Chapter 7
--No miremos, Lucía; nuestros ojos son demasiado modernos--dijo Charito irónica, advirtiendo el encanto con que Adriana había oído al rival de su amigo Muñoz.
Pero Adriana no pensaba. Se sentía feliz, indeciblemente feliz, y experimentaba como nunca, desde que conociera a Julio, la sensación de ser "otra". No tenía deseo de intervenir en la conversación y besaba, de vez en cuando, la mano de Charito. Las estatuas, en la tranquilidad de la sala, le parecían reposar.
Flotaba sobre ella una influencia serena y pura.
Y Julio también era otro. Ya no tenía aquella vaga tristeza en el semblante distraído, y su modo, sus palabras, eran dulzura y galantería, no solamente para con ella, sino también cuando se dirigía a Charito, a Lucía o a la institutriz. Esta, considerando que tenía ante sí a un interlocutor inteligente, quiso aprovecharlo. Se refirió a la alta educación que recibían las niñas en los liceos de París y criticó lo decorativo y superficial de la enseñanza en los colegios de Buenos Aires.
--Et même le Sacré Coeur ici, et même le Sacré Coeur, m'a t-on dit.
Después se empeñó en comunicarle sus opiniones sobre el modernismo en el arte. Julio condescendía. Entonces, entusiasmada, pasó del modernismo a otros temas, requiriendo a cada paso la opinión de Julio con la misma pregunta:
--Ce n'est pas vraie, monsieur? Ce n'est pas vraie?
Y de vez en cuando se refería a Lucía, pero hablando en español para hacer notar el concepto inferior en que la tenía:
--¡Oh! si usted supiera el trabajo que ella me da, para interesarla en los estudios serios. Y ella es inteligente, señor, pero aquí las niñas no tienen afición, porque están muy mal educadas. Ellas no tienen base, señor, no tienen base.
Sin embargo, la severidad de sus opiniones no reñía con cierta bondadosa transigencia en asuntos sentimentales. Y así, como Lucía le hiciera comprender el mutuo interés que tenían Adriana y Julio, desapareció instantáneamente todo su enfado. Con el pretexto de examinar otras obras llamó con modo muy ostensible a Lucía y a Charito.
--Y el señor Lagos, agregó, puede acabar de explicar a la señorita Adriana la escultura griega.
Ambos entraron en una de esas salitas que están a trasmano.
Había allí una luz atenuada, tranquilidad más íntima y sólo tres o cuatro cuadros de gran tamaño. Inquietud, dicha sobresaltada se apoderaron de Adriana. Una suavidad, que recubría poco a poco los objetos próximos, los aislaba del mundo como con un velo. Colgaba frente a ellos una maja de ojos provocativos y boca manchada de rojo violento, como las flores del mantón, pero se anegó también en la misma irrealidad fantástica.
No podía hacer Adriana mucho caso de lo que Julio le hablaba, porque se sentía demasiado embargada por la idea de estar conversando los dos sin testigos, en aquel delicioso rincón de soledad. Y Julio mismo, al fin, le pareció revestido con el velo de la suavidad acariciante. Sus palabras no se apartaban de los asuntos sobre los cuales habían conversado otras veces, en casa de las Aliaga. Pero su voz tenía de nuevo el dejo humilde, insinuante, que tan singularmente la había sorprendido algunos días antes. Y toda su persona parecía rendirse a ella. Para ocultar su emoción, Adriana contemplaba fijamente el cuadro de la maja provocativa.
Cuando oyeron a Lucía que peleaba en voz alta a la institutriz, adrede para advertirles, Adriana se levantó.
--¿Vienen ya?--preguntó él con un tono de ingenuidad desolada.
--Sí, adiós,--repuso ella abandonándole la mano. Sin saber por qué se despedía así antes de que llegaran las otras; y le miró, no ya con la gracia de sus ojos un poco atónitos, sino con una súbita expresión seria, dulcemente seria.
Y la atmósfera de pasión que ella respiraba en casa de las Aliaga, la abuela reaparecida en el claror de la luna, la dolorosa idea de su padre suicida por amor, todo seguía atrayendo sobre ella una impalpable influencia.
XII
Una especie de ingenuidad pura, algo como deseo sobrenatural, se infundía en Adriana por la idea de que su corazón se apasionaba. Esto le parecía una extraña vuelta de su alma a la primera época del internado conventual, entre los once y los trece años, época breve que surgía como lejana blancura en sus recuerdos.
Su idea de Jesús, en aquel tiempo, se mezcló con delirios inocentes, asociada a la muerte de su padre y a multitud de reflexiones que llenaran de dulzura su corazón de jovencita. Porque el misticismo es una flor que se alimenta por una parte con savia de la tierra y por la otra con rocío del cielo.
Durante las horas de estudio pedía permiso para pasearse a solas por el claustro. La vieja arcada colonial circundaba todo el jardín. En la fachada blanca de los arcos se abrían grietas revestidas de musgo; interiormente la bóveda, muy baja, comunicaba una impresión de sepulcro.
En el centro del jardín, la estatua de la Virgen se alzaba solitaria, bajo una corona de follaje que le formaban cuatro grandes magnolias, tan antiguas como el convento mismo; enredaderas de jazmín del País, trepando al pedestal de la imagen, le tendían floreciendo una alfombra de nieve. La Virgen, los pies ocultos en esta blancura, tenía la cara inclinada y su manto de mármol le anegaba la frente y los ojos en sombra.
Al caer la tarde se respiraba allí, por las magnolias y los jazmines, un aroma embriagante. Por encima de los arcos claustrales, sobresalía el techo de la capilla con sus acanaladas tejas negruzcas; y el campanario--la cúpula redonda esmaltada de azul,--parecía asomarse con indiferencia al desconcierto vulgar del mundo. Al silencio del jardín los ruidos de la calle llegaban como venidos de una región extranjera, lejana. El convento dormía aislado en una tranquilidad de misterio, donde sin duda reinaría perpetuamente aquella Virgen de piedra. Y a la oración, bajo el cielo lívido, un ánima parecía suspirar en cada vibración de la campana, que el eco prolongaba, temblorosamente, a lo largo del claustro.
Una felicidad hubiera sido entonces, para Adriana, contemplar a las monjas en la media luz del crepúsculo formando hilera detrás de los arcos, con los labios rezando el rosario entre las manos juntas y los ojos perdidos en la visión vaga del esposo celeste. Las había imaginado así, suspensas en una inmaterialidad donde la vida palpitaba tan sólo como débil vestigio, y les había supuesto asimismo en la cara una dulzura plácida y en el alma la serenidad que tenía el dolor de la Virgen.
Pero pronto se decepcionó. Sólo pudo conocer a las semi enclaustradas y hasta las de carácter más suave vivían sin transfigurarse por la piedad y sin que nunca iluminase sus caras el deseo sobrenatural.
En una esquina del claustro había un Cristo crucificado, dentro de un nicho practicado en el espesor del muro. Era de tamaño pequeño; con la cabeza echada hacia atrás, abría la boca en un estertor de agonía cruel. Se pensaba, al verlo, que retenía un lamento entre los labios inmóviles.
La visión de este Jesusito agonizante, contemplado silenciosamente durante horas enteras, solía por la noche frecuentarla bajando del nicho y caminando sobre las baldosas frías del corredor solitario. Adriana entonces, arrebujándose, llena de una conmiseración desolada, se dormía llorando por Él con amargura indecible.
Una noche, al recogerse las internas en el gran dormitorio común, se notó su ausencia. La buscaron inútilmente en la capilla, en la oscuridad del jardín, en la sala de estudio, hasta que fue descubierta en el ángulo del claustro, parada sobre una silla. Tenía un brazo apoyado encima del Cristo y cerrando los ojos besaba la dolorosa boca entreabierta. Las monjas se acostumbraron, después, a verla inmóvil, al pie del nicho, a veces con las manos juntas y como atónita. Si entonces alguien venía a hablarla, respondía ella con una dulzura extrañada, volviendo en seguida la mirada hacia la imagen, como si hubiesen interrumpido entre ella y el Cristo una vaga comunicación.
