Agua de Nieve (Novela)

Part 12

Chapter 123,802 wordsPublic domain

Unidos y separados, los contertulios de Regina le cantaban loores. Para ellos, las libertades de la moza rubia, lucían un fuerte matiz de honestidad; aquella mujer pensaba alto, sentía ligeramente, era ingeniosa, franca, voluble. En su palabra, ingenua y prócer, hialina como arroyo cantarín, nunca advirtieron el amargor dañino de la murmuración...

Estas alabanzas martirizaron la femenina epidermis de Torremar con ascua de cauterio. Pronto agudas voces mujeriles designaron á los amigos de Regina con el intencionado remoquete de la _Junta de defensa_. Se comentaban en fragmentos menudos los más leves detalles de las excursiones y holgorios en que la de Alcántara se entretenía, y túvose por cierto que no llevaban otro camino que la conquista matrimonial de Carlos Ramírez.

Entretanto, la revolucionaria doncella no perdonó ninguno de sus placeres predilectos, por insólito que allí resultase. Montaba á caballo vestida de amazona, con sombrero calañés y flotante cendal, escoltada de jinetes; mecíase sobre las olas, en traje de balandrista, entre los _yatchmen_ del club, sin haber amanecido aquel «mañana» en que debiera escribir encargando su esquife; salía de caza á deshora, con audaces bombachos y masculinos arreos, y supo cobrar gentil fama de valiente en todos los deportes que inició.

Era Carlos asiduo en estas lides, con mimo y preferencia por parte de Regina. Todo hacía presumir que ella le amaba; pero á la perspicaz observación del grupo pretendiente, no pasaba oculta la implacable nube de tristeza de aquellos ojos dorados, que el joven no alzaba por completo, cual si temiese delatar su inquietud.

Esta muda elocuencia de un dolor amante sostenía las ilusiones de los demás candidatos, entre los cuales el nombre latino de la muchacha se había hecho familiar y devoto, como una breve oración. Al llamarle _Reina_, á ejemplo de Ramírez, cada uno de aquellos cortejantes imaginaba rendir un tributo de soberanía.

Rara vez iba Adolfo mezclado á la corte de la dominadora. Solía verla en casa de Ramírez casi todas las tardes, y algunas noches la acompañaba, como en aquella primera entrevista que tuvo forma de secuestro. Pero el extraño poder de fascinación que ejercía en los hombres la rubia moza, fué, desde el primer instante, decisivo en Adolfo, que no supo razonar la causa del encanto.

Mocero y vehemente, Velasquín había pulsado toda la lira del amor y conocido todas sus emociones, sin perder nunca en absoluto el dominio de su apuesta persona. Hasta en el hondo afecto que desde la niñez profesaba á Ana María, hubo siempre una plácida serenidad, que le hacía sonreir con la beatitud del hombre llegado á la plena posesión de la dicha por sendero sin curvas ni abrojos, ancho y florido á la faz del sol.

Súbitamente, las claras acciones y los designios apacibles del muchacho, quedáronse en tinieblas cuando el brusco deseo de Regina se le clavó en los ojos como un puñal.

Obra de maleficio parecía aquella loca y fuerte pasión que daba al traste con la lucidez y la nobleza de Velasquín. Lanzóse en un vértigo de torturas y de ardores, sin ver más que un punto luminoso en el repentino caos de su conciencia: era una lumbre roja y cruel que iluminaba como un fanal gigante el nombre de Regina.

Los violentos latidos del corazón no le dejaron al muchacho escuchar lo que pasaba en torno suyo; ni la voz solemne de su madre, que hablaba muy contenta de la boda, ni el firme acento de Manuel, explorando con ansia en la torcida voluntad del novio... Ni siquiera el blando son de una palabra que jamás dejó de conmoverle: los gorjeos amantes de Ana María sonaban ya en los oídos de Adolfo como una música remota que se extingue, que se apaga en lejano confín. Poseído, alucinado, dejábase arrebatar en la recial corriente de aquel amor brujo, y apenas si un vago esfuerzo de la pobre voluntad cautiva, lograba entre los de Ramírez cubrir las apariencias de la traición amorosa.

Desde su primer triunfo con Adolfo, en la altura brava del _Robledo_, Regina recordó, con frases juguetonas, que de niños se habían tuteado, y él mordió sonriente la dulce licencia de una intimidad, que no pudo sorprender á quienes ya sabían de aquellas antiguas amistades; así el roce entre ambos, corrió pronto los graves riesgos de la ternura y de la confianza.

Una noche, agonizante ya el otoño, los dos amigos bajaban del _Robledo_, y de repente Regina se detuvo, mirando adusta á Velasquín.

--No me debes acompañar--dijo con sorda rabia.

Asustado de la inesperada prohibición, obseso y transido, él protestó:

--¡No quieres tú!

--Sí quiero; pero Ana María sufre y la gente murmura.

Silbaron las palabras candentes y angustiosas, aunque el doncel sólo oyera un himno de esperanza:--_Sí quiero... ¡Sí quiero_, había dicho Regina!...

En la arquitectura inquieta del celaje rodaban las nubes hacia el mar, y los impetuosos sentimientos de aquel hombre rodaron á las plantas de la mujer. Fué allí, oscilante en la rápida pendiente, de hinojos en la alfombra agostiza, donde Velasco derramó en tumulto sus declaraciones y promesas. La provocada confesión, resbalando en el silencio campesino, pobló el aura nocturna de notas crepitantes como chispas de un volcán; y Regina, más soberbia que dichosa, tuvo desde entonces en sus manos, lo mismo que un juguete, el porvenir de Adolfo.

Después de aquella noche blanca y triste, como abandonada novia, la existencia de los dos muchachos atravesó un obscuro sendero de mentira y traiciones, en pugna con las hostilidades del destino; fingieron, burlaron, y nadie supo su ardiente y silencioso amor, que logró, apenas, breves y temerosas entrevistas, saturadas con los encantos del misterio y del peligro. En cartas vibrantes de impaciencia y de inquietud, dijéronse sus propósitos y se juraron fidelidad mil veces. Tímido Velasquín para arrostrar el escándalo de la situación, le propuso á su amada una fuga, seguida de la boda; pero en la negra trama de aquel enredo, el más fuerte acicate de Regina fué siempre el seducir al mejor mozo de Torremar, y rendirle á discreción allí mismo, ante la estúpida sorpresa de sus paisanos.

Era un empeño cruel, una perfidia refinada y aguda que poseyó á la muchacha con halago y martirio al propio tiempo. Porque el solo afán de su existencia se redujo á la persecución de aquella victoria, y, sin embargo, en la dura masa de tales ambiciones, corría un hilo de lástima y de pena, un oculto manantial tenue y piadoso, henchido á las veces, cual si anhelase hendir el bloque de helada sabiduría que le esclavizó. Túmida y verberante la pía corriente, se fué labrando un lecho ya más amplio y más firme entre las rocas de la inteligencia, y el son de aquel arroyo alzábase infantil en el alma de Regina, aguzando un humilde cantar contra las voces sabias del entendimiento y los malos arranques del instinto. ¡Y no era mucho que los ojos graves de Ana María y las doradas pupilas de Carlos hiciesen temblar á la seductora! Todos la acusaban, menos los de Ramírez. Hasta Eugenia y Dolores dijeron:

--¡Qué mal hace!

Pero las dos víctimas de la maquinación temblaron mudas, sin atreverse siquiera á compartir el mutuo sobresalto. Vagamente advertían á su alrededor un cerco invisible, una niebla opaca, algo que les produjo singular zozobra. Diríase que Regina y Velasquín frecuentaban el _Robledo_ con disfraz de amigos, con apariencia de leales, para mejor encubrir algún obscuro propósito.

Ya Regina se cansó de aquella equívoca conducta. No más rubores azorantes, cuando los de Ramírez la miraban hasta el fondo del corazón, con una débil lumbre de sospecha; no más placeres fraguados en la obscuridad como los robos... Si logró la soñada victoria, ¿por qué no estar alegre?

Velasquín la enorgullecía; sentíase curiosa de amor, impaciente como ante el secreto de una puerta entornada... Era preciso beber la copa llena de felicidad hasta los bordes.

Y Regina, achacando las amarguras de su conciencia á lo anómalo de las circunstancias, decidió poner fin al incógnito de sus amoríos y darles la consagración pública de la boda.

--No hago mal--decíase. Y como quien recita una lección que no pasa de la memoria ni de los labios, repetía con uno de sus filósofos:

--«El bien es el placer; el mal es el dolor.»

Aun para encruelecerse, sintiendo hervoroso en las entrañas el crecido caudal de su ternura, con ronca voz, ahuecándola para que sonase firme, rezaba como de carretilla:

--«Dolor es todo lo que pone obstáculo al placer. El hombre es un lobo para el hombre, y la vida una cacería incesante donde cazadores y cazados se disputan su presa... Cada uno tiene el mismo deseo que los demás y sólo el fuerte sale vencedor en esta batalla de todos contra todos...»

Y aplicábase las terribles lecciones:

--Yo quiero lo que Ana María quiere... Soy una loba con más poder que el suyo, y le arrebato su botín...

De súbito, en la hueca resonancia de tales sofismas, rodaba gimiente el arroyo de la misericordia, y la escéptica se apretaba el corazón con las dos manos, confusa y rebelada contra unas «vulgares emociones» que no razonan los filósofos, ni los materialistas definen. Nada, en resumen; ecos febles de acentos muy distantes, en mezcla con la voz de Daniel apagada y triste, igual que un sollozo; la gentil imagen de Carlota junto á la de una dama que á Regina, de lejos, le pareció su madre... ¡Su madre!... ¡Cosa más singular!... Nunca se le había aparecido; ya no se acordaba de ella. ¿Fué bonita?... ¿Fué inteligente?... Tuvo un nombre piadoso: Rosario... ¡Qué nombre tan español y tan dulce: Rosario!...

Y Regina sintió en el pecho una blandura muy grande, como si algo se derritiera al calor de aquella palabra que pronunció con alegre asombro, entre el tumulto de infantiles memorias. La pálida visión de su niñez se extendía, como liviano cendal, delante de una hora solemne en su juventud. Y al sentirse cegada y perseguida por imágenes tan endebles, quiso reir ó cantar en broma, y sólo se le vinieron á los labios oraciones deshojadas por la costumbre, y aun jaculatorias tan simples como aquella: _Con Dios me acuesto..._

Pero la muchacha se irguió ruborosa, y entonó arrogante la postura. Ella no sería víctima, jamás, de aquel sentimentalismo ramplón y cursi que le había mojado los ojos un momento... ¿Qué tenían que ver su infancia ni su madre con el mejor partido de Torremar? Sintióse loba, y escribió á Velasquín una apremiante misiva, exigiéndole públicas manifestaciones de amor.

A la mañana siguiente el balandro nuevo, recién venido de Santander, lanzaba á la ribera un nombre de inconfundible, alusión: _¡Reina!_, clamó á gritos, cuando todos esperaban que cantase: _¡Ana María!_

VIII

LA VINDICTA PÚBLICA.--LA ERUDICIÓN DE LA ALCALDESA.--EL AGUIJÓN DE UNA COPLA.--VANSE LOS AMORES Y QUEDAN LOS DOLORES.

EN el Casino de Torremar, sitio adecuado para toda clase de intrigas y conjuras, reuniéronse una tarde, la tarde gris de emocionante memoria, los caballeros de la llamada _Junta de defensa_.

Formaron al frente Alonso y Fabricio; éste, feroz; aquél, melodramático. Hacían la retaguardia Ordóñez, muy risueño, y el notario, muy triste.

Al cabo de una hora, desfogados los espíritus, agotadas las frases duras y los epítetos gordos, quedó la reunión reducida á un vago murmullo de colmena, un runrún, perezoso y mordaz, rodando entre claras notas de las fichas del dominó y densas nubes del humo de tabaco. Tres convicciones profundas expandieron en la pesadez del viciado ambiente: Regina era una loca; Adolfo un majadero; Carlos y su hermana dos ángeles del paraíso. Y los conferenciantes acordaron: dejar á la de Alcántara «por imposible», no hacer caso á Velasquín y rendir tributo de adhesión y desagravio á los de Ramírez. Tácitamente convinieron en que era Carlitos el único mozo burlado por Regina en la gran broma descubierta. Debían todos contribuir á distraerle, á consolarle, sin hacer ninguna mortificante alusión á su fracaso. Cuanto á la de Ramírez, era preciso indemnizarla con creces del ruin abandono que sufría y ofrecer en el altar de su belleza sacrificios de amor y de respeto.

En el fondo, ninguno de estos hombres piensa cumplir semejantes propósitos: del trato singular de Regina todos aguardan sorpresas raras, atractivos y alicientes á los que no renuncian; Velasquín es demasiado señor en el pueblo para que el desdén público se atreva á molestarle; y la piedad declamatoria de la fracasada _Junta_ no se impondrá, de seguro, el trabajo de consolar á Carlitos ni de hacer la corte á Ana María...

Las damas, en sus conciliábulos interminables, denostan á Regina acerbamente y la auguran un «mal paradero»; compadecen en términos empalagosos «á los pobres» de Ramírez:--¡Sin madre! ¡Tan desgraciados!...--Y juzgan á Velasquín con mucha lenidad:

--Esa pícara le habrá dado algún bebedizo, pero no se casará con él; Dios no lo puede permitir... La culpa de todo esto la tienen los aduladores que se complacen en santificar diablos... ¡Lucidos están!

La alcaldesa, aprovechando el auge que disfruta Adolfo, coloca con gran éxito uno de sus «estudios feministas», como llama con pedantismo á las confusiones históricas que suele referir: «El ilustre doncel es descendiente de una dama famosa por su estirpe y caudales, doña Velasquita, oriunda de un cántabro solar que dió á España varones insignes como Lain Calvo y Nuño de Rasura...» Piérdese la bachillera en la noche de los tiempos, buscando el origen de Velasquín en la remota península de Escandinavia; y luego discurre sobre la etimología del apellido, «á que dieron honra Condestables castellanos, y títulos rivales en grandeza con los propios reyes...»

Lanzada la historiadora en un caos de erudición y verbosidad, á vuelta de comentos más confusos que verídicos, viene á decir, con énfasis, el pomposo mote de doña Velasquita, que en la cántabra ribera del Asón, orló su escudo con el soberbio alarde:

_Cuanto ves de río á río, todo es mío..._

Un aroma de abolengo y popularidad unge el nombre de Velasco en el auditorio femenino de la alcaldesa. Avidas de emociones y de asombros, las señoras atribuyen un poder casi regio al descendiente de doña Velasquita, y aplicándole una síntesis del heráldico aviso, murmuran con unción: _¡Todo es suyo!..._

* * * * *

Sin llegar al Casino sabe Carlos la gran noticia. Se la dice Estraduca en el recodo del muelle:

--¿Vas á ver el balandro de Velasquín? Se llama _Reina_.

El viejo oye todo el día como un sonsonete aquella frase, sin advertir su importancia. Comprende que es cosa oportuna, de interés y valor, porque la siente rodar con metálicas vibraciones, como una moneda de oro, en los tristes silencios de la ciudad. Llevó aquellas palabras en los oídos al salir de su casa: _el balandro de Velasquín se llama Reina..._ Y como un eco, el pobre señoruco, se las repite al primer amigo que le saluda. Después, aguarda los comentarios de rigor: --¿Es posible?... ¿Qué me cuenta usted?...--¡Pues está eso gracioso!...

Pero Carlitos no dice «esta boca es mía». ¡Qué pálido y qué mustio le parece el buen mozo á don Victoriano!

--¿Te sientes mal, hombre?

--No, señor.

--¡Ah!... Ya no me acordaba de que todo lo veo amarillo... perdona.

Y sonriente, simple, continúa la incierta marcha á la luz enfermiza de sus anteojos. Va diciendo, maniático:--Pues, sí, sí; _¡se llama Reina!..._

En su profunda estupefacción, Carlos halla un solo impulso: llegar al muelle. Su mirada recorre la bahía con fulgores de relámpago. Allí está la verdad, irónica, implacable, meciéndose en la niebla bajo el señuelo vistoso del gallardete azul, como brote cruel de un largo temor, de un oculto presentimiento...

Con giros de beodo, atormentado por muchedumbre de angustias, cuajadas en una sola, el joven torna maquinalmente al yerto camino del robledal. Sube y sube, afianzando los pies en la pradera marchita, con esfuerzo terrible, como si escalase una montaña de abrojos. Ya en la línea siniestra del boscaje alza la frente y mira á su alrededor con novedad, igual que si nunca hubiese visto sus robles en deshoja, con el tétrico aparato del otoño.

Loca y triste, la quejumbre del viento mueve ruido de penas en las hojas caídas, y ante la desnudez crispada de los árboles, imagínase Carlos que todo el bosque se retuerce con pasión hacia los cielos.

Va á sonar la hora en que Regina sube por aquel camino muchas tardes. Con el corazón estrangulado, se detiene el mozo en la linde sagrada para sus amores: quisiera padecer muy de prisa, devorar su dolor en un hartazgo mortal; porque le amedrenta el porvenir extendido delante de su juventud, como una llanura sin límites; la vida de aquellos últimos meses, entre ilusiones y espantos, le arde en el pensamiento con ascuas que amapolan su rostro y le salpican de sudor.

Puesto que la burla de su felicidad sirve de mortaja á la felicidad de Ana María, Carlos tiene la certeza de que ya en el mundo todo le será hostil y aborrecible. Pero su amarga desesperación no fulmina una sola censura para la mujer traidora; y al sentirse incapaz de condenarla ni siquiera en mudo reproche, alza los hombros con desdén de sí mismo: ¡la ama dolorosamente, en desenfreno estúpido, que ni aun sabe maldecir! Y quédase clavado á la tierra, lo mismo que un brote débil del trágico robledal, desnudo de esperanzas como éste de hojas, cuando la vocecilla infantil de un pastor ó un vagabundo lanza al viento, desde oculta vereda, un canto montañés, triste y pausado:

«Que no la aguardes, porque no viene; que se ha quedado dormida debajo de los laureles... Ya no la llames, que no te quiere...»

Toda la hombría de Carlos Ramírez se derrumba al tenue contacto de aquel cantar. Siente en el corazón el vacío del hundimiento y en la carne un cansancio miedoso, igual que la noche en que una mano blanca le dijera en el hondo camino de la costa: ¡Adiós!... ¡Adiós!...

Rueda en el aire, arrastrándose con languidez el estribillo:

«Ya no la llames, que no te quiere...»

Y el mozo huye y llora, en humilde impotencia, sin rumbo y sin consuelo.

Cuando más abismada lleva la frente y más errante el paso, una voz oralina le sacude, y la sombra clara de una mujer se cruza en su camino.

--¿Adónde vas?--le preguntan.

--A ninguna parte--responde trémulo, mirando á su hermana con terror. La ve serena, y suponiendo: ¡No sabe nada!, añade difícilmente:--¿Y adónde ibas tú?

--En busca tuya, para decirte... «eso» que ya te han dicho...

--¿Que el balandro de Adolfo...?

--Se llama _Reina_--concluye Ana María con emoción de lástima, pero con mucha paz en el semblante y en el acento.

Aunque la muchacha es valiente, Carlos la observa con inquietud, y, por decir algo, mordiendo los sollozos, pregunta:

--¿Estabas sola?... _¿Él tampoco_ ha venido?

--¡Claro que no!

En el triste declinar de una sonrisa, la mirada indulgente y leal de la mujer va á hundirse en los ojos del niño, hinchados de lágrimas.

--Yo lo siento por ti--dice piadosa.

--¿Pero no le quieres mucho?

--No; no le quiero--explica ella con ingenuidad--, porque... ¡nunca he podido llorar por él!... Es menester--continúa--que no me hagas llorar tú... ¡Por ti sí que puedo llorar!

Y en aquel doloroso ambiente de ausencia le ofrece sus dos manos de niña, tan firmes y suaves, que el mozo se deja conducir con la gratitud del peregrino que, en la cerrada noche del desierto, hallase, por ventura, las alas de un querube para hurtarse á la sombra y al cansancio...

LIBRO TERCERO

EL DESHIELO

I

REVELACIONES DE UNA HORA SENTIMENTAL.

POR qué lloras, Ana María?

Al son de esta pregunta, hecha con varonil y cariñoso acento, se estremece la joven y trata de esconder su pesadumbre; pero Manuel Velasco, sorprendido de hallar á la niña de Ramírez tan afligida y llorosa, en la gran sala del laboratorio, se acerca dulcemente con una noble expresión de ternura.

Es muy temprano. La cobarde claridad de una mañana inverniza penetra por los altos ventanales del salón y desciende hasta el suelo, como la lumbre perezosa de un crepúsculo. Bajo esta luz tan desmayada y triste, tiene el laboratorio un rígido semblante de aula desierta, de museo abandonado: las recias paredes; el techo de obscuros artesones; las puertas de hojas macizas; los estantes y anaqueles llenos de volúmenes, de aparatos científicos é instrumentos de labor; la fauna y la flora, disecadas y expuestas en aparadores y vitrinas, los metales, pedruscos, fósiles, monstruos submarinos, reliquias de la prehistoria; todo parece viejo, exangüe, descolorido, muerto, como si la naturaleza, agotada y marchita, yaciese en libros apolillados, en aguas turbias y en cárceles de cristal.

Una fuerte atracción guía con frecuencia los pasos de Ana María hacia este recinto de soledad y de tristeza, donde las voces retumban solemnes como en un templo. Si Manuel trabaja, la niña no le interrumpe: llega hasta el dintel, clava allí la penumbra de sus ojos, escucha, sonríe, y se aleja despacito, con la pena de no atreverse á entrar. Sólo algunas veces llama para balbucir:

--Mi padre padece demasiado... Tengo miedo... Acude, por Dios...

En ocasiones, abriendo la puerta de repente, el discípulo ve una sombra fugitiva que en el obscuro corredor deja rastros misteriosos, como el perfume de un secreto...

Aquella mañana, cuando Manuel sorprende á la madrugadora embebida en sus pesares tan temprano, se revela el más profundo cariño en la voz, que pregunta:

--¿Por qué lloras, Ana María?

Y entre el desorden de los cabellos graciosos, ella levanta el semblante apasionado y dulce para responder muy firme:

--No lloro por _él_... Te lo juro.

Lo mismo que Carlos una noche en el robledal, Manuel interroga con sorpresa:

--¿No le querías?

--Sin duda, no. Sus traiciones sólo me inspiran lástima. Lloro porque mi hermano sufre de un modo cruel y me siento incapaz de consolarle.

--Yo te ayudaré. No llores... le salvaremos.

Es tan enérgica y piadosa la expresión del amigo, que Ana María le contempla mudamente, con aquella mirada suya rebosante de revelaciones, que á Manuel le hace temblar.

--Buscaremos--dice él huyendo de tales miradas, breves y agudas como gritos--una eficaz medicina para Carlos.

--¿Sólo para Carlos?--pregunta la moza, ingenua y anhelante.

--Pero ¡si á ti no te hacen falta! En cuanto él se cure serás tú feliz... ¿No es cierto?

--¡Feliz... feliz...!--balbuce ella.

Y viéndola desfallecer con blancuras de lirio, Manuel la sostiene en sus brazos al borde de la mesa donde se apoya, entre vasijas con líquidos de colores, pinzas y bisturíes.

--Entonces... ¿le querías?--inquiere Velasco lleno de incertidumbre y de piedad.

--No... no...

--Pues si vamos á curar á Carlitos, ¿por qué lloras?

Una cabeza muda y pálida rueda sobre el hombro del caballero, y todo el busto de la muchacha, inerte y exánime, queda entre los brazos acogedores. Guarda Velasco, junto á sí, un momento, la reliquia de aquella frente pura y humilde, como trémula corola de una flor; levanta después el dulce peso de la joven desvanecida, la tiende en un diván, y angustiado, presuroso, rocía las heladas sienes, frota los pulsos irregulares y acerca á la afilada naricilla un frasquito de sal. De hinojos en el suelo, á los pies de la niña inmóvil, avizora en sus labios el soplo de la blanda respiración; y hay en la arrogante figura del discípulo, en su actitud devota y recogida una ternura paternal, un resplandor de fuertes y contenidos amores.