Part 14
Llevó el mozo su actividad y su inteligencia al maltrecho laboratorio de Ramírez, donde Carlota le ayudaba más que su marido; yacía éste quejoso y meditabundo, ó revolvíase violento, raras veces constante en el trabajo, mientras la señora, sonriente y dulce, prestaba su eficaz concurso á todos los designios de Manuel, envolviéndole en una mirada infinita de gratitud. La diligencia de Velasco, el interés y afán con que abrió las ventanas del _Robledo_ á una brisa de renovación, eran para el ánimo de Carlota estímulos heroicos. Adivinando en aquel torrente de generosidad un homenaje á sus dolores, acaso un voto en aras del amor imposible, quiso ella merecer tanta abnegación y armóse de paciencia y de dulzura, basta erguir la noble frente sobre las sombras del infortunio. Y así llegó á establecerse entre ambos amigos una lucha sutil de abnegaciones: él, odiando á don Juan, se doblegaba á sus antojos crueles, y sonreía con aire feliz para dar á Carlota ejemplo; ella, atormentada siempre por su implacable verdugo, sonreía también, sin que jamás rezumara de sus labios la hiel de sus martirios. Los dos fingían engañarse mutuamente en este pugilato de finezas, y ambos tenían la seguridad de vivir en irreparable desventura.
Mas, un tiempo, Manuel llegó á confundirse: la gratitud de la amiga creció tanto, y la sutileza delicada de la mujer laboró de tal modo, que el joven pudo imaginar á Carlota menos infeliz. Ella hacía esfuerzos sobrehumanos para que los rumores de su tortura llegasen al laboratorio fugazmente, y si estallaba una feroz escena entre el fauno y su víctima, la valiente mujer, blanca de miedo, transida de indignación, buscaba un motivo para acercarse á Velasco, sonreir y hablar, sin que la piadosa máscara del rostro delatase la íntima tragedia: era el mismo sublime disimulo que la madre se imponía delante de sus hijos.
Había una mezcla de orgullo y de piedad en este heroico silencio: callaba Carlota por no herir el corazón de aquellas inocentes criaturas, y callaba también porque temía, con angustiosa vergüenza, descubrir al mundo, enteramente, el miserable suplicio á que un hombre vil la sometía, en el cómplice misterio del dormitorio conyugal. Así la mártir, vencida como un despojo inútil en la sorda marejada de sus terrores, perecía en insensato abandono de su persona, sin más razón para vivir que un átomo de instinto, sujeto, en crispatura doliente, á un grande amor y á una bella gratitud.
Confuso Manuel por esta inalterable mansedumbre, llegó á pensar que su maestro no era tan bárbaro como doña Mercedes le contara. También Carlitos, ya sagaz y curioso, imaginó á su padre menos terrible. Y sólo Ana María, al hacerse mujer, sorprendió con la aguda penetración del sexo todo el espanto de la tragedia.
* * * * *
Siempre que Velasco refería á su madre sucesos de la casa de Ramírez, entrevistos por el mozo entre penumbras, movía la dama la cabeza con incertidumbre.
--Carlota disimula--aseguraba--Carlota disimula por altivez y caridad; pero yo sé que su marido es un monstruo... Aunque ella finge tan discretamente, hay cosas que no pueden ocultarse...
Y con desbordamientos de compasiones, aquella mujer inteligente y virtuosa estimulaba en su hijo el amor á la cautiva. Por un exceso de bondad caía doña Mercedes en semejante imprudencia. Adivinando la pasión del joven no juzgaba peligrosa su intimidad en el _Robledo_; suponía que era justo confortar á una criatura tan triste con los bálsamos de un fraternal cariño y nunca pensó que flaqueasen la hidalguía de Manuel y la virtud de Carlota. Influía también en la viuda un sentimiento sutil, muy femenino y humano: don Juan Ramírez le arrebató del propio hogar la novia elegida para el hijo, y después, secuestrada--como decía la señora con encono--, la sacrificó años enteros... Si la infeliz estaba sola, indefensa, ¿no era lícito quebrantar sus prisiones y recoger sus lágrimas? Acaso la ingenua complicidad de doña Mercedes en la romántica aventura tuvo un fondo secreto de optimismo. Fiel á sus ilusiones, por la costumbre de haberlas realizado, esperaba todavía que la felicidad de su hijo amaneciese en la bella sonrisa de Carlota. Forjóse la madre un sueño con perfumes de leyenda: imaginaba la mano de Dios cayendo sobre la frente de Ramírez en castigo ejemplar; moría el atroz verdugo, y su víctima, libre y dichosa, daba su mano al caballero, al elegido... Todo esto acontecía con la rapidez de los cuentos de hadas, al golpe mágico de una varita de virtudes...
