Part 17
Llegamos al cementerio. Creo que debemos coger las borlas de la caja... A la verdad, es bien singular ver a este Alves _Capao_, siguiendo tan sentidamente a nuestro pobre espiritualista... ¡Mas, santo Dios, mire! Allí, a la espera, a la puerta de la iglesia, aquel sujeto convencido, de levita, con guardapolvos blanco... ¡Es el apuntador de Obras públicas! Detrás lleva un grueso ramo de violetas... ¡Elisa mandó a su amante carnal a acompañar al sepulcro y cubrir de flores a su amante espiritual! ¡Jamás, en cambio, hubiese pedido a José Matías que derramase violetas sobre el cadáver del apuntador! ¡Y es que la Materia, hasta sin comprenderlo, y sin sacar de él su felicidad, adorará siempre al Espíritu, y siempre a sí propia, a través de los gozos que de sí recibe, se tratará con brutalidad y desdén! ¡Grande consuelo, amigo mío! ¡El tal apuntador, con su ramo, para un metafísico que, como yo, comentó a Spinoza y Malebranche, rehabilitó a Fichte y probó suficientemente la ilusión de la sensación! Solo por eso valió la pena de traer a su cueva a este inexplicado José Matías, que era tal vez mucho más que un hombre o tal vez aún menos que un hombre... En efecto, hace frío... ¡Mas qué linda tarde!
[Ilustración]
LA PERFECCIÓN
I
Sentado en una roca, en la isla de Ogigia, con la barba enterrada entre las manos, de las cuales desapareciera la aspereza callosa y tiznada de las armas y de los remos, Ulises, el más sutil de los hombres, consideraba, con una oscura y pesada tristeza, el mar muy azul, que mansa y armoniosamente rodaba sobre la arena muy blanca. Una túnica bordada de flores escarlata cubría, en blandos pliegues, su cuerpo poderoso, que había engordado. En las correas de las sandalias que le calzaban los pies suavizados y perfumados de esencias, relucían esmeraldas de Egipto. Su bastón era un maravilloso cuerno de coral, rematado en piña de perlas, como los que usan los Dioses marinos.
La divina isla, con sus roquedos de alabastro, los bosques de cedros y tuyas odoríficas, las eternas mieses dorando los valles, la frescura de los rosales revistiendo los oteros suaves, resplandecía, adormecida en la molicie de la siesta, toda envuelta en mar resplandeciente. Ni un soplo de los céfiros curiosos que brincan y corren por sobre el Archipiélago, desordenaba la serenidad del luminoso aire, más dulce que el vino más dulce, todo repasado por el fino aroma de los prados de violetas. En el silencio, embebido de calor afable, parecían de una armonía más fascinadora los murmullos de los arroyos y fuentes, el arrullar de las palomas volando de los cipreses a los plátanos, y el lento rodar y romper de la onda mansa sobre la blanda arena. En esta inefable paz y belleza inmortal, el sutil Ulises, con los ojos perdidos en las aguas lustrosas, gemía amargamente, revolviendo la quejumbre de su corazón...
Siete años, siete inmensos años, iban pasados desde que el rayo fulgente de Júpiter hendiera su nave de alta proa encarnada, y él, agarrado al mástil partido, desesperárase en la braveza mugidora de las espumas sombrías durante nueve días, durante nueve noches, hasta que boyara en aguas más calmas y viniera a parar en las arenas de aquella isla, en donde Calipso, la Diosa radiosa, le recogiera y le amara. Y durante esos inmensos años, ¿de qué modo se había arrastrado su vida, su grande y fuerte vida, que después de la salida hacia las murallas fatales de Troya, abandonando entre lágrimas innumerables a su Penélope, de ojos claros, a su pequeñín Telémaco enfajado en el colo del ama, fuera siempre tan agitada por peligros, y guerras, y astucias, y tormentas, y rumbos perdidos?...
¡Ah, dichosos los Reyes muertos, con hermosas heridas en el blanco pecho, delante de las puertas de Troya! ¡Felices sus compañeros tragados por la onda amarga! ¡Feliz él mismo si las lanzas troyanas le hubiesen traspasado en esa tarde de gran viento y polvo, cuando, junto a _Faia_, defendía de los ultrajes, con la espada sonora, el cuerpo muerto de Aquiles! ¡Mas no! ¡Vivía! Y ahora, cada mañana, al salir sin alegría del trabajoso lecho de Calipso, las Ninfas, siervas de la Diosa, le bañaban en un agua muy pura, le perfumaban con lánguidas esencias, le cubrían con una túnica siempre nueva, ora bordada a sedas finas, ora bordada de oro pálido. Entretanto, sobre la lustrosa mesa, erguida a la puerta de la gruta, en la sombra de las enramadas, junto al durmiente susurro de un arroyo diamantino, los azafates y las fuentes labradas desbordaban de bollos, de frutas, de tiernas carnes humeando, de peces centelleantes como tramas de plata. La intendenta venerable helaba los vinos dulces en las cisternas de bronce, coronadas de rosas. Y él, sentado en un escabel, extendía las manos para los perfectos manjares, en cuanto al lado, sobre un trono de marfil, Calipso, esparciendo a través de la túnica nevada la claridad y el aroma de su cuerpo inmortal, sublimemente serena, con una sonrisa taciturna, sin tocar en los manjares humanos, bebía en sorbos delicados ambrosía, el néctar transparente y rubio. Después, empuñando aquel bastón de Príncipe-de-Pueblos con que Calipso lo presentara, recorría sin curiosidad los sabidos caminos de la Isla, tan lisos y cultivados, que nunca sus sandalias relucientes se maculaban de polvo, tan penetrados por la inmortalidad de la Diosa, que jamás en ellos encontrárase flor seca ni flor menos fresca pendiendo en el tallo. Entonces se sentaba sobre una roca, contemplando aquel mar que también bañaba a Itaca, allá tan bravío, aquí tan sereno, y pensaba, y gemía, hasta que las aguas y los caminos cubríanse de sombra y se recogía a la gruta para dormir, sin deseo, con la diosa que le deseaba... Y durante estos inmensos años, ¿qué destino envolvería a su Itaca, la áspera isla de sombríos bosques? ¿Vivían aún los seres amados? ¿Sobre la fuerte colina, dominando la ensenada de Reinthros y los pinares de Neus, aún se erguía su palacio, con los bellos pórticos pintados de bermejo y rojo? ¿Al cabo de tan lentos y vacíos años, sin nuevas, apagada toda esperanza como una lámpara, desvestiría su Penélope la túnica pasajera de la viudez, para pasar a los fuertes brazos de otro esposo fuerte, que ahora manejaba sus lanzas y vendimiaba sus viñas? ¿Y el dulce hijo Telémaco? ¿Reinaría acaso en Itaca, sentado, con el blanco cetro, sobre el mármol alto del Ágora? Ocioso y rondando por los patios, ¿humillaría los ojos bajo el imperio duro de un padrastro? ¿Erraría por ciudades ajenas, mendigando un salario? ¡Ah, si su existencia, así para siempre arrancada de la mujer, del hijo, tan dulces a su corazón, pudiese por lo menos emplearla en ilustres hazañas! Diez años antes también desconocía la suerte de Itaca, y de los seres preciosos que allá había dejado en soledad y fragilidad; mas era una empresa heroica la que le llevaba, y día por día, su fama crecía como un árbol en un promontorio, que llena el cielo y todos los hombres contemplan. ¡Entonces era la planicie de Troya, y las blancas tiendas de los griegos a lo largo del mar sonoro! Sin cesar, meditaba astucias de guerra; con soberbia facundia discurseaba en la Asamblea de los Reyes; rígidamente ungía los caballos empinados al timón de los carros; con la lanza en alto, corría entre la gritería y la pelea contra los Troyanos de altos yelmos, que surgían en golpe resonante de las puertas Esceas... ¡Oh, y cuando él, Príncipe-de-Pueblos, encogido bajo harapos de mendigo, con los brazos maculados de llagas postizas, cojeando y gimiendo, penetrara en los muros de la orgullosa Troya, por el lado de la _Faia_, para de noche, con incomparable ardid y bravura, robar el Paladio tutelar de la ciudad! Y cuando, dentro del vientre del Caballo-de-Palo, en la oscuridad, en el cerco de todos aquellos guerreros tiesos y cubiertos de hierro, calmaba la impaciencia de los que sofocaban, y tapaba con la mano la boca de Anticlo, braveando furioso, al escuchar fuera en la planicie los ultrajes y los escarnios troyanos, y a todos murmuraba: «¡Calla, calla, que la noche viene y Troya es nuestra!...» ¡Y después los prodigiosos viajes! ¡El pavoroso Polifemo, ludibriado con una astucia que maravillara para siempre a las generaciones! ¡Las maniobras sublimes entre Escila y Caribdis! ¡Las sirenas, bogando y cantando en torno del mástil, de donde él, amarrado, rechazábalas con el mudo lenguaje de los ojos, más agudos que dardos! ¡La descensión a los infiernos, jamás concedida a ningún mortal!... ¡Y ahora, hombre de tan rutilantes hechos, yacía en una isla muelle, eternamente preso, sin amor, por el amor de una Diosa! ¿Cómo podría huir, rodeado de mar indomable, sin nave ni compañeros para mover los largos remos? Los Dioses dichosos ciertamente olvidábanse de quien tanto por ellos combatiera, y siempre piadosamente les votara las reses debidas, aun a través del fragor y humareda de las ciudadelas derrumbadas, hasta cuando su proa encallaba en tierra agreste... Y al héroe, que recibiera de los reyes de Grecia las armas de Aquiles, cabía por destino amargo engordar en la ociosidad de una isla más lánguida que una cesta de rosas, y extender las manos afeminadas para los abundantes manjares, y cuando aguas y caminos cubríanse de sombra, dormir sin deseo con una Diosa que, sin cesar, le deseaba.
Así gemía el magnánimo Ulises, al borde del mar lustroso... Y he ahí que, de repente, un surco de desusado brillo, más rutilantemente blanco que el de una estrella cayendo, rompió la rutilancia del cielo, desde las alturas hasta el oloroso soto de tuyas y cedros, que sombreaba un golfo sereno a Oriente de la Isla. El corazón del héroe latió con alborozo. Rastro tan refulgente en la refulgencia del día, solo un Dios lo podía trazar a través del largo Ouranos. ¿Descendiera a la Isla un Dios?
II
Un Dios descendiera, un grande Dios... Era el Mensajero de los Dioses, el leve, elocuente Mercurio. Calzado con aquellas sandalias que tienen dos alas blancas, los cabellos color de vino cubiertos por el casco, en el cual baten también dos claras alas, levantando en la mano el Caduceo, hendiera el Éter, rozara la lisura del mar sosegado, pisara la arena de la Isla, donde sus huellas quedaban rebrillando como plantillas de oro nuevo. A pesar de recorrer toda la tierra, con los recados innumerables de los Dioses, el luminoso Mensajero no conocía aquella isla de Ogigia, y admiró, sonriendo, la belleza de los prados de violetas tan dulces para el correr y brincar de las Ninfas, y el armonioso brillar de los riachuelos por entre los altos y lánguidos lirios. Una viña, sobre puntales de jaspe, cargada de racimos maduros, conducía, como fresco pórtico salpicado de sol, hasta la entrada de la gruta, toda de rocas pulidas, de las cuales pendían jazmines y madreselvas, envueltas en el susurrar de las abejas. Luego vio a Calipso, la Diosa dichosa, sentada en un trono, hilando en rueca de oro con huso de oro, la lana hermosa de púrpura marina. Un aro de esmeraldas prendía sus cabellos muy enrizados y ardientemente rubios. Bajo la túnica diáfana la mocedad inmortal de su cuerpo brillaba, como la nieve cuando la aurora la tiñe de rosas en las colinas eternas pobladas de Dioses. Y mientras torcía el huso, cantaba un trinado y fino canto, como trémulo hilo de cristal vibrando de la Tierra al Cielo. Mercurio pensó: «¡Linda isla, y linda Ninfa!»
De un fuego claro de cedro y tuya subía, muy derecho, un humo delgado que perfumaba toda la Isla. A la redonda, sentadas en esteras, sobre el suelo de ágata, las Ninfas, siervas de la Diosa, devanaban las lanas, bordaban en la seda las flores ligeras, tejían las puras telas en telares de plata. Todas enrojecieran, con el seno palpitando, al sentir la presencia del Dios. Y sin detener el huso chispeante, Calipso reconoció en seguida al Mensajero, ya que todos los Inmortales saben unos de otros, los nombres, los hechos, y los rostros soberanos, hasta cuando habitan retiros remotos que el Éter y el Mar separan.
Mercurio parose, risueño, en su desnudez divina, exhalando el perfume del Olimpo. Entonces la Diosa alzó hacia él, con compuesta serenidad, el esplendor largo de sus ojos verdes.
--¡Oh, Mercurio! ¿Por qué descendiste a mi Isla humilde, tú, venerable y querido, que yo nunca vi pisar la tierra? Di lo que de mí esperas. Ya mi abierto corazón me ordena que te contente, si tu deseo cupiese dentro de mi poder y del Hado... Pero entra, reposa, y que yo te sirva, como dulce hermana, a la mesa de la hospitalidad.
Sacó de la cintura la rueca, apartó los rizos sueltos del cabello radiante, y con sus nacaradas manos colocó sobre la mesa, que las Ninfas acercaron al fuego aromático, el plato desbordando de Ambrosía y los cántaros de cristal donde resplandecía el Néctar.
Mercurio murmuró: «¡Dulce es tu hospitalidad, oh, Diosa!» Colgó el Caduceo del fresco ramo de un plátano, extendió los dedos relucientes para la fuente de oro, risueñamente loó la excelencia de aquel Néctar de la Isla. Y contentada el alma, recostando la cabeza al tronco liso del plátano que se cubrió de claridad, comenzó con palabras perfectas y aladas:
--Preguntaste por qué descendía un Dios a tu morada, ¡oh, Diosa! Y ciertamente ningún Inmortal recorrería sin motivo, desde el Olimpo hasta Ogigia, esta desierta inmensidad del mar salado, en que no se encuentran ciudades de hombres, ni templos cercados de bosques, ni siquiera un pequeñito santuario de donde suba el aroma del incienso, o el olor de las carnes votivas, o el murmurio gustoso de las preces... Mas fue nuestro padre Júpiter, el tempestuoso, quien me mandó con este recado. Tú has recogido, y retienes por la fuerza inconmensurable de tu dulzura, al más sutil y desgraciado de todos los Príncipes que combatieron durante diez años la alta Troya, y después embarcaron en las naves hondas para volver a la tierra de la Patria. Muchos de esos consiguieron reentrar en sus ricos lares, cargados de fama, de despojos, y de historias excelentes para contar. Vientos enemigos, sin embargo, y un hado más inexorable, arrojaron a esta isla tuya, envuelto en las sucias espumas, al facundo y astuto Ulises... Pero el destino de este héroe no es permanecer en la ociosidad inmortal del lecho, lejos de aquellos que le lloran, y que carecen de su fuerza y mañas divinas. ¡Por eso Júpiter, regulador de la Orden, te ordena, ¡oh, Diosa!, que sueltes al magnánimo Ulises de tus brazos claros, y le restituyas, con los presentes dulcemente debidos, a su Itaca amada, y a su Penélope, que teje y deshace la tela maliciosa, cercada de los Pretendientes arrogantes, devoradores de sus gordos bueyes, sorbedores de sus frescos vinos!
La divina Calipso mordió levemente el labio, y sobre su rostro luminoso descendió la sombra de las densas pestañas color de jacinto. Después, con un armonioso suspiro, en que onduló todo su pecho brillante:
--¡Ah, Dioses grandes, Dioses dichosos! ¡Sois ásperamente celosos de las Diosas que, sin esconderse por la espesura o en las cavernas oscuras de los montes, aman a los hombres elocuentes y fuertes!... Este, que me envidiáis, llegó a las arenas de mi Isla, desnudo, pisado, hambriento, preso a una quilla partida, perseguido por todas las iras, y todas las rachas, y todos los rayos dardeantes de que dispone el Olimpo. Yo le recogí, le lavé, le nutrí, le amé, guardándole, para que quedase eternamente al abrigo de las tormentas, del dolor y de la vejez. ¡Y ahora Júpiter tronador, al cabo de ocho años en que mi dulce vida enroscose en torno de esa afección, como la vid al olmo, determina que me separe del compañero que escogiera para mi inmortalidad! ¡Realmente sois crueles, oh Dioses, que constantemente aumentáis la raza turbulenta de Semidioses durmiendo con las mujeres mortales! ¿Cómo quieres que mande a Ulises a su patria, si no poseo naves, ni remadores, ni piloto sabedor que le guíe a través de las islas? Mas ¿quién puede resistirse a Júpiter, que junta las nubes? ¡Sea! Y que el Olimpo ría, obedecido. Enseñaré yo misma al intrépido Ulises a construir una balsa segura, con que de nuevo corte el dorso verde del mar...
Inmediatamente, el Mensajero Mercurio levantose del escabel, clavado con clavos de oro, retomó su Caduceo, y bebiendo una última taza del Néctar excelente de la Isla, loó la obediencia de la Diosa:
--Bien harás, ¡oh, Calipso! Así evitas la cólera del Padre tonante. ¿Quién le resistirá? Su Omnisciencia dirige su Omnipotencia; y sustenta, como cetro, un árbol que tiene por flor la Orden... Sus decisiones, clementes o crueles, resultan siempre en armonía. Por eso su brazo se torna terrífico a los pechos rebeldes. Por tu pronta sumisión serás hija estimada y gozarás una inmortalidad repleta de sosiego, sin intrigas y sin sorpresas...
Ya las alas impacientes de sus sandalias palpitaban, y su cuerpo, con sublime gracia, balanceábase por sobre los prados y flores que alfombraban la entrada de la gruta.
--Además --añadió--, tu Isla, ¡oh Diosa!, hállase en el camino de las naves osadas que cortan las ondas. Pronto, tal vez, otro héroe robusto, habiendo ofendido a los inmortales, aportará a tu dulce playa, abrazado a una quilla... ¡Enciende un faro claro, por la noche, en las rocas altas!
Y sonriendo, el Mensajero Divino serenamente elevose, dejando en el Éter un surco de elegante fulgor, que las Ninfas, olvidando la tarea, seguían, con los frescos labios entreabiertos y el seno levantado, en el deseo de aquel inmortal famoso.
Entonces Calipso, pensativa, echando sobre sus cabellos anillados un velo de color de azafrán, se encaminó hacia la orilla del mar, a través de los prados, con una prisa que le ceñía la túnica, a la manera de una espuma leve, en torno de las piernas redondas y róseas. Tan levemente pisaba la arena, que el magnánimo Ulises no la sintió deslizarse, perdido en la contemplación de las aguas lustrosas, con la negra barba entre las manos, aliviando en gemidos el peso de su corazón. La Diosa sonrió, con fugitiva y soberana amargura. Después, posando en el vasto hombro del Héroe sus dedos, tan claros como los de Eos, madre del día:
--¡No te lamentes más, desgraciado, ni te consumas mirando el mar! Los Dioses, que me son superiores por la inteligencia y por la voluntad, determinan que partas, afrontes la inconstancia de los vientos, y pises de nuevo la tierra de la patria...
Bruscamente, como el cóndor sobre la presa, el divino Ulises, con la faz asombrada, saltó de la roca musgosa:
--¡Oh, Diosa, tú dices!...
Ella continuó sosegadamente, con los hermosos brazos pendidos, envueltos en el velo color de azafrán, en cuanto la marea rodaba, más dulce y cantante, en amoroso respeto de su presencia divina:
--Bien sabes que no tengo naves de alta proa, ni remadores de duro pecho, ni piloto amigo de las estrellas que te conduzcan... Mas ciertamente te confiaré el hacha que fue de mi padre, para que tú cortes los árboles que yo te señale, y construyas una balsa en que te embarques... Después proveerela de odres de vino, de comidas perfectas, impeliéndola con un soplo amigo hacia el mar indomado...
El cauteloso Ulises retrocediera lentamente, clavando en la Diosa una dura mirada que la desconfianza ennegrecía. Y levantando la mano, que temblaba toda, con la ansiedad de su corazón:
--¡Oh, Diosa, tú abrigas un pensamiento terrible, ya que así me invitas a afrontar en una balsa las ondas difíciles, donde mal se mantienen hondas naves! ¡No, Diosa peligrosa, no! ¡Combatí en la grande guerra, en la cual también combatieron los Dioses, y conozco la malicia infinita que contiene el corazón de los Inmortales! ¡Si resistí las sirenas irresistibles, y me escapé con sublimes maniobras de entre Escila y Caribdis, y vencí a Polifemo con un ardid que eternamente tornarame ilustre entre los hombres, no fue de cierto, ¡oh, Diosa!, para que ahora, en la Isla de Ogigia, como pajarito de poca pluma, en su primer vuelo del nido, caiga en armadijo ligero arreglado con decires de miel! ¡No, Diosa, no! ¡Solo embarcaré en tu extraordinaria balsa si jurases, por el juramento terrífico de los Dioses, que no preparas con esos quietos ojos mi pérdida irreparable!
Así bramaba en la orilla del mar, con el pecho palpitando, Ulises, el Héroe prudente... Entonces, la Diosa clemente rio con una cantante y refulgente risa. Y acercándose al Héroe, corriendo los dedos por sus espesos cabellos más negros que el pez:
--¡Oh, maravilloso Ulises --decía--, cuán cierto es que eres el más falso y mañoso de los hombres, pues que no concibes que exista espíritu sin maña y sin falsedad! ¡Mi padre ilustre no me engendró con un corazón de hierro! ¡A pesar de inmortal, comprendo las desventuras mortales! ¡Solo te aconsejé lo que yo, Diosa, emprendería, si el Hado me obligase a salir de Ogigia, a través del mar incierto!...
El divino Ulises apartó lenta y sombríamente la cabeza de la rosada caricia de los dedos divinos:
--¡Mas jura... oh, Diosa, jura, para que a mi pecho descienda, como onda de leche, la sabrosa confianza!
Calipso alzó el claro brazo al azul en donde los Dioses moran:
--Por Gaia, y por el Cielo superior, y por las aguas subterráneas del Estigio, que es la mayor invocación que pueden hacer los Inmortales; juro, oh, hombre, Príncipe de los hombres, que no preparo tu pérdida, ni miserias mayores...
El valiente Ulises respiró largamente. Y arremangando luego las mangas de la túnica, refregándose las palmas de las manos robustas:
--¿Dónde está el hacha de tu padre magnífico? ¡Muéstrame los árboles, oh, Diosa!... ¡El día muere y el trabajo es largo!
--¡Sosiega, oh, hombre impaciente de males humanos! Los Dioses superiores en sapiencia ya determinan tu destino... Ven conmigo a la dulce gruta, a reforzar tu fuerza... Cuando Eos bermeja aparezca mañana, yo te conduciré a la floresta.
III
Era, en efecto, la hora en que hombres mortales y Dioses inmortales acércanse a las mesas cubiertas de vajillas, donde les espera la abundancia, el reposo, el olvido de los cuidados y las amables pláticas que contentan el alma. Ulises sentose en el escabel de marfil, que aún conservaba el aroma del cuerpo de Mercurio, y delante de él las Ninfas, siervas de la Diosa, colocaron los pasteles, las frutas, las tiernas carnes humeando, los peces brillantes como tramas de plata. Asentada en un Trono de oro puro, la Diosa recibió de la Intendenta venerable el plato de Ambrosía, la taza de Néctar. Ambos extendieron las manos hacia las comidas perfectas de la Tierra y del Cielo. Y luego que hubieron hecho la ofrenda abundante al Hambre, y a la Sed, la ilustre Calipso, hundiendo el rostro en los dedos róseos, considerando pensativamente al Héroe, pronunció estas palabras aladas:
--¡Oh, Ulises, muy sutil, tú quieres volver a tu morada mortal y a la tierra de la Patria!... ¡Ah, si conocieras, como yo, cuántos duros males tienes que sufrir antes de avistar las rocas de Itaca, quedarías entre mis brazos, animado, bañado, bien nutrido, revestido de linos finos, sin perder nunca la querida fuerza, ni la agudeza del entendimiento, ni el calor de la facundia, porque yo te comunicaría mi inmortalidad!... Mas deseas volver a la esposa mortal, que habita en la isla áspera, en donde los matorrales son tenebrosos. Y ni siquiera yo le soy inferior, ni por la belleza, ni por la inteligencia, porque las mortales brillan ante las Inmortales como lámparas humeantes ante las estrellas puras...
El facundo Ulises acarició la barba ruda. Después, levantando el brazo, como acostumbraba en la Asamblea de los Reyes, a la sombra de las altas popas, delante de los muros de Troya, dijo: