Part 11
Las monedas terminaron. Macario entró, paso a paso, en la antigua tradición de la miseria, la cual tiene solemnidades fatales y establecidas; comenzó por empeñar; después, vendió. Reloj, anillos, levita azul, cadena, paletó de alamares, todo fue yendo poco a poco, rebujado debajo del chal, a una vieja seca y llena de asma.
Entretanto, veía a Luisa, de noche, en la salita oscura que daba a la escalera; una lamparilla ardía encima de la mesa. Era feliz allí, en aquella penumbra, sentado castamente al lado de Luisa, en un rincón de un viejo canapé de paja. No la veía de día, porque traía ya la ropa usada, las botas torcidas, y no le gustaba mostrar a la fresca Luisa, tan mimosa en su cambray aseado, su miseria remendada; allí, a aquella luz tenue, exhalaba su gran pasión y escondía su traje decadente.
Era muy singular el temperamento de Luisa, según me dijo Macario. Tenía el carácter rubio como el cabello, si es cierto que el rubio es un color lánguido y deslucido: hablaba poco, sonreía siempre con sus blancos dientecillos; decía a todo _¿sí?_; era muy simple, casi indiferente, llena de transigencias.
Seguramente amaba a Macario, mas con todo el amor que podía dar su naturaleza débil, agotada, nula. Era como un copo de lino, hilábase como se quería; y, a las veces, en aquellos encuentros nocturnos, tenía sueño.
Un día, Macario la encontró excitada: estaba impaciente, el chal arrebozado de cualquier manera, mirando siempre hacia la puerta interior.
--¿Te vio mamá? --dijo ella.
Contole que la madre desconfiaba, impertinente y áspera, y que de seguro presentía aquel proyecto nupcial, tramado como una conjuración.
--¿Por qué no vienes a pedir mi mano?
--¡Pero, hija, si yo no puedo! No tengo acomodo ninguno. Espera. Un mes acaso. Tengo ahora un negocio en buen camino. Nos moriríamos de hambre.
Luisa callose, torciendo la punta del chal, con los ojos bajos.
--Por lo menos --dijo ella-- hasta que yo no te haga seña desde la ventana, no subas más, ¿sí?
Macario rompió a llorar; los sollozos estallaban violentos y desesperados.
--¡Chist! --decíale Luisa--. ¡No llores alto!...
Macario me contó la noche que pasó, por las calles, al acaso, rumiando febrilmente su dolor, bajo el frío de enero, en su levita corta.
No durmió, y luego, por la mañana, al otro día, entró como una ráfaga en el cuarto del tío Francisco y díjole brutalmente, secamente:
--Es todo lo que tengo --y mostrábale unas perras--. Ropa, estoy sin ella. Vendí todo; dentro de poco tendré hambre.
El tío Francisco, que se estaba afeitando junto a la ventana, con el pañuelo de la India amarrado en la cabeza, volviose, y poniéndose los lentes, le miró:
--Su pupitre allí está. Quede --y añadió, con un gesto decisivo-- soltero.
--¡Tío Francisco, óigame!...
--Soltero, he dicho --continuó el tío Francisco, mientras suavizaba la navaja en el asentador.
--No puedo.
--¡Entonces, a la calle!
Macario obedeció aturdido. Llegó a su casa, acostose, lloró y se quedó dormido. Cuando salió, al anochecer, no tenía resolución, ni idea. Estaba como una esponja saturada. Dejábase ir.
De repente, una voz gritó desde dentro de una tienda:
--¡Eh! ¡Pchs! ¡Oiga!
Era el amigo del sombrero de paja; abrió los brazos ampliamente:
--¡Qué diablo! ¡Toda la mañana te anduve buscando!
Y le contó que había llegado de la provincia, supiera su crisis y le traía un desenlace.
--¿Quieres?
--Todo.
Una casa comercial necesitaba un hombre hábil, resuelto y duro, para ir con una comisión difícil y de grandes ganancias, a Cabo Verde.
--¡Dispuesto! --dijo Macario--. ¡Pronto! Mañana.
Y fue corriendo a escribir a Luisa, pidiéndola una despedida, un último encuentro, aquel en que a los brazos desolados y vehementes cuesta tanto desenlazarse. Fue. Encontrola toda arrebujada en su chal, tiritando de frío. Macario lloró. Ella, con su pasiva y rubia dulzura, díjole:
--Haces bien. Tal vez te hagas rico.
