Adriana Zumarán (novela)

Chapter 10

Chapter 104,055 wordsPublic domain

--Yo lo escucho, Muñoz,--dijo ella--y comprendo que si usted me hubiese hablado así en otro tiempo, no habrían pasado muchas cosas... No me parecería un desatino, al menos, esta pasión suya... Usted no es el de antes... Sí, un desatino. Usted no sabe, yo también he cambiado... A todos nos arrastra en el mundo una influencia, un no sé qué, somos pobres criaturas, créame...

Y Adriana no podía proseguir.

--¡Por favor!--exclamó Muñoz--Una palabra sencilla, clara, sincera...

Su espíritu hacía un doloroso esfuerzo para entender la nueva actitud de Adriana.

--¡Ah, si supiera con qué lealtad quiero hablarle!--repuso ella.--Y es que procuro explicarle, para que usted no interprete mal.

Si no concibo ahora su pasión, si me parece un desatino, es porque yo me engañé y pienso que usted se ha engañado también. Yo tengo la culpa, ya sé. Como le escribía esas cartas y como después me mostraba tan insensible y tan rara, usted mismo se avivó una pasión que tal vez no hubiera nacido nunca o se hubiera apagado pronto si yo me hubiese mostrado más sencilla, más vulgar, como realmente lo soy. No concibo tampoco que usted pueda quererme; se ha enamorado de una ficción, de un fantasma. Yo en mí misma soy tan sencilla... hasta soy buena ¿sabe? Usted se ha enamorado de mi maldad y por eso debe ahora olvidarme. Por que ahora... no sé si decírselo... pero ya Charito... no, nada. No me creerá si le digo que por usted sufro, sufro mucho.

Muñoz alzo la cabeza y la miró.

--¿Que sufre por mí?

Todas aquellas palabras de Adriana le impresionaban de un modo inaudito. Tenían algo desconocido, ardiente, y Muñoz sentía la proximidad de una explicación realmente definitiva.

--¿Que usted sufre por mí?

Y esta idea de que ella por él sufría, se agrandó en su imaginación desmesuradamente, llenándole por un instante de júbilo insensato. Creía soñar.

--Sí, Muñoz, continuó ella vacilante y como si realizara un gran esfuerzo para decidirse a pronunciar cada frase. Sufro mucho, daría no sé qué si pudiera borrar las perversidades que tuve con usted. ¡Dios mío! Si siempre hubiese sido leal... Porque yo, ahora, quiero a otro.

Se detuvo bruscamente, desolada, arrepentida de aquella confesión a que la había arrastrado un ardiente deseo de sinceridad. Muñoz palideció de nuevo, la mirada llena de espanto.

Hubo un silencio largo.

--¿Usted quiere a otro?...--pronunció él con voz lenta.

Ella hizo ahora un signo negativo, pero ninguna palabra salió de sus labios. En el silencio llegaban frases sueltas de la conversación de Charito y Lucía, en el saloncito contiguo.

--Sí, usted quiere a otro, a Julio.

--Escúcheme...

--Sí, a Julio, ya lo sé, lo siento.

--Escúcheme, repitió ella con modo afectuoso, casi tierno,--yo no merezco su cariño... Yo, Muñoz...

--Ah, esta será la escenita romántica, interrumpió él con una sonrisa de sarcasmo.

--Yo no puedo querer, ahí está toda la complicación, todo lo indescifrable. No busque otra causa. No es verdad que yo quiera a otro...

--¡No es verdad que quiere a Julio!

--No, no, continuó ella cada vez más agitada. Si le dije que quiero a otro ha sido... no sé, porque soy mala y necesito mentir a cada paso. Durante toda mi vida mentiré. Soy una coqueta vulgar. Engañar, para mí, ha venido a ser algo así como una necesidad. No guarde sobre mí ninguna ilusión. ¡Habrá tantas que puedan quererlo! Yo soy mala, he nacido y seré siempre mala. La coquetería es algo más fuerte que mi voluntad. Tal vez Charito le haya dicho ya que soy incapaz de hacer feliz a un hombre.

