Adán y Eva en el paraíso

Part 13

Chapter 134,123 wordsPublic domain

Entonces, de repente, doña Leonor comprendió la verdad, la vergonzosa verdad, que la arrancó un grito de angustia. ¡Era una celada! ¡El señor de Lara atraía a Cabril, a ese don Ruy, con una promesa magnífica, para apoderarse de él y matarlo, indefenso y solitario! Y ella, su amor, su cuerpo, eran las promesas que se hacían brillar ante los ojos seducidos del pobre galán. ¡Su marido usaba de su belleza y de su lecho, como red de oro en que debía caer aquella presa enloquecida! ¿Dónde habría mayor ofensa? ¡Y cuánta imprudencia! ¡Bien podía ese don Ruy de Cárdenas desconfiar, no acceder a convite semejante, y después, mostrar por Segovia, triunfador y gozoso, aquella carta en que se le hacía oferta del lecho y del cuerpo de la mujer de don Alonso de Lara! ¡Pero, no; el desventurado correría a Cabril, para morir, y morir miserablemente, en el negro silencio de la noche, sin sacerdote ni sacramentos, con el alma encharcada en el pecado de amor! Para morir, de seguro, porque jamás el señor de Lara consentiría que viviese el hombre portador de aquella carta. ¡De modo que, aquel joven, moría de amor por ella, y por un amor que, sin haberle valido nunca un gusto, le llevaba a seguida a la muerte! De amor por ella, puesto que el odio del señor de Lara, odio que con tanta deslealtad y villanía se cebaba solo pudo nacer de celos, que le nublaban los más puros deberes de cristiano y caballero. Sin duda sorprendiera miradas, paseos, intenciones de ese señor don Ruy, poco cauteloso como bien enamorado.

Pero, ¿cómo? ¿cuándo? Confusamente se acordaba de aquel joven, que un domingo la cruzara en el atrio, esperándola luego en el portal de la iglesia, con un manojo de claveles en la mano... ¿Sería ese? Era de noble parecer, pálido, con grandes ojos negros y ardientes... Ella pasara, indiferente... Los claveles que retenía en la mano eran rojos y amarillos... ¿A quién se los llevaba?... ¡Ah, si lo pudiese avisar, muy temprano, de madrugada!

¿Cómo, si no habría en Cabril criado o aya de quien fiarse? ¡Pero iba a dejar que una espada innoble volcase aquel corazón, que venía lleno de ella, palpitando por ella, todo lleno de sus esperanzas!

¡Oh, la ardiente correría de don Ruy, de Segovia a Cabril, con la promesa del jardín abierto, de la escalera apoyada en la ventana, bajo la desnudez y protección de la noche! ¿Mandaría el señor de Lara colocar la escalera en la ventana?

Sí, de seguro, para matar con mayor facilidad al pobre, dulce e inocente mozo, cuando subiese confiado, con las manos embarazadas y la espada durmiendo en la vaina... ¡De modo que, en la noche siguiente, frente a su lecho, estaría abierta la ventana, y habría una escalera erguida contra el muro, esperando a un hombre! Su marido, emboscado en la sombra del cuarto, mataría a ese hombre...

¿Y si el señor de Lara lo esperase fuera de los muros de la quinta, para asaltarlo brutalmente en algún sendero, y, o por menos diestro, o por menos fuerte, en lucha de armas, cayese él traspasado, sin que el otro conociese a quién mataba? Y ella, allí, en su cuarto, sin saber nada, con las puertas abiertas y la escalera erguida; y el hombre aquel asomado a la ventana, en la sombra de la noche tibia, mientras el marido, que debía defenderla, quedaba muerto en el fondo de una barranquera... ¿Qué hacer, Virgen Santísima? ¡Oh, rechazaría soberbiamente al imprudente! Pero, ¿y el espanto de él y la cólera de su deseo engañado? «¡Me habéis llamado, señora!» Y allí traía, sobre el corazón, una carta con su firma. ¿Cómo le podría contar la terrible emboscada y el engaño?

¡Era tan largo de explicar, en aquel silencio y solitud de la noche, mientras sus ojos, húmedos y negros, la estuviesen suplicando y traspasando!... ¡Desgraciada de ella si el señor de Lara muriese y la dejara sola, sin defensa, en aquel caserón abierto! ¡Cuán desgraciada también si aquel joven, llamado por ella, que la amaba y que por ese amor venía corriendo deslumbrante, encontrase la muerte en el sitio de su ilusión, y muerto, en pleno pecado, rodase para la eterna desesperación...!

