Agricola (Tácito)

Chapter 1

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Introducción

[1] La narración de las hazañas de los hombres ilustres y su manera de vivir a nuestros sucesores, una costumbre que viene de antiguo, es un hábito que ni siquiera en nuestros tiempos tan poco interesados por lo suyo se ha perdido, siempre y cuando un hombre ha vencido y superado con su destacada y noble virtud a ese defecto común a toda gran y pequeña comunidad: la ignorancia y el odio contra los buenos hombres. Sin embargo, entre los antiguos, al igual que era más fácil y se tendía a actuar con dignidad, también los escritores más reconocidos por su habilidad solían redactar encomios que guardaran la memoria de estas virtudes sin parcialidad ni otro deseo que tan solo la buena conciencia . Muchos entonces pensaban que escribir su propia biografía era una demostración de la integridad de sus costumbres antes que de arrogancia y no se consideró que Rutilio o a Escauro fueran poco fiables o sospechosos por hacerlo: ¡hasta tal punto se valoraba tanto la virtud incluso en un tiempo en el cual era fácil que surgiera! Pero ahora, para narrar la vida de un hombre muerto, necesité pedir permiso, cosa que no habría necesitado si lo fuera a acusar: tan severo y hostil es nuestro tiempo contra la virtud.

[2] Hemos leído que, cuando Aruleno Rústico y Herennio Seneción ensalzaron a Peto Trásea y a Prisco Helvidio, fueron condenados a la pena capital y no solo los autores, sino que también sus libros sufrieron esa ira, encomendando la sentencia a los triunviros a quemar en los comicios y el foro este recuerdo de aquellos ilustres caracteres. Creían en verdad los poderosos que en aquel fuego podían arrasar la voz del pueblo romano, la libertad del senado y la conciencia del género humano, después que ya habían expulsado a todos los profesores de filosofía y habían exiliado a cualquier buena arte, para nunca encontrarse así con nada noble. En efecto, hemos demostrado nuestra inmensa capacidad de sufrimiento: igual que la época antigua vio los extremos de la libertad, nosotros hemos vistos los extremos de la esclavitud, comprando toda libertad de expresión a base de delaciones. Y hubiéramos perdido incluso la propia memoria, además de la voz, si hubiéramos sido tan capaces de olvidar como de callar.

[3] Ahora por fin se recobra nuestra espíritu: aunque primero Nerva, en el inicio de un nuevo y dichoso siglo, haya mezclado dos cosas antaño opuestas, como la libertad y el imperio, y después Trajano aumente la fortuna de nuestros tiempos día tras día, a pesar de que no solo nosotros contemplamos la seguridad pública con esperanza y buenos deseos sino que incluso el emperador se ha comprometido de palabra y acción, sin embargo estos remedios son más lentos que la enfermedad que atenaza a la débil naturaleza humana: igual que nuestros cuerpos son lentos en crecer pero rápidos en menguar, también resulta más fácil aplastar la genialidad y las artes antes que recuperarlos, porque nos acaba pareciendo dulce la inactividad y al final acabamos amando la desidia que antes odiábamos. ¿Y por qué es así? Si durante quince años, un espacio de tiempo extenso para un mortal, muchos mueren por muerte natural —y los más hábiles por la crueldad del emperador—, y solamente unos pocos, como dijimos, hemos sobrevivido no solo a los demás sino incluso a nosotros mismos, ahora solamente sabemos movernos en silencio, pues ya hemos perdido la mitad de nuestras vidas a lo largo de todos estos años, mientras los jóvenes llegaban a la vejez y los mayores ya casi al final de nuestras vidas. Sin embargo, no nos arrepentiremos de haber contado, con nuestro estilo rudo y poco pulido, el recuerdo de aquella anterior esclavitud y el testimonio de nuestra buena dicha presente. Este libro, entretanto, está dedicado en honor de mi suegro Agrícola, lo cual recibirá alabanzas o, cuanto menos, será excusado, en tanto que es una demostración de mi cariño hacia él.