Se detuvo un momento, presa de una alteración cada vez más visible, y llamó gritando a Charito. Esta y Lucía acudieron asustadas.--Dime, Charito, ¿no es cierto que soy mala? ¿Te parece que soy capaz de un amor realmente puro, te parece que soy capaz de constancia? Sé sincera, Charito, no te quedes callada. Confiesa que yo no podría hacer la dicha de un hombre inteligente y bueno como Muñoz. Confiésalo, por favor. No quieres decirlo, pero te pones colorada. Sí, ya sé que por lealtad amistosa le has ocultado esto que tú no puedes dejar de pensar. Pero es preciso decir la verdad alguna vez. La verdad es santa. Si yo a Muñoz no lo quiero es porque soy mala, perdida para todo cariño verdadero. ¡Hay tantas mejores que yo! Lucía misma, sí, Lucía. A mí déjeme, no piense más en mí, abandóneme. No soy digna de que nadie, no, nadie, ponga su cariño en mí.

Y decía todo esto con un ardiente deseo de que él se desilusionara y dejara de sufrir.

Muñoz la miraba atónito. Apenas entendía aquellas frases precipitadas y llenas de emoción. Resonaban extrañamente en sus oídos y le aterraba en ellas un sentido oculto, impenetrable.

Al mismo tiempo atendía a la expresión y a la actitud de Adriana. Y Lucía y Charito también la contemplaban suspensas. No quedaba en su cara vestigio de la antigua gracia inquietante. Una hermosura nueva la revestía, maravillosamente, y bajo las sombras de sus pestañas brillaba la piedad.

De pronto, con el gesto de una criatura a quien reprenden, se cubrió con los brazos la cara y salió, precipitadamente. Charito se sentó al lado de Muñoz, descorazonada.

Un minuto después, en el penoso silencio, se oyeron gemidos ahogados que venían del saloncito contiguo. Era Adriana que sollozaba.

XIX

Iba a inaugurarse la nueva sección del Asilo de Nueva Pompeya. Charito pidió a Julio que asistiera a la ceremonia y procurase llevar también algunos amigos. ¿No era lamentable que los jóvenes inteligentes demostraran, en su mayoría, ese despego ahora tan general para las cosas del culto y hasta el mal gusto, a veces, de hacer ironías con la religión? Esto se lo pedía, pues, con un especial interés.

Adriana escuchaba.

--Comienza por avisarle,--intervino Lucía Moreno,--que también Adriana irá.

--No, a mí me ve todos los días, pero debe ir por la religión y por el encanto de Nueva Pompeya. Su iglesia se ve desde el tren como una miniatura. ¡Qué alegría, Julio! ¡Si usted supiera lo que me trae a la memoria!

Y evocaba la tarde en que llegara a la ciudad murmurando los versos melancólicos de "Christine" y la iglesia de Nueva Pompeya flotó suspensa en la lejanía de la sombra violácea.

--Y nos pondremos de rodillas, Lucía, en esa iglesia. Lo he soñado.

Preguntó a Julio si había estado alguna vez en Nueva Pompeya.

--Sí, el año pasado. Después de una semana de lluvias, el Riachuelo se había desbordado. Vi la inundación. Aquello es un arrabal de gentes muy pobres, que viven en ranchos o en casitas hechas casi todas con planchas de cinc y pintadas de verde y de rojo. Estas desaparecían bajo la llanura de agua; sólo asomaban algunos techos, que se iban poco a poco achicando. Por una calle más alta, que ya se había inundado también, navegaba una canoa, larga y chata; traía hombres y mujeres casi desnudos, salvados por marineros de la Prefectura. Iban echados sobre fardos de ropa y miraban mudos la llanura de agua que se perdía hacia la campaña del sur. Aquella escena, en un silencio mortal, hacía la impresión del diluvio bíblico.

--¿Y la iglesia?--preguntó Adriana.

--La iglesia, edificada en esa calle algo más alta, parecía por contraste una construcción enorme, una catedral. Y se tenía la impresión de que sobrenadaba, como un milagro. El agua corría ya por el pavimento del atrio, muy mansa, y lamía las paredes laterales. Algunos centímetros más y la creciente invadiría el interior de la iglesia. Estaba abierta de par en par, salía el olor del incienso quemado en la misa que oficiaban para conjurar el desastre. Pasó por delante la embarcación larga y chata; sus tripulantes vieron por un segundo el fondo de la iglesia, y brillar y desaparecer el altar cuajado de cirios.

