Adán y Eva en el paraíso

Part 14

Chapter 143,476 wordsPublic domain

--¡Señor, ahora conviene que me deis la capa y el sombrero! Quedaos aquí, en la oscuridad de estos árboles. Voy a subir la escalera para observar lo que pasa dentro de aquel cuarto... Si es lo que deseáis, aquí volveré, y que Dios os haga muy feliz...

¡Don Ruy echose atrás con el horror de que tal criatura subiese a la ventana! Luego murmuró sordamente:

--¡No, por Dios!

Pero la mano del ahorcado, lívida en la oscuridad, bruscamente le arrancó el sombrero de la cabeza y la capa de entre los brazos. Y se cubría, se embozaba, murmurando en una súplica ansiosa:

--¡No me lo neguéis, señor, que por haceros este servicio ganaré una gran merced!

Y subió de nuevo los escalones; estaba en la larga y alumbrada terraza.

Don Ruy subió, atontado, y espió. ¡Oh maravilla! Era él, don Ruy, de la cabeza a los pies, en la figura y en el modo, aquel hombre que, por entre los cuarteles y el boj cortado, avanzaba, airoso y leve, con la mano en la cintura, la faz erguida risueñamente hacia la ventana, la larga pluma escarlata del sombrero balanceándose triunfal. El hombre avanzaba bajo la claridad espléndida. El cuarto amoroso aguardaba abierto y negro. ¡El hombre hallábase al pie de la escalera; desembozó la capa y asentó el pie en el primer tramo! --«¡Oh, allá va, ya sube el maldito!»-- rugió don Ruy. El ahorcado subía. Ya la alta figura, que era él, el propio don Ruy, estaba a mitad de la escalera, toda negra contra la blanca pared. Detúvose... ¡No, no; subía, llegaba, posaba la rodilla cautelosa sobre el borde de baranda! Mirábalo don Ruy desesperadamente con los ojos, con el alma, con todo su ser. Y he ahí que, de repente, del cuarto negro surge un negro bulto, una furiosa voz: «¡Villano, villano!» Y una lámina de daga brilla y cae, y otra vez se levanta y brilla y vuelve a caer, y aún refulge y torna a hundirse... Como un fardo, de lo alto de la escalera, pesadamente, el ahorcado cae sobre la tierra muelle. Vidrieras y ventanas se cierran a seguida, con fragor. Y no hubo más, sino el silencio, la oscuridad y la luna alta y redonda en el cielo de verano.

Al comprender don Ruy la traición, desenvainó la espada, ganando la oscuridad de la avenida, cuando, ¡oh milagro!, corriendo por la terraza aparece el ahorcado, que le agarra por la manga y le grita:

--¡A caballo, señor, volando; que el encuentro no era de amor, sino de muerte!...

Ambos descienden a toda prisa la avenida, costean el estanque bajo el refugio de los arbustos en flor, métense por la calle estrecha orlada de tejos, abren la puerta y, de pronto, páranse, sofocados, en la carretera, donde la luna, más refulgente, más llena, simulaba la claridad del sol.

¡Y entonces, solo entonces, don Ruy descubrió que el ahorcado conservaba clavada en el pecho, hasta los pomos, la daga, cuya punta le salía por la espalda, lúcida y limpia!... Pero ya el pavoroso hombre le empujaba nuevamente:

--¡A caballo, señor, volando; que aún tenemos encima la traición!

Horrorizado, con un ansia de terminar aventura tan llena de espanto y de milagro, don Ruy cogió las riendas y comenzó a cabalgar sufridamente. Y luego, con gran prisa, el ahorcado saltó también a grupas del caballo fiel. Encogiose el buen caballero al sentir en sus espaldas el roce de aquel cuerpo muerto, desprendido de un patíbulo, atravesado por una daga. ¡Con qué desesperación galopó entonces por la carretera interminable! Y don Ruy a cada momento sentía un frío mayor que le helaba los hombros, como si llevase sobre ellos un enorme costal de nieve. Al pasar por el crucero, murmuró: «¡Valedme, señor!» Y más allá, estremeciose de repente, con el quimérico miedo de que tan fúnebre camarada le fuese acompañando para siempre, y se tornase su destino galopar a través del mundo, en una noche eterna, llevando un muerto a grupas de su caballo... Y no se contuvo, gritó para atrás, en el viento de la carrera que los zahería:

--¿En dónde queréis que os deje?

El ahorcado, acercando tanto el cuerpo a don Ruy, que le tocó con el pomo de la daga, repuso:

--¡Señor, conviene que me dejéis en el cerro!

Dulce e infinito alivio para el buen caballero, pues el cerro estaba cerca, y ya se distinguían en la claridad desmayada los pilares y los travesaños negros. A poco detuvo el caballo, que temblaba blanco de espuma.

El ahorcado, sin rumor, descendió de la silla, asegurando, como buen servicial, el estribo de don Ruy. Y con la calavera erguida, y la lengua negra pendiente entre los dientes blancos, murmuró una respetuosa súplica:

--¡Hacedme ahora el gran servicio de volverme a colgar otra vez!

Don Ruy estremeciose de horror.

--¡Por Dios! ¿Que os ahorque yo?

El hombre suspiró, abriendo los brazos, en un triste ademán:

--¡Señor, por voluntad de Dios es, y por voluntad de Aquella que le es más grata a Dios!

Resignado, sumiso a los mandatos de lo Alto, apeose don Ruy y comenzó a seguir al hombre, que caminaba hacia el cerro pensativamente, doblando el dorso, del cual salía, clavada y limpia, la punta de la daga. Paráronse ante el suplicio vacío. En torno de los otros pendían los otros tres esqueletos. El silencio era más triste y hondo que los otros silencios de la tierra. El agua de la laguna ennegreciérase. La luna descendía rápida y desfallecía.

Don Ruy examinó el madero en donde quedaba el pedazo de cuerda cortada con la espada.

--¿Cómo queréis que os cuelgue? --exclamó--. No llego con la mano al otro pedazo de cuerda; yo solo no basto para izaros.

--Señor --respondió el hombre--, ahí, al lado, debe de haber un rollo de cuerda. Una punta me la ataréis a este nudo que tengo en el pescuezo; la otra punta la echaréis por encima del madero, y, tirando después, fuerte como sois, conseguiremos nuestro objeto.

Curvados ambos con pasos lentos, buscaron el rollo de cuerda. Lo encontró el ahorcado, y él mismo lo desenrolló... Entonces don Ruy descalzose los guantes. Y enseñado por él (que tan bien lo aprendiera del verdugo), ató una punta al lazo que el hombre conservaba en el pescuezo, y tiró con fuerza la otra, que ondeó en el aire, pasó sobre el madero y quedó pendiente cerca del suelo. Y el robusto caballero, afianzando los pies, retesando los brazos, tiró de la cuerda e izó el hombre hasta dejarlo suspenso, negro, en el aire, como un ahorcado natural, entre los demás ahorcados.

--¿Estás bien así?

Lenta y sumisa vino la voz del muerto:

--Señor, estoy como debo.

Don Ruy, entonces, enrolló la cuerda al pilar de piedra. Y el sombrero en la mano, limpiándose con la otra el sudor que le corría a cántaros, contempló a su siniestro y milagroso compañero. Estaba ya rígido como antes, con la faz pendiente bajo las melenas caídas, los pies enderezados, todo carcomido como un viejo tronco. En el pecho conservaba la daga clavada. Por cima, dos cuervos dormían quietos.

--Y ahora, ¿qué más quieres? --preguntó don Ruy comenzando a ponerse los guantes.

Desde lo alto, el ahorcado murmuró:

--¡Señor, con toda el alma os ruego que, al llegar a Segovia, le contéis el suceso a Nuestra Señora del Pilar, vuestra madrina, que de ella espero gran merced para mi salvación eterna por este servicio, que, por su mandato, os hizo mi cuerpo!

Todo lo comprendió don Ruy de Cárdenas entonces, y arrodillándose devotamente sobre el suelo de dolor y muerte, rezó una larga oración por aquel buen ahorcado.

Después galopó para Segovia. Clareaba la mañana cuando traspasó la puerta de San Mauro. Sonaban las campanas en el aire claro. Y entrando en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, aun en el desaliño de su terrible jornada, don Ruy, ante el altar, narró a su celestial madrina la ruin tentación que le llevara a Cabril, el socorro que del cielo había recibido, y con lágrimas de arrepentimiento y gratitud, juró que nunca más pondría deseo en donde hubiese pecado, ni en su corazón daría entrada a pensamiento que viniese del Mundo y del Mal.

IV

A esa hora, en Cabril, don Alonso de Lara, con los ojos abiertos de pasmo y de terror, escudriñaba todas las calles, cuarteles y sombras de su jardín.

Cuando al amanecer, luego de abierta la puerta de la cámara en que había encerrado a doña Leonor, descendió sutilmente al jardín y no encontró debajo del balcón, pegando a la escalera, como deliciosamente se prometía, el cuerpo de don Ruy de Cárdenas, tuvo por cierto que el odiado hombre, al caer, aún con un hilo débil de vida, se arrastraría sangrando, con el intento de alcanzar el caballo y escapar de Cabril...

Mas con aquella recia daga que por tres veces enterrara en su pecho, y que en el pecho había dejado, no se arrastraría el villano muchos metros, y en algún sitio de aquellos debía de yacer estirado y frío. Rebuscó entonces cada calle, cada sombra, cada macizo de arbustos. Y --¡caso maravilloso!--, ¡no descubría el cuerpo, ni pisadas, ni tierra que hubiese sido removida, ni siquiera rastro de sangre sobre la tierra! Y, sin embargo, ¡mano certera y hambrienta de venganza, tres veces le clavara la daga en el pecho y en el pecho se la dejara!

¡Y era Ruy de Cárdenas el muerto, que bien lo había conocido desde el fondo del cuarto donde espiaba, cuando a la claridad de la luna atravesó la terraza, confiado, ligero, con la mano en la cintura, la faz risueñamente erguida y la pluma del sombrero balanceándose en triunfo! ¿Cómo podría suceder una cosa tan rara, un cuerpo mortal sobreviviendo a un hierro que tres veces le atraviesa el corazón y en el corazón le queda clavado? ¡Y la mayor rareza era que ni en el suelo, debajo de la ventana, señalábase el vestigio de aquel cuerpo fuerte, caído pesadamente como un fardo! ¡Ni una flor machucada; todas derechas, erguidas, frescas, con leves gotas de rocío sobre las corolas! Inmóvil de espanto, casi de terror, don Alonso de Lara detúvose allí, considerando el balcón, midiendo la altura de la escalera, contemplando con ojos espantados los alhelíes derechos, frescos, sin un tallo u hoja doblada. Después comenzó a correr locamente por la terraza, por la avenida, por la calle de los bojes, todavía con la esperanza de hallar una pisada, un tallo roto, alguna gota de sangre sobre la finísima arena.

¡Nada! Todo el jardín ofrecía un desusado arreglo y limpieza, como si sobre él nunca hubiese pasado el viento que deshoja ni el sol que mustia.

Entonces, al atardecer, devorado por la incertidumbre y el misterio, tomó un caballo y, sin escudero ni caballerizo, partió para Segovia. Curvado y escondidamente, como un forajido, penetró en su palacio por la puerta del pomar, y su primer cuidado fue correr la galería abovedada, desatrancar las maderas de las ventanas y espiar ávidamente la casa de don Ruy de Cárdenas. Todos los miradores de la vieja morada del arcediano estaban abiertos, respirando la frescura de la noche; y a la puerta, sentado en un banco de piedra, un mozo de caballeriza afinaba perezosamente la bandurria.

Don Alonso de Lara descendió a su cámara, lívido, pensando que no acontecía de seguro desgracia en casa donde todas las ventanas se abren para recibir el fresco, y en la puerta de la calle tocan y se divierten los mozos. Batió las palmas, pidiendo furiosamente la cena. Y apenas sentado al extremo de la mesa, en su alta silla de cuero labrado, mandó llamar al intendente, a quien en seguida ofreció, con extraña familiaridad, una copa de vino añejo. En tanto el hombre, en pie, bebía respetuosamente, don Alonso, metiendo los dedos por la maraña de las barbas y forzando su sombría faz para sacarle una sonrisa, preguntaba por las nuevas acontecidas en Segovia. Durante los días de su estancia en Cabril ¿nada espantoso o digno de murmuración había ocurrido en la ciudad?... El intendente limpió los labios para afirmar que nada espantoso murmurábase en Segovia, a no ser que la hija del señor don Gutierre, tan joven y rica heredera, tomaba el hábito de las Carmelitas Descalzas. Don Alonso insistía mirando vorazmente al intendente. ¿Y no se trabara una gran lucha, no se encontrara herido en la carretera de Cabril un caballero joven, muy conocido?... El intendente encogía los hombros: nada decían por la ciudad de luchas y caballeros heridos. Con un acento desabrido, don Alonso lo despidió de su presencia.

Apenas terminada la parca cena, volvió a la galería para espiar de nuevo las ventanas de don Ruy. Ahora estaban cerradas; en la última de la esquina percibíase tenue claridad.

Pasó en vigilia la noche, removiendo incansablemente el mismo espanto. ¿Cómo pudo escapar aquel hombre con una daga atravesada en el corazón? ¿Cómo?... Al amanecer tomó una capa, un largo sombrero, y descendió al atrio, todo embozado y cubierto, y quedó rondando por delante de la casa de don Ruy. Las campanas tocaban a maitines. Los mercaderes, con los jubones mal abotonados, salían a levantar las persianas de las puertas, a colgar el muestrario. Ya los hortelanos, picando los burros cargados de costales, lanzaban los pregones anunciando la hortaliza fresca, y los frailes descalzos, con la alforja al hombro, pedían limosna y bendecían a las mozas.

Beatas embozadas, con gruesos rosarios negros, enfilaban golosamente para la iglesia. Después el pregonero de la ciudad, parado en un extremo del atrio, tocó una bocina, y con una voz tremenda comenzó a leer un edicto.

El señor de Lara parárase junto a la fuente, pasmado, como embebecido en el canto de los chorros. De repente pensó que aquel edicto, leído por el pregonero de la ciudad, debíase referir a don Ruy, acaso a su desaparición... Corrió a la esquina del atrio; pero ya el hombre, con el papel enrollado, abríase paso, batiendo en las losas con su vara descomunal. Y cuando se volvió para espiar de nuevo la casa, he aquí que sus ojos, atónitos, tropiezan a don Ruy, ¡a don Ruy, su víctima, que venía caminando para la iglesia de Nuestra Señora, ligero, airoso, la faz risueña y erguida en el fresco aire de la mañana, de jubón claro, con plumas claras, con una de las manos posada en el cinto, la otra meneando distraídamente un bastón con borlas de torzal de oro!

Don Alonso recogiose entonces a su casa con pasos arrastrados y envejecidos. En lo alto de la escalera de piedra halló a su viejo capellán, que venía a saludarle y que, penetrando con él en la antecámara, después de pedir, con reverencia, nuevas de la señora doña Leonor, le habló de un prodigioso caso que había llenado a la ciudad de espanto y murmuración. ¡En la víspera, por la tarde, yendo el corregidor a visitar el Cerro de las Horcas, pues se acercaba la fiesta de los Santos Apóstoles, descubriera, con mucho pasmo y escándalo, que uno de las ahorcados tenía una daga clavada en el pecho! ¿Era gracia de algún pícaro siniestro? ¿Venganza que la muerte no saciara?... ¡Y para mayor prodigio aún, el cuerpo había sido descolgado del madero, arrastrado en huerta o jardín (pues que presas a los viejos harapos se encontraron hojas tiernas) y después nuevamente ahorcado y con una cuerda nueva!... ¡Así iba la turbulencia de los tiempos, que ni los muertos se privaban de tamaños ultrajes!

Don Alonso escuchaba temblando, con el pelo horripilado. Inmediatamente, con una ansiosa agitación, bramando, tropezando contra las puertas, quiso partir y convencerse con sus propios ojos de la fúnebre profanación. En dos mulas enjaezadas de prisa, ambos salieron para el Cerro de los Ahorcados, él y el capellán, arrastrado y aturdido. Un gran golpe de vecinos de Segovia, reuniérase en el Cerro, poseídos todos de un horror maravilloso ante ¡el muerto que fuera muerto!... Todos se arremolinaron en torno del noble señor de Lara, que permanecía desmadejado y lívido, mirando al ahorcado y a la daga que le atravesaba el pecho. Era su daga: ¡fuera él quien había matado al muerto!

Galopó empavorecido para Cabril. Y allí se encerró con su secreto, comenzando a palidecer, a adelgazar, siempre alejado de la señora doña Leonor, escondido por las calles sombrías del jardín, murmurando palabras al viento, hasta que en la madrugada de San Juan, una criada, que volvía de la fuente con su cántaro, lo encontró muerto, bajo el balcón de piedra, estirado en el suelo, con los dedos clavados en el bancal de alhelíes, donde parecía haber excavado largamente la tierra, buscando algo...

V

Para huir de tan lamentables memorias, la señora doña Leonor, heredera de todos los bienes de la casa de Lara, recogiose a su palacio de Segovia. Pero como ahora sabía que el señor don Ruy de Cárdenas había escapado milagrosamente de la emboscada de Cabril, y, como día por día, acechando por entre las rejas, lo seguía con ojos húmedos, jamás satisfechos, cuando el caballero cruzaba el atrio para entrar en la iglesia, no quiso ella, con recelo de las prisas e impaciencia de su corazón, visitar a la Señora del Pilar mientras durase el luto. Más tarde, una mañana de domingo, cuando, en vez de crespones negros, se pudo cubrir de sedas rojas, descendió la escalera de su palacio, pálida, por efecto de una emoción nueva y divina, pisó las losas del atrio y traspuso las puertas de la iglesia. Don Ruy de Cárdenas estaba arrodillado delante del altar, en donde había colocado su votivo ramo de claveles blancos y amarillos. Al rumor de las finas sedas, irguió los ojos con una esperanza purísima, hecha de gracia celeste, como si un ángel le hubiese llamado. Doña Leonor arrodillose, arqueado el pecho por la impresión, tan pálida y tan feliz, que la cera de las hachas no era más pálida, ni más felices las golondrinas que batían sus alas libres por las ojivas de la vieja iglesia.

Ante ese altar, y de rodillas en esas losas, ambos fueron casados por el obispo de Segovia, don Martiño, en el otoño del año de gracia de 1475, siendo ya reyes de Castilla Isabel y Fernando, muy poderosos y muy católicos, por quien Dios operó grandes hechos sobre la tierra y sobre el mar.

[Ilustración]

JOSÉ MATÍAS

¡Linda tarde, amigo mío!... Estoy esperando el entierro de José Matías --del José Matías de Albuquerque, sobrino del vizconde de Garmilde... Usted lo conoció seguramente: un muchacho airoso, rubio como una espiga, con un bigote crespo de paladín sobre una boca indecisa de contemplativo, diestro caballero, de una elegancia sobria y fina. ¡Y espíritu curioso, muy aficionado a las ideas generales, tan penetrante, que comprendió mi _Defensa de la Filosofía Hegeliana_! Esta imagen de José Matías data de 1865; porque la última vez que le encontré, en una tarde agreste de enero, metido en un portal de la calle de San Benito, tiritaba dentro de una levita color de miel, roída en los codos, y olía abominablemente a aguardiente.

¡Pero usted, en una ocasión en que José Matías detúvose en Coimbra, volviendo de Oporto, cenó con él en el Pazo del Conde! Hasta recuerdo que Craveiro, que preparaba las _Ironías y Dolores de Satán_ para irritar más la disputa entre la Escuela Purista y la Escuela Satánica, recitó aquel soneto suyo, de tan fúnebre idealismo: _En la jaula de mi pecho, el corazón..._ Y recuerdo todavía a José Matías, con una gran corbata de seda negra hinchada entre el cuello de lino blanco, sin despegar los ojos de las velas de los candeleros, sonriendo pálidamente a aquel corazón que rugía en su jaula... Era una noche de abril, de luna llena. Después paseamos en bando, con guitarras, por el Puente y por el Choupal. Januario cantó ardientemente las endechas románticas de nuestro tiempo:

Ayer de tarde, al sol puesto, contemplabas silenciosa la corriente caudalosa que retozaba a tus pies...

¡Y José Matías, acodado sobre el parapeto del Puente, con el alma y los ojos perdidos en la luna! --¿Por qué no acompaña usted a este interesante mozo al cementerio de los Placeres? Tengo un coche de plaza, con número, como conviene a un profesor de Filosofía... ¿Qué? ¿Por causa de los pantalones claros? ¡Oh, mi caro amigo! De todas las materializaciones de la simpatía, ninguna más groseramente material que el casimir negro. ¡Y el hombre que vamos a enterrar era un gran espiritualista!

Venía la caja saliendo de la Iglesia... Apenas tres carruajes para acompañarle. --Mas, realmente, caro amigo, José Matías murió hace seis años, en su puro esplendor. Ese que llevamos ahí, medio descompuesto, dentro de cuatro tablas galoneadas de amarillo, es un resto de borracho sin historia y sin nombre, que el frío de febrero mató en el vano de un portal.