Part 18
--¡Oh, Diosa venerable, no te escandalices! Sé perfectamente que Penélope te es muy inferior en hermosura, sapiencia y majestad. Tú serás eternamente bella y moza, mientras los Dioses duraren; y ella, a la vuelta de pocos años, conocerá la melancolía de las arrugas, de los cabellos blancos, de los dolores de la decrepitud, y de los pasos que vacilan apoyados a un palo que tiembla. Su espíritu mortal yerra a través de la oscuridad y de la duda; tú, bajo esa frente luminosa, posees las luminosas certezas. ¡Mas, oh Diosa, justamente por lo que ella tiene de incompleto, de frágil, de grosero y de mortal, yo la amo y apetezco su compañía congénere! ¡Considera cuán penoso es que, en esta mesa, día por día, yo coma vorazmente el cordero de los pastos, y la fruta de los vergeles, en tanto tú a mi lado, por la inefable superioridad de tu naturaleza, llevas a los labios, con lentitud soberana, la Ambrosía divina! En ocho años, ¡oh, Diosa! nunca tu faz iluminose con una alegría; ni de tus verdes ojos rodó una lágrima; ni tu pie batió, con airada impaciencia; ni quejándote con un dolor te extendiste en el lecho blando... Así tienes inutilizadas todas las virtudes de mi corazón, pues que tu divinidad no permite que yo te congratule, te consuele, te sosiegue, o siquiera que te estregue el cuerpo dolorido con el jugo de las hierbas benéficas. ¡Considera, además, que tu inteligencia de Diosa posee todo el saber, alcanza siempre la verdad, y que durante el largo tiempo que dormí contigo, nunca gocé la felicidad de enmendarte, de contradecirte, y de sentir ante la flaqueza del tuyo, la fuerza de mi entendimiento! ¡Oh, Diosa, tú eres aquel ser terrífico que tiene siempre razón! ¡Considera, de otro lado, que, como Diosa, conoces todo el pasado y todo el futuro de los hombres; y que yo no puedo saborear la incomparable delicia de contarte a la noche, bebiendo vino fresco, mis ilustres hazañas y mis viajes sublimes! ¡Oh, Diosa, tú eres impecable; y el día en que yo resbale en una alfombra, o se me rompa una correa de la sandalia, no puedo gritarte, como los hombres mortales gritan a las esposas mortales: «¡Fue culpa tuya, mujer!» --alzando, en medio de la cocina, un alarido cruel! ¡Por eso sufriré, con un espíritu paciente, todos los males con que los Dioses me asalten en el sombrío mar, para volver a una humana Penélope que yo mande, y consuele, y reprehenda, y acuse, y contraríe, y enseñe, y humille, y deslumbre, y por eso ame de un amor que constantemente se alimenta de estos modos ondeantes, a la manera que el fuego se nutre de los vientos contrarios!
Así de este modo, el facundo Ulises desahogábase ante la taza de oro vacía; y serenamente la Diosa escuchaba, con una sonrisa taciturna, y las manos inmóviles sobre el regazo, envueltas en la punta del velo.
Entretanto, Febo Apolo descendía camino del Occidente; y ya de las ancas de sus cuatro caballos sudados subía y se esparcía por sobre el mar un vapor rubicundo y dorado. En breve los caminos de la Isla se cubrieron de sombra. Sobre las pieles preciosas del lecho, al fondo de la gruta, Ulises, sin deseo, y la Diosa, que le deseaba, gozaron el dulce amor y después el dulce sueño.
Temprano, apenas Eos entreabría las puertas del largo Ouranos, la divina Calipso, que se revistiera con una túnica más blanca que la nieve del Pindo, y prendiera en los cabellos un velo transparente y azul como el Éter ligero, salió de la gruta, y trajo al magnánimo Ulises, ya sentado a la puerta, bajo la enramada, delante de una taza de vino claro, el hacha poderosa de su padre ilustre, toda de bronce, con dos filos, y un fuerte cabo de oliva cortado en las faldas del Olimpo.
Limpiando rápidamente la dura barba con el revés de la mano, el Héroe arrebató el hacha venerable:
--¡Oh, Diosa, ha cuantos años no palpo un arma o una herramienta, yo, devastador de ciudades y constructor de naves!
