Part 10
Mas por ese tiempo vino a morar enfrente del almacén de los Macarios, en un tercer piso, una mujer de cuarenta años, vestida de luto, con una piel blanca y descolorida, el busto bien hecho y un aspecto deseable. Macario tenía su pupitre en el primer piso, encima del almacén, al borde de un balcón, y desde allí vio una mañana a aquella mujer con el cabello negro suelto y ensortijado, una blusa blanca y los brazos desnudos, llegarse al antepecho de una ventana para sacudir un vestido. Macario fijó en ella su mirada, y sin más intención, díjose mentalmente que aquella mujer, a los veinte años debía haber sido una persona cautivante y llena de dominio; porque sus cabellos, violentos y ásperos, las cejas espesas, el labio fuerte, el perfil aquilino y firme, revelaban un temperamento activo e imaginaciones apasionadas. En tanto, continuó serenamente alineando sus cifras. Mas por la noche, estaba fumando, sentado a la vera de la ventana de su cuarto, que abría sobre el patio; era una noche de julio y la atmósfera, eléctrica y amorosa; el violín de un vecino gemía una _jácara_ morisca de un melodrama que entonces sensibilizaba; el cuarto hallábase sumido en una penumbra dulce y llena de misterio, y Macario, que calzaba unas chinelas, de improviso se acordó de aquellos cabellos negros y fuertes y de aquellos brazos que tenían el color de los mármoles pálidos; desperezose, bamboleó mórbidamente la cabeza por el respaldo del sillón de mimbre, como los gatos sensibles, que se estregan, y decidió, bostezando, que su vida era monótona. Y al otro día, aún impresionado, sentose ante su pupitre con la ventana abierta y mirando a la casa frontera en donde vivían aquellos largos cabellos, comenzó a recortar lentamente su pluma de madera. No se asomó nadie al balcón de antepecho con persianas verdes. Macario estaba hastiado, pesado, y el trabajo fue lento. ¡Pareciole que había en la calle un sol alegre y que en los campos las sombras debían ser mimosas y que se hallaría bien viendo el palpitar de las mariposas blancas en las madreselvas! Cuando cerró el pupitre, sintió que se abrían las maderas de los ventanales de enfrente: eran de seguro los cabellos negros. Aparecieron unos cabellos rubios. ¡Oh! Macario salió a seguida, descaradamente al balcón, afilando un lápiz. Era una señorita de unos veinte años, fina, fresca, rubia como una viñeta inglesa; la blancura de la piel tenía algo de la transparencia de las viejas porcelanas, y había en su perfil una línea pura como de una medalla antigua. Los viejos poetas pintorescos habríanla llamado paloma, armiño, nieve y oro.
Macario se dijo:
--Es hija.
La otra vestía de luto, y esta, la rubia, traía un vestido de muselina con lunares azules, una pañoleta de Cambray cruzada sobre el pecho, las mangas con encajes, y todo era aseado, mozo, fresco, flexible y tierno.
Por entonces Macario era rubio, con la barba corta, el pelo rizado, y su figura debía tener aquel aire seco y nervioso que después del siglo XVIII y de la revolución, fue tan vulgar en las razas plebeyas.
La señorita rubia reparó naturalmente en Macario y naturalmente cerró las maderas, corriendo por detrás una cortina de muselina bordada. Estas pequeñas cortinas datan de Goethe y tienen en la vida amorosa un interesante destino: revelan. Levantarles una punta y espiar, fruncirla suavemente, revela un fin; correrla, sujetar en ella una flor, agitarla, haciendo sentir que por dentro un rostro atento se mueve y espera, son viejas maneras con que en la realidad y en el arte comienza la novela. La cortina irguiose despacito y el rostro rubio avizoró.
Macario no me contó por palpitaciones la historia minuciosa de su corazón. Dijo sencillamente que de allí a cinco días _estaba loco por ella_. Su trabajo tornose luego perezoso e infiel, y su bella letra cursiva inglesa, firme y larga, adquirió curvas, ganchos, rabos, en donde estaba toda la novela impaciente de sus nervios. No la podía ver por la mañana; el sol mordiente de julio batía y abrasaba la ventana. Solo por la tarde se fruncía la cortina, se abrían las maderas, y ella, extendiendo una almohadilla en el borde del antepecho, venía a acodarse, mimosa y fresca, con un abanico en la mano. Abanico que preocupó a Macario: era chinés, redondo, de seda blanca, con dragones escarlata bordados a pluma, una armazón de pluma azul, fina y trémula como un plumón, y su cabo de marfil, del cual pendían dos borlas de hilo de oro, tenía incrustaciones de nácar a la manera persa.
Un abanico magnífico y, en aquel tiempo, inesperado, en las manos plebeyas de una señorita vestida de muselina. Mas como ella era rubia y la madre tan meridional, Macario, con esa intuición interpretativa de los enamorados, respondió a su curiosidad: _será hija de un inglés_. El inglés va a la China, a Persia, a Ormuz, a Australia y viene lleno de aquellas joyas de los lujos exóticos, y ni Macario sabía por qué le preocupaba así aquel abanico de mandarina: mas según él me dijo, _aquello le agradó_.
Transcurriera una semana, cuando un día Macario vio, desde su mesa, que la rubia salía con la madre, porque se acostumbrara a considerar madre a aquella magnífica señora magníficamente pálida y vestida de luto.
Macario fue a la ventana y las vio atravesar la calle y entrar en el almacén. ¡En su almacén! Descendió corriendo, trémulo, impaciente, apasionado y con palpitaciones. Ya estaban apoyadas en el mostrador, y un dependiente desdoblábales cachemires negros. Esto conmovió a Macario; él mismo me lo dijo:
--Porque, en fin, querido, no era natural que ellas fuesen a comprar cachemires negros.
No; ellas no usaban _amazonas_; no querrían ciertamente tapizar sillas con cachemir negro: no había hombres en su casa; de suerte, que aquella venida al almacén era un medio delicado para verle de cerca y hablarle, y tenía todo el encanto penetrante de una mentira sentimental. Yo advertí a Macario que, siendo así, él debía extrañar aquel movimiento amoroso, porque denotaba una complicidad equívoca en la madre. Él me confesó que _ni pensaba en tal_. Lo que hizo fue acercarse al mostrador y decir estúpidamente:
--Sí, señor; van bien servidas: este cachemir no encoge.
La rubia irguió hacia él su mirar azul, y Macario quedó como si se sintiese envuelto en la dulzura de un cielo.
Y cuando iba a decirle una palabra reveladora y vehemente, apareció en el fondo del almacén el tío Francisco, con su larga levita color de piñón y botones amarillos. Como era singular y desusado hallarse al señor tenedor de libros vendiendo en el mostrador, y el tío Francisco, con su crítica estrecha y célibe, podía escandalizarse, Macario comenzó a subir lentamente la escalera en caracol que llevaba al escritorio, y aún oyó la voz delicada de la rubia decir blandamente:
--Ahora querría ver telas de la India.
El dependiente fue a buscar un pequeño paquete de aquellas telas, apiladas y apretadas con una tira de papel dorado.
Macario, que había adivinado en aquella visita una revelación de amor, casi una _declaración_, estuvo todo el día entregado a las amargas impaciencias de la pasión.
Anduvo distraído, absorto, pueril; no dio la menor atención al escritorio; comió callado, sin escuchar al tío Francisco, que exaltaba las albóndigas; apenas reparó en su sueldo, que le fue satisfecho en plata, a las tres, y no entendió bien las recomendaciones del tío y la preocupación de los dependientes sobre la desaparición de un paquete de pañuelos de la India.
--Es la costumbre de dejar entrar pobres en el almacén --había dicho el tío Francisco, en su laconismo majestuoso--. Son doce duros de pañuelos. Lance a mi cuenta.
En tanto, Macario rumiaba secretamente una carta; mas sucedió que al otro día, estando él en el balcón, la madre, la de los cabellos negros, vino a apoyarse en el antepecho, y en ese momento pasaba por la calle un muchacho amigo de Macario, que al ver a aquella señora se paró y le sacó, con una cortesía risueña, su sombrero de paja. Macario quedó radiante. Aquella noche buscó a su amigo, y, brutalmente, sin medias tintas:
--¿Quién es aquella mujer que saludaste hoy frente al almacén?
--Es la Villaça. Bella mujer.
--¿Y la hija?
--¡La hija!
--Sí; una rubia clara, con un abanico chinés.
--¡Ah! sí. Es hija.
--Es lo que yo decía.
--¿Sí? ¿Y qué?
--Es bonita.
--¡Es bonita!
--Es gente de bien, ¿eh?
--Sí; gente de bien.
--Está bien. ¿Tú las conoces mucho?
--Las conozco. Mucho, no. Las encontraba antes en casa de doña Claudia.
--Bien; oye.
Y Macario, contando la historia de su corazón despertado y exigente, y hablando del amor con las exaltaciones de entonces, pidiole, como la gloria de su vida, que _hallase un medio de encajarlo allí_. No era difícil. Las Villaças acostumbraban ir los sábados a casa de un notario muy rico, en la calle de los Calafates; eran reuniones sencillas y pacatas, en donde se cantaban motetes con música de clavicordio, se glosaban motes y había juegos de prendas del tiempo de la señora doña María I, y a las nueve, la criada servía horchata. Bien. El primer sábado, Macario, de casaca azul, calzas de Nankin con presillas de metal, corbata de raso rojo, curvábase delante de la esposa del notario, la señora doña María de la Gracia, persona seca y ahilada, con un vestido bordado a matiz, una nariz corva, un enorme anteojo de concha y una pluma de _marabout_ en sus cabellos grises. En un rincón de la sala, entre un _frou-frou_ de vestidos enormes, estaba la pequeña Villaça, la rubia, vestida de blanco, sencilla, fresca, con su aire de grabado en color. La madre, la soberbia mujer pálida, cuchicheaba con un magistrado de figura apoplética. El notario era hombre letrado, latinista y amigo de las musas; escribía en un periódico de entonces, _La alcoba de las damas_, porque era, sobre todo, galante, y él mismo se intitulaba, en una oda pintoresca, _mozo escudero de Venus_. Así, sus reuniones eran ocupadas por las bellas artes, y en esa noche, un poeta del tiempo debía leer un poemita intitulado _¡Elmira, o la venganza del veneciano!_...
Comenzaban entonces a aparecer las primeras audacias románticas. Las revoluciones de Grecia principiaban a atraer a los espíritus románticos y salidos de la mitología hacia los países maravillosos de Oriente. Por dondequiera se hablaba del pachá de Janina. La poesía apoderábase vorazmente de este mundo nuevo y virginal de minaretes, serrallos, sultanas color de ámbar, piratas del Archipiélago y salas tapizadas, llenas de perfume del áloe, en donde pachás decrépitos acarician leones. De suerte que la curiosidad era grande; y cuando el poeta apareció con los cabellos largos, la nariz aquilina y fatal, el pescuezo embarazado en la alta gola de su frac a la Restauración y un canuto de lata en la mano, Macario fue el único que no experimentó sensación alguna, porque estaba todo embebecido hablando con la niña de Villaça. Decíale afablemente:
--¿Y entonces, el otro día, le gustó el cachemir?
--Mucho --dijo ella en voz baja.
Desde ese momento, envolvioles un destino nupcial.
Entretanto, en el amplio salón, pasábase la noche espiritualmente. Macario no me pudo dar todos los pormenores históricos y característicos de aquella asamblea. Recordaba apenas que un corregidor de Leiria recitaba el _Madrigal a Lidia_; leíalo de pie, con una lupa redonda aplicada sobre el papel, la pierna derecha adelantada, la mano en la abertura del chaleco blanco de gola alta. Y a la redonda, formando círculo, las damas, con vestidos de ramazón, cubiertas de plumas, las mangas estrechas terminadas en vuelos fofos de encaje, mitones de seda negra llenos del centelleo de los anillos, tenían sonrisas tiernas, cuchicheos, dulces murmuraciones, risitas y un blando palpitar de abanicos recamados de lentejuelas.
--¡Muy bonito --decían--, muy bonito!
--Y el corregidor, desviando el lente, cumplimentaba sonriendo y veíasele un diente podrido.
Luego, la preciosa doña Jerónima de la Piedad y Sande, sentándose con maneras conmovidas ante el clavicordio, cantó con su voz gangosa la antigua aria de Lully:
¡Oh, Ricardo!; ¡oh, mi rey! El mundo te abandona,
lo que obligó al terrible Gaudencio, demócrata del 20 y admirador de Robespierre, a murmurar rencorosamente junto a Macario:
--¡Reyes!... ¡Víboras!
Después, el canónigo Saavedra cantó una romanza de Pernambuco, muy usada en el tiempo del señor Don Juan VI: _lindas mozas, lindas mozas_.
Así fue corriendo la noche, literaria, pachorrienta, erudita, requintada y toda llena de musas.
Ocho días después, Macario era recibido en casa de la Villaça, en un domingo. Convidáralo la madre, diciéndole:
--Espero que el vecino honre aquella choza.
El magistrado apoplético, que estaba al lado, exclamó:
--¿Choza? Diga alcázar, hermosa dama.
En esta noche hallábanse allí el amigo del sombrero de paja, un viejo caballero de Malta, renco, estúpido y sordo, un beneficiado de la catedral, ilustre por su voz de tiple, y las hermanas Hilarias, de las cuales, la más vieja, habiendo asistido, como aya de una señora de la casa de la Mina, a la torada de Salvatierra, en que murió el conde de los Arcos, nunca dejaba de narrar los pintorescos episodios de aquella tarde; la figura del conde de los Arcos, de cara rapada y una cinta de raso escarlata en la coleta; el soneto que un magro poeta, parásito de la casa de Vimioso, recitó cuando el conde entró, haciendo ladear su caballo negro, enjaezado a la española, con una gualdrapa en donde figuraban sus armas labradas en plata; el tumbo que en ese momento dio un fraile de San Francisco desde las gradas más altas, y la hilaridad de la corte, que hasta la condesa de Pavolide se llevaba las manos a los costados; después, el rey, el señor Don José I, vestido de terciopelo escarlata, recamado de oro, acodado en el borde de su palco y haciendo girar entre dos dedos su caja de rapé guarnecida, y por detrás, inmóviles, el médico Lourenço y el fraile, su confesor; después, el rico aspecto de la plaza llena de gente de Salvatierra, mayorales, frailes, lacayos y el grito que hubo, cuando Don José I entró: ¡Viva el rey, nuestro señor! Y el pueblo se arrodilló y el rey habíase sentado, y comía dulces que le ofreció un criado, en una bolsa de terciopelo.
Luego, la muerte del conde de los Arcos, los desmayos, y hasta el rey, todo inclinado, batiendo con la mano en el antepecho, gritando en la confusión; y el capellán de la casa de los Arcos, que había salido corriendo desaladamente a buscar la extremaunción. Ella, Hilaria, quedara aterrada de pavor; sentía los mugidos de los bueyes, gritos agudos de mujeres, los aullidos de los flatos, y viera entonces a un viejo, todo vestido de terciopelo negro, con la fina espada en la mano, debatirse entre hidalgos y damas que lo sujetaban, y querer tirarse a la plaza, bramando de rabia. «Es el padre del conde», explicaban en torno. Ella desmayárase en los brazos de un padre de la Congregación. Al volver en sí, hallose junto a la plaza; a la puerta estaba la berlina real, con los postillones emplumados, los machos llenos de cascabeles, y, al frente, los batidores a caballo; veíase allá dentro al rey, escondido en el fondo, pálido, sorbiendo febrilmente rapé, todo encogido, con el confesor, y par a par, con una de las manos apoyadas en el alto bastón, hombrachón, fuerte, el aspecto melancólico, el marqués de Pombal hablaba despacito e íntimamente, gesticulando con el lente. Los batidores picaron, resonaron los estallidos de los postillones, y la berlina partió al galope, mientras el pueblo gritaba: ¡Viva el rey, nuestro señor! ¡Y la campana de la capilla del palacio tocaba a difuntos! Era una honra que concedía el rey a la casa de los Arcos.
En el punto en que doña Hilaria acabó de contar, suspirando, estas desgracias pasadas, comenzose a jugar. Macario no recordaba lo que se había jugado en esa noche radiosa, lo cual parece singular. Solo se acordaba de que había quedado al lado de la pequeña de Villaça (que se llamaba Luisa), que reparara mucho en su fina piel rosada, embebida en luz, y en la dulce y amorosa pequeñez de su mano con las uñas más pulidas que el marfil de Dieppe. Se acordaba también de un accidente excéntrico, que le había hecho determinarse, desde ese día, a sentir una gran hostilidad al clero de la catedral. Macario estaba sentado a la mesa, y a su lado Luisa, la cual habíase vuelto hacia él, con una de las manos sosteniendo su fina cabecita rubia y amorosa, y la otra descansando en el regazo. El beneficiado sentárase enfrente, con su bonete negro, sus anteojos en la punta aguda de la nariz, el tono azulado de la fuerte barba rapada, y sus dos grandes orejas, complicadas y llenas de pelo, separadas del cráneo como dos postigos abiertos. En esto, como era necesario al final del juego pagar unos tantos al caballero de Malta, que cayera al lado del beneficiado, Macario sacó del bolsillo una moneda y en tanto el caballero, todo curvado y bizqueando un ojo, hacía la suma de los tantos en el dorso de un as, Macario conversaba con Luisa, haciendo girar sobre el paño verde su moneda de oro, como un bolillo o un peón. Era una moneda nueva que relucía, chispeaba, rodando, y hería la vista como una bola de nieve iluminada. Luisa sonreía viéndola girar, girar, y le parecía a Macario que todo el cielo, la pureza, la bondad de las flores y la castidad de las estrellas estaban en aquella clara sonrisa distraída, espiritual, arcangélica, con que ella seguía el giro fulgurante de la moneda nueva de oro. De repente, la pieza, corriendo hasta el borde de la mesa, cayó hacia el lado del regazo de Luisa y desapareció sin que se oyese en el suelo de madera su sonido metálico. El beneficiado inclinose en seguida cortésmente; Macario apartó la silla, mirando por debajo de la mesa; la Villaça madre alumbró con un candelabro, y Luisa irguiose y sacudió con un levísimo golpe su vestido de muselina. La moneda no pareció.
--¡Es célebre! --dijo el amigo del sombrero de paja--, yo no la oí sonar en el suelo.
--¡Ni yo, ni yo! --dijeron.
El beneficiado, curvado, buscaba tenazmente, y la Hilaria más joven, murmuraba el responso de San Antonio.
--Pues la casa no tiene agujeros --decía la Villaça, madre.
--¡Desaparecer así! --refunfuñaba el beneficiado.
Macario exhalábase en exclamaciones desinteresadas:
--¡Por el amor de Dios! ¡No busquen más! ¡Qué más da! ¡Mañana parecerá! ¡Tengan la bondad! ¡Háganme el favor! ¡Doña Luisa! ¡Por el amor de Dios! ¡No vale nada!
Pero mentalmente estableció que hubiera una sustracción, y se la atribuyó al beneficiado. La pieza rodara, seguramente hasta junto de él, sin ruido: pusiérale encima su vasto zapato eclesiástico y tachuelado; y, después, en el movimiento brusco y corto que había hecho, aprehendiérala vilmente. Cuando salieron, el beneficiado, todo embozado en su amplia capa de camelote, decía a Macario por la escalera:
--¿Mire usted que la desaparición de la moneda, eh? ¡Qué broma!
--¿Le parece a usted, señor beneficiado? --dijo Macario, deteniéndose, pasmado de la impudencia.
--¿Que si me parece? ¡Si le parece! ¡Una moneda de oro! ¡Solo si usted las siembra!... ¡Porra! ¡Yo me volvía loco!
Macario sintió tedio de aquella astucia fría. No le respondió. El beneficiado, añadió:
--¡Mande allá mañana por la mañana, hombre! ¡Qué diablo!... ¡Dios me perdone! ¡Qué diablo! Una moneda no se pierde así. ¡Qué mala suerte, eh!
Macario sentía ganas de pegarle. Estando en esto fue cuando Macario me dijo con su voz singularmente sensible:
--En fin, amigo mío, para abreviar razones, resolví casarme con ella.
--¿Y la moneda?
--¡No pensé más en eso! ¡Iba a pensar yo entonces en la moneda! ¡Resolví casarme con ella!
II
Macario me contó lo que le determinara más precisamente en aquella resolución profunda y perpetua. Fue un beso. Mas ese suceso, casto y sencillo, yo lo callo, porque el único testigo fue una imagen en estampa de la Virgen, que estaba colgada en su cuadrito de madera, en la sala oscura que abría a la escalera... Un beso fugitivo, superficial, efímero. Y bastó eso a su espíritu recto y severo para obligarlo a tomarla como esposa, y darle una fe inmutable y la posesión de su vida. Tales fueron sus esponsales. Aquella simpática sombra de las ventanas vecinas tórnase para él un destino, el fin moral de su vida, y toda la idea dominante de su trabajo. Esta historia toma, desde luego, un alto carácter de santidad y de tristeza.
Macario me habló largamente del carácter y de la figura del tío Francisco: su aventajada estatura, sus lentes de oro, su barba grisácea, en collar, por debajo del mentón, un tic nervioso que tenía en una ventana de la nariz, la dureza de su voz, su austera y majestuosa tranquilidad, sus principios antiguos, autoritarios y tiránicos, y la brevedad telegráfica de sus palabras.
Cuando Macario le dijo una mañana, durante el almuerzo, brutalmente, sin transiciones emolientes: «Pídole permiso para casarme», el tío Francisco, que echaba azúcar en su café, quedó callado, revolviendo con la cucharilla, despacio, majestuoso y terrible; y cuando acabó de sorber los restos del platillo, con gran ruido, sacó del cuello la servilleta, la dobló, afiló con el cuchillo un mondadientes, se lo puso en la boca y salió: mas a la puerta del comedor paró, y volviéndose hacia Macario, que estaba en pie, junto a la mesa, dijo secamente:
--No.
--¡Perdón, tío Francisco!
--No.
--Mas oiga, tío Francisco...
--No.
Macario sintiose poseído de una gran cólera.
--En ese caso, lo hago sin permiso.
--Despedido de casa.
--Saldré. No lo dude.
--Hoy.
--Hoy.
El tío Francisco iba a cerrar la puerta, mas volviéndose:
--¡Oye! --dijo a Macario, que estaba exasperado, apoplético, arañando en los cristales de la ventana.
Macario volviose con una esperanza.
--Deme de ahí la caja del rapé --dijo el tío Francisco.
¡Habíasele olvidado la caja! Así que estaba perturbado.
--Tío Francisco... --comenzó Macario.
--Basta. Estamos a 12. Recibirá usted el sueldo del mes entero.
Las educaciones antiguas producían estas situaciones insensatas. Era brutal e idiota. Macario me afirmó que era así.
Y por la tarde, hallábase Macario en el cuarto de un hospedaje en la plaza de la Figueira, con seis monedas de oro, un baúl de ropa blanca y su pasión. Estaba tranquilo; sin embargo, sentía su destino lleno de apuros. Tenía relaciones y amistades en el comercio. Conocíasele ventajosamente: la nitidez de su trabajo, su honra tradicional, el nombre de la familia, su tacto comercial, su bella letra cursiva, inglesa, abríanle de par en par, respetuosamente, todas las puertas de los escritorios. Al otro día fue a ver alegremente al negociante Falleiro, antigua relación comercial de su casa.
--Con mucho gusto, amigo mío --me dijo--. ¡Quién me lo diera aquí! Mas si lo recibo, quedo mal con su tío, mi viejo amigo de veinte años. Me lo declaró categóricamente. Ya ve usted. Fuerza mayor. Yo lo siento; pero...
Todos los que Macario visitó, confiado en relaciones sólidas, recelaban _quedar mal con su tío, viejo amigo de veinte años_.
Y todos lo _sentían; pero_...
Entonces dirigiose Macario a negociantes nuevos, extraños a su casa y a su familia, y sobre todo a los extranjeros: esperaba encontrar gente libre de la amistad de veinte años del tío. Para esos, Macario era desconocido, y asimismo desconocidos su dignidad y su hábil trabajo. Si tomaban informes, sabían que había sido despedido repentinamente de casa de su tío, por causa de una señorita rubia, vestida de muselina. Esta circunstancia restaba a Macario la simpatía. El comercio evita el tenedor de libros sentimental. De suerte, que Macario comenzó a sentirse en un momento agudo. Pretendiendo, pidiendo, rebuscando, pasaba el tiempo, sorbiendo, poco a poco, sus seis monedas.
Se mudó a un hospedaje barato, y continuó olfateando. Mas como fuera siempre de temperamento recogido, no había creado amigos. De modo que se encontraba desamparado y solitario, y la vida aparecíasele como un descampado.