Chapter 9
Empezaba la orquesta el preludio del tercer acto y apagaron las luces. Castilla miró una vez más, con atrevimiento, a la niña del palco. Pero como Muñoz se retiraba, sin saludarle, le retuvo en el pasillo.
--Oye, tú sabes que con todos mis defectos una cualidad no me falta: la franqueza. Yo quisiera darte un consejo bien sincero sobre Adriana. No lo tomes a mal ni supongas que pueda guardarle rencor... Al contrario, me ha hecho pasar buenos momentos, me ha mirado con ojos dulces... en fin, yo no podría quejarme...
--¿No puedes quejarte?--dijo Muñoz, los ojos llameantes y un impulso de echarle las manos al cuello. Sentía que Castilla estaba groseramente mintiendo.
--Pero precisamente, continuó Castilla titubeando sobre lo que iba a decir,--precisamente no pretendo que abandones el campo, de ningún modo. Ya te dije que Adriana me parece un soberbio tipo de mujer. Ha de ser una niña de aventuras, como hay tantas ahora, en nuestra sociedad. Mi consejo tiende sólo a prevenirte contra la posibilidad de que pudieras meterte de tal modo en este lío...
No pudo proseguir, porque Muñoz, en voz baja, descompuesta por la rabia contenida, le interrumpió:
--¡Óyeme! Ella será lo que quieras, pero tú has de empezar a decir vilezas sobre Adriana, ¿me oyes?... cuando te hayas hecho digno, como un perro...
Quiso agregar algún insulto atroz, pero la misma sobreexcitación le impidió proferir otra palabra. Su amigo, más admirado que ofendido, le miró alejarse y rehusar al salir, con un gesto violento, la contraseña que un empleado intentó entregarle.
Encogiéndose de hombros, Castilla entró en la sala. Pasó junto al palco de la niña del traje verde, caminando lentamente; luego de pasar se volvió hacia ella y la miró atentamente, con una imperceptible sonrisa.
XVI
Pasaban los días sin que Charito le diera noticia alguna. La desesperación le hubiese consumido, pero le alimentaba el ensueño. Adriana se le aparecía con todos los esplendores que sus largos deseos le atribuían: a veces le miraba, de pronto, con inusitada expresión de cariño, lánguida, como en la realidad no le había mirado nunca, los ojos húmedos, el beso en los labios, tendidas hacia él sus manos llenas de vagas caricias. La imagen misma era ya una caricia, y se le acercaba, dulcemente; sentía en la cara el calor de su cara, la misteriosa blancura de un seno pequeño emergía, en la sombra... Y Muñoz se aterraba, tenía la sensación de cometer en su pensamiento una profanación. Pero al mismo tiempo todos los desdenes, todas las humillaciones pasadas, le parecían insignificantes ante la idea de la felicidad prohibida, que imaginaba oculta en aquel soñado esplendor de los bellos hechizos.
No había muerto del todo su esperanza. Aguardaba la entrevista.
Volvió a pedir una licencia en la secretaría del Juzgado, una licencia más larga que la anterior, para poder abandonarse completamente a la melancolía de su preocupación. En los domingos, por la mañana, estaba seguro de encontrarla. Ella iba a la iglesia del Socorro, siempre a la misma misa de las once, vestida con sencillez. Muñoz se disimulaba en la nave izquierda, y aguardaba con el corazón palpitante. Aguardándola, su imagen empezaba a representársele, traída por el deseo, en tanto que la iglesia, su bóveda, los altares llenos de cirios, oscilaban para sus ojos como un confuso sueño. Al fin Adriana misma aparecía, mojaba los dedos en la pila del agua bendita, se persignaba; su semblante no perdía la dulce naturalidad de la expresión. Su andar era suave, su silueta pasaba entre la silenciosa concurrencia arrodillada. Muñoz aspiraba largamente la impresión que recibía en el alma; y era como un desvanecimiento de su ser, una blandura para todos sus sentidos. Adriana, sin apartar su mirada del altar, por medio de la nave pasaba, y el fino perfil de la cara se iba ocultando, a los ojos de Muñoz, bajo el ala del sombrero de fieltro. Su silueta se anegaba en la ligera penumbra del templo; llegando cerca del coro se hincaba de rodillas, ponía los brazos juntos en el asiento delantero y abría el libro de oraciones. Muñoz, aproximándose, no perdía un detalle. Contemplándola así, en la media luz, bajo el grave silencio, durante una larga hora y sin que ella ni nadie lo advirtiesen, le parecía en cierto modo poseerla. Era suya cada una de sus actitudes y de sus gestos, era suya la humildad llena de gracia con que rezaba, era suya la cara que se apoyaba sobre las manos juntas, cuando el sacerdote levantaba el cáliz y todo el mundo caía de rodillas.
La atmósfera de la iglesia, con el olor del incienso y el cuchicheo inquieto de las oraciones, penetraba sutilmente los sentidos de Muñoz y se confundía con la vaguedad de su sentimiento. Su pena de amor parecía comunicarse con la inmovilidad de los fieles, con la tristeza mística de los santos inmóviles, con el súbito tintineo de la campanilla ritual, y subía por el humo del incienso, que anublando en el altar la figura de la Virgen, la dejaba reaparecer luego al resplandor escaso de los cirios.
Cuando un domingo, por primera vez, Adriana no acudió, un sufrimiento casi físico le traspasó. Durante toda la misa, que le pareció prolongarse extraordinariamente, lo pasó arrodillado, junto a la pilastra donde se ponía siempre, bajo el púlpito. El tintineo de la campanilla le hizo daño. La misa terminó, algunas señoras se pararon, persignándose; en seguida, con un sofocado rumoreo, todo el elegante gentío se levantó también, y lentamente, formando hilera, comenzó a salir. Los bancos quedaron vacíos. Apagados los cirios, una penumbra en el silencio fue amortiguando el brillo de los altares, y las estatuas vestidas de los santos se anegaban de sombra en sus nichos.
Durante algunos minutos, apoyado en la pilastra, Muñoz aguardó todavía, con la esperanza pueril de que Adriana por un milagro apareciera. Porque se había acostumbrado a esa secreta hora de voluptuosa alucinación, como se habitúa el fumador de opio a la caricia fantástica que se le desliza en los sentidos con el veneno de la droga.
Al fin se decidió a marcharse. Sus pasos resonaron en el templo vacío. Afuera, el sol de mediodía iluminaba el espacioso atrio y la fachada de los edificios vecinos. Todavía formaban corrillos los mozos que acuden para ver salir de misa a las muchachas. Uno de ellos, viéndole pasar, le palmeó amigablemente. Muñoz, abrumado, ni siquiera le miró.
Ese día experimentó contra ella un rencor profundo, como si Adriana hubiese faltado al compromiso de una cita. Recordó todas sus pasadas inconsecuencias, la perversidad con que le había retenido, en los primeros tiempos, la inexplicable ternura de las cartas que le escribía para luego mostrarse ante él fría, implacablemente fría; recordó también la escena con Castilla y la extraña presencia de Julio en casa de Charito.
Sin embargo, aunque sus reflexiones le llevaban a considerarla lógicamente un ser lleno de falsía y de crueldad, tenía bien luego la sensación de padecer un error profundo. Le asaltaba el pensamiento de que su rencor era vil. Y entonces la imagen de Adriana, transfigurada, resplandecía para él desde una portentosa lejanía.
XVII
Avisada un día por Carmen de que José Luis Aguirre, llegado de Europa, les había hecho una visita, Adriana fue a casa de las Aliaga con la gran ansiedad de saber si reanudaría Laura con él su antigua relación. Ardientemente lo deseaba. Su actitud, cuando se anunció la vuelta de José Luis, permitía abrigar pocas esperanzas. Sin embargo, podía suponerse que la tenacidad de su silencio no significara una real indiferencia para el bello pasado romántico, sino que persistiendo secretamente en ella la memoria del idilio interrumpido, la frialdad fuera más bien pura apariencia y reproche tácito a Zoraida.
También ésta aspiraba, evidentemente, a que se produjese entre ambos la reconciliación; había dejado de ver en aquel amor una desdicha fatal. Y Adriana, recordando con piedad la dolorosa relación que le hiciera Carmen dos meses atrás, se representaba de nuevo a la pobre Laura dormida, su cabeza reposando en el blanco almohadón y guardando, bajo el velo del sueño, la tristeza que le había dejado la inoportuna alusión de Carmen.
"¡Qué extraña es la manía de Zoraida!--pensaba Adriana. ¿Por qué suponer que el amor ha de traer por fuerza la infelicidad? Será sugestión que le dejó la muerte de papá... Y ahora ¿por qué consiente? ¿Por qué nos estimuló, la vez pasada, para que le diéramos bromas con José Luis?"
Y mientras discurría de esta suerte para sí, aumentaba su deseo ansioso de que se reconstruyera el idilio y se casaran.
Con la primera que se encontró fue con la misma Laura. Había adelgazado en pocos días. Vestía un batón azul, ceñido con cinturón de seda negra, y en tan descuidado arreglo, sin embargo, una gracia suave la envolvía.
Adriana quedó helada. No eran aquellas, por cierto, las apariencias de quien ha recobrado una dicha perdida. Pero se sobrepuso a la impresión penosa y fingió no advertir el aspecto desmejorado de su amiga.
--Laurita, sé que José Luis ha estado aquí...
Pero ella la besó y llamó a sus hermanas. Era evidente que le dolía tocar este asunto. Iban todas a subir a la habitación de la abuelita, cuando sonó el timbre de calle y se anunció José Luis.
--¿Y piensas recibirle así?--dijo Carmen mirando a Laura de arriba abajo, sorprendida de su desaliño.
Ella le respondió con un ligero gesto de fastidio.
--Pero tú, Adriana, mientras ellas suben con él, vendrás a conversar conmigo. Luego subiremos también, si quieres, aunque no sé qué interés podrías tener en conocerle, ahora...
Se sentaron juntas tomándose las manos, mientras oían la voz juvenil y expansiva del visitante resonar en el vestíbulo.
--¿Estoy delgada, verdad? Es un principio de anemia.
--¿Y no te cuidas?
--Ellas y Eduardo quieren llevarme a la estancia. Pero no me decido a ir. Me moriría, te lo juro... Debe parecerte muy rara la indiferencia mía para con José Luis. Tú sabes toda la historia; no necesito preguntarte si te la ha contado Camucha. Capaz la creo de habérsela contado también a Julio.
--¡Oh, no! No lo pienses, Laura.
--Es lo mismo... Quería decirte que él me hace ahora la impresión de un simple extraño, precisamente la impresión que yo había imaginado, cuando dijeron que volvía de Europa.
--¿No te habrás sugestionado, entonces, con esa imaginación? El amor se relaciona tanto con nuestras ideas, con nuestras fantasías...
--Sí, cuando no hay una sensibilidad más o menos afinada, o exagerada, que no engaña, y lleva en cambio a la fatalidad de la pasión real, profunda. Tú, como yo, estamos destinadas a una excesiva dicha o a un sufrimiento mortal. Por eso te quiero tanto, Adriana, como a una hermana, suceda lo que suceda. Nos parecemos por el modo de sentir, por la necesidad íntima del ideal, por la imposibilidad de ser felices a medias...
Pronunció con enternecimiento estas palabras y se levantó, como asustada de su propia sinceridad y de lo que todavía pudiera salir de sus labios.
Adriana quedó muda, alterado todo su ser por una emoción sin nombre.
En esto se oyó la voz de Carmen llamándola; sus gritos bajaban atravesando el vestíbulo y llenando toda la casa con la contagiosa alegría mundana que había traído José Luis.
--Subamos, lo conocerás, es un muchacho muy bien. Sí, eso, un muchacho muy bien. Entretiene, divierte, es oportuno y muy agradable.
Al entrar en la habitación de la abuelita, su cara tomó cierto aire de indiferencia que nunca tenía. Tendió la mano a José Luis y como estaba Adriana junto a ella, se lo presentó.
Era un joven alto, vestido acaso con elegancia demasiado cuidada, según el juego perfecto que hacían la ancha corbata azul oscuro, la camisa finamente rayada de azul claro, el rosado rostro lleno de salud y los vivos ojos grises. La mirada de estos ojos era franca y tenía cierta protectora bondad cuando reía. Toda su persona demostraba cortesanía y dicha de vivir.
"¿Y este muchacho, pensaba Adriana, este muchacho tan elegantón y tan absolutamente seguro de sí mismo escribía las cartas divinas que dice Camucha? ¿Es posible concebirle protagonista de la novela de amor interrumpida por Zoraida?"
Echó involuntariamente una ojeada a Laura, y en el fondo de su dulce y noble mirada, leyó en seguida: "¿Comprendes, ahora, que no podría volver a quererle?"
José Luis, que había interrumpido--intrigado por aquel mudo lenguaje--una relación sobre costumbres típicas en el sur de España, la reanudó al momento. Su charla era chispeante, llena de comparaciones pintorescas y de reflexiones chistosas que intercalaba con evidente propósito de matizar más brillantemente su relación. Pero se advertía que algún episodio de efecto lo contaba ya de memoria. Se dirigía particularmente a la abuelita, quien le escuchaba aprobándole con su gesto plácido de anciana. Carmen celebraba con alegre exageración los pasajes graciosos, y Zoraida, mucho más comunicativa que de ordinario, le interrogaba y tomaba parte activa en la conversación.
La presencia de José Luis había alterado el ambiente de la casa. Eran otras ahora las caras de Zoraida y de Carmen. Y era otra, también, la misma abuelita. Los viejos muebles coloniales que la acompañaban desde otros tiempos, parecían escuchar también, con un poco de asombro, la alegre charla, en aquella habitación impregnada de reminiscencias añosas y como poblada de vagos fantasmas.
Y galvanizada por la alegría de José Luis, la abuelita empezó a referir, con abundancia de detalles familiares, episodios sumidos en el largo pasado, y cuyos protagonistas, evocados así, parecían comparecer ante ella, adoptando un singular aire de personas resucitadas y sorprendidas de salir a la claridad del mundo. Seres que ya sólo en el recuerdo de esta anciana continuaban perdurando y que se desvanecerían para siempre cuando ella bajara a la tumba.
Y era un curioso contraste, después de la chispeante y sonora conversación de José Luis, el modo apacible, lento, con que la abuelita contaba las cosas de su tiempo.
Las Aliaga la escucharon con aquella misma atención recogida que Adriana había observado ya en ocasiones pasadas. Laura, sin embargo, atendía con menos avidez que las otras, como si algo en su interior atrajera con tenaz persistencia la preocupación más cara de su ser.
Hablaba la anciana, con muchos pormenores, de un festejante, Emilio Medrano, cuyos hijos, ya viejos, ni se acordarían de ella; un festejante que, muy rendido a ella durante algún tiempo, cesó repentinamente en su empeño galante.
--Nunca supe yo por qué se retiró. Hoy estuve toda la mañana pensando si no serían intrigas de una amiga, una compañera que tuve en el colegio de las Salesas. Porque me pareció que también ella estaba enamorada de Medrano.
A José Luis no le interesaban gran cosa los relatos de la anciana. Se advertía su atención distraída y la extrañeza que le causaba la evidente despreocupación de su novia de la adolescencia. "Tenemos que hablar" le decían de vez en cuando sus ojos, mientras con su aire cortesano fingía no perder palabra de la abuelita, que pronto calló para sumergirse en la cavilación de las causas que habían motivado el retiro de Medrano.
José Luis reanudó su charla. Se refirió a las veces que tuvo ocasión de departir con el rey de España, quien "era una monada" por su sencillez y por la franqueza de su carácter. Y no dejó de mencionar, como cosa incidental, su amistad con tales o cuales personajes "cubiertos delante del rey", y la gracia de una duquesita a quien había tratado varias veces en Palacio.
--Y sin embargo, afirmó con enérgica sinceridad, créanlo ustedes o no lo crean, yo daría con gusto todos estos años intensos y todas las perspectivas de mi carrera diplomática, por volver a vivir el encanto de mis quince años, entre mis relaciones de aquí, donde los recuerdos me han dejado no sé qué perfume de sentimientos inolvidables.
Volvieron a encontrarse la mirada de Laura, llena de manso desvío, y la entristecida de Adriana. Movida ésta por impulso más fuerte que su voluntad y experimentando al mismo tiempo una sensación rara y penosísima, se acercó a Laura, le habló al oído y la sacó fuera de la habitación.
--¿Serías capaz, Laurita,--comenzó con la voz ligera como un soplo, cuando estuvieron solas,--serías capaz de explicarme sinceramente algo que quiero preguntarte?
--Sí, siempre soy contigo sincera.
--¿Por qué te preocupó, aquella vez, que Camucha pudiera haber contado a Julio tu asunto con José Luis?
Laura ni pareció siquiera advertir el tono demudado con que la había Adriana interrogado.
--¿Preocuparme? Te habré dicho distraída que eso me preocupaba. En realidad no puedo habértelo dicho. O habrá sido por decir hasta qué punto Camucha es indiscreta. Son historias tristes que no deben salir de una misma.
--¡Cómo me despistas!
--¿Pero por qué?
Adriana la miró en los ojos profundamente. Nada pudo leer.
--¿Entonces, en tu vida no sucede, "ahora", algo extraordinario?
--Desde aquello que hubo con José Luis, no, puedes estar segura. ¡Tengo una indiferencia!
Adriana con ardiente alegría acarició a Laura, contemplándola.
--¡Ah, qué alivio! ¿Sabes lo que se me había ocurrido, la sospecha que había empezado a atormentarme?
--No, Adriana, no puedo imaginarlo.
--¿Ni siquiera imaginarlo? ¡Oh! ¡cómo he podido crearme un motivo de tormento que no existe! Pensé que podrías haberte enamorado de... de Julio.
--¿De Julio?
--Sí, de Julio.
--¡Qué idea! Un amigo tan leal, tan bueno, que con nosotras congenia tanto, se diría casi un hermano nuestro. Y tú sabes que viene aquí hace años. ¿Cómo se te ocurre que Camucha no me hubiera dado bromas con él, alguna vez?
Y Laura llamó a gritos:--¡Camucha! ¡Camucha! ¡Pero que no venga Zoraida, ni nadie, sino Camucha!
Y alegremente declaró a su hermana que Adriana tenía celos.
--¿Adriana celosa? ¿Celosa de quién?
--De mí, de mí.
--¡Oh, Adriana!, exclamó Carmen tomándole los brazos como pasmada de asombro. ¿En media hora te has enamorado de José Luis?
--¡Tonta!--exclamó Laura, cada vez más animada y con un modo que en ella no era natural,--Adriana no podría enamorarse nunca de un muchacho como José Luis, tan pura espuma como él es. Pero empezó a sospechar, sí, a sospechar en serio, muy en serio, que yo me estaba enamorando de Julio. ¡Y se había puesto celosa! ¡Qué alma más buena, más delicada! Tal vez estaría dispuesta, por un arranque de bondad absurda, a dejarme el campo libre. Ojalá la hubieras visto hace un rato, después que me sacó de allí con tanto misterio, cuando me preguntó confidencialmente si yo lo quería a Julio. Se puso blanca como un papel.
Calló repentinamente y en seguida empezó a reír, a reír de veras.
--¡Cómo estás colorada!--observó Camucha.
--Mejor, así ya no tendrán pretexto para llevarme a la estancia.
Se aplicó el dorso de la mano a una y otra mejilla y volvió a reír. Parecía realmente divertida con los celos de Adriana.
Aunque todas aquellas manifestaciones eran raras en su carácter de ordinario sereno y dulce, Adriana no pudo advertir, por el momento, nada de anormal. No cabía en sí de júbilo. Miraba desvanecerse una preocupación, un ligero fantasma que había flotado fugitivo, impreciso y como poniéndose siempre a sus espaldas, para no ser visto...
XVIII
--¿Sabe, Muñoz, quién vendrá? Adriana. ¡Qué coincidencia! En este momento iba a mandarle avisar a usted. Al fin se realizará la gran entrevista. Pero lo peor--y se lo digo con el corazón en la mano--sería para usted reanudar... ¡Qué miedo tengo de que ella le haga una escena romántica para no cortar del todo con usted! Es una muchacha que goza con hacer sufrir. ¡Lucía! ¡Lucía! No quiere oír que la llamo. Supo que usted venía y ya no concluye de arreglarse. ¿Por qué no la festeja, Muñoz? Es linda y buena. Festéjela, por lo menos durante algún tiempo. Ella sabe hacer olvidar.
--¿Está usted segura, Charito, de que Adriana vendrá?
--¡Qué obsesión con Adriana! Sí vendrá. Pero escuche. ¿Quiere que le dé un consejo? Cuando llegue Adriana, usted dedíquese a Lucía. Debe venir también un mozo que ha empezado a festejarme, a mí; y entonces, si yo me pongo a conversar con él y usted con Lucía, Adriana no tendrá más remedio que "planchar".
Todo lo iba hablando Charito sin advertir que Muñoz se había puesto pálido a las primeras palabras. Le costaba creer que Adriana vendría. Se la representó avanzando entre los fieles arrodillados, alzada hacia el altar su cara ligeramente atónita, bajo el ancho sombrero.
Había ella adquirido para su pensamiento un prestigio inasequible.
--¡Pero Muñoz, Muñoz, aquí está Lucía!--exclamó Charito,--¡salúdela!
Se levantó sorprendido, confuso, ante la joven que le miraba con su gesto de amable curiosidad.
En ese momento apareció Adriana.
Cuando vio a Muñoz se entristeció, le tendió la mano casi con timidez. Sus ojos expresaban dulzura y seriedad.
Lucía caminó rápidamente hacia ella.
--¡Qué bonita estás!--exclamó contemplándola con admiración.
En seguida, para dejarla con Muñoz, le hizo un signo de inteligencia, agrandando los ojos y sonriendo; le dio la espalda y fue a tomarle las manos a Charito. Su graciosa actitud hablaba: "¿Qué podrá pasar? Lástima no poder oír lo que éstos van a decirse".
Murmurando en seguida algo en secreto a Charito, pero dejando notar a propósito que inventaba un pretexto la llevó al saloncito contiguo.
Adriana se sentó. Muñoz, mudo, casi no la veía. La impresión de hallarse de nuevo con ella, le infiltraba una extraña insensibilidad.
Sin atreverse a mirarla en los ojos, se puso a observar atentamente la gargantilla de perlas en el triángulo de blancura que dejaba el breve escote.
--¿No quiere ahora hablar conmigo, Muñoz?
Hizo ella esta pregunta en un tono ligero, casi de queja.
Cuando quiso él responder, sintió, aterrado, la inutilidad de todo lo que podría decir, de todo lo que había cavilado muchas veces en la espera larga de una explicación definitiva. Iban a subir palabras a sus labios y su voluntad las rechazaban con desesperación. Suspiró, y cerrando los puños se hincaba las uñas en las palmas.
--¡Oh, Ricardo!--exclamó ella acentuando aquel inusitado tono de queja.
Experimentó Muñoz un halago indecible. Sólo una vez, en otro tiempo, le había llamado por su nombre. Se dejó avasallar por una idea insensata: todo lo que había sucedido y todo lo que pudiera suceder aún, no sería obstáculo para el advenimiento, tarde o temprano, de la misteriosa felicidad.
Entonces, repentinamente, las palabras le nacieron abundantes, como agua que se desborda. Se apuraba febrilmente, y sólo tenía verdadera conciencia de cada frase, cuando la había ya pronunciado. Ella le escuchó inmóvil, con los ojos bajos y las manos juntas humildemente sobre la falda. Y aquella actitud inusitada exaltaba más a Muñoz.
La habló del comienzo de su amor, evocó la pasión ardiente nacida bajo los paisajes de la sierra, las grandes melancolías de la decepción, la inconsecuencia con que ella había destruido su ilusión de una dicha perfecta, y luego las dudas, la continuada angustia, y las bellas cartas de amor que más tarde se complacía ella en desmentir con una frialdad cruel, acaso por el simple deseo de hacerle mal.
Estos reproches no eran amargos como otras veces, sino resignados, sumisos, y contenían una suprema súplica. El último vestigio de su orgullo había muerto, y la elocuencia le venía de la sinceridad de su espíritu fecundado por el sufrimiento. Le contó que iba siempre a la iglesia, los domingos, para contemplarla furtivamente durante la misa, y le explicó cómo, imaginándola suya, y soñando con lo que no sería realidad nunca, había atravesado aquellas largas semanas de pena. Y ahora no le exigía nada, no le recordaba promesa alguna y sólo pedía que le dejara el alivio de poder algunas veces hablarla.
Calló, cubriéndose los ojos, y esperó la respuesta de Adriana. El calor de sus propias palabras había traído a su ánimo una serenidad desconocida.