La Diosa sonrió. E iluminada la lisa faz, con palabras aladas:
--¡Oh, Ulises, vencedor de hombres, si te quedases en esta isla, yo encomendaría para ti, a Vulcano y a sus forjas del Etna, armas maravillosas...!
--¿Qué valen armas sin combate, u hombres que las admiren? Además, ¡oh Diosa! ya batallé mucho, y mi gloria entre las generaciones está soberbiamente asegurada. Solo aspiro al blando reposo, vigilando mis ganados, concibiendo sabias leyes para mis pueblos... ¡Sé benévola, oh Diosa, y muéstrame los árboles fuertes que me conviene cortar!
La Diosa se encaminó en silencio por un atajo, florecido de altas y radiosas azucenas, que conducía a la punta de la Isla más cerrada de matas, del lado de Oriente; y atrás caminaba el intrépido Ulises, con la lúcida hacha al hombro. Las palomas abandonaban las ramas de los cedros o las concavidades de las rocas donde bebían, para volar en torno de la Diosa en un tumulto amoroso. Cuando ella pasaba, subía de las flores abiertas un aroma más delicado, como de incensarios. El césped que la orla de su túnica rozaba, reverdecía con un vigor más fresco, y Ulises, indiferente a los prestigios de la Diosa, impaciente con la serenidad divina de su andar armonioso, meditaba la balsa, ansiando llegar al bosque.
Denso y oscuro lo echó de ver al fin, poblado de encinas, de viejísimas tecas, de pinos que hacían susurrar las ramas en el alto Éter. De su borde descendía un arenal al cual ni concha, ni cuerno roto de coral, ni pálida flor de cardo marino, manchaban la dulzura perfecta. El Mar refulgía con un brillo zafíreo, en la quietud de la mañana blanca y colorada. Entre las encinas y las tecas, la Diosa señaló al atento Ulises los troncos secos, robustecidos por soles innumerables, que fluctuarían, con ligereza más segura, sobre las aguas traidoras. Después, acariciando el hombro del Héroe, como otro árbol robusto también botado a las aguas crueles, recogiose a la gruta; y allí, tomó la rueca de oro, y todo el día hiló, y cantó...
Con alborozada y soberbia alegría, Ulises dio con el hacha contra una vasta encina, que gimió. A poco, toda la Isla retumbaba, en el fragor de la obra sobrehumana. Las gaviotas, adormecidas en el silencio eterno de aquellas cimas, batieron el vuelo en largos bandos, espantadas y chillando. Las fluidas divinidades de los arroyos indolentes, estremecidas en un fulgente temblor, huían para entre los cañaverales y las raíces de los alisos. En ese corto día el valiente Ulises, derribó veinte árboles, robles, pinos, tecas y chopos, a los cuales descortezó, escuadró y alineó sobre la arena. Su cuello y arqueado pecho humeaban de sudor, cuando se recogió pesadamente a la gruta para saciar el hambre y beber la cerveza helada. ¡Nunca le pareciera tan bello a la Diosa Inmortal, que, sobre el lecho de pieles preciosas, apenas los caminos cubriéronse de sombra, halló incansable y pronta la fuerza de aquellos brazos que habían derribado veinte troncos!
Así, durante tres días, trabajó el Héroe. Y como arrebatada en esa actividad magnífica que conmovía a la Isla, la Diosa ayudaba a Ulises, conduciendo desde la gruta hasta la playa, en sus manos delicadas, las cuerdas y los clavos de bronce. Las Ninfas, por su mandato, abandonando las tareas suaves, tejían una tela fuerte, para la vela que empujarían con amor los vientos amables. La Intendenta venerable ya llenaba los odres de vinos robustos, y preparaba con generosidad los numerosos víveres para la travesía incierta. En tanto la balsa crecía, con los troncos bien ligados, y un asiento erguido en el medio, de donde se empinaba el mástil, desbastado en un pino, más redondo y liso que una vara de marfil. Todas las tardes la Diosa, sentada en una roca, a la sombra del bosque, contemplaba al calafate admirable martillando furiosamente, y cantando, con robusta alegría, una canción de remador. Y ligeras, en la punta de los pies lúcidos, por entre el arbolado, las Ninfas, escapando a la tarea, acudían a espiar, con deseosos ojos fulgurantes, aquella fuerza solitaria, que soberbiamente, en el arenal solitario, iba irguiendo una nave.