La llanura de agua copiaba invertida la fachada del templo. Sobre la gran quietud vibró la campana en lo alto. Parecía una queja. El sonido se expandió, muy dulcemente, y cada vibración, resbalando del campanario, iba a besar la superficie del agua tranquila.

--¡Es como si lo estuviera viendo!--exclamó Lucía.

Adriana, después de escuchar algo que Charito le dijo en voz baja, se acercó a Julio:

--Nosotras iremos mañana a Nueva Pompeya para la primera misa.

--¿Como a las siete, entonces?

--Sí, pero naturalmente usted no irá tan temprano.

Él prometió ir para la misma hora, aunque difícilmente encontraría amigos que le acompañaran. Charito, condescendiendo, se conformó. Había concluido por abandonar la causa de Muñoz, porque tenía poco temperamento para sus afectos y para sus odios.

Adriana y Julio vivían ahora en una dicha excesiva y en esa zona de adoración anormal que embellece a los amantes y los hace caros a la muerte. Y no era la muerte, sin embargo, lo que se aproximaba a ellos en la invisible trama de los acontecimientos.

También Raquel, al día siguiente, quiso ir con Adriana y Lucía a Nueva Pompeya. Cuando llegaron amanecía. Vieron la iglesia alzarse por encima del chato caserío; un débil reflejo dorado, que no era todavía sol, tocó la cruz, y envolvía poco a poco el campanario; luego fue descendiendo por los ladrillos del muro, y pronto el templo entero y todo el arrabal se bañaban en la ligera claridad de oro.

Bajo el cielo que tomaba una tersura de esmalte, las miserables casuchas de cinc pintado parecían despertar al nuevo día con una indiferencia triste.

Aquella madrugada había helado, y chicos desarrapados, descalzos, se divertían saltando sobre la escarcha y contemplándose luego los pies horriblemente enrojecidos. El pobrerío se iba amontonando frente a la iglesia.

En el atrio charlaban grupos de mujeres con niños de pecho raquíticos, que gritaban de frío, sin inquietar por eso a sus madres. Un automóvil de librea, llegando como exhalación, paraba sin ruido frente a la iglesia. Damas abrigadas con pieles que les ocultaban el rosado rostro, bajaban difundiendo un aire de elegancia y de riqueza. Pasaban por en medio del pobrerío. Algunas distribuían al pasar, con una sonrisa compasiva, todas las monedas que hallaban en sus pequeñas bolsas, monedas que caían sobre aquella miseria como gotas al mar. Uno de los arrapiezos corrió a un almacén y volvió saltando de alegría; traía en la boca un cigarrillo y aspiraba el humo con fruición. De vez en cuando, una elegante muchacha se detenía en mitad del atrio para acariciar la carita sucia de un pequeñuelo y preguntar su edad a la madre; sus compañeras la llamaban riendo y en cuanto llegaban al dintel de la iglesia todas tomaban una expresión seria y recogida.

Adriana no quiso entrar en seguida. Le hacía una muy extraña impresión aquella escena, le pareció que nunca había comprendido el contraste de la opulencia y la miseria. Le chocaba la satisfacción fútil que se reflejaba en el rostro de las que habían vaciado su bolsa de monedas, para hacer caridad. "Sin duda, pensó, esto no me hubiera impresionado antes". Durante toda la misa, continuó pensando en el sufrimiento de la pobreza, en el drama sórdido que sin duda era la vida de aquella gente, aunque la terrible inundación del Riachuelo no les anegara la escueta vivienda. Más tarde, después de la misa, en la sala donde se cumplía la ceremonia solemne de la inauguración, Adriana no pudo poner atención a nada; oyó por intervalos el cuchicheo de las personas que tenía cerca de sí, el discurso de circunstancias que leyó una señora, en el estrado, junto al arzobispo, y todo aquello le produjo un efecto indefinible, algo así como sucede a quien despierto apenas no alcanza todavía a comunicarse con la realidad. Y tal estado de su espíritu no cambió cuando la gran concurrencia apiñada salió de la sala, haciendo bulliciosos comentarios que la aturdían, y demostrando un contento que resplandecía por igual en todas las caras. Se encontró con amigas. Tuvo que mezclarse a sus conversaciones, responder a las preguntas y a las alusiones gentiles; algunas le daban bromas con Muñoz, otras con Julio. Ella respondía al azar, equivocándose en las palabras, y hasta saludó dos veces a un señor que le presentó Charito. Tenía la sensación de que todas las gentes vivían ciegas en el mundo, asediadas por multitud de preocupaciones triviales que las absorbían y les quitaban el sentimiento de una realidad más profunda.

