercedes con esta carta, y viendo disiparse las dóciles nubes de su cielo, puso mayor diligencia en las negociaciones de paz iniciadas con Adolfo poco después de su boda. La costumbre de ser feliz no daba espacio en la dama al rigor de la madre; érale menester que volviese pronto al hogar el hijo pródigo, y para lograrlo impuso la sola condición de no admitir á la intrusa, á la gentil diablesa que con sutiles artificios arrebató al caro Benjamín de la amistad y compañía de sus deudos.

Manuel sirvió de parlamentario, muy complacido; pero Velasquín, lleno de gratitud hacia quienes le tendían aquel grato puente de reconciliación, temió ofender á Regina excluyéndola en absoluto de las futuras paces. Decidióse al fin á explorar el ánimo de su esposa, con mucha delicadeza, y no sin asombro le halló conforme á cuanto doña Mercedes exigía.

Así volvieron á su acostumbrada intimidad los de Velasco. Adolfo concurría á la casa de su madre, sin mentar nunca á su mujer, y los dos hermanos, cazando juntos, departiendo de intereses y negocios, procuraban no aludir en sus conversaciones á los de Ramírez, apartados siempre en su esquivo robledal. Sobre los secretos dolores del hogar amigo derramaba la piadosa vejez de doña Mercedes la luz de su sonrisa inextinguible, dulce puesta de sol, dorada lumbre de crepúsculo en un campo de tragedias silenciosas.

Pasaba mientras el tiempo sin que Velasquín pudiese emprender con Regina el proyectado viaje. Cayó la esposa en languidez extraña y profunda; atribuyendo Adolfo á trastornos de salud aquellas inquietudes y endebleces, llamó á don Fermín, y éste dió, por casualidad, un dictamen conforme á la opinión del marido: impresiones violentas, luchas y anhelos del presente, venían sobre las amarguras de lo pasado á determinar una perturbación nerviosa, reflejo, tal vez, de otras ya padecidas. Y el achaque ofició de piadoso velo para que Velasquín no advirtiera las sombras de un corazón que juzgaba suyo. Eugenia dijo que ya en dos ocasiones había caído su niña febril y delirante, con «mal cansado», como si estuviese hechizada; pero, el médico, sonriente, aseguró que las dolencias de señoritas mimosas se curaban siempre al año del casorio, cuando el amor florecía...

Después que Adolfo erró en sus emociones de recién casado, como en selva tenebrosa, una paz algo triste, pero confortable, descendió á su espíritu optimista; amoroso y creyente, halló razón de sus crueles sorpresas en el repentino quebranto de salud que le entregaba para la intimidad una mujer distinta á la novia que le sedujo; esforzábase él en cumplir las prescripciones del doctor, suponiendo que al sanar la esposa hallaría de nuevo á la vehemente enamorada, acaso convertida en madre para mayor ventura. Y ella se dejó asistir, felicitándose de aquel pretexto que la permitía sumirse en sus fracasos definitivos, sin malograr las ilusiones del esposo. Le vió tranquilizarse, después de las primeras alarmas, y se esforzó entonces en sostener la felicidad de Adolfo con un débil conato de misericordia.

En la total quiebra de ambiciones y propósitos, la dama rubia no salvó más que los indicios de sus energías: el tenue hervor de la conciencia sólo alcanzaba á producir burbujas fugaces de contradictorios sentimientos en la helada superficie de aquella perezosa voluntad; el hilo de la compasión, casi roto, ataba flojamente el recuerdo de Carlos Ramírez, y entonces, una ola indecisa de carmín sonrojaba el rostro de la coqueta, que con villanos manejos aprisionó al enamorado mozo; si la pobre fibra de la gratitud palpitaba un instante por Velasco, juguete de la ambiciosa, las náuseas del tedio entorpecían aquel graciable instinto, y apenas si un impulso de bondad y un hábito de educación lograban contener en la boca de Regina frases ó gestos crueles contra Adolfo; y si amables visiones de la infancia hacían temblar en aquellos labios el nombre de Ana María, el amor propio y la soberbia alzaban contra el generoso remordimiento su aguijón cobarde y fino, como punta de alfiler. En aquel naufragio moral quizá pugnasen, con un poco de ansia, el orgullo y la codicia, para salir á flote: la certeza de haber triunfado sobre otra mujer de rumbo y donaire, era asomo de ilusión que sobrenadaba en el grave hundimiento de muchas ilusiones, y la esperanza de asirse todavía á la felicidad, por algún cabo suelto del destino, trepidaba con barruntos de fe en el roto cordaje de la ambición.

Pero era tan sorda y tímida la lucha de aquel ser tundido por las decepciones más violentas, que la ruin marejada no rompía el hielo de la indolente postura que Regina tomó en su nuevo estado.

Al conseguir sus propósitos, con burla del sufragio popular, y sobre la oposición de una familia poderosa, hallóse la de Alcántara presa en los brazos de un hombre á quien no quería. La misma facilidad con que le sedujo, fué para la seductora causa de menosprecio: no era su tipo aquel muchacho sonreidor y gentil, que se dejaba encantusar igual que un nene. Adolfo no tenía «aspectos»; de una sola vez se le veía en todas sus fases, porque no cambiaba nunca su expresión ingenua y plácida, galante y dulce.

Así pensaba Regina, estableciendo con fría censura, comparaciones en que su marido quedaba siempre desairado.

--Carlitos--meditaba--es más hombre que Adolfo, y ofrece otras sorpresas, otras seducciones; en sus pupilas arde un fuego triste, un sol de drama que penetra hasta el corazón.

Y al llegar á la parte conmovedora de sus monólogos íntimos, reía en carcajadas estridentes y agudas, amargas como la hiel.

--¡El corazón!--decíase--; ¡qué de alusiones sentimentales para ese músculo que funciona á instancias de la materia, exactamente igual que el resto del organismo!... ¡El corazón! ¡Qué mote tan precioso, para un pedazo de carne donde la sangre afluye, con todas sus perversiones y averías! En metáfora, mi pobre corazón es una tierra floja en la cual ningún sentimiento echa raíces...