IV
En fin, en el cuarto día, de mañana, Ulises terminó de escuadrar el timón, que reforzó con tablas de aliso para mejor amparar el embate de las olas. Después, juntó lastre copioso, con tierra de la Isla inmortal y pulidas piedras. Sin descanso, con un ansia risueña, amarró a la verga alta la vela cortada por las Ninfas. Sobre pesados cilindros, maniobrando con una palanca, empujó la inmensa balsa hasta la espuma de las ondas, en un esfuerzo sublime, con músculos tan retesos y venas tan hinchadas, que él mismo parecía hecho de troncos y cuerdas. Una punta de la balsa cabeceó, levantada en cadencia por la onda armoniosa. Y el Héroe, levantando los brazos lustrosos de sudor, alabó a los Dioses Inmortales.
Entonces, como la obra terminara y la tarde brillaba, propicia a la partida, la generosa Calipso condujo a Ulises, a través de las violetas y de las anémonas, hasta la fresca gruta. Por sus divinas manos le bañó con una concha de nácar, y le perfumó con esencias sobrenaturales, y le vistió con una túnica hermosa de lana bordada, y colgó sobre sus hombros un manto impenetrable a las neblinas del mar, y le extendió sobre la mesa, para que saciase el hambre ruda, las comidas más sanas y más finas de la Tierra. El Héroe aceptaba los amorosos cuidados, con paciente magnanimidad. La Diosa, de gestos serenos, sonreía taciturnamente.
Calipso luego cogió la mano cabelluda de Ulises, palpando con placer los callos que le había dejado el hacha; y por la orilla del mar le condujo a la playa, en donde la marea mansamente lamía los troncos de la balsa fuerte. Descansaron sobre una roca musgosa. Nunca la Isla resplandeciera con una belleza tan serena, entre un mar tan azul, bajo un cielo tan suave. Ni el agua fresca del Pindo bebida en marcha abrasada, ni el vino dorado que producen las colinas de Quíos, eran más dulces de sorber que aquel aire repasado de aromas, compuesto por los Dioses para que una Diosa lo respirase. La frescura imperecedera de los árboles entrábase en el corazón, casi pedía la caricia de los dedos. Todos los rumores, los de los arroyos en el césped, el de las olas en el arenal, el de las aves en las sombras frondosas, ascendían, suave y finamente fundidos, como las armonías sagradas de un Templo distante. El esplendor y la gracia de las flores retenían los rayos pasmados del sol. Tantos eran los frutos en los vergeles, y las espigas en las mieses, que la Isla parecía ceder, hundida en el Mar, bajo el peso de su abundancia.
En esto, la Diosa, al lado del Héroe, suspiró levemente, y murmuró con una sonrisa alada:
--¡Oh, magnánimo Ulises, tú ciertamente partes! Llévate el deseo de volver a ver a la mortal Penélope, y a tu dulce Telémaco, que dejaste en el regazo del ama cuando Europa corrió contra Asia, y que ahora ya sustenta en la mano una lanza temida. Siempre de un antiguo amor, con hondas raíces, brotará más tarde una flor, aunque sea triste. ¡Mas dime! Si en Itaca no te esperase una esposa tejiendo y destejiendo la tela, y un hijo ansioso que alarga los ojos incansables hacia el mar, ¿dejarías tú, ¡oh, hombre prudente!, esta dulzura, esta paz, esta abundancia y belleza inmortal?