Llegó a enamorarse tanto de Jesús, que la aterraba de piedad el motivo que los Evangelios atribuyen a su muerte. Entonces, movida por el deseo ingenuo de arrancarse a la horrible complicidad que tocaba a ella, redimida también por la sangre divina, juntaba las manos suplicando: "Te pido una sola cosa, Jesús de mi alma: no me dejes entrar al cielo cuando muera". Y en su lenguaje infantil procuraba explicarle que prefería permanecer en la impureza del pecado y consagrarse a los espantos del infierno, antes que aprovechar con tanto egoísmo, para conquistar la gloria, sus sufrimientos de Redentor.
Le parecía inexplicable que todo el mundo pasara por aquel rincón del claustro sin advertir el gran dolor de Jesús. Un día, sin poder contenerse, llamó a una monja que era su maestra, se oprimió a ella y le señaló el Cristo. La monja se persignó devotamente.
--Fíjese, hermana, insistió ella con ansiedad, Jesús parece que grita.
--Hijita, sí; es por nosotros que pecamos tanto. Y se alejó con la indiferencia habitual en todas.
Aquella noche Adriana soñó que las monjas se hallaban reunidas en un confuso salón, iluminado con grandes arañas, y bailaban formando cuadrillas al compás de una música sorda y lenta, pero que estallaba de repente en sonidos agudos y torbellinos de estruendo. Entonces las monjas giraban vertiginosamente y las arañas se sacudían echando sobre ellas los cirios. Luego, bruscamente, la música paraba y cada monja quedaba tiesa, en actitud grotesca. Todas ellas llevaban hábito descotado y reían como locas; pero al mirarse los brazos desnudos enrojecían tanto, que de los párpados hinchados les brotaban gruesas gotas de sangre. Una legión de diablillos, azules y rojos, caracoleaban por el aire como chispas de fuego.
En medio del salón, expuesto a una burla general, vio al pequeño Cristo que se cubría la cara con las manos y a escondidas le hacía señas de súplica. Las monjas, para no tropezar con él mientras bailaban, se recogían el hábito y le saltaban por encima. Pero Adriana no podía protegerle; la hermana cocinera la tenía abrazada, empeñada en darle el pecho. Adriana apartó la boca con horror, se despertó sin respiro, bañada en sudor, paralizada por la angustia.
Desde entonces todas aquellas delicadezas de su alma empezaron a sufrir un proceso de desvanecimiento, todas sus ternuras se fueron apagando como los colores de una olvidada pintura bajo la capa de polvo que la cubre.
A poco cambió su modo de ser y dejó de frecuentar el sitio que sus éxtasis asiduos habían como impregnado de una atmósfera mística. Cuando la interrogaban, ponía una cara adusta, y golpeando el suelo con el pie, se quedaba mirando en el vacío. La hermana superiora venía, inquieta, y le preguntaba, acariciándola con dulzura:--¿Qué tiene, Adrianita? ¿Ya no le reza al Señor?
--No, no, porque ha dejado que me compre el diablo.
Y no daba otra explicación: la había comprado el diablo y ella estaba perdida para el cielo.
Más tarde su carácter se hizo irónico.
--¿Ustedes son peladas?--preguntaba riendo a las hermanas.
Y las amenazaba con arrancarles la toca.
Un día sugirió a dos compañeras la curiosidad de saber si efectivamente eran las monjas peladas. En el vasto dormitorio común, separaba las camas de las colegialas un cortinado que les hacía como estrechas celdillas. Una monja, la hermana Casilda, velaba paseándose por medio del salón, hasta después de acostadas y dormidas todas. Luego se recogía en una celdilla propia, más grande que las demás y cerrada por un cortinado más espeso. Adriana convenció a sus compañeras que podía espiarse a la hermana Casilda; seguramente no dormiría con la toca puesta. En la noche convenida, cuando cesó de oírse el ruido leve de sus pasos vigilantes, las tres muchachas se juntaron en medio del salón. Temblaban de miedo. Se acercaron cautelosamente a la celdilla grande, cuchicheando. Un hilo amarillento rayaba la juntura del cortinaje; pero la hermana Casilda dormía toda la noche con luz.
--¿Por qué no vas a ver?--dijo Adriana a una de sus compañeras.
--Tengo miedo...
--¡Bah! iré yo.
Adriana se aproximó a la celdilla, fingió entreabrir la cortina, y volvió con una expresión maravillada.
--¿Cómo está?--le preguntaron.
--¡Pelada!
Las dos se aproximaron a su vez, caminando de puntillas; el ruedo de sus camisones se estremecía sobre los pies desnudos. Ambas, ávidamente, abrieron la cortina.
--¡Jesús!--gritó la voz espantada de la hermana Casilda, que no se había desvestido aún.
Cuando acudieron a la cama de Adriana, denunciada por sus compañeras, la vieron que dormía; una suave sonrisa flotaba en sus labios, como si su alma, soñando, hubiese volado a la región de sus éxtasis.
Insensiblemente se fue adhiriendo a su espíritu la maldad viciosa, hostil a la antigua pureza de su corazón. Y sufría sin embargo lo indecible al sentirse ya incapaz de ser buena, incapaz de resistir la influencia maligna, aquella influencia que ya, durante su infancia, la había aterrado alguna vez: así cuando Raquel, empañados por el llanto los hermosos ojos verdes, se defendía de sus golpes despiadados cubriéndose la cabeza con las manecitas abiertas.
Los castigos que la superiora decidió imponerle, al fin, le hicieron conocer otro mal sentimiento: el rencor.
Pero a veces el pequeño Cristo volvía a bajar de su nicho, caminaba sobre las baldosas del corredor solitario, aparecía en la celdilla de Adriana, como un mudo reproche, y la miraba fijamente.
XIII
Ese día Charito la acogió con un aire de mal humor que nunca tenía, como de persona agraviada por motivos demasiado penosos para decirlos. Pero inútilmente aguardó de Adriana una pregunta que le diera pie para replicar con frases ya meditadas. Su amiga se conformaba con sonreír o mirarla de soslayo, distraída, porque aquel mutismo de Charito, sin preocuparla, le permitía abandonarse a la encantada dulzura de sus propios pensamientos.
Al fin Charito no pudo contenerse:
--¿Ves lo que gano por ser contigo demasiado buena? Le han traído el cuento a mamá de que yo me doy cita con muchachos en el Museo. ¿Te imaginas? Todo un lío por causa tuya. Y si te dijera...
Se detuvo con un gesto de fingida exasperación, como si se guardara las palabras más duras.
Adriana seguía mirándola, distraída.
--Tan luego tú, Charito,--dijo con acento amistoso--tú tan seria, tan incapaz de una incorrección, darte cita con varios muchachos. ¿No comprendes que nadie podrá creerlo?
--Lo creen y lo repetirá todo el mundo.
--Todavía de mí, que era una coqueta... que soy una coqueta... Óyeme: no te fastidies, nada te cuesta decir que todos esos muchachos tenían la cita conmigo.
--Puedes estar segura que yo no cargaré con la culpa.
--¡Ah! pero tú misma, concluyó Adriana acariciándola, has acabado por convencerte de que fue una cita, y una cita con varios. En todo caso los varios éramos nosotras y el pobre Julio era la sinvergüenza.
A Charito no la enfadaba tanto el chisme como el hecho de que Adriana esquivaba la entrevista con Muñoz y en cambio la había obligado a hacerse amiga de Julio, a quien detestaba. En realidad, Adriana ejercía sobre ella un gran dominio que nadie hubiera sospechado al verlas juntas, según Charito la censuraba y le imponía consejos que eran siempre escuchados, aunque nunca seguidos. Adriana, por el contrario, obtenía de ella, sin parecerlo, todo lo que quería.
--Voy a proponerte algo, le dijo, para poner a prueba tu amistad. Como Julio a casa no va, ni quisiera yo que fuese, tú me harás un gran favor.
--¿Pero no has conseguido acaso verte con él aquí, en casa? ¿Quieres una prueba mayor?
--No te enojes, Charito querida, y escúchame... También lo veo en casa de las Aliaga y es allí donde empecé a quererlo, tú lo sabes. Sin embargo, yo sospecho que sin haberte tratado con ellas les tienes antipatía a las Aliaga, y tal vez esa bondad tuya ha sido un cálculo para alejarme de ellas...
--Yo no calculo nunca, Adriana, soy demasiado leal.
--Lo sé, lo sé... pero entonces yo sí he calculado, te lo confieso. Sería difícil explicarte... Yo misma no comprendo con claridad porqué ahora voy con inquietud a esa casa. ¡Y si supieras qué cariño les tengo! A Laura la adoro. No sé lo que daría por verla dichosa... Laura Aliaga es mi mejor amiga.
--¡Ah, tu mejor amiga!
--Exceptuándote a ti, naturalmente... Pues bien, con todo esto, prefiero verlo en tu casa.
--En fin, ¿qué nueva prueba pretendes de mi amistad?
--Óyeme bien: quisiera verlo a Julio, de vez en cuando, con tu ayuda, por la noche...
--¿Por la noche? ¿Y dónde quieres verlo de noche?
--En el teatro, Charito. Ha empezado la temporada de ópera y tú sabes que voy, en las noches del primer turno, con Raquel y Fernando. Julio va a la platea para verme, pero naturalmente apenas hay oportunidad de hablar. Además, puedo encontrarme con Muñoz y esto sería desagradable. Yo pienso ceder mi butaca a Fernando para que él invite a otro amigo, o puedo dártela a ti...
--¡Pero si yo estoy muy bien en el palco nuestro!
--Para que tú la regales, Charito. No me interrumpas. Ya verás que te pido un pequeño sacrificio... Como de todos modos no coincide el turno tuyo y el mío, quisiera que tú, alguna vez, me acompañaras a la cazuela.
--¿Pero con qué objeto? ¿Qué haremos las dos en la cazuela?
--Para hablar más libremente con Julio.
--¡Estás loca! ¡A la cazuela no pueden ir los hombres!
--Si me interrumpes a cada rato será imposible explicarte. En el piso de la cazuela hay una confitería, y a esta confitería pueden entrar los hombres.
--¡Ah, y tú quisieras...!
--Déjame concluir, Charito. Iríamos juntas tú, Lucía Moreno y yo. Julio se acercaría como un amigo común...
--Basta, eso de mí no lo conseguirás nunca.
--Atiéndeme, Charito.
--Es inútil, no insistas. Puedes entenderte con Lucía; también a ella le gustan las aventuras, y hasta se ha hecho amiga de un grupo de chicas que a mí no me gustan nada, por cierto.
Adriana no respondió y se quedó mirándola con la anterior actitud distraída. Después, suspirando con resignación:
--Tendré que pedirle este servicio a Zoraida Aliaga...
Charito contuvo un gesto de contrariedad. Y la idea calculada de impedir que su amiga recurriera a la amistad de Zoraida, al fin la hizo ceder. Por otra parte, quería seguir vigilándola. Pensaba que tarde o temprano aquel entusiasmo por Julio acabaría y sería llegado entonces el caso de devolverla al amor de Muñoz.
Sin embargo, su enojo no se había calmado.
--¿Y por qué no te visita en tu casa? ¡Puesto que Muñoz también te visitaba!
--Precisamente por eso y porque Julio, en realidad, no es mi "novio". Hay entre nosotros algo demasiado fuera de los sentimientos comunes para que pueda presentarse en casa y sustituir en su papel a Muñoz. El presente que vivimos es conforme a mi corazón.
--Pronto te desilusionarás, porque te enamoras con la misma facilidad de Lucía,--le replicó Charito.
Pudieron verse así con más frecuencia. Algunas noches, por favor especial de su amiga y ruegos insistentes de Lucía Moreno, hallaban ocasión de conversar, después del primer acto, durante todo el resto de la función, en la confitería de la cazuela. Entonces se quedaban casi completamente solos. Los mozos, junto al mostrador, contaban dinero y hablaban en voz alta. Del vasto teatro les llegaba el eco prolongado de un canto, seguido de aplausos que morían en un súbito silencio. Y estos intermitentes rumores de la invisible multitud que palpitaba tan cerca de ellos, contribuían a darles la sensación de hallarse circundados por una suave y amorosa quietud. Adriana escuchaba a Julio con abandono. Le parecía que sólo un tenue velo de dulzura separaba sus almas.
Luego, terminada la función, aparecían Charito y Lucía. Se despedían de Julio en un rellano de la escalera, para que Raquel y Fernando, que las esperaban abajo, no descubrieran el secreto de aquella singular decisión de preferir la cazuela a la brillante sala iluminada.
Al día siguiente, si la mañana era templada, iban al paseo de Palermo. La señorita Ivonne les acompañaba también, empeñada en proteger el amor de Adriana. Experimentaba un placer de reflejo, porque aquella pasión dichosa le hacía recordar un idilio suyo, cuando ella en París era una linda estudiante del Liceo.
Adriana solía preguntarse, sin embargo, si la apasionada humildad de Julio correspondía íntegramente a un sentimiento real, y si no habría exageración, acaso vaga ironía en sus palabras tan rendidas, tan espontáneas y semejantes, a veces, a la confesión que pudiera hacer un niño. ¡Qué no hubiera dado, en tales momentos, para penetrar siquiera por un instante el alma de Julio! Cierto pesimismo se insinuaba a veces en su corazón, tanto más penoso cuanto mayor era su júbilo cuando pensaba que él la quería.
A veces intentaba decirle con sinceridad lo que sentía. Cuando su expresión titubeaba, las palabras de él venían al encuentro de su idea y le daban forma, hasta en sus más velados contornos; era como si ya conociera Julio toda la intimidad de su alma. Ella recordaba entonces, por amorosa comparación, el amanecer de invierno en el internado religioso. Se levantaban todas las colegialas para la misa del alba, y en el templo, a oscuras todavía, tres o cuatro cirios echaban un amarillento resplandor, que relucía en el reborde de algún candelabro o temblaba sobre la cara llorosa de la Virgen. Cuando la luz de la mañana comenzaba luego a esparcir un color avinado, las figuras de las vidrieras místicas eran vagos fantasmas diseñándose apenas y por querer tomar colores en la sombra. Ella se recogía, embargada por la emoción religiosa, y quedaba por largo rato apoyada la frente sobre las manos juntas. Cuando levantaba de nuevo los ojos, las altas vidrieras se habían iluminado, y sus imágenes de esmalte resplandecían, con las túnicas azules y rojas y las bellas caras en éxtasis, circundadas por el oro de las aureolas.
Así le esclarecían las palabras de Julio sus ideas íntimas, y pálidas figuras dormidas se incorporaban como atónitas en la penumbra de su espíritu.
Y sintió un gran deseo de ella también encantarlo. Cierta maravillosa inspiración, a veces, movía sus actitudes y dictaba sus palabras; le parecía convertirse en un ser más perfecto, más ideal, difundir de sí misma una gracia nueva, plegarse su persona completamente al secreto ensueño de Julio; y tenía la sensación de revestirse, para él, con un pasajero pero incontrastable hechizo de milagro. También en tales momentos, cuando se sentía con la posesión de esta fuerza seductora, radiante, ¡qué no hubiera dado por penetrar el alma de Julio, a fin de conocer cómo lo iba ella enamorando!
* * *
Eran ya las dos de la madrugada. Sola en su dormitorio contiguo al de Raquel, sin desvestirse, sentada al borde de la cama y la luz velada con la pantalla, Adriana dejaba que su imaginación se sumergiese completamente en la delicia de los momentos extraños pasados con Julio. El presente era por cierto, como se lo había dicho a Charito, conforme a su corazón.
Le parecía vivir en una transparente y maravillosa eternidad.
Y ahora Raquel dormía, la pobre Raquel que no olvidaba, ciertamente, la perversidad de Adriana, y que no había vuelto a hablarla desde la ocasión del penoso diálogo en casa de su tío.
Ahuyentando esta idea penosa, siguió divagando; algunas frases de Julio que tornaban murmurando a sus oídos, le hacían el efecto de una pura y permanente adoración.
¡Qué diferencia con las emociones experimentadas cuando comenzó su relación con Muñoz! Recordó un día en que éste le besó la mano con beso tembloroso, ardiente, de hombre enamorado que quiere imponerse por la audacia, y sólo despertó en ella un sentimiento hostil y ofendido... ¿Llegaría jamás a ofenderse, en cambio, cuando Julio le besara la mano con su modo distraídamente humilde? Adriana sintió algo semejante a la sensación de irrealidad que le sobrevino algunas veces, en la paz conventual, cuando se ponía de rodillas ante el Jesusito del claustro.