Part 16
Había, sin embargo, una tremenda y dolorosa mudanza --¡la de José Matías!--. ¿Adivina usted cómo ese desgraciado consumía sus estériles días? ¡Con los ojos, y la memoria, y el alma y todo el ser clavados en la terraza, en las ventanas, en los jardines de la Parreira! Solo que ahora no era con las vidrieras largamente abiertas, en abierto éxtasis, con la sonrisa de segura beatitud; poníase por detrás de las cortinas cerradas, a través de una escasa rendija, escondido, acechando furtivamente los blancos pliegues del vestido blanco, con la faz devastada por la angustia y por la derrota. ¿Y comprende por qué sufría así este pobre corazón? Seguramente porque Elisa, desdeñada por sus brazos cerrados, corriera luego, sin lucha, sin escrúpulos, para otros brazos, más accesibles y prontos... ¡No, amigo mío! Repare ahora en la complicada sutileza de esta pasión. ¡José Matías permanecía devotamente creyente de que Elisa, en lo íntimo de su alma, en ese sagrado fondo espiritual en donde no entran las imposiciones de las conveniencias, ni las decisiones de la razón pura, ni los ímpetus del orgullo, ni las emociones de la carne, le amaba, a él, únicamente a él, y con un amor que no desapareciera, ni se alterara, floreciente en todo su vigor, hasta sin ser regado o tratado, a la manera de la antigua Rosa Mística! ¡Lo que le torturaba, amigo mío, lo que le cavara largas arrugas en cortos meses, era que un hombre, un macho, un bruto, apoderárase de aquella mujer que era suya! ¡Y que del modo más santo y más socialmente puro, bajo el patrocinio de la Iglesia y del Estado, lagotease con los ásperos bigotes negros, hasta hartarse, los divinos labios que él nunca osara rozar, en la supersticiosa reverencia y casi en el terror de su divinidad! ¿Cómo le diré?... ¡El sentimiento de este extraordinario Matías era el de un monje, postrado ante una Imagen de la Virgen, en trascendental arrobo, entretanto, de improviso, un bestial sacrílego trepa al altar, y alza obscenamente la túnica de la Imagen! Usted sonríe... ¿Y entonces, Mattos Miranda? ¡Ah, amigo mío, ese era diabético, y grave, y obeso, y ya existía instalado en la Parreira, con su obesidad y su diabetes, cuando él conociera a Elisa y la diera para siempre vida y corazón. Y Torres Nogueira, rompió brutalmente a través de su purísimo amor, con sus negros bigotes, y los carnudos brazos, y el duro arranque de un antiguo picador de toros, y prostituyó a aquella mujer, a la cual revelara tal vez lo que es un hombre!
Mas, ¡con todos los demonios!, a esa mujer la despreció cuando ella ofreciósele en la frescura y en la grandeza de un sentimiento que ningún desdén aún secara o abatiera. ¿Qué quiere?... ¡Y la espantosa tortuosidad espiritual de Matías! ¡Al cabo de unos meses olvidara, positivamente olvidara esa negativa afrentosa, como si fuese un leve desacuerdo de intereses materiales o sociales, ocurrido meses antes en el Norte, y al que la distancia y el tiempo disipaban la realidad y la amargura leve! ¡Y ahora, aquí en Lisboa, con las ventanas de Elisa delante de sus ventanas y las rosas de los dos jardines exhalando fragancia en la sombra, el dolor presente, el dolor real, era que él amara sublimemente a una mujer, colocárala entre las estrellas para que fuese más pura su adoración, y que un bruto moreno, de bigotes negros, arrancara a esa mujer de entre las estrellas para arrojarla sobre una cama!
Enredado caso, ¿eh, amigo mío? ¡Ah!, mucho filosofé acerca de él, por deber de filósofo. Y concluí que Matías era un enfermo, atacado de hiper-espiritualismo, de una inflamación violenta y pútrida del espiritualismo, que recelaba pavorosamente las materialidades del casamiento, las chinelas, la piel poco fresca al despertar, un vientre enorme durante seis meses, las criaturas llorando en la cuna mojada... Y ahora rugía de furor y tormento, porque cierto materialón, al lado, se precipitara a aceptar a Elisa en camisón de dormir. ¿Un imbécil?... ¡No, amigo mío! Un ultrarromántico, locamente ajeno a las realidades fuertes de la vida, que nunca sospechó que chinelas y pañales sucios de criaturas son cosas de superior belleza en casa en que entre el sol y haya amor.
¿Y sabe usted lo que exacerbó más furiosamente este tormento? ¡Que la pobre Elisa mostraba por él el antiguo amor! ¿Qué le parece? ¡Infernal, eh!... Por lo menos, si no sentía el antiguo amor intacto en su esencia, fuerte como entonces y único, conservaba por el pobre Matías una irresistible curiosidad y repetía los gestos de ese amor... ¡Tal vez fuere apenas la fatalidad de los jardines vecinos! No sé. Mas luego, desde septiembre, cuando Torres Nogueira partió para sus viñedos de Carcavellos a fin de asistir a la vendimia, ella recomenzó, del borde de la terraza, por sobre las rosas y las dalias abiertas, aquella dulce remesa de dulces miradas con que durante diez años extasiara el corazón de José Matías.
No creo que se trasbordasen cartas por encima del muro del jardín, como bajo el régimen paternal de Mattos Miranda... El nuevo señor, el hombre robusto y bigotudo, imponía a la divina Elisa, aun de lejos, de entre los parrales de Carcavellos, retraimiento y prudencia. Y acalmada por aquel marido, mozo y fuerte, menos sentiría ahora la necesidad de algún encuentro discreto en la sombra caliente de la noche, aun cuando su elegancia moral y el rígido idealismo de José Matías consintiesen en aprovechar una escalera contra el muro... En lo demás, Elisa era fundamentalmente honesta, y conservaba el respeto sagrado de su cuerpo, por sentirlo tan bello y cuidadosamente hecho por Dios, más de lo que el de su alma. Y ¿quién sabe?... Tal vez la adorable mujer perteneciese a la bella raza de aquella marquesa italiana, la marquesa Julia de Malfieri, que conservaba dos amorosos a su dulce servicio, un poeta para las delicadezas románticas y un cochero para las necesidades groseras.
¡En fin, amigo mío, no psicologuemos más sobre esta viva, detrás del muerto que murió por ella! El hecho fue que Elisa y su amigo insensiblemente recayeron en la vieja unión ideal a través de los jardines en flor. En octubre, como Torres Nogueira continuaba vendimiando en Carcavellos, José Matías, para contemplar la terraza de la Parreira, ya abría de nuevo las vidrieras, larga y extáticamente.
Parece que un tan extremo espiritualista, reconquistando la idealidad del antiguo amor, debía reentrar también en la antigua felicidad perfecta. Si reinaba en el alma inmortal de Elisa, ¿qué importaba que otro se ocupase de su cuerpo mortal? ¡Mas no! El pobre mozo sufría angustiadamente, y para sacudir la pungencia de estos tormentos, concluyó, un hombre como él, tan sereno, de una tan dulce armonía de modos, por tornarse un agitado. ¡Ah, amigo mío, qué estrépito de vida! ¡Desesperadamente, durante un año, removió, aturdió, escandalizó a Lisboa!... De ese tiempo son algunas de sus extravagancias legendarias... ¿Conoce la de la cena? ¡Una cena ofrecida a treinta o cuarenta mujeres de las más torpes y de las más sucias, recogidas por las negras callejuelas del Barrio Alto y de la Mouraría, que después mandó montar en burros, y gravemente, melancólicamente, puesto al frente sobre un gran caballo blanco, con una inmensa fusta, llevó a los altos de Gracia, para saludar la aparición del sol!
¡Mas todo ese alarido no le disipó el dolor, y entonces fue, en este invierno, cuando comenzó a jugar y a beber! Todo el día pasábalo encerrado en casa (ciertamente por detrás de las vidrieras, ahora que Torres Nogueira regresara de los viñedos) con ojos y alma clavados en la terraza fatal; después, a la noche, cuando las ventanas de Elisa se apagaban, salía en una berlina, siempre la misma, la del _Gago_, corría a la ruleta del Bravo, después al club del «Caballero», donde jugaba frenéticamente hasta la tardía hora de cenar, en un gabinete de restorán, con haces de velas encendidas, y el Collares y el Champagne y el Cognac corriendo en chorros desesperados.
¡Esta vida, picoteada por la Furias, duró años, siete años! Todas las tierras que le dejara el tío Garmilde se fueron, largamente jugadas y bebidas; y restábale solo el caserón de Arroyos y el dinero prestado por que lo hipotecara; mas, súbitamente, desapareció de todos los antros del vino y del juego.
¡Y supimos que Torres Nogueira estaba muriendo con una anasarca!
Por ese tiempo, y por causa de un negocio de Nicolás de la Barca que me telegrafió ansiosamente de su quinta de Santarén (negocio enrevesado, de una letra), busqué a José Matías, a las diez, en una noche caliente de abril. El criado, en cuanto me conducía por el corredor mal alumbrado, ya desadornado de las ricas arcas y tallas de la India del viejo Garmilde, confesome que S. E. no acabara de comer... ¡Aún me acuerdo, con un calofrío, de la impresión desolada que me causó el desgraciado! Hallábase en el cuarto que abría sobre los dos jardines. Delante de una ventana, que las cortinas de damasco cerraban, la mesa resplandecía, con dos candeleros, un cesto de rosas blancas y algunas de las nobles plantas de Garmilde; y al lado, todo extendido en una poltrona, con el cuello blanco desabotonado, la faz lívida, decaída sobre el pecho, una copa vacía en la mano inerte, José Matías parecía adormecido o muerto.
Cuando le toqué en el hombro, alzó, sobresaltado la cabeza, toda despeinada: --«¿Qué hora es?» Apenas le grité, en un gesto alegre, para despertarle, que era tarde, que eran las diez, llenó precipitadamente la copa de la botella más próxima de vino blanco, y bebió lentamente, con la mano temblando, temblando... Después, apartando los cabellos de la cabeza húmeda: --«¿Y entonces, qué hay de nuevo?» Desmayado, sin comprender, escuchó, como en un sueño, el recado que le mandaba Nicolás. Por fin, con un suspiro, removió una botella de champagne dentro del balde en que se helaba, llenó otra copa, murmurando: --«¡Un calor!... ¡Una sed!» Mas no bebió; arrancó el cuerpo pesado a la poltrona, y forzó los pasos mal firmes hacia la ventana, a la cual abrió violentamente las cortinas, después la vidriera... Y quedó tieso, como cogido por el silencio y oscuro sosiego de la noche estrellada. ¡Yo le espié! En la casa de la Parreira dos ventanas brillaban, fuertemente iluminadas, abiertas al aire. Y esa claridad viva envolvía una figura blanca, en los largos pliegues de una bata blanca, parada al borde de la terraza, como olvidada en una contemplación. ¡Era Elisa, amigo mío! Por detrás, en el fondo del cuarto claro, el marido ciertamente quejábase, con la opresión del anasarca. Ella, inmóvil, reposaba, enviando un dulce mirar, tal vez una sonrisa, a su dulce amigo. El miserable, fascinado, sin respirar, sorbía el encanto de aquella visión bienhechora. Y entre ellos se expandía en la molicie de la noche el aroma de todas las flores de los dos jardines... Súbitamente Elisa recogiose, llamada por algún gemido o impaciencia del pobre Torres. Las ventanas se cerraron; toda la luz y vida se sumieron en la casa de la Parreira.
Entonces José Matías, con un sollozo despedazado, de punzante tormento, vaciló, tan ansiadamente agarrose a la cortina que la rasgó, y vino a caer desamparado en los brazos que le extendí, y en los que lo arrastré hasta la poltrona, pesadamente, como a un muerto o a un borracho. Mas a poco, con espanto mío, el extraordinario hombre abre los ojos, sonríe con una lenta e inerte sonrisa y murmura casi serenamente: --«Es el calor... ¡Hace un calor! ¿Usted no quiere tomar café?»
Negueme y partí; en cuanto él, indiferente a mi fuga, extendido en la poltrona, encendía trémulamente un inmenso cigarro.
* * * * *
¡Santo Dios! ¡Ya estamos en Santa Isabel! ¡Cuán de prisa van arrastrando al pobre José Matías, para el polvo y para el gusano final! Pues, amigo mío, después de esa curiosa noche, Torres Nogueira murió. La divina Elisa, durante el nuevo luto, recogiose a la quinta de una cuñada, también viuda, a la «Corte Moreira», al pie de Beja. Y José Matías sumiose enteramente, evaporose, sin que me volviesen nuevas de él, ni aun inciertas, tanto más que el íntimo por quien las conocería, nuestro brillante Nicolás de la Barca, había partido para la isla de Madeira, con su último pedazo de pulmón, sin esperanza, por deber clásico, casi deber social, de tísico.
Todo ese año también anduve enfundado en mi _Ensayo de los Fenómenos Afectivos_. Pero un día, en el comienzo del verano, desciendo por la calle de San Benito, con los ojos levantados, buscando el número 214, donde se catalogaba la librería del Morgado de Azemel, ¿y a quién veo en el balcón de una casa nueva y de esquina? ¡A la divina Elisa, metiendo hojas de lechuga en la jaula de un canario! ¡Y bella, amigo mío, más llena y más armoniosa, toda madura y suculenta y deseable, a pesar de haber festejado en Beja sus cuarenta y dos años! Aquella mujer era de la grande raza de Elena, que, cuarenta años también después del cerco de Troya, aún deslumbraba a los hombres mortales y a los Dioses inmortales. Y ¡curioso acaso!, luego, en esa misma tarde, por Secco, Juan Secco, el de la Biblioteca, que catalogaba la librería del Morgado, conocí la nueva historia de esta Elena admirable.
La divina Elisa tenía ahora un amante... Únicamente por no poder, con su acostumbrada honestidad, poseer un legítimo y tercer marido. El dichoso mozo que adoraba era, en efecto, casado... Casado en Beja con una española que, al cabo de un año de ese casamiento y de otros requiebros, partiera para Sevilla, a pasar devotamente la Semana Santa, y adormeciérase allá en los brazos de un riquísimo ganadero. El marido, pacato apuntador de obras públicas, continuara en Beja, donde también vagamente enseñaba un vago dibujo... Una de sus discípulas era la hija de la señora de la «Corte Moreira»; y ahí, en la quinta, mientras tanto él guiaba el esfumino de la niña, Elisa le conoció y le amó, con una pasión tan inquieta, que arrancándole precipitadamente a Obras Públicas, le arrastró a Lisboa, ciudad más propicia que Beja a una felicidad escandalosa, y que se esconde. Juan Secco es de Beja, donde pasó las Navidades; conocía perfectamente al apuntador, a las señoras de la «Corte Moreira», y comprendió la novela, cuando desde las ventanas de ese número 214, donde catalogaba la librería de Azemel, reconoció a Elisa en el balcón de la esquina, y al apuntador, enfilando regaladamente el portal, bien vestido, bien calzado, de guantes claros, con apariencia de ser infinitamente más dichoso en aquellas obras particulares que en las públicas.
Desde esa misma ventana del 214 conocí yo también al apuntador. Bello mozo, sólido, blanco, de barba oscura, en excelentes condiciones de cantidad (y tal vez de cualidad) para llenar un corazón viudo, y, por tanto, «vacío», como dice la Biblia. Yo frecuentaba ese número 214, interesado en el catálogo de la librería, porque el Morgado de Azemel poseía, por el irónico acaso de las herencias, una colección incomparable de los filósofos del siglo XVIII. Transcurridas semanas, saliendo de consultar esos libros una noche (Juan Secco trabajaba de noche), y parándome delante de un portal abierto para encender el cigarro, descubro a la luz temblante del fósforo, metido en la sombra, a José Matías. ¡Mas qué José Matías, mi caro amigo! Para examinarle más detenidamente, encendí otro fósforo. ¡Pobre José Matías! Dejara crecer la barba, una barba rara, indecisa, sucia, blanda como bello amarillento; dejara crecer el cabello, que le brotaba en mechones secos por bajo de un viejo sombrero hueco; mas todo él, en lo demás, parecía disminuido, menguado dentro de una levita de mezcla ensuciada, y de unos pantalones negros, de grandes bolsillos, donde escondía las manos con el gesto tradicional, tan infinitamente triste, de la miseria ociosa. En la espantada lástima que me dio, apenas balbucí: «Pero, hombre... ¿y usted... qué se ha hecho de usted?» Y él, con su mansedumbre pulida, mas secamente, para desembarazarse, y con una voz que el aguardiente enronqueciera: «Aquí, esperando a un sujeto». No insistí; seguí. Después, más adelante, parándome, comprobé lo que desde luego adivinara; que el portal negro quedaba enfrente a la casa nueva y a los balcones de Elisa.
¡Pues, amigo mío, tres años vivió José Matías escondido en aquel portal!
* * * * *
Era uno de esos patios de la Lisboa antigua, sin portero, siempre abiertos, siempre sucios, cavernas laterales de la calle, de donde nadie echa a los escondidos de la miseria o del dolor. Al lado había una taberna. Infaliblemente, al anochecer, José Matías descendía la calle de San Benito, colado a los muros, y como una sombra, deslizábase en la sombra del portal. A esa hora, ya lucían las ventanas de Elisa, en invierno, empañadas por la niebla fina, en verano, aún abiertas, aireándose en reposo y en calma. Hacia ellas, inmóvil, con las manos en los bolsillos, quedábase José Matías en contemplación. Cada media hora, sutilmente, colábase en la taberna. Vaso de vino, copa de aguardiente, y muy mansito, recogíase a la negrura del portal, a su éxtasis. ¡Cuando las ventanas de Elisa apagábanse, aun a través de la larga noche, de las negras noches de invierno, encogido, transido, batiendo las suelas rotas en el suelo, o sentado al fondo, en las escaleras, permanecía, inmóviles los ojos turbios en la fachada negra de aquella casa, donde se la figuraba durmiendo con el otro!
Al principio, para fumar un cigarro aprisa, trepaba hasta el descanso desierto, a esconder el fuego que le denunciaría en su escondrijo. ¡Mas después, amigo mío, fumaba incesantemente, apoyado en la pared, apurando el cigarro con ansia para que la punta rebrillase, lo alumbrase! ¿Y percibe por qué, amigo mío?... ¡Porque Elisa ya descubriera que dentro de aquel portal, adorando sumisamente sus ventanas, con el alma de otro tiempo, estaba su pobre José Matías!...
¿Y creerá usted, amigo mío, que entonces todas las noches, o por detrás de la vidriera o asomada en el balcón (con el apuntador dentro, estirado en el sofá, ya de chinelas, leyendo el _Diario de la Noche_), ella demorábase a mirar hacia el portal muy quieta, sin otro gesto, en aquel antiguo y mudo mirar de la terraza por sobre las rosas y las dalias? José Matías lo percibiera, deslumbrado. ¡Y ahora avivaba desesperadamente el fuego, como un farol, para guiar en la oscuridad sus amados ojos, y mostrarla que allí estaba, transido, todo suyo y fiel!
De día nunca pasaba por la calle de San Benito. ¿Cómo osaría, con el chaquetón roto en los codos y las botas torcidas? Porque aquel mozo de elegancia sobria y fina, cayera en la miseria del andrajo. ¿De dónde sacaba día por día las tres perras para el vino y para el plato de bacalao en las tabernas? No sé... ¡Mas loemos a la divina Elisa, amigo mío! Muy delicadamente, por caminos enredados y astutos, ella, rica, procurara establecer una pensión en favor de José Matías, mendigo. Situación picante, ¿eh? ¡La grata señora dando dos mensualidades a sus dos hombres, el amante del cuerpo y el amante del alma! ¡Pero él adivinó de dónde procedía la pavorosa limosna, y la rechazó, sin revuelta, ni alarido de orgullo, hasta con enternecimiento, hasta con lágrimas en los párpados que el aguardiente inflamara!
Así que, solo ya de noche muy cerrada, atrevíase a bajar a la calle de San Benito, y entrar en su portal. ¿Y a que no adivina usted en qué gastaba el día? ¡Espiando, acechando, siguiendo al apuntador de Obras Públicas! ¡Sí, amigo mío, una curiosidad insaciable, frenética, atroz, por aquel hombre, que Elisa escogiera!... Los dos anteriores, Miranda y Nogueira, habían entrado en la alcoba de Elisa, públicamente, por la puerta de la Iglesia, y para otros fines humanos a más del amor; para poseer un lar, tal vez hijos, estabilidad y quietud en la vida. Pero este era meramente el amante que ella nombrara y mantenía solo para ser amada; y en esa unión no aparecía otro motivo racional sino que los dos cuerpos se uniesen. No se hartaba, por tanto, de estudiarlo, en la figura, en la ropa, en los modos, ansioso por saber bien cómo era ese hombre, que, para completarse, había preferido Elisa entre la turba de los hombres. Por decencia, el apuntador moraba en la otra extremidad de la calle de San Benito, delante del Mercado. Esa parte de la calle, donde no le sorprenderían, en su miseria, los ojos de Elisa, era el paradero de José Matías, por la mañana, para mirar, olfatear al hombre, al retirarse de casa de Elisa, aún caliente del calor de su alcoba. Después no le abandonaba, siguiéndole cautelosamente, como un ratonero rastreando de lejos en su rastro. Sospecho que le seguía así, menos por curiosidad perversa que para persuadirse de si a través de las tentaciones de Lisboa, terribles para un apuntador de Beja, el hombre conservaba el cuerpo fiel a Elisa. ¡En servicio de la felicidad de ella --fiscalizaba al amante de la mujer que amaba!
¡Exceso furioso de espiritualismo y devoción, amigo mío! El alma de Elisa era suya y recibía perennemente la adoración perenne; y ahora quería que el cuerpo de Elisa no fuese menos adorado, ni menos lealmente, por aquel a quien ella se lo entregara. Mas el apuntador era sin ningún esfuerzo fiel a una mujer tan hermosa, tan rica, de medias de seda, de brillantes en las orejas, que lo deslumbraba. ¿Y quién sabe, amigo mío? Tal vez esta felicidad, tributo carnal a la divinidad de Elisa, fuese para José Matías la última felicidad que le concedió la vida. Lo creo así, porque en el invierno pasado encontré al apuntador, en una mañana de lluvia, comprando camelias a una florista de la calle del Oro; y en frente, en una esquina, a José Matías, enflaquecido, andrajoso, que acechaba al hombre, con cariño, casi con gratitud. Tal vez en esa noche, en el portal, tiritando, batiendo las suelas encharcadas, con los ojos enternecidos en las oscuras vidrieras, pensase: --«¡Coitadiña, pobre Elisa! ¡Qué contenta habrá quedado con esas flores!»
Esto duró tres años.
En fin, amigo mío, anteayer, Juan Secco, apareció en mi casa, de tarde, despavorido: --«¡Llevaron a José Matías en una camilla, para el hospital, con una congestión en los pulmones!»
Parece que le encontraron, de madrugada, estirado en los ladrillos, todo encogido en el chaquetón delgado, jadeando, con la faz cubierta de muerte, vuelta para los balcones de Elisa. Corrí al hospital. Muriera... Subí, con el médico de servicio, a la enfermería. Levanté el paño que lo cubría. En la abertura de la camisa sucia y rota, preso al pescuezo por un cordón, conservaba un saquito de seda, pulido y sucio también. Seguramente contenía flores, o cabellos, o un pedazo de encaje de Elisa, del tiempo del primer encanto y de las tardes de Benfica... Dije al médico que le conocía, y le pregunté si sufriera: --«¡No! Tuvo un momento comatoso, después abrió mucho los ojos, exclamó: ¡oh! con gran espanto, y acabó.»
¿Era el grito del alma, en el asombro y horror de morir también? ¿O era el alma triunfando por reconocerse al fin inmortal y libre? Usted no lo sabe; ni lo supo el divino Platón; ni lo sabrá el último filósofo en la última tarde del mundo.