Chapter 13
--Óigame... Todo lo anterior, lo que ha sucedido en estos últimos meses, ha sido farsa, pura coquetería de mi parte, por ver si usted de veras me quería. Tal vez lo hice inconscientemente. Usted sabe, las mujeres somos tan raras... A lo mejor no nos conocemos nosotras mismas. No conseguimos saber si queremos o si no queremos. Para saberlo, hacemos experiencias con nosotras mismas. ¡Ah! Son experiencias que suelen costarnos caras. Pero Dios debiera perdonarnos tanta perversidad. Porque... mire, fingir es una defensa contra la posibilidad de engañarnos. Fingimos indiferencia, fingimos que andamos enamorándonos de otro... Y yo le explicaré, para que todo se aclare. No, no me interrumpa, aguarde un poco, por favor. Los otros días, cuando lloré, usted hubiera debido adivinar que comencé llorando como fingimiento, para concluir llorando por la idea de que no podía dejar de hacerle sufrir... Me dominaba el espíritu de la perversidad. Es espantoso cuando una se siente así poseída por esa maldad extraña... No fui yo, fue mi maldad la que le ha simulado indiferencia, la que ha buscado el amor de Castilla, la que le ha hecho sufrir. Perdóneme, Muñoz, a usted lo quise siempre y ya es tiempo de que nos comprendamos. Se lo exijo... se lo pido.
Muñoz la miró con asombro. Después, levantándose, llamó con voz muy alterada a Charito y a Lucía.
--No podrían ustedes imaginarse lo que ella acaba de decirme. Con seguridad se trata de una nueva farsa, parecida a la farsa de las cartas... parecida...
Se interrumpió de golpe y las miró, ruborizándose y como arrepentido de haber provocado una situación incómoda.
--Tenga más calma, Muñoz, dijo Adriana con dulzura. Siéntese aquí, al lado mío. Y ustedes perdónenle. ¡Ha sufrido tanto por mi culpa!
--¿Pero qué lío es este, Adriana? interrogó Charito con aire de sorpresa y de reproche.
--Ya lo sabrás, cuestión de algunos minutos. Todo se aclarará. Ya lo sabrás también tú, Lucía, aunque sospecho que también te estabas enamorando un poco de Muñoz... ¿Qué le decías, con tanto mimo, cuando yo entre? No, no quiero saberlo. Te lo perdono y ahora te pido por favor que no digas nada, que no nos interrumpas. Tú también, Charito. Venga aquí, Muñoz, venga.
Volvió él a sentarse. Las manos le temblaban. Sus facciones tenían una expresión de pasmo. Nunca la había sentido más lejos de su alma, ni más inasequible. Su instinto percibía una misteriosa falsedad en aquella sumisa actitud de Adriana.
--Si usted me hubiese escuchado hasta el fin, prosiguió ella, nos habríamos ahorrado esta interrupción tan desagradable. Déjelas conversar allí, mientras no solucionemos el asunto. Me es horriblemente penoso tener que emplear tantos argumentos. Óiga... para no gastar palabras inútiles y sobre todo para no hacerle afirmaciones que usted puede poner en duda, no he de repetirle que lo quiero... pero en cambio le propongo algo que será una prueba decisiva de mi sinceridad.
--Adriana, deje primero que le haga una última súplica. Si no fuese verdad lo que me dice ahora, si esas palabras, que me parece oír soñando, fuesen como aquellas cartas que usted desmentía siempre, después de escribirlas... o si no está segura de hablarme con sinceridad, como lo asegura, yo le pido, yo la conjuro... No, un golpe más yo no podría soportarlo.
--Por eso, para que usted pierda toda mala sospecha, para que no quede la posibilidad de un engaño y todo se aclare por sí solo, voy a proponerle, si acaso usted no ha empezado a despreciarme, que nos casemos... No es el antiguo compromiso que yo exigía lo mantuviéramos secreto; la prueba que quiero darle es inmediata, ya mismo, en estos días. Pídame mañana a mamá... Aunque es inútil, ya le he dicho yo a mamá que nos casaremos en seguida si usted no hubiera desistido. Disponga de mí. Le suplicaría que nos casáramos cuanto antes. Soy suya, enteramente suya. Iremos los dos, usted y yo, a la gran felicidad, a esa gran felicidad que soñé, que soñé tanto en estos días, y rezando delante de la Virgen, en la iglesia de Nueva Pompeya...
Dijo con exaltación las últimas frases, palideciendo. Muñoz la contemplaba sin poder hacerse a la idea de que sus angustias concluían y de que Adriana sería suya.
--¡Adriana! ¡Adriana!
Ella se quedó como extática, cayó de rodillas, pero casi dando la espalda a Muñoz. Alzó la mirada, juntó las manos en actitud de apasionado arrebato; le caían lágrimas de los ojos fijos. Mientras pronunciaba las palabras decisivas que le apartaban de Julio para siempre, en medio de la sombra de su congoja una especie de júbilo le nacía, como una luz, y le bañaba el semblante. Muñoz, maravillado, creyendo soñar, tomó entre las suyas aquellas dos manos juntas.
--¡Adriana! ¿Puedo creer a mis ojos? ¿Puedo pensar que esta alegría es alegría de su ternura por mí?
--Sí, Muñoz. A usted lo he querido siempre, lo he querido siempre.
Pero ella ya no estaba en sus palabras, y ni siquiera sentía el contacto de las manos de Muñoz.
XXIV
La madre de Adriana llamó con urgencia a Ernesto Molina para pedirle consejo. Por más que siempre consideró a Muñoz un marido ideal para su hija, le alarmaba grandemente la repentina decisión de casarse con él después de haberle burlado por otro. Informó a su hermano, minuciosamente, acerca de las circunstancias que ella conocía.
--Tú podrías interrogarla--añadió--contigo fue siempre más "dada". Cuando Raquel o yo procuramos hacerla hablar, ella suplica que la dejemos, que las cosas marcharán así mucho mejor, y para bien de todos. En fin, yo nunca he tenido de sus asuntos más noticias de las que hubiera podido recibir un extraño. Tú comprenderás, hace tiempo he perdido sobre ella mi autoridad de madre. Por cierto, en estos últimos meses cambió mucho; se hizo muy buena y muy compañera con Raquel. Antes casi no se hablaban. No sé si ahora Raquel me oculta algo. Eso de volver a comprometerse así, de un día para otro, y pretender que ha de casarse ya mismo, podría significar un simple capricho. Yo no pasaría tanto cuidado si Raquel no anduviese preocupada ella también. "Tú no intervengas para nada--me ha dicho hoy--si algo grave le sucede, no serás tú la que pueda remediarlo". Y así las dos me dejan con las manos atadas.
--Y por el mismo Muñoz, hija, ¿nada has podido averiguar?
--Pero si él sabe menos que yo, ni está en estado de preocuparse. Ayer me tomó aparte, me dijo que era el hombre más feliz de la tierra y Adriana su Dios. Parece que no podía resignarse a que ella le dejara. Anda todo el día en la calle, arreglando las cosas, comprando muebles. Ha tomado casa en Belgrano, sobre la barranca; me llevó a verla, es un chalet precioso. Adriana, en cambio, no fija su atención en nada. Ayer habían salido los dos con Raquel y con Charito González y a la media hora volvieron. Adriana se sentía mareada, les pidió que la dejaran sola y se ocuparan ellos de todo. Después tomó un libro, estuvo dos o tres horas con el libro abierto en la falda sin volver una hoja. En fin ¿qué piensas tú?
Ernesto Molina meneó la cabeza.
--Esta muchacha se casa por lástima.
Pero la viuda de Zumarán no pensaba lo mismo.
--Cuando ella le dejó, no te puedes imaginar su indiferencia: le ha visto humillarse, llorar, y como si tal cosa. Muñoz no la preocupaba un chiquito.
--¿Y ahora se casa con él?... Algún despecho, entonces.
--Eso sería más posible, ¿ves? Pero entonces sabe Dios lo que puede suceder.
La insinuación de su hermano abrió del todo la vieja herida de su corazón, y con voz que temblaba refirió cómo Adriana se veía con Julio Lagos, no sabía ella desde cuando, en casa de las Aliaga.
--¿Y Adriana visita a las Aliaga?
--Sí, yo he venido a saberlo no hace mucho.
--¿Pero tu hija conoce aquello?...
--Tampoco podría decírtelo. Tú comprenderás que hacerle una revelación semejante... ¡Ah! Lo que más me asusta es pensar que de esa casa podría venir otra vez, para mí, alguna gran desgracia.
--Son gente algo rara, como lo fue tu marido, y los abuelos de tu marido. Todos han tenido fama de raros.
--Y anda Adriana con ese mismo aire de misterio que tenía Zumarán antes de matarse por la viuda de Aliaga.
--No seas supersticiosa, hija.
--Es que tú no sabes, ella ha salido a su padre.
--Nunca me pareció, a la verdad, sino una chica muy inteligente, muy discreta...
--Porque contigo siempre se ha hecho la niña mimada... Te repito que ha salido a su padre en todo. Extremosa, llena de fantasías, inquieta, siempre soñando locuras.
Asomaron a sus ojos lágrimas de recelo presente y lágrimas que le hacía derramar la visión lejana de la tragedia: el cadáver de Zumarán tendido en el suelo, el revólver en la mano y un redondel de sangre formando como una aureola a la cara lívida.
El señor Molina se quedó perplejo. Era incapaz de afrontar situaciones reñidas con el carácter de los hechos comunes y con su criterio rectilíneo de viejo patricio. La herencia del antiguo convencionalismo español había encuadrado sus ideas en fórmulas precisas, limitadas, que no permitían la intervención de sentimientos ajenos a la naturaleza de los suyos. El suicidio de su cuñado lo confundió, muy sencillamente, con los actos incomprensibles de la locura, actos que debía tapar el silencio. Uno de sus principios era precisamente la conveniencia de evitar el escándalo, y hasta las alusiones a cualquier suceso que no estuviera en el orden.
Ahora, para el caso de Adriana, su extrañeza y su perplejidad eran producidas por la precipitación con que iba a realizarse el matrimonio. No hallaba, en su experiencia, un hecho análogo que pudiera servirle como elemento de juicio.
--¿Dónde está Adriana?--preguntó.
--De un momento a otro la verás, está por salir con Raquel, para la confesión.
Ambas, en efecto, aparecieron. Adriana, sin hablar, abrazó y besó a su tío. Parecía mucho más tranquila que Raquel, cuyos ingenuos ojos verdes tenían algo de doloroso y de adusto bajo el triángulo de blancura que dejaban sobre su frente los cabellos lacios.
Como Adriana, un momento después, quisiera marcharse, el señor Molina la retuvo.
--Si no tiene apuro, hijita, venga para acá. Ya sabe que siempre la he querido como si fuese mía. ¿Qué anda ocultando en esa cabecita?
Ella le echó una rápida ojeada. Hizo visiblemente un gran esfuerzo sobre sí misma, y dijo riendo:
--Dale la carta, Raquel, que llevábamos para poner en el primer buzón. Era para usted, ábrala.
Pero se sentía algo de penoso en la tranquilidad de su actitud, en su sonrisa misma y hasta en el descuido con que se había puesto el sombrero de fieltro.
En la carta le pedía, con mucho mimo, que accediera a servirle de padrino.
Pero como él comenzara de nuevo a interrogarla, Adriana le miró seria y cariñosamente:
--Tío, estos asuntos no tienen explicación.
Bajó los ojos, nerviosamente se ajustó el sombrero, tomó a Raquel por la cintura y ambas salieron.
--¿Viste? Contigo también ha cambiado.
El señor Molina, inquieto, asombrado, se puso a cavilar en silencio. Aquella sobrina que tanto quería y tanto había regalado desde pequeñuela, surgía ahora para él, repentinamente, como un mundo cerrado. Pero tampoco hubieran podido esclarecerle el misterio las más francas confidencias. En su espíritu no había, decididamente, puntos de apoyo para apreciar las razones íntimas que movían los actos de Adriana.
--Debemos dejarla hacer--declaró al fin--ella sabe de sus cosas mucho más que nosotros.
* * *
No quiso Adriana ver a su confesor ordinario, en la iglesia del Socorro. Prefirió un desconocido; acudió a la capilla de las Victorias. Vino un sacerdote viejo, algo encorvado, con cejas canosas, espesas, sobre unos ojos muy pequeños que brillaban inexpresivamente en las órbitas hundidas. Se metió, sin mirarla, en el confesionario, y comenzó a formular preguntas, rápidamente, sin atender casi a las respuestas que recibía. Raquel, mientras tanto, había ido a hincarse, descorazonada, cerca del altar.
Adriana tenía prisa de concluir cuanto antes. Generalmente, cuando iba a confesarse, la dominaba una impresión de misterio, y cierto receloso pudor le impedía referir nada relacionado con los secretos íntimos de su conciencia o con los pecados que más la inquietaban. Ahora, en cambio, le parecía cumplir con una obligación pueril, superflua. Sentía una especie de fría hostilidad en las caras de las imágenes y en el brillo de las cruces doradas. Sin hacer mayor memoria de pecados, respondió brevemente a cada pregunta que oía musitar al sacerdote.
Iba a levantarse, cuando sin saber por qué murmuró:
--Padre, me olvidaba decirle que me caso por casarme.
El sacerdote requirió una explicación. Pero Adriana, arrepentida, repuso con indiferencia:
--Sí, por casarme, como se casa casi todo el mundo, padre.
El sacerdote la absolvió.
Ella llamó a Raquel. Regresaron a pie, cortando por la plaza Libertad para seguir por la calle Cerrito. Pero a mitad del camino Adriana quiso doblar hacia la izquierda, una cuadra, para cruzar la Avenida Quintana. Y allá en el fondo del paseo arbolado, vio asomarse la iglesia del Pilar, aquella iglesia pequeña, que más de una vez, bajo el oro del otoño en las hermosas tardes, ella contemplara desde la casa de las Aliaga imaginando idilios con Julio. ¡Cómo se habían alejado de pronto, hacia una irrealidad extraña, aquellos tiempos! Ahora le parecía otra, la iglesia del Pilar. A la distancia, en la fuerte claridad del día sereno, su apariencia atónita, simple, tenía para ella algo de hostil, como algunos minutos antes, en el templo de las Victorias, las caras de las imágenes y las cruces doradas. Adriana apresuró el paso, con una amargura sin nombre. No hablaron una palabra en el camino. Pero estaba Raquel decidida a saberlo todo y calculaba el momento más propicio para interrogar a su hermana. Había notado que todo lo hacía como en una especie de alucinación, y comprendía que marchaba al casamiento con la muerte en el alma. Era preciso disuadirla a toda costa, salvarla.
Esquivando al señor Molina, entraron ambas en el dormitorio de Adriana. También ésta sentía ahora la necesidad de un desahogo y sus palabras se anticiparon al deseo de Raquel. Arrojó sobre la cama, con un gesto de desolación, la piel y el sombrero, y empezó a contarle, minuciosamente, lo que había ocurrido tres días antes en casa de las Aliaga. Cuando refirió cómo ella y Carmen fueron sorprendidas por Laura en la lectura del triste diario, a Raquel se le anublaron los ojos y por largo rato quedó muda, sin acertar con la manera de encarar la situación. Al fin, en voz baja, mirándola atentamente y como si procurase arrancarla de un mal sueño:
--Pero de cualquier modo, tu casamiento es un absurdo. ¿Qué obligación es esta de casarte con Muñoz?
--¡Oh, repuso Adriana, tú no relacionas las cosas, no sabes, no te pones en mi caso!
--¡Y casarte así, con este apuro, a la carrera, como si te persiguiera la muerte!
--La muerte mía no, pero sí la muerte de Laura. De casarme con Julio, Laura se moriría.
--¡Cómo exageras!
--Tú no la conoces, supones que se trata de una novelera. Al contrario, hay en ella una sinceridad absoluta para consigo misma, y en todas sus cosas tiene la reserva y la discreción más delicadas. Pero llena de alma como es, lo cifró todo en el amor y el amor no ha tenido piedad para con ella.
--En cualquier caso, Adriana, casándote con Muñoz no remediarás nada.
--¡Oh, sí!
--Julio te quiere a ti, te quiere locamente. ¿Cómo puedes imaginar, entonces, que se casará con Laura?
--En realidad, no se trata de que se case con Laura.
--¡Pero entonces cada vez te comprendo menos!
Y Raquel, acalorándose, procuró convencerla de que si ella se casaba con Muñoz y Laura se quedaba sin embargo sin el amor de Julio, su sacrificio sería un desatino inútil.
Adriana, sin responder, hizo un gesto de cansancio. Sus ojos anegados de tristeza parecían explicarle todo lo que no podía decir con palabras.
Pero Raquel insistió, y volviendo a su tono persuasivo, suave, le pidió que al menos postergara el casamiento hasta una semana más.
--Que no sea este lunes que viene, sino el otro.
--¿El otro lunes?
--Sí, no te pido más.
--Tú quieres ganar tiempo. Postergarlo hasta una semana...
--Te lo suplico.
--No, si el casamiento se postergara tres días, nada más que tres días, tal vez ya no me casaría, estoy segura. Óyeme... Precisamente, una de las ideas que me aterran es la de no tener valor para ir hasta el fin.
--Ah, ¿de modo que quieres tú misma atarte las manos?
--Ya no me casaría; y por el contrario, me daría horror el pensar que me caso con un hombre sin quererlo.
--Pues entonces, yo se lo diré todo a mamá, y a tío, para que no te permitan cometer esta locura.
--No lo harás.
--Te juro que lo haré.
--Raquel, si llego a sospechar, por cualquier palabra de mamá, que le has contado algo, haré una locura peor. Oh, no me, conoces.
--Por mi vida, por la vida de mamita...
--No, no me supliques nada.
--¡Casarte con Muñoz queriéndolo a Julio tanto!...
--Adorándolo, como no podrías formarte una idea. Por eso, si no me casara con otro, para poner cuanto antes una barrera delante de mí, sería capaz de correr a casa de Julio y suplicarle que nos marcháramos de aquí, lejos, a cualquier parte, a un sitio donde no pudiera perseguirnos el fantasma de la pobrecita Laura. ¿Comprendes, ahora, porqué debo casarme con Muñoz?
--¡Ojalá venga Julio mismo a salvarte!
--Nada sabe, Raquel. Ya he tomado mis precauciones. Lo sabrá cuando todo haya concluido para los dos. Y entonces, si la vida de Laura dependiera de su cariño... ¡Ah, no! Tampoco puedo sufrir la idea de que Julio se casará con Laura. ¡Qué gran tristeza, Raquel! Sin mí, Julio la hubiera querido. Sí, eso está escrito en su diario. Yo intervine, en realidad, para destruir esa dicha cuando nacía. ¡Ojalá llegue a casarse con él, más adelante!
Y Adriana se puso a referirle las conversaciones que con Julio había tenido, y procuró explicarle la clase de felicidad que concibieran juntos. Sus frases se exaltaron, sus ojos despidieron un fulgor ardiente.
Experimentaba, hablando así, el alivio ilusorio de revivir imaginariamente el breve pasado radiante. Y de su cara huía el dolor dejando una pasajera expresión de dicha sin límites.
--Óyeme,--prosiguió--no llores, no me impidas ver la verdad. En mí no se casará con Muñoz el alma, sino simplemente la mujer. Sufriré mucho menos si es que puedo darme cuenta más clara de mis actos. Tú debes ayudarme. Si no me casara con Muñoz, tendría que morir. ¡Y Julio también tendría que morir! ¿Comprendes, Raquel? Porque ya nada podría detenernos, yo sería suya, sería suya sin casarme, esto lo sé, lo siento, y después los dos moriríamos sin remedio, para purificarnos y para escapar al pensamiento de Laura.
Raquel, anonadada, palpando en la actitud de Adriana algo inquebrantable, ya no respondió una palabra.
Sin embargo, no dejó de espiarla, para encontrar acaso la oportunidad de una última tentativa. Sorprendió en ella indicios de pánico. Más de una vez pudo observarla que se arrodillaba, creyéndose sola, y que oprimiendo contra el pecho un crucifijo, parecía pedir una inspiración al cielo. Era evidente que se sentía aterrada por la proximidad del día fatal.
En la misma mañana fijada para el acto civil (al día siguiente se realizaría la ceremonia religiosa), Raquel tuvo la idea de escribir a Julio. "¿Cómo es posible--pensó--que sólo ahora, tal vez demasiado tarde, se me haya ocurrido llamarle?" No vaciló. Si Julio acudía, su presencia inesperada desarmaría en seguida la voluntad de Adriana, aun en aquellos momentos, cuando apenas faltaban horas para que llegaran los testigos. Su alma ingenua ya no pudo dudar que Adriana estaba salvada. Únicamente se asustó por la posibilidad de que Julio no llegara a tiempo. Pensó hablarle por teléfono; pero desistió, temiendo que Adriana la sorprendiera. Llamó furtivamente a Lola, la sirvienta.
--Oye, tú llevarás una carta al señor Lagos, pero que nadie te sienta salir. Tomarás un auto, aquí tienes dinero; que dentro de cinco minutos tenga él esta carta.
Trazó nerviosamente algunos renglones, suplicando a Julio, en nombre de Adriana, que viniese sin demora. Puso el papel en un sobre y escribió la dirección. Pero cuando Lola iba a salir, entró Adriana. Adivinándolo todo, le quitó la carta.
Tuvo un ligero gesto de vacilación. Cerró los ojos, suspirando. Por un segundo se abandonó, desfallecida, a esta imaginación de Julio que sobrevenía para salvarla de Muñoz. Y ambos huían de la pobre Laura. Pero luego estrujó el papel con impaciencia y sonrió con angustia.
Raquel se retorcía las manos, consternada.
--¡Déjala ir!
--Si supieras, Raquelita, qué inútil sería también esta carta.
--A Muñoz no podrás quererlo nunca.
--Nunca, ya lo sé--respondió ella,--y si alguna vez, dentro de cinco, dentro de diez años, tú notaras que algo parecido al amor me ata a mi marido, si te dieras cuenta que el hábito me ha trabajado hasta inspirarme por él algún sentimiento real, no pongas entonces en duda que la Adriana de ahora ya no existe y ha dejado en su lugar una criatura puro instinto, una criatura muy vil y muy despreciable.
--¡Déjala ir!--gritó Raquel abrazándola y procurando recobrar la carta.
Pero dos golpes sonaron a la puerta de la habitación. Apareció sonriendo Charito, vestida de claro; una rica piel blanca envolvía, bajo el sombrero negro, su rostro ligeramente acalorado.
Tomó con efusión las manos de Adriana.
--Anduvimos hasta esta hora con Muñoz y con mamá, haciendo compras para ti.
Y Charito se puso a charlar, loca de contento, encantada por haber llevado a buen término una obra que significaba, según ella, la felicidad de sus dos mejores amigos.
Raquel sintió que con Charito había entrado, ataviada de alegres apariencias, para posesionarse de Adriana, la inevitable realidad.
XXV
Poco antes de mediodía llegó, acompañado por otro empleado, el jefe de la correspondiente oficina del Registro Civil. Era un señor gordo, tieso, de cabello y bigotes grises, y cuya apostura digna parecía afirmar la importancia de la ceremonia que iba a realizarse. Al entrar en la sala hizo una gran reverencia. Su empleado, un joven moreno, pobremente vestido, tenía por el contrario el semblante apático; adelantándose como aburrido, puso el libro sobre la mesa dispuesta en mitad de la sala y buscó, sin apuro, el folio en que debía formularse el contrato matrimonial. Una sirvienta corrió a llamar a los novios.
Raquel se cubrió la cara con las manos y comenzó a sollozar. Su madre, que lloraba en silencio, la reconvino en voz baja, casi suplicante. Entonces se alzó la voz grave del señor Molina.
--Está demás llorar ahora, dijo lacónicamente.
Había venido con sus hijas. Como la noche antes oyeran dialogar a su padre sobre la desgracia del inesperado casamiento, más que nunca les hacía Adriana la impresión de una rara. Tenían la vaga idea de que ahora expiaba las consecuencias de sus fantasías absurdas. Y se miraban con un gesto de aprensión, casi asustadas.
Adriana entró con Charito y con Muñoz. Traía el traje sencillo con que solía ir a la iglesia, para la misa de las once. No era su aspecto el de una novia, y por su actitud natural, casi distraída, en medio de las caras solemnes, parecía moverse en otra atmósfera. Difundía una gracia singular. Sus primas se ruborizaron, humilladas por su belleza y su serenidad. Charito fue hacia ellas, y en voz baja, cuchicheando:--¿Han visto? Se cumple hoy lo que yo siempre anuncié. Adriana nunca quiso a otro. Las rarezas, las maldades, eran todas fingidas. ¿La ven ahora, con ese aire de indiferencia? Yo les aseguro que no cabe en sí de felicidad.
De pronto, cuando el jefe del Registro llenaba las primeras formalidades, Raquel dejó de sollozar. Dijo algunas palabras ininteligibles y se dirigió impetuosamente hacia Adriana. Estaba resuelta a interrumpir el acto. Todo el mundo la miraba con sorpresa, sin adivinar su propósito. Los mechones del pelo lacio se le habían pegado, con las lágrimas, sobre las sienes; la tristeza y la indignación se pintaban juntas en su semblante enrojecido.