Encomio de Agrícola: sus primeros años

[4] Cneo Julio Agrícola, nacido en la antigua y conocida colonia de Foro Julio , tuvo a los dos abuelos con el cargo de procuradores, que formaban parte de la nobleza ecuestre. Su padre, Julio Grecino, senador, fue conocido por su pasión por la oratoria y la filosofía y por estas mismas virtudes se ganó la ira de Calígula, ya que le fue ordenado que acusara a Marco Silano y, como se negó, fue ejecutado. Su madre, Julia Procila, fue una mujer de una pureza extraordinaria: ella lo educó a su lado con gran cariño y él pasó su infancia y adolescencia entregado al cultivo de todas las disciplinas honestas. Además de su naturaleza íntegra y noble, lo mantuvo apartado de caer en la seducción del vicio el hecho de haber tenido como residencia de estudios y maestra a Marsella, un lugar donde se unen, y de manera armoniosa, el refinamiento griego y la frugalidad de las provincias. Guardo en la memoria que él solía contar que se habría entregado con mayor fuerza al estudio de la filosofía, más allá de cuanto se le permite a un romano y a un senador, si la prudencia de su madre no hubiera puesto coto a su espíritu apasionado y ardiente. Y lo cierto es que su descollante y elevado carácter aspiraba a alcanzar la belleza y el aspecto de una gloria sublime con mayor entrega que cautela. Después la razón y la edad habían suavizado su carácter, pero mantuvo, lo cual es extremadamente difícil, la moderación que había aprendido de los filósofos.

[5] Su primer contacto con el ejército tuvo lugar en Britania a las órdenes de Suetonio Paulino, un general eficiente y mesurado, que lo seleccionó para servir a sus órdenes. Agrícola no se comportó de manera inmoral ni perezosa, como esos jóvenes que convierten su servicio militar en un pasatiempo, ni se aprovechó de su inexperiencia o su cargo de tribuno para conseguir permisos o sus caprichos, sino que intentó conocer la provincia, ser conocido en el ejército, aprender de los expertos, seguir a los mejores, no hacer nada por presumir, no rechazar nada por miedo y actuar, al mismo tiempo, con cuidado y entrega. Nunca estuvo más agitada Britania ni pendió tanto de un hilo la situación allí: los veteranos morían asesinados, las colonias eran pasto de las llamas, los ejércitos sufrían emboscadas... la lucha fue primero por sobrevivir y, después, por vencer. Aunque todo esto se realizaba a las órdenes y mando de otro y la mayor gloria por todo y especialmente por haber recuperado la provincia recayó sobre el general, penetró en su carácter el deseo de la gloria militar, una fama poco deseada en aquellos tiempos en los que se miraba con recelo a los que sobresalían y no era menos peligroso tener buena fama que tenerla mala.

[6] De allí volvió a Roma para asumir cargos políticos y contrajo matrimonio con Domicia Decidiana, una mujer de ilustre linaje; un matrimonio que confirió fuerza y honor para el que aspiraba a mayores logros. Vivieron en una admirable concordia gracias a su cariño mutuo y anteponiendo el uno al otro y viceversa, con la excepción de que esto es un motivo para alabar a una buena mujer tanto mayor cuanto es criticable en una mala. Recibió por sorteo la cuestura de la provincia de Asia y a Salvio Ticiano como procónsul: ninguno de los dos lo corrompió, pese a que la provincia era rica y estaba dispuesta para todo tipo de tropelías y el procónsul, que pecaba de avaricioso, tenía la intención de comprar un mutuo encubrimiento de sus malos actos con toda clase de permisos. Allí engendró una hija, para ayuda y consuelo de la familia, pues había perdido poco antes un hijo. Después, en el año que pasó entre su cuestura y tribunado de la plebe y, después, en el año que ejerció como tribuno de la plebe, pasó el tiempo tranquilo y sin ocupaciones, conocedor de que en los tiempos de Nerón la inactividad era una clase de sabiduría. Su pretura siguió el mismo guión y silencio, y no le tocó desempeñar funciones judiciales. Ofreció unos juegos por su cargo a medio camino entre lo razonable y lo lujoso, tan lejos del despilfarro como más próximos a una buena fama. Entonces fue elegido por Galba para inventariar las donaciones a los templos y lo llevó a cabo de manera muy concienzuda, a fin de que la república no sumara algún otro sacrilegio a los que ya había cometido Nerón.