Tendría unos veinticinco años si era aquel joven airoso y pálido, con un jubón de terciopelo rojo y un ramo de claveles negros, que estaba a la puerta de la iglesia, en Segovia...

Saltaron las lágrimas de los cansados ojos de doña Leonor. Y doblando las rodillas, el alma puesta en los cielos, donde la luna se comenzaba a levantar, murmuró con una infinita amargura:

--¡Oh, Virgen del Pilar, Señora mía; vela por los dos, por todos nosotros!...

III

Entraba don Ruy en el fresco patio de su casa, cuando de un banco de piedra, en la sombra, irguiose un mozo de campo, que sacó del zurrón una carta y se la entregó, murmurando:

--Señor, daos prisa en leer, que tengo que volverme a Cabril...

Don Ruy abrió el pergamino, y en el deslumbramiento que le causó lo batió contra el pecho, como para enterrarlo en el corazón.

El mozo de campo insistió, preso de gran inquietud:

--¡Pronto, señor, pronto! No necesitáis responder. Basta que me deis una señal de haber recibido el recado.

Don Ruy arrancó uno de los guantes y se lo entregó. Y ya corría el criado en la punta de las leves alpargatas, cuando, con un grito, le detuvo don Ruy.

--Escucha. ¿Qué camino llevas tú para ir a Cabril?

--El más corto y solitario para gente atrevida, que es por el Cerro de los Ahorcados.

--Bien.

Subió don Ruy...

Siempre lo amara, pues, desde la mañana bendita en que sus ojos se habían cruzado en el portal de Nuestra Señora. Mientras él rondaba aquellos muros del jardín, maldiciendo una frialdad que le parecía más fría que la de los fríos muros, ya ella le había dado su alma, y llena de constancia, con amorosa sagacidad, reprimiendo el menor suspiro, adormeciendo desconfianzas, preparaba la noche radiante en que le daría también su cuerpo.

¡Tanta firmeza, un ingenio tan fino en las cosas del amor, aún se la tornaban más bella y más apetecida!

Subió don Ruy las escaleras de piedra, y llegado a su aposento, sin quitarse siquiera el sombrero, leyó de nuevo aquel pergamino, en que doña Leonor le llamaba de noche a su cuarto, para poseerla enteramente. Y no le maravilló la oferta, después de tan constante e imperturbable indiferencia; antes bien, percibió un amor astuto, por ser fuerte, que con gran paciencia se esconde ante los estorbos y peligros, y fríamente prepara su hora de gozo, mejor y más deliciosa por hallarse tan bien dispuesta.

¡Con qué impaciencia miraba entonces el sol, tan perezoso aquella tarde en descender tras los montes! Sin reposo, en su cuarto, con las ventanas cerradas para mejor concentrar su felicidad, preparábase amorosamente para la triunfal jornada: las finas ropas con encajes, un jubón de terciopelo negro, esencias perfumadas. Dos veces descendió a las caballerizas para asegurarse de que su caballo estaba dispuesto. Sobre el suelo dobló y volvió a doblar la hoja de la espada que llevaría al cinto... Pero su mayor cuidado era el camino de Cabril, a pesar de conocerlo bien, y la aldea apiñada en torno del monasterio franciscano, y el viejo puente romano con su Calvario y la honda torrentera que conduce a la heredad de don Alonso. Aun en aquel invierno había cazado por allí, yendo de montería con dos amigos de Astorga, y pensara al contemplar la torre de los Lara: «He ahí la torre de la ingrata». ¡Cómo se engañaba!

Las noches eran de luna; saldría de Segovia calladamente, por la puerta de San Mauro... Un galope corto lo ponía en el Cerro de los Ahorcados... También conocía ese sitio de tristeza y pavor, con sus cuatro pilares de piedra, en los que se ahorcaba a los criminales, dejando luego sus cuerpos, balanceados por el aire y secos por el sol, hasta que se pudriesen las cuerdas y cayeran los esqueletos, blancos y limpios de carne por el pico de los cuervos. Tras del cerro estaba la laguna de las Dueñas. La última vez que la había pasado fue en el día del Apóstol San Matías, cuando el corregidor y las cofradías de la Paz y Caridad, en solemne procesión, iban a dar sagrada sepultura a los huesos recogidos en el suelo. Después, el camino corría liso y derecho hasta Cabril.

Así meditaba don Ruy la jornada venturosa, mientras caía la tarde. Cuando oscureció, y en torno de las torres de la iglesia, comenzaron a girar los murciélagos, y en las esquinas del atrio encendiéronse los nichos de las Ánimas, el valiente caballero sintió un miedo extraño, el miedo de aquella felicidad que se acercaba y que le parecía sobrenatural. ¿Era, pues, cierto que esa mujer de divina hermosura, famosa en Castilla y más inaccesible que un astro, sería suya, toda suya, en el silencio y seguridad de una alcoba, dentro de breves instantes, cuando aún no se hubiesen apagado delante de los retablos de las Ánimas aquellas luces devotas? ¿Qué había hecho él para lograr tanto bien? Pisara losas de un atrio, buscando con los ojos otros ojos, que no se erguían desatentos o indiferentes... Entonces, sin dolor, abandonó su esperanza... Y he aquí que, de repente, aquellos ojos distraídos lo buscan, aquellos brazos cerrados se le abren, largos y desnudos, y con el cuerpo y con el alma aquella mujer le grita: «¡Oh mal avisado, que no me entendiste! ¡Ven! ¡Quien te desanimó, te pertenece!» ¿Dónde hubo jamás igual ventura? ¡Tan alta, tan rara era, que, de seguro, tras de ella, si no yerra la ley humana, debía caminar la desventura! Y de fijo que caminaba; ¡pues cuánta desventura en saber que después de aquella felicidad, cuando de madrugada, saliendo de los divinos brazos, se retirase a Segovia, su Leonor, el bien sublime de su vida, tan inesperadamente adquirido por un instante, recaería de nuevo bajo el poder de otro amo!

¡Qué importaba! ¡Viniesen después dolores y celos!

¡Aquella noche era espléndidamente suya; todo el mundo una apariencia vana, y la única realidad ese cuarto de Cabril, mal alumbrado, donde ella le esperaría con los cabellos sueltos! Bajó deprisa la escalera y se acomodó sobre el caballo. Después, por prudencia, atravesó el atrio lentamente, con el sombrero bien levantado de la cara, como en un paseo natural, dando a entender que buscaba fuera de los muros el fresco de la noche. Nada le inquietó hasta la puerta de San Mauro. Allí un mendigo, agachado en la oscuridad de un arco, tocando monótonamente su zanfoña, pidió a la Virgen y a todos los santos que llevasen a aquel gentil caballero en su dulce y santa guarda. Parárase don Ruy para alargarle una limosna, cuando recordó que aquella tarde no había pasado por la iglesia, a la hora de Vísperas, para recoger la celestial bendición de su madrina. De un salto apeose del caballo porque, justamente, cerca del viejo arco relucía una lámpara alumbrando un retablo. Era una imagen de la Virgen con el pecho atravesado por siete espadas. Arrodillose don Ruy, dejando el sombrero sobre las losas, y con las manos erguidas, celosamente, rezó una Salve. La claridad amarilla de la luz envolvía el rostro de la Virgen que, sin sentir el dolor de los siete aceros, o como si ellos solo le proporcionasen inefables gozos, sonreía con los labios abiertos. Mientras rezaba, en el convento de Santo Domingo, comenzaron a tocar a agonía. Entre la sombra negra del arco, cesando la sonata en la zanfoña, el mendigo murmuró: «¡Un fraile se está muriendo!» Don Ruy dijo un Avemaría por el fraile. La Virgen de las siete espadas sonreía dulcemente --¡el toque de agonía no era, pues, de mal presagio!--. Don Ruy montó de nuevo en el caballo, y partió alegremente.

Más allá de la puerta de San Mauro, después de los hornos de los Olleros, el camino seguía triste y negro entre las piteras. Tras de las colinas, al fondo de la planicie oscura, subía la primera claridad, amarilla y lánguida de la luna llena, próxima a aparecer. Y don Ruy marchaba al paso, recelando llegar a Cabril con tiempo de sobra, antes que las ayas y los criados terminasen el rosario y la velada. ¿Por qué no le marcaba doña Leonor la hora, en aquella carta tan clara y tan pensada?... Su imaginación entonces corría adelante, rompía por el jardín de Cabril, escalaba aladamente la escalera prometida, y él corría también detrás en una carrera violenta, hasta levantar las piedras del camino mal unido. Después sofrenaba el caballo jadeante. ¡Era temprano, muy temprano! Y retomaba el paso lento, sintiendo el corazón contra el pecho, como ave presa que bate en los hierros de una jaula.

