Adriana Zumarán (novela)

Chapter 14

Chapter 143,999 wordsPublic domain

Pudo al fin hablar.

--¿Y tú, con esta tranquilidad, vas a casarte?

Adriana comprendió al punto su intención. Entonces la miró con fijeza; después, besándola, la empujó suavemente hacia su madre. Como si hubiese leído alguna trágica amenaza en el fondo de aquellos ojos que no cambiaron de expresión para los demás asistentes, Raquel retrocedió, ahogando un grito.

--¡Qué nervios tiene esa chica!--dijo alguien en voz baja.

Adriana se acercó a la mesa y escribió su nombre al pie del acta, con la naturalidad de quien pone su firma al terminar una carta. Muñoz, en cambio, tomó la pluma temblando, y no pudo ocultar su emoción en aquel instante que ataba para siempre a la suya la misteriosa existencia de Adriana.

Ella, terminada la ceremonia, llenó de licor varias copitas y sirvió ante todo a los empleados del Registro. El jefe, luego de agradecer y de pronunciar algunas respetuosas frases de circunstancias, hizo la misma reverencia que al entrar, y ambos se retiraron.

Después, por largo rato, nadie habló. Raquel seguía sollozando, y Charito la contemplaba intrigada, sin comprender.

Adriana estaba pensativa. La triunfante tranquilidad de su rostro había desaparecido. Empezó a oír en su interior, repetida como un estribillo, la dulce frase murmurada por Julio, pocos días antes, junto a la iglesia de Nueva Pompeya: "Si a usted la pierdo, viviré sin vivir". Pero esta frase no llegaba todavía a conmoverla. Porque la gravedad misma de los sucesos, había en cierto modo anulado su sensibilidad, tal como ocurre cuando atraviesa por el organismo vivo una corriente eléctrica que por demasiado intensa los nervios no la sienten pasar.

En el almuerzo, apenas comió. En seguida suplicó que la dejaran sola, declarando que no había dormido en toda la noche anterior y necesitaba descansar. Insistió, sobre todo, en que se marchara Muñoz. El señor Molina dispuso que nadie la contrariara. Ahora miraba a su sobrina con otros ojos, intimidado por ella y por el enigma de su actitud.

Adriana se echó vestida en la cama y durmió durante varias horas. Cuando quisieron despertarla no se movió. Parecía el suyo un sueño de muerte. Sin embargo, tenía las mejillas acaloradas y junto a la raíz de los cabellos brillaban pequeñas gotas de sudor. La dejaron dormir hasta el anochecer. Pero vinieron algunas de las pocas personas a quienes se había comunicado el casamiento. Contra las súplicas de Raquel, su madre logró, al fin, despertarla. Ella, con un ademán de desesperación, sin abrir los ojos, pidió que la dejaran. Escondió la cara en los almohadones y volvió a dormirse en seguida.

Soñó.

En la iglesia de las Victorias, iluminada con millares de cirios, ella salía por el medio de la nave, vestida de blanco. Su esposo era Julio, que le murmuraba al oído palabras ininteligibles. Llegaron a la calle. Vetas de sombra temblaban sobre los transeúntes, pero ninguno de éstos se paró para ver salir el cortejo; corrían y se esfumaban como fantasmas. En la plaza Libertad, los troncos de los árboles habían crecido desmesuradamente, las ramas formaban como una selva que se sumergía en un cielo borroso.

Subió con Julio al único carruaje que aguardaba frente a la iglesia. Vio al cochero levantarse en el pescante y castigar con todas sus fuerzas a los caballos, sin que éstos aceleraran su marcha ni se oyera tampoco el chasquido del látigo.

Procuraba Adriana, vanamente, recordar las circunstancias en que sin duda desistiera de casarse con Muñoz. Tampoco pudo recordar las personas que habían asistido a la ceremonia; sólo tenía presente la cara del cura, muy viejo y con cejas canosas sobre los ojos pequeños que brillaban inexpresivamente en las órbitas hundidas. Se parecía al sacerdote que la confesara días antes. Después de echarles la bendición se había inclinado sobre ella cuchicheándole maliciosamente al oído: "Con este no te casas por casarte".

El carruaje paró. Descendieron. Instantáneamente se vio con él en la sala nupcial. Había un gran lecho, muy ancho y muy bajo; brillaba indecisamente el moaré de los almohadones.

Y la idea de que Julio era al fin su esposo querido y que se hallaban juntos en aquella tibia intimidad, irradió en su espíritu como una gloria, sin rastro alguno de impureza.

Pero notó, sorprendida, que el traje de novia se le había desceñido por los hombros y se deslizaba sobre sus brazos desnudos.

Entonces cerró los ojos con un ligero espanto, a tiempo que la envolvía la sensación de una dicha excesiva. Ardiéndole el rubor en las mejillas, fue a sentarse en un sillón, de espaldas al lecho. Julio se arrodilló y comenzó a sacarle, delicadamente, los zapatos blancos. Ella sintió que su ser se diluía en una vaguedad semejante a la que había experimentado en algunos momentos extáticos, así junto a la Virgen en la iglesia de Nueva Pompeya, y le pareció que morir no sería sino prolongar por toda una eternidad la delicia de aquellos momentos. ¡Una eternidad para las manos que le quitaban con tan suave modo los zapatos blancos! Julio se incorporó y la miró con sonrisa extasiada; y como si hubiese entendido sus mudos y apasionados deseos, le tomó la cabeza en una caricia, y se puso a murmurarle palabras ligeras, humildes, que llegaron como una adoración a sus oídos. Después la besó en los ojos y en los labios. Adriana se oprimió contra él, con un deseo dulce de morir.

* * *

De pronto advirtió con inquietud que Julio ya no estaba con ella. Al mismo tiempo se abría la puerta de la alcoba; asomó una cara pálida, que se puso a mirarla con triste asombro. Reconoció a Laura y dio un grito. Pero Laura, precipitándose, se abrazó a ella. Todo el decorado de la alcoba nupcial desapareció en un remolino, y la figura de Laura fue sustituida por Raquel, que era quien la abrazaba y procuraba calmarla.

Entonces, despertando del todo, se le representó la escena de su casamiento civil con Muñoz.

--¿Me casé ya?--preguntó, con la instintiva esperanza de que no se hubiese realizado todavía la ceremonia. Pero entrando en la plena conciencia de la realidad, comprendió lo absurdo de su pregunta.

* * *

Al día siguiente, en medio de la agitación que trajeron los preparativos del acto religioso, ya no le fue posible apartar su pensamiento de la terrible obsesión. Muñoz ahora se le antojaba un extraño, un hombre a quien no hubiese tratado nunca. Su galantería solícita la hería como una ofensa, la idea de que era su marido se le hizo insoportable.

Iba la ceremonia a celebrarse, según sus deseos, en la casa misma. No hubiera tenido valor para casarse con Muñoz en una iglesia.

El señor Molina recorría, muy caviloso, las habitaciones de la casa, y al pasar junto a su sobrina, sin atreverse a consolarla, echaba sobre ella una mirada penetrante.

--¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!--murmuraba hablando consigo mismo, pero con el propósito de que ella, oyéndole, comprendiera que no le engañaba su apacible indiferencia exterior.

Adriana, sintiéndose a punto de abrazar llorando a su tío, furtivamente se retiró a su cuarto, sin advertir que Muñoz la seguía. Cuando de pronto se vio sola con él, tuvo, azorada, la tentación de huir. Dominándose, fingió que había entrado a su habitación para buscar algo en la mesita de luz. Pero él, acercándose, le enlazó la cintura. Adriana, pálida de susto, se defendió.

--¡No! ¡No, Muñoz!--exclamó sin atinar con lo que decía.--¡Si no ha venido el cura todavía!

Y llamó gritando a Raquel.

Muñoz retrocedió asombrado, inquieto. La sintió, como en otros tiempos, protegida por un gran resplandor.

--¿Vuelve a despreciarme, ahora?

Ella ensayó una explicación. Y dirigiéndose a Raquel que acudía:--Te llamé... para que le digas que no debe sorprenderse de algunas rarezas mías.

--Sí, venga, Muñoz, dejémosla.... Ella es algo enferma, ¿usted no sabe?

Y le miraba seria, enrojecidos por las lágrimas sus ojos verdes.

