Agricola (Tácito)

Chapter 2

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[16] Todos los britanos, aguijoneados por estos y otros argumentos de parecida guisa, se lanzaron a la guerra y eligieron a Budica, una mujer de sangre real —pues no les importa el sexo a la hora de asumir el poder— como general. Masacraron a los soldados dispersos por las guarniciones, conquistaron todas las fortalezas e incluso tomaron la propia colonia de veteranos como si fuera la capital de su esclavitud, donde la ira tras su victoria no dejó de lado ninguna clase de crueldad propia de unos bárbaros. Y si no se hubiera enterado Paulino al poco tiempo de la rebelión, se habría perdido toda la Britania. Gracias a la victoria en un combate, restableció la provincia a su anterior sometimiento, si bien muchos se mantuvieron en armas, a los cuales movía su conciencia de haberse rebelado y su particular miedo al legado, miedo de que, a pesar de ser un hombre excelente en el resto de aspectos, se comportara con arrogancia y especial dureza con los vencidos, como si estuviera saldando una cuentas personales. Después fue enviado Petronio Turpiliano como un hombre más flexible, que desconociera los crímenes de los enemigos y por esto mismo más suave con los arrepentidos, pero como no se atrevió a ampliar los territorios que había recibido, le dejó la provincia a Trebelio Máximo. Trebelio era bastante inútil y no realizó ninguna aventura militar, pero mantuvo la provincia con una cierta dulzura en su administración: los bárbaros ya habían aprendido también a ser indulgentes con los vicios y las comodidades y el intervalo entre guerras civiles le otorgó a la indolencia una justa excusa. Sin embargo, padecimos insubordinaciones cuando los ociosos soldados, acostumbrados a los rigores de las campañas, se entregaron a sus placeres. Trebelio, que había evitado su muerte a manos de unos soldados enfurecidos fugándose en medio de la noche, quedó al mando de manera precaria como un hombre poco apropiado y rastrero: como si hubieran firmado un pacto, el ejército por conservar sus vicios, el comandante por su vida, el motín triunfó sin derramarse sangre. Y Vecio Bolano, mientras tenían lugar las guerras civiles, tampoco quiso exaltar los ánimos de los soldados en Britania imponiendo la disciplina: hubo la misma inactividad frente al enemigo, el mismo libertinaje en los campamentos, con la excepción de que Bolano, un noble hombre que no era odiado por haber cometido ninguna mala acción, había conseguido el cariño en vez de autoridad.

[17] Sin embargo, cuando Vespasiano, al igual que el resto del mundo, conquistó también Britania, dispuso de grandes generales, excelentes ejércitos y las esperanzas del enemigo se vieron reducidas. Enseguida Petilio Cerial infundió terror atacando a la tribu de los Brigantes, que se decía que era la más grande de toda la provincia. Hubo muchos combates, a veces no poco encarnizados, pero al final una gran parte de los brigantes fue conquistada, ya por la guerra ya por la victoria. Y desde luego la fama de Cerial habría oscurecido la fama y cuidado de cualquier otro sucesor, pero fue Julio Frontino, un gran hombre, como se necesitaba, el que se puso al frente de Britania y soportó su carga: sometió por la fuerza de las armas a los combativos y valientes pueblos silures y superó espada en mano las dificultades del terreno además del valor de sus habitantes.