Convencida estaba la buena ilusa de que el biólogo se iba de este mundo, cuando llegó Manuel á decirle que era Carlota quien desaparecía de la escena. Sucedió una noche de estío, una hermosa noche de luna. Velasco hablaba con estupor, ronco el acento y turbia la mirada.
--Ha huído--balbucía.
Un juramento grave y solemne le condenaba á la pasividad más dolorosa.
--No la puedo seguir... Lo he jurado--contestaba atónito á las impacientes preguntas de su madre.
Doña Mercedes no comprendió por qué la triste, sometida mucho tiempo á los ultrajes de un hombre indigno, huía precisamente cuando irradiaba en torno suyo la solicitud de una tierna amistad. Y quedó inconsolable la señora, que sólo sabía de cultivar piedades, flores y ternuras, en paz y bienandanza...
Algunos días antes, Manuel halló á su amiga dibujando un esquema en la soledad del laboratorio; inclinábase con profunda atención, casi oculta la cara sobre el papel; pero la hubo de alzar para responder á cierta consulta interesante. Entonces el caballero, muy alarmado, descubrió en la mejilla de Carlota una señal violada, con matices de lirio. Y sin darle tiempo á preguntar la causa de aquella maceración, ya la dama aludía, confusa y roja:
--Fué contra un mueble; ¿sabes?... Tropecé anoche... Se me apagó la luz...
Un amor y una pena tan elocuentes se reflejaban en el rostro de Velasco, que la pobre mentirosa acabó de turbarse. El veía con implacable lucidez la terrible escena de la noche anterior: el monstruo habría esgrimido sus puños contra la turgente mejilla de la esclava; esta vez la huella del tormento florecía al sol, como rebelde grito de la sangre...
Locas ideas de venganza atravesaron, lo mismo que centellas, el pensamiento de Manuel; dijo alguna cosa vehemente y ruda, y crujieron sus frases con llamaradas de pasión. Mirábale Carlota, con el llanto al borde de las pestañas, mientras que un trozo del paisaje, abrazado al silencio, sonreía en el balcón, franco á la dulzura de una tarde estival. Puso un dedo la dama en su boca doliente, implorando:
--Calla, calla por Dios...
Y era tan apremiante y dulce su actitud, que el mozo con la mirada febril, lívido el semblante y rota la palabra, se retrajo á la soledad de su ternura, mudo y obediente. Pero desde aquel día, ni el discípulo pudo resistir la presencia de su maestro, ni Carlota gozar la de su enamorado. Del corazón de ella, fecundo por el riego de lágrimas purísimas, brotó una rosa, la más ufana de la vida y del sentimiento: el amor.
Carlota entonces fué tan valiente, que tuvo miedo de sí misma, ese miedo grandioso y sublime que se llama también «temor de Dios», y que es forma exquisita de arrogancia espiritual; hurtóse á las miradas profundas de Manuel; midió los riesgos de su ternura, y lloró con inquietud indecible, á la orilla floreciente del abismo. Quería la infeliz soportar la doble cadena del martirio y de la tentación callando y sufriendo; pero comprendió que en la brava lucha peligraban á cada instante la dignidad y el deber; que eran pocas las defensas de un solo pecho para tan fuertes y contrarios enemigos; que iba á rendirse, al cabo, á las sugestiones invencibles de un dulce amor vestido de caridad y gratitud.
