A los pies de Venus (los Borgia)
Part 3
Muchas iglesias se habían venido al suelo, faltas de reparación. El Coliseo perdía una parte de sus arcos; el Palatino servía de pradera á caballos y cabras, y en el Foro pacían manadas de vacas. Ciertas familias feudales que dominaban á Roma iban empleando estatuas y columnas de mármol para hacer muros, escaleras, umbrales de puertas y hasta cuadras y pocilgas. Si algunas obras antiguas conseguían salvarse, era por permanecer ocultas bajo cascotes y malezas. Los monumentos de la Roma clásica servían de canteras inagotables, proporcionando bloques á los edificios en construcción y á las fábricas de cal.
En la corta vida de un hombre, la Ciudad Eterna sufría enormes destrucciones. El humanista Poggio había visto casi incólume el templo de Saturno, y al volver á Roma años después, sólo encontraba las ocho columnas que se conservan actualmente. Igual devastación notaba en el sepulcro de Cecilia Metella.
--Mas á pesar de tales destrucciones--siguió diciendo don Baltasar--, existía indudablemente una cantidad mayor de monumentos antiguos que en nuestra época, y su abandono daba á la ciudad cierto aspecto muy pintoresco. Una vegetación de varios siglos se había extendido sobre las ruinas. La superstición medieval las iba poblando de fantasmas y brujas. Si algunos artistas se cuidaban de desenterrarlas y dibujarlas, la plebe romana los creía unas veces magos y otras buscadores de tesoros.
El antiguo palacio de Letrán, residencia de los Papas, estaba tan arruinado que era imposible intentar su restauración. Algunas iglesias célebres carecían de techumbre y otras eran convertidas en caballerizas. La basílica de San Pablo había perdido su tejado y la lluvia y el granizo penetraban en ella sin obstáculo, continuando su destrucción. Los pastores de la campiña romana metían sus rebaños en este templo para que pernoctasen, como en un establo. Junto á la basílica de San Pedro, la mayor parte de las casas estaban destruídas y las calles de la Ciudad Leonina intransitables por los montones de escombros. Todo el vestíbulo de la citada basílica, primer templo del catolicismo, se había desplomado.
Las murallas de la Roma papal tenían grandes brechas, penetrando por ellas durante la noche bandas de lobos procedentes de las llanuras desiertas. Estos lobos merodeaban dentro de los jardines del Vaticano, desenterrando los cadáveres de un cementerio vecino. Además, las enfermedades pestilentes eran continuas, viéndose diezmado el escaso vecindario.
--Dichas calamidades--continuó el canónigo--fueron combatidas por los tres primeros Papas que se instalaron en Roma después del Gran Cisma: Martín V, Eugenio IV y Nicolás V. El dinero de la cristiandad ya no tomaba el camino de Aviñón; volvió á afluir á Roma, y los mencionados Pontífices fueron reparando los males de un abandono casi secular.
Iba acompañada la nueva prosperidad de un relajamiento general de las costumbres, de un deseo ardoroso de vivir. Empezaba el período titulado del Renacimiento. Los humanistas, escritores, oradores y poetas, devotos fanáticos de la antigüedad clásica, extendían su influencia sobre las diversas cortes de los Estados italianos. El culto á las letras antiguas tomaba un carácter religioso. Se olvidaban las gentes de Dios para ocuparse únicamente de los dioses. Las divinidades de la religión cristiana eran designadas con nombres paganos. Filósofos huídos de Constantinopla ante el avance de los turcos esparcían en Italia este gusto por la literatura clásica, fajada y envuelta en perfumes, como una momia majestuosa, durante los mil años que había durado el Imperio de Bizancio.
Todas las grandes familias italianas poseían un humanista á su servicio, un orador para que las deleitase con sus discursos latinos, como dos siglos antes los señores cubiertos de hierro y las damas sentadas en altos sitiales tenían á los trovadores en sus castillos.
Cicerón era preferido á Virgilio y Horacio. La elocuencia lo dominaba todo, impidiendo las guerras, cimentando la paz, manteniendo las buenas relaciones entre soberanos. Los embajadores recibían el título de «oradores». Todo príncipe ó pequeña República procuraba tener á sueldo un orador más elocuente y de un latinismo más elegante que las potencias rivales. En las invitaciones á los banquetes se anunciaba como gran aliciente una arenga latina á los postres, pronunciada por algún humanista célebre.
Para atraerse la amistad de Alfonso V de Aragón, rey de Nápoles, la República de Florencia le enviaba un manuscrito de Tito Livio. Este monarca hispano-italiano interrumpía un concierto sinfónico para que le leyesen á toda voz varios capítulos de cierta obra antigua que acababa de recibir, prefiriendo la melodía de los períodos latinos á la de los instrumentos de madera y de cuerda.
Petrarca y Boccacio habían iniciado un siglo antes el entusiasmo por la literatura clásica. Los potentados daban á sus hijos é hijas nombres de personajes de la antigüedad. En el alma de todos se realizaba una profunda mutación. Hasta entonces se había vivido con el pensamiento puesto en el cielo, ambicionando conseguir la salvación del alma. Ahora se amaba la gloria eterna ó la celebridad pasajera, lo mismo que los héroes romanos ó griegos.
Cada personaje quería ser un semidiós. Al levantarse nuevos templos, se mezclaban imágenes y atributos paganos con los símbolos del cristianismo. Estos humanistas, adoradores furiosos del mundo antiguo, se deslizaban con dulzura por la pendiente de la herejía, llegando á la más absoluta incredulidad.
Lorenzo Valla, célebre escritor italiano, trataba los hombres y los dogmas del catolicismo con una ironía igual á la de los librepensadores del siglo XVIII, precursores de la Revolución francesa. La Iglesia fingía no enterarse de tales atrevimientos, por miedo á aparecer en abierta hostilidad con unos personajes que estaban de moda. Además, el rey de Nápoles guardaba como secretario á Lorenzo Valla, defendiéndolo de todo ataque.
La filosofía de este humanista evocaba la imagen de una carrera sin freno, entre alaridos jocundos, después de la cautividad de varios siglos en que había vivido el pensamiento. Era el Evangelio del placer, la satisfacción de todos los apetitos, el salto alegre sobre cuantas barreras habían levantado la disciplina y la honestidad. El adulterio debía admitirse como algo natural, según Valla, siempre que fuese ordenado y discreto; la comunidad de mujeres resultaba de acuerdo con la Naturaleza. Sólo era prudente evitar el adulterio y el desorden en los deleites cuando representasen algún peligro.
Otro humanista todavía más escéptico, Becadelli, el autor de _El hermafrodita_, se unía á Valla, defendiendo ambos el deleite sensual como soberano bien, y declarando la virginidad voluntaria un vicio del cristianismo, un crimen contra la benigna Naturaleza. Presentaban los amores de los dioses paganos como regla de vida. Todos los seres del Olimpo, exceptuando á Minerva, habían conocido el ayuntamiento carnal, y Júpiter, en cuanto dependió de él, no pudo consentir jamás cerca de su persona ninguna virginidad.
Tales doctrinas regocijaban á los hombres más poderosos de entonces. Nadie osaba declarar en público su conformidad con ellas, mencionándolas como extravagancias de talentos algo descarriados, pero en la práctica aceptaban dicha glorificación del placer, amoldando su existencia á las teorías de Valla y sus amigos.
Jamás en la Historia se vió un deseo tan general de gozar, de ir en busca del deleite, arrollando obstáculos; nunca la humanidad mostró un cinismo tan sereno para la satisfacción de sus pasiones.
Casi todos los reyes y príncipes de los Estados de Italia eran hijos ilegítimos. A su vez, los obispos ricos, los cardenales y ciertos Papas hacían igual que los soberanos laicos, teniendo á su lado numerosos hijos, disimulados al principio con el título de sobrinos, reconocidos finalmente como hijos sin empacho alguno.
--Pío II--continuó don Baltasar--, al que tú llamas algunas veces «el Papa novelista», cuando hizo su entrada en Ferrara en 1459, fué recibido por siete príncipes reinantes de Italia, y ni uno solo de ellos era hijo legítimo. Nadie se indignaba ante las irregularidades de los señores laicos y eclesiásticos. La gente reía de las concupiscencias de los grandes personajes de la Iglesia, pero sin considerar un crimen su lubricidad, ya que de un extremo á otro de Italia reinaba un libertinaje tranquilo que nos es imposible concebir en los tiempos actuales.
Los miembros del clero vivían en concubinaje público, y cuando no tenían una mujer ó varias al lado de ellos, sus costumbres resultaban aún más abominables. Los Manfredi en Faenza, los Malatesta en Rímini, los Baglioni en Perusa, los Pandolfo Petrucci en Siena, los Sforza en Milán, los Este en Ferrara, los Aragón en Nápoles y otras familias reinantes menos poderosas, exhibían sin rubor alguno sus vicios y sus incestos, y nadie protestaba de tal desvergüenza, á excepción del austero Savonarola.
Existían en la burguesía familias guardadoras de las antiguas virtudes, procurando vivir al margen de esta licencia general; pero el pueblo imitaba con exageración los vicios de sus gobernantes.
Paolo Baglioni, soberano de Perusa, viviendo maritalmente con su hermana, recibía en el lecho á una diputación de notables de la ciudad, y éstos no sabían qué cara poner ni en qué actitud mantenerse viendo al príncipe acostado junto á su hermana, completamente desnuda, y acariciando sus pechos mientras oía la arenga del orador de la comisión.
Un príncipe de Ferrara decapitaba á su mujer por adúltera con uno de sus hijastros. Otra era precipitada desde una torre por mantener relaciones carnales con varios sobrinos. El doga de Venecia Pietro Mocénigo caía enfermo á causa de sus excesos con dos bellas cautivas traídas de Turquía. Este viejo libidonoso no tardaba en reponerse, y poco después lo sorprendían en su cama con cuatro adolescentes venecianas de doce á catorce años.
Segismundo Malatesta, hábil y temible capitán, que fué en sus guerras un precursor de César Borgia, tomaba las mujeres violentamente, matándolas si se negaban á sus deseos. Esta brutalidad de sátiro no le impedía ser poeta, hábil orfebre, gran protector de las artes y constructor de bellas iglesias que parecían templos paganos. Su lubricidad de fiera le impulsó á querer «conocer», en el sentido bíblico, á su hijo Roberto, teniendo que huir este futuro heredero de sus Estados para librarse de la terrible predilección paternal.
--Es verdad--dijo Figueras--que en esta acción monstruosa hubo indudablemente el deseo de cumplir algún rito mágico, pues todos estos señores, que apenas creían en Dios, tenían gran fe en el diablo y tomaban consejo de magos y astrólogos antes de acometer una empresa.
Pasaban de mano en mano escritos pornográficos, obra de famosos humanistas. Las novelas en boga superaban á las de Boccacio en descripciones libertinas. Bandello, futuro obispo, y Bembo, futuro cardenal, escribían historias de alcoba que hacían las delicias de las grandes damas italianas. Dábanse en los palacios funciones teatrales, reproduciendo sobre el escenario los actos más íntimos del placer carnal. Otra diversión, después de una cena, era reclutar prostitutas y ponerlas desnudas, arrojándolas castañas y almendras para que las buscasen, marchando á cuatro patas, por debajo de los muebles.
Se había extendido la moda de tener esclavas orientales, y los pintores, desde Mantegna al Veronés, reproducían en sus cuadros á dichas hembras, ornamento de las familias ricas, que iban aumentando éstas con bastardos hijos del dueño de la casa.
A pesar de la cínica libertad dentro de los hogares, el número de prostitutas era enorme en Italia. Venecia, con trescientos mil habitantes, contaba once mil hembras de dicha especie y otras tantas ó más dedicadas en secreto al mismo comercio irregular. El gusto por la vida antigua facilitaba á muchas de ellas el ascender al mismo nivel de las cortesanas célebres de Grecia, valiéndose de sus riquezas y de su educación intelectual. Poetas y cuentistas las dedicaban grandes elogios. Se hacían construir palacios para recibir dignamente á sus adoradores, que eran príncipes reinantes, prelados ó banqueros.
Tulia de Aragón veíase celebrada en toda Italia por su belleza, su talento de poetisa y los refinamientos voluptuosos que había inventado en una Academia Erótica presidida por ella. Finalmente, esta cocota del siglo XV, despilfarradora de millones, moría joven aún, roída por secretas enfermedades, sirviendo de moza en una taberna del Transtevere.
La bella Imperia, mantenida en un lujo de emperatriz por el banquero Agostino Chigi, tomaba lecciones de los más afamados humanistas y sostenía correspondencia literaria, abundante en citas latinas y griegas, con los escritores más reputados de la corte de los Médicis y otros de Pisa, Bolonia y Milán. Guardábanle en las iglesias el lugar más honorífico y se apartaban los transeuntes en las calles para cederla el paso entre murmullos de admiración.
Sus limosnas eran tan enormes como su lujo. Venían de toda Italia, con el deseo de poseerla, príncipes, prelados y opulentos mercaderes; pero ella mantenía en torno á su persona una pléyade de cortesanas jóvenes, á las cuales iba delegando, según se presentaban los suspirantes, para esquivar su contacto, y sólo accedía á concederles sus favores cuando estaban quebrantados por las pruebas á que les habían sometido sus bellas auxiliares.
El fervor exagerado por la antigüedad añadía á esta depravación de las costumbres italianas los amores contra natura, designados por todos con el nombre de «vicio griego». Muchos humanistas hacían gala en público del más aborrecible defecto del paganismo, y grandes personajes de la época participaban en secreto de sus aficiones. Unos se dedicaban exclusivamente, por fanatismo clásico, al amor homosexual; los más eran «ambidextros», practicando á un mismo tiempo los dos comercios carnales.
--Hasta hubo Papas--continuó don Baltasar--acusados públicamente de dicha abominación tan extendida en aquella época; uno de ellos el famoso cardenal Juliano de la Rovere, que fué luego Julio II, eterno é implacable enemigo de los Borgia. Tuvo, como Alejandro VI, hijos naturales, y además pareció interesarse por el vicio griego, aberración en la que no incurrió nunca nuestro compatriota Rodrigo de Borja.
Al llegar aquí, después de haber descrito las corrupciones del Renacimiento, el buen canónigo dió suelta á su indignación contra las calumnias que pesaban sobre los Borgia, pintándolos cual si fuesen unos seres excepcionales, demonios surgidos en medio de un período de virtud general, monstruos de liviandad que escandalizaron á sus contemporáneos, todos muy honrados.
--Dejemos aparte á Calixto III, el primer papa Borgia, varón de puras costumbres, al que sólo se atreven á criticar algunos por haber abierto el camino de los altos honores eclesiásticos á su sobrino, el futuro Alejandro VI... Yo no digo que Rodrigo de Borja, su hijo César y otros parientes fuesen santos ni modelos de virtud. Eran hombres de su época, y vivieron con arreglo al ambiente de entonces. Antes de que ellos naciesen ya existía la corrupción italiana, dentro de la cual se desenvolvieron. Lo que á mí me indigna es que muchos de sus contemporáneos supriman con hipocresía el ambiente general de la época, hablando de ciertos hechos de los Borgia (indudablemente censurables) como si fuesen casos aislados, y callándose lo que hacían al mismo tiempo centenares y centenares de personajes más corrompidos que aquéllos. Todos se acuerdan de César Borgia, príncipe hispano-italiano, como de un «monstruo único», y nadie alude á Segismundo Malatesta y demás _condottieri_, feroces como osos y sin el aliciente de la elegancia en los gestos que tenía el otro. A nuestro Alejandro VI, uno de los Papas que mejor defendieron los intereses de la Iglesia, lo hacen aparecer como un gozador vulgar ó como un personaje de melodrama, envenenando á las gentes por gusto.
Los Borgia, individualidades robustas, conseguían imponer durante varios años sus concepciones políticas, creándose con esto muchos enemigos, que escribieron contra ellos. Además, tenían para Italia el enorme defecto de ser extranjeros, de proceder de España, y los españoles eran odiados por los italianos de entonces poco menos que los franceses.
--Nadie tuvo interés en defenderlos luego de su muerte, cuando sus enemigos pudieron ejercer contra ellos una larguísima venganza. Los historiadores imparciales encontraron más cómodo llegar hasta nuestros días copiándose unos á otros de un modo automático, sin examinar antes la autenticidad y veracidad de los relatos antiguos. Aún tenían los autores de la época de los Borgia la precaución ó el escrúpulo de poner al frente de sus más injuriosas afirmaciones un «se dice» ó un «según cuentan». Los que llegaron después suprimieron este dubitativo, dando como indiscutibles todas las murmuraciones y calumnias de antesalas y plazuelas.
El canónigo dejó de mirar á su sobrino y siguió hablando, como si los árboles y las plantas floridas que le rodeaban formasen un auditorio enorme.
--¿Qué le echan en cara á Alejandro VI?... ¿que tuvo hijos? También los tenían varios de los Papas que se sentaron antes en el trono de San Pedro, y los tuvieron igualmente después otros Pontífices. Su crimen consistió en que algunos de sus hijos fueron personalidades enérgicas, ardorosas en sus deseos, inteligentes y audaces, como verdaderos Borja, ansiosos de poder y de gloria; y los hijos de los otros Papas no pasaron de simples parásitos del Vaticano, atentos únicamente á engordar como sanguijuelas con la sangre de la Iglesia, á vender empleos y reunir tesoros. Tampoco puede atacarse á nuestro Papa como una especialidad por sus malas costumbres. En tal caso, hay que extender la censura á otros Pontífices anteriores y posteriores á él, igualmente aficionados á carnalidades con hembras ó á vicios más horrendos.
Y sin embargo, Alejandro VI, el simpático Rodrigo de Borja, que durante su vida ejerció una especie de encantamiento sobre cuantos se aproximaban á él, hombres y mujeres, se veía en el curso de tres siglos considerado como uno de los monstruos más excepcionales de la Historia. Los italianos enemigos del Papado caían con preferencia sobre este Pontífice porque no era de Italia. Los escritores protestantes, en su guerra con la Roma católica, escogían para sus golpes á este Papa, que además era español, hijo del país que se desangró luchando contra la Reforma por sostener la unidad católica.
--Este es el verdadero origen de la gran calumnia universal que pesa aún sobre los de dicha familia. Fueron españoles, y Alejandro VI resulta la víctima expiatoria de todas las licencias y escándalos del período del Renacimiento.
Lucrecia Borgia, hija del Pontífice, había sido también otra gran calumniada.
--Ya la han justificado muchos historiadores, demostrando la falsedad de los crímenes y vicios que la atribuyeron; pero esto no impide que la gente ignorante continúe sin conocer otra figura que la antigua, la creada por la mentira, y cada vez que en los diarios se habla de una envenenadora célebre, nunca falta un periodista ignorante ó un lector bodoque que diga: «Es una Lucrecia Borgia.»
El santo hombre hizo una pausa, para hablar luego con tono indignado.
--¡Ese Víctor Hugo!... Tú lo admiras devotamente, pero reconocerás que su _Lucrecia Borgia_ es una mala acción. No sólo recogió cuantas falsedades dijeron los enemigos de los Borgia; además fué añadiendo por su cuenta muchas otras. En su drama tiene Lucrecia un hijo ilegítimo, Gennaro, que nadie conoció, pues lo inventa el poeta de cabeza á pies, y este hijo mata á su madre. Tú sabes que á la pobre señora sólo la mató Dios, pues falleció de parto siendo princesa reinante de Ferrara, después de tener varios hijos. Usaba cilicio, vivía devotamente, fué la admiración de sus contemporáneos, y jamás le atribuyó nadie envenamiento alguno, ni los más encarnizados enemigos de su familia.
Cambió don Baltasar el curso de su cólera.
--¡Y si sólo existiese el drama de Víctor Hugo!... Hace años que está olvidado; es tal vez la peor de sus obras teatrales; pero á Donizetti se le ocurrió ponerlo en música, y ¿quién no ha oído su ópera?... ¿Cómo luchar con la estulticia de dos generaciones que han aprendido la historia de Lucrecia Borgia en el teatro, con acompañamiento de orquesta, inventada en los tiempos más delirantes del romanticismo y modificada todavía por un obscuro «libretista»?
La consideración de que ésta era la única Lucrecia conocida de todos le puso aún más triste, y dijo á su sobrino con tono de ruego:
--Tú tienes la obligación de ayudarme en esta obra de justicia. Los Borgia deben interesarte más que «el Papa del mar», al que quisiste describir en un libro. Don Pedro Luna está olvidado y nadie lo calumnia, mientras los Borgia continúan siendo considerados por el vulgo como unos modelos de monstruosidad.
Hizo una pausa, para añadir con desaliento:
--Y yo no puedo defenderlos desembarazadamente. Soy un sacerdote, y cada vez que tomo la pluma para escribir sobre ellos, dudo, siento miedo, me parece que voy á faltar á los deberes que me impone la disciplina de la Iglesia. Debo justificar la conducta de este Pontífice relatando los escándalos de otros Pontífices de su época. Necesito recordar lo que olvidaron muchos maliciosamente, para ir concentrando sobre el Papa español todas las maldades de su tiempo, presentándolo como si fuese un caso único. ¿Puedo hacer yo esto, un canónigo, con entera tranquilidad de conciencia?... Tú eres otra cosa. Eres un laico, y te es posible decir la verdad sin faltar á ningún ministerio sagrado.
Claudio sonrió distraídamente. Fingía escuchar con atención á su tío, mientras su pensamiento se iba alejando de él.
¿Qué podían importarle los Borgia?... Tal vez le hubiesen interesado un año antes, cuando estudiaba las andanzas novelescas de don Pedro de Luna; pero ahora vivía en otro mundo y eran distintas sus aficiones é ideas.
Pensaba con inquietud en Rosaura. Hacía dos horas que se había ausentado. Su automóvil les esperaba ante la verja del jardín. Seguramente estaba bailando entre los brazos de otro hombre, sin acordarse de él.
¿Por qué seguir aquí, oyendo la charla apasionada de este erudito, sinceramente indignado por la injusticia póstuma infligida á la memoria de unos seres que habían dejado de existir cuatrocientos años antes?...
III
En el que se habla del hijo de la universidad de Canals y de la victoriosa batalla de los Tres Juanes
A los pocos días de permanencia en la Costa Azul, sintió don Baltasar Figueras la comezón de continuar su viaje á Roma.
Ya había visto bastante. De Niza sólo le interesaban la ciudad vieja y su mercado de legumbres y flores, semejante al antiguo de Valencia. En el principado monegasco prefería la ciudad de Mónaco, con sus callejuelas tranquilas, donde encontraba frailes y monjas, y la gran plaza, frente al palacio de los Príncipes, adornada con cañones del tiempo de Luis XIV y pirámides de proyectiles esféricos. Esta artillería, teatral é inútil, imponía respeto al canónigo, predispuesto á la admiración de todo lo viejo, haciéndole aceptar dicha planicie como una verdadera plaza fuerte.
La inmediata altura de Monte-Carlo, al otro lado del puerto, le inspiraba menos respeto. Era, según él, una ciudad peligrosa. Todos sus habitantes le parecían terribles bandidos internacionales, y en cuanto á las mujeres, se abstenía, por pudor, de darlas su verdadero nombre.
Como llevaba leídas cosas tremebundas sobre este país, pidió á Claudio que le enseñase cierto banco llamado de «los suicidas», porque en él solían matarse los desesperados del juego.