Part 11
--Falta mucho... ¡Mi madre no volvió!...
--¡Ah!--se le ocurre á la niña por todo consuelo. Y al cabo de una meditación audaz y silenciosa, pregunta:
--¿No sabrá de ella Manuel Velasco?
--Manuel sabe--dice el mozo con altivez--que mi madre es buena. Y dolido, pávido, interroga:
--¿Lo dudas tú?... ¿Admites las calumnias que de ella se dicen en Torremar?
Hay una inflexión ingenua y dulce en la voz que tranquiliza:
--¿Dudar yo de la virtud de tu madre? No, Carlos no... Escucha. Voy á ser muy franca contigo, únicamente contigo, muchacho; ideas de este calibre no las debe decir una moza casadera.
Y muy celosa, recatándose hasta de los robles y de los helechos, de los pájaros y de los grillos, secretea la de Alcántara:
--Yo juzgo que siempre, en todos los casos de la vida, es lícito y... «bueno» huir de un hombre odioso para querer á un hombre amable.
--¿Qué sospechas?
--¡Nada! Aseguro que Carlota, hoy ausente y libre es á mis ojos tan interesante y digna como lo fué esclava en el _Robledo_.
--Gracias, gracias--murmura Carlos devoto,--tú haces por ella más que Manuel y su madre, más que don Amador... La crees en pecado y la perdonas.
--Si es que no califico de pecado... «eso» que tú supones...
Posa el mozo todo el sol de sus pupilas en los ojos negros de la mujer, y turbándose profundamente, oye la consulta:
--Apela á tu propio corazón; dime la verdad: ¿la crees tú mala aunque la juzgues culpable del delito de amar?
Obstinado, confuso, él repite:
--Mi madre es buena.
--Puede ser un ángel y estar enamorada.
--¿De quién?... Se marchó sola. Cansada de sufrir, no tuvo valor para aguardar meses y meses, tal vez años, una sentencia oficial que rompiera su cautiverio. Los trámites judiciales le causaron repugnancia y bochorno. Así nos lo dijo en una triste carta de despedida... Sabe que para ir en su busca abandonaríamos á nuestro padre, y ella lo quiere evitar con el secreto de su retiro. Se alejó pobremente, con sus pequeños ahorros y sus joyas... ¡Oh, madre mía!... ¡Es buena, es buena! Los que la conocen bien, están seguros de ello.
--¿Lo has preguntado tú?
--Nunca. Es la primera vez que remuevo con la palabra estos pesares míos; pero sé que la infeliz ausente tiene en Torremar tres defensores: Manuel, su madre y don Amador.
--Tiene cuatro.
--¡Regina!
--Y yo, la más entusiasta, según tú dices.
--¡Vas tan lejos en tu bondad!
--En mi libertinaje.
--¡Por Dios!...
--Sí, Carlos. A la libertad del corazón y de los afectos, le llama libertinaje medio mundo.
--¿Aunque sólo el espíritu se liberte?--averigua el joven con zozobra.
--¡Aun así!--quéjase la voz musical, con acento de rebeldía.
--Leyes serán del mundo, no del cielo... Mi madre, hermosa y pura, muchos años martirizada, ¿no puede sacudir sus cadenas y disponer, á lo menos, de su corazón?... Si eso fuese un delito, yo la absuelvo y la perdono.
--Y en un caso de libertad... «absoluta», ¿te mostrarías inflexible con esa mujer, sólo porque es tu madre?
Certera, desconcertadora, la interrogación da en medio de las inquietudes de Carlos, que se defiende dudoso, tímido:
--Siento necesidad de creer en su virtud; su vida de sacrificios y abnegaciones no me deja derecho á dudas... ¡Ha sufrido tanto!... ¡Fué tan ruinmente atormentada!...
Como fruto de lentas consultas á la conciencia y al sentimiento, repite el mozo unas palabras muy dulces, que de fijo Regina las conoce:
«--No se debe golpear á una mujer, ni siquiera con una flor...»
--Aunque la mujer sea mala; pero si es buena, si vale tanto como la madre tuya... ¡Carlos, duendecillo de mis sueños de niña, no seas cobarde en tus perdones!...
Roto un troquel de timideces y de nieblas al conjuro de la voz tentadora, Carlos Ramírez se alza anhelante, hermoso en su ingenua solemnidad:
--Sí, sí. «En todos los casos», yo perdono á mi madre, y creo que merece ser libre y ser dichosa.
Con brusco transporte, ardiente en sus ojos una lumbre de afanes juveniles, el muchacho exclama:
--Escucha, _Reina_... Tú eres la mujer de mi vida... ¡Te quiero, te quiero!...
Y ella, en repentino abandono de la sensible narración, sonríe con los labios abiertos al placer, ufanándose en la golosina de una lisonja nueva. ¡Un niño gentil, que le dice amores entre lágrimas, con la voz caliente de ternura!... La sombra de los ojos á la moza se le inflama de luz.
--Carlitos, mi caballero--gorjea en triunfo,--me da mucha risa que me quieras tanto.
--No te burles; este es un amor de verdad; amor de hombre. Y ya nunca, ¿sabes?, nunca podré amar á otra mujer.
--Así dicen, y hasta creen, todos los pretendientes enamorados.
--Yo no soy «como todos». Yo te quiero desde que supe de ti. Cuando tú subías con Daniel á contarnos cuentos en la casuca, ya te quise. Después he soñado mucho con tu belleza, con tu donaire, con el misterio de tus ojos, con el encanto de tu palabra, con los dolores de tu corazón... Desde que volviste te elegí por confidente única de mis penas. Adiviné que me ibas á consolar, que _la_ ibas á defender... Y ahora, ¡siento por ti una devoción, una gratitud!... ¡Quiéreme un poco, _Reina_, por caridad!
Trocó Regina en lástima su regocijo ante el discurso ferviente, preñado de anhelos y tristezas. Algo profundo y grande se estremeció en el pecho de la veleidosa, creyendo que el nombre de Daniel había temblado como una lágrima en el semblante deprecativo de aquella pasión tan dulce y tan humilde. Pero lucha contra la flaqueza del enternecimiento; quiere reir; hace una breve mueca de fastidio, y quédase absorta, con los ojos húmedos y la risa en quebranto.
Una voz perlada y juvenil punza el silencio, desde el fondo del bosque, y aparece donosa una dama, bajo el ramaje inmóvil.--¿Dónde estáis?--viene preguntando.
Regina, como en la insensatez de un delirio, murmura:
--¡Carlota!
Y el mozo vuelve la cara con estupor, á punto de gritar:--¡Madre!
Pero es Ana María la que llega, la que averigua con celo y cariño:
--¿Qué os sucede?
--Nada...
--Nada...
--Parecéis disgustados.
Niegan ellos: el calor y el palique les detuvo allí, gustosos de la frescura de los árboles, entretenidos en las memorias de la infancia.
La niña del _Robledo_ interrumpe aquellas explicaciones con dulce enojo. Teda la tarde les aguardó impaciente, y hace más de una hora que les busca en el jardín y en la arboleda...
Está allí Velasco, que quiere saludar á Regina.
--¿Dónde?--interroga la de Alcántara, poniéndose de pie con visible azoramiento. Sacude su vestido y alisa sobre la frente la sérica mata rubia.
Aquella ráfaga de inquietud invade á la novia, que manifiesta un leve susto cuando dice:
--Venía detrás de mí.
Crujen las ramas menudas al firme paso del doncel, y se le recibe con rara expectación, como si fuese extraño que llegara una persona á quien se espera. Él avanza sonriente, despreocupado y festivo; pero ante la actitud cortada de los otros, siéntese algo confuso y saluda á Regina con etiqueta más cortés que afectuosa.
Resbalan desde un tallo hasta el suelo dos flores pálidas que Adolfo y Carlos quieren levantar. La dama rubia pone sobre ellas su bota elegante:
--No sirven para nada...--prorrumpe.
Los cuatro mozos, presa de inexplicable desazón, pasean lentamente, hablan y sonríen con esfuerzo. Regina dice que es la hora de volverse á su casa, y niégase á seguir hasta la de sus amigos, pretextando que aún está lejos y se hará de noche antes que ella baje á Torremar.
--Te acompañaré--asegura Carlos.
Y Adolfo, muy galante, advierte:
--Yo también bajo ahora y estoy á sus órdenes. La llevaré hasta su casa con mucho gusto.
En rápido asentimiento acoge Regina esta última oferta.
--Sí, es verdad--dice--; de ese modo no dejaremos sola á Ana María.
Hay una breve lucha de cumplidos porque Carlos insiste en bajar después que acompañe á su hermana hasta el límite del bosque; y ella pretende ir sola, asegurando que tiene muchas amistades con la paz de la selva y ningún temor á sus caminos silenciosos.
Ante un reparo leve de Regina, cuenta Velasquín que muchas noches retorna á pie á su casa, para hacer ejercicio, y sube luego un sirviente por su caballo.---Hoy--sonríe galán--daré mi paseo con doble placer.
Óyese un repique de novena.
La de Alcántara se apresura á decir:
--Es tarde, es tarde.
Y ofrece que volverá al siguiente día, como aplazando las frases de cordialidad, las efusiones que faltan en su vuelta al _Robledo_ después de muchos años de ausencia.
Está parado el grupo en la cumbre del bosque, en dominio del hondo valle donde la finca de los Velascos se extiende sin fin. Corre la pared en línea atormentada, bajando, subiendo, codiciosa de campiñas y mieses, y, señor de sus límites enormes, el palacio flamante se ufana de la tierra con desdenes del mar, que ulula lejos, al otro lado de la colina.
La sombra del crepúsculo envuelve en fantásticos matices aquel vasto panorama que la posesión señorea. Y de pronto, contemplativa y absorta la dama rubia, siente un vértigo de codicias y admiraciones ante el poder que atribuye al dueño de riquezas tales.
Tórnase hacia él, pálida y valiente, para ordenarle en son de reto:
--Vámonos.
La sigue el mozo sometido, casi sin volver la cara para decir adiós.
Y en la complicidad del paraje y de la noche, aquella extraña partida toma el aspecto de un rapto ó de una fuga...
* * * * *
Se encienden las estrellas, altas y palpitantes, en un cielo de raso azul. Carlos y Ana María, tristes y mudos, afrontan el camino penumbroso del robledal. Distraídamente el muchacho recoge en la hierba una cosa blanca y mustia; y al punto la niña extiende su mano hacia aquel objeto, y balbuce:
--Son aquellas dos flores... «que no sirven para nada».
Ha sonado su voz profunda y tremorosa, delatando la valentía de una pena que no quiere llorar. Un acento parecido, más sonoro, más grave, compadece:
--¡Ah, sí! ¡Pobrecillas!...
Y las flores tornan al prado, colocadas con dulzura, como si pudieran lastimarse y sufrir.
Con menos compasión de dos corazones amigos deja Regina de Alcántara las cumbres del _Robledo_, llevándose en las redes de sus curiosidades y ambiciones el drama de Carlota, el amor de Carlos y tal vez la felicidad de Ana María.
VII
EL BALANDRO DE VELASQUÍN.--TEMPESTAD EN UN VASO DE AGUA.--NUEVOS APUNTES PARA LA MORAL DE REGINA.
AGONIZA el otoño. ¡Qué triste y qué amarillo! La mar se mece turbia; están pálidos el cielo y la costa; la playa desierta, el muelle en quietud.
Los torremarinos desocupados no sienten la influencia pesarosa de esta mañana gris, merced á una emocionante noticia que voló como ventada de Noroeste, desde las mismas olas hasta la calle Real, los arrabales y la Plaza Mayor, agitándose con ímpetu de borrasca en la botica «de abajo», sobre los pintados bigotes de don Celso y la plácida compostura de unos papeles de sulfonal. Puso el químico seductor su más enigmática sonrisa en la ambigua frase:
--Considero elocuente y luminoso que el balandro de Velasquín se llame _Reina_.
--_Elocuente y luminoso..._ ¿Cree usted?...--subraya alusivo Paco Ordóñez.
El vejete afirma perspicaz:
--Hace ya tiempo que yo barrunto esa traición.
--¡Pero es inaudito!
--En materia de amores no hay nada que me asuste.
--Tiene usted buen olfato... Yo confieso que Adolfo no me hacía sombra.
--Pues les va á dejar á ustedes con tres cuartas de narices.
--Mal cambio hace--critica Ordóñez en lamentable tono.
--¿Malo?... Están de enhorabuena entonces los mocitos pretendientes--insinúa dicaz el farmacéutico.
Se enfrasca el doctor en graves meditaciones y hace volatines en el sofá, sentenciando:
--Es una monada esa chiquilla del _Robledo_, una criatura _sans pareil_, guapa, seria, lista, dulce, con dote, con ángel...; ¡pero esa historia!...
--¿De la mamá?
--¡Claro, hombre!... Y luego, si Adolfo «la planta», yo aseguro que se queda para vestir á la Virgen.
--Atrévase usted...
El doctor sacude dos dedos, que triscan; sonríe, pasea y responde:
--¡Cualquiera se atreve!
--¿No dice usted que Adolfo «hace mal cambio»?
--Y lo creo... Pero así es el mundo. La de Alcántara tendrá siempre más partido, porque es asequible, coqueta, independiente... Ana María, aparte «lo que sabe usted», causa un poco de susto por sí sola. ¡Se esconde tan lejana, tan sombría, entre un padre loco y un hermano altivo!...
--Carlos ahora se había humanizado mucho.
--Hasta el extremo de parecer otro. Bajó de su torre de marfil, enamorado de Regina, y todos le teníamos por rival con fortuna; pero... ¡si usted acierta!...
--Y predigo un sangriento desenlace--efunde don Celso con voz cavernosa--. El Ramírez ése, con su aire infantil y romántico, es un mozo de grandes pasiones, un impulsivo atroz, y tomará en Adolfo doble venganza. Se avecinan sucesos sensacionales; hay en la atmósfera saturación de odios... de amores... de crímenes...
El médico da un salto casi mortal, y á orilla de la vidriera escruta el horizonte en cómica actitud.
Pero la mañana torremarina no ofrece síntoma alguno de trágicas aventuras; la escoba de un barrendero traza en el desigual empedrado fugaces surcos de limpieza; un chiquillo haraposo vende los diarios de la corte y _La Voz de Torremar_; una moza desgreñada sacude alfombras en la casa vecina...
Aquel matiz tristón y anodino de vida provinciana ofrece tal contraste á los augurios de don Celso, que Paco Ordóñez rompe á reir.
--Ya vendrá mi tocayo, el tío de la rebaja...
Mas el célebre inventor de específicos no admite bromas ni sospechas contra sus predicciones. El está seguro de la que anuncia; tiene antecedentes y datos que acrediten sus profecías.
Y el mediquín, mozo placentero y amable, enemigo de la discusión, asiente sin más resistencia á las certidumbres dramáticas de don Celso; y mientras se calza los guantes, gesticula en faz de asombro:
--¡Menudo lío!...
Luego silba, tararea, se encoge escalofriado, y al fin se despide, en el preciosa instante en que don Celso recluye los papeles de sulfonal en una caja de color de rosa.
Ya está Ordóñez en la puerta cuando el químico le persigue aún.
--Vaya á ver el balandro por sus propios ojos.
--¿Le ha visto usted?
--Sí. Anoche, «á las altas horas», supe, «confidencialmente», que el yate de marras estaba en la bahía con el «nombre fatal» en el costado... Y al amanecer acudí á cerciorarme... Vaya usted, amigo mío, y medite en la versátil mudanza de los humanos sentimientos; en las traiciones, en los perjurios de la juventud.
El mozo rubio y festero ahueca la voz para decir, muy compungido y lúgubre:
--Iré á «la visita» por el muelle...
Da algunos pasos, y otra vez le asedia el farmacéutico, que cambia, de rostro, y plácido interroga:
--Muchas enfermedades, ¿eh?
--Algo de grippe.
--¡Eso es bueno!
--Cosa benigna...
--¡Válgame Dios!...
Con un suspiro, á sordas zancadas, el boticario desaparece detrás de la vidriera, dejando en el húmedo dintel señales puntiagudas de sus luengos escarpines.
Muerde Paco Ordóñez su risa retozona á espaldas de don Celso, sube la calle, cruza la Plaza y toca la ribera bajando por la rúa Mayor.
Menudo y saltarín, el médico se confunde con algunos golfillos que á la orilla del muelle vivaquean, sucios y haraganes. Y pronto uno de ellos apunta entre las embarcaciones fondeadas en la bahía al grimpolón azul del balandro nuevo.
--Aquel es, don Paco.