El Héroe, par a par de la Diosa, extendió el brazo poderoso, como en la Asamblea de los Reyes, delante de los muros de Troya, cuando sembraba en las almas la verdad persuasiva:
--¡Oh, Diosa, no te escandalices! Mas aunque no existiesen, para llevarme, ni hijo, ni esposa, ni reino, ¡afrontaría alegremente los mares y la ira de los Dioses! Porque, en verdad, ¡oh, Diosa muy ilustre!, mi corazón saciado ya no soporta esta paz, esta dulzura y esta belleza inmortal Considera, ¡oh, Diosa!, que en ocho años nunca pude echar de ver al follaje de estos árboles amarillear y caer. Jamás este cielo rutilante cargose de nubes oscuras, ni tuve el contento de extender, bien abrigado, las manos al dulce fuego, mientras la borrasca batía en los montes. Todas esas flores que brillan en los tallos airosos son las mismas, ¡oh, Diosa!, que admiré y respiré en la primera mañana que me mostraste estos prados perpetuos, ¡y hay lirios que odio, con un odio amargo, por la impasibilidad de su eterna blancura! ¡Estas gaviotas repiten tan incesantemente, tan implacablemente, su vuelo armonioso y blanco, que yo ya escondo de ellas la cara, como otros la ocultan de las negras Harpías! ¡Y, cuántas veces me refugio en el fondo de la gruta para no escuchar el murmurio siempre lánguido de esos arroyos siempre transparentes! ¡Considera, oh, Diosa, que en tu Isla nunca hallé una charca, un tronco podrido, el esqueleto de un animal muerto y cubierto de moscas zumbadoras! ¡Oh, Diosa, hace ocho años que estoy privado de ver el trabajo, el esfuerzo, la lucha, el sufrimiento!... ¡Oh, Diosa, no te escandalices! Ando hambriento por encontrar un cuerpo vacilando bajo un fardo; dos bueyes humeantes arrastrando un arado; hombres que se injurien en el paso de un puente; los brazos suplicantes de una madre que llora; un cojo, sobre su muleta, mendigando a la puerta de una villa... ¡Diosa, ha ocho años que no miro para una sepultura!... ¡No puedo más con esta serenidad sublime! Mi alma toda arde en el deseo de lo que se deforma, y se ensucia, y se despedaza, y se corrompe... ¡Oh, Diosa inmortal, yo muero con saudades de muerte!
Inmóvil, con las manos inmóviles en el regazo, la Diosa escuchó, con una sonrisa serenamente divina, las furiosas quejas del Héroe cautivo... En tanto, ya por la colina, las Ninfas, siervas de la Diosa, descendían, trayendo a la cabeza y amparándolos con el brazo redondo, los jarros de vino, los sacos de cuero, que la Intendenta venerable mandaba para abastecer la balsa. En silencio, el Héroe lanzó una tabla desde la arena hasta a bordo de los altos troncos; y en cuanto sobre ella pasaban las Ninfas, ligeras, con las pulseras de oro tilintinando en los pies lúcidos, Ulises atento, contando los sacos y los odres, gozaba en su noble corazón la abundancia generosa. Amarrados con cuerdas a las clavijas aquellos fardos excelentes, todas las Ninfas, lentamente, vinieron a sentarse sobre el arenal en torno de la Diosa, para contemplar la despedida, el embarque, las maniobras del Héroe sobre el dorso de las aguas... Entonces, Ulises, dejando traslucir la cólera en sus ojos, parose, delante de Calipso, y cruzando furiosamente los valientes brazos:
--¡Oh, Diosa! ¿Piensas tú en verdad que nada falta para que yo largue la vela al viento y navegue? ¿Dónde están los ricos presentes que me debes? Ocho años, ocho duros años, fui el huésped magnífico de tu Isla, de tu gruta, de tu lecho... Pero no ignoras que los Dioses inmortales tienen determinado que a los huéspedes, en el momento amigo de la partida, ofrézcanseles considerables presentes. ¿Dónde están, oh Diosa, esas riquezas abundantes que me debes por costumbre de la Tierra y ley del Cielo?
Sonrió la Diosa, con paciencia sublime. Y con palabras aladas, que huían en el aire:
--¡Oh, Ulises, claramente se ve que tú eres el más interesado de los hombres! Y también el más desconfiado, pues que supones que una Diosa podía negar los presentes debidos a aquel que amó... Tranquilízate, oh, sutil Héroe... Los ricos presentes, largos y brillantes, no tardan.
En efecto, por la colina suave descendían otras Ninfas, ligeras, con los velos flotando, trayendo en los brazos alhajas lustrosas, que al sol rutilaban. El magnánimo Ulises extendió las manos, los ojos devoradores... Y mientras ellas desfilaban sobre la tabla crujiente, el astuto Héroe contaba, evaluaba en su noble espíritu los escabeles de marfil, las piezas de telas bordadas, los cántaros de bronce labrado, los escudos incrustados de piedras...
Tan rico y bello era el vaso de oro que la última Ninfa sustentaba en el hombro, que Ulises detúvola, arrebatole el vaso, lo sospesó, y mirándolo gritó, con soberbia risa estridente:
--¡En verdad, este oro es bueno!
