Chapter 3
[32] ¿Acaso creéis que los romanos son igual de valientes en la guerra como de avariciosos en la paz? Ellos, ilustres gracias a nuestras disensiones y discordias, convierten los defectos de los enemigos en la gloria de su ejército, el cual aúna los más variopintos pueblos unidos por los éxitos, pero que se deshará ante la adversidad, a no ser que penséis que los galos, germanos y —me avergüenza decirlo— muchos britanos se mantienen a su lado por lealtad y afecto, cuando, aunque ayuden con su sangre a la dominación extranjera, han sido sus enemigos durante mucho más tiempo que sus esclavos. El miedo y el terror son unos débiles lazos de afecto; si se eliminan, los que han dejado de temer empiezan a odiar.
Todos los incentivos para vencer están de nuestro lado: no hay mujeres que animen a los romanos, no tienen padres que les vayan a reprochar la fuga y, para la mayoría, no tienen patria o no es esta. Los dioses nos los han entregado, en cierto modo, atrapados y encadenados: pocos en número, temerosos de todo y observando cuanto les rodea, el cielo, el mar y los bosques, que les resulta desconocido. ¡Que no os cause miedo la vanidad de su apariencia ni el brillo del otro y la plata, que ni ataca ni hiere! En el propio ejército enemigo encontraremos a nuestros aliados: los britanos reconocerán esta causa como suya, los galos recordarán su antigua libertad y los abandonarán el resto de germanos, al igual que hace poco los usipos desertaron. Tras ellos, no queda motivo alguno de temor: los fortines están vacíos, las colonias son de ancianos y entre los que obedecen mal y los mandan injustamente, sus ciudades están sumidas en la disidencia y la discordia. A un lado tenéis a su general, a su ejército; al otro, tributos, minas y el resto de castigos de la esclavitud, las cuales ha llegado la hora de soportar para siempre o vengar en este campo de batalla Cuando vayáis al combate, ¡pensad en vuestros padres y en vuestros hijos!”
Discurso de Agrícola a sus soldados
[33] Los bárbaros acogieron su discurso con alegría, como es su costumbre, entre cánticos, gritos y una estruendosa algarabía. Ya se podía ver la concentración de hombres y el resplandor de las armas de cada uno de los más valientes en la primera línea; al mismo tiempo, la línea romana se estaba organizando cuando Agrícola, aunque pensaba que sus soldados estaban animados y que apenas podría evitar que subieran a las empalizadas, les dijo:
“Han pasado ya siete años, camaradas, desde que, bajo los auspicios y la virtud del Imperio romano, conquistasteis Britania con vuestra lealtad y vuestro esfuerzo. En tantas expediciones, en tantos combates hizo falta vuestra valentía frente al enemigo o vuestra resistencia y trabajo frente a la propia naturaleza de este lugar: ni yo me he arrepentido de mis soldados ni vosotros de vuestro general. Así pues, ahora que hemos sido los primeros en superar las fronteras de Britania, vosotros de entre todos los ejércitos y yo de entre todos los legados anteriores, tenemos en nuestras manos los últimos rincones de Britania, no de palabra ni de nombre, sino con armas y campamentos: hemos descubierto y sometido Britania. Muchas veces, cuando en una marcha los pantanos, los montes o los ríos os agotaban, les oí preguntar a los más valientes: “¿Cuándo se dejará ver el enemigo, cuando nos vendrá al ataque?” Ahora vienen, los hemos sacado a la fuerza de sus escondrijos: vuestros deseos y valor tienen pista libre para demostrarse: todo resulta fácil para el conquistador y perjudica al conquistado. Pues aunque resulte un motivo de orgullo y de honor realizar tan grandes marchas, evitar los bosques y cruzar los ríos de frente, en una retirada todo lo que hoy es muy beneficioso resulta lo más peligroso: nosotros no conocemos estos lugares igual que los britanos ni sabemos tantos caminos, pero tenemos nuestras fuerzas y nuestras armas, y con ellas lo tenemos todo. Por lo que a mí respecta, sé seguro que una retirada no es segura ni para el ejército ni para su general: por esto, preferiría una muerte noble a una vida deshonrada. En un mismo lugar, tenemos disponibles nuestra salvación y nuestra gloria, y no carecería de gloria morir en el mismo final de la tierra y del mundo.
[34] Si nuestros enemigos fueran nuevos, os podría poner como ejemplo a otros ejércitos. No es necesario: recordad vuestras nobles acciones, preguntadle a vuestra memoria. Estos enemigos son a los que derrotasteis el año pasado con vuestros gritos mientras atacaban por la noche y a traición a una legión; estos son los más huidizos de todos los britanos y, por eso, son los que todavía viven. De la misma manera que los animales más valientes se lanzan contra los cazadores cuando penetran en los bosques y cañadas mientras que los cobardes y débiles los evitan, también los britanos más fuertes ya cayeron primero y quedan ahora los cobardes y miedosos. Por fin los habéis encontrado, no por que hayan plantado cara sino porque los hemos cazado: su desesperación y su miedo extremo han dejado clavadas a sus tropas en este lugar para que consigáis una bella y espectacular victoria. Acabad con las campañas, coronad cincuenta años de dominio con un gran día y demostrad a Roma que nunca se pudo acusar a uno de sus ejércitos de demorar la guerra o causar una rebelión.”
Combate del monte Graupio
[35] Incluso mientras Agrícola hablaba, el ardor de los soldados era incontenible y al final de su discurso le siguió una inmensa alegría y enseguida corrieron a las armas. Dispuso a sus aguerridas y dispuestas tropas de tal manera que la infantería auxiliar, compuesta por ocho mil soldados, reforzara el centro del ejército, mientras que desplegó a los tres mil jinetes en las alas. Las legiones se situaron ante la empalizada, pues sería enorme el honor de la victoria si se conseguía sin derramar sangre romana, y actuarían de reserva si rechazaban los auxiliares. La formación de los britanos estaba ubicada en los lugares más altos para presentar mejor aspecto y al mismo tiempo causar terror, de tal manera que las primeras unidades estaban desplegadas en la llanura y el resto les seguía detrás en la ladera de una colina, como si se fueran levantando; entre ambos ejércitos, unos carros llenaban el espacio con sus carreras y su estruendo. Entonces Agrícola, que se temía que la gran cantidad de enemigos los superara en los flancos, para que no los rodearan, estiró las líneas a pesar de que estas serían más delgadas y la mayoría le recomendaba que debía llamar a las legiones. Él mantenía sus esperanzas y se mostraba firme ante el peligro, por lo que se bajó del caballo y tomó su lugar a pie entre las tropas.
[36] Los primeros combates se efectuaban a distancia y entonces los britanos, tanto con resistencia como con su habilidad con sus enormes espadas y sus rodelas, evitaban o paraban nuestros proyectiles, mientras que ellos arrojaban una gran cantidad, hasta que Agrícola animó a dos cohortes de batavos y dos de tungros a decidir el asunto cuerpo a cuerpo con sus espadas, una forma de combatir en la que estas tropas veteranas estaban entrenadas pero que a los enemigos, armados con sus grandes espadas y sus rodeles, les resultaba incómoda, pues las espadas de los britanos, que carecen de punta, no permiten la lucha en formación cerrada ni cuerpo a cuerpo. Así pues, cuando los batavos empezaron a intercambiar golpes con los enemigos, a herirlos con sus escudos, a desfigurarles las caras y a empujar hacia las colinas a quienes se habían desplegado en el llano, las otras cohortes se lanzaron también a matar con todas sus fuerzas a los enemigos más cercanos para superar a los batavos y dejaban atrás a muchos medio muertos o incluso indemnes en su afán de vencer. Entretanto, las unidades de caballería, como los carros se habían dado a la fuga, se mezclaron entre los combates de infantería y, aunque eran un nuevo motivo de terror para los enemigos, la densidad de sus formaciones y la irregularidad del terreno les hizo mantener la posición. El combate parecía muy desequilibrado para los nuestros, puesto que incluso mientras se esforzaban por ascender a duras penas la ladera se veían empujados por los cuerpos de los caballos y muchas veces algún carro, que erraba con los caballos desbocados y sin control, en la dirección que el pánico los llevaba, cruzaba nuestras formaciones o chocaba contra ellas.
[37] Y los britanos que se habían situado en la cima de la colina y, como todavía no habían entrado en combate, despreciaban en su vanidad nuestro pequeño número de tropas, empezaron a bajar poco a poco de sus posiciones y habrían rodeado por la retaguardia a nuestros victoriosos soldados si Agrícola, que se temía este movimiento, no hubiera lanzado en su contra cuatro alas de caballería que guardaba como reserva táctica: los dispersaron y pusieron en fuga con tanta agresividad como ferocidad habían mostrado aquellos en su ataque. De esta manera el plan de los britanos se volvió en su contra, pues por orden del general la caballería se alejó del frente enemigo y lo atacó por la espalda. Entonces en llanura se podía ver una escena especialmente dantesca: nuestros soldados perseguían, herían y capturaban a los enemigos para matarlos más tarde en cuanto capturaban a otros: en ese momento, los enemigos actuaban cada uno según su carácter: algunos, armados, se daban a la fuga frente a unos pocos enemigos, mientras que otros, desarmados, se arrojaban contra el enemigo y se entregaban a su muerte. Por todas partes se veían armas, cuerpos, extremidades cortadas y la tierra ensangrentada. A veces, incluso los ya derrotados daban muestras de rabia e incluso de valor, pues una vez que los nuestros se acercaron a los bosques, los enemigos se agruparon y, gracias a su conocimiento del terreno, rodeaban a los primeros de los nuestros que llegaron en su persecución y sin las debidas precauciones. Nuestros soldados entonces habrían recibido algún castigo por su excesiva confianza si Agrícola, que estaba siempre en todas partes, no hubiera ordenado que batieran el bosque, como unos cazadores, a unas cohortes de reserva y con armamento ligero y a una parte de la caballería, sin sus monturas donde el bosque era más espeso y montada donde era más abierto. Por lo demás, los britanos, cuando vieron que nuestro ejército los perseguía manteniendo de nuevo la formación, volvieron a darse a la fuga, pero no en grupos como antes ni mirándose los unos a los otros, sino que ahora cada uno se marchaba por separado y sin buscar a los otros, buscando un refugio lejano e inaccesible. El final de la persecución lo marcó la noche y el hartazgo de nuestras tropas: habían muerto cerca de diez mil enemigos y trescientos sesenta de los nuestros , entre ellos Aulo Ático, prefecto de una cohorte, al cual su juvenil ardor y la fiereza de su caballo lo llevaron al medio de un grupo de enemigos.
[38] Aquella noche fue feliz para los vencedores, pues les dejó alegría y botín; los britanos erraban por el campo de batalla mientras arrastraban a los heridos entre el llanto de hombres y mujeres y llamaban a los sanos; abandonaban sus casa y por ira las quemaban en venganza, se refugiaban en algún lugar oscuro y lo dejaban enseguida; intercambiaban algunos planes entre sí y después se separaban, y a veces la apariencia de sus seres queridos les causaba desolación, pero más a menudo los airaba. Está bastante claro que algunos de ellos descargaron su rabia contra sus mujeres e hijos, como si se apiadara de su situación. La llegada del día siguiente mostró ampliamente la cara de la victoria: había un gran silencio por todas partes, las colinas estaban desiertas, lejos se veía el humo de algunas casas incendiadas y los exploradores no se toparon con nadie. Cuando, después de haber mandado los exploradores en todas las direcciones, no se descubrió que existiera con certeza el rastro de una huida organizada ni que los enemigos se estaban reagrupando en ningún lugar —y, ahora que se había acabado el verano, no se podía alargar la guerra—, Agrícola llevó al ejército al territorio de los borestos. Allí tomó algunos rehenes, le ordenó al prefecto de la flota que rodeara Britania y puso a sus órdenes a unas tropas para que le precediera el terror; Agrícola en persona llevó a su infantería y caballería a los cuarteles de invierno en un largo camino, para que la propia demora en la marcha causara terror entre los espíritus de esos nuevos pueblos. Y al mismo tiempo la flota llegó al puerto de Trúculo con buen tiempo y gran renombre, desde donde había vuelto en su totalidad tras haber surcado toda aquella costa de Britania.
Los celos de Domiciano y destitución de Agrícola
[39] Este desarrollo de la situación, por más que Agrícola se había expresado en sus cartas con humildad, fue recibido por Domiciano, como era su costumbre, con una expresión de alegría pero ansiedad en su corazón. Tenía la conciencia de que su reciente triunfo en Germania era motivo de risa, cuando había comprado a esclavos para darles apariencia y cabellos de cautivos, mientras que ahora se celebraba, entre merecidas alabanzas, una gran —y auténtica— victoria, con tantos enemigos muertos. El hecho de que la fama de un ciudadano privado estuviera por encima de la del príncipe le causaba pavor: en vano había silenciado la dedicación a la vida pública y las honradas artes políticas, si otro conseguía acaparar la gloria militar y, aunque el resto de virtudes las podía aparentar con mayor facilidad, la capacidad militar de un general era propia de un emperador. Tales preocupaciones le agotaban y, consumido —lo que es un signo de su cruel manera de pensar— por estos pensamientos en secreto, decidió que de cara al público dejaría de lado su odio, hasta que la fama de Agrícola perdiera vigor y se marchitara el favor del ejército.
[40] Incluso entonces, pues, Agrícola era el gobernador de Britania, así que ordena que en una sesión del senado se le concedan los ornamentos del triunfo, el honor de una estatua y todo cuanto se da por lograr un triunfo, unido a muchos títulos honoríficos, y que se añada la consideración de destinar Agrícola a Siria, vacía desde la muerte del legado consular Atilio Rufo y reservada para hombres de enjundia. Se creía —ya sea verdad, ya sea una historia inventada y creada de acuerdo al carácter del príncipe— que se le envió a un liberto de entre los servidores más íntimos del emperador con las tablillas en las que se le asignaba Siria a Agrícola, con la orden de que, si estuviera en Britania, se los entregara y que este liberto se encontró con Agrícola en el estrecho del Océano y, sin ni siquiera saludarlo, volvió a Domiciano; mientras, Agrícola le había legado a su sucesor una provincia tranquila y segura. Para que su entrada en la ciudad no resulta llamativa por su fama ni por encontrarse con una multitud en las calles, de noche entró en la ciudad y de noche fue llevado al palacio evitando la bienvenida de sus amigos, tal y como se le había ordenado. Fue recibido con un breve beso y sin ningún mensaje de bienvenida y enseguida se mezcló entre la corte de servidores. Además, para atenuar con otras virtudes su fama militar, que resulta pesada para los civiles, se entregó totalmente a ese tiempo de paz y descanso, vistió recatado, se mostró de trato fácil y afable con sus amigos hasta tal punto que muchos, que tienen por costumbre apreciar a los grandes hombres por su ambición, tras ver y contemplar a Agrícola preguntaban por los motivos de su fama pero pocos la podían explicar.
[41] Durante aquellos días, muchas veces se le acusó en ausencia y en ausencia se le absolvió ante Domiciano. Corría peligro no por algún delito o por la acusación de alguien a quien hubiera perjudicado, sino a causa de un príncipe que se sentía ofendido por sus virtudes y su gloria y por la peor clase de enemigos: los aduladores. Y le llegó al estado el momento en el que no se debería permitir relegar a Agrícola al silencio, cuando tantos ejércitos se habían perdido, por la temeridad o la incapacidad de sus generales, en Moesia, Dacia, Germania y Panonia, tantos soldados, con tantas cohortes, habían sido derrotados y capturados: ya no estaban en riesgo las fronteras del imperio o las orillas de un río, sino los campamentos de invierno e incluso el gobierno de los territorios. Así, según unas derrotas se encadenaban con otras derrotas y cada año destacaba por los funerales y las calamidades, corría de boca en boca el nombre del general Agrícola, comparando todos su fuerza, su resistencia y su carácter curtido en guerras con la inutilidad y el miedo que los demás demostraban. Bastante claro está que estas palabras azotaban las orejas de Domiciano, mientras los más nobles de sus libertos con cariño y lealtad y los más infaustos con maldad y malicia incitaban a un príncipe que siempre había tendido hacia lo peor. Así Agrícola se iba destacando en cabeza para alcanzar la gloria gracias tanto a sus virtudes como a los defectos de los demás.
[42] Ya había llegado el momento del año para echar a suertes el proconsulado en África y en Asia, y tras el reciente asesinato de Cívica ni le faltaba a Agrícola un consejo ni a Domiciano un ejemplo. Se acercaron a Agrícola algunos conocedores de los pensamientos del príncipe para preguntarle si se iría a una provincia; en un principio, alaban la tranquilidad y el tiempo libre, después le ofrecieron sus servicios para conseguir que se aprobaran sus excusas; por último, lo arrastraron ante Domiciano ya no convenciéndolo de manera velada, sino directamente con amenazas. Este, preparado para la farsa y dispuesto a ser arrogante, escuchó primero los ruegos de Agrícola con los que se intentaba excusar y, cuando los aceptó, toleró que le dieran las gracias y no enrojeció ante lo maligno de su favor. Sin embargo, no le ofreció el acostumbrado salario de procónsul y no le dio a Agrícola lo que a algunos él mismo les había concedido, ya fuera por haberse ofendido cuando no se lo había pedido, ya fuera por un cargo de conciencia, para que no pareciera que comparaba lo que se había negado a dar. Es típico de la raza humana odiar a quien te hiere, pero la naturaleza de Domiciano, que tendía hacia la ira y, cuanto más siniestro se tornaba, más inflexible, se sentía herida por la mesura y la prudencia de Agrícola, ya que no reclamaba su fama ni su destino con tozudez ni con una vana gloria de su libertad. Que sepan aquellos que acostumbran a admirar la rebeldía que, incluso bajo un malvado emperador, pueden existir grandes hombres y que también puede ser motivo de alabanza la obediencia y moderación, cuando le acompañan la fuerza y el trabajo, tanto más cuanto la mayoría de hombres consiguieron la fama por una complicada vía, de poco uso para el estado, con una muerte pretenciosa.
Muerte y elogio final de Agrícola
[43] El final de su vida nos pareció desgraciado, fue triste para sus amigos e incluso no dejó indiferente a los extraños y desconocidos; también el populacho y los trabajadores iban y venían por su casa y por el foro y conversaban en rondos y nadie que hubiera oído de la muerte de Agrícola se alegró o se olvidó enseguida. Aumentaban la pena los constantes rumores de que había sido asesinado con un veneno: me atrevería a confirmar que nosotros no descubrimos nada. Ciertamente, durante toda su enfermedad, vinieron con mayor frecuencia de la habitual en un príncipe que se preocupaba por los demás a través de mensajeros, sus más cercanos libertos y sus médicos de corte, ya fuera por su preocupación, ya fuera para enterarse. Sin embargo, mostró un aspecto abatido en su rostro, libre del odio que le preocupaba en alguien que podría ocultar con más facilidad el odio que el miedo. Era por todos conocido que, cuando se leyó el testamento en el que Agrícola dejaba como coheredero a Domiciano junto con su inmejorable mujer y su cariñosa hija, aquel se alegró como si fuera una honra voluntaria. Tan ciega y corrupta estaba su mente por los halagos y adulaciones que no sabía ver que un buen padre no lo habría designado como heredero si no hubiera sido un mal príncipe.
[44] Agrícola había nacido en el tercer consulado de Calígula en las idus de junio , murió a sus 53 años, diez días antes de la kalendas de septiembre cuando fueron cónsules Colega y Prisciano . Si el porvenir quisiera conocer su porte, fue más elegante que formidable; su rostro no era agresivo sino que resultaba agradable. No te costaría pensar que era un buen hombre y, mucho menos, que era un gran hombre. Y él, aunque murió a una edad vigorosa, en la mitad de su vida, por lo que respecta a la gloria tuvo la más longeva de las vidas. Para alguien que, en efecto, se ha colmado con los auténticos bienes, en los que residen las virtudes, y le fueron concedidos el consulado y las insignias triunfales, ¿qué más le podría haber entregado la fortuna? No disfrutaba con las grandes riquezas, aunque no le faltaban y en un grado notable. Como sobrevivieron su mujer e hija, puede parecer incluso dichoso, porque murió con su dignidad inmaculada, su fama en ascenso, sus amigos y allegados a salvo, y evitó los males por venir. Pues al igual que no se le permitió llegar a contemplar al príncipe Trajano, la luz de este nuevo siglo que será el más dichoso, lo que solo a nosotros nos profetizaba con sus augurios y promesa, también el inconmensurable descanso de su rápida muerte le hizo evitar aquellos últimos años en los que Domiciano agotó al estado no ya por intervalos y a ratos, sino de continuo, como de un solo golpe.
[45] No vio Agrícola el asedio del edificio del senado, las propias sesiones del senado clausuradas por las armas y, en esa misma desgracia, tan gran masacre de senadores consulares, tantas mujeres de alta nobleza condenadas al exilio y la huida. Caro Metio pensaba en una victoria, los consejos de Mesalino resonaban en la fortaleza de Alba y Masa Bebio ya era entonces un reo: enseguida nuestras manos llevaron a Helvidio a la prisión; nos deshonró viendo las muertes de Mauricio y Rusticio y nos manchó con la sangre inocente de Senecio. Nerón apartaba sus ojos cuando ordenaba sus maldades y no las miraba; sin embargo, bajo Domiciano, la peor parte de nuestras miserias era verlos y contemplarlos, mientras tomaba nota de nuestros sollozos, mientras enseñaba —aun tomando nota de la lividez de tantos rostros— su cara enrojecida con su crueldad, con la que se guardaba de todo sentimiento de vergüenza. Fuiste afortunado, Agrícola, no solo por tu vida ilustre, sino incluso por lo oportuno de muerte. Como atestiguan quienes presenciaron tus últimas palabras, aceptaste tu destino con entereza y gusto, como si le concedieras al príncipe la inocencia por tu parte. Pero a tu hija y a mí nos causó pena, más que vernos privados de un padre, que no se nos permitiera acompañarte en tu enfermedad, cuidarte cuando te hacía falta y llenarnos con tu mirada y tus abrazos. Habríamos recibido, sin duda, órdenes y consejos que habríamos grabado en nuestro corazón. Tanto tiempos habíamos estado sin tu presencia que ya te habíamos perdido cuatro años antes. No me cabe duda, Agrícola, el mejor de los padres, que con tu estimadísima mujer sentada a tu lado, todo se ajustó a tu dignidad: sin embargo, con pocas lágrimas fuiste lamentado y, en la última luz, quisieron ver tus ojos algo especial.