Chapter 6
--Sí--opinaba Carmen--pero ha guardado el secreto, jamás lo ha confesado a nadie, ni a nosotras mismas lo diría nunca. Fue tal vez el único amor verdadero de su vida y un recuerdo que se llevará ella a la tumba.
--¡Sí, tal vez!--murmuró Laura como atribuyendo una significación extraordinaria a la idea de Carmen.
--¡Bah!--intervino Zoraida--abuelita es demasiado sencilla para eso. Diles, Adriana, que no hagan fantasías de una cosa tan común. ¿Tú qué piensas sobre eso?
--Que posiblemente mi bisabuelo sí la quiso y se casó con otra guardándose la tristeza de no ser comprendido.
Era para ella una emoción deliciosa oírse consultar sobre la remota pasión de aquel antepasado.
--De todos modos--volvió a sugerir Carmen--el amor en los tiempos de abuelita tenía algo de más romántico, de que sé yo... Era posible entregarse completamente a la ilusión divina...
--Hoy también--murmuró Laura a media voz.
--¡Oh! En primer lugar, un caso como el tuyo es raro--replicó Carmen aturdidamente, sin sospechar el efecto terrible que iban a producir sus palabras. Tú lo has querido de veras a José Luis, es cierto, pero bien desdichada fuiste, Laura; y es que en estos tiempos, hija...
Enmudeció repentinamente, azorada y comprendiendo que había cometido una torpeza irreparable.
--¡Camucha!--gritó Zoraida como si hubiera experimentado un dolor punzante.
Todos miraron a Laura. Se había levantado con los ojos fijos en Carmen y algo indecible en la expresión. Adriana la vio palidecer y buscar un arrimo.
--¿Pero qué dijo Carmen?--preguntó Julio, yo no alcancé a oír, no alcancé a oír.
Laura se sonrió, le miró, se confundió más, y como nadie hablara, exclamó con desesperación:
--¡Dios mío! ¡Ahora supondrán que me impresiona el recuerdo de José Luis!
Dejó caer los brazos. Julio, en medio de la aflicción de todos, tomó un frasco con agua de colonia que pidió a Zoraida y empapando completamente su pañuelo quiso aplicarlo a las sienes de Laura. Pero ésta lo rechazó, sonriéndole de nuevo, y pidió que la acompañaran a su habitación. La llevó Zoraida. Esta volvió al poco rato y reprendió a Carmen.
--Como lo dijiste así, delante de todos, ella creyó que era una burla.
--No--replicó Carmen--fue por la impresión que le hace siempre acordarse de José Luis.
--Ella dijo que no, se desesperó de pensar que podía alguien interpretarlo así.
--Prueba de que ha sido por eso, o porque tú estabas presente, y como tuviste la culpa de que se rompiese el compromiso... como ella siempre piensa que tú has deshecho su felicidad...
Los ojos de Zoraida se llenaron de lágrimas.
--Perdóname Zoraida, todos sabemos que procediste con la intención de salvarla y nunca me atrevería a reprocharte nada. Pero sólo quiero explicarte... Estoy segura de que todavía lo quiere a José Luis. Dicen que pronto pedirá él una licencia y vendrá... Si eso sucede, Zoraida, tenemos que hacer lo posible, por lo menos, para que vuelvan a verse...
Adriana ignoraba todavía las circunstancias de aquel antiguo noviazgo de su amiga. Sin embargo, le pareció que tanto Zoraida como Carmen se equivocaban. Y antes de que otra sospecha se esclareciera en su espíritu completamente, fue a la habitación de Laura. La halló despierta, muy tranquila en apariencia; le acarició con ternura las manos y las mejillas, y sentándose a la cabecera de la cama, ya no quiso volver al comedor en el resto de la velada. Experimentó por ella un sentimiento nuevo, mezcla de afecto profundo y lástima indecible. Su solicitud hacía sonreír dulcemente a Laura.
--¿Por qué no vas al comedor?--murmuró.--Yo voy a dormirme ya.
--No, no tienes sueño y yo no podría conversar allí pensando que te quedas tan apenada.
--Ha sido todo casual, Adriana... El recuerdo de ese muchacho no me impresiona mucho. ¿Sabes una cosa?... Nunca me preguntes nada sobre eso... porque... no me lo preguntes tampoco... Movió la cabeza procurando sonreír.--De todos modos,--continuó--no podría ser sincera sobre esto. ¡Te quiero tanto, Adriana! Nunca he tenido una amiga como tú. Y siempre te querré, siempre... Hasta puedo decirte que eres mi única amiga. Hay cosas extrañas; ni tú ni yo seríamos capaces de confiarnos nuestras cosas íntimas, y sin embargo sé que tú me comprenderías. ¡Qué inteligente y qué buena eres!
--¿Buena?--Y una gran emoción agitaba el alma de Adriana y le impedía responder a tales demostraciones de cariño. En verdad ella también creía sentir que Laura era su única amiga.
En ese momento la imagen de Julio pasó por su espíritu, primero en la actitud inmóvil con que escuchara, las manos en los bolsillos, como si estuviera solo, la conversación sobre la abuela, y luego su cara de ingenuidad y de dolor, mientras empapaba su pañuelo en agua de colonia. ¡Cómo lo adoró, en ese instante! De pronto, levantándose, Adriana se inclinó sobre su amiga en un arranque de piedad, y la cubrió de besos hablándola al oído.
--Un solo favor te pido, Laurita querida... y ya nunca te preguntaré nada... ¿Todavía lo quieres a José Luis?
Y tenía un temor desesperado de que ella le respondiera que no.
Pero Laura apartó rápidamente la mirada, sonrió con su dulzura habitual, y abrazando la almohada, acomodó en ella su cara dolorida. Adriana ya no pudo interrogarla. A poco se quedó dormida. La pantalla verde, muy caída sobre la lámpara, en el velador, ponía grandes penumbras en el resto de la habitación. Detrás de Adriana estaba Carmen, que había entrado silenciosamente.
--Te voy a contar todo--dijo en voz baja y con el índice sobre los labios, como si quisiera atenuar el sonido de su propia voz. ¡Ah! Laura me mataría si llegara a saber...
Y una vez cerciorada de que se había realmente dormido, empezó:
--Es una historia triste. ¿Sabes por qué apenas habla con Zoraida? No ha podido olvidar... Ella tenía catorce años y se enamoró de José Luis Aguirre, que ahora es agregado o secretario en una Legación. Se querían muchísimo, pero de tanto como se querían llegaron a imaginar para ellos un amor ideal, algo que no tuviese nada que ver con las dichas vulgares. Les lastimaba cualquier cosa que rompiese el encanto que vivían. Eran dos criaturas sin experiencia, demasiado sensibles... como yo. Todo, seguramente, hubiera ido bien. La culpa fue de Zoraida. Ellos pretendían verse a solas, en secreto... Pero sólo por idealismo ¿sabes? por exceso de idealismo, sin malicia ninguna, eso te lo puedo jurar. Si yo creo que José Luis nunca llegó ni a besarla. Con mirarla, nada más, parecía que no cabía en sí de felicidad. Yo llevaba las cartas que se escribían. ¡Qué cartas más divinas, Adriana! No comprendía yo que pudiese Laura expresarse tan bien. Y no creas que usaba términos literarios, ni frases de libro; todo se reducía a confesarle sencillamente lo que sentía, lo imposible que sería olvidarlo nunca, sucediera lo que sucediera; y esto lo escribía con una confianza tan pura, y con tal modo, que ningún hombre, en el caso de José Luis, hubiera podido dejar de enamorarse, aunque Laura fuese una muchacha fea en vez de ser, como es, la más linda de nosotras tres. Yo entonces tenía doce años apenas y sin embargo la impresión de esas cartas no se me borrará nunca. Los dos me contagiaron la pasión que sentían, me hicieron comprender lo que era el amor.
--¿Y te enamoraste de alguien, también?
Carmen suspiró, con una sonrisa de pena y casi de reproche para Adriana.
--No, no encontré de quién. Quise enamorarme y me ilusioné bastante con un muchacho... ni te quiero decir su nombre, porque es un insignificante, me parece, aunque muy buen mozo. Rompí con él cuando quiso que nos comprometiéramos. Ese día medité mucho, y al fin saqué la conclusión de que no era él bastante inteligente para que no hubiera el peligro de que después me decepcionara... Pero verás lo que sucedió con Laura y José Luis. Se entendieron para pasar una temporada en la estancia de un tío nuestro; también él era amigo de nuestro tío y el año anterior había ya estado en la misma estancia. Pero Zoraida, que desde la muerte de mamá vino a ser como una madre nuestra, (abuelita ya estaba como ahora y Eduardo no se ocupaba de nosotras), Zoraida quiso ir con Laura, para vigilarla. Y era precisamente lo que la desesperaba a Laura, esa continua vigilancia, y que no pudieran los dos decirse una palabra sin que ella en seguida les pidiese cuenta. ¡Pobre Zoraida! Tampoco lo hizo por maldad, sino por temor de qué sé yo. Tú lo has visto, ahora tiene un miedo mortal por mí... aunque tal vez con más razón, porque yo si llego a enamorarme pierdo la cabeza... Dime, Adriana, ¿no puede ocurrir que un amor muy grande en apariencia resulte pura imaginación?
--Puede suceder, Carmen.
--¿Sabes la idea que muchas veces me da miedo? Llegar a casarme y después darme cuenta que no le tengo ningún amor a mi marido. Una podría resignarse, es cierto, resignarse a sufrir. Pero piensa por un momento que estando casada una se enamorara de otro. ¡Qué situación horrible! Bueno, Laura le suplicaba que en último caso la acompañara yo, los vigilara yo. Fue inútil, Zoraida le repetía que nuestra familia era muy desgraciada en el amor y que ella no tenía edad para enamorarse así. Al fin Laura se resignó a todas las condiciones, pero comprendiendo que iban a sobrevenir disgustos y que él se sentiría lastimado por la desconfianza de Zoraida. A la estancia fui yo también, naturalmente. Aquello se convirtió en un desastre... La estancia tiene un parque y hay una avenida de sauces altísimos, que llega hasta un riacho, como a media legua de la casa; es un sitio precioso, sobre todo en las noches claras. La luna sale, parece algo así como un plato de oro, enredado entre las ramas de los sauces; después sube, se pone arriba del árbol, tocando todavía las últimas hojas, y en la corriente del riacho se forma una claridad como si cayera oro en la corriente. Tú comprenderás qué divino era aquello con la serenidad de la noche, para dos enamorados como ellos. Se habían prometido pasear juntos en alguna noche así; pero Zoraida lo impidió siempre y hasta hizo frases irónicas, delante de los tíos, sobre el romanticismo de los chicos que todavía no saben pizca de amor. Laura le seguía suplicando y le juraba, por la memoria de nuestra madre, que él era bueno, que ni por la imaginación se le ocurría una mala idea. Era cierto; yo los espié durante una hora entera que estuvieron solos. Hablaron sin parar, ella más que José Luis. Y sólo cuando iban a separarse, cuando supusieron que podría advertirse la ausencia de los dos, se tuvieron durante un rato de la mano, mirándose sin hablar, ¡con una adoración! Y a mí me extrañó muchísimo, hasta me chocó, que ni siquiera se besaran. Pero ahora comprendo, era una pasión completamente pura. Ya se besaban demasiado con los ojos. ¿Qué piensas tú, Adriana? Un amor puramente ideal que no tenga algo por lo menos de humano, ¿será el más verdadero?
--Después te diré, no te interrumpas,--repuso Adriana.
--Bueno: Zoraida les molestaba siempre y vinieron escenas incómodas. Después... tú sabes cómo suceden esas cosas. José Luis se resintió y ella, extremosa como es, quiso a toda costa dejar la estancia y escribió a Eduardo pidiéndole que fuera a buscarla. Ya ellos mismos no pudieron entenderse como antes; además, se terminaban las vacaciones y como ella estafa todavía en la Santa Unión, pasó un año; él se fue a Europa y todo concluyó así... ¡Oh, es seguro! ¡La felicidad de Laura la deshizo Zoraida!
Carmen suspiró. Había hablado rápidamente, espiando con recelo la hermosa cabeza dormida de Laura. La luz de la lámpara, a través de la pantalla muy caída, envolvía con su reflejo verde el rostro y los brazos que se enlazaban desnudos a la almohada.
--¡Pobre Laura!--concluyó Carmen. Aunque tal vez ahora, cuando vuelva José Luis, todo podrá remediarse.
Adriana, conmovida, a punto de llorar, contemplaba a Laura. "Ninguna clase de felicidad sería demasiado para ella", pensó con una tierna piedad.
--¿Y Julio?--preguntó de pronto. Carmen tuvo un gesto de curiosidad, dudando sobre la intención de la pregunta.--¿Hace tiempo que es amigo de ustedes?
--Unos tres años.
Al cabo de otro silencio, Adriana se acercó más a Carmen y le tomó una mano. Acaso para arrancar su pensamiento a una obsesión penosa, se decidió a interrogarla sobre un tema que en otra ocasión no hubiera podido tocar sin sobrecogerse.
--Quiero que me digas una cosa, aunque te extrañe mi pregunta. Es sobre papá...
Entonces vio en Carmen aquella actitud de embarazo que había advertido, en las tres, el año anterior, al hacer alusión a su padre. Durante un minuto quedaron ambas calladas. Al fin Adriana insistió.
--¿Zoraida se impresionó mucho? ¿Ella sabía la pasión de papá?...
Carmen fijó en ella una expresión de sorpresa.
--¿Zoraida? ¡Por Dios!
Adriana se confundió:
--Te quería preguntar...
--¡Si no fue por Zoraida! Fue por mamá... ¿Tú no sabías? Le hizo mamá comprender que era una locura, un pecado... Pero después... después... cuando supo el suicidio de tu papá, ella murió a los pocos meses... ¡Pobrecita mamá! ¡Pobrecita mamá!
--Por favor, Carmen, no les digas que te he preguntado.
--¡Cómo te imaginas!
Y nunca más hablaron de ello.
Aquella noche, antes de acostarse, Adriana apagó la luz en su habitación y se dirigió a la sala. No tenía sueño; por el contrario, sentía como una exaltación de todo su ser, y una ansiedad confusa, un desorden en todas sus ideas; reaparecían en su espíritu las historias de amor evocadas por la abuelita de las Aliaga, luego la escena extraña en el comedor, la tragedia de Laura, la expresión de dolor en la cara de Julio; en seguida afluyeron también las imágenes de sus antepasados atormentados de pasión, y su abuela mística y sus éxtasis incomprendidos; todo desfilaba con una agitación de pesadilla y la rodeaba como de una atmósfera sugestionante. Andando a tientas por la oscuridad de la sala, abrió los postigos de la ventana; la luna puso en la alfombra dos cuadrados de luz. Algunos objetos emergieron, indecisos, y las caras de los retratos parecían manchas lívidas, suspensas en medio del marco dorado. Tenía todo algo de fantástico; se infundía en ella un ansia de cosas irreales. Se sentó en el radio de la claridad lunar. El silencio le llenaba los oídos con un gran eco vago. De pronto, pasmada, vio brillar en el aire un crucifijo; encima, una blancura fue tomando forma de dos manos juntas; asomó la palidez de una frente, ¡la cara de la abuela mística! Era su estatura extrañamente alta y traía un largo vestido diáfano. De sus manos juntas colgaba oscilando el crucifijo. Su cuerpo, como sostenido por alguna presencia sobrenatural, se fue arrodillando, muy lentamente, y sus ropas blancas se arrollaban en el suelo. La cara, tan blanca como la ropa, se puso en éxtasis.
Adriana retrocedió, no pudo gritar. El fantasma vacilaba, se anegó poco a poco su cuerpo en la penumbra, la blancura del rostro empezó a diluirse y al fin se extinguió también la apariencia de las manos juntas. Pero todavía por un minuto osciló el crucifijo, suspenso en el claror de la luna.
Al día siguiente, recordando esta visión, dudó si la había soñado. En cualquier caso era un signo de la ansiedad que se había apoderado de su alma ante la inminencia del gran amor.
XI
"He prometido a Muñoz una entrevista contigo. A tu casa no puede ni quiere ir, después de las incomprensibles actitudes tuyas. Además, creo que pretende, con todo derecho, saber si en realidad estás dispuesta a cumplir o no con tu palabra. Si la entrevista se realizara esta tarde, sería oportuno vinieras lo más temprano posible. Así en seguida le hablo por teléfono a Muñoz. No creas que me haya dado él la misión de convencerte en su favor, porque ni siquiera sabe que te reprocho tu inconsecuencia; sólo me emplea en este caso, como sincerísima amiga suya que soy, para obtener una entrevista naturalmente definitiva.--_Charito_".
Adriana leyó esta esquela y fue temprano, según los deseos de Charito. Pero en seguida le pidió que no llamara a Muñoz. Se sentía poco dispuesta para resolver tan grave asunto:
--Tú comprendes que yo empezaría por hablar alocadamente, como la otra vez, y toda reconciliación sería ya imposible, porque se trata, según creo, de una entrevista "naturalmente definitiva"...
--¡Decir--exclamó Charito--que las muchachas inteligentes y lindas como tú están destinadas generalmente a casarse con hombres de espíritu vulgar! ¡Y tú también habías de perderte así, por tontera, por falta de reflexión! Yo estoy segura de que a Muñoz lo quieres en el fondo; no podrías dejar de quererlo.
--¡Ah, en el fondo...!--repuso Adriana distraída.
Estaba lejos de la conversación y de la misma Charito. ¿Para qué había venido? Embargada por las influencias que la rodeaban asiduamente en casa de las Aliaga y viviendo como envuelta por una atmósfera de pasión y de encantamiento, la compañía de su "leal amiga" era algo que carecía de significación. Más que nunca tuvo la sensación de que Charito, como la familia de su tío Ernesto Molina y como su madre misma, no tenían conciencia de los grandes misterios... Y que tampoco la tenían las innumerables personas absorbidas por la vanidad de la vida mundana, devoradas por ella, agitadas como muñecos en la constante preocupación de figurar.
La conversación de Charito reflejaba toda aquella inconsistencia.
--¿Y qué haces?--proseguía.--En ninguna parte se te ve ahora. Las mañanas de Palermo nunca estuvieron tan bien como este año. Podrían verse allí todos los días; no queda un solo banco desocupado y en las avenidas y junto a los lagos desfilan los carruajes apretados, sin poder pasar, todos llenos de chicas que se saludan bajo las sombrillas de claros colores.
Adriana no pudo dejar de sonreír, comprendiendo que Charito, a quien no faltaban sus pretensiones literarias, buscaba las palabras escuchándose hablar.
En esto llegó Lucía Moreno, una amiga de ambas; venía acompañada de su profesora, Mlle. Ivonne, que le servía al mismo tiempo como dama de compañía. Lucía era, para Adriana, un ser mucho más interesante que Charito. Muchacha de unos diez y nueve años, elegantísima, alegre de carácter, llena de gracia espontánea, una continua sonrisa le jugaba en los labios y en los ojos negros. Y estos ojos tenían una suerte de malicia recatada, como si ella estuviese siempre, a pesar suyo, con la imaginación vagando en atrevidas y dulces ideas. Adriana se divertía, sobre todo, cuando peleaba con la profesora. Esta no podía comprender, en las muchachas del país, "la falta de lógica y la conducta atolondrada".
--Usted, le replicaba Lucía, sin enfadarse nunca, está para enseñarme idiomas y no para aconsejarme. Ya demasiado tengo con los consejos de papá, que tampoco me sirven para nada.
Adriana, fingiendo pensar como Mlle. Ivonne, la reprendía imitando la pronunciación extranjera, y con el mismo tono de severidad.
La señorita Ivonne se empeñaba en inculcar a Lucía nociones de literatura y de arte. Esa tarde quiso a toda costa que antes del paseo visitaran el Museo de Bellas Artes. Ella había accedido, pero con la condición de buscar a Charito, para pasarlo menos aburrido.
Cuando media hora después entraban en la sala de calcos, Adriana creyó soñar: de pie, con la atención reconcentrada en una escultura griega, estaba Julio.
--¡Qué notable casualidad, Charito querida! murmuró involuntariamente.
Pero en seguida sonrió, ocultando el sobresalto de su corazón. Y como Lucía se adelantara precisamente hacia Julio, la llamó, suplicándole viniera a sentarse con ellas en un escaño; podía de allí observarle a sus anchas. ¡Qué sorpresa tendría él cuando saliese de su contemplación!
--No digas nada, susurró al oído de Charito; pero a ese que allí ves, lo quiero y lo querré toda mi vida.
La miró Charito con aire extraordinariamente sorprendido, como si su amiga la humillara con esta inesperada confesión. Y mientras Lucía Moreno rehusaba sentarse, alejándose hacia la sala vecina, con la señorita Ivonne:
--¿Julio Lagos? No te hará caso, sé que es amigo de Muñoz, amigo íntimo.
En ese momento Julio se volvió y sus ojos se encontraron con los de Adriana. Pareció mirarla sin verla. Iluminándosele la cara, la saludó. Adriana sonrió a Charito, a manera de una seña para hacerle comprender a él que podía acercarse. Lo presentó a su amiga, quien le recordó que habían sido ya presentados, algunos meses antes.
Lucía se acercó también, con la sonrisa que le jugaba en los labios y en los ojos. Conocía a Julio de vista y por oídas. Tomó en seguida una actitud confiada y, enlazando la cintura de Charito, se apoyó en ella con dejadez familiar, lánguida. Parecía advertirle que reconocía en él a una persona de su misma clase sentimental; hizo que recayera la conversación sobre un tema galante. Su mirada acariciaba a Julio. Pero observando de pronto que entre éste y Adriana había "algo", puso una graciosa cara de susto y su gesto parecía pedir a Adriana, buenamente, que la disculpara de una torpeza involuntaria. Para hacerse perdonar del todo, quiso que la señorita Ivonne y Charito les dejaran conversar aparte.
Pero Adriana retuvo a la señorita Ivonne, fue con ella a ver la escultura que había contemplado Julio y leyó la inscripción: "Psyché".
--Mírela bien, Adriana,--dijo él acercándose. Es una figura de absoluta perfección material; las líneas de la cabeza y del rostro parecen sometidas a esa noción del arquetipo que inspiró a los griegos la ciencia y la armonía. Y su realidad artística, material, se desvanece, se pierde bajo una idea superior, como si la perfección visible fuese un simple apoyo para atraer la presencia de la espiritualidad misma.
--Eso está todo en la expresión, ¿verdad?--preguntó ella procurando interpretar el pensamiento de Julio.
--Sí, eso "se siente" en la expresión de las líneas y en la actitud, que revelan el rostro invisible, íntimo... Los griegos realizaron sin violencia tales prodigios por una extrema sutilización de las facultades artísticas y un divino equilibrio de la conciencia. En la época moderna los escultores procuran también revelar espíritus y símbolos, pero sólo logran hacerlo recurriendo a la deformidad, artificialmente, y así sus obras son casi siempre una caricatura. Nuestra época es incapaz de alzarse hasta la religiosa sabiduría helénica. Inútilmente algunos grandes espíritus han procurado enseñarla. Sus lecciones son voces solitarias, vagamente oídas. En cambio han nacido y prosperado, para interpretarla, teorías monstruosas. Se cree que los griegos adoraban "sobre todo" la materialidad y la forma. Pero éstas eran, evidentemente, simple medio para comunicarse con lo sobrenatural, belleza plástica intermediaria para ascender al arquetipo místico. Hasta se ha establecido una oposición imaginaria, absurda, entre el pretendido materialismo antiguo y los artistas cristianos del Renacimiento; y éstos se arrodillaron, sin embargo, ante el divino arte pagano, y los más grandes aspiraron, de la noción helénica, la divina placidez que había de irradiar en sus Vírgenes y en sus ángeles de amor; pero abrumados por la oscuridad de los siglos anteriores, hicieron el milagro sin llegar nunca a la suprema delicadeza que es el triunfo del arte antiguo y que lo pone en armonía con el movimiento de las esferas. El culto de una belleza absoluta y única, irradiando más allá de las apariencias, y en cierto modo más allá de los dioses, infundió en los artistas de Atenas la clarovidencia sobrenatural. Hoy fermenta el resabio de las barbaries oscuras en una violación innoble y pedantesca de las leyes eternas, las leyes que hicieron coincidir las líneas expresivas con el alma, así en esa suave Psyché.
--C'est peut être juste, c'est peut être juste, dijo Mlle. Ivonne, procurando acordar las reflexiones de Julio con las enseñanzas de la Université des Annales que ella frecuentara en su país.
Lucía Moreno se había acercado con Charito y escuchaba a Julio sin dejar de sonreír. Examinó la Psyché con cierta curiosidad respetuosa, procurando descubrir en ella todo aquello que Julio le atribuía.