Agrícola asume el mando sobre Britania

[18] Agrícola, llegado a Britania a mitad del verano, se encontró con una provincia en tal estado, con esta situación bélica, en un momento del año en el que los soldados preferían volver a su anterior vagancia, como si a esas alturas del año ya no se pudiera efectuar ninguna expedición militar, y los enemigos aprovechar la oportunidad. La tribu de los ordovicos, no mucho antes de que él llegara a la provincia, había aniquilado un destacamento de caballería casi en su totalidad y, con este inicio, la provincia se había alzado. Para los partidarios de la guerra, era el momento de sentar ejemplo y descubrir el fuste del nuevo legado, cuando Agrícola, a pesar de que ya había pasado el verano, que las unidades estaban desperdigas por la provincia, que los soldados presumían que ese año iba a ser tranquilo —cosa que ralentiza y hace desagradable el inicio de una guerra— y que la mayoría pensaba más bien iba a defender los lugares más sospechosos, decidió ponerse a prueba. Reunió los destacamentos de las legiones y una pequeña fuerza de auxiliares y, como los ordovices no se atrevían a bajar al llano, él mismo se puso al frente de su ejército, para que el resto de sus soldados tuviera un coraje igual al suyo frente a un peligro similar, y organizó el ataque. Casi toda la tribu fue masacrada. Como no era desconocedor de que tenía que continuar con su fama y que, según fueran sus primeras actuaciones, podría aterrorizar al resto de tribus, se hizo a la idea de conquistar la isla de Mona. Sin embargo, como suele suceder en las decisiones improvisadas, le faltaba una flota: la inteligencia y la diligencia del general solventó ese problema. Eligió a un grupo de los mejores auxiliares, que conocían los vados del lugar y estaban habituados a nadar en su patria mientras manejan sus armas y sus caballos, les hizo dejar su impedimenta a un lado y los envió tan repentinamente contra los enemigos que estos, asombrados porque esperaban una flota, unos barcos, un ataque por mar, pensaron que nada les resultaría duro o invencible a quienes así hacían frente a la guerra. Así consiguió que le pidieran la paz y se entregaran los isleños, lo cual redundó en la fama y consideración de Agrícola, porque él, nada más llegar, había preferido afrontar esfuerzos y peligros durante un tiempo que otros gobernadores utilizaban para presumir y hacer ostentación de su nuevo cargo. Además, Agrícola no se sirvió de su buen hacer para envanecerse ni dijo que la represión de un pueblo ya vencido fuera una campaña o una victoria; ni siquiera describía sus hazañas en las cartas de victoria , pero merced a ese mismo encubrimiento de su gloria aumentó su propio prestigio a ojos de los demás, que valoraban cómo de grandes podían ser las expectativas de futuro de un hombre que callaba hazañas ya tan grandes.

[19] Después de estas acciones, decidió eliminar todos los motivos para una guerra, pues ya conocía el estado de ánimo de la provincia y había aprendido de las experiencias de los anteriores gobernadores que de poco servían las armas si a las victorias les seguían injusticias. Primero empezó controlándose a sí mismo y a los servidores de su propia casa, lo cual resulta para la mayoría no menos duro que gobernar toda la provincia. Resolvió no llevar a cabo sus asuntos a través de libertos o esclavos del estado ni recibir a un centurión o a unos soldados por sus intereses privados o por recomendaciones y súplicas, sino considerar a los mejores como sus hombres de mayor confianza; conocerlo todo, pero no intentarlo todo. A las pequeñas faltas, les concedía el perdón; a las grandes, ajustaba la severidad, y muchas veces tenía suficiente con el arrepentimiento y no siempre imponía castigos; prefería poner al frente de los cargos y en las administraciones a quienes no iban a cometer ninguna falta antes que condenarlos cuando se equivocaran. Decidió aligerar la recaudación de grano y tributos igualando sus cargas y reduciendo aquellas cosas que había descubierto en una investigación que peor se soportaban del tributo, pues se veían obligados, como si fuera una burla, a tener a su lado los graneros repletos cerrados con llave y comprar grano en el extranjero e inflar sus precios. Les imponían llevar su grano a regiones alejadas y por rodeaos, para que las ciudades que tenían cerca a los campamentos de invierno llevaran su tributo a tierras lejanas e inaccesibles, hasta que lo que resulta en principio disponible para todos se convirtiera en el lucro de unos pocos.

[20] Al conseguir realizar todo esto en su primer año, Agrícola de ilustre nombre a la paz, la cual antes no se temía menos que la guerra por culpa de la despreocupación o la intolerancia de los anteriores gobernadores. Sin embargo, cuando llegó el verano, reunió el ejército y se dejó ver con frecuencia en las marchas, alababa la moderación y exigía más de los rezagados. Elegía él en persona el lugar del campamento, exploraba los bosques y las marismas y entretanto no permitía que los enemigos estuvieran tranquilos sin que se lo devastara todo con repentinas incursiones y, cuando ya estaban bastante atemorizados, los perdonaba y les ofrecía de nuevo la paz. Con estas tácticas, muchas tribus que hasta aquel momento no admitían la superioridad de Roma, depusieron las armas tras entregar rehenes y fueron rodeadas con guarniciones y fuertes, con tan gran mesura y cuidado que ninguna parte de Britania había recibido un trato igual antes.

[21] Pasó el siguiente invierno tomando unas decisiones muy útiles para nuestra supervivencia pues, para que unos hombres desperdigados y ásperos y, por esto mismo, belicosos, se acostumbraran a la tranquilidad y el descanso a través del lujo, empezó a animarlos en privado y ayudarlos en público para que construyeran templos, foros y mansiones, colmando de alabanzas a los que fueran más rápidos y amonestando a los más lentos: así sustituía la obligación por una competición para recibir mayor honras Y así empezó a educar a hijos de sus dirigentes con las enseñanzas liberales y mostró su preferencia por el carácter de los britanos antes que las pasiones los galos, de tal modo que quienes hacía poco rechazaban la lengua romana ahora deseaban ser elocuentes con ella. De hecho, incluso se consideraba un rasgo de distinción adoptar nuestra moda y vestir habitualmente la toga y, poco a poco, se fue cayendo en el gusto por los lujos: los pórticos, los baños o la elegancia de los banquetes. Y así, lo que ellos llamaban “civilización” se convirtió en parte de su servidumbre.

[22] El tercer año de expediciones militares descubrió a nuevas tribus tras haber devastado todos los pueblos hasta el Tánao —el nombre de un estuario —. Los enemigos, atemorizados por esta campaña de miedo, no se atrevieron a atacar a nuestro ejército a pesar de las calamidades que habían sufrido y hubo espacio de sobra para ubicar los fuertes. Los expertos se daban cuenta de que no hubo otro general que supiera elegir la ubicación de los fuertes con más tino que Agrícola, pues ninguno de los fortines fue tomado por la fuerza, se abandonó en una huida o se rindió, pues estaban reforzados con suministros para un año a fin de resistir la duración de un asedio. Así podían pasar allí el invierno sin temor, a pesar de las frecuentes revueltas, y cada guarnición se bastaba para guarecerse a sí misma contra unos enemigos que se veían impotentes y, por eso, se desesperaban, ya que estaban acostumbrados a compensar la mayoría de los daños sufridos en verano con los éxitos del invierno, pero ahora se veían rechazados tanto en invierno como en verano. Agrícola, por su parte, nunca se mostró ávido por arrogarse las hazañas conseguidas a través de otros: ya fuera un centurión, ya fuera un prefecto, todos encontraban en él un testigo fiel de lo sucedido. Según algunos, era demasiado áspero en sus reproches, pero era tan agrio con las malas personas como agradable con las buenas. Además, nunca ocultaba su ira, de tal manera que no debías temer sus silencios: pensaba que era más honrado zaherir que odiar.

[23] El cuarto verano se consumió cimentando su dominio sobre las regiones que había conquistado y, si la valentía del ejército y el renombre de nuestra gloria lo hubiera permitido, habría encontrado en la propia Britania su límite. Pues Clota y Bodotria , dos estuarios que se extienden tierra adentro a causa de la fuerza de las mareas de dos mares diferentes, quedan separadas por una estrecha franja de tierra: esa tierra empezó a fortificarla con una línea de fortines y mantenía el control sobre todo lo que quedaba a este lado, por lo que los enemigos se quedaban aislados, como en otra isla.

[24] En el quinto año de sus expediciones, sometió al frente de una flota unos pueblos desconocidos hasta entonces con múltiples combates victoriosos y guareció la parte de Britania que da a Hibernia más por la expectativa de atacar que por miedo, en el caso de que Hibernia, ubicada a medio camino entre Britania e Hispania y estratégica para el dominio del mar gálico, pudiera conectar a su vez Britania con la región más valiosa del imperio de manera muy beneficiosa. Su tamaño, en comparación con Britania, es más pequeño, aunque supera en tamaño a la islas del Mediterráneo. Sus tierras y su clima, el carácter y el aspecto de sus habitantes no se diferencia en mucho de los de Britania; sus entradas y sus fondeaderos se conocían a través del comercio y los mercaderes. Agrícola había acogido a uno de los reyezuelos de esta gente que había sido expulsado por una revuelta en su reino y lo mantenía a su lado bajo la apariencia de amistad para aprovecharlo. Muchas veces le oí decir que con una legión y unos pocos auxiliares se podía conquistar y someter Irlanda y que esto resultaría beneficioso para Britania, si los ejércitos romanos se veían por doquier, como si no se atisbara la libertad en lugar alguno.

[25] Por otro lado, en el verano en el que empezaba con su sexto año en el cargo, después de haber conquistado a las tribus más allá del Bodotria —puesto que se temía un alzamiento generalizado de todas las tribus al otro lado del Bodotria y los peligros de unos caminos repletos de ejércitos enemigos—, decidió explorar sus puertos con la flota. Desde un principio, Agrícola había asumido el control de la flota como una parte de sus fuerzas y esta le seguía ofreciendo un espectáculo grandioso, puesto que llevaba la guerra al mismo tiempo por tierra y por mar y muchas veces en el mismo campamento los soldados de infantería, caballería y marina compartían el rancho y su alegría, ensalzaban sus actos y sus desgracias y comparaban, con esa jactancia propia de los soldados, las profundidades de los bosques y montañas con las tempestades y las corrientes adversas, la victoria sobre el Océano con las tierras y los enemigos. A los britanos también les asombraba la visión de la flota, como habían oído decir a los prisioneros, como si la entrada en su remoto mar les hubiera privado de su último refugio en la derrota.

Descripción de la campaña contra los pueblos de Caledonia

Entonces los habitantes de Caledonia tomaron las armas tras unos grandes preparativos, aunque mayores a juzgar por los rumores, como suele suceder con lo que se desconoce, y decidieron por su cuenta y riesgo atacar nuestras fortificaciones y habían añadido a su ataque el miedo, como sucede cuando atacas primero. Los cobardes, simulando prudencia, le aconsejaban volver al otro lado del Bodotria y ceder terreno antes que sufrir una derrota, cuando entretanto se supo que los enemigos estaban a punto de atacar con multitud de ejércitos. Para que un enemigo con superior numérica y mejor conocimiento del terreno no los rodeara, Agrícola decidió avanzar tras separar el ejército en tres partes.

[26] Cuando los enemigos conocieron esta decisión, cambiaron de repente de plan y decidieron atacar todos a una a la novena legión, dado que entendían que era la más débil, de noche, y después a matar a los centinelas asaltaron al campamento entre la alarma y la confusión de sus soldados. Ya se combatía dentro del propio campamento cuando Agrícola, que había sabido gracias a sus exploradores el camino que el enemigo había tomado y había seguido sus huellas, ordena que los más rápidos de su caballería e infantería se lancen contra las espaldas de los enemigos en combate y, después, que todas sus tropas metan jaleo; gracias a la proximidad del amanecer, todas las enseñas relucían. De esta manera, los britanos sintieron pavor ante el daño que les podían infringir por partida doble , mientras que los soldados de la novena legión recuperaron sus ánimos y, ahora que sabían segura su salvación, luchaban por la gloria: desde el otro costado, se lanzaron también al ataque y el combate que tuvo lugar en los recovecos de la entrada fue cruel, hasta que los enemigos fueron rechazados, atacados por ambos ejércitos, los unos, para ayudar, los otros, para que no pareciera que necesitaban ayuda. Y si los bosques y pantanos no hubieran cubierto la huida de los enemigos, aquella victoria los habría aniquilado.

[27] Al conocer y difundirse esta victoria, el ejército consideraba que nada podía escapar ante su valor y pedía a gritos que se debía irrumpir en Caledonia y llegar por último hasta los confines de Britania abriéndose paso combate tras combate. Y aquellos que antes habían sido “cautos” y “prudentes” tras esta victoria eran los más grandilocuentes. Este es el punto más injusto de las guerras: todos reivindican para sí una parte de las victorias, pero achacan las derrotas a un solo. Los britanos, sin embargo, como no pensaban que los habían superado en valor, sino por la habilidad del general para aprovechar una oportunidad, no depusieron en nada su arrogancia, de tal forma que armaron a sus jóvenes, refugiaron a sus mujeres e hijos en lugares seguros y confirmaron su conjura mediante reuniones y sacrificios conjuntos entre las tribus. Y así ambos bandos, con los ánimos encendidos, se separaron.

[28] Ese mismo verano, una cohorte de los usipos, que había sido reclutada en Germania y transferida a Britania, se atrevió a cometer un crimen mayúsculo pero memorable. Después de asesinar al centurión y a los soldados que se les había asignado y mezclado entre sus manípulos para dirigirlos, instaurar la disciplina y dar ejemplo, tomaron por la fuerza tres galeras tras capturar a sus timoneles. Uno colaboró, pero los otros dos fueron asesinados por resultar sospechosos, y surcaron los fugitivos los mares de manera asombrosa antes de que se difundiera el rumor de sus actos. Después, combatían para robar agua y demás provisiones con muchos britanos que defendían sus posesiones, y la mayoría de veces resultaban vencedores aunque en ocasiones fueron rechazados. Al final, llegaron a causa de su precariedad a tal punto de necesidad que se comieron primero a los más débiles y, después, a los que salían a suertes. Y así rodearon toda Britania aun perdiendo sus naves, por no saber dirigirlas, hasta que los suevos primeros y los frisios después los interceptaron considerándolos unos saqueadores. Y hubo algunos de ellos que se hicieron famosos al descubrirse tan gran aventura después de llegar a nuestra orilla, tras haber sido vendidos en esclavitud o intercambiados por otras mercancías.

[29] Al inicio del siguiente verano, Agrícola recibió un duro golpe en la familia, pues murió el hijo que había tenido un año antes. No soportó su pesar como la mayoría de hombres, que presumen de su fortaleza, ni con los lamentos y la tristeza propia de una mujer, y entre su desolación la guerra le resultaba un alivio. Así pues, envió la flota por delante, para que su presencia causara en muchos lugares un gran terror e incertidumbre y él marchó con su ejército, sin impedimenta, al cual le había incorporado a los britanos más valientes y de fiar por su larga paz, hasta llegar al monte Graupio, donde los enemigos ya se habían asentado. Pues los britanos, a los que no había dejado mella la anterior derrota en combate, como esperaban la venganza o la esclavitud y habían aprendido, al fin, que debían rechazar ese común peligro unidos, habían convocado a las fuerzas militares de todas las tribus mediante embajadas y pactos. En ese momento ya se podía ver a más de treinta mil hombres armados y todavía seguían incorporándose más jóvenes y aquellos mayores que, en una vejez vigorosa y fuerte, eran famosos en la guerra y portaban cada uno sus condecoraciones, cuando, según se dice, Calgaco, un líder que destacaba entre el resto por su valentía y su linaje, se dirigió a aquella multitud allí reunida que pedía el combate:

Discurso de Calgaco a los caledonios

[30] “Cada vez que contemplo las causas de esta guerra y nuestra necesidad, tengo el convencimiento de que hoy es el día en el que vuestra unión será el inicio de la libertad para toda Britania: pues todos nosotros desconocemos la esclavitud pero sabemos que ninguna tierra, ni siquiera el mar, nos resulta seguro frente a la flota romana que nos acecha. Así pues, las armas y la guerra, que al fuerte le dan honor, incluso al débil le darán seguridad: nuestros anteriores combates, en los que hemos luchado contra los romanos con diversa fortuna, todavía dejan en nuestras manos la esperanza y la salvación, dado que nosotros, los más nobles de toda Britania que vivimos en su corazón, ni hemos visto las costas esclavizadas ni tenemos nuestros ojos contaminados con la dominación extranjera. Lo apartado de estas tierras y la protección de nuestra fama han protegido hasta hoy a nuestras tribus, a nosotros que vivimos en las tierras más alejadas y más libres: ahora los confines de Britania están abiertos y lo desconocido suele considerarse maravilloso, pero ya no hay más pueblos detrás nuestro, nada a excepción de rocas y mareas y hostiles romanos, de cuya soberbia no se podría escapar con halagos y modestia. Son los saqueadores del mundo; ahora que ya han devastado todas las tierras, miran al mar: si el enemigo es rico, son avaros; si es pobre, ambiciosos, porque no los han saciado ni sus conquistas a Oriente ni a Occidente. Son los únicos que desean las tierras ricas y pobres por igual: robar, asesinar, saquear es su definición para ese falso imperio; donde lo arrasan todo, dicen que hacen la paz.

[31] La naturaleza ha querido que, para cada uno de nosotros, sus hijos y sus allegados sean los más queridos: ellos con sus levas nos los roban para hacerles servir en cualquier otro lugar; nuestras mujeres y hermanas, aunque escapen a la lujuria de los enemigos, son mancilladas bajo el nombre de la amistad y la hospitalidad; nuestros bienes y nuestras fortunas se los lleva el tributo, nuestros campos y cosechas, las provisiones de las tropas y nuestros cuerpos y nuestras manos se ajan mientras les servimos talando bosques y desecando marismas entre sus azotes e insultos. Los que nacen esclavos únicamente son vendidos una vez y, además, su amo los alimenta; Britania compra cada día su esclavitud y cada día la alimenta. Y al igual que en una casa el esclavo más nuevo es el objeto de las burlas de los demás esclavos, así nosotros, los nuevos y más prescindibles, estamos condenados a nuestra destrucción en un mundo acostumbrado a la esclavitud. No tenemos ni campos ni metales ni puertos en los que podamos sobrevivir trabajando. Además, la valentía y la fiereza de los conquistados no es del gusto de los conquistadores y nuestras tierras apartadas y alejadas, que nos han mantenido seguros, ahora nos convierten en sospechosos. Así, cobrad ánimos en nuestra situación desesperada: tan querida les es a algunos la gloria como la salvación. Los brigantes, con una mujer al mando, quemaron una colonia, tomaron los campamentos y, si su buena fortuna no los hubiera vuelto estúpidos, habrían podido librarnos del yugo romano: nosotros vamos a la guerra indómitos y enteros, libres y no arrepentidos: demostremos desde el principio del combate qué hombres guardaba Caledonia.