Chapter 12
"Y yo conservo por Adriana, cosa curiosa, una simpatía íntima, mientras comprendo que toda la desdicha me viene de ella. Ya ni yo misma me entiendo. Hubiera preferido mil otras rivales. Es muy extraño que no la pueda odiar ni tampoco dejar de quererla mucho. Si ella supiera el amor mío por Julio, estoy segura que tampoco me perdería el cariño. Al contrario ¡y yo le daría una lástima!
"Es una verdadera pena que se hayan conocido".
* * *
"18 de julio.
"¡Si mis hermanas comprendieran lo que me hacen sufrir con sus alusiones a José Luis! Parece que llegará pronto. Yo lo espero con indiferencia. Estoy segura que no sentiré ninguna emoción al volverlo a ver. Me mostraré con él tan amable como ellas; si es posible, más. Se sorprenderá mucho de no ver en mí sino la sonrisa amistosa. Pensará que finjo, que me han hecho coqueta. Le pareceré así más interesante.
"He tenido un susto, nunca en mi vida he tenido un susto igual. Esta tarde, en vez de guardar mi diario en el cajoncito del escritorio como hago siempre, lo dejé bajo el almohadón para seguir después escribiendo. Pero vino Adriana, y más tarde Julio. Camucha, no sé para qué, los trajo a mi cuarto. Después se sentó en la cama y empezó a jugar con el almohadón. De repente me acordé que allí estaba mi diario. Camucha es irreflexiva, no tiene conciencia de la gravedad de ciertas cosas. Corrí en seguida, saqué a Camucha de mi cama y me senté apoyando la mano en el almohadón. Todos me miraron sin saber lo que me estaba pasando. Para no parecerle a Julio una "tocada", saqué el diario y fui a guardarlo en el cajoncito.
"Pero Carmen se viene detrás mío a las calladas, me lo arrebata, sale corriendo y desde el vestíbulo se pone a llamar a gritos: "¡Julio! ¡Julio! ¡El diario de Laura! ¡Venga!" Yo me precipito, pero todos salen también detrás mío, y Julio, Zoraida y yo la acorralamos a Camucha contra la baranda de la escalera para quitárselo. Ella se defiende y quiere entregárselo a Julio. Yo la abrazo a Carmen para hacérselo soltar, pero con la agitación y con el miedo, me faltan las fuerzas. Llamo a Juana, la sirvienta, en mi auxilio. Todos gritamos. Por encima de mi cabeza Carmen levanta el brazo, tira el diario y Julio lo caza en el aire.
"Sucedió todo en un abrir y cerrar de ojos. Yo me quedé fría, mirando en las manos de Julio estas páginas que contienen, desnudas, tantas cosas íntimas y ardientes que a él se refieren.
"No sé si tuvo Julio la intención de abrirlo. No sé si lo hubiera hecho. Pero yo debí poner tal cara, con el susto, que dejó de reír y me lo entregó. ¿Me habré traicionado? ¿Habrá él adivinado?
"Tampoco Adriana se reía".
* * *
"3 de julio.
"Hace ya quince días que no viene. ¡Qué tristeza! Estoy adelgazando mucho. Dicen que es anemia.
"Esta mañana me quedé un buen rato delante del espejo, mirándome en los ojos, fijamente. No podría escribir lo que sentí. Me pareció leer, en el fondo de mis ojos, mi destino. Les pedí una expresión de esperanza, y sólo vi negrura. Ahora he perdido hasta la dulzura de la resignación".
* * *
"19 de julio.
"Me ha visto otro médico. Estuvo examinándome durante una hora. Creo que se sorprendió, como el doctor Castro Fernández, de no encontrar vestigios de tuberculosis. Dice que tengo pulmones de roble. ¡Qué exageración! Pero también recomendó que me llevaran a la estancia o sino a Mendoza, por el clima.
"Yo creo que me agravo tanto porque no me desahogo, porque no digo a nadie la pena que me mata. Claro que si los médicos supieran esto no andarían tan despistados. Castro Fernández preguntó, es cierto, si no había pasado disgustos, pero yo lo miré riendo, a todos los miré riendo. Y al médico se le fue en seguida la sospecha".
* * *
"22 de julio.
"Camucha me señaló en el diario la noticia de que José Luis ha llegado de Europa hoy. Gran indiferencia mía que a Camucha sorprendió muchísimo. Dice que hago "pose".
"Seguramente José Luis nos visitará".
* * *
"24 de julio.
"Adiviné: hoy nos visitó José Luis y anuncia para pasado mañana otra visita.
"Lo recibieron Camucha y Zoraida. Yo demoré bastante para salir. Habrá creído que era por arreglarme. Según dice Camucha, él no podía disimular su impaciencia. Después, como estaba invitado a una comida en la Legación de España, no hemos tenido tiempo de conversar mucho. Se mostró inquieto por mi palidez, nos aconsejó un viaje a Europa.
"Me ha sucedido con José Luis lo que yo preví, lo que yo sabía. Un poco de curiosidad por ver cómo había cambiado su cara y para explicarme el motivo de haberme enamorado tanto, en aquel tiempo. Ahora tengo casi la impresión de que no fue pasión mía".
* * *
"Agosto 5 (11 p. m.).
"Como el médico ha ordenado que me acueste temprano, ellas ahora todas las noches, para obligarme a obedecer, se privan de hacer sobremesa y de quedarse, como antes, levantadas hasta tarde. Se han puesto en cama y toda la casa está a oscuras, menos aquí, en mi cuarto. Con tal que no se despierten. ¡Qué raro me parece estar así, sola completamente, a esta hora, mientras todo el mundo duerme! Es como si esto fuera la soledad de mi vida misma. Pero en medio de este silencio, tengo en mí como una gran dulzura. Estoy libre de las angustias que me dominaban. Es como si no sintiera mi desdicha. Todo me parece más ligero y más claro.
"Adriana, hace ya dos semanas que no te vemos. Julio, algo más constante que tú, no mucho más, vino ayer. Es cierto que apenas estuvo durante media hora. Parecía triste, pero bajo esa capa de tristeza creí adivinar la plenitud de la dicha. No te guardo rencor ninguno, Adriana. Al contrario. Nadie sospecha la pasión que con tanto cuidado procuro ocultar, esta pasión que no me conocen Camucha ni Zoraida; y si, por desgracia, la sospecha influye para que dejes pasar tantos días sin venir, quiero hacer a toda costa que ella desaparezca de tu espíritu. Diré a Camucha que te escriba y cuando estés aquí hallaré la manera de persuadirte. Te daré bromas con él y reiré mucho, mucho; así me saldrá un poco de color en la cara. No quiero que mi desdicha sea una sombra en la felicidad tuya. Oigo ruido. Zoraida que se ha levantado."
* * *
"1 a. m.
"Me acosté delante de Zoraida, luego me finjí dormida. Ella misma apagó la luz, después de besarme en la frente. Me besó y se fue suspirando. ¡Qué buena es, qué íntima lástima me tiene!
"Adriana, mi único desahogo es escribirte aquí, en estas páginas que nadie ha de leer nunca. Pero se me ocurre que te escribo a otro mundo, donde un día, dentro de mucho tiempo, podrás leerlas sin que pueda hacerte daño su amargura. ¡Si supieras lo que a pesar de todo hay para ti en mi corazón! ¡Y si supieras la extraña alegría con que pienso a veces que voy a morir, idealizada por el sacrificio, perdonando a todos y bendiciendo tu gran amor a Julio! Pasé varios días mortales, es cierto, en que no hubo delante de mis ojos ni la sombra de la esperanza. Pero ahora ya no la tengo en Julio, ahora es otra clase de esperanza, muy distinta, aunque muy inexplicable. Inquietud ya no siento. Es algo así como si tuviera júbilo de morirme y dejarlos a ustedes felices. Yo quiero que se acuerden de la pobre Laura, pero sin sospechar nunca por qué se puso anémica y por qué murió..."
Adriana y Carmen no pudieron seguir. Las lágrimas les anegaban los ojos y caían sobre las páginas del manuscrito. Las dos se pusieron a sollozar. Oyeron un ruido de pasos ligeros que se acercaban. Apareció Laura. Hizo un ligero gesto de susto, al ver el cuaderno en las manos de Carmen; luego se llevó las manos a la cabeza como atontada por un golpe.
Adriana levantándose, caminó hacia ella, acercó su cara dolorida a la cara pálida de Laura y la abrazó con desatinada vehemencia, sacudida por los sollozos.
Parecían querer fundirse la una en la otra, para formar o un mismo amor o una misma desolación.
En tanto Zoraida y Julio, dejando a la abuelita, habían bajado también y conversaban con tranquilidad en el vestíbulo. De pronto oyeron los sollozos de Adriana; iban a levantarse, sorprendidos, cuando ella cruzó corriendo, con el pañuelo en los ojos y desapareció como una sombra por la escalera, sin oír a Zoraida que asomándose por encima de la barandilla la llamaba desesperada, a gritos.
XXII
Precisamente a esa hora del anochecer salía Muñoz de la casa de Julio. Le había esperado durante dos horas, a pesar de afirmarle el sirviente que no volvería antes de la una. Le hubiera esperado dos horas más, por la sensación de oscuro alivio que le produjo estarse allí, solo, y sentado al escritorio y entre las cosas de un hombre a quien odiaba ahora con toda su alma. Pero no se quedó más tiempo por cierto temor: había sacado de su marquito de plata un retrato de Adriana y después de romperlo se había metido los fragmentos en el bolsillo. Era indudable que el sirviente, al entrar, podría advertir la desaparición; le hubiera preocupado mucho menos la idea de que pudiese advertirlo Julio.
Nada le hacía más daño, en aquellos momentos, que el recuerdo cercano de la Adriana transfigurada por misteriosa luz de bondad, y no podía soportar la suposición de que la bondad le hubiese nacido con el amor a Julio. A éste le exigiría, y tal era el propósito de su fracasada visita, un esclarecimiento definitivo para sus tristes dudas. Lo malo estaba en que había escrito a ella suplicándole, para esa misma noche, la última entrevista en casa de Charito, contando con ir en seguida que Julio le pusiera al corriente de toda la verdad. Pero le tranquilizó la amarga evidencia de que Adriana no iría a casa de Charito. "¿Cómo pudo ocurrírseme, pensó, que ella me tendrá en cuenta ahora, justamente ahora que todas sus preocupaciones van hacia Lagos? Se habrán citado, con seguridad, en alguna parte, en casa de las muchachas fantásticas, por ejemplo. Tal vez han pasado toda la tarde allí. Y he sido tan torpe para no adivinarlo. Y habrán quedado a comer, los dos, para luego seguir conversando; por eso me ha dicho el sirviente que no volvería antes de la una".
Y Muñoz experimentaba una nueva y muy extraña sensación de desahogo revolviéndose en el corazón, mediante tales conjeturas, el puñal atravesado de los celos.
Pero no había andado veinte pasos por la acera, cuando vio llegar a Julio en un carruaje. Chistó al cochero, subió y se sentó al lado de su rival. Por la emoción misma no advirtió la falta de respuesta que había seguido a su breve saludo. Ambos bajaron del carruaje sin haber conversado una palabra.
--Debías echar a tu sirviente--dijo Muñoz al fin;--me aseguró que no volverías hasta la madrugada.
Luego le detuvo en el vestíbulo, por la idea del retrato desaparecido, cuyos fragmentos apretaba nerviosamente en el bolsillo. Entonces, como Julio, sin atenderle, se dejara caer en un sillón, le miró: había cerrado los ojos, palidísimo, y apoyaba la cara de perfil en el respaldo; una de sus manos colgaba inerte.
Se sorprendió Muñoz extraordinariamente. En seguida una alegría frenética le agitó. Adriana, sin duda, había hecho una de las suyas, se había burlado de Julio. La sospecha se le hizo certidumbre; recordó que también él había regresado una vez a su casa así, abrumado, aplastado por uno de aquellos fríos desaires con que ella acostumbraba a contradecir la hechicería de su dulzura. No era, pues, la única víctima.
Experimentaba, pensando esto, un alivio para todos sus celos. Adriana, como una divinidad, prodigaba a capricho su favor y su desdén sobre los infortunados que alzaban hacia ella los ojos. Y Julio también se humillaría, Julio también buscaría avergonzado la mediación de Charito, y acaso en la mañana de los domingos, para la misa de las once, se deslizaría como él, furtivamente, en la iglesia del Socorro, por el miserable consuelo de contemplarla arrodillada en la penumbra.
Y como si Julio le hubiese efectivamente confesado la innegable causa de su abatimiento:
--Yo te lo advertí muy sinceramente aquella vez, en casa de Charito. Adriana es una muchacha perversa, diabólica. Lo declaran sus amigas mismas: Charito, por ejemplo. Ella goza en hacer sufrir, su voluptuosidad es esa. Pero tú, en vez de hacerme caso, tomaste su defensa, ¡te pusiste a idealizarla!... Se detuvo, sintiendo que la inflexión floja de su voz traslucía la satisfacción vengativa que le subía de las entrañas.
Luego le entró cierta lástima y sentándose en un brazo del sillón, sacudió a Julio. Le vio abrir los ojos y fijarlos en él cansadamente.
--¿Pero qué ha pasado, al fin?--le preguntó.
--Nada. Estoy muy bien.
Y los párpados volvieron a recaerle sobre los ojos. La alegría de Muñoz desapareció, sustituida por una idea espantosa.
--¡Adriana ha muerto!
Julio movió negativamente la cabeza, y su mano, alzándose como la de un enfermo, tomó la de Muñoz.
--No puedo explicarte nada. No hay nada que explicar. Vengo de allá. Si quieres hacerme un gran bien, ahora, déjame solo. La parte de la tierra, tal vez, te corresponda a ti.
Muñoz no pudo sacarle más una palabra. Y se retiró intrigado por aquella última frase. En la calle tiró los fragmentos del retrato de Adriana. Pero al punto, desandando el trecho andado, volvió a recogerlos.
* * *
Durante largo rato todavía quedó Julio abatido por la gravedad de la imprevista catástrofe. Francisco, su sirviente, se había acercado varias veces, de puntillas, sin valor para llamarle.
Julio al fin se levantó, echó sobre Francisco una mirada vaga y entrando al escritorio lo alumbró. Vio el marco vacío y comprendió que Muñoz había robado el retrato. No atribuyó a esto mayor importancia. Apenas si podía comenzar a recoger sus energías para considerar el doloroso suceso que había caído como un rayo sobre la plenitud de su dicha. Todo aun eran imágenes que rápidamente pasaban y volvían a pasar en su cavilación: así la silueta de Adriana huyendo con el pañuelo sobre los ojos, inútilmente llamada por los alarmados gritos de Zoraida, o la cara consternada de Carmen cuando les refirió lo sucedido con la lectura del diario.
Arrancándose a la impresión que pesaba sobre él como un manto de plomo, pudo ponerse, poco a poco, al análisis de la situación, a ese extraño análisis que suele desprenderse del espíritu formando como un espíritu nuevo, fríamente lúcido y despojado de todo lo que al otro apasiona y conturba. Asoció las circunstancias del caso, y meditando sobre cada uno de sus aspectos, contempló las cosas como si se tratara de un drama ajeno. ¿Qué sucedería ahora? ¿Qué actitud tomaría Adriana ante él y con relación a la pobre Laura? ¿Y cuál sería su propia actitud?
Se formuló por orden estas preguntas, para derivar consecuencias lógicas. Pronto empezaron a brillar las terribles respuestas. Era evidente, desde luego, que su amor por Adriana había cambiado de sentido y de realidad. El viento de la triste tragedia se llevaba consigo la atmósfera de ensueño que les envolviera durante aquellos últimos meses. Desvanecido el encanto, tanto Adriana como él rehuirían seguramente la ocasión de encontrarse y la posibilidad de cualquier mezquina transigencia, y esto a causa de la tendencia angélica que habían tomado sus sentimientos en las alturas ideales. Más valdría, sin duda, que ningún azar volviese a juntarlos nunca: a la desesperación de no poder mirarse ya con los mismos ojos ni sentirse con la misma alma, era preferible la larga pesadumbre de una separación definitiva. El idealismo ardiente que los había unido, alzaba ahora entre ellos una muralla de desolación.
A ratos, como vencido por esta hostil certidumbre, el espíritu de análisis flaqueaba, y Julio recaía en la contemplación interior de su tristeza, ¡Cómo había cambiado todo, repentinamente! Su vida la hubiese dado sin vacilar a cambio de que retrocedieran los acontecimientos y a ocultas del sombrío presente le fuera concedida una hora del hechizo muerto: ¡una hora revivir con Adriana la tranquilidad de las conversaciones que traían, a lo íntimo de sus almas, los júbilos alados!
Tuvo la sensación indecible de que en aquella tarde habían pasado años y años. Y ni siquiera podía reconstruir el cercano recuerdo. La cara de Adriana se le representaba cubierta por el dolor. Julio cansaba su imaginación sin lograr que aquellos ojos tomaran para él la dulzura conocida.
Hasta la voz de Adriana se modulaba en su memoria con una inflexión distinta: aquella voz que más de una vez escuchara desatendiendo adrede el sentido de lo que ella hablaba, para sólo percibir el secreto de la idea en el rumor musical de las palabras.
¿Y Laura? Era fácil imaginar la consternación de su alma exquisitamente susceptible. En otro tiempo y otras circunstancias, el conocimiento de aquella pasión tan celosamente oculta, hubiera sido para él motivo de insensata delicia. Ahora era causa de aflicción, con un algo de reminiscente melancolía. Se le representaron los días en que ella le intimidaba con sus desvíos vagos, cuando en las frases de Julio moría la indecisa ternura como flor que al punto de brotar se hiela. Había concluido por ver, en el excesivo afecto amistoso que le demostrara ella, la manera de un fino agradecimiento, para compensarle de no poder corresponder al adivinado deseo de adoración. Después, ya en pleno idilio con Adriana, solía preguntarse, intrigado aún, si alguna llama de amor no habría flotado invisible para él, entre aquellos desvíos, que tan mansamente contradecían la atención demasiado seria y dulce con que otras veces le escuchaba.
Meditando de esta suerte, le entraba gran lástima y piedad para Laura, para Adriana y para sí mismo.
Procuró adivinar el probable porvenir de Adriana. Sin duda ningún otro amor nacería nunca en su corazón. Pero la vida y el ambiente recobrarían sobre ella sus derechos. Revestida entonces de una engañosa superficialidad, se recogería en esa penumbra íntima que suele ser, para las mujeres semejantes a ella y a las Aliaga, el ignorado refugio de los ensueños, el mundo interior que nadie sospecha.
Mucho antes de conocerla, ya su anhelo de ideal, apartándole de los afectos comunes, había tomado un camino casi místico hacia la adoración de aquel cierto tipo porteño cuya originalidad le asombrara y sedujera como una fina revelación. Y había amado un poco a todas las mujeres que de él traían algún inconfundible signo, en el óvalo suave, en la sombra de una mirada serena, en la gracia de una actitud o en la ligera armonía del andar.
Recordó la noche en que se explayara acerca de este tema, en una salita del Jockey Club, con Ricardo Muñoz.
Sí, era indudable que Adriana aceptaría a la larga, divina resignada, la realidad del mundo, casándose, al azar, con un hombre que no llegaría a conocerla nunca.
Y la vio alzarse ahora como una bella imagen, iluminada por el sacrificio y despojada de toda materialidad.
Julio entraba, poco a poco, en una tranquilidad semejante a la que suelen experimentar algunos, a la hora de la muerte, cuando los sentidos ya sólo subsisten para dar, al espíritu lúcido, una última y original visión de la vida que dulcemente les abandona.
Pero de súbito la miseria humana le dominó, como una alimaña que le hubiera saltado a los hombros. Pensó con desagrado en la visita de Muñoz. ¿Acaso le había atraído a su casa un mal instinto, como atrae al buitre el olor de la presa? Miró con gesto sombrío el marquito de plata vacío, y ahora el robo del retrato le irritó. Inútilmente procuraba rehacer en la memoria la frase que se le había ocurrido en el momento de irse Muñoz. Y sintió que se le metía en el alma la flaqueza de los celos. Ya no pudo pensar en ella como en una Beatriz inmaterial; sus pensamientos se quedaban abajo. Y vio lucir en el aire, reflejados desde el fondo de su espíritu, los ojos turbios de la Angustia.
XXIII
Muñoz entró en casa de Charito sin esperanzas de encontrarse con Adriana, pero sí con la idea de que su amiga pudiese darle noticias de cómo andaban sus relaciones con Julio. Probablemente estaría al tanto de la ruptura, o del suceso que había motivado aquel estado de mortal lasitud en que había visto a Lagos.
Pero Charito le recibió con una mirada compasiva, buena, y comenzó a repetirle sus consejos de otras veces, procurando decepcionarle de Adriana.
Muñoz, intrigado, pensó por un momento que Julio se había fingido tan abatido para evitar una explicación, o por alguna rara delicadeza de rival afortunado.
--¡Lo que menos necesito es eso, su cortesía!--exclamó en voz alta.
--¿La cortesía de quién?--le preguntó Charito.
--No haga caso, esta noche han de perdonarme cualquier desvarío. Es un mal momento de mi vida.
En el salón estaba Lucía Moreno, sentada al piano, fastidiada porque no podía sacar una pieza de memoria.
Muñoz fue a sentarse a su lado. Empezó a divagar extrañamente, bajo la influencia de su obsesión.
--Haga música triste, Lucía. Por ejemplo, la marcha fúnebre de Chopin, o de Sigfrido. Las amigas que vengan podrían vestirse de Walkirias. ¡Qué terrible sería Adriana transformada en una Walkiria! Yo, haciendo el papel de Sigfrido, me meteré en el ataúd. Ella, si quiere, puede venir montada en un caballo con alas, en un gran caballo negro, con largas crines negras, las alas negras, castigando con manos negras el aire del cielo.
--¡Pero Muñoz, Muñoz!--gritó Charito alarmada.
Se retuvo y miró a las dos muchachas como asombrado de sus propias palabras o como si una fuerza ajena se las hiciera pronunciar.
--Todo esto son fantasías--explicó--para distraerlas a ustedes. Cuando uno ha perdido la dignidad de sus actitudes, no debe servir más que para quitar el aburrimiento a sus amigas.
Ambas procuraron calmarle. Se rió con risa inexpresiva, y apoyó la cabeza en el brazo de un sofá.
--¡Es que sufro tanto, tanto!
Lucía fue a sentarse a su lado. Se sentía enternecida y llena de piedad. Charito, desesperada, frente a ella, murmuraba frases de condenación contra Adriana.
Durante un buen rato, Lucía se quedó contemplando a Muñoz. Extendió luego la mano sobre su cabeza abatida y se puso a acariciarle, muy suavemente, como se acaricia a una criatura que llora. Le rozó con los dedos la frente, los párpados cerrados, parecía a punto de acercarle los labios. Pero hacía todo con actitud tan espontánea, tan natural, que Charito no se sorprendió.
Y el sentimiento de Lucía no era sólo de lástima. Una secreta delicia, una sensación íntima de encanto la envolvían por la idea de que ella, una niña, prodigaba a un muchacho aquellas caricias, sin malicia alguna y con el puro propósito de consolarle.
En esto resonó el timbre de la puerta de calle.
--¿Quién podrá venir a esta hora?--dijo Charito sorprendida. ¡Son las once pasadas! Su sorpresa aumentó más todavía cuando apareció la visitante: era Adriana.
Lucía, que no había cesado de acariciar la cabeza de Muñoz, se levantó enrojeciendo, mientras él clavaba la mirada, fijamente, en la figura de Adriana.
Esta demostraba una extraordinaria agitación. Procuraba sonreír.
--¡Ya ve, Muñoz, que no lo olvidan!--exclamó Lucía. Pero advirtió entonces en Adriana la palidez y un ligero temblor de los labios. Y comprendiendo que algo grave ocurría, tomó a Charito aparte.
Ella se sentó al lado de Muñoz, quien se había incorporado y la miraba con expresión de curiosidad. Ambos quedaron por un rato en silencio.
--He recibido su carta y he venido.
--Gracias, Adriana. Yo debo agradecerle este acto de bondad.
Ambos callaron. Adriana volvió la cabeza, como buscando una tabla de salvación. Pero Lucía y Charito hablaban en voz alta, al otro extremo del salón. Echó ella una mirada de odio a Muñoz. La desolación de su semblante revelaba una violenta lucha interior. Iba a levantarse, parecía a punto de llorar. Pero en seguida, con un aire de gran resolución, acercándose más a Muñoz, le habló en voz baja, insinuante, una voz que no parecía la suya.