Iba cesando el rumoreo mundano. Las damas de la Comisión, después de conversar un rato con el arzobispo, salieron acompañándole. Sólo quedaban dos o tres grupos de personas. Uno de éstos lo formaban Adriana, Lucía y Julio. Charito, secretaria de la Comisión, se había reunido a departir todavía con las damas y el arzobispo, después de prevenir a sus compañeras que no debían irse sin ella.

Adriana miró a Julio. La avasalló un deseo ardiente de compartir con él todo lo que se agitaba en su alma.

Pronto Lucía los dejó solos junto a la iglesia cuyo atrio había quedado desierto.

--Escúcheme, Julio--comenzó ella--hasta ahora nunca he alcanzado a decirle lo que significa usted para mí...

--No importa, Adriana. Las palabras hubieran tal vez empobrecido la claridad que de usted me llega. A veces me imagino en el caso de no verla nunca más, y siento que continuaría queriéndola lo mismo, siempre. Aunque... si a usted la pierdo, Adrianita, viviré sin vivir.

--Ya lo sé, ya lo sé, pero escúcheme, tal vez pueda expresarme... Si ahora soy buena, lo debo a usted; seguramente es la mía una bondad transitoria, que sin usted moriría. Lo veo tan rendido a mí, tan humilde, tan bueno, cuando podría tenerme completamente dominada, subyugada, y ¡jugar conmigo como con una pobre criatura sumisa! No sé: a veces pienso que si yo pierdo toda clase de orgullo y de maldad es porque usted no quiere usar del imperio que tiene sobre mí. Y debe ser esta delicadeza suya la fuerza que más me domina. No, no se podría querer más, Julio, no existe dicha comparable a esta mía. A veces tengo miedo, se me ocurre que algo ha de sobrevenir para dañarnos, para deshacer toda esta trama de ilusión. Cuando estoy sola, en casa, siento impulsos de correr a buscarlo y sentirme suya y rechazar ese algo que podría quitarnos la dicha que quiero. Y ahora, Julio, aguárdeme aquí con ellas. No me diga una palabra, déjeme, voy a entrar en la iglesia. Voy a rezar ahora que todo el mundo se ha ido. No, no me diga una palabra, no podría resistir, ahora, una palabra suya.

Y corrió, muy alterada, hacia el interior del templo.

Un hombre de cabeza crespa y rojiza, vestido con traje de pana, andaba apagando los cirios en el silencio de la pequeña nave. Adriana buscó un rincón de penumbra y se recogió bajo una Virgen en cuya cara pintada groseramente habían figurado lágrimas de cristal. El hombre vino, caminando sin ruido; con su largo palo apagó, por encima de Adriana, los dos cirios que alumbraban el pobre altar. Ella se anegó en una vaguedad dulce y profunda. Murmuraban en su alma las sensaciones de aquellos días, y la asaltó el escrúpulo de que se juntaban a la unción de su espíritu vestigios profanos. Cerró entonces los ojos, apoyó la frente en los pies de la imagen.

Algo, poco a poco, la enajenaba, algo que ya no era sensación ni sentimiento, sus ideas se perdían hacia un fondo de claridad interior, infinita; un vago canto la transportó. Y la iba abandonando toda noción del mundo, en esta irradiación y en este vago canto; su propio ser se desvanecía...

Algunos minutos después abrió los ojos y se miró las manos llenas de lágrimas que no había sentido correr. Le pareció que había dormido un sueño de siglos y que en la profundidad de este sueño había experimentado un júbilo sin límites, intraducible por acentos de la tierra.

Atravesó de nuevo la pequeña nave. Casi no sentía el suelo bajo los pies. El hombre de cabeza crespa aguardaba a que ella saliera para cerrar las puertas del templo.

XX

--Puedes leerla también, ya no quiero tener ningún secreto para ti. Has vuelto a ser mi hermana querida.

Adriana, diciendo esto, retuvo a Raquel y leyeron juntas una carta que le habían traído de Muñoz. Le anunciaba su intención de irse al campo, por una temporada muy larga. "Hágame saber, concluía, si podrá recibirme en su casa. Es una súplica; en caso de no obtener contestación iré a casa de Charito, de todos modos, esta noche, por si usted resuelve hacerme la caridad de atender algunas últimas palabras mías".

--¡Pobre muchacho!--suspiró Raquel.--Pero tú no debes ir, porque sería alentarlo.

--No, no iré; no podría ir.

Y Adriana, entristecida, se cubrió la cara con las manos. Pero luego, tomando la carta se puso a romperla, lentamente, en pedacitos que echaba al suelo, uno por uno. Y su lástima se desvanecía en la sensación de su dicha.

Recordando que no habían convenido con Julio dónde se verían esa tarde, decidió ir a casa de las Aliaga. Acaso Julio estaba allí. Por otra parte, la anemia de Laura le había dejado una penosa preocupación. La recibió Carmen con aire muy alegre; pero esquivando su mirada parecía reprimir con trabajo las ganas de reír.

--José Luis, dijo al fin, viene ahora casi todos los días, ¿sabes?

La alegría iluminó también la cara de Adriana. Carmen comenzó entonces a reír con todas sus ganas.

--¿Se ha reconciliado con Laura?

--No, ¿por qué se te ocurre eso?

--Si dices que viene ahora todos los días...

--Pero Laura no es la única que puede inspirar amor... Imagínate: ¡ahora me festeja a mí!

--¡Te festeja a ti!

--Sí; Laura ya no le interesa... ¿Pero por qué te pones triste?

--¡Oh, no, no! Y Adriana le tomó las manos, procurando también reír.

--Los muchachos como José Luis--prosiguió Carmen--sirven para distraerle a una la pena del gran amor que nos hace falta. Es muy posible que venga hoy.

Hablando así la llevó a su cuarto. Se miró en un espejo, atentamente, y con la punta del peine hizo caer sobre la blancura mate de su frente una ligera mecha del fino cabello dorado. Se puso después un poco de rojo en las mejillas y humedeció sus labios con agua de rosa.

--¿Ves como estoy así más linda? No creas que tengo costumbre de pintarme; solamente me pinto cuando estoy demasiado pálida, como hoy, por una razón estética. No hago más que igualarme, igualar mi cara a la que tengo los demás días. Volviendo a José Luis, yo no pienso hacerle caso. Pero me hace mucha gracia oírle decir aquellas mismas cosas que en otro tiempo eran para Laura. No ha cambiado de vocabulario. Tiene todo un catálogo de galanterías preciosas. Pero verás. Ayer nos habíamos quedado solos. Empezaron las palabras dulces. De repente le interrumpo:--No, no quiero que me diga "eso". Se quedó él asombrado.--¿Por qué, Carmencita?--Porque "eso", textualmente, ya se lo escribió usted a Laura en una carta hace años. Se puso todo colorado. Un poco de caso le estoy haciendo, claro está. Pero no creas que Laura se ha resentido. Al contrario, me estimula. ¿Sabes que ahora tampoco la comprendo a Laura? Algo raro debe pasarle. Creo que a José Luis le tiene desprecio. Y está delgadísima, la pobre. Hoy llamamos al doctor Castro Fernández. Nos dijo que la anemia se agrava y que conviene llevarla al campo, en cuanto empiece la primavera.

Adriana sintió que el corazón se le oprimía.

--Ah, ¡cómo has podido reírte así!--murmuró casi sin voz.

Carmen también se entristeció. Pero pronto, animándose de nuevo:--Laura y Zoraida están ahora arriba con abuelita. Vamos nosotras al cuarto de Laura. La vi escribiendo hoy por más de una hora, en su diario. Puede ser que hallemos la llave del armario... ¿Comprendes?

Subieron. El diario estaba allí, sobre la mesita escritorio; Laura había olvidado guardarlo.

--¡Qué casualidad divina!--exclamó Carmen; y en seguida, ávidamente, se dispuso a leerlo. Adriana se sentó junto a ella, pero sus manos temblaban. En las hojas de aquel ancho cuaderno de satinadas tapas negras, presentía una dolorosa revelación.

En tanto Laura, recordando vagamente que había dejado el diario en la mesita, bajaba la escalera del vestíbulo. Pero se paró, indecisa, como retenida por una preocupación. Los hermosos ojos se quedaron mirando el vacío, con aquel su modo de juntar la negrura de las pupilas con la negrura de las pestañas. En su cara se habían afilado las líneas de la nariz, las sienes acusaban finamente el rasgo de las venas azules. Parecía una cara tallada en marfil.

Abajo el pesado péndulo del reloj llenaba la amplitud del vestíbulo con un ruidito inquieto, triste.

Laura siguió bajando. Pero cuando ya se dirigía a su habitación, donde hubiera sorprendido a las lectoras de su diario, oyó sonar el timbre de la puerta de calle. Entró Julio.

No cambió la mirada de Laura.

--¿Quiere subir ya? Algo enferma está hoy abuelita. ¿Por qué tantos días sin venir?

Y su voz, arrastrando ligeramente las sílabas, tenía un dejo resignado, manso.

Se sentaron.

--Usted también está enferma--murmuró Julio. Y mientras la iba observando, el sufrimiento de Laura se comunicaba a su semblante.

--Hoy Adriana no está, dijo ella. Hace días que tampoco viene... Ojalá llegara...

--¿Por qué, Laura?

--¡Se querrán ya tanto, usted y ella!

Era la primera vez que Laura, hablando con Julio, aludía a esta pasión.--Tal vez a usted le sorprenda oírme hablar así... o más bien... debe haberle llamado la atención de que únicamente yo no le diese nunca una broma con Adriana. Confiese que le ha sorprendido.

--Me hizo pensar, más bien...

--¿Lo inquietó? ¡Qué tontera! Yo esperaba, para darles bromas, y para ayudarlos, que se enamoraran los dos completamente. Antes de resolverme, en un asunto tan grave, quería comprobar que se trataba realmente de un gran amor.

--Esperaba usted eso... Y en caso...

--Sí, eso, convencerme de que había sobrevenido, para ustedes dos, la pasión ideal; que usted le daría efectivamente esa dicha que sólo se realiza para una muchacha entre miles que la hemos soñado y la estamos soñando con el mismo deseo, con la misma ternura... En fin, usted penetra en las almas con tanta fineza... Yo sé porqué se queda callado. Me hace gracia. En sus ojos lo estoy leyendo todo, Julio. Hasta la pena de seguir mirándome, para no traicionarse. Soy una perversa, le estoy sugiriendo cantidad de cosas que naturalmente le hacen sufrir. Es que me aburría tanto, hoy, y esta idea de que me llevarán al campo, por la anemia... Y como me aburría, me propuse hacer una experiencia; pero todo es broma... Ahora, seriamente: antes usted era para mí un amigo mejor, más franco, más bueno; los dos conversábamos con frecuencia, y llegué a verlo como mi amigo único, un amigo insustituible, casi como un refugio... Ya ve, ésta sí que es una gran confesión.

--¿Y he dejado de ser su amigo?

--Por lo menos ya no es el mismo. Yo me explico muy bien su adoración por Adriana, y yo a ella la quiero también, con toda mi alma. Y en mi cariño de amiga hay además un mérito que no tiene la adoración suya... Un mérito que usted ha de ignorar siempre...

--Ahora, Laura, usted me habla con ese modo de intimidad que me gustaba tanto... en las raras veces que usted me la concedía... Pero por la pena de verla tan delgada y con esa carita de enferma, no puedo hacerme toda la ilusión de que la amistad antigua continúa.

--Es por otra cosa que no puede hacerse la ilusión. Pero no importa, me parece divino que hablemos encerrados los dos en la reminiscencia de esa intimidad antigua.

Un brillo de febril alegría animó en un relámpago los ojos de Laura.

--¿Acaso ya no somos los mismos?

--Yo sí, Julio.

--No hablemos con enigmas. Usted cree, Laura, que mi amor por Adriana...

--¿Su amor por Adriana? ¡Ah! Usted anda despistado. Está imaginando cosas que no tienen ningún fundamento. Nada hay de lo que usted sospecha. Así, es inútil que me hable con ese modito de lástima.

--¿Pero qué sospeché yo? Le pido, le suplico que me hable con sencillez.

--No puedo hablarle con sencillez.

--¿Yo sospeché?...