Y tomó la heroica resolución de los débiles: decidió marcharse, sola con Dios y su conciencia. Peor que el escándalo de la fuga fuera la certidumbre de pecado. ¿Qué importaba que el mundo murmurase, si en el cielo se sabía la verdad?
Pensando de esta suerte se afirmó en sus propósitos ante los tristes descubrimientos que hizo Carlos en el drama. Ya nada la detuvo entonces; aprovechando la terrible escena para urdir su viaje, despidióse con loca prisa de Manuel, exigiéndole un juramento á la vez que le pedía un favor: que Velasco no la siguiera, que no la preguntara... Después de exigir dulce y amargamente, imploró con infinita humildad: que sus hijos hallasen en el caballero, en el amigo, un apoyo...
De pie, vibrando de emoción, con los ojos entornados sobre las mazadas orejas, esperó Carlota; una mirada, un gesto, podían delatar la lumbre del pobre corazón sacrificado, y la inaudita resistencia de la madre se alzó imponente contra el peligro. Pero Manuel no la detendría. Estuvo oyéndola con pánico asombro, sin dilucidar más que una cosa, en el deliquio de aquel instante horrible: la mujer que le hablaba de partir, que le decía adiós... no era nada suyo; de niños fueron novios, eran amigos siempre. Ni una fugaz promesa, ni una tímida confesión, le daba derecho á contrariar los designios de la señora de Ramírez... ¿Qué importaban, en la trascendencia de aquel grave minuto, las memorias del pasado ni aun las adivinaciones sutiles del amor?... Juró el caballero cuanto la dama quería, y prometió el amigo lo que imploraba la madre; mientras que el enamorado, estulto y febril, vió desaparecer del laboratorio á Carlota de Heredia, desgraciada y ausente, quizá para toda la vida.
Con movimiento indefinible abalanzóse Velasco al umbral que ella pisó. En el pasillo aguardaba Carlos silencioso, con señales de haber llorado mucho. Se miraron los tres, con una sonrisa atónita y violenta, que daba miedo. La madre y el hijo se alejaban, y el desolado amante iba retrocediendo en su impulsivo afán, para seguir mirando á la fugitiva desde el balcón. Pero la dama, presurosa, sin duda, bajó al camino real por el atajo, á espaldas del laboratorio, y Manuel hallóse enfrente de la belleza del bosque, apacible y melancólica como un paisaje copiado en aguas quietas. Se mecía en el aire el sonoro repique de una campana y el sol moría sobre el mar, en el ancho cielo azul...
Reflejo de la hermosura de la ausente le pareció á Velasco la suave languidez con que fenecía la tarde; así en el rostro de la mujer amada, embellecida por el dolor, se esparcía un vago tinte de crepúsculo, rútilo y emocionante como los resplandores del ocaso, apetente y dulce como las vendimias del otoño... Y la gracia luminosa del atardecer dió al enamorado una imagen de la esquiva y espiritual hermosura, con tal sensación de pesadumbre, que todo el torrente de su despecho se desbordó en cóleras insensatas; sentía crueles repulsiones hacia cuanto le quedaba en el mundo lejos de Carlota: ¿dónde pondría los ojos, que no viera angustia y soledad?
El reloj de la sala, indiferente á estos mudos afanes, enardeció de súbito las iras de Velasco; el isócrono _tic-tac_ parecióle un lúgubre remedo del propio corazón, una burla de aquella implacable hora que desgranaba los minutos con ofensiva impavidez; arrojó á la blanca esfera un legajo de papeles que tuvo á su alcance, y el cristal, hecho añicos, cayó estrepitoso entre las hojas desparramadas; pero el inmoble centinela del tiempo, socarrón y firme, siguió burlándose: _tic-tac, tic-tac..._
Arrepentido Manuel de su arrebato, huyó del maquinal soniquete, lanzándose al misterioso corredor que aún guardaba del paso de Carlota un ligero perfume. Por una puerta entornada vió surgir de la salita de costura los cojines del sofá en desorden y el velador florido: una bata que el mozo conocía mucho, prendida del cuello, con las mangas fofas y vacías, le ofreció la fugaz impresión de unos brazos rotos en caricia imposible... Cerró los ojos á las amadas huellas, y atravesando el bosque, como un poseído, bajó al valle en la serena caída de la sombra.
* * * * *
Calmada la primera crisis de dolor y de sorpresa, la nativa bondad de Manuel Velasco hizo explosión con gallardas manifestaciones. Acometiendo como un héroe sus propósitos, empezó por volver al _Robledo_ y entrar en derechura hasta la alcoba de don Juan: después que pudo resistir su presencia, hablarle con acento indiferente y permanecer en el laboratorio como antes, juzgóse vencedor en la más ruda batalla de su vida; una resignación mansa y piadosa sucedió á los furores de su alma; tal vez aquella virtud, mal conocida de los hombres, era un vestigio, un aroma que la mártir dejó entre sus cadenas.
Pasó Velasco por el fino tamiz de su hidalguía la historia de los recientes sucesos y sintióse culpable de la fuga de Carlota: él la puso en cuidado con la solicitud desmesurada de su amistad, y por fin, con las pruebas elocuentes de su pasión; y aunque le animó el consuelo de haber contribuído á libertarla, para mejor aplacar las voces de la conciencia dió, el enamorado, alcance de sagrada misión al imprevisto juramento que concediera á la fugitiva. Desde aquel punto, un ideal de egregia estirpe llenó la vida austera de Velasco: vivir para los hijos de la amada; guardar como devoto penitente el culto á los recuerdos de Carlota. Y sólo doña Mercedes, edificada y suspensa, vislumbró el sublime idilio, apéndice de un drama obscuro y brutal...
Como un premio á la nobleza de Manuel, quebróse el incógnito de la ausente; Carlota escribió á su amiga, á su segunda madre, la viuda de Velasco; y con especial cordura y cálida elocuencia, justificó la dama su grave resolución, abriendo por primera vez el arcano de sus dolores en el refugio de tan ferviente amistad. La esclava de Ramírez habíase convertido en modesta pensionista de un convento francés, en los Bajos Pirineos: el hábito de los pesares y la toca de la virtud la hicieron un rincón en la clausura religiosa, y allí recataba su infortunio, mirando al porvenir con incertidumbre.
Estas noticias fuéronle compensadas con las que la viuda le envió, muy tranquilizadoras, de Carlos y Ana María. Y tan dulces promesas obtuvo la pobre madre que logró al cabo algún reposo; ya su cielo sombrío lucía claros de sol, y amanecía en su horizonte esa ardiente esperanza del que torna á la salud desde la orilla del sepulcro, mientras doña Mercedes, secundada por Manuel, procuraba llenar un poco el vacío de Carlota en la desierta casa de Ramírez.
El ilustre maníaco se había hundido en la obscuridad más absoluta: la estampa recia y arisca de don Juan fué desapareciendo del laboratorio, hasta encerrarse en su gabinete; llevóse allí unos aparatos científicos y sepultó su rabia ó sus dolores en aquel extraño escondite, que tan pronto parecía la celda de un penitente como el tugurio de un nigromante. Sólo Ana María traspasaba el temeroso dintel, sirviendo al sabio con una solicitud triste y silenciosa, que á él le atormentaba como un reproche continuo, y, cuando en arranques de caridad ó compasión, pretendía ella ofrecerle algún consuelo, huía el culpable, ríspido y huraño, igual que un loco. Muchas veces, en estas sordas crisis, mediaba Manuel, imponiéndose á fuerza de sugestiones y bríos, á la demencia, la cobardía y la crueldad, ayuntadas en el carácter de aquel hombre incomprensible, y arrancaba de su duro corazón algunas chispas de luz... De aquellas victorias cobrábase con creces el discípulo en la casta lumbre de unas pupilas de mujer, que acaso le miraban con la elocuencia de un gran secreto. Carlitos, á distancia siempre de su padre, más por la hurañía de éste que por los rencores del muchacho, erraba por el _Robledo_, triste que triste, detenido allí por la insinuación constante de aquellos dulces ojos que tanto agradecían á Manuel su influencia sobre don Juan.
El mismo año, Velasquín, doctor en leyes, cansado peregrino de la bulliciosa vida madrileña, se quedó en Torremar, formando parte de la conspiración protectora establecida en torno á la casa de Ramírez; y con las ocasiones y el trato, á la luz de la belleza y al brillo de las lágrimas, el buen mozo se hubo de enamorar de Ana María. Por segunda vez tejió la juventud una promesa con las ilusiones de doña Mercedes. Juzgóse la niña afortunada con tan gallardo novio: varios indicios la hicieron suponer alguna inteligencia entre su madre y la del pretendiente; los anhelos de ésta parecíanle órdenes de la otra, y, feliz con dejarse llevar por tan piadosas voluntades, renunciaba á un ensueño remoto, apenas entrevisto del propio corazón que le dió vida...
III
EL MALEFICIO DE UNAS BODAS.--«LA SOLEDAD DE DOS EN COMPAÑÍA».--¡PARA SIEMPRE!--IMÁGENES EN LA NIEBLA.--LA FLOR DEL ROMERO.--RETRATOS, VERSOS, RISAS Y SOLLOZOS.
EN vano quiso disimular Regina, bajo las apariencias de un luto acomodaticio, la helada y triste soledad de sus bodas, pues todo tuvo en el solemne día la expresión tosca y ceñuda del remordimiento y del reproche. La casita montés de los Alcántaras, futuro nido de la gentil pareja, yacía en un silencio medroso y áspero, henchido de incertidumbres y zozobras; no había allí la menor señal de fiesta, ornato ni alborozo; ni galas en los roperos, ni flores en los búcaros, ni alegría en los semblantes, ni regocijo en los corazones. Marta y su madre se fatigaron inútilmente sin conseguir que las estancias mostrasen mayor comodidad y compostura; un aire de enojo y desabrimiento estremecía los arcaicos muebles, convulsos por el ímpetu y el desorden con que la novia agitó puertas y llaves, cómodas, cofres y alacenas, para ceñirse, al fin, un vestido negro y ajado, torpe disfraz de impacientes ambiciones, antiguo jirón de mal sufridas pesadumbres.
Huyendo Velasquín de la gente, con mil escrúpulos y reparos, aislóse en huraña reserva, fué y vino desde su casa al arrabal, como una sombra vigilante, y precipitó los desposorios, incapaz de resistir por más tiempo tan violenta situación, en pugna con su carácter comunicativo y apacible.
Don Fermín Pérez, médico y amigo muchos años de la familia, fué, después de algunas pláticas con doña Mercedes, el padrino de la boda; ofició de madrina Eugenia, con grande inquietud y no pocos llantos; y una turbia mañana de Diciembre, al filo del amanecer, pasó la breve comitiva, sin escolta y sin lujo, por el desierto arrabal, camino de la iglesia. La hora, el silencio, la soledad del paisaje, aterido y brumoso; los hervores y retumbos de aguas y espumas en los negros cantiles; la luz naciente de la aurora, que parecía enferma en un cielo cobarde: aquella grandiosa y lúgubre decoración del invierno puso en la frente y en el alma de Regina livores trágicos y escalofríos de angustia.
Una vez en el templo, bendijo á los novios don Amador, pálido y mustio, como si actuara en los funerales de ambos jóvenes, á quienes él mismo bautizó en las primicias de su apostolado parroquial; mirábalos á sus pies, impacientes y ansiosos, en actitud de reos, bajo la abrumadora pesadumbre de un íntimo terror... y en las penumbras de la iglesia, al cobijo de pilares y doseles, se dibujaban, en tanto, muchos perfiles curiosos, ceños delatores y sonrisas burlonas.
Un quejido amargo, entre sollozo y clamor, vino á quebrar el murmullo de los latines que el párroco desgranaba; era _la novia de Gabriel_ que gemía siempre en los desposorios, añorante del suyo malogrado. Puestas las rodillas en el suelo, torcida la cintura como el tallo de una flor, caída la frente sobre las húmedas lanchas, lloró _Gabriela_ con desgarradora expresión de locura, con trágicas voces de plañidera y suplicante.
Volviéronse los novios, trémulos de pavor, hacia aquella Melpómene, sin recordar que su plañido era el obligado acompañamiento de las bodas torremarinas desde hacía muchos años; pasóle á Velasquín por el alma un gélido soplo de mal agüero, y aunque pidió á los ojos de Regina calor y luz para confortarse, aquellos ojos brillaron como estrellas en noche helada, hermosos y duros como piedras preciosas...
Al regresar del templo don Fermín se despidió en la cancela, con la disculpa de urgentes visitas profesionales, y Adolfo y Regina se hallaron solos en el saloncito familiar de la muchacha, revuelto por las impaciencias de aquellas últimas horas. Prevaleció en sus manos, uncidas ya al vínculo indisoluble, el temblor de miedo iniciado en la iglesia, y mirándose como absortos, se hablaron al fin, advirtiendo en el timbre de sus palabras la expresión de extrañeza que suelen causar las voces desconocidas. Ya estaban unidos para siempre. ¿Era cierto?... ¡Para siempre!... Y aquel «siempre» en que los dos reflexionaron con insólita admiración, causóles diversa inquietud.
--¡Siempre!--decíase Adolfo, con ansias infinitas de poseer y de amar en plazo sin riberas. Miraba suya á la moza, y un delicado sentimiento le contenía, prudente y humilde, en los umbrales de la felicidad, pues al trasluz de la palabra «siempre», sinónimo de vida perdurable, aquella mujer adorada con tan frenéticas prisas, con tan locos apetitos, le inspiró á Velasquín ahora un deseo mezclado de pavor y reverencia.
Y Regina, cayendo en vertiginosas meditaciones, en previos análisis de inconsciente perversidad, tuvo un amago de tedio y de protesta.
--¡Siempre suya!--pensó, abrumada de súbito por la perspectiva de una esclavitud interminable, sin descanso ni variaciones. Siempre junto á un hombre, tal vez demasiado perfecto, con los ojos muy grandes, los dientes muy blancos, el bigote muy obscuro, la sonrisa muy pronta, dulce la palabra, el ademán cortés; tan fino, tan elegante, tan... iba á decir «monótono»...; pero, arrepentida, avergonzada de aquel examen burlón, ajeno á su voluntad, quiso escaparse del terrible «siempre», que la oprimía con la sensación espantosa de un sudario, mortaja de libertades y rebeliones. Sedienta de placer, empujó hacia sus despiertos sentidos todas las inquietudes de la madura juventud, y sonrió complaciente al esposo, que ya la envolvía en sus brazos...
Al amanecer otra mañana sobre el nuevo hogar, en plena embriaguez de su ventura, sintió Velasquín, más agudo y determinado que antes, el terror misterioso que se cernía sobre el raro suceso de su boda. Allí, en el mismo lecho de las nupcias, detrás de aquel biombo colocado por Regina entre la cama y el salón, cayeron las primeras ilusiones como rosas marchitas de la noche á la alborada. Halló Adolfo debajo de sus besos un vacío indefinible, una hermosura inerte, carne bella y curiosa no consagrada por los perfumes del sentimiento, el carmín de una boca glacial, donde no puso el corazón de la mujer ni la burbuja de un suspiro.
El miedo, la pena de estas novedades y de otras que presentía, lanzaron al mozo por la casa adelante, con el impaciente afán de quien busca y no encuentra alguna cosa. Torpe y distraído, paseó por la estrechez de los aposentos, que cabían, casi todos, en la holgada y señorial anchura de una estancia del palacio vecino; y entre el desquiciado menaje del reciente hogar, las caras de la servidumbre se le aparecían á Adolfo tétricas y hostiles, contagiadas también de una secreta desazón. Hasta el jardinero mostró un cariz sombrío, como si olvidase que, libre de simientes y de podas, quedaba reintegrado á la marina, «con galones de segundo» en la tripulación del _Reina_; cuando Velasco le salió al encuentro para recoger, al fin, una sonrisa franca en el esquivo hogar, el segundo de á bordo bajó la frente en sombras de incógnita culpa, igual que si fuese cómplice de aquel triste desbarajuste donde el señorito buscaba alguna cosa confusamente perdida.