Así llegó al crucero, donde el camino se divide en dos, más juntos que las puntas de una horquilla, ambos cortando a través del vasto pinar. Descubierto delante de la imagen del crucificado, don Ruy tuvo un instante de angustia, pues no recordaba cuál de los dos conducía al Cerro de los Ahorcados. Ya se aventuraba por el más sombrío, cuando, de entre los pinos silenciosos, una luz surgió, bailando en la oscuridad. Era una vieja cubierta de harapos, con las largas melenas sueltas, doblada sobre un cayado y llevando un candil.

--¿Adónde va este camino? --gritó Ruy.

La vieja puso la luz en alto para mirar al caballero.

--A Jarama.

Y luz y vieja inmediatamente se sumieron, fundidas en la sombra, como si de allí hubiesen surgido solo para avisar al galán del yerro del camino... Volviérase rápidamente, y, rodeando el calvario, galopó por la otra carretera hasta avistar, sobre la claridad del cielo, los pilares negros y los negros maderos del Cerro de los Ahorcados. Entonces detúvose, derecho en los estribos. En un ribazo alto, seco, sin hierba ni brezo, ligados por un muro bajo, todo carcomido, levantábanse negros, enormes, sobre la amarillez de la luna, los cuatro pilares de granito, semejantes a los cuatro ángulos de una casa deshecha. Sobre los pilares posábanse cuatro gruesos travesaños, de los cuales pendían cuatro ahorcados, negros y rígidos, en el aire parado y mudo. Todo en torno parecía tan muerto como ellos.

Enormes aves de rapiña dormían encaramadas sobre los maderos. Más allá brillaba lívidamente el agua muerta de la laguna de las Dueñas. Iba la luna grande y llena por el cielo.

Don Ruy murmuró el Padre Nuestro, debido por todo cristiano a aquellas almas culpadas. Y después impelió al caballo y pasaba, cuando, en el inmenso silencio y en la inmensa soledad, resonó una voz, una voz que le llamaba, suplicante y lenta:

--¡Caballero, deteneos; venid acá!...

Don Ruy cogió bruscamente las riendas y, erguido sobre los estribos, recorrió con los ojos espantados todo el siniestro yermo. Veíase el cerro áspero, el agua brillante y muda, los maderos, los muertos. Pensó que fuera ilusión de la noche u osadía de algún demonio errante. Y serenamente picó el caballo, sin sobresalto, ni temor, como en una calle de la ciudad. Pero, detrás, tornó a surgir la voz, que le llamaba urgentemente, ansiosa, casi aflictiva:

--¡Caballero, esperad; no os vayáis, volved, llegad aquí!

De nuevo don Ruy parose, y vuelto sobre la silla, se encaró con los cuatro cuerpos pendientes de los maderos. ¡Allí sonaba la voz que, siendo humana, solo podía salir de forma humana! Uno de esos ahorcados, pues, era el que le había llamado con tanta prisa y ansia.

¿Restaría en alguno, por maravillosa merced de Dios, aliento y vida? ¿O sería que, por mayor maravilla, uno de esos esqueletos medio podridos le detenía para transmitirle avisos de ultratumba?... Que la voz partiese de un cuerpo vivo o de un cuerpo muerto, era cobardía huir pavorosamente, sin atender a lo que se le demandaba.

Dirigió el animal para dentro del cerro, y parando, derecho y tranquilo, con la mano en el costado, después de mirar uno por uno los cuatro cuerpos suspensos, gritó:

--¿Cuál de vosotros, hombres ahorcados, osó llamar por don Ruy de Cárdenas?

En esto, aquel que volvía la espalda a la luna llena, respondió desde lo alto de la cuerda, natural y tranquilamente, como quien habla desde la ventana a la calle:

--Señor, fui yo.

Don Ruy hizo avanzar el caballo hasta colocarse enfrente de él. No le distinguía la faz, enterrada en el pecho, escondida por largas y negras melenas sueltas. Solo percibió que tenía libres y desamarradas las manos y los pies, estos resecos y del color del betún.

--¿Qué me quieres?

El ahorcado, suspirando, murmuró:

--Señor, hacedme la gran merced de cortar esta cuerda en que estoy colgado.

Don Ruy arrancó la espada, y con un solo golpe certero cortó la cuerda.

Con un siniestro sonido de huesos entrechocados el cuerpo cayó en el suelo, en el cual quedó un momento estirado cuan largo era; pero inmediatamente se enderezó sobre los pies, mal seguros y aún durmientes, y levantó para don Ruy su faz muerta, que era una calavera con la piel más amarilla que la luna que la envolvía; los ojos estaban faltos de brillo y movimiento, los labios se le fruncían en una sonrisa empedernida. De entre los dientes blancos asomaba la punta de una lengua tan negra como el carbón.

Don Ruy no mostró terror ni asco. Y envainando serenamente la espada:

--¿Tú estás vivo o muerto? --preguntó.

El hombre encogió los hombros con lentitud:

--Señor, no sé... ¿Quién sabe lo que es la vida? ¿Quién sabe lo que es la muerte?...

--Pero ¿qué quieres de mí?

El ahorcado, con los largos dedos descarnados, alargó el nudo de la cuerda, que aún le lazaba el cuello, y declaró serena y firmemente:

--Señor, tengo que acompañaros a Cabril, adonde vais.

El caballero estremeciose con tan fuerte asombro, soltando las bridas, que el caballo se empinó, como asombrado también.

--¿Conmigo a Cabril?...

El hombre curvó el espinazo, en el que se distinguían todos los huesos, más agudos que los dientes de una sierra, a través de un largo rasgón de la camisa de estameña:

--Señor --suplicó--, no me lo neguéis. ¡Tengo que recibir un gran salario si os hago este gran servicio!

Don Ruy pensó de pronto que bien podía ser aquella alguna traza formidable del demonio. Y clavando sus ojos brillantes en la faz muerta que se le ofrecía ansiosa, en espera del consentimiento, hizo una lenta y larga Señal de la Cruz.

El ahorcado dobló las rodillas con asustada reverencia:

--Señor ¿para qué me probáis con esa señal? Solo por ella alcanzamos remisión, y yo solo de ella espero misericordia.

Entonces don Ruy pensó que si ese hombre no era mandado por el demonio, bien podía ser mandado por Dios. Y luego, devotamente, con un gesto sumiso en que todo lo entregaba al cielo, consintió, aceptó el pavoroso acompañamiento.

--¡Ven conmigo, pues, a Cabril, si Dios te manda! Pero yo nada te preguntaré ni tú me preguntes nada.

Encaminó el caballo a la carretera, toda alumbrada por la luna. El ahorcado seguía a su lado con pasos tan ligeros, que hasta cuando don Ruy galopaba, conservábase cerca del estribo, como llevado por un viento mudo. A las veces, para respirar más libremente, aflojaba el nudo de la cuerda que le enroscaba el pescuezo. Y cuando pasaban entre sebes donde erraba el aroma de las flores silvestres, el hombre murmuraba con infinito alivio y dulzura:

--¡Qué gusto da correr!

Don Ruy iba poseído de asombro, con un tormentoso cuidado.

Comprendía, desde luego, que se trataba de un cadáver, reanimado por Dios para un extraño y encubierto servicio. Pero, ¿por qué le daba Dios tan horrible compañero? ¿Para protegerle? ¿Para impedir que doña Leonor, amada del cielo, por su piedad, cayese en culpa mortal? ¿Y para tan divina incumbencia de tan alta merced, no tenía el Señor ángeles en el cielo, antes que echar mano de un supliciado?...

¡Ah, con qué gusto volvería riendas para Segovia de no mediar la galante lealtad del caballero, el orgullo de no retroceder jamás, y la sumisión a las órdenes de Dios, que sentía inmediatamente sobre su espíritu!...

Desde un alto de la carretera, de repente, avistaron Cabril, las torres del convento franciscano albeando al lunar, los casales dormidos entre las huertas. Silenciosamente, sin que un perro ladrase detrás de las cancelas o por cima de los muros, descendieron el viejo puente romano. Delante del Calvario, el ahorcado cayó de rodillas sobre las losas, irguió los lívidos huesos de las manos y quedó rezando un largo rato, entre profundos suspiros. Después, al entrar en el barranco, bebió mucho tiempo y consoladamente en una fuente que corría y cantaba bajo las frondas de un salgueiro. Como el barranco era angosto, encaminose delante del caballero, todo curvado, con los brazos cruzados fuertemente sobre el pecho, sin un rumor.

La luna reteníase en lo más alto del cielo. Don Ruy consideraba con amargura aquel disco, lleno y lustroso, que esparcía tanta y tan indiscreta claridad sobre el misterio que le llevaba a Cabril. ¡Ah, cómo se estragaba la noche, que debía ser divina! Una enorme luna surgía de entre los montes para alumbrarlo todo. Un ahorcado descendía del suplicio para seguirle y entrar en lo íntimo de su secreto. Así lo ordenaba Dios. ¡Mas qué tristeza llegar a la dulce puerta prometida con tal intruso a su lado, bajo aquel cielo de claridad tan viva!

De improviso, el ahorcado detúvose, levantando el brazo, del cual pendía la manga en harapos. Era el fin del barranco, que desembocaba en camino más amplio y largo, y delante de ellos blanqueaba el muro de la finca de don Alonso, que tenía allí un mirador, con barandilla de piedra, todo revestido de begonias.

--Señor --murmuró el ahorcado, sujetando con respeto el estribo de don Ruy--, a pocos pasos de este mirador está la puerta por donde debéis penetrar en el jardín. Conviene que dejéis aquí el caballo, atado a un árbol, si es seguro y fiel. En la empresa en que nos hallamos, ya es de más el rumor de nuestros pies...

Don Ruy apeose en silencio y prendió el caballo, que tenía por fiel y seguro, al tronco de un álamo seco.

Y tan sumiso se tornaba a aquel compañero impuesto por Dios, que sin otro reparo le fue siguiendo por la orilla del muro que la luna alumbraba.

Con pausada cautela, en la punta de los pies desnudos, avanzaba ahora el ahorcado, vigilando el alto del muro, sondando en la negrura de la sebe, parándose a escuchar rumores, que solo para él eran perceptibles, porque nunca don Ruy conociera noche más hondamente adormecida y muda.

Y el espanto, en quien debía ser indiferente a los peligros humanos, fue adueñándose también del valeroso caballero, que sacó el puñal de la vaina, y con la capa arrollada al brazo, marchaba a la defensiva, atenta y escudriñadora la mirada, como en un camino de emboscada y lucha. Así llegaron a una puertecita, que el ahorcado empujó, abriéndose sin quejido de los goznes. Penetraron en una calle bordeada de espesos bojes hasta llegar a un estanque lleno de agua, donde flotaban hojas de nenúfares, y que toscos bancos de piedra circundaban, cubiertos por la rama de arbustos en flor.

--¡Por allí! --murmuró el ahorcado, extendiendo el brazo descarnado.

Señalaba una avenida que densos y viejos árboles abovedaban y oscurecían. Por ella se metieron, como sombras en la sombra, el ahorcado delante, don Ruy siguiéndole muy sutilmente, sin rozar una rama, malpisando la arena. Un leve hilo de agua susurraba en el césped. Por los troncos subían rosales trepadores, que desprendían dulce aroma. El corazón de don Ruy recomenzó a batir con una esperanza de amor.

--¡Chist! --hizo el ahorcado.

Y don Ruy casi tropezó con el siniestro hombre estancado, con los brazos abiertos, como las trancas de una cancilla.

Delante de ellos, cuatro pasos de escalera de piedra subían a una terraza, en la cual la claridad era amplia y libre. Agachados, treparon los escalones, y al fondo de un jardín sin árboles, todo en cuarteles de flores bien recortados, orlados de boj corto, avistaron un lado de la casa, batido por la luna llena. En el centro, entre las ventanas cerradas, un balcón de piedra, conservaba de par en par abiertas las maderas de los ventanales. El cuarto dentro, apagado, era como un agujero de tiniebla en la claridad de la fachada, que bañaba el lunar. Y, arrimada contra el balcón, estaba una escalera con los tramos de cuerda.

El ahorcado empujó a don Ruy para la oscuridad de la avenida. Y allí, con un gesto preciso, dominando al caballero, exclamó: