Agua de Nieve (Novela)

Part 18

Chapter 183,952 wordsPublic domain

--Amar es recrearse con el bien de otro--dice Carlota--; es sufrir por el ser amado y olvidarse de sí mismo... Obrar el bien es tener la caridad por norma de nuestras acciones.

--Me seducen las palabras de usted, aunque no las entiendo--afirma la de Velasco--; tienen música y miel, tienen aroma... ¿Cuándo volveré á verla? ¿No querrá usted aparecérseme en este bosque, como una princesa encantada?

--No, no--sonríe la del velo--; al contrario; huiré de estos lugares apenas coloque la mano de mi hija en la de su esposo.

--¿Dónde vivirá usted?

--En un rincón sereno, donde la Virgen me ayude á curar á Carlitos.

--¿Cree usted en los milagros de la Virgen?

--Si los podemos hacer las madres buenas, ¿qué no hará la mejor de las madres?... Adiós; ten muchos ánimos y sigue tu camino. Para huir de lobos y de ladrones, no lo olvides; siempre subiendo, á la derecha; siempre sobre espinas y zarzas, hasta el _Buen Paradero_...

La moza, con las manos en cruz, á punto de llorar, pregunta:

--¿Y me perdona usted?...

--Con toda mi alma--interrumpe la viajera, consagrando el perdón en una caricia. Después se obscurece entre los árboles, y con los perfiles del manto se borra la luz y el hechizo de la singular aparición, mientras Regina, casi de hinojos, echa á volar un beso, y murmura:

--Adiós, _Bella durmiente del bosque_... Un abrazo al hada benéfica y al duendecillo gentil... ¡Adiós, Carlota!...

* * * * *

Clavada en el camino, temblando de emoción, Regina escucha; le parece que el bosque va á repetir, con fervorosos murmullos, las palabras admirables de Carlota; mas, como si ésta se hubiese llevado en pos de sí el silvestre cortejo de rumores, calla el robledal y se entolda, cada vez más sombrío, según la tarde avanza. Aquellas nubes que sonrieron un instante, han volado hacia el mar, y sobre el cielo torvo muere la luz cansada y triste.

Regina se recobra de su éxtasis, alarmada por el silencio que la rodea, y busca el senderillo del atajo para volver á la ciudad. Bajo aquel traje señoril que ondula en las yertas campiñas, late con ansia el veleidoso corazón, bien advertido de que no es la virtud _un nombre vano_, de que hay en el mundo torrentes de caridad, y de que todos estos divinos amores tienen la voz muy dulce y la sonrisa muy bella. Podrá la dama rubia no estar en sus cabales y ver visiones á menudo; pero Carlota no es una ilusión; es una mujer de carne y hueso, dechado tangible de aquellas heroicas virtudes del sacrificio, que la visionaria tomó siempre por utopías. Enfrente del cruel escepticismo, razonador de sentimientos, impuro manantial de negaciones; por encima de los placeres infructuosos que rozaron la epidermis de la muchacha en su existencia frívola, el corazón anuncia que ha llegado la hora de sentir. Pero este latido cordial, que se inició con arrogancia, fluctúa con timidez, paralizado por el frío interior del espíritu, donde ya no fulguran los ojos de Carlota.

Cuanto de esta mujer supo Regina, parecióle un hermoso cuento, igual que tantos otros imaginados ó leídos: desde las suaves nieblas de la infancia hasta los presentes días obscuros, de congelado abandono, fué la imagen de la _Bella durmiente_ para la joven «erudita» una especie de símbolo, de conseja moral, tan fantástica como las leyendas que la embelesaron en el Rhin cuando empezó á recorrer el mundo. La sublimidad de Carlota, liberta de su cruel esclavitud por el amor, y esclava, por el amor mismo, en un convento, resultábale á Regina tan misteriosa y vaga como el impulso de «la novia de Rolando», cautiva de sagrada clausura por creer á su amante víctima de la guerra. El drama del _Robledo_, más sensible para la curiosa que aquellos otros aprendidos en papeles y viajes, cayó en las penumbras de la fábula ante el incógnito de la protagonista, que ama, padece y se inmola «desde lejos», igual que en las novelas, lo mismo que en los romances y en las historias del _Flos Sanctorum_...

Mas he aquí que la noble Musa de aquel poema de amores y piedades se aparece á la incrédula, y despertándola de su sueño interior, la detiene y la dice:

--«¿Adónde vas, Regina?...»

Y aunque por su hermosura y raras prendas tiene Carlota mucho parecido con las heroínas de los cuentos, bien claro está que no bajó de las nubes ni brotó de un arbusto, sino que llegó en un tren á Torremar y al _Robledo_ en un coche, cruzando á pie una parte de la selva para acortar camino.

Segura está Regina de que la _Bella durmiente_, con su traza de aparición y sus frases de parábola, es una pobre mujer que lucha y gime; pero también es cierto que la vió sonreir con placidez suavísima, y levantar los ojos al cielo con divino arrebato, al través de la niebla de sus lágrimas...

--¿De modo--pregúntase la razonadora,--que en el amor hay dolor y en el dolor hay transportes de alegría?

Se detiene vacilante, desesperada, añadiendo:

--¿Y nunca podré amar?

Desdeña su mala condición; supone que hay una raza escogida de seres enamorados y piadosos, á la cual no pertenece; pensando que está condenada al martirio de la incredulidad, recuerda cómo otra vez bajó de una cumbre, igual que ahora, huyendo del amor y del sacrificio, con espanto de réproba; fué en los Andes, en la cima del mundo; creyó amar y sufrir, y amores y dolores se le escaparon en un gemido de impotencia y cobardía, delante de una cruz...

Pero al descender por la pendiente del _Robledo_, el temor de Regina es menos trágico que en aquella fuga memorable; tal vez porque la cruz que hoy vió en la cumbre se muestra más humana y el monte más asequible... Celestial misericordia protege á la infeliz, que busca y huye, que asalta con el duro análisis de su inteligencia las sagradas razones del sentimiento y del corazón; se ha humillado con piedad infinita el símbolo cuya grandeza majestuosa hizo temblar á la viajera rubia; y desde la cordillera gigante donde parece que sólo Dios puede alcanzarla, ha bajado la cruz, en forma sumisa de mujer, á un montecillo dócil y extendiendo sus brazos de carne temblorosa, ha dicho con una voz muy dulce, delante de la obsesa:

--«¿Adónde vas, Regina?...»

Quisiera responder la moza y mira al cielo, porque siente, aunque no se lo explique, cómo baja de allí la solemne pregunta. Ya cae la sombra; las nubes se han aligerado al roce del crepúsculo, con esa inconstancia propia de los norteños celajes; y ha encendido la luna su pálido fanal, que parece verter al mismo tiempo el silencio y la luz sobre la tierra. Largos y obscuros los perfiles de los árboles, se inclinan reverentes al paso de la rubia señora, que abre su alma al secreto de la noche, sintiéndose presa de una fe que no cree en nada, y de una emoción sin nombre ni rumbo, que ensancha su cauce poco á poco, bajo la nieve del entendimiento.

En una vuelta del camino, ya cercano el arrabal, Velasquín detiene á su esposa:

--Pero ¿no me esperabas?--interroga alarmado.

Y ella sorprendida, con el rostro encendido por súbita perplejidad, no sabe qué decir; siente deseos de mostrarse cariñosa, y recuerda sus ocultos reproches contra Adolfo... ¿Los merece?... En la duda benigna que le asalta, decide callarlos, y aduce amable:

--No llegué á casa de Ramírez, porque he visto á Carlota.

--¿A Carlota?--Velasquín sospecha que su mujer no está en sana razón. Pero Regina asegura:

--Sí; ha llegado esta tarde en el tren correo; cuando yo cruzaba la selva la encontré; dejó el coche en el camino real para subir por el atajo.

--Entonces no avisó la llegada.

--No; quería sorprender á sus hijos.

--¿Y hablaste con ella?

--Hablé mucho.

--¿Cómo la conociste?

--Apenas ha cambiado; siempre está hermosa... Ella me conoció también.--Hay tanta dulzura en la expresión de estas frases, que Adolfo, maravillado y crédulo, se siente muy feliz. La esposa continúa con naturalidad:

--No era oportuno que hoy fuésemos de visita.

--¡Claro!... Pero es muy tarde para que vuelvas sola.

--Me entretuve... ¡y anochece tan pronto!

Quiere Regina cambiar de conversación; se apoya en el brazo de Velasquín, y ambos sienten la dulzura de aquella intimidad. El Cantábrico, movido y bullicioso, dice á la costa su amenaza bravía, y al son de las airadas voces, la señora murmura:

--Ya no sales en el _Reina_...

--Porque todos los días se anuncia un temporal.

--¿Tienes miedo?

--¿Miedo?--protesta el joven sonriente.--¿Tú me juzgas miedoso?

Evadiendo la respuesta, dice Regina, irónica á pesar suyo:

--Me entusiasman los hombres temerarios.

Y flotan estas palabras, como señuelo de combate sobre el perfume de amor y de ilusiones que va dejando en pos de si la elegante pareja.

VII

ENTRE EL CIELO Y EL MAR.--EL PLACER DEL PELIGRO.--LA MUJER Y LA OLA.--ESPEJO DE NAUTAS Y DESENGAÑO DE GALANES.

VENTABA el Noroeste, con barruntos de galerna, cuando Velasquín salió de su casa, huraño y triste, huyendo la melancolía de aquel hogar enfermizo, donde la juventud y el amor tenían semblantes de fracaso, de pesadumbre y de vejez. Los recios soplos del vendaval, saturados del aura salobre; los aguileños perfiles del suburbio marinero, encaramado con valentía en los zócalos y contrafuertes de la sierra; la anchura majestuosa de los cielos y las aguas dieron súbita energía al corazón de Adolfo, siempre dispuesto por los pocos años á recobrar los bríos de su temple viril.

Para escuchar mejor los retumbos del oleaje, llegó al borde aspérrimo de los cantiles y sentóse á horcajadas en un ingente colmillo de la roca, bauprés inmóvil sobre las férvidas espumas, ariete formidable de los vientos, heroico brazo tenso hacia el mar, como el reto de un dios... Erguido en tan áspera silla, entre los aletazos del Noroeste y el ronco son de las olas, imaginóse por un momento Velasquín llevado en furioso galope, al través de las tormentas, sobre los duros lomos de un caballo salvaje; oprimió con ansia la roca, igual que antaño su bridón, cuando impaciente cabalgaba en busca del _Robledo_; mas una racha cruel, cogiendo al mozo de improviso, estuvo á pique de dar con su vida y sus sueños en el hondo sepulcro de las olas.

Temeroso del riesgo inútil, volvióse al arrabal y vió en la cumbre del monte la casita blanca y verde, la casita triste, nido de amores y desengaños. Allí, en el balcón del gabinete familiar, estaba la dama rubia, siguiendo con los ojos los pasos de su marido, tal vez burlona, compasiva tal vez... ¿Por qué raro engarce de pensamientos, por qué misteriosa corazonada sintió Velasquín entonces, más fuerte que nunca, la decepción de su esquivo matrimonio? ¿Por qué voluble asociación de ideas imaginó mirando al mar y mirando á Regina, que ambas, la ola y la mujer, eran igualmente bellas y peligrosas, atractivas y falaces? Movido Adolfo por el ímpetu de su juventud, por el resorte de sus deseos, hubiera querido ahora juntar en un solo abrazo á la mujer y al mar, y hacerlos suyos para siempre, con absoluto dominio. Pero el mar y la mujer estaban allí, como dos esfinges, sin descubrir el secreto de su perfidia y de su hermosura.

Todo esto pensaba Velasquín muy vagamente, ó, mejor dicho, lo presentía, mientras que se alejaba con lentitud del hogar montesino y triste, acercándose al puerto con el ansia secreta de vencer al mar delante de los ojos de la mujer. Desde las últimas atalayas de la costa contempló la bahía rizada por el viento; la ciudad vetusta, mezcla de marinera y labradora, diestra en el manejo del dalle y de las redes; las montañas, de colores umbríos; el cielo, nuboso y gris; el mar, blanco de espumas... El espectáculo de la naturaleza era un tónico para su espíritu, lleno de preocupaciones íntimas y crueles, inficionado de misteriosa enfermedad. Sólo en los fuertes goces de la montaña y la marina, en los placeres rústicos, en las empresas difíciles, ejercitando sus artes de nauta y de montero, podía hallar equilibrio y expansión aquel muchacho varonil y francote, unido á una mujer toda melindres, sofismas y tristezas. Pero ni aun así se veía libre enteramente de la malsana sugestión de su esposa; hechizado por ella, sin saber cómo, abandonábase á su influjo hasta caer de nuevo en las prisiones de su hogar, que le atraían con imanes y vértigos de abismo.

Llegando al puerto, después de breve paseo por la costa, miró Velasquín el horizonte de la bahía, con la obsesión del mar, imagen de sus turbios amores. Arreciaba el Noroeste; un cinturón de espumas señalaba con vigoroso pincel la barra del puerto; las olas se teñían de un color gris, de reflejos metálicos; las banderas de los buques surtos al abrigo del muelle, tremolaban con ímpetu, sacudidas por el vendaval, y, en primer término, sobre las ondas más tranquilas; se columpiaba airoso el _Reina_, bien señalado por su arrogante grimpolón azul.

Apareja, que vamos á salir--díjole Adolfo á Pablo el marinero, que paseaba ocioso y mustio por el muelle.

--¿Con este tiempo?--repuso el «segundo de á bordo», mirando alternativamente al cielo, al mar y á las banderas temblorosas.

--Con este tiempo.

--¿No ve cómo sopla el Noroeste, y con rachas poco nobles?...

--No importa, Pablo.

--Bueno, voy á avisar...

--No avises á nadie; vamos tú y yo solos.

--¿Solos?--interrogó pasmado el marinero.

--Si no te atreves, dilo, y buscaré quien me acompañe.

--No es que no me atreva, señorito; peores tiempos ha pasado uno. Sino que el barco es grande, y ¿cómo hemos de estar á la maniobra con este día? Si usted gobierna y yo quedo á proa, ¿cómo voy á atender á todo?

--Ya nos arreglaremos. Anda listo si quieres...

Calló Pablo y se alejó moviendo significativamente la cabeza. De pronto, volvióse para preguntar:

--El foque pequeño... ¿no?

--El grande y sin arrisar nada; no toques al «roling».

--Dirán que estamos locos...

--Que digan lo que quieran.

--Iremos, si es capricho.

--Lo es.

Pablo embarcó en el chinchorro, bogó hacia el balandro, y una vez en él izó la vela mayor, dejando dispuesto el foque.

Luego tornó al muelle para buscar á Velasquín.

Quedóse un momento solo y sin tripular el _Reina_ sobre la poderosa ancla y los fuertes arpeos. Arriados los foques y cautiva la caña, ceñíase el viento á la vela mayor y hacía dar muy graciosas vueltas al balandro. Tomaba éste el viento, cedía, se atravesaba, le ponía la proa, y el aire, entrando á ras del palo, sacudiendo la relinga, daba un aletazo á la vela, y de nuevo comenzaba el alegre baile del donoso batel, entre vivos cabeceos y rápidos tumbos, hasta quedar proa al viento.

Saltó á bordo Velasquín, miró allá arriba, á la cumbre del arrabal, y avizoró al punto, en el balcón de la casita blanca y verde, la figura de la mujer y en sus manos un pañuelo sacudido con fuerza por el aire, quizá, también, por el terror. Que como algo se le alcanzaba á Regina en las cosas del mar, por la costumbre que de ellas tuvo desde la libre niñez, harto debía presumir que embarcase con aquel día y con todo el aparejo era una loca temeridad.

Pero Velasquín, sonriendo orgulloso y decidido, se puso al timón y asió la caña, mientras Pablo fué junto al mástil, aclaró las drizas y las hizo funcionar. A poco, se elevó majestuosamente uno de los foques y luego el otro, aleteando soberbios y azotando el aire con los látigos de sus escotas. Cazadas éstas, arrióse la de la mayor y quedó el balandro en franquía. Saltó el _Reina_ sobre las espumas, viró con gracia, y, escorando hasta mostrar la línea verde de su casco finísimo, acercóse á los cantiles donde poco antes abarcara Adolfo con ímpetus y codicias los misterios de la mujer y del mar.

--Ya no me preguntará si soy cobarde--dijose el bravo nauta, pensando en Regina con indefinible emoción. Puso luego la proa en derechura del formidable contrafuerte, y cuando parecía que el balandro había de estrellarse en las piedras, viró de súbito: las velas temblaron un instante y cambiaron luego de posición; cayó el bajel sobre el costado de sotavento, no sin meter en el mar parte de la cubierta, y navegó en busca de la barra. En lo alto del mástil pudo ver Regina, desde su nido aguileño, la orgullosa inicial de su nombre, diciéndole adiós, sobre el raudo grimpolín que se estremecía en el tope.

Domeñadas las hirvientes espumas de la barra por la ligera quilla de la nave, llevóla Adolfo mar adentro, sin cambiar el rumbo: iba «á un largo», pero como la costa se hallaba cerca, el viento ya no daba más de sí ni era posible seguir ciñendo; fué preciso virar.

--¡Listo!--gritó Velasquín--. Y Pablo ejecutó la maniobra mirando hacia arriba con ojos escrutadores, mientras las olas saltaban á la cubierta rugiendo ante la resistencia del timón, y la caña temblaba en las manos del audaz piloto, vibrando como sensible telégrafo que transmitiese á las lenguas del mar los pensamientos del hombre.

Saltó de pronto una ráfaga y oyóse un crujido.

--¡Orce todo y póngase á la capa--vociferó Pablo con viva angustia,--que nos va á faltar el mastelero!

--¡Qué á la capa; á la vía!--repuso Velasquín.--¡Esto es hermoso!

Y el balandro siguió su carrera loca entre las irritadas espumas, irguiéndose con terribles saltos como si fuese á volar, cielo arriba, con las alas crepitantes de sus velas, y escorando después, á riesgo de hundirse en las abiertas fauces del mar. Los lonas, henchidas por el viento, gemían trépidas, y el agua, turbia, crespa, rebelde, saltaba como sacudida por interiores y profundas cóleras.

Sentíase Velasquín orgulloso de su propia temeridad, con la embriaguez del peligro, fascinado por la hermosura trágica de la escena, azotado por el viento, estremecido por las olas, presto á domeñar las fuerzas inertes de la naturaleza, allí entre dos abismos indómitos y al alcance de las miradas de Regina. Puesta la mano en el timón, igual que en un cetro, contemplaba el joven las revueltas ondas, que se erguían junto al balando, flexibles y elásticas, muelles, redondas, insinuantes, como brazos y senos de mujer, coronadas de espumas, de flotantes cabelleras con rizo de nieve. El hondo piélago sabía también de carantoñas y de halagos para esconder falsías y traiciones.

De nuevo se oyó, con más fuerza y estruendo, el crujido del mástil. Pablo se puso en pie y clamó:

--¡Arribe, don Adolfo; arribe y cace escota!

Mas ya era tarde. Roto el mastelero por la encapilladura, vínose abajo con temeroso ruido y quedó pendiente de las jarcias; aflojóse el estay, cayó la vela, y escoró la nave, á punto de rendirse. Sin pérdida de tiempo se puso Pablo á desatar las drizas; pero la balumba de cuerdas y lonas abofeteadas por el vendaval, crujía y aleteaba, como un albatros herido de muerte.

Miraba todo aquello Velasquín, ajeno á los peligros del naufragio, con el hechizo de un pañuelo que viera tremolar allá arriba en la cumbre serrana. Por una especie de telepatía misteriosa, aquel pañuelo, agitado con angustia en las manos de una mujer, dió al mozo alas y bríos, le empujó mar adentro, hacia el abismo traidor.

Oculta estaba la ribera tras el hervor del oleaje; pero las peñas del arrabal, escalando el horizonte obscuro, se dibujaban sobre el fondo gris del cielo con la robusta crudeza de un agua fuerte. Los matices sombríos de la montaña; la recia arquitectura de las rocas; el bajo vuelo de las nubes; el cariz lúgubre del océano, daban la impresión de un lienzo de tragedia, de un crepúsculo universal.

Hay horas en que los hombres más cabales se sienten arrastrados por una fuerza secretísima, invencible, superior á los bríos de la voluntad y la razón; así, Velasquín, el mozo alegre y ligero, movido de extraños resortes, jugaba con la vida y con la muerte, como un sonámbulo. ¿Era la sugestión de aquellos ojos, clavados con ansia en el mar desde la casita blanca y verde? ¿Era el embeleso de aquellas olas, bellas y falaces como los ojos de la mujer?

La furia de un maretazo despertó al joven de su tórpido ensueño; recobró el instinto de la vida, y ordenó á Pablo, que se debatía entre las revueltas jarcias:

--¡Deja eso, deja eso!... ¡Pícalo todo!

Y como Pablo no le oyera con el ruido del mar, abandonó la caña diciendo á grandes voces:

--¡Gobierna tú, gobierna tú!...

Después abalanzóse á proa, con su cuchillo en la mano, para cortar las cuerdas. El marinero llegó al timón, pero antes de coger la caña se atravesó la nave al mar y al viento; hincharonse las velas, y de repente, advirtió Adolfo que el foque grande, que tenía en banda las escotas, se le arrollaba al cuerpo, le envolvía con ímpetu y le arrastraba al abismo. No vió el agua, pero la sintió en las piernas, al través de la lona que le ceñía; después en la cintura, en el pecho, en la boca y en el alma, con una frialdad y una amargura que parecían de otro mar... Quiso defenderse, mover los pies y las manos, dar un grito; pero hallóse mudo, inerme, ciego, cautivo en el abrazo pérfido y suave del lienzo y de las olas, arrastrado entre dos aguas, en desenfrenada carrera, á remolque de la bravía embarcación, como vencido paladín á quien ataran á la cola de su propio corcel.

En vano el marinero rompió en desaladas voces y procuró izar á bordo el peregrino sudario. Ya el pobre Velasquín, en los umbrales de la muerte, veía por última vez, con los ojos del alma, una cumbre negra, un pañuelo blanco, una figura de mujer, y una ola flexible, muelle, acariciadora, que parecía el símbolo y el retrato de aquella mujer... hermosa y pérfida como el mar.

VII

LA LÁMPARA VIGILANTE.--RESCOLDOS DE LA TRAGEDIA.--LOS DOS MÉDICOS.--NO PUEDE SER...--EPÍLOGO Á LA HISTORIA DE LA «BELLA DURMIENTE».

CAEN los copos de nieve con misteriosa lentitud, en la fría serenidad de la atmósfera, semejantes á lágrimas de los cielos, á vedijas de nube, á pétalos de nardo, vistiendo la tierra de apacible resplandor. Hoces y cuetos, pinos y rocas, ceñidos por el cándido ropaje, pierden la aspereza y rigidez de su color y sus perfiles; sólo la mancha cruda del mar, de un gris metálico, desgarra como una hoja de acero la blandura de los horizontes, y finge un ceño sombrío en el manso cariz de la mañana.

Desde el fondo de su aposento Regina escruta el paisaje con obstinación acerba, y torna á menudo los ojos al saloncito, bañado en el claror de la nieve, mira que te mira, halla en esta luz un tinte lúgubre de mortaja y á la vez una implacable intensidad que alumbra los más ocultos pliegues de la conciencia.

De cuantas sutiles enfermedades adoleció Regina, ninguna fué tan dolorosa como esta que padece al resplandor de la nevada, en la más triste soledad: sufre mareos y náuseas, y tiene delirios como antaño; tan pronto la persiguen aciagas visiones, como yace en sopor febril, entelerida y absorta. Pero al través de los porfiados sueños, lo mismo que en las crisis de agitación, arde en la penumbra de aquella cuita una lámpara vigilante, que muestra las memorias y las sensaciones con rútila verdad. A cada fase de la extraña dolencia, siente Regina en el fondo de su espíritu resplandecer el invisible fulgor, y tirando del crespón sombrío de sus dudas, confirma valerosa:

--Estos son remordimientos.

En la ondulante blancura del arrabal imagina á veces la vela enorme de un balandro monstruo, la trágica vela que envolvió á Velasquín y le meció en las olas hasta ahogarle. En estos minutos de obsesión, para Regina ha naufragado toda la tierra; sólo vive del mundo una líquida llanura sobre la cual flota aquel sudario, resto de la hecatombe... ¡Y cómo finge el mar; qué traidor es! Se está en su sitio, mudo y ceniciento, con traza indiferente, y bajo las espumas de sus crenchas guarda con avaricia despojos de ilusiones, cimientos de hogares... Pensando así, la dama prorrumpe:

--¡Como yo, igual que yo!