A los pies de Venus (los Borgia)
Part 2
Inútilmente protestaba Rosaura... El incrédulo Borja seguía preguntando... ¿Cómo una mujer hermosa que tanto interesaba á los hombres podía haber llegado hasta él sin historias amorosas?...
A Urdaneta no lo nombraba. Prescindía de este antecesor como si lo ignorase, por lo mismo que era la única realidad. Quería conocer á «los otros», cuyo número agrandaba ó achicaba, al capricho de sus celos. Estos «otros» eran el misterio con su cruel atracción, el pasado de Rosaura, vacío y obscuro, que necesitaba poblar de espectros para su propio sufrimiento y el de su amante.
Como este martirio de las preguntas era siempre de noche y en el lecho, ella no podía escapar á tal obsesión, y procuraba hacer frente valiéndose de femeninas habilidades.
Le contaba inverosímiles historias de amores con hombres de diversos países á los que había conocido en sus viajes, y al notar el enfurruñamiento silencioso de Claudio rompía á reir.
--¿Pero no ves, grandísimo «zonzo», que me estoy burlando de ti?... Todo cuentos disparatados, ya que eso te gusta.
De poco le valía tal estratagema, pues el celoso tornaba á acosarla con sus preguntas. Detrás de dichos embustes debían ocultarse, según él, terribles verdades. Hasta parecía menospreciarla, considerando rebajados sus méritos por no haber tenido muchos amantes.
Al fin Rosaura apelaba al llanto, diciendo con amargura:
--Nunca vives contento de lo que tienes. Te conozco. Necesitas sufrir, complicar tu vida y la del que esté cerca de ti. Eres de los que aman... con enemistad.
Dudaba creyendo expresarse mal, por no haber encontrado palabras más exactas, y segura al mismo tiempo de estar formulando grandes verdades.
Luego se reconciliaban, y ella, vibrante aún por las caricias recientes, decía con agradecimiento:
--¡Qué suerte habernos encontrado!... ¡Bendita la hora que se me ocurrió ir á Madrid! ¡Y pensar que podríamos haber vivido cada uno por su lado... sin conocernos!
Todo esto no impedía que una semana después tuviese que llorar en la intimidad, protestando de los celos de él, siempre con las mismas palabras:
--Lo que tú tienes, Claudio, es que te aburres.
Y en tal situación, cuando el tedio de esta existencia demasiado tranquila y feliz iba agriando el carácter de Borja, una noticia le reanimó con el incentivo de la novedad.
Su tío el canónigo de Valencia, don Baltasar Figueras, iba camino de Italia--según le anunciaba en una carta--para completar algunos de aquellos estudios históricos que le habían hecho célebre en España entre dos docenas de eruditos semejantes á él.
Necesitaba visitar por tercera vez á Roma, para ver en las llamadas «Estancias de los Borgia», dentro del Vaticano, algunos fragmentos que aún existían de su primitiva pavimentación, hecha con azulejos de Valencia. Quería calcarlos para completar cierto libro sobre la antigua azulejería hispano-morisca fabricada en el pueblo de Manises.
Este viaje le placía más que los otros dos que llevaba hechos á la ciudad de los Papas, agregado á populosas peregrinaciones. Ahora iba solo y contando con un «apoyo oficial». Su ilustre amigo don Arístides Bustamante, al que había sido presentado en otros tiempos por el padre de Claudio, vivía en Roma como embajador de España cerca del Papa. Esto iba á proporcionarle grandes facilidades para sus rebuscas y estudios. Verse admitido en la Biblioteca Vaticana con una investidura casi oficial le parecía el triunfo supremo de su carrera de historiador.
La carta del canónigo puso de pie en la memoria de Claudio tres figuras sólo entrevistas durante los últimos meses como fugaces é indecisos fantasmas: el embajador Bustamante, su cuñada doña Nati y la dulce Estela. Esta última, sin embargo, persistía en su recuerdo, según propias palabras, «como un perfume lejano de violeta adormecida entre hojas».