Muñoz obedeció. Pero su espíritu se había turbado y le asaltó la antigua sospecha de que Adriana jamás podría quererle. Por primera vez, después de la inesperada confesión de amor en casa de Charito, le intrigó el apuro singular con que se habían llevado las cosas. Recordó el motivo aducido por ella: demostrarle la sinceridad absoluta de sus palabras, quitarle toda sospecha de una nueva falsedad. Sin embargo, esta tierna precipitación no se avenía, por cierto, con su actitud subsiguiente, tan llena de silenciosas reticencias, ni menos con la enigmática aprensión con que había rehuido su caricia. ¿Eran desigualdades de su carácter, simples rarezas, como ella decía? Se sorprendió de no haber puesto la atención, hasta entonces, en la manera casi hostil con que le trataba Raquel. La felicidad sin duda le había traído una especie de inconsciencia, y más con el trajín de arreglar la casa en un par de días. Ahora le resultaba curiosa, por ejemplo, la tenacidad con que ella había rehusado el viaje de bodas a Montevideo.

Comprendió que el golpe de la dicha imprevista le había desquiciado y sumergido en una suerte de sonambulismo. Pero ahora se restregaba los ojos, al fin. ¿Qué significaba aquel aspecto caviloso con que el señor Molina se paseaba, desde hacía dos horas, por las habitaciones de la casa, sin hablar con nadie y hasta esquivando francamente toda conversación? ¿Por qué no relataba, con su flema de costumbre, anécdotas históricas? Aquella misma mañana Muñoz le había abordado, expansivamente, para consultarle sobre diversas compras propuestas por Charito.--Sí, sí, todo eso me parece muy bien, respondió el señor Molina, sin tomarse el tiempo indispensable para considerar la pregunta. Luego, sacando su reloj:--Hasta luego, amigo, tengo por ahí un asuntito.

Mientras tanto el cura no tardaría en llegar para consagrar la unión, y esa misma tarde iría él con Adriana, con "su mujer", a un chalet rodeado de viejos árboles, en las barrancas de Belgrano... ¿No lo habría soñado? ¿Era realmente "su mujer" esta criatura que le desdeñara y le humillara tanto y a quien durante los últimos meses no pudiera contemplar sino furtivamente, como un ladrón, en la penumbra de la iglesia del Socorro? ¿Era esta la misma Adriana que tantas veces resplandeciera para él, transfigurada, en la indecisión de una portentosa lejanía?

En tanto que su imaginación sobreexcitada la miraba regresar así al antiguo hechizo inquietante, no se preguntó una vez siquiera si era un bien o un mal su casamiento con ella. Por el contrario, perdido en las presentes conjeturas, experimentaba la inconfesable satisfacción de que este matrimonio era ya, de todos modos, un hecho consumado. Los largos deseos atados a su amor, las humillaciones devoradas en silencio, habían concluido por anular su dignidad de otro tiempo y por corromperle hasta en las raíces de su ser. Ahora el corazón le latía con violencia agitado por esta sola idea: "el cura no tardará en venir, Adriana será de todos modos mía". Y ya no quiso pensar en otra cosa.

Pero sobrevino un episodio extraordinario que impidió la realización del acto religioso.

XXVI

Apenas Adriana quedó sola, después de rechazar a Muñoz, entró en su cuarto Lola, para anunciarle con mucho misterio que abajo, en la puerta de calle, estaba la sirvienta de las Aliaga.

Ella palideció.

--¿Está sola?

--Sí, ha venido en un carruaje. Dice que trae un mensaje de la niña Laura.

Entonces, con el mismo ímpetu desordenado que pusiera días antes para resolver el casamiento con Muñoz, decidió ahora correr a casa de las Aliaga. ¿Qué pasaría a la pobre Laura? Acaso su anemia se había agravado...

--Oye, ordenó a Lola, dame el saco de piel, dame el sombrero gris, pronto, y no digas nada, tú no me has visto salir, tú no sabes nada de mí.

Dos minutos después, subiendo al carruaje, interrogó ansiosamente a la sirvienta de las Aliaga.

Esta la informó. Laura estaba en cama, muy enferma, y los médicos no lograban ponerse de acuerdo en las consultas; sin embargo, la fiebre, desde el día anterior, sin que nadie lo esperase, había cedido.

--Y ahora, niña,--agregó--quiere verla a usted, le ha entrado una desesperación por verla, le dijeron que usted se casa, pero ella porfía que no puede ser.

