Part 12
Gritos de alarma atronaron a seguida el palacio. Por las ventanas pasó el largo flamear de las antorchas. Resonaban los patios con el batir de las armas. Casi desnuda, desgreñada, la reina invadió la cámara, cercada de las ayas, llamando a gritos por su hijo. Al ver la cuna de marfil, con las ropas desarregladas, vacía, cayó al suelo, llorando, despedazada. En esto, callada, muy lenta, muy pálida, el ama descubrió la pobre cuna de rejilla... Allí estaba el príncipe, quieto, dormidito, en un sueño que le hacía sonreír y le iluminaba toda la carita entre sus cabellos de oro. Cayó la madre sobre la cuna, con un suspiro, como cae un cuerpo muerto.
Y en este punto un nuevo clamor conmovió la galería de mármol. Era el capitán de la guardia, su gente fiel. Había, sin embargo, en sus clamores, más tristeza que triunfo. ¡Muriera el bastardo! Cogido, al huir, entre el palacio y la ciudadela, aplastado por la fuerte legión de arqueros, sucumbieron, él y veinte de su horda. Su cuerpo estaba allí, con flechas en el flanco, en un charco de sangre. ¡Mas, ay, dolor sin nombre! ¡El cuerpecillo tierno del príncipe allí estaba también, envuelto en un manto, ya frío, rojo todavía de las manos feroces que lo habían estrangulado! Comunicaban así tumultuosamente los hombres de armas la nueva cruel, cuando la reina, deslumbrada, con lágrimas y risas, irguió en los brazos para mostrárselo, al príncipe, que había despertado.
Fue un espanto, una aclamación. ¿Quién lo salvara? ¿Quién?... ¡Allí estaba, junto a la cuna de marfil vacía, muda y tiesa, la que lo salvara! ¡Sierva sublimemente leal! Había sido ella quien, para conservar la vida a su príncipe, condenara a muerte a su hijo... Entonces, solo entonces, la madre dichosa, emergiendo de su alegría extática, abrazó apasionadamente a la madre dolorosa y la llamó hermana de su corazón... Y de entre aquella multitud que se apretaba en la galería vino una nueva, ardiente aclamación, con súplicas de que fuese magníficamente recompensada la sierva admirable que salvara al rey y al reino.
¿Y cómo? ¿Qué bolsas de oro pueden pagar un hijo? Un viejo de noble casta propuso que fuese llevada al tesoro real y escogiese de entre sus riquezas, que eran como las mayores de los mayores tesoros de la India, todas las que apeteciese su deseo.
La reina tomó de la mano a la sierva. Y sin que su cara de mármol perdiese la rigidez, con un andar de muerta, como en un sueño, se dejó conducir hasta la Cámara de los Tesoros. Señores, ayas, hombres de armas, seguíanla con un respeto tan enternecido, que apenas se oía el rozar de las sandalias en las losas. Las espesas puertas del tesoro giraron lentamente. Y cuando un siervo abrió las ventanas, la luz de la madrugada, ya clara y rósea, entrando por los enrejados de hierro, inflamó un maravilloso y centelleante incendio de oro y pedrerías.
Del suelo de piedra, hasta las bóvedas sombrías, por toda la cámara, relucían, resplandecían, refulgían los escudos de oro, las armas incrustadas, los montones de diamantes, las pilas de monedas, los largos hilos de perlas, todas las riquezas de aquel reino, acumuladas por cien reyes durante veinte siglos. Un _¡ah!_, lento y maravillado pasó sobre la turba enmudecida. Siguió un silencio ansioso. En el centro de la cámara, envuelta en la refulgencia preciosa, el ama no se movía... Apenas sus ojos, brillantes y secos, se habían erguido para aquel cielo que, más allá de las rejas, teñíase de rosa y de oro. Era allí, en ese cielo fresco de madrugada, en donde ahora estaba su hijo. ¡Estaba allí, y ya el sol se levantaba, y era tarde, y aquella criatura lloraría, buscando su pecho!... El ama sonrió y extendió la mano. Seguían todos, sin respirar, aquel lento mover de su mano abierta. ¿Qué joya maravillosa, qué hilo de diamantes, qué puñado de rubíes iba a escoger?
El ama alargó la mano hacia un escabel próximo, y de entre un montón de armas cogió un puñal. Era un puñal de un viejo rey, todo guarnecido de esmeraldas, que valía una provincia.
Agarró el puñal, y apretándolo fuertemente en la mano, apuntando para el cielo, hacia el cual subían los primeros rayos del sol, se encaró con la reina y con la multitud, y gritó:
--Salvé a mi príncipe, y ahora... voy a dar de mamar a mi hijo.
Y se clavó el puñal en el corazón.
[Ilustración]
EL DIFUNTO
I
En el año 1474, tan abundante en mercedes divinas para toda la cristiandad, reinando en Castilla el rey Enrique IV, vino a habitar en la ciudad de Segovia, en donde había heredado huertos y moradas, un joven caballero, de limpio linaje y gentil parecer, que se llamaba don Ruy de Cárdenas.
Su casa, legado de un tío, arcediano y maestro en cánones, quedaba al lado y en la sombra silenciosa de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar; y enfrente, más allá del atrio, donde cantaban los tres chorros de un chafariz antiguo, erguíase el oscuro palacio de don Alonso de Lara, hidalgo de riquezas dilatadas y maneras sombrías, que ya en la madurez de la edad, todo grisáceo, desposárase con una joven citada en Castilla por su blancura, por sus cabellos del color de la aurora y por su cuello de garza real. Don Ruy había sido apadrinado, al nacer, por Nuestra Señora del Pilar, de quien siempre se conservó devoto y fiel servidor; aunque siendo de sangre brava y alegre, gustábanle las armas, la caza, los salones galantes, y por veces, las noches ruidosas de taberna con dados y pellejos de vino. Por amor, y por las facilidades de la santa vecindad, adquiriera la piadosa costumbre, desde su llegada a Segovia, de visitar todas las mañanas a su celestial madrina y de pedirla, a medio de tres _Avemarías_, la bendición y la gracia.
Al oscurecer, después de alguna ruda correría por campo y monte con los lebreles y el halcón, aún volvía, a la hora de las Vísperas, para murmurar dulcemente una Salve.
Y todos los domingos compraba en el atrio, a una ramilletera morisca, algún atado de junquillos o claveles o rosas silvestres, que esparcía con ternura y cuidado galantes enfrente del altar de la Virgen.
A esa venerada iglesia del Pilar venía también cada domingo doña Leonor, la tan citada y hermosa mujer del señor de Lara, acompañada por un aya triste, de ojos más abiertos y duros que los de una lechuza, y por dos fuertes lacayos que la envolvían y guardaban como unas torres. Tan celoso era el señor don Alonso, que solo por habérselo ordenado severamente el confesor y con miedo de ofender a la Virgen, su vecina, permitía esta visita fugitiva, cuyos pasos y demora espiaba impacientemente entre las rejas de una celosía. Toda la semana se la pasaba doña Leonor en la cárcel del enrejado solar de granito negro, no teniendo para recrearse y respirar, aun en las ardorosas calmas del estío, más que un fondo de jardín verdinegro, cercado de tan altos muros, que apenas se alcanzaba a ver, emergiendo de ellos, allá y acullá, alguna punta de triste ciprés. Mas esa corta visita a Nuestra Señora del Pilar bastó para que don Ruy se enamorase de ella locamente, en la mañana de mayo en que la vio de rodillas ante el altar, envuelta en un haz de rayos de sol, aureolada por sus cabellos de oro, con las largas pestañas pendidas sobre el libro de las Horas y el rosario cayendo de entre sus finos dedos, toda ella fina, blanca, de una blancura de lirio abierto en la sombra, más blanca entre los negros encajes y las sedas negras que alrededor de su cuerpo, lleno de gracia, quebrábanse en arrugas sobre las losas de la capilla, viejas lápidas de sepultura sin fecha. Cuando después de un momento de éxtasis y de delicioso pasmo se arrodilló, fue menos por la Virgen del Pilar, su celestial madrina, que por aquella aparición mortal, de quien no conocía el nombre ni la vida, y por la cual daría vida y nombre si ella se rindiese por precio tan incierto.
Balbuciendo como una plegaria ingrata las tres _Avemarías_ de costumbre, echó mano al sombrero, descendió levemente la nave sonora y quedose en el portal, aguardándola, confundido con los mendigos lazarientos que se calentaban al sol. Y cuando al cabo de un tiempo, en que don Ruy sintió en el corazón un desusado latir de ansiedad y miedo, doña Leonor pasó y se detuvo, mojando los dedos en la pila del agua bendita, sus ojos, bajo el velo caído, no se irguieron frente a él ni tímidos ni desatentos. Con el aya de ojos muy abiertos pegada a sus vestidos, entre los dos lacayos como protegida por dos torres, atravesó el atrio, piedra por piedra, gozando, seguramente, como una recluida, del aire y el sol que la inundaban. Y fue un espanto para don Ruy cuando la vio penetrar en la sombría arcada de gruesos pilares y desaparecer por una puertecilla de servicio cubierta de herrajes. ¡Era, pues, doña Leonor, la linda y noble señora de don Alonso de Lara!...
Entonces comenzaron siete penosos días, que él gastó en un poyo de su ventana, considerando aquella negra puerta, cubierta de herrajes, como si fuera la del Paraíso y por ella tuviese que salir un ángel para anunciarle la Bienaventuranza eterna. Hasta que llegó el esperado domingo: y pasando él por el atrio a la hora de Prima, cuando repicaban las campanas, con la ofrenda de un manojo de claveles amarillos para su madrina, cruzó doña Leonor, que salía de entre los pilares de la oscura arcada, blanca, dulce y pensativa, al modo que sale la luna de entre las nubes. Los claveles casi se le cayeron en aquel alborozo, en que el pecho se le arqueó con la violencia del mar y el alma toda le huyó en tumulto a través de los ojos con que la devoraba. También ella levantó los suyos hacia don Ruy; pero unos ojos reposados, serenos, en que no lucía curiosidad ni acaso conciencia de estarse trocando con otros tan encendidos y ennegrecidos por el deseo.
El caballero no entró en la iglesia, quizá por el piadoso recelo de no prestar a su celestial madrina la atención que de seguro había de robarle aquella mujer que era solo humana, mas dueña ya de su corazón y en él divinizada.
Esperó ávidamente a la puerta entre los mendigos, secando los claveles con el ardor de las manos trémulas, pensando cuánto se demoraba el rosario que doña Leonor rezaba. Aún no descendía ella por la nave y ya don Ruy advertía dentro del alma el dulce rugir de la seda que arrastraba por las losas. Pasó la blanca señora, y la misma mirada distraída que echó sobre los mendigos y por el atrio, dejó correr sobre él, o porque no comprendiese a aquel joven que de repente se tornaba tan pálido, o porque no le diferenciaba aún de las cosas y de las formas indiferentes.
Don Ruy partió, conteniendo un hondo suspiro, y en su cuarto puso devotamente ante la imagen de la Virgen las flores que no le ofreciera en la iglesia ante su altar. Toda su vida se volvió entonces una larga queja por sentir tan fría e inhumana a la mujer, única entre las mujeres, que prendiera y tornara serio su corazón ligero y errante. Con una esperanza, en la que entreveía el desengaño, comenzó a rondar los altos muros del jardín, y otras veces, embozado en la capa, con el hombro contra una esquina, quedábase contemplando lentas horas las rejas de las celosías, gruesas y negras como las de una cárcel. Los muros no se abrían, de las rejas no salía siquiera un rastro de luz prometedor. Todo el solar era como un sepulcro. Para desahogarse compuso en largas veladas, sobre pergaminos, trovas dulces y gimentes, que no le consolaban. Delante del altar de la Virgen, sobre las mismas losas en que la había visto arrodillada, doblaba él las rodillas y quedaba, sin palabras de oración, en una añoranza amarga y dulce, esperando que su corazón serenase bajo la influencia de Aquella que todo lo consuela y serena; pero siempre se erguía más desdichado, teniendo apenas la sensación de cuán frías y rígidas eran las piedras sobre que se arrodillara. El mundo todo solo le parecía contener rigidez y frialdad.
Otras claras mañanas de domingo encontró a doña Leonor; y siempre sus ojos permanecían descuidados, o cuando se cruzaban con los suyos era tan sencillamente, tan limpios de toda emoción, que don Ruy los prefiriera ofendidos y brillando de ira o desviados con soberbio desdén. Cierto que doña Leonor ya le conocía; pero así conocía también a la vendedora morisca recogida delante de su cesto al borde de la fuente, o a los pobres que se calentaban al sol ante el portal de la iglesia. Ni don Ruy podía pensar que fuese inhumana y fría. Era apenas soberanamente remota, como una estrella que en las alturas gira y refulge, sin saber que abajo, en un mundo que ella no distingue, ojos que no sospecha la contemplan, la adoran y la entregan el gobierno de su ventura y de su suerte.
Entonces don Ruy pensó:
--Ella no quiere, yo no puedo; fue un sueño que debe terminar. ¡Nuestra Señora nos tenga a ambos de su mano!
Y como era un caballero discreto, desde que la reconoció así, imperturbable en su indiferencia, no la buscó más, ni siquiera volvió a levantar los ojos para los hierros de sus rejas, y hasta ni penetraba en la iglesia de Nuestra Señora cuando, casualmente, desde el portal, la veía arrodillada, con su cabeza, tan llena de oro y de gracia, pendida sobre el libro de oración.
II
La vieja aya, de ojos más abiertos y duros que los de una lechuza, no tardó en contar al señor de Lara que, un mozo audaz, de gentil parecer, nuevo morador en las viejas casas del arcediano, se atravesaba constantemente en el atrio y apostábase delante de la iglesia para tirar del corazón por los ojos a la señora doña Leonor. Bien lo sabía ya el celoso hidalgo, porque cuando desde su ventana espiaba como un halcón los pasos de doña Leonor camino de la iglesia, observara las vueltas, las esperas y las miradas dardeantes de aquel mozo galanteador, y se tiraba de las barbas con rabia. Desde entonces, a la verdad, su más intensa preocupación era odiar a don Ruy, el impudente sobrino del sacerdote que osaba levantar sus bajos deseos hasta la alta señora de Lara. Constantemente le tenía vigilado por un criado y conocía sus pasos, y sus descansos, y los amigos con quienes holgaba y cazaba, y hasta quien le cortaba sus jubones, y hasta quien le pulía la espada, y cada hora de su vivir. Y aún vigilaba más a doña Leonor; todos sus movimientos, sus modos más fugitivos, sus silencios, la plática con las ayas, las distracciones sobre el bordado, el gesto soñador sobre los árboles del jardín, y el aire y el color con que volvía de la iglesia... Pero tan serena en el sosiego de su corazón se mostraba la señora, que ni el celoso más imaginador de culpas podría hallar manchas en aquella pura nieve. Redoblose entonces el rencor de don Alonso contra el señor de Cárdenas por haber apetecido aquella pureza y aquellos cabellos color de sol claro, y aquel cuello de garza real, que eran solo suyos, para espléndido gusto de su vida. Y cuando paseaba por la triste galería del solar, sonora y abovedada, enfundado en su zamarra orlada de pieles, con el pico de la barba grisácea echada hacia delante, la cabellera crespa, erizada para atrás, y los puños cerrados, iba siempre removiendo la misma hiel.
--Tentó contra su virtud y contra mi honra... ¡Culpado por dos delitos, merece dos muertes!
Mas a su furor se mezcló el terror cuando supo que don Ruy ya no esperaba en el atrio a doña Leonor, ni rondaba amorosamente las tapias del palacio, ni penetraba en la iglesia mientras ella la visitaba; y que tan enteramente refugiábase de su vista, que una mañana, hallándose cerca de la arcada y habiendo sentido cómo se abría la puerta por la cual la señora iba a aparecer, quedose vuelto de espaldas, sin moverse, riendo con un caballero gordo que le leía un pergamino. ¡Tan bien afectada indiferencia solo servía (pensó don Alonso) para esconder alguna intención dañina! ¿Qué tramaba el diestro engañador? Todo se exacerbó en el desabrido hidalgo: celos, rencor, vigilancia, a pesar de su edad fea y grisácea. En el sosiego de doña Leonor, sospechó maña y fingimiento; e inmediatamente quedaron prohibidas las visitas a Nuestra Señora del Pilar.
En las mañanas de domingo corría él a la iglesia para rezar el rosario y llevar las disculpas de la esposa --_¡que no puede venir_ (murmuraba curvado delante del altar) _por lo que sabéis, Virgen purísima!_--. Cuidadosamente visitó y reforzó todos los negros cerrojos de las puertas de su solar.
De noche soltaba dos mastines en las sombras del jardín murado.
A la cabecera del vasto lecho, junto a la mesa en donde quedaba la lámpara, un relicario y un vaso de vino caliente con canela y clavo para retemperar sus fuerzas, lucía siempre una gran espada desnuda. A pesar de tantas seguridades no dormía, y a cada instante se levantaba sobresaltado de entre las almohadas, agarrando a doña Leonor con mano brutal y ansiosa, que le oprimía el cuello para rugir muy bajo, preso de terribles ansias: «¡Di que me quieres solo a mí!» Después, en cuanto amanecía, iba a espiar, como un halcón, las ventanas de don Ruy. Nunca le echaba la vista encima; ahora, ni a la puerta de la iglesia, en las horas de misa, ni recogiéndose del campo, a caballo, al toque del Avemaría.
Y por verle así, lejos de los sitios y giros acostumbrados, más lo sospechaba dentro del corazón de doña Leonor.
En fin, una noche, después de recorrer mil veces el pavimento de la galería, removiendo sordamente odios y desconfianzas, gritó por el intendente y ordenó que se preparasen las ropas y cabalgaduras. ¡Temprano, de madrugada, partiría con la señora doña Leonor, para su heredad de Cabril, a dos leguas de Segovia! La partida no fue de madrugada, como huida de avariento que va a esconder su tesoro; realizose con todo aparato y demora, quedando la litera delante de la arcada largas horas, con las cortinas abiertas, entretanto un caballerizo paseaba por el atrio la mula blanca del hidalgo, enjaezada a la morisca, y del lado del jardín la recua de machos, cargados de baúles, presos a las argollas, bajo el sol y la mosca, aturdían la ciudad con el tintinear de los cascabeles. Así supo don Ruy la jornada del señor de Lara, y así lo supo toda la ciudad.
Fue un gran contento para doña Leonor la noticia del viaje; gustaba ella de Cabril, de sus sotos y pomares, de los jardines, para donde abrían rasgadamente, sin rejas ni gradas, las ventanas de sus claros aposentos; allí, por lo menos, tenía aire y sol y plantas que regar, un vivero de pájaros y tantas y tantas calles de árboles que la significaban casi la libertad. Luego, que esperaba que en el campo se aligerasen aquellos cuidados que traían, durante los últimos tiempos, tan arrugado y taciturno a su marido y señor.
Mas no logró esta esperanza, porque al cabo de una semana aún no se desvaneciera la faz de don Alonso, ni de seguro había frescura de arbolado, susurro de agua corriente o espesos aromas de rosales en flor que calmasen agitación tan amarga y honda. Como en Segovia, en esotra galería abovedada, paseaba sin descanso, enterrado en su zamarra, el pico de la barba echado hacia delante, la melena erizada para atrás y un terrible rictus en los labios, como si meditase maldades, gozando de antemano su sabor acre y picante. Y todo el interés de su vida concentrárase en un criado que galopaba de continuo entre Segovia y Cabril y que esperaba a las veces en el comienzo de la aldea, junto al crucero, atento para escuchar al hombre que se desmontaba, sofocado, para contarle las nuevas recogidas.
Una noche en que doña Leonor, en su cuarto, rezaba el trisagio con las ayas, a la luz de un hachón de cera, el señor de Lara entró pausadamente, trayendo en la mano una hoja de pergamino y una pluma enterrada en el tintero de hueso. Con rudo acento despidió a las ayas, que le temían como a un lobo. Y empujando un escabel, volviéndose a doña Leonor, con cara tranquila, como si apenas viniese a tratar con ella de cosas fáciles y naturales:
--Señora --dijo--, quiero que me escribáis una carta que me conviene mucho escribir...
Tan fácil era a la sumisión, que, sin otro reparo o curiosidad, luego de ir a colgar en la barra de la cama el rosario con que rezara, se acomodó sobre el escabel, y aplicando sus dedos finos para que la letra fuese esmerada y clara, trazó la primera línea que el señor de Lara le dictó: «Caballero.» Mas cuando le dictó la siguiente, y de un modo amargo, doña Leonor arrojó la pluma como si le escaldase las manos y, apartándose de la mesa, gritó con aflicción:
--Señor, ¿a quién le conviene que yo escriba semejantes falsedades?
En un brusco movimiento de furor, el señor de Lara echó mano al cinto y, poniéndole el puñal junto a la cara, rugió sordamente:
--¡O escribís lo que os mando, porque a mí me conviene, o por Dios, que os vuelco el corazón!...
Más blanca que la cera de la vela que los alumbraba, con la carne sobrecogida ante aquel hierro brillante, en un terror supremo y que todo aceptaba, doña Leonor murmuró:
--¡Por la Virgen María, no me hagáis mal!... No os irritéis, señor, que yo vivo para serviros. Mandad, que yo escribiré.
Entonces, con los puños cerrados en el borde de la mesa, en donde dejara el puñal, estrechando a la frágil y desdichada mujer con una mirada que la amenazaba, el señor de Lara dictó una carta que decía, una vez conclusa, en letra trémula e incierta:
«Caballero: Muy mal me habéis comprendido, o mal pagáis el amor que os tengo y que no os pude nunca, en Segovia, mostrar claramente... Ahora estoy aquí, en Cabril, ardiendo por veros, y si vuestro deseo corresponde al mío, bien fácilmente lo podéis realizar, puesto que mi marido se halla ausente de la heredad. Venid esta noche; entrad por la puerta del jardín del lado del camino, pasando el estanque, hasta la terraza. Allí veréis una escalera apoyada en una ventana, que es la de mi cuarto, en donde seréis dulcemente agasajado por quien con tanta ansia os espera...»
--Ahora, señora, firmad con vuestro nombre, que es lo que más importa.
Doña Leonor trazó muy despacito su nombre, con la faz tan roja como si la desnudasen delante de una multitud.
--Y ahora --ordenó el marido sordamente--, dirigidla a don Ruy de Cárdenas.
Osó levantar los ojos ante la sorpresa que le causaba aquel nombre desconocido.
--¡Pronto!... ¡A don Ruy de Cárdenas! --gritó el hombre sombrío.
Don Alonso metió el pergamino en el cinto, junto al puñal, ya envainado, y salió en silencio, con la barba tiesa, apagando el rumor de los pasos en las losas del corredor.
Quedó doña Leonor sobre el escabel, las manos cansadas y caídas en el regazo, en un infinito espanto, la mirada perdida en la oscuridad de la noche silenciosa. ¡Menos oscura le parecía la muerte que esa oscura aventura en que la habían envuelto! ¿Quién era ese don Ruy de Cárdenas, de quien nunca oyera hablar, que no había tropezado en su vida, tan quieta, tan poco poblada de hombres y de recuerdos? Él, seguramente, la conocería, la habría seguido, cuando menos con los ojos, pues que era cosa natural y bien ligada recibir una carta de ella de tanta pasión y promesas tantas.
¿Y así, un hombre, joven acaso, bien nacido, tal vez gentil, penetraba en su destino, bruscamente, traído por la mano de su esposo? ¡Y lo hacía de una manera tan íntima, que ya se le abrían de noche las puertas del jardín y se le colocaba una escalera para que subiese a su cuarto!... Y era su marido el que abría la puerta y colocaba la escalera... ¿Para qué?