Rosaura se acordó igualmente de los olvidados Bustamante. Don Arístides y su familia habían pasado por la Costa Azul cuando ella viajaba lejos con Claudio. El embajador la había enviado al principio desde Roma varias cartas, describiendo en estilo pomposo las fiestas dadas en su palacio, las invitaciones y honores de que era objeto, apremiándola para que le hiciese una visita y participase de tanto esplendor. Luego, tenaz silencio.
--Deben saberlo todo... ¿Qué me importa?
Y como su egoísmo amoroso la daba un valor á toda prueba, no se acordó más del personaje y su familia.
El canónigo iba á detenerse en Niza sólo por ver á su sobrino. El año anterior, después de anunciarle éste una visita desde Peñíscola, había desistido de ir á Valencia, volviéndose á Francia.
Deseaba pasar con él varios días, viendo al mismo tiempo la famosa Costa Azul, que siempre había contemplado desde el ferrocarril como una visión cinematográfica. Revelaba en su carta un entusiasmo de adolescente al ocuparse de este lugar famoso. Iba á conocerlo al lado de su sobrino, «gran mundano» que le hacía recordar los héroes de ciertas novelas leídas en sus tiempos de seminarista.
«Mis estudios me esperan en Roma. Ya sabes que mi vida entera la he dedicado á la noble empresa de defender y justificar á los mayores calumniados de la Historia. El trabajo es tan enorme, que tal vez llegue para mí la muerte antes de que lo termine. Tú, á causa de tu apellido, deberías sentir tanto interés como yo por dicho trabajo... A pesar de todo, perderé unos días al lado tuyo. Quiero conocer algo del mundo en que vives, simpático é inconsciente pecador.»
II
Donde el canónigo Figueras cuenta la gran empresa de su vida
Claudio vió á don Baltasar casi lo mismo que cuando él era niño y vivía bajo su tutela en un caserón de la tranquila calle de Caballeros, en Valencia.
Pasados los sesenta años, se mantenía ágil de cuerpo, erguido, el rostro sonrosado y fresco, la cabeza más abundante en cabellos obscuros que en canas.
Sus fatigosas lecturas de pergaminos y papelotes, con la tinta enrojecida por el tiempo, le habían quebrantado la vista, lo que le hacía usar ahora unas gafas de cristales ovalados y montura de oro.
Otra modificación que Borja notó en su persona fué el abultamiento del abdomen. Manteníase enjuto de carnes, sin aditamentos grasosos en los miembros, pero su vientre se había desarrollado aparte, con independencia algo grotesca. Era el resultado de un sedentarismo de hombre estudioso, que pasaba largas horas en el archivo de la catedral ó en la biblioteca de su casa, inmóvil en un sillón, la cabeza apoyada en ambas manos, los ojos puestos en un documento de intrincada escritura. Se acordó Borja, además, de los siete arroces distintos que figuran en la cocina valenciana y de otros platos no menos suculentos á los que se mostraba aficionado este santo hombre, por no conocer vicio mayor que el de una gula tranquila y jocunda, capaz de hacer alto en los linderos del exceso.
Este viaje á Roma, después de largos años sin salir de Valencia, daba al canónigo una alegría juvenil. Parecía admirarse á sí mismo viéndose sin aquellas sotanas de seda que sus criadas conservaban siempre limpias y brillantes, esparciendo un ligero olor de incienso y de tabaco. Iba ahora en traje civil, vestido de negro, con una pechera de igual color sobre la abertura del chaleco, y en la solapa izquierda un botón rojo y amarillo, colores de la bandera española.
--Llevo esto--explicó á su sobrino con gravedad--para que sepan que soy un sacerdote católico. Aquí en el extranjero abundan los protestantes, y clérigos y pastores vamos trajeados lo mismo. Necesito que me distingan de ellos, y por eso me he puesto esta insignia, que guardo de la última peregrinación.
Y el bueno de don Baltasar se imaginaba á todo el mundo enterado de cuáles eran los colores de la bandera española, y convencido de que su botoncito revelaría instantáneamente, á cuantos le mirasen, su patria y su religión.
Creyó Borja haber vuelto á la adolescencia viendo á este hombre, que, próximo á su ancianidad, se mantenía alegre, bondadoso y crédulo, lo mismo que en sus tiempos de seminarista. Vivía en un hotel de Niza por recomendación de algunos compañeros de sacerdocio que habían ido á Roma poco antes.
--Una casa seria, dirigida por personas creyentes--dijo á Claudio, que deseaba llevarle á un alojamiento mejor--. No es decente para uno de mi clase ir adonde vais vosotros. Demasiadas mujeres en esta tierra, y todas con los brazos al aire, escotadas de un modo escandaloso... ¡hasta dentro de los templos!
No obstante tales protestas, era más propenso Figueras á excusar las flaquezas del prójimo que á censurarlas. Sus estudios históricos, que le habían hecho vivir entre reyes, reinas y Pontífices de existencia suntuosa, unían á dicha tolerancia una predisposición instintiva hacia el lujo (aunque no participase de él), un respeto y una admiración algo pueriles para los ricos y los poderosos.
Cuando su sobrino le habló de la viuda de Pineda, dueña de una «villa» muy elegante en el camino de Monte-Carlo, gran dama que deseaba conocerle por lo mucho que había oído hablar de él, tosió el canónigo con cierta malicia, queriendo dar á entender que no le era completamente ignorada dicha señora.
Hasta su casa habían llegado los ecos de la existencia que llevaba Claudio. Sabía quién era esta millonaria de América y sus relaciones con Borja... Pero en fin, la vida en el extranjero es otra que la de España; ella era viuda y él estaba libre. A nadie hacían daño de un modo inmediato y directo con su conducta irregular. Y el sacerdote, para tranquilidad de su propia conciencia, mostrábase seguro de que los dos acabarían por casarse.
Cierta vanidad de carácter literario aumentaba la tolerancia del canónigo. Conocía como nadie, por indiscreciones de antiguos documentos, la vida secreta de ciertos reyes de Aragón, que eran sus personajes favoritos; todos ellos con mancebas, á las que amaban románticamente, volviendo su espalda á la mujer legítima. Alfonso V, conquistador de Nápoles, no regresaba nunca á España al lado de su esposa, y moría en Italia víctima de su entusiasmo por las marquesas napolitanas. Su hermano Juan II, padre de Fernando el Católico, reinaba luego amancebado con una hebrea de rara hermosura. Figueras había dedicado además una parte de sus estudios al Renacimiento italiano y sus costumbres, sabiendo como pocos los pecados amorosos de varios Papas y de los cardenales aseglarados de su corte durante el curso del siglo XV.
No iba á asustarse, como tímida beata, por los amoríos de dos personas jóvenes, que además sabían ocultarlos con discreción. Era lógico cerrar los ojos, ya que el pecado no iba unido al escándalo.
Y don Baltasar entró en aquel jardín, que Claudio llamaba la Venusberg, admirando su esplendor vegetal. Luego acogió con rebuscadas y melifluas palabras todas las amabilidades de la dueña de la casa.
«Sí que es guapa--se decía interiormente--. Mucho más de lo que me habían dicho y lo que yo imaginaba... ¡Y tan elegante!»
Al fin conseguía ver de cerca á una de estas señoras de rítmico paso, envueltas en suaves perfumes, que le hacían recordar á las otras, admiradas tantas veces, imaginativamente, mientras estudiaba la vida secreta de altísimos personajes; mujeres extraordinarias que no eran ya mas que polvo y huesos rotos dentro de tumbas olvidadas en los penumbrosos rincones de una catedral.
La encontró idéntica á las amantes de ciertos reyes de vida romancesca y á las señoras romanas que hacían pecar á los Pontífices. Luego se arrepintió de tan irrespetuosas comparaciones, impresionado por la sonrisa falsamente pueril de Rosaura, por la sencillez de sus maneras, por el aire de niña que tomaba al hacerle preguntas.