Contempla Ordóñez un hermoso «diez metros», de construcción reciente: su casco blanquísimo no parece tener sino un punto de contacto con el agua; sus lanzamientos de proa y popa son airosos y elegantes como dos flechas; alto de guinda, yergue su palo mayor de pino del Canadá, entre la finísima jarcia, y sólo considerando la enorme cantidad de plomo que forma el «bull», oculto bajo las olas, puede comprenderse cómo aquel armazón estrecho y de tan poco puntal, soporta la altura del palo.
Absorto el médico en estas observaciones admirativas, oye una voz varonil que amargamente censura:
--_¡Reina!_... ¡Se llama _Reina_!...
El indómito acento emerge de la granada boca de Felipe Alonso, otro pretendiente desdeñado por Regina. Bello y lánguido muy _poseur_ y algo cursi, el galán perora en trágica postura y balbuce crueles palabras de vilipendio y sorpresa, delante de aquel nombre mecido en la bahía con la altivez de una revelación que el mar hiciese á la costa: «Sí, señores,--parece decir el rótulo negro sobre el casco níveo--; Adolfo Velasco y Regina de Alcántara son novios; se entienden; se adoran; se van á casar. No escandalicen ustedes ni pongan el grito en el cielo: á pesar de Ana María, prometida esposa de Adolfo, y á pesar de Carlos, cortejante preferido de Regina... ¡el balandro de Velasquín se llama _Reina_!...» Y ante las voces mudas de aquel letrero, mientras Paco Ordóñez ríe consolado y voluble, Felipe Alonso entona hacia el mar su lírica declamación; habla de «felonías y de sangrientas burlas», y pone á los elementos por testigos de «aquella infamia». Diríase que goza en lamentarse, teatral y seductor, con los ojos en blanco y la palabra conmovida.
De pronto Ordóñez, que ha vuelto la cara, advirtiendo cómo la gente acude á la contemplación del _Reina_, ve agitarse un lienzo blanco y copioso en el mirador de las de Bernaldo. Es que Fabricio les hace señas con una toalla, acaso con una colcha. El talludo galán está frenético, al parecer, y los dos mozos cruzan el tablado del muelle y pasan veloces á la acera. Sorprendido en su crisis declamatoria, el orador va ensartando periodos retumbantes que á don Celso le harían muy feliz.
Pero ya Ordóñez se aburre un poco de tal comedia, y puesto que Fabricio y sus hermanas servirán admirablemente de auditorio á los discursos del amigo, puede el médico escaparse á la «visita». Saluda hacia el mirador, donde ya otean curiosas las dos Bernaldas, deja que Alonso se les arroje en el portal con frenesí.
* * * * *
Bajo los visillos temblorosos de las señoritas de Estrada, detrás de los cristales por donde se atisbó á Regina la noche de su regreso, suscítase, también, con violentas discusiones, el notición del día.
Juntas están aquella tarde allí las más parleras y desocupadas señoras de la vecindad, y todas á un tiempo charlan y censuran, se indignan y compadecen: «¡El balandro de Velasquín se llama _Reina_!...»
Esta frase, que ha volado sobre la bahía como una gaviota en augurio de tempestad, tiende ya sus alas por todo el recinto ciudadano, y anida en cada reunión donde los chismes son pasto del aburrimiento.
Gloriándose de adivinadoras, casi todas las mujeres que hacen coro á las de Estrada, cuentan que sospecharon siempre de la lealtad de Regina. Su carácter veleidoso, sus extravagancias, sus ideas, no están de acuerdo con los cánones de la educación y costumbres que allí se usan... Por eso la dejaron sola con sus caprichos y osadías; sola con sus predilectas amistades...
Y aquí aparece la herida de amor propio que la de Alcántara causó en muchos de aquellos corazones femeninos. Incapaz de disimulos ni de reparos que estorbasen sus intentos, Regina «dejó solas» á las damas que ahora se precian de haberla abandonado. Ella fué la que, en rebeldía contra la quietud y el encierro, licenció de un modo brusco y ejecutivo á la voluntaria corte de amor formada en su gabinete. Una tarde estival, cuando aquel mixto ejército de conquista, subió, valiente, á divertir á la de Alcántara, supo con sorpresa y enojo que el astro nuevo se declaraba en eclipse:--La señorita ha salido--anunció Marta, únicamente, sin más explicaciones ni disculpas. Y era de ver el trueque de voluntades y de sentimientos que envolvió desde aquella hora á la insurrecta muchacha, capaz de infringir en un arrebato jactancioso todas las leyes firmes de la buena sociedad torremarina. Densa nube de comentarios agresivos descargaba sobre la reputación de la moza.
Sordamente, en público y en secreto, pero siempre á espaldas de la víctima, satirizaron unos y otros:--Sólo quiere amistad con los de Ramírez porque seduce al pobre Carlos para esclavizarle á todas sus locuras; se casará con ella y será infeliz...--Ya no gasta luto...--Se prende rosas ¡y usa unos escotes!--Sube al _Robledo_ todas las tardes, y baja de noche con Carlitos... ¡del brazo!--No «lleva trato» con las señoras porque las tiene envidia...--Ya no va á la iglesia.--Ni sabe rezar...--Dicen que es protestante...--La hemos visto en su jardín, de rodillas junto á Pablo el marinero...--¡besando una flor!--Tiene libros prohibidos...--¡Sabe Dios «lo que habrá sido de ella por esos mundos»...!
A la provocadora de tales iras se le ocurrió cierta mañana detenerse con unos señores conocidos que rendidamente la saludaron. Hablóles muy cordial y les convidó á tomar café. Eran pretendientes más ó menos platónicos de la damisela, y desde aquel día recobraron esperanzas de triunfar en el corazón de la hermosa, que se les mostró afable como nunca.
Reanudáronse las tertulias en casa de Regina, pero más amplias y alegres. Desertora audaz de todo vínculo esclavo, la muchacha se engolfó en sus gustos y tendencias. Holgóse con amistades varoniles, mantenidas por ingeniosos «flirteos», y ya en completa indisciplina, olvidados los antiguos planes, tornó á sus hábitos de aventurera y de rebelde.
No tuvo intención ninguna de molestar con su desdén á las porteñas damas; la aburrieron, la estorbaron y emancipóse por hastío del culto que antes buscase por curiosidad. Pero ya puesta en franquía la encallada nave de su independencia, Regina, hábil pirata de antojos y emociones, no guardaba rencor ni menosprecio á las causantes de su breve esclavitud.
Al contrario, feliz con el estímulo de nuevas luchas sentía compasión hacia las pobres mujeres enjauladas en la rutina y en el sacrificio, como aves prisioneras, codiciosas de cielo azul y de horizontes lejanos. Y al encontrarlas en la calle, al verlas pasar desde su jardín, les hacía un saludo cariñoso, un poco tímido, algo triste. La mayor parte de aquellas señoras, vestidas por el mismo patrón, peinadas de igual modo, murmurantes y oracioneras, acompasadas en sociedad como en un teatro, dejaban en el espíritu disconforme de Regina la sensación del grillete y las esposas, en los libres miembros de un cuerpo robusto y belicoso. En cuanto á ellas, desde las del juez, timoratas y obscuras, á las de Estrada, llamativas y refiloteras, un poco en discordia con la severidad de aquel régimen educativo, ninguna se atrevió á negar el saludo á la señorita intemperante. Casi todas la envidiaron mucho y hacían esfuerzos por volver á su gracia y á su trato, aunque á mansalva la zahiriesen con heroica furia.
Por inversión de razones, la insurgente moza era para las torremarinas una imagen tangible del vuelo errante en liberación de la jaula; de las cadenas truncas lejos de la cautividad. Y volvían hacia la joven los ojos deslumbrados, al trasluz de visillos temblorosos y de mantillas devotas, con la esperanza de sorprender un graciable signo de acuerdo, y presumir ellas también de anchura y de modernidad.
Para mayor encanto y más tormento de la torva falange femenina, cuando la de Alcántara, con fácil victoria, volvió á reunir en torno suyo á los donceles de más fuste, inicióse entre los tales un grato impulso de fervor hacia la singular muchacha; y acordes convinieron en que Regina, además de ser encantadora por su trato y su físico, tenía un fondo de nobleza y de bondad en el corazón, un poso de dulzura y benevolencia en el carácter. Arreció esta piadosa corriente ensalzando las virtudes de la dama, en apariencia mustias desde que los enojos populares se escandecieron sobre ellas. Y muy pronto, en la pública devastación de aquel jardín moral, un aura de lozanía irguió en triunfo las débiles flores, á despecho de murmuradoras y agraviadas.