Adriana Zumarán (novela)

Chapter 8

Chapter 84,059 wordsPublic domain

Le pareció, de pronto, que se transportaba en cuerpo y alma a una región ideal. Pensó en el milagro de la Asunción. ¿"Estoy loca"? se dijo con un sobresalto dulcísimo. Y era tanta la ligereza, la volubilidad de su divagación, que le pareció subir oscilando, suavemente, como la Virgen, bajo una claridad de gloria.

La trajo a la realidad, de pronto, un gemido de Raquel. Acudió corriendo, sobrecogida por una compasión inenarrable. Encendió la luz. Raquel, que solía tener pesadillas penosas, lloraba ahogada por la angustia; pero cuando Adriana se abrazó a ella y consiguió despertarla, por largo rato no pudo substraerse al terror de su sueño. La agitaban ligeros sollozos, y los hermosos ojos empañados por el llanto, miraban sin comprender. Adriana le acariciaba los cabellos, y murmurando palabras de cariño, procuraba apaciguarla.

Repentinamente cesaron los gemidos de Raquel: vuelta a la conciencia de las cosas, su mirada continuó fija en Adriana, con la misma extrañeza, con el mismo estupor. Porque a medida que se sustraía a la influencia de la pesadilla, iba apoderándose de ella una sorpresa profunda ante la dolorida solicitud de su hermana. Le parecía otra. No acertaba a explicarse aquella compasión que le transformaba tan singularmente la cara, ni aquella mansa ternura de toda su actitud, ni aquellas desconocidas caricias.

Pensó, por un momento, que había salido del sueño terrible para entrar en otro, muy plácido, pero igualmente irreal.

Adriana, en tanto, entendiendo todo lo que decían, a través de las lágrimas, los ojos asombrados de Raquel, recordó las veces que se había complacido en humillarla. El remordimiento, un remordimiento íntimo, amargo, le llenó el corazón. Su antigua maldad le pareció incomprensible. Y lo que más daño le hacía era la persistencia muda de aquella mirada de los ojos verdes en la carita cubierta por el desordenado cabello. Era evidente que su pobre hermana no concebía en ella la bondad.

Entonces, movida por un impulso ardiente, tomó entre sus manos la cabeza de Raquel. Una ternura inmensa la avasalló, hasta quitarle el respiro. Y se puso a sollozar, hablando, con la voz entrecortada.

--Perdóname, Raquelita, perdóname. Ya sé que no tengo ni el derecho de pedirte perdón. Cuando debí hacerlo, te insulté. Sí, he sido contigo demasiado mala. Ya no lo soy. He perdido todo mi orgullo odioso. No, no me mires con ese modo asombrado. Si supieras todo lo que sufro y todo lo que he sufrido en estos días, pensando en mi maldad para contigo. Pero ya no volveré a cometer bajezas, Raquelita... Escúchame... te acuerdas cuando... murió papá... y cuando yo te pegué... cuando...

No pudo continuar, se ahogaba.

Y las dos, abrazadas estrechamente, se pusieron a llorar, comprendiéndose, reconciliándose, abandonadas al imperio de una de esas emociones que son como revelación repentina de una verdad generosa, y derraman su bálsamo de dulzura sobre las inquietudes y los sinsabores de la vida.

XIV

Charito hablaba con su madre y Lucía Moreno sobre una rifa de caridad, proyectada y organizada por ella para contribuir a las obras de un pabellón en el asilo taller de Nueva Pompeya.

Adriana y Julio alcanzaban a oír, con intermitencias, la animada charla.

De pronto Charito enmudeció. Momentos después aparecía ante ellos, confusa, mirándolos, sin acertar a explicarse; procuró sonreír y se sentó en una silla, casi al borde. Pero en seguida hizo un ademán de sobresalto y se levantó, indecisa. Había en toda su persona esa nerviosidad contenida y esos modos inopinados de quien procura hacerse comprender por alguien, con el temor de que otros, presentes, puedan advertirlo. Pero Adriana apenas volvió hacia ella sus ojos distraídos.

--¡Voy, mamá, voy! exclamó Charito con un gesto de desesperación, para llamar la atención de Adriana.

Esta repentinamente adivinó. Oyó la voz de Muñoz, miró a Julio consternada y se levantó oprimida por un sentimiento de vergüenza y desazón. Jamás había hablado con Julio de Muñoz. Tuvo tentación de despedirse y escapar por el vestíbulo. Pero la llamaron. Entró temblando al salón.

--Aquí la tiene usted, dijo con su habitual tono distinguido y amable la señora González, dirigiéndose a Muñoz.

Adriana, lentamente, fue a tenderle la mano, pero en seguida murmuró, ajustándose el sombrero con nervioso apuro:

--¡Qué tarde es! Ya no podría quedarme un rato más. La hora se me pasó, mamá me espera... Muñoz, tenemos que hablar, ya sé; le avisaré a Charito para encontrarnos una tarde aquí. Adiós, adiós.

Julio, retenido un minuto por Lucía, la vio salir como huyendo.

Tanto había conturbado a Muñoz la aparición momentánea de Adriana y tan lejos estaba de suponer que Julio frecuentaba la casa de Charito, que no le reconoció en el primer momento.

La señora González celebró que ambos jóvenes fueran amigos y luego deploró que Adriana, por la hora, hubiese tenido que marcharse.

--Lo malo ha sido que a usted se le ocurriese venir tan tarde, añadió dirigiéndose a Muñoz--y esto le sucede por andar tan perdido de aquí, donde se le aprecia y se le quiere tanto.

Lucía la tomó aparte para que pudieran hablar Julio y Muñoz, pero dirigiendo hacia ellos, de vez en cuando, una graciosa mirada de curiosidad.

--¿Tú la conocías, entonces?

--Te lo dije aquella vez, repuso Julio.

--No lo recordaba.

--Te dije que la conocí en casa de las Aliaga.

--Creí que bromeabas, que te querías burlar de mí. No me lo dijiste muy claro, en todo caso. En fin, ella le coquetea a todo el mundo. Y dime, dejando este ridículo asunto mío, ¿has vuelto a encontrarte con aquella muchacha que también conociste en casa de las Aliaga? ¿De quién se trata, al fin? ¿Has vuelto a encontrarte con ella?

--Sí, he vuelto a encontrarme con ella.

--¿Dónde?

--Allí, en esa misma casa, volví a verla muchas veces, respondió Julio con dulzura.

--¿Y ya te habrás enamorado? Recuerdo, sin embargo, que te proponías no hacer nada para volverla a ver.

--Nada hice. Pero la quiero, ahora, mucho más que a mi vida misma.

--¿Y si ella te dejara?

--Nada haría para retenerla.

--¿Y eso cómo se explica?

--Pero si dejara de verla, lo mismo me daría morir. Ya no habrá nunca otra mujer en mi corazón.

--Pero no dices quien es. No, no importa... De modo que tu "flirt" con Adriana no tiene mayor importancia. Sí, ya comprendo, cosa de poco momento. Es ella, sin duda, la que te ha obligado a festejarla. La has encontrado aquí, por casualidad. El mismo caso de Castilla. Y volviendo a la desgracia mía... ¿Viste cómo apenas me tendió la mano? Es cierto que me dirigió una de esas miradas que siempre tiene para enloquecerme a su gusto. Apuesto la vida a que también a ti te ha mirado alguna vez así... y a Castilla... Te apuesto la vida.

Una vena azul se dibujó en las sienes de Julio y la serenidad de su semblante desapareció por algunos segundos.

--¿Aceptas la apuesta? insistió Muñoz. Yo voy a que del mismo modo angélico puede mirarte a ti, a Castilla y a todo el mundo. Sí, no tiene importancia alguna ese modo de mirar. No hagas caso, es indecible su maldad; hay en ella un demonio disfrazado, un demonio que a veces parece divino, pero que no lo es. Volviendo al corazón mismo de nuestro asunto, debo decirte que no me habló ella nunca de las Aliaga, de esa familia que tú idealizas. Adriana no las conoce, eso debe ser broma tuya. ¿Y hace tiempo que vienes aquí, a esta casa?

--He venido dos o tres veces, a lo sumo.

--¡Ah! Ya estoy dudando de la misma Charito. Dos o tres veces... ¿Para qué te invitan? Hubiese preferido que vinieras desde hace años... porque entonces estaría seguro de que la conoces en su maldad íntegra, y que ya la desprecias ahora. Yo soy el único que debe sufrir la condenación de quererla a pesar de todo... Es una muchacha digna de que se la maldiga.

Siguió un silencio largo. Muñoz, después de titubear visiblemente, durante algunos segundos, le exigió, en forma muy categórica, su opinión sobre Adriana. Y luego que Julio expresó, tranquilamente, una idea opuesta a la suya, se irritó sobremanera. Discutieron. Julio terminó pidiéndole disculpa de no poder compartir una sola de las apreciaciones hechas por su amigo.

--¡Qué quieres! Cabalmente me parece Adriana el tipo de esas muy exquisitas mujeres porteñas que nadie conoce, finamente disfrazadas de superficialidad, pero mucho más sutiles que las mujeres de otros países. Hasta la maldad resulta en ellas una pura apariencia, un velo necesario para ocultar la preciosa alma incomprendida. Sin embargo esta alma asoma, como a pesar suyo, en cierto hechizo discreto... ¿No confiesas tú mismo que Adriana suele hacerte la impresión de un demonio divino? Piensa un poco...

--En fin--le interrumpió Muñoz--¿qué me aconsejas?

Hizo esta pregunta clavándole una fría mirada. Julio tuvo un gesto vago y se levantó.

--Nada te aconsejo. Pero yo, si en ella no sintiera algo acorde con la pasión mía, creo que desistiría.

--No, no quieras decirme nada. Desprecio tu consejo... ¡La que no dejará entrar a otra mujer en tu corazón es Adriana!

--Sí, no he de negártelo.

--Bueno, todo esto carece de importancia. Tú y Castilla y todo el mundo están en la misma situación. Contigo hará lo que hizo conmigo. Te repito que es una mala muchacha, y si hoy encuentro a Castilla le daré un abrazo, de todo corazón. Y tú serás también un cobarde y un desdichado. Ya te ha mareado. El diablo debiera llevársela.

Se quedaron callados, Julio quiso despedirse. Lucía, acercándose, le retuvo, mientras parecían sus ojos preguntar a uno y a otro: "¿Y cómo han arreglado el asunto estos dos rivales?" Brillaba con tanta evidencia la curiosidad amable en sus lindos ojos, que Charito, impaciente, la abordó con un tema trivial, el primero que se le ocurrió.

Julio, como distraído por una preocupación, volvió a despedirse.

--Es una lástima, le dijo Lucía en voz baja, para no ser oída de Muñoz; ahora que no está Adriana para acapararlo como hace siempre, ahora que una podría hablar con usted, se va tan en seguida.

Pocos minutos después, acompañándole con Charito hasta la escalera del vestíbulo, su mano enguantada, mientras él descendía, le saludó por encima de la barandilla.

--Adiós, Lagos... es una suerte que se haya usted enamorado de Adriana... y yo de otro. Porque si no sería usted capaz de gustarme... Y reía deliciosamente, en tanto que Charito, tapándole la boca para que no prosiguiera, la reprendía en voz baja.

--Te pareces a Adriana; en esto son las dos igualitas.

Cuando ambas volvían al salón, Lucía confesó encantada:

--Yo me reía, sabes, pero más por disimular, porque te juro, dejando las bromas, que Julio me gusta.

Ni la escuchaba Charito. Afligida, preocupada, comprendía que cambiar los sentimientos de Adriana era ya extraordinariamente difícil. Al mismo tiempo aumentaba en su corazón la animadversión contra Julio. Y acercándose vivamente a Muñoz:

--Quiero hablarle con sinceridad, exclamó, a usted, a mi mejor amigo, para quien jamás tendría una doblez. ¿Es o no verdad que soy su amiga más buena y más leal?

--Sí, ya lo sé, Charito, respondió Muñoz haciendo un esfuerzo para sobreponerse a la indiferencia que le abrumaba.

--Y bueno, prosiguió ella con tono conmovido--yo nunca he comprendido esa pasión suya por Adriana.

--Pero, Charito, ¡si ella es monísima! intervino Lucía.

--Tú no sabes lo que hablas. ¡No es una muchacha que merezca tanto! Aparte de su cara bonita todo en ella es coquetería y apariencia.

--Al contrario, Charito, Adriana es un encanto en todo sentido.

--¡Ah! No vaya usted a suponer, Muñoz, que quiero hablarle mal de Adriana; es una amiga de la infancia, y no le niego, por ejemplo, mucha inteligencia natural, y un espíritu cultivado. Pero tiene defectos fatales. Yo no creo que ella pueda ser garantía de felicidad para un hombre noble como usted. No es mujer para el hogar. Cuando una muchacha tiene ciertas ideas, cierto instinto de libertad y... vamos, el modo de ser y la volubilidad de sentimientos que usted le conoce tan bien como yo... No nos engañemos, Muñoz; ella es coqueta por temperamento, incapaz de constancia, llena de caprichos y con una imaginación enteramente fantástica.

--Ya, la familia fantástica, dijo Muñoz, sin que Charito, llevada por el calor de sus palabras, advirtiese la interrupción.

--No, Muñoz, yo no comprendo que se pueda querer así, ciegamente, y sobre todo no veo afinidad ninguna entre ella y usted. Son dos espíritus no sólo distintos sino casi opuestos, que no podrían comprenderse nunca. Usted se engaña, se engaña. Todo lo que hay en usted de recto, de bueno, lo tiene ella de inconsciente, de voluble... o de qué sé yo... Porque le repito que no quiero hablarle mal de ella.

--¡Pero no haces otra cosa, Charito! exclamó Lucía.

--¡No! No hablo mal de ella, digo lo que es, sin censurarla. Yo tampoco soy una santa.

--Entonces no exageres así. Si nos pusiéramos a comparar ¿qué dirías de mí?

--Es muy distinto. No hay maldad en las cosas tuyas y en ella sí.

--Tampoco en Adriana. Una engaña como la pueden engañar a una. Las palabras de amor se aceptan sin calcular, sin exigir demasiado ni reclamar apasionamientos, y sin saber, muchas veces, si a una la quieren o si una quiere. Hay un claroscuro del sentimiento que tú no conoces, y donde pueden ocultarse el júbilo y las lágrimas. Porque en todo este juego, los ratos felices y las horas desdichadas se compensan; y sabiendo jugar, hasta la misma pena suele dejar en la memoria una dulzura...

El continuo velo de malicia había caído de su cara y hablaba con una seriedad graciosísima. Iba a seguir, pero advirtiendo de pronto que Charito y Muñoz tenían los ojos fijos en ella, escuchándola, se ruborizó como una criatura; y echándose a reír, volvió a recatarse bajo su amable expresión habitual.

--Ya les estaba dando toda una conferencia sobre el amor, pero fue por Adriana, por disculparla y por disculparme yo también. Creo que Charito es con ella demasiado severa... Fuera de Muñoz, (agregó para halagar a éste), a nadie hace caso, estoy segura, porque su "flirt" con Castilla no tuvo importancia. Y Julio parece un simple amigo.

--¡Ah, sin importancia, su "flirt" con Castilla! Yo no quería mencionarlo a Castilla, pero en realidad cuando se piensa que él festejaba a Raquel y que Adriana no tuvo escrúpulos para hacerse festejar por él...

--No creo, Charito.

--Porque no la conoces.

--Al contrario. Y la imagino hasta mejor que yo, más idealista y que todo lo hace por exceso de idealismo...

--No sabes lo que dices, Lucía. Adriana es muy farsante, y yo le hablo así a Muñoz por la primera vez, para despertarlo, porque sufre de una alucinación. ¡Ah, si él supiera cómo se desvanecen después todas las apariencias con que la mujer sabe cubrirse, para interesar a los hombres, para desconcertarlos, y para hacer que poco a poco se engañen completamente! Y esto lo he pensado, Muñoz, no solamente ahora, sino hasta cuando ella se moría por usted.

--Nunca me pareció que se moría por mí, repuso Muñoz. Al contrario, Charito, ni cuando decía quererme.

--¡Porque ella todo lo calcula! Y en su afán de rarezas, hasta suele disimular su cariño, ese cariño que ella empieza a sentir por cualquiera, pero que se le va con la misma facilidad. Hace poco tiempo usted era el único que realmente había sabido, según ella, despertarle amor. Es cierto que lo mismo le oí decir en ocasión de otro festejo...

Ahora Charito inventaba, atribuía a su amiga palabras que no le había oído nunca, o transformaba las cosas en el sentido que mejor convenía a su demostración. Sus escrúpulos desaparecían por la idea de consultar el interés de Muñoz.

--Yo creo, concluyó, que usted mismo se ha fomentado esta pasión. Porque ni siquiera la comprendería si usted se hubiese dejado seducir y alucinar por la simple belleza física.

Muñoz miró a Charito atentamente.

--Y ella ¿está enamorada de Julio, ahora?

--No lo creo, no puede Adriana enamorarse, no es capaz de enamorarse.

Él insistió.

--¿Pero le demuestra algo, al menos?

--¡Ah, seguramente! No se concibe que ella converse con un mozo sin coquetearle.

Una expresión de sufrimiento alteró las facciones de Muñoz.

--¡Cómo debe quererla, el pobre! murmuró Lucía al oído de Charito. Y dirigiéndose a él:--Adriana puede volver a quererlo, y en todo caso, de no quererlo Adriana, no ha de faltarle otra. Cualquiera que usted festeje lo querrá... Nadie podría ser feliz si tomara las cosas como usted las toma y si no pudiera, en ocasiones, cambiar de cariño, cuando no hay otro remedio. Sea razonable, Muñoz.

Hubiera sido difícil decir si era ternura o simple piedad lo que temblaba en la caricia de su actitud insinuante, dulce. Acaso se había ya desvanecido su repentina veleidad por Julio, ante este muchacho abatido por desdicha de amor, y que parecía necesitar tanto de un fino consuelo.

--Y no hay otro remedio, efectivamente,--murmuró él sumido ahora en una vaguedad de inconsciencia.--Pero no me resigno. ¿Qué puedo hacer, Lucía? ¿Qué puedo hacer?

Lucía, sin contestar en seguida, le sugirió con naturalidad:

--Y... quiérame a mí...

XV

Siguió atormentando a Muñoz el ansia de volverla a ver. Todo lo demás eran ideas y sentimientos que se desvanecían sobre una gran sensación de vacío. Recordó que había empezado la temporada de ópera y que posiblemente estaría Adriana esa noche en el teatro.

Se vistió apresuradamente. Había bajado a la calle, cuando advirtió el olvido de los guantes y el pañuelo. Después, cuando entró en la platea, tuvo conciencia tardía de que dos minutos antes, frente a la ancha escalera iluminada, se había cruzado distraído con un grupo de señoras y que una de ellas le había mirado sonriendo, para saludarle. "Bah, no tiene importancia", se dijo.

Terminaba el primer acto de "La Walkiria", cayó el telón, y ya encendidas las luces de la sala, buscó el sitio en que debía estar Adriana. Pero apenas creyó distinguirla, el exceso de la emoción le hizo apartar la vista, y se puso a pasearla por todo el teatro, por las mil caras rosadas, los blancos hombros desnudos y los peinados espléndidos cuajados de pedrería. Sobre el rumoreo de las conversaciones, vibraba alguna fina risa femenina y él volvía los ojos para reconocer a la que había reído. A la sola idea de que Adriana estaba allí, tan cerca de él, un desfallecimiento corría por todo su ser. El aire de la sala, tibio, sensual, y el deslumbramiento de las luces, contribuían para enervarle.

Pero al fin se acercó resueltamente al grupo donde había creído verla. No era ella, sino Raquel, y la acompañaban Fernando y una amiga a quien él conocía poco. Después de vacilar un segundo, confuso, frente a ellos, saludó y siguió andando. En ese momento vio a Castilla venir en dirección contraria a la suya. Para rehuirle volvió la cara.

Pero no le vio Castilla. Cruzaba la platea con su elegante desembarazo de costumbre, dominando la sala. Saludó a Raquel con cierta afectación digna y luego, de la misma manera, a varias muchachas reunidas en un palco, quienes le contestaron graciosamente, agitando hacia él las manos enguantadas. Una, muy bonita, le llamó con un signo, pero él fingió no advertirlo, y fue a colocarse en el mismo sitio que había dejado Muñoz, apoyándose también en la barandilla de la orquesta.

Muñoz se arrepintió de no haberse detenido para preguntar a Raquel por Adriana. Vio a Fernando levantarse. Las dos muchachas quedaron solas. A pesar de comprender que su indecisión no dejaba de ser algo ridícula, se llegó hasta ellas. Ambas, muy serias, le tendieron apenas la mano.

--¿Adriana no está?

Raquel miró a su compañera y respondió enrojeciendo:

--Creo que no... esta noche le fue imposible venir.

Su rubor provenía no sólo de mentir, sabiendo que Adriana estaba en la cazuela, sino también a causa de sus hombros y brazos desnudos; aquel año venía por primera vez a la platea del Colón y no podía sacarse la preocupación de que todo el teatro podía verla tan escotada. Ni se atrevía a mirar a Muñoz. Este creyó que la grave carita enrojecida de Raquel era un reproche a la inoportunidad de pararse a conversar con ellas, y se retiró en seguida.

Al llegar al segundo entreacto iba a marcharse, descorazonado, cuando saliendo de la platea se dio de manos a boca con Castilla. Este le abrió los brazos con alegría, sin dejarle ir.

--Tengo que darte una explicación, le dijo, y pedirte otra. Yo no estaba en antecedentes de nada, ¿sabes? Lo supe ayer, por casualidad. Pero vamos, no tomes las cosas por el lado heroico.

Se interrumpió un instante, porque mientras hablaba buscaba atraer la atención de una niña que le había mirado de soslayo, desde un palco próximo, llamativamente vestida de verde y con un gran "aigrette" blanco en la cabeza.--Es decir, continuó, no pude imaginarme que darías importancia a la cosa. Tú comprendes que Adriana...

--Sí, ya sé, otro día hablaremos, le interrumpió Muñoz, herido no tanto por el tema que abordaba Castilla, sino por oírle pronunciar el nombre de Adriana. Experimentó una impresión casi tan desagradable como en casa de Charito cuando le vio cortejarla y tan atrevidamente acariciarle la mano. Un odio físico le sublevó.

--¡Qué cara has puesto, Muñoz! Si te ofendí te pido me disculpes... Pero no negarás que ella es coqueta. Sería una lástima, realmente, que te dejaras envolver por Adriana. Indudablemente es un lindo tipo de mujer, pero no pierdas la cabeza. A propósito, la vi en la primera función de la temporada; desde entonces no ha vuelto a venir.

Muñoz, a punto de contestarle despectivamente, se retuvo al oír la noticia; y por la sola posibilidad de que aquella charla de Castilla pudiera revelarle cualquier circunstancia referente a ella, le siguió escuchando.

--A mí, en realidad, no me gustan las muchachas como Adriana, prosiguió Castilla.

Con todos sus desdeñosos alardes, debía quedarle un resquemor, porque acompañó dicha frase con un brusco movimiento de hombros y cierto gesto que le contraía los labios y daba a su rostro una expresión desagradable. Habitualmente perdía así la elegancia de la actitud y la distinción del rostro en cuanto le dominaba un estado de pasión; la verdadera mezquindad de su ser se traslucía.

Pero habiéndose vuelto hacia el palco próximo, encontró puestos en él los ojos de la niña: su rostro se dulcificó instantáneamente, a tiempo que se rehacía toda la elegancia de su apostura. Al notar que ahora Muñoz le escuchaba con atención, prosiguió su charla.

--Lo que es al casamiento no iría uno con Adriana ni a cañón, esto lo convendrás conmigo. Aunque en realidad, hoy por hoy, con la libertad que se deja a nuestras niñas y con tanta perversión como hay en las costumbres, las peores suelen ser esas que más apariencia tienen de ingenuas y de buenas. Oye: hoy no podemos estar seguros ni de la virtud de nuestras hermanas. Es deplorable lo que pasa en lo referente al nuevo criterio moral de la sociedad porteña... No te extrañe oírme filosofar acerca de los vicios sociales. Muchos me tienen por un tarambana, ya sé, pero precisamente si tengo veintiocho años y no he concluido todavía la Facultad, es porque me atrae y me interesa, más que los libros, más que los Códigos, la vida misma. ¡Lo que yo veo, lo que yo aprendo en la observación del mundo! Tal vez un día escriba algo... No creas, tengo pensado un estudio sobre la evolución de la sociedad argentina; será un golpe de maza. ¿Sabes lo que me propongo demostrar? Que si no se pone remedio al avance de los vicios y a la inmoralidad que están creciendo, la sociedad argentina se va al hoyo. ¡Al hoyo! ¡Si hay niñas que ya tienen "garçonnière"!

Nuevamente asomó a su cara una expresión violenta y desagradable.

--La sociedad se irá al hoyo, murmuró Muñoz, cuando todo el mundo proceda con tu falta de escrúpulos y con tu falta de honor.

Castilla le miró sorprendido, como quien recibe de improviso una injuria completamente inmotivada.

--Hijo, repuso, la inmoralidad mía nada tiene que ver con la inmoralidad social. Y pasando a cosas menos serias, ¿no sabes que la tonadillera se ha casado? Tú fuiste muy tonto.