Y al otro día, Macario partió.
Conoció las jornadas trabajosas en los mares enemigos, el mareo monótono en un camarote ahogado, las duras costumbres de las colonias, la brutalidad tiránica de los hacendados ricos, el peso de los fardos humillantes, las dilaceraciones de la ausencia, los viajes al interior de las tierras negras y la melancolía de las caravanas que orillan en violentas noches, durante días y días, los tranquilos ríos, de donde se exhala la muerte.
Volvió.
Y a seguida, en la misma tarde, la vio, a ella, Luisa, clara, fresca, reposada, serena, acodada al antepecho del balcón, con su abanico chinés. Y al otro día, ávidamente, fue a pedírsela a la madre. Macario había hecho un gran negocio, y la Villaça madre abriole sus brazos amigos llena de exclamaciones. El casamiento acordose para dentro de un año.
--¿Por qué? --pregunté yo a Macario.
Y me explicó que las ganancias de Cabo Verde no podían constituir un capital definitivo; eran apenas un capital de habilitación. Traía de Cabo Verde elementos de poderosos negocios; durante un año, trabajaría sin descanso, y al final, podría, sosegadamente, crear una familia.
Trabajó de firme: puso en aquel trabajo la fuerza creadora de su pasión. Levantábase de madrugada, comía de prisa, hablaba muy poco. A la tardecita iba a visitar a Luisa. Después, volvía impacientemente al trabajo, como un avaro a su cofre.
Estaba grueso, fuerte, duro, fiero; con el mismo ímpetu servíase de las ideas y de los músculos; vivía en una tempestad de cifras. A las veces, Luisa, al pasar, entraba en su almacén: aquel posar de ave fugitiva dábale alegría, fe, confortamiento para todo un mes totalmente trabajado.
Por entonces el amigo del sombrero de paja vino a pedir a Macario que fuese su fiador por una gran cantidad que pidiera para establecer un bazar de quincalla en grande. Macario, que estaba en el vigor de su crédito, accedió con alegría. El amigo del sombrero de paja es quien le había facilitado el negocio providencial de Cabo Verde. En aquella sazón faltaban dos meses para la boda. Macario sentía, en ciertos momentos, subírsele al rostro los febriles rubores de la esperanza. Ya comenzara a tratar de las proclamas. Estando en esto, un día, el amigo del sombrero de paja desaparece con la mujer de un alférez. Su establecimiento estaba en los comienzos. Era una aventura muy confusa. Nunca se pudo precisar nítidamente aquel embrollo doloroso. Lo positivo era que Macario le fiara; Macario debía reembolsar. Cuando lo supo, empalideció, y dijo sencillamente:
--¡Liquido y pago!
Y cuando liquidó, quedó otra vez pobre. Como el desastre tuviera una gran publicidad y su honra estaba santificada en la opinión, al punto la casa Peres y Compañía, que lo mandara a Cabo Verde, le propuso otro viaje y otros negocios.
--¡Volver a Cabo Verde otra vez!
--¡Hace otra vez fortuna, hombre! ¡Usted es el diablo! --dijo el señor Eleuterio Peres.
En viéndose así, solo y pobre, Macario estalló en llanto. ¡Todo estaba perdido, acabado, extinto! ¡Era necesario recomenzar pacientemente la vida, volver a las largas miserias de Cabo Verde, tornar a las pasadas desesperanzas, sudar los antiguos sudores! ¿Y Luisa? Macario le escribió. Luego rasgó la carta. Fue a casa de ella: las ventanas tenían luz; subió hasta el primer piso, mas allí le tomó una gran aflicción, una cobardía de revelar el desastre, el pavor trémulo de una separación, el terror de que ella se negase, rehusase, vacilara... ¿Querría ella esperar más? No se atrevió a hablar, a explicar, a pedir; descendió las escaleras. Era de noche. Anduvo a la ventura por las calles; había un sereno y silencioso lunar. Iba sin saber adónde; de pronto oyó, por dentro de una ventana iluminada, un violín que tocaba la _xácara mourisca_. Acordose del tiempo en que conociera a Luisa, del dulce sol claro que había entonces, y del vestido de ella, de muselina, con lunares azules. Era en la calle en donde estaban los almacenes del tío. Fue caminando. Púsose a mirar su antigua casa. La ventana del escritorio estaba cerrada. Desde allí, ¡cuántas veces viera a Luisa y el blando movimiento de su abanico chinés! Pero una ventana, en el segundo piso, tenía luz; era el cuarto del tío. Macario fue a observar desde más lejos; dentro, por detrás de las ventanas, estaba arrimada una figura: era el tío Francisco. Vínole una saudade de todo su pasado simple, retirado, plácido. Recordaba su cuarto, y la vieja cartera con cerradura de plata, y la miniatura de su madre, que pendía encima de la barra de la cama; el comedor y su viejo aparador de madera negra, y el jarro del agua, cuya asa era una serpiente irritada... Decidiose, e impelido por un instinto, llamó a la puerta. Llamó otra vez. Sintió abrir la ventana y preguntar al tío:
--¿Quién es?
--Soy yo, tío Francisco; soy yo. Vengo a decirle adiós.
Cerrose la ventana, y a poco se abrió la puerta con un gran ruido de cerrojos. El tío Francisco tenía un candelero de aceite en la mano. Macario le halló flaco, más viejo. Besole la mano.
--Suba --dijo el tío.
Macario iba callado, cosido al pasamano.
En llegando al cuarto, el tío Francisco posó el candelero sobre una larga mesa de palosanto, y en pie, con las manos en los bolsillos, esperó.
Macario permanecía callado, mesándose la barba.
--¿Qué quiere? --gritole el tío.
--Venía a decirle adiós. Vuelvo para Cabo Verde.
--Buen viaje.
Y el tío Francisco, volviéndole la espalda, fue a redoblar con los dedos en la vidriera.
Macario quedó inmóvil; dio dos pasos en el cuarto, todo irritado, y se dispuso a salir.
--¿Adónde va, estúpido? --le gritó el tío.
--Me voy.
--¡Siéntese ahí!
Y el tío Francisco continuó, dando grandes pasos por la habitación:
--¡Su amigo de usted es un canalla! ¡Bazar de quincalla! ¡No está mal! Usted es un hombre de bien. Estúpido, pero hombre de bien. ¡Siéntese allí! ¡Siéntese! ¡Su amigo es un canalla! ¡Usted es un hombre de bien! ¡Fue a Cabo Verde, ya lo sé! ¡Pagó todo! ¡Es natural! ¡También lo sé! Mañana hágame el favor de ir a sentarse a su pupitre, allá abajo. Mande que le pongan asiento nuevo al sillón. Haga el favor de poner en las facturas: «Macario & Sobrino.» Y cásese. ¡Cásese, y que le aproveche! Tome dinero. Usted precisa ropa blanca y mobiliario. Tome dinero, y póngalo en mi cuenta. Su cama está hecha.
Macario, aturdido, radioso, con las lágrimas en los ojos, quería abrazarlo:
--Bueno, bueno. ¡Adiós!
Macario iba a salir.
--¡Oh, burro! ¿pues quiere irse de su casa?
Yendo a un pequeño armario, trajo jalea, un platillo de dulce, una botella antigua de Oporto, y bizcochos.
--¡Coma!
Y sentándose junto a él y volviendo a llamarle estúpido, corríale una lágrima por entre las arrugas de la piel.
De suerte que la boda fue decidida para de allí a un mes, y Luisa comenzó a disponer su equipo.
Macario estaba entonces en la plenitud del amor y de la alegría.
Veía el fin de su vida, lleno, completo, feliz. Pasaba casi todo el tiempo en casa de la novia, y un día, acompañándola en sus compras por las tiendas, quiso hacerle un pequeño regalo. La madre quedárase en casa de una modista, en un primer piso de la calle del Oro, y ellos habían bajado alegremente, riendo, a la tienda de un platero que había abajo, en la misma casa.
Era un día de invierno, claro, fino, frío, con un gran cielo azul turquí, profundo, luminoso, consolador.
--¡Qué lindo día! --dijo Macario.
Y con la novia del brazo, caminó un poco a lo largo del paseo.
--¡Muy lindo! --dijo ella--. Mas pueden reparar: nosotros solos...
--Deja. ¡Se va tan bien así!...
--No, no.
Y Luisa lo arrastró blandamente hacia la tienda del platero. No había más que un dependiente, moreno, de cabello hirsuto. Macario díjole:
--Quería ver sortijas.
--Con piedras --dijo Luisa--. Lo más bonito.
--Sí, con piedras --dijo Macario--. Amatista, granate... En fin, lo mejor.
Luisa iba examinando los estuches forrados de terciopelo azul, en los cuales relucían las gruesas pulseras guarnecidas, las cadenas, los collares de camafeos, las sortijas, las finas alianzas, frágiles como el amor, y todo el centelleo de la pesada orfebrería.
--Mira, Luisa --dijo Macario.
El dependiente había esparcido en la otra extremidad del mostrador, encima del cristal de la vitrina, una gran cantidad de anillos de oro, con piedras, labrados, esmaltados; y Luisa, tomándolos y dejándolos con las puntas de los dedos, iba apartándolos y diciendo:
--Es feo... Es pesado... Es largo...
--Mira este --le dijo Macario.
Era un anillo con unas perlas.
--Es bonito --respondió ella--. ¡Es muy lindo!
--Deja ver si te sirve --añadió Macario.
Y tomándole la mano, metiole el anillo despacito, dulcemente, en el dedo, mientras ella reía con sus blancos dientecitos finos, todos esmaltados.
--Es muy grande --dijo Macario--. ¡Qué pena!
--Puede reducirse, si usted quiere. Se deja a la medida. Mañana está listo.
--Buena idea --dijo Macario--; sí, señor. Porque es muy bonito, ¿no es verdad? Las perlas muy iguales, muy claras. ¡Muy bonito! ¿Y estos pendientes? --preguntó, yendo al fin del mostrador, al otro escaparate--. ¿Estos pendientes con una concha?
--Diez monedas, dijo el dependiente.
Entre tanto, Luisa continuaba examinando los anillos, probándoselos en todos los dedos, revolviendo aquel delicado mostrador, resplandeciente y precioso.
Mas de improviso, el dependiente se pone muy pálido y mira a Luisa, que va llevando distraídamente la mano por la cara.
--Bien --dice Macario aproximándose--; entonces, mañana tendremos el anillo. ¿A qué hora?
El dependiente no respondió y comenzó a mirar fijamente a Macario.
--¿A qué hora?
--Al mediodía.
Iban a salir. Luisa traía un vestido de lana azul que arrastraba un poco, dando una ondulación melodiosa a su paso, y sus manos, pequeñitas, estaban ocultas en un manguito blanco.
--¡Perdón! --dijo de repente el joyero.
Volviose Macario.
--El señor no ha pagado...
Macario le miró gravemente:
--Naturalmente. Mañana vengo a buscar el anillo y pago.
--¡Perdón! --insistió el dependiente--. Mas el otro...
--¿Cuál? --exclamó Macario con una voz sorprendida, avanzando hacia el mostrador.
--Esa señora sabe --afirmó--. Esa señora sabe...
Macario sacó la cartera lentamente.
--Perdón, si hay una cuenta antigua...
El dependiente abrió el mostrador, y con un aspecto resuelto:
--Nada, mi querido señor; es de ahora. Es un anillo con dos brillantes que lleva esa señora.
--¡Yo! --dijo Luisa en voz baja, toda enrojecida.
--¿Qué es? ¿Qué está diciendo?
Macario, pálido, con los dientes cerrados, contraído, miraba al joyero coléricamente.
Este dijo entonces:
--Esa señora cogió de ahí un anillo.
Macario quedó inmóvil, encarándolo.
--Un anillo con dos brillantes --continuó el muchacho--. Lo vi perfectamente.
El dependiente estaba tan excitado, que su voz tartamudeaba, prendíase espesamente.
--Esa señora no sé quién es. Pero cogió el anillo. Lo cogió de allí...
Macario, maquinalmente, lo agarró por un brazo, y volviéndose a Luisa, con la palabra sofocada, corriéndole el sudor por la frente, lívido:
--Luisa, di...
Se le cortó la voz.
--Yo... --balbució ella, trémula, asombrada, pálida, descompuesta. Dejó caer el manguito en el suelo.
Macario vino hacia ella, agarrola un pulso, mirándola; su aspecto era tan resuelto y tan imperioso, que ella metió la mano en el bolso, bruscamente empavorecida, y mostrando la sortija:
--¡No me haga daño! --suplicó, encogiéndose toda.
Macario quedó con los brazos caídos, el aire abstracto, los labios blancos; mas de repente, dando un tirón a la levita, recuperándose, dijo al joyero:
--Tiene razón. Era distracción... ¡Es natural! Esta señora se había olvidado. Es la sortija. Sí, señor, evidentemente... Tiene la bondad. Toma hija, toma. Deja estar, que la envuelva. ¿Cuánto cuesta?
Abrió la cartera y pagó.
Después recogió el manguito, lo sacudió blandamente, limpió los labios con el pañuelo, dio el brazo a Luisa, y diciendo al joyero: disculpe, disculpe, la arrastró inerte, pasiva, aterrada, semi-muerta.
Echaron a andar por la calle, que el sol iluminaba intensamente; los coches cruzábanse, rodando; figuras risueñas paseaban conversando; los pregones subían con gritos alegres; un caballero con calzón de ante hacía cabriolar a su caballo, adornado de rosetas; y la calle estaba llena, ruidosa, viva, feliz y cubierta de sol.
Macario iba maquinalmente, como en el fondo de un sueño. Detúvose en una esquina. Tenía el brazo de Luisa colgado del suyo, y veíale la mano pendiente, su linda mano de cera, con sus venas dulcemente azuladas, los dedos finos y amorosos; era la mano derecha, ¡y aquella mano era la de su novia! Instintivamente leyó el cartel que anunciaba para la noche: _Palafox en Zaragoza_.
En esto, soltando el brazo de Luisa, díjole en voz baja:
--Vete.
--¡Oye! --rogó ella, con la cabeza toda inclinada.
--Vete. --Y con la voz asfixiada y terrible--: Vete. Mira que llamo. Te mando al Aljube. Vete.
--¡Mas oye!
--Vete. Hizo un gesto con el puño cerrado.
--¡Por el amor de Dios, no me pegues aquí! --dijo ella sofocada.
--Vete. Pueden vernos. No llores. Mira que viene gente. ¡Vete! Y acercándose más a ella, murmuró:
--¡Eres una ladrona!
Volviose de espaldas y echó a andar, despacio, rayando el suelo con el bastón.
Cuando había dado algunos pasos, volvió de pronto; aún vio entre los bultos su vestido azul.
Y habiendo partido en aquella misma tarde para la provincia, no volvió a saber más de aquella señorita rubia.
[Ilustración]
LA NODRIZA
Una vez, era un rey, mozo y valiente, señor de un reino abundante en ciudades y mesnadas, que partió a batallar por tierras distantes, dejando triste y solitaria a su reina y a un hijito, que aún vivía en la cuna, envuelto entre pañales.
La luna llena que le viera marchar, llevado en su sueño de conquista y de fama, comenzaba a menguar, cuando uno de sus caballeros apareció con las armas rotas, negro de sangre seca y del polvo de los caminos, trayendo la amarga nueva de una batalla perdida y de la muerte del rey, traspasado por siete lanzas entre la flor de su nobleza, a la orilla de un gran río.
La reina lloró magníficamente al rey. Lloró desoladamente al esposo, que era bello y alegre. Mas, sobre todo, lloró ansiosamente al padre que así dejaba al hijito desamparado, en medio de tantos enemigos de su frágil vida y del reino que sería suyo, sin un brazo que lo defendiese, fuerte por la fuerza y fuerte por el amor.
El más temible de estos enemigos, era su tío, hermano bastardo del rey, hombre depravado y bravío, consumido por groseros apetitos, que solo deseaba la realeza por causa de sus tesoros, y que habitaba hacía años en un castillo sobre los montes, con una horda de rebeldes, a la manera de un lobo que, de atalaya en su choza, espera la presa. ¡Ah, la presa ahora era aquella criaturita, rey de mamá, señor de tantas provincias, y que dormía en su cuna con su cascabel de oro apretado en la mano!
A su lado, dormía otro niño en otra cuna. Este era un esclavito, hijo de la bella y robusta esclava que amamantaba al príncipe. Los dos habían nacido en la misma noche de verano. Criábalos el mismo pecho. Cuando la reina, antes de irse a dormir, iba a besar al principito, que tenía el cabello rubio y fino, besaba también, por amor de él, al esclavito, que tenía el cabello negro y crespo. Los ojos de ambos relucían como piedras preciosas. Solamente, la cuna de uno era magnífica y de marfil entre brocados, y la del otro pobre y de varilla.
La leal esclava, para los dos tenía igual cariño, porque si uno era su hijo, el otro había de ser su rey.
Por haber nacido en aquella casa real, tenía la pasión, la religión de sus señores. Nadie lloró más sentidamente que ella la muerte de su rey, a la orilla del gran río. Pertenecía, además, a una raza que cree que la vida de la tierra se continúa en el cielo. De cierto que el rey, su amo, ya estaría ahora reinando en otro reino, más allá de las nubes, abundante también en mesnadas y ciudades. Su caballo de batalla, sus armas, sus soldados, sus pajes, habían subido con él a las alturas. También ella, por su turno, llegaría el día en que se remontase en un rayo de luz a habitar el palacio de su señor, y a hilar de nuevo el hilo de sus túnicas, y a encender otra vez el pebetero de sus perfumes: sería en el cielo como fuera en la tierra, y feliz en su servidumbre.
¡También ella temblaba por su principito! ¡Cuántas veces, teniéndole colgado del pecho, pensaba en su fragilidad, en su larga infancia, en los lentos años que correrían antes que fuese por lo menos del tamaño de una espada, y en aquel tío cruel, de rostro más oscuro que la noche y corazón más oscuro que la faz, hambriento del trono, y acechando por encima de su roquedo, entre los alfanjes de su horda! ¡Pobre principito de su alma! Mas si su hijo lloriqueaba al lado, hacia él era adonde corrían sus brazos con un ardor más feliz. Ese, en su indigencia, nada tenía que temer de la vida. Desgracias, asaltos de la mala suerte, nunca podrían dejarle más desnudo de las glorias y bienes del mundo de lo que ya lo estaba allí en su cuna, bajo el pedazo de lino blanco que resguardaba su desnudez. En verdad, la existencia era para él más preciosa y digna de ser conservada que la de su príncipe, porque ninguno de los duros cuidados con que ella ennegrece el alma de los señores, rozaría siquiera su alma libre y sencilla de esclavo. Y, como si le amase más por aquella dichosa humildad, cubría su gordo cuerpecito de besos largos y devoradores, besos que hacía ligeros sobre las manos de su príncipe.
Entretanto, un gran temor llenaba el palacio, en donde ahora reinaba una mujer entre mujeres. El bastardo, el hombre de rapiña, que erraba por la cumbre de las sierras, descendiera con su horda a la llanura, e iba dejando, a través de casales y aldeas felices, un surco de matanza y de ruinas. Aseguráronse las puertas de la ciudad con cadenas más fuertes. En la atalayas ardían luces más altas. Pero a la defensa faltaba disciplina viril. Una rueca no gobierna como una espada. Toda la nobleza fiel pereciera en la grande batalla. La desventurada reina apenas sabía sino correr a cada instante a la cuna de su hijo a llorar sobre él su flaqueza de viuda. Solo el ama leal parecía segura, como si los brazos en que estrechaba a su príncipe fuesen murallas de una ciudadela que ninguna audacia pudiera trasponer.
Una noche, noche de silencio y de oscuridad, yendo desnuda ya para acostarse en su catre, entre sus dos pequeños, adivinó, más que sintió, un corto rumor de hierro y de disputa, lejos, a la entrada de los jardines reales. Envolviéndose deprisa en un manto, y echando les cabellos para atrás, escuchó ansiosamente. En el sitio enarenado, entre los jazmines, oíanse pasos pesados y rudos. Después se percibió un gemido, un cuerpo cayendo blandamente sobre losas, como un fardo. Descorrió violentamente la cortina. Y allá, al fondo de la galería, avistó hombres, un resplandor de linternas, brillar de armas... Al momento lo comprendió todo; el palacio sorprendido, el bastardo cruel que venía a robar, a matar a su príncipe. Y, rápidamente, sin vacilar, sin dudar ni un segundo, arrebató al príncipe de su cuna de marfil, lo metió en la pobre cuna de rejilla, y sacando a su hijo de la cama servil, entre besos desesperados, acostole en la cuna real, que cubrió con un brocado.
De repente, un hombre enorme, de faz iracunda, con un manto negro sobre la cota de malla, surgió a la puerta de la cámara, entre otros, que erguían linternas. Miró, corrió a la cuna de marfil en donde lucían los brocados, arrancó de debajo la criatura, como se arranca una bolsa de oro, y apagando sus gritos con el manto, echó a correr furiosamente.
El príncipe dormía en su nueva cuna. El ama quedara inmóvil, en el silencio y en la oscuridad.