Una vez dispuestas y ligadas bajo el largo asiento las preciosas alhajas, el impaciente Héroe, arrebatando el hacha, cortó la cuerda que prendía la balsa al tronco de un roble, y saltó para el alto bordo que la espuma envolvía. Recordose entonces que ni siquiera besara a la generosa e ilustre Calipso. Rápido, despidiendo el manto, pasó a través de la espuma, corrió por la arena y dejó un beso sereno en la frente aureolada de la Diosa. Asegurole ella un instante por el hombro robusto:
--¡Cuántos males te esperan, oh desgraciado! Antes quedases, para toda la inmortalidad, en mi Isla perfecta, entre mis brazos perfectos...
Ulises volviose, con un grito magnífico:
--¡Oh, Diosa, el irreparable y supremo mal hállase en tu perfección!
¡Y, a través de la marea, huyó, trepó trabajosamente a la balsa, soltó la vela, hendió el mar, y partió para los trabajos, para las tormentas, para las miserias, para la delicia de las cosas imperfectas!
[Ilustración]
¡EL SUAVE MILAGRO!
En aquel tiempo Jesús aún no se ausentara de Galilea y de las dulces, luminosas márgenes del lago de Tiberiades; mas la nueva de sus Milagros penetrara ya hasta Enganim, ciudad rica, de fuertes murallas, entre olivares y viñedos, en el país de Isacar.
Una tarde, un hombre de ojos ardientes y deslumbrados pasó por el fresco valle y anunció que un nuevo Profeta, un Rabí hermoso, recorría los campos y las aldeas de Galilea, prediciendo la llegada del Reino de Dios, curando todos los males humanos. Mientras descansaba, sentado al borde de la _Fuente de los Vergeles_, contó que ese Rabí, en el camino de Magdala, sanó de la lepra a un siervo de un Decurión Romano solo con extender sobre él la sombra de sus manos; y que en otra mañana, atravesando en una barca para la tierra de los Gerasenios, en donde comenzaba la recolección del bálsamo, resucitó a la hija de Jairo, hombre docto y considerable que comentaba los libros en la Sinagoga.
Asombrados todos los que se hallaban en derredor, labradores, pastores y mujeres trigueñas con el cántaro al hombro, preguntáronle si ese era, en verdad, el Mesías de la Judea, y si delante de él refulgía la espada de fuego, y si le acompañaban, caminando como las sombras de dos torres, las sombras de Gog y de Magog. El hombre, sin beber siquiera de aquella agua tan fría de que bebiera Josué, recogió el cayado, sacudió los cabellos y encaminose pensativamente por bajo el Acueducto, luego sumido en la espesura de los almendros en flor.
Mas una esperanza deliciosa como el rocío en los meses en que canta la cigarra, refrescó las almas sencillas; por toda la campiña que verdea hasta Ascalón, el arado pareció más blando de enterrar, más leve de mover la piedra del lagar; las criaturas, cogiendo ramos de almendras, acechaban por los caminos a ver si por allá de la esquina del muro, o por debajo del sicomoro, surgía una claridad; y, en los bancos de piedra, a la puerta de la ciudad, los viejos, corriendo los dedos por los rizos de las barbas, ya no desarrollaban, con tan sapiente certeza, los antiguos dictámenes.
Vivía por entonces en Enganim un viejo, llamado Obed, de una familia pontifical de Samaria, que había sacrificado en las aras del Monte Ebal, señor de hartos rebaños y de hartas viñas, y con el corazón tan lleno de orgullo como su granero de trigo. Mas un viento árido y abrasado, ese viento de desolación que por mandato del Señor sopla de las torvas tierras de Assur, matara las reses más gordas de sus manadas, y por los ribazos en donde sus viñas se enroscaban al olmo y se tendían en airoso enrejado, solo dejara, en torno de los olmos y pilares desnudos, sarmientos, cepas descarnadas y la parra roída de áspero herrumbre. Acurrucado Obed en la solera de su puerta, con la punta del manto sobre la cara, palpaba el polvo, lamentaba la vejez, rumiaba amargas quejas contra Dios cruel.
Cuando oyó hablar de ese nuevo Rabí, que alimentaba las multitudes, amedrentaba a los demonios, enmendaba todas las desventuras, Obed, hombre leído, que había viajado en Fenicia, pensó a seguida que Jesús sería uno de esos hechiceros tan frecuentes en Palestina, como Apolonio o Rabí Ben-Dossa, o Simón el Sutil. También esos, aunque sea en noche tenebrosa, conversan con las estrellas, para ellos siempre fáciles y claras en sus secretos: con una simple vara ahuyentan de sobre los sembrados los moscardones engendrados en los lodos de Egipto, y agarran entre los dedos las sombras de los árboles, que conducen como benéficos toldos por encima de las eras, a la hora de la siesta. Acaso Jesús de Galilea, más joven, de cierto con magias más fogosas, si se le pagase largamente, haría cesar la mortandad de sus ganados y reverdecería sus viñedos. Ordenó entonces Obed a sus siervos que partiesen, buscasen por toda Galilea al Rabí nuevo y con la promesa de dineros o alhajas le trajesen a Enganim, en el país de Isacar.
Apretáronse los siervos los cinturones de cuero, y echaron a andar por el camino de las caravanas, que costeando el Lago, se extiende hasta Damasco.
Una tarde, vieron sobre el Poniente, rojo como una granada muy madura, las finas nieves del monte Hermón. Después, en la frescura de una suave mañana, el lago de Tiberiades resplandeció delante de ellos, transparente, cubierto de silencio, más azul que el cielo, orlado de floridos prados, de densos vergeles, de rocas de pórfido, y de blancos terraplenes por entre los pomares, bajo el vuelo de las tórtolas. Un pescador que desamarraba perezosamente su barca de una ensenada de césped, escuchó, sonriendo, a los siervos: ¿El Rabí de Nazaret? ¡Oh! Ya en el mes de Ijar, descendiera el Rabí, con sus discípulos, para los lados adonde el Jordán lleva las aguas.
Corriendo, los siervos siguieron por las márgenes del río hasta delante del vado en donde aquel se estira en un largo remanso, y descansa, y un instante duerme, verde e inmóvil, a la sombra de los tamarindos. Un hombre de la tribu de los Esenios, vestido de lino blanco, cogía lentamente hierbas saludables por la orilla del agua, con un blanco corderillo al cuello. Saludáronle humildemente los siervos, porque el pueblo ama a aquellos hombres de corazón tan limpio, y claro, y cándido como sus vestiduras, cada mañana lavadas en estanques purificados. ¿Podía decirles algo del paso del nuevo Rabí de Galilea que, como los Esenios, enseñaba la dulzura y curaba a las gentes y a los ganados? El Rabí atravesará el Oasis de Engaddi, y después se adelantara para allá... --murmuró el Esenio--. --¿Y dónde es _allá_? --Moviendo un ramo de flores rojas que cogiera, el Esenio señaló las tierras de Alem Jordán, la planicie de Moab. Los siervos vadearon el río, y en vano buscaron a Jesús jadeando por los rudos caminos, hasta los peñascos en que se levanta la siniestra ciudadela de Makaur... En el Pozo de Ya-Kob reposaba una larga caravana, que conducía a Egipto mirra, especierías y bálsamos de Gilead; y los camelleros, sacando el agua con los baldes de cuero, contaron a los siervos de Obed que en Gadara, por la luna nueva, un maravilloso Rabí, mayor que David o Isaías, arrancó del pecho de una tejedora siete demonios, y que, a su voz, un hombre degollado por el salteador Barrabás, se irguió de su sepultura y se volvió a su huerto. Algo más esperanzados, encamináronse los siervos por la subida de los Peregrinos hasta Gadara, ciudad de altas torres, y aún más lejos, hasta las nascientes de Amalha... En esa misma madrugada, Jesús, seguido por un pueblo que cantaba y sacudía ramos de mimosa, embarcara en el lago, en un batel de pesca, y navegara a vela con rumbo a Magdala. Descorazonados de nuevo, los siervos de Obed, atravesaron el Jordán por el Puente de las Hijas de Jacob. Yendo ya con las sandalias rotas del largo camino, pisando tierras de la Judea Romana, un día, cruzáronse con un sombrío fariseo, que retornaba a Efrain, montado en su mula. Detuvieron, con devota reverencia, al hombre de la Ley. ¿Había encontrado él, por ventura, a ese nuevo Profeta de Galilea que, como un Dios paseando en la tierra, esparcía milagros? La corva faz del Fariseo se oscureció arrugada, y su cólera retumbó como un tambor orgulloso: