Agua de Nieve (Novela)

Part 13

Chapter 133,793 wordsPublic domain

Va creciendo la mañana, lluviosa y triste; en los sonoros ámbitos del aula reina un silencio imponente. ¡Con que terrible melancolía se dibujan allí los tesoros y los misterios del mar, las algas, las conchas y las flores, las piedras y los moluscos, los pólipos gigantescos, las osamentas prehistóricas; jirones arrancados á las entrañas de la vida, yertos despojos de la ciencia militante! A la indecisa luz que vierte el cielo en el ancho salón, se ven confusamente aletas enormes y monstruosos tentáculos; arrecifes coralinos en miniatura; animales vivos en redomas de cristal; frascos panzudos donde el alcohol sostiene cien formas de vidas muertas...

Pero todo aparece sin el debido concierto ni la pulcritud que fuera menester. Añorante de las próvidas manos de Carlota, esta gran cátedra en que un solo discípulo estudia y vigila, tiene á la sazón un aspecto de pesadumbre y de abandono. Aquí donde tuvieron sus gérmenes las íntimas tormentas familiares, pasó antaño una ráfaga de heroísmo que dió al laboratorio cierto rumbo y compostura. Cuando Carlota posaba sus manos lindas y veloces en todo este arsenal languideciente; cuando ella ponía su gracia y su entendimiento al servicio de la ciencia, entre el sabio iracundo y el discípulo fervoroso, diríase que hasta en las vidas inferiores y petrificadas del museo se encendía una promesa de resurrección, un soplo invisible de inmortalidad. Y ahora que no estallan las voces furibundas en el derrotado salón, ahora que la heroína no ennoblece con sus lágrimas el semblante frío de esta ciencia ruinosa, todo aquí tiene un tinte de fracaso, un perfume acre y mortal. El biólogo, al recluirse mudo y hostil en su gabinete, ha dejado en irreparable revolución las colecciones, y ha puesto en fuga al breve personal que en su parte profana asistía á todos los menesteres del instituto. Sólo un misterioso encanto, de muy hondas raíces y muy fuertes ligaduras, abre todavía aquella puerta para que el discípulo de don Juan trabaje, sueñe ó llore... Más bien parece que sueña ó que llora, á juzgar por el desaliño de su mesa de labor y por el trágico matiz del aula. Y aunque va y viene por ella el «hada del Robledo», algún otro hechizo, como el que Manuel sufre, la incapacita para prevenir y atender aquellas minucias donde puso sus manos incansables la _Bella durmiente del bosque_...

A esta luz grísea, en este marco singular, adquiere ternura conmovedora el grupo de la niña aletargada con el caballero de hinojos á sus pies. Ya éste se impacienta, aguardando un síntoma de reacción en aquel ser angelizado y noble, en cuya frente el dolor finge un sueño. Tiene la muchacha inclinada la cabeza hacia Manuel, y toda su figura grácil yace desvanecida, con trazas de profundo cansancio, como si hubiese caído en el sofá después de un peregrinaje azaroso y terrible. La dulce faz dormida denuncia una temprana pena, y á la pálida boca parecen acudir, en amargo pliegue, implacables tristezas de amores imposibles.

Aquel gesto delator pone tal semejanza entre la niña y su madre, que Velasco, absorto y dolorido murmura:

--¡Carlota!... ¡Carlota!...

Como si este nombre la despertara, anhela el pecho de la joven, tiembla un suspiro en sus labios y abre los ojos con angustioso esfuerzo, muy turbada, muy sorprendida.

De repente se alumbra su memoria: ya sabe por qué está allí sin fuerzas y sin voz; por qué Manuel le dice cariñoso y aturdido:

--Esto no vale nada... Ya pasó; no te asustes.

Pero ¿qué? El está de rodillas acariciando las manos yertas de la muchacha: ¿cómo puede suceder semejante cosa?

--¡Dios del cielo!--prorrumpe Ana María, levantándose con vehemente impulso de esperanza y emoción.

Y Velasco, que también se levanta, la mira ahora hasta el fondo de los pensamientos, hasta hacerle bajar los melados ojos. Pero no está conforme todavía; ha llegado el instante decisivo en que él debe conocer todo el grave secreto que vislumbra. Toma familiarmente la barbilla de la muchacha y alza aquel lindo rostro, entre nubes de rubor, diciendo:

--Mírame bien.

Ella obedece, trémula y roja. Una niebla de llanto se deshace sobre la luz humilde, como albor de lámpara, que la pasión enciende en aquellos ojos.

--Ya te miro--musita.

El discípulo de don Juan es un gran sabio, sin duda, en más de una ciencia humana, porque no se deja engañar por el velo que en aquellas pupilas obscurece á la delatora lumbre.

Ya leyó, de corrido, en el precioso corazón de la mujer que le oye suspirar y le oye decir:

--¡Pobre ángel!

Y al comprobar sus temores, pálido y serio, sólo se le ocurre á Velasco esta pregunta, tácita y honda:

--¿Por qué «entonces», te ibas á casar con otro?

--¡Oh, Dios mío!--gime la turbada niña, que sólo sabe mentar á Dios en aquel apuro tan tremendo. Se ve descubierta. Comprende que ha mostrado el tesoro de su alma, precisamente al hombre á quien más quería ocultarle.

--Pero yo nada te he dicho--balbuce con timidez y asombro, sin comprender que alude al oculto reproche del caballero, ratificando así la inconsciente confesión de sonrojos y lágrimas en aquella hora sentimental.

Manuel la contempla, ausente de sí mismo, envolviendo en una mirada piadosa y limpia la juvenil hermosura que se le ofrece con tan ingenua sencillez.

Alta, mimbreña, con el cabello tenebroso, la boca dulcísima, los ojos enamorados y obscuros, la tez de una blancura mate y doliente, Ana María Ramírez es el vivo retrato de su madre. Aquel ademán gentil para alzar los cabellos sobre la frente, aquel hechizo de melancolía, la voz triste y suave como una romanza, todo es en ambas semejante y original...

Meditando en ello, Manuel Velasco sueña y adora, mientras la niña, confusa y atormentada, está á punto de echar á correr. El adivina su movimiento de fuga y la detiene.

--Todo el mal que mi hermano os hace--dice con solemne tono--, yo juro repararlo.

--¿Por lástima?

--Por amor.

--¡Ah!

Duda la niña, tremante y absorta, al borde de un abismo de felicidad, que mide su corazón por primera vez. Y Velasco, viendo disiparse la niebla de lágrimas en los radiantes ojos, sonríe y promete todavía:

--Por amor, te haré muy feliz...

No miente. Por un profundo y noble amor, lleno de caridad y devociones, ha jurado hace tiempo ser la providencia de Carlos y Ana María. Cumplirá su promesa por encima de todos los renunciamientos y de todos los sacrificios. Y como la muchacha, sacudida por violenta emoción, está pendiente de los labios que la sonríen, él acude á desvanecer los temores y las sombras que adivina en su actitud interrogante.

Tiende los brazos, acogiendo á la niña como cuando era pequeña, y la infeliz goza tan consolada ternura sobre aquel corazón amigo, que sus dolores se deshacen en alegría inexplicable y muda, en tanto que Manuel le dice:

--Antes que de nosotros, nos ocuparemos de tu hermano, ¿quieres?

--¡Sí, sí!... ¡Pobre hermano mío!

--Vamos á darle una carta que le alegre mucho... ¿De quién dirás?

--¿De quién?

--¡Si fuera de tu madre!

--¡Una carta de mi madre!--pronuncia Ana María con asombro rayano en terror.--¡De mi madre!--repite. Y luego interroga fuera de sí:

--Entonces... ¿la escribes tú? ¿Sabes dónde está?

Tiene extraña prisa por separarse de Velasco; pero él, reteniéndola, dícele de nuevo:

--Mírame á los ojos.

--Ya te miro--torna á responder seria y amarga.

--Me ves el corazón..., ¿no es verdad?... Escucha: tu madre escribe á la mía, porque desde lejos vela por vosotros. ¿Supones que podría vivir sin saber de sus hijos?

Ha puesto el mozo en estas frases calor de honradez y bálsamo de oración, con tal eficacia, que la niña, un tiempo recelosa de la asiduidad de Manuel en aquella casa, ya nada sospecha ni teme.

--¡Oh, mamá, mamá!--llora con infinita dulzura, sintiendo cómo las caricias de su madre llegan, providentes y milagrosas, á curar su infortunio.

Pasado el primer estremecimiento de la consoladora novedad, hablan largo y tendido Ana María y Manuel. Buscan horizontes de esperanza bajo la cerrazón de las nubes decembrinas, precisamente en el instante en que unos novios vuelven de la parroquia, con más trazas de duelo que de nupcias.

Al final del palique en que se engolfan la niña y el caballero, sabe ella cómo su madre se esconde en un rinconcillo francés, entre Pau y Lourdes, acechando la abrupta ribera española, donde por antojos de la suerte se llegó á convertir en selva de corazones tristes cierto bravo robledal. Y Manuel sabe, en confesión muy difícil y tímida, que una mujer encantadora, con alma de ángel, amó en Velasquín un sueño, un apellido... tal vez la semejanza con otro hombre que era el realmente amado y que á la moza le parecía un imposible...

II

HISTORIAS RETROSPECTIVAS.--LA INFANCIA DE LA «BELLA DURMIENTE».--LA ATRACCIÓN DEL ABISMO.--EL FAUNO.--LA MUJER Y LA MADRE.--UN IDILIO Y UN JURAMENTO.--AROMAS DE CARIDAD.

MANUEL Velasco y su amiguita Carlota de Heredia crecieron casi á la par en Madrid, al amor de dos hogares vecinos y felices, donde se unían los privilegios de la opulencia y del blasón. Fué la niñez de ambos rapaces una dulcísima historia de ternuras y ensueños románticos; los dos mostraban igual aptitud y agudeza; los dos pertenecían á esa casta infantil soñadora y precoz que pone los ojos llenos de curiosidad en todas las secretas interrogaciones del mundo y otea el porvenir en las noches azules pobladas de prodigios.

La vecindad y continuo trato; la similitud de gustos y caracteres; la noble intimidad de sus familias, fueron parte á encender una suavísima afición en aquellos corazones afectuosos: mayor ella, tres años, y más viva de genio que el rapaz; madrileña, pero de origen andaluz, ponía su gracia impetuosa, como un rayo de sol, en la arrogancia taciturna del niño montañés, mientras el diminuto hidalgo, con el calzón á la rodilla y el aire severo, se engreía al recibir los favores de Carlota.

Muchas veces sus padres, al verlos juntos y escuchar palabras de aquiescencia en juegos y charlas, al sorprender sus actitudes inclinadas siempre hacia la misma curiosidad, siempre vueltas á un anhelo semejante, decían con fruición:

--Han nacido el uno para el otro...

Y un prematuro plan de boda consagraba estos cariños infantiles en la vieja amistad de Heredias y Velascos, sin suponer por cuán diversas rutas les había de encaminar el destino.

Espigaba en preciosa mujer la señorita de Heredia, cuando el hijo de doña Mercedes, la señora de Velasco, empeñado ya en serios estudios, fuese á trabajar en París cerca de un sabio naturalista español, oriundo de la Montaña. Al partir Manuel, puso, con sutiles afanes, cierto anillo familiar en un dedo muy mono de Carlota, para que prevaleciese en la ausencia aquella mutua afición, esperanza de sagrados vínculos, y las madres de los jóvenes aludieron al posible matrimonio siempre que miraban al porvenir en sus horas de intimidad.

Un suceso imprevisto y venturoso fué en casa de los señores de Velasco origen de emoción y de sorpresa: á Manuel le nació un hermanito cuando nadie lo presentía. El nene, á quien llamaron Adolfo, aparecióse en el mundo con traza muy alegre y gentil, como si quisiera ofrecer compensaciones y ternuras en el hogar del ausente primogénito.

Para Carlota, amada lo mismo que una hija por los sorprendidos papás, fué aquel infante un hallazgo feliz, los diez y seis años prometedores de la muchacha se iniciaron en maternales sentimientos al sedoso roce de la criatura. Como la de Heredia no tuvo hermanos ni vió en trato íntimo seres tan frágiles y puros, prontos á recibir sus caricias, toda la pujanza de un fino corazón de mujer se reveló en el pecho juvenil al tocar la feble existencia de aquel niño de color de rosa que apretaba sus puños chiquitines, en inconsciente ademán de rebeldía, como si ya pudiera defenderse de las iniquidades del mundo.

Una infinita sensación de lástima y de cariño prendió en las entrañas de Carlota: era el germen espiritual de futuros amores abnegados, amores de madre que duermen en el seno de todas las mujeres buenas, esperando que un grito de la vida les dé carne entre lágrimas. Meció la niña al recién nacido con dulces cantos y le cuidó con desvelos y coqueterías de mamá joven, mientras doña Mercedes, gozosa al lado del hijo chiquitín y de la precoz madrecita, sintió reflorecer su apacible otoño...

En aquel ambiente de esperanzas y ternuras alzóse de pronto la silueta arrogante de don Juan Ramírez, caballero maduro y altivo, aureolado con dones de sabiduría y proceridad. Regresaba á Madrid después de una fecunda excursión científica por los más afamados institutos biológicos de Europa; y durante su permanencia en la capital de Francia había dado muchas lecciones y consejos al devoto estudiante Manuel Velasco.

Los padres del discípulo se esforzaban en obsequiar al profesor insigne, y como adorno de algunas fiestas íntimas que le ofrecieron, presentáronle á Carlota con orgullo, ignorantes de que preparaban así la desventura de su amiga. Desde el primer encuentro, don Juan Ramírez depuso los prestigios de su ciencia y la corona de su notoriedad á los pies de la joven; quedó prendado de ella con ese antojo súbito y potente que á menudo se desarrolla en los hombres austeros llegados á la plenitud de la vida en castas nupcias con el trabajo. Y la misma vehemencia de su deseo por aquella mujer en capullo, tan delicada y espiritual, vino á ejercer sobre ella una especie de sugestión.

El renombre de don Juan, su arrogante figura, la autoridad y la fuerza que emanaban de toda su persona cegaron á la niña de tal suerte, que, sin saber cómo, rindióse al nuevo hechizo, diciendo siempre que sí con aire de sonámbula.

Cuento de brujas les pareció á los padres y á los amigos de la moza este cautiverio amoroso. Lucharon para libertarla con prudentes razones: don Juan la llevaba muchos años; contábanse de su vida íntima grandes extravagancias y de su genio y costumbres se decían cosas alarmantes. Pero Carlota, sin resistir de frente consejos y advertencias, mostró una actitud apasionada y firme, basta comprometerse en promesa formal de matrimonio.

Algo de la magia que el sabio ejerció sobre la niña fuese comunicando á los señores de Heredia, los cuales, pasado el primer movimiento de inquietud, padecieron también la sugestión de aquellos ojos, de aquella invencible majestad. Pronto la influencia del temperamento dominador extendióse como un contagio en los hogares amigos; hasta doña Mercedes llegó á predecir que la risueña juventud de la muchacha hallaría un gran destino ornando la gloriosa madurez de don Juan. Y ante la triunfal conquista del maestro, ¿qué podía valer la remota ilusión del discípulo ausente?

No eran egoístas los de Velasco: al suponer conveniencias y ventajas en el matrimonio de Carlota, abandonaron sus propias ambiciones, irrealizables quizá. Pensaban que á menudo los vientos de la vida tuercen un destino sazonado, y que el de Manuel aún estaba en flor...

* * * * *

¡Cuán rápidamente se desvanecieron las esperanzas de la pobre niña! ¡Con qué horrible desengaño expió la propia ligereza! Apenas celebróse el matrimonio cayó el disfraz galante del maestro naturalista, inútil en la ciencia sublime de cultivar cariños: enamorado de Carlota como un fauno y celoso de cuanto ella amaba, la escondió en el _Robledo_, solar montañés de la familia de Ramírez, y comenzó á tejer allí una existencia obscura y salaz entre conatos de labores científicas y violencias de animal en celo.

Fué un tránsito tan brusco el de la pobre criatura, desde la luz y la felicidad hasta la sombra y el dolor, que en torno á su hundimiento se alzaron espesas nubes, igual que cuando se derrumba una torre muy alta herida por el rayo. Murieron los padres de Carlota pocos años después, como atacados de un mal de penas ante la terrible equivocación de la boda, en que la joven se abismó lo mismo que en una sima, y quedó la triste á merced de su enemigo.

El logro y disfrute del amor fueron para el brutal esposo como un cáustico que le alzase ampollas en muchos malos instintos, y la débil mujer que sirvió de cebo á tales cobardías no las hubiera soportado sin el milagroso caudal de ternuras que vino al fin á calmar la ardiente sed de amores en su alma. Ni en los caminos más huraños del mundo apaga Dios por largo tiempo toda luz á los pobres caminantes. Sólo quien cierra los ojos con obstinación se sumerge en sombra inaccesible. Carlota la abría; miraba alto, muy alto; avizoraba el horizonte con infinito afán, y en el obscuro cielo descubrió una estrella. La historia del hallazgo celeste cabe en pocas sílabas de profunda sencillez. Carlota fué madre...

Rodaban los años encima de esta ventura, más fuerte que los fortísimos dolores de la maternidad, más grande que el infortunio de la mujer sometida al esposo con indignación y repugnancia. Sentía Carlota la vergüenza de la esclavitud y el terror del hundimiento; pero era madre, y esta solemne realidad descendía á su alma con divina estupefacción, á modo de anestesia contra todas las humanas tribulaciones. Estoica y dura para sufrir, llevaba en los labios esa inextingible sonrisa de los mártires, que luchan y mueren por un ideal sin que se nuble su gesto heroico ni aun con los velos lívidos de la agonía.

Derivó así la existencia de Carlota á merced de los tormentos más absurdos, sufridos con mansedumbre angelical; pero de pronto, en un instante de revelación, vió la triste con espanto que no sólo el amor de sus hijos le daba fuerzas para vivir: un astro nuevo se encendía en los cerrados horizontes de la mujer y de la madre. Examinó ella entonces, valerosamente, su corazón, y hallóle contrito y confeso, mas replicando á las acusaciones de la conciencia con absoluta sinceridad; había delinquido en amor de gratitud hacia un hombre; estaba picado de mal de rebeldía...

Y mientras la mujer hacía estas confesiones, lloraba la madre con supremo dolor.

* * * * *

Era Manuel Velasco un mozo cabal en la triste ocasión de fallecer su padre: bizarro porte, don de gentes y vasta cultura, daban al primogénito de la familia ilustre una singular virtud entre las mozas casaderas de la aristocracia y de la burguesía. Andaba él por el mundo con un desdén muy triste, que le hacía más interesante; sus treinta años varoniles proyectaban una sombra de vicisitud, una huella implacable de amargura. Con la barba crecida, y el aire serio, audaz y tímido á la vez, Velasco supo inspirar vehementes pasiones, y no pocas mujeres descollantes cayeron por él en fiebre de tristeza; mas no curaba de semejantes angustias quien dentro del corazón tenía una añeja cicatriz sangrando siempre, dulcemente enconada por la condolencia y el recuerdo.

Es ley de caridad en almas generosas embalsamar los dolores con el perfume de los amores. Y el duelo de Carlota Heredia repercutía en el alma de Manuel, despertando al amor continuamente; de las raíces de un afecto infantil, delicado y fino, brotó la pasión, la pujante pasión de la mocedad, ese impulso irresistible de una vida hacia otra, que en los temperamentos contenidos y equilibrados suele persistir hasta la muerte. Aquella marea de nobles afanes que no hallaba camino feliz hacia la amada mujer, embatía en el pecho del mozo con sones de tempestad; y aunque el respeto y las conveniencias refrenaban con exquisita corrección la actitud del enamorado, sus propósitos más insignificantes giraban, como por mágico resorte hacia el señero lugar donde la dulce elegida alzaba en sus hombros de reina el peso de abrumadora cruz.

Una lástima aguda y vehemente atormentó á Manuel muchos años, conocedor, por confidencias de su madre, del terrible martirio de Carlota. Todas las fuentes del sentimiento, henchidas por la savia de un corazón que sabía amar y comprender y perdonar, corrían sueltas y veloces á ofrecerse en holocausto de aquel martirio; ya la existencia del mozo no tuvo más oriente que el _Robledo_ montañés, donde la triste padecía. Vivir cerca de ella, saturarse del amargo perfume de sus dolores, y al lado suyo mirar hacia el ocaso donde mueren los días en un rayo de sol; tales eran sus anhelos.

--Quizá--se decía--un crepúsculo sepulte la última jornada de semejante desventura...

Al erigirle en jefe de la casa el fallecimiento de su progenitor, mostrósele á Manuel una fácil senda hacia Torremar. Doña Mercedes vivía suspirando por el nativo terruño desde el instante penoso de la viudez; todo la llamaba en la montañesa orilla con sedantes recuerdos de otros días mejores y lenitivos al dolor presente. Manuel apresuróse á complacerla y dispuso que la madre fijara allí el nido de su ancianidad melancólica. Levantarían una casa moderna, un palacete cómodo y firme en mitad del valle; la vigilancia de estas obras servirían de distracción al genio activo de la viuda, mientras Manuel, nada conforme con la vida cortesana, hallaría un adecuado ambiente para vivir con blandura y reposo, según sus aficiones singulares. Adolfo, que ya hombreaba, compartiría los años entre la Universidad madrileña y las vacaciones torremarinas. Y así decidido, el soñador enamorado logró la ventura de aproximarse á la dama del _Robledo_.

Avecindados en Torremar doña Mercedes y su hijo, ofrecieron á su amiga nobles testimonios de solicitud y compasión, hidalgas prendas de un tutelar afecto henchido de piedades. Logró Velasco, al fin, mañosamente, introducirse en aquel hogar tenebroso, y estrechar con ansia y ternura las manos prisioneras de Carlota; creyó con esto la cautiva que comenzaba á amanecer en sus prisiones, y sintió un consuelo providencial, como si aliviasen sus doloridos hombros del bárbaro peso de su cruz.

Eran entonces Carlitos y Ana María dos preciosas criaturas con los ojos muy atentos á las inquietudes familiares: ella paciente, despierta y sufridora; él apasionado, ingenuo y curioso; ambos gentiles y finos, de viva inteligencia y noble corazón. Atravesaban aquellos meses de medrosos descubrimientos, descritos á la de Alcántara por Carlos; aquellos días de sombras y revelaciones, en que ambos rapaces se miraban atónitos, presintiendo la tragedia, mientras gemía el robledal, obscuro y doliente, bajo los cierzos invernales y las olas verberaban iracundas en los cantiles.

La aparición benigna de Manuel en tan lúgubre escenario, tuvo forma de prodigio venturoso. Para los pequeños, aquel hombre á quien apenas conocían, adquirió la importancia de un ser divino, obrador de milagros tan terribles como el de penetrar con aire indiferente por los silenciosos corredores, abrir puertas con ímpetu y revolver á su talante las salas del museo, mientras el sabio asentía con impenetrable rostro.

Hasta don Juan Ramírez estimó la vecindad de su antiguo discípulo como un hallazgo feliz. La mirada profunda de Manuel; su carácter tenaz y apacible al mismo tiempo; su exquisita prudencia; su solidez en cuestiones científicas, ejercieron raro dominio sobre el feroz misántropo. Con la ofrenda de libros nuevos y de investigaciones recientes, penetró Velasco en el laboratorio del naturalista, tendiéndole una mano salvadora en el único medio donde el biólogo era asequible al trato y la intimidad. Logró de esta suerte conquistarle y recoger con firmes puños el timón del malparado navío en que el maestro naufragaba sobre las espumas de su demente cólera.