Por un momento, Adriana imaginó la confusión que se produciría en su casa cuando llegara el cura y la buscaran inútilmente. Pero esto le pareció de una importancia irrisoria; en su espíritu ya no había sino el anhelo de ver a Laura.

Cuando subió la escalera que una semana antes había bajado llorando, tuvo que detenerse en el rellano y oprimirse con las dos manos el corazón. Al cruzar el vestíbulo y entrar en el corredor que conducía a la habitación de Laura, la atmósfera de aquella casa en que había nacido su gran amor tan súbitamente perdido para siempre, y donde ahora acaso estaba muriendo su dulce rival querida, la envolvió como en una realidad ardiente. Le parecía de cierto modo revivir.

La habitación de Laura estaba ahí, a pocos pasos.

Había en toda la casa un silencio de muerte. Sacándose el anillo de Muñoz, sin saber por qué, se volvió a la sirvienta y le pidió en voz baja que lo guardara.

Parándose en el umbral, suspensa, lo primero que vio fue la cara de Laura hundida en el blanco almohadón. Sentado a la cabecera de la cama, Julio tenía una mano de la enferma entre las suyas. Una arruga vertical en la frente y las comisuras contraídas de sus labios, revelaban insomnios y noches en vela. Contemplaba a Laura adormecida.

Carmen, en medio de la habitación, preparaba un remedio mirando la copa al trasluz. También era otra, Carmen: parecía más crecida, más mujer; la aflicción persistente le había borrado del semblante la expresión infantil.

Adriana tuvo la sensación viva de todo lo que se había llorado en la casa durante la espantosa semana transcurrida. Y se sintió oprimida, avasallada por aquel dolor común. Volvió Carmen hacia ella, muy dulcemente, los ojos enrojecidos bajo la hinchazón de los párpados.

--¡Qué bien has hecho en venir!--dijo con la voz abatida y al mismo tiempo tierna, sin interrumpir la preparación del remedio.

Al oír hablar, Laura se incorporó, retiró vivamente su mano de las manos de Julio y tendió los brazos a su amiga. Adriana se precipitó, la besó una y otra vez, y parecía no tener caricias bastantes para aquella pobre cara devastada por la pasión y por el sufrimiento.

Laura sonreía.

--¡Qué miedo tuve de que no vinieras! Estoy muy enferma, ¿sabes? Me agravé más porque nos dijeron que te casabas con otro, con Muñoz. Es un cuento, claro está; pero pensar que se te pudiera ocurrir un desatino así, me afligió como no puedes darte idea. Tú has de casarte con Julio, todo eso que leíste en mi diario ya no tiene importancia. Te voy a explicar...

Carmen la interrumpió, para hacerle tomar la medicina ya preparada.

--Y no hables tanto, ahora; volverá a subirte la fiebre.

En esto bajó Zoraida para pedir a Julio que hiciera compañía a la abuelita. Era preciso tranquilizarla de cualquier modo; ya resultaban inútiles los esfuerzos que ella y Eduardo hacían para darle a entender que no tenía gravedad el estado de Laura. A toda costa quería que la bajaran en una camilla.

Pero Laura se opuso a que saliese Julio y suplicó, por el contrario, que la dejaran con él y con Adriana, pues entre los tres debían resolver un asunto aparentemente difícil pero muy sencillo en realidad. Era necesario aclarar toda mala inteligencia.

Zoraida y Carmen obedecieron, sabiendo que lo peor sería contrariarle aquel ansioso deseo que ella abrigaba desde el día anterior.

Adriana, que no había mirado a Julio una sóla vez, declaró a Laura que su casamiento no era un chisme, que se habían ya unido civilmente y que era ésta, por otra parte, la única solución que convenía.

Laura se incorporó, la miró con un gesto de sorpresa; una sombra de fastidio pasó sobre su cara adelgazada por la enfermedad y que parecía, más que nunca, tallada en fino marfil. Luego sonrió con incredulidad.

--Tú quieres engañarme. Piensas que esta mentira podrá contribuir a curar mi anemia. ¡Todo lo contrario! Si tu matrimonio de pacotilla fuera cierto, eso no haría sino empeorarme. Precisamente te llamé para impedir que te comprometieras con Muñoz.

Fue inútil que Adriana insistiera en convencerla. Laura, cada vez más incrédula, seguía burlándose.

--¿Y quién es Muñoz? ¿Tiene algo de común contigo, al menos? ¡Hacerle a Julio la afrenta de casarte con otro! Tu propósito lo adivino, pero no tiene ninguna razón de ser, porque Julio no es para mí sino un amigo, como tú. Óyeme: en un tiempo tuve celos, sí, te lo confieso. Ya lo habrás leído en mi diario... Y a propósito, ¡qué picardía la tuya y la de Camucha, ir a leer el diario de mi vida!

--Perdóname, Laura. Pero eso ha servido para que yo supiera a tiempo la verdad.

--Para mal tuyo y mío.

--No, porque todo ahora se arreglará. Tú te casarás con Julio; demasiado sufriste en estos meses, la felicidad final debe ser tuya.

Ambas rivalizaban, así, en el deseo de sacrificarse, y no parecían reparar en la presencia de Julio. Después Laura alternativamente los miró.

--Ustedes, prosiguió, son ahora para mí dos amigos, los quiero con un mismo cariño. Mi pasión, te lo juro, Adriana, ha terminado. Tus ruegos de que me case con Julio son así absurdos. ¡Ah! Pero por favor, pónganse los dos del mismo lado, me cansa mucho tener que dar vuelta la cabeza a cada rato.

Julio se levantó, la cara tranquila bañada en lágrimas, y obedeció.

--¡Y llora!--exclamó Laura conmovida. Es la primera vez que lo veo llorar. Tú lo has hecho llorar con tu cuento del matrimonio.

Adormecida por aquella mansa charla, Adriana se puso a pensar que junto a ella, anegado en la misma pena, estaba el hombre elegido por su corazón. Brillaron en su espíritu los maravillosos recuerdos. Se vio con él en la salita apartada del Museo, bajo el cuadro de la maja provocativa, y después de la intimidad de las citas que de tan mala gana les proporcionara Charito. Se representó también las graciosas actitudes de Lucía Moreno, con sus grandes ojos llenos de fina sensualidad y de malicia; y luego vio la ruidosa escena en que Carmen escapara al vestíbulo y arrojara a las manos de Julio el diario de Laura. Y esto y todo un tropel de imágenes pasaban ahora como a trasmano de su vida; porque al renunciar a su dicha, había renunciado también al deseo de la vida y del mundo. El casamiento con Muñoz era eso, un acto de renunciamiento. En verdad no se arrepentiría nunca de su decisión. Pero su alma se llenaba de amargura por la idea de que aquella separación hubiese ocurrido con tan áspera presteza, sin el consuelo de una despedida.

Y a él, ¿qué pensamientos le llenaban ahora el alma? Adriana se hubiese acercado a enjugarle el silencioso llanto con largos besos de ternura, para unir esta tristeza de su amor ya imposible a la piedad inmensa que le inspiraba su amiga enferma.

Ya se entraba la tarde, una de esas tardes templadas, casi tibias en mitad del invierno, que suelen suceder a una semana de frío intenso. Comenzaba a oscurecer. A través de los cristales y sus cortinas blancas, entraba con el crepúsculo una luz tan azulada, que el aire de la habitación y las caras se revestían de su azul.

--Y ahora--dijo Laura después de un silencio--les pediré un favor, muy en serio. Quiero que delante de mí, ahora que todo está explicado, y para que no haya entre nosotros ninguna cosa ambigua, se den los dos un abrazo de reconciliación.

Ambos quedaron inmóviles. Pero Laura insistió, suplicó, y al fin tendió hacia Julio su mano, voluntariosamente. Entonces él obedeció. Sintió Adriana repentinamente que el mundo y la misma Laura se desvanecían ante la realidad de Julio que acercaba a la suya la cara querida, como en el vivo sueño de la víspera. El exceso de la emoción la hizo palidecer, y oprimirse como un pájaro aterido. Le tomó él la cabeza entre las manos y la besó. Pensaron ambos que ya no volverían a verse nunca. Entonces se abrazaron con abandono, y ella apoyando la mejilla en la cara de Julio, sólo sentía un deseo dulce de morir.

En ese momento acudieron precipitadamente Zoraida y Carmen.

--¡Ha venido un hombre, no sabemos quién es!

El desconocido visitante estaba en el vestíbulo. La sirvienta, que no había podido detenerle, trajo la tarjeta. Leyeron el nombre: "Ricardo Muñoz".

Se le oía pasear en el vestíbulo.

--Ha sospechado que estás aquí, dijo Zoraida, pero es de todos modos un atrevimiento. Y dirigiéndose a la sirvienta:--Dile que no estamos para nadie, que hay enfermos.

Adriana se hincó de rodillas y escondió el semblante entre las ropas de la cama.

--¡Ahora lo sabremos todo!--dijo Laura con resolución.

Y contrariando la actitud de su hermana, llamó gritando tan alto como pudo con sus débiles fuerzas:

--¡Muñoz! ¡Señor Muñoz!

--¡Estás loca!--exclamó Zoraida azorada. ¡No podemos dejar que entre aquí!

Pero ella siguió llamándole.

--¡Entre, Muñoz!

Apareció, su cara se iluminó también con la indecisa claridad azul. Traía el cabello revuelto y miraba con extravío a las muchachas fantásticas. No cambió su expresión a la vista de Adriana, ni pareció sorprenderle la presencia de Julio.

Laura le saludó gentilmente y con un gesto le indicó que se acercara. Pero él, rígido en el umbral de la puerta, parecía querer pronunciar una frase, sin conseguirlo. Laura le observaba ahora con una curiosidad infantil.

--¿Podría la sirvienta--dijo Muñoz al fin--acompañarla a su casa?

--¿Por qué, señor?--le preguntó Laura.--¿Usted no sabe que Adriana quiere a Julio?

--Cállate, Laura, por piedad, interrumpió Zoraida, no sabes lo que dices.

--No, déjame hablar, él comprenderá, necesito explicarle.

--¡Te subirá la fiebre!

--Zoraida, déjame hablar, te lo pido.

--¡Te subirá la fiebre!

--Al contrario, Zoraida; si no permites que hable, la desesperación me matará. Aquí hay un verdadero contrasentido. Considere un momento, señor Muñoz, que Adriana sólo se casaría con usted por la compasión que yo le inspiro y es capaz, para llegar a este fin, de haberle fingido que lo quiere.

Laura hablaba exaltada hasta la pureza de una sinceridad diáfana, mientras Muñoz, adusto, con los ojos bajos, apretándose las manos, parecía aguardar, impaciente, que ella concluyera.--¡Y no se conmueve! continuó Laura. Los hubiera visto un momento antes de que usted llegara. ¡Con qué pasión dolorosa se besaron, obligados por mí!

Sacudido por estas últimas palabras, Muñoz se adelantó, sin responder a Laura, y tocó el hombro de Adriana. Pero su gesto autoritario no correspondía al verdadero estado de su espíritu. Temblaba de inquietud, y la noticia que tan bruscamente le daba Laura, el beso a Julio, sólo alcanzó a herirle la imaginación.

Su amor propio había muerto, estaba dispuesto a pasar por todo para conseguir que Adriana le siguiera. A ser necesario, se habría humillado hasta arrastrarse a sus pies o hasta suplicar al mismo Julio que intercediera para convencerla. Porque la deseaba.

Pero ella obedeció, ajustándose el sombrero para marcharse.

--¡Cómo!--exclamó Laura sorprendida. ¿Usted pretende imponerse? ¡No! ¡Déjela! ¡Perverso! ¡Pícaro!

Adriana acalló sus palabras con una caricia, y luego hizo a la sirvienta seña de seguirla. Y salió, después de besar, rápidamente, a Zoraida y a Carmen. Sus pasos y sus sollozos resonaron en la escalera del vestíbulo.

Muñoz, saludando, se retiró también.

Laura había enmudecido, dándose cuenta de que los dos eran ya, efectivamente, marido y mujer.

* * *

A través de los cristales entraba todavía el resplandor de la luz azul, pero ya muy velado por la indecisión que ponían las tinieblas. Julio estaba otra vez a la cabecera de la cama, y tenía una mano de la enferma entre las suyas. El rumor de la ciudad llegaba en el silencio como la resignación de una lejana queja. Y la cara de Laura, sobre la blancura de los almohadones, parecía diluirse cada vez más en la penumbra azul.

EPILOGO