[7] Al año siguiente su espíritu y su familia recibió una dura herida, pues la armada de Otón, mientras erraba saqueando Entimilio —una parte de la Liguria— como si se tratara de una región enemiga, mató a la madre de Agrícola en uno de sus campos y saqueó esos mismos campos y un gran parte de su patrimonio, lo cual motivó esa muerte. Agrícola, que había partido para cumplir con sus deberes filiales, recibió la noticia de que Vespasiano aspiraba al poder y al punto se sumó a su facción. Al principio, Muciano era quien dirigía el principado y la ciudad, ya que Domiciano todavía era joven y se servía del poder de su padre únicamente para su deleite, y él puso a Agrícola, que había estado cumpliendo con entrega su tarea de reclutar levas, al frente de la XX legión, la cual había tardado en prestar el juramente de fidelidad y cuyo legado se comentaba que había tenido un comportamiento desleal: ciertamente era una tarea temible y considerable para un legado consular y el anterior legado, con rango de pretor, no había sido capaz de meterla en vereda, no se sabe si por su carácter o el de sus soldados. Agrícola, elegido sucesor y vengador al mismo tiempo, prefirió actuar con tan gran moderación que pareciera que se había encontrado con unos buenos soldados antes que los había convertido en buenos.

[8] Gobernaba por aquel entonces en Britania Vecio Bolano, para el cual hubiera sido más apropiado un destino más tranquilo que una provincia tan fiera. Agrícola moderó su energía y contuvo su ardor para que no fuera a más, pues sabía seguir órdenes y era experto en combinar lo útil con lo honesto. Poco después, Britania recibió como gobernador a Petilio Cerial: entonces sus virtudes tuvieron espacio para destacar. Al principio, Cerial solamente le asignaba tareas y riesgos, pero poco después también compartía la gloria: muchas veces lo ponía al frente de parte del ejército para ponerlo a prueba y, a veces, de la mayoría del ejército por los buenos resultados que había obtenido. Agrícola nunca ensalzó con alharacas su fama: como un servidor, remitía su buena fortuna al general y guía: de esta forma, con su valentía siguiendo órdenes y su modestia a la hora de hablar quedaba fuera de todo odio, pero no de la gloria.

[9] Al volver de su cargo al frente de aquella legión, el divino Vespasiano lo incluyó en la clase de los patricios y después lo eligió gobernador de la provincia de Aquitania, un destino maravilloso por su importancia y por la esperanza de un consulado, para el cual el emperador lo había designado. Cree la mayoría que los militares carecen de sutileza, porque la ley militar es dura e inflexible, y, como consiguen la mayoría de cosas por la espada, no están ejercitados en las argucias de la política. Agrícola, a pesar de hallarse en un ámbito civil, se desenvolvía con facilidad y ecuanimidad gracias a su natural sentido común y separaba el tiempo de trabajo del ocio: cuando presidía juicios y reuniones políticas, presentaba un aspecto grave, severo y, las más de las veces, se mostraba misericordioso; cuando había cumplido con sus deberes, no mostraba en su apariencia poder alguno. Y no le sucedió, lo cual es muy raro, que su afabilidad disminuyera su prestigio ni su severidad el amor que por él se sentía. Definir su conducta como “entereza” y “moderación” sería un insulto a sus virtudes: ni siquiera hacía gala de sus virtudes para conseguir buena fama, en la que incluso los buenos hombres se deleitan: lejos estaba de competir con sus colegas, lejos de enfrentarse con sus subalternos. Estuvo menos de tres años ocupado en este cargo público cuando fue rápidamente convocado en Roma con vistas a recibir el consulado, bajo la creencia de que le sería asignada la provincia de Britania, no porque lo hubiera pedido en ninguna de sus comparecencias, sino porque parecía ajustado. No siempre se equivocan los rumores: al poco fue en efecto elegido cónsul. Como cónsul, prometió en matrimonio a su hija, la cual tenía ya entonces grandes perspectivas de futuro, conmigo, un joven, y después del consulado la casó. Enseguida le asignaron el gobierno de Britania, con el cargo religioso de pontífice por añadidura.

Excursus sobre Britania: su geografía, sus pueblos, su historia

[10] Voy a narrar la geografía de Britania y las características de sus pueblos, que ya han sido descritos por muchos otros escritores, sin buscar la comparación con su precisión o talento, sino porque entonces todavía no había sido sometida: así, todo lo que entonces se desconocía, que estos primeros escritores embellecieron con su elocuencia, ahora lo contaremos de manera fiel a la realidad. Britania, la isla más grande de todas las que los romanos tenemos noticia, mira en hacia Germania por el este y hacia Hispania por el oeste; desde la Galia se puede llegar a atisbar su costa sur y sus tierras septentrionales no dan a ninguna otra tierra, sino que reciben el azote de un inmenso e inacabable mar. El aspecto de toda la isla de Britania lo han descrito dos de los autores más elegantes de todos —Livio entre los antiguos, Fabio Rústico entre los modernos— como similar a un escudo alargado o a un hacha de doble hoja. Y en efecto es este su aspecto si dejamos fuera a Caledonia, por lo que ha pasado a ser su descripción más habitual; para los que la recorren hasta el final, hay una enorme y vasta extensión de tierras que llegan hasta unas costas muy lejanas que se van estrechando como en una cuña. Cuando la flota Romana rodeó el litoral de este, el último de los mares, confirmó que Britania era una isla y, al mismas tiempo, descubrió y conquistó unas islas desconocidas hasta aquel momento, las Orcadas. También otearon Tule , puesto que hasta aquí llegaban sus órdenes y se acercaba el invierno. Pero cuentan que aquel mar pesado y difícil para remar no se agita ni siquiera por los vientos: a mi juicio, ello se debe a que por aquella región hay una menor cantidad de tierras y montañas, que son la causa y el combustible de las tormentas, y el inmenso peso de un mar sinfín resulta difícil de mover. Sin embargo, no es el objetivo de esta obra inquirir sobre la naturaleza del Océano ni de las mareas: tan solo me gustaría añadir que en ningún lugar el mar domina tanto su entorno, pues mueve a los ríos de un lugar a otro y no crece o baja levemente la marea en la costa, sino que se difunde y fluye tierra adentro y entonces las colinas e incluso las montañas quedan como insertas en su interior.

[11] Por lo demás, poco es lo que se sabe sobre quiénes fueron los primeros mortales en habitar en Britania, ya fueran indígenas, ya fueran inmigrantes, como suele suceder entre los bárbaros. Pero su aspecto físico presenta diversas apariencias y de ahí se extraen diversos razonamientos. Los cabellos rubios y la percha de los habitantes de Caledonia confirman su origen germánico; el rostro colorado de los siluros, el pelo rizado de la mayoría y su ubicación frente a Hispania dan fe de que los antiguos íberos cruzaron el mar y se asentaron en estas regiones; los pueblos más cercanos a los galos son muy semejantes a ellos, ya sea porque todavía pervive la fuerza de su común origen, ya sea porque en unas tierras que se extienden tan lejos las características de esa región les ha dado a sus cuerpos un aspecto concreto. Sin embargo, en general a cualquiera que lo piense le parecerá razonable que los galos hayan ocupado esa isla vecina. Podrías entender su culto religioso como una veneración de lo sobrenatural. Su lengua no difiere mucho; presentan el mismo valor para enfrentarse a los peligros que temor a retirarse cuando ya han llegado; a pesar de todo, los britanos destacan más por su ferocidad, porque todavía no los ha reblandecido una larga paz: pues sabemos que los galos antaño destacaron en la guerra pero, en cuanto penetraron en sus tierras las pereza y la vagancia, perdieron su valentía al igual que su libertad. Esto ya les ha sucedido a los britanos que fueron vencidos hace tiempo, los demás todavía siguen siendo como antes fueron los galos.

[12] Su fuerza militar radica en la infantería; algunos pueblos también combaten con carros: se considera un puesto de mayor honor el de auriga y son sus seguidores quienes combaten. Antiguamente obedecían a un rey, pero actualmente las disputas entre diversos cabecillas los han dividido en facciones y grupos... y no hay nada que nos resulte más útil en nuestros enfrentamientos contra estas poderosas gentes que su incapacidad de ponerse de acuerdo para actuar en conjunto: extraño es que se reúnan dos o tres tribus contra un peligro común: luchan por separado, así pierden todos. El clima es desapacible, con abundantes lluvias y nubes, aunque el frío no es áspero. Sus días duran más que en nuestra latitud; la noche, en el extremo (norte) de Britania es clara y breve, hasta tal punto que es poca la diferencia que puedes reconocer entre el final de un día y el principio de otro. Y si las nubes no lo ocultan, se dice que puedes ver de noche el brillo del sol, cruzando el firmamento sin ponerse ni salir. Ello se debe a que aquellas tierras planas y alejadas no consiguen crear una noche, sino unas débiles sombras y bajo el cielo y las estrellas cae la noche. Su tierra, a excepción de los olivos, la vid y el resto de cultivos acostumbrados a un clima más cálido, es fértil tanto para la agricultura como para la ganadería. El fruto tarda en madurar, pero crece muy rápido y la causa de ambas características es la misma: hay mucha humedad en la tierra y en el aire. Britania alberga minas de oro, plata y otros metales, una recompensa a nuestra victoria. En su océano también crecen perlas, pero pálidas y grises: algunos creen que a sus recolectores les falta pericia, pues en el mar rojo se arrancan vivas y todavía respirando mientras que en Britania se recogen una vez que se han expulsado: yo antes pensaría que la naturaleza carece de perlas suficientes que a nosotros la avaricia.

[13] Los propios britanos cumplen con las levas, tributos y demás requisitos del impero sin dilación, siempre y cuando no se les trate injustamente: esto lo soportan a duras penas, pues aunque ya han sido suficientemente sometidos como para obedecer, todavía no son unos esclavos. Así pues, aunque el divino Julio César, el primer romano en llegar a Britania al frente de un ejército, aterrorizó a los indígenas en una guerra propicia y se apoderó de la costa, puede parecer que antes indicó el camino a sus sucesores que les entregó una provincia. Después siguieron las guerras civiles, cuando los ejércitos de nuestros cabecillas se volvieron contra el estado romano, y con ellas llegó un largo olvido de Britania incluso en épocas de paz. Augusto consideraba este hecho como una política deliberada y Tiberio como una orden; está bastante claro que Calígula había tomado en consideración la invasión de Britiania, si no hubiera sido tan rápido en mudar su voluble carácter y no hubieran fallado estrepitosamente sus ataques contra los germanos. El divino Claudio fue el impulsor del segundo intento y transportó a legiones y auxiliares y encomendó parte de la tarea a Vespasiano, lo que fue el principio de lo que los hados le depararían. Diversas tribus fueron sometidas, algunos reyes fueron capturados y Vespasiano se dio conocer a su destino.

[14] El primero de los legados consulares que asumió el mando fue Aulo Plaucio y, después, Ostorio Escápula: ambos eran eminentes militares y poco a poco la parte más cercana de Britania fue convertida en provincia y se creó en ella una colonia de veteranos. Algunas ciudades le fueron entregadas al rey Cogidumno —él fue nuestro aliado más leal incluso hasta nuestros días—, una antigua y desde luego reconocida costumbre del pueblo romano, la de servirse de los reyes como una herramienta para esclavizar a sus pueblos. Tras ellos, Didio Galo mantuvo los territorios que le habían dejado pero estableció alguna guarniciones más hacia el interior del país, con lo que buscaba el reconocimiento de haber engrandecido su cargo. Veranio siguió a Didio y en aquel mismo año murió. Después de esto, Suetonio Pualino consiguió que la provincia prosperara durante dos años, sometiendo a más pueblos y fortaleciendo las guarniciones. Confiado por estos preparativos, intentó atacar la isla de Mona , que suministraba refuerzos a los rebeldes, pero dejó su espalda abierta a la rebelión.

[15] Pues con la ausencia del legado, los britanos perdieron el miedo y empezaron a reflexionar sobre las penurias de su servidumbre, compartieron las afrentas sufridas y se encendieron sus ánimos, mientras se decían que en nada les beneficiaba soportarlo como no fuera para que todavía les exigieran mayores sacrificios como si lo toleraran con facilidad. Decían que antaño habían servido únicamente a un rey, pero que ahora se les había impuesto dos, de los cuales al legado tenían que servir con sangre y al procurador con sus bienes; que tanto su concordia como discordia los perjudicaba y que los centuriones del uno y los esclavos del otro unían a la violencia la injuria: nada quedaba fuera de su capricho ni de su lujuria. Afirmaban que en una guerra es el más fuerte quien puede saquear, pero que ahora sus casas se veían sacadas por cobardes y débiles, que secuestraban a sus hijos y que los obligaban a unirse a sus levas, como si ellos no supieran morir por su patria. !Qué pequeño era el número de soldados —decían— que había cruzado el mar, si contáramos a los britanos por separado! Aseguraban que Germania se había sacudido así el yugo romano, y eso que a ellos los defendía un río y no un mar; para ellos, su patria, sus esposa y sus hijos eran los motivos para ir a la guerra, para los romanos, la avaricia y la ambición. Estaban convencidos de que los romanos se tendrían que marchar, como hizo el divino Julio, en cuanto consiguieran emular a los antepasados, pero no debían atemorizarse por el resultado de un par de combates, pues los desgraciados siempre tienen mayor fuerza y resistencia. Los dioses —afirmaban— ya se habían apiadado de los britanos, quienes mantenían al general romano alejado y ausente en otra isla: ya habían realizado lo más difícil, deliberar: en este tipo de decisiones, es más peligroso atreverse que ser capturado.