Ella conocía perfectamente á don Baltasar gracias á las revelaciones de Claudio. El interés que sentimos todos por enterarnos del pasado de la persona amada la había hecho complacerse--durante los reposos de sus noches de voluptuosidad--en escuchar á Borja el relato de su infancia dentro de aquel caserón lleno de libros viejos, en una de las calles más tranquilas de Valencia.
Creía haber visto con sus ojos dicho edificio, donde llevaba viviendo cerca de cuarenta años el canónigo. Los salones olían á humedad. No quedaba techo ni pared que no estuviese rayado por las serpentinas rendijas del agrietamiento. Los pisos temblaban con un eco inquietante bajo los pasos. De los techos llovía yeso cada vez que pasaba un vehículo cargado por la inmediata calle.
El zaguán era enorme. Las antiguas carrozas podían dar vuelta dentro de él; pero hacía muchos años que no trotaban sobre su pavimento de piedras azules otros animales que una familia de gatos rojos y negros, mantenidos por las criadas del canónigo, para que diesen guerra á las innumerables ratas emboscadas en los estantes de libros y manuscritos.
Lo mejor era el llamado jardín, espacio abierto entre los caserones inmediatos, unas docenas de metros de tierra libre con varias matas de flores y tres naranjos colosales, negros y retorcidos, con muñones monstruosos en el tronco á causa de las ramas cortadas, subiendo casi verticalmente, en busca de un sol que doraba tejados y muros, sin atreverse á descender mas que breves instantes hasta el suelo, siempre húmedo y musgoso.
Estos árboles, urbanos y centenarios, se consolaban de tal aprisionamiento dando algunas veces su cosecha de naranjas con una prolificuidad que parecía malsana. Sus profundas raíces, al taladrar el suelo, debían haberse extendido hasta algún albañal olvidado. Sus productos tenían la dulzura exasperante, la miel reconcentrada, el tamaño extraordinario de ciertas ciruelas que años después había gustado Borja en el cementerio de una abadía ruinosa de Bretaña, de la cual había sido prior Pedro Abelardo, el amante de Eloísa. Estas naranjas se pudrían con la misma rapidez que habían crecido, como todo lo que se desarrolla fuera de los ritmos ordinarios de la vida.
Se acordaba Rosaura repentinamente de una doméstica del canónigo, que Claudio había nombrado muchas veces. El joven la distinguía de las otras por su habilidad para contarle historias de santos y demonios, que amenizaban su niñez. Admirábase Figueras de la memoria prodigiosa de esta señora, capaz de retener el nombre de una obscura criada.
--¿Qué es de Ramona?... ¿Está todavía á su servicio?
Don Baltasar ponía la cara triste. Ramona había muerto ocho años antes. Las dos mujeres que ahora cuidaban de él no habían conocido á Claudio. Eran á modo de extranjeras dentro de aquella casa de tres siglos, con un escudo sobre su puerta cuyos cuarteles estaban borrosos por las roeduras del tiempo y semejaba una piedra informe extraída del fondo de un río.
--Todos se mueren--continuó el canónico melancólicamente--. Y la pobre casa también va á morir.
Era la única amargura, intensa en realidad, que perturbaba su vida optimista. Un año ú otro, los propietarios del edificio, noble familia residente en Madrid, tendrían que echarlo abajo, no sabiendo él adonde ir con todo su bagaje de manuscritos y libros. Retardaba el trágico instante, con riesgo de su propia existencia. En vano los arquitectos habían declarado el caserón próximo á derrumbarse. Don Baltasar inventaba razones para seguir en él, arrostrando el peligro de perecer sepultado bajo escombros y papeles.
Tenía la esperanza de morir antes que el edificio. En tal caso, sus manuscritos pasarían al archivo de la catedral ó á la Academia de la Historia en Madrid, y los arquitectos podrían, sin obstáculo alguno, elevar sobre el terreno de esta mansión venerable otra moderna, hermosa como una jaula, con numerosos departamentos, dentro de los cuales vivirían las gentes lo mismo que pájaros saltarines y cautivos.
Poco después de haber terminado el almuerzo con que la viuda de Pineda obsequió al canónigo, mostró ésta deseos de abandonar á sus dos invitados.
¡Muy interesante don Baltasar!... Tenía para ella el doble atractivo de conocerlo á través de los relatos de Claudio y de pertenecer á la Iglesia, pues la bella señora mezclaba con una vida de incesantes diversiones, verdaderamente pagana, una adhesión inquebrantable al catolicismo. Su alma siempre movediza necesitaba una continua renovación de sensaciones, y anunció de pronto el deseo de marcharse.
Debía ver en el Sporting Club de Monte-Carlo á unas amigas inglesas. Claudio y su tío podían quedarse paseando por el jardín. Estaban en su casa. Ella pensaba enviarles su automóvil una hora después. Así Borja podría enseñar al canónigo las cosas interesantes de Mónaco y Monte-Carlo que parecían tentarle con el atractivo de todo lo que representa peligro ó misterio.
Claudio, al pasear por el jardín con su tío, sospechó si Rosaura se había marchado por evitarse las charlas eruditas de éste. El mismo la había hablado algunas veces de lo peligroso que resultaba el canónigo al enfrascarse poco á poco en la exposición de sus estudios favoritos.
Tenía «su manía» propia, como todos los que concentran la atención en un asunto único. Sus pláticas eran agradables; sabía contar historias amenas sobre la vida íntima en la Edad Media, que interesaban hasta á las personas más frívolas. Pero apenas nombraba á los Borja, sus oyentes mirábanse entre ellos con cierta inquietud. La conversación se convertía en monólogo, y don Baltasar hablaba horas y horas, sin darse cuenta de su esfuerzo.
Era temible, como «el hombre de un solo libro» de que habla Santo Tomás. Todo lo encaminaba á su tema favorito, con una constancia de maniático.
En los tiempos de su niñez empezó Claudio á darse cuenta de este fervor del canónigo por los Borja. Hasta parecía envidiarlo á él, por llevar igual nombre que los Pontífices españoles tan execrados por muchos. De buena gana habría cambiado su apellido de Figueras por el que ostentaba su primo el ingeniero Borja, padre de Claudio.
Se acordaba el joven de las veces que había ido, en su infancia, con una de sus criadas á buscarlo en el archivo de la catedral. Subían por una escalera antigua, entre muros de piedra de este primitivo templo gótico, que un pueblo devoto y demasiado rico había transformado en iglesia de arquitectura clásica, arqueando las ojivas, cubriendo de mármoles y dorados los negruzcos sillares.
Ocupaba el archivo varios cuartos blanqueados con cal. Don Baltasar había colocado en vitrinas de madera los documentos más valiosos. Un armario guardaba sellos y bulas que pendían de los antiguos documentos, representando en sus redondeles escudos heráldicos, imágenes de santos, altares y templos. Estas plastas de cera roja, verde ó amarilla parecían tener la dureza de un metal prolijamente cincelado. En una pared se mostraba, bajo vidrio, larguísimo papel con columnas de letra menuda. Eran las cuentas del abastecimiento (armas, víveres y sueldos) de una de las flotas mandadas por Roger de Lauria, dominador del Mediterráneo, que no permitía navegasen en él ni los peces «sin llevar sobre su lomo las cuatro barras rojas del escudo de Aragón».
Iba enseñando don Baltasar al pequeño todos los tesoros de este apartado y silencioso dominio, en el que pasaba semanas y meses sin que nadie viniese á turbar la paz de sus estudios. Podía descifrar documentos y escribir notas escuchando al mismo tiempo, por la tarde, con una lejanía que él llamaba «poética», los armónicos trompeteos del órgano y los cánticos de sus compañeros de canonicato reunidos en el coro para el cumplimiento del oficio diario. Le parecía vivir en un mundo aparte, por encima del tiempo y del espacio, en comunicación sobrenatural con siglos remotos que sólo habían dejado como huellas de existencia varias losas sepulcrales abajo en el templo y unos legajos color de hoja marchita en los estantes de pino que rodeaban su mesa.
Otro de estos legajos, oculto en un arcón y bajo llave como si fuese tentadora joya, lo mostró dos veces el canónigo á su sobrino.
--Fíjate bien--dijo--; esto te pertenece, es de tu familia: las cartas de los Borja, que luego los italianos llamaron Borgia... Esta es de Alejandro VI á su hijo mayor el duque de Gandía. Esta otra, de César Borgia cuando aún no era soldado y ostentaba el título de cardenal de Valencia.
Y seguía enumerando las epístolas que la poderosa familia, instalada en Roma, había ido dirigiendo á sus amigos y parientes en la ciudad de la que eran oriundos.
--Todas están escritas en valenciano--continuaba Figueras--. El valenciano fué la lengua familiar de los Borgia, el idioma sagrado y secreto de tribu con el que se entendían entre ellos, al vivir en Italia, circundados de espías é hipócritas.
También usaban con frecuencia el castellano. El cardenal Pedro Bembo, cuando aún era simple literato en Venecia, su patria, aprendía el castellano para escribir cartas amorosas á Lucrecia Borgia. Todos los hijos de Alejandro VI, á pesar de ser mestizos de italiana y español y no haber ido nunca á España, hablaban en castellano á los amigos y protegidos de su padre, y se valían con éste del valenciano, como si tal medio de expresión les diese mayor intimidad.
Quedaba el canónigo pensativo unos momentos, y colocando una mano en la cabeza del pequeño, acababa por decir:
--Cuando seas hombre comprenderás mejor lo que valen estos papeles. Debes consagrarte á una empresa justa que tal vez yo no pueda terminar. Defiende á los tuyos, que son los mayores calumniados de la Historia.
El mismo fervor por dicha reivindicación lo notaba ahora Claudio en el jardín de Rosaura oyendo á este santo hombre, que parecía no haber nacido para otra finalidad que hablar de los Borja. Se habían sentado los dos en lo alto de una avenida de flores que, en forma de mesetas superpuestas, descendía hasta el mar.
Por esa tendencia á la antítesis que algunas veces nos hace ser pesimistas ante los espectáculos risueños, al mismo tiempo que Figueras contemplaba un pedazo azul y luminoso del Mediterráneo, con algunas velas blancas en último término, empezó á hablar de las ruinas de la Roma del siglo XV, casi desaparecida bajo escombros á consecuencia del abandono de los Papas instalados en Aviñón y las luengas peleas del Gran Cisma de Occidente.
--Tú sabes algo de eso, Claudio--dijo el canónigo--. Muchas veces me hablaste de la obra que pensabas escribir sobre el papa Luna. Estoy seguro de que no la has terminado... Tal vez no has escrito una sola línea. ¡Qué vas á escribir en esta vida que ahora llevas!... Pero en fin, conoces las aventuras del «Papa del mar», y también lo que ocurrió en el Concilio de Constanza, que de tres Papas hizo uno, proclamando á Martín V, así como la resistencia de nuestro don Pedro en el castillo de Peñíscola, donde tú estuviste, marchándote sin venir á Valencia... Imagínate cómo sería Roma después de un abandono que duró cerca de un siglo.
Martín V hallaba á la Ciudad Eterna en paz, pero como una ruina inmensa, cubierta de escombros, con su población terriblemente mermada por las enfermedades. Sólo permanecían de pie las torres de algunos nobles, acostumbrados á vivir como bandidos, saliendo de sus guaridas para robar y matar á los débiles. La pobreza era tan general, que en las grandes fiestas del año no se podía encender una lámpara en la iglesia de San Pedro. Había eclesiásticos que morían de hambre, y los supervivientes iban cubiertos de andrajos, con aire de salvajes, implorando la caridad.
Los más de los edificios eran montones de escombros cubiertos ya de matorrales, y en las partes bajas de Roma la lluvia había formado charcas que corrompían la atmósfera, favoreciendo la difusión de la _malaria_ y la peste.