A los pies de Venus (los Borgia)
Part 4
Inútilmente paseó Borja sus miradas por los numerosos bancos de un jardín dividido en terrazas. No pudo saber cuál era el que gozaba de tal privilegio fúnebre. Esto no impidió que el santo varón mirase con cierta inquietud los peñascos de la costa y las palmeras de los paseos, esperando ver pendiente de su frágil ramaje algún ahorcado puesto de frac, ó hechas pedazos, junto á las olas, á varias damas en traje de baile.
Dentro de los salones del Casino se mostró nervioso y ruborizado, cual si estuviese cometiendo una mala acción. En vano le señaló su sobrino un grupo de clérigos portugueses que venían de Roma ó se encaminaban á ella. Casi todos los que iban en peregrinación á ver al Papa hacían alto unas horas para conocer este Casino de Monte-Carlo, famoso en el mundo entero, y arriesgar algunas monedas sobre las mesas verdes. Don Baltasar dudó en el primer momento de la autenticidad de sus compañeros portugueses.
--Deben ser pastores luteranos--dijo á Claudio.
Y al convencerse finalmente de que eran católicos como él, no por esto recobró su tranquilidad.
Nada le interesaba en este mundo de la Costa Azul. Tenía otras cosas que hacer. Y anunció á su sobrino y á la «distinguidísima viuda», admirada por él como una gran señora de los mejores tiempos de la Historia, su propósito de continuar el viaje.
Rosaura lo invitó segunda vez á almorzar, mostrando repentino interés por su gran empresa en favor de los Borgia. Era sin duda una amabilidad de última hora, un deseo de serle agradable, ya que no lo iba á ver más. Y escuchó atenta la descripción que el canónigo fué haciendo de la ciudad de Játiva, donde los árabes españoles fabricaron el primer papel conocido en Europa.
Situada al pie de una colina que tiene en su cumbre un castillo famoso á causa de los personajes que guardó prisioneros, la circunda extensa huerta, en la que alternan los campos siempre verdes con grupos de palmeras.
Un agua fresca y rumorosa viene de las fuentes de la montaña á esparcirse por las casas, en chorros sin grifo que se desgranan día y noche sobre las pilas de los patios. Al pasar el transeunte frente á las puertas, es acogido por el rumor melodioso de estos arroyuelos continuos.
--Los Borja--dijo don Baltasar--fueron de Játiva, pero el primero de ellos, el papa Calixto III, no nació dentro de la ciudad, sino en la «universidad» de Canals.
Sonrió con malicia al notar cierta extrañeza en sus oyentes, y siguió diciendo:
--El significado de las palabras cambia con el transcurso del tiempo. Antes, «presidio» quería decir plaza fuerte. Del mismo modo «universidad» equivalía á reunión ó gremio. La llamada Universidad de Mareantes de Sevilla no era escuela de navegación; significaba cofradía ó sociedad de hombres de mar. Los grupos de caserío demasiado pequeños para titularse pueblos, y que vivían á la sombra de un municipio mayor, se designaban con el nombre de «universidad».
Dotado el canónigo de prodigiosa memoria, recordaba lo dicho por un teólogo del siglo XVIII al describir la pequeña patria del primero de los Borja. «La universidad de Canals se llama universidad porque así debe apellidarse toda república que es menos que villa y mucho más que lugar.»
Procedían los Borja de la ciudad de su mismo nombre situada en Aragón, y bajaban á Valencia para su conquista, siguiendo al rey don Jaime, que expulsó á los moros. Todos eran de notable hermosura corporal y espíritu ardiente, con grandes ánimos para sus empresas, deseosos de realizar hazañas famosas y unidos por una solidaridad de familia semejante á la de las tribus primitivas.
Alfonso de Borja había nacido el último día del año en que estalló el Gran Cisma, ó sea en 1378. Una tradición le acompañaba desde la cuna, dándole gran fe en sus destinos. Su madre le había contado que, en los primeros años de su vida, el gran taumaturgo y predicador que fué luego San Vicente Ferrer profetizó, al verle, su ascensión al más alto puesto de la Iglesia.
--Debo añadir--dijo Figueras--que el futuro santo hizo otras muchas predicciones semejantes. Nada le costaba alegrar de este modo á una pobre madre.
Establecidos los Borja en Játiva, con otros caballeros guerreadores, para hacer frente á los moros que intentaban recobrar el reino de Valencia, fueron dividiéndose y cambiando de situación al transcurrir el tiempo. Hubo Borjas ricos que mantuvieron el prestigio de su nobleza con el dinero. Otros, dedicados al cultivo de la tierra, fueron descendiendo en rango social, aunque sin perder su primitiva nobleza. Alfonso de Borja era hijo de uno de estos hidalgos venidos á menos, que vivían á estilo de labradores, pero conservando con orgullo el escudo de la familia: un toro rojo sobre fondo de oro, símbolo de la robustez, la acometividad y el ardor de todos los que llevaban dicho apellido. Estos labriegos de noble origen ostentaban el título de «generosos», ó sea de generación militar.
Dedicado á los estudios jurídicos en la Universidad de Lérida, obtenía una cátedra en plena juventud. El papa Luna, apreciando los méritos del nuevo doctor, le daba un canonicato en dicha ciudad. Los cargos eclesiásticos eran entonces la mejor recompensa para literatos y jurisconsultos, ya que se podía disfrutar su renta sin necesidad de hacerse sacerdote.
Al subir Alfonso V al trono de Aragón, reconocía los méritos de este joven experimentado en cuestiones jurídicas y hábil para las negociaciones diplomáticas, haciendo de él su secretario. Los servicios que prestó á Martín V--el Papa elegido por el Concilio de Constanza--le abrían el camino de los altos honores de la Iglesia. El fué quien trató con el sucesor del papa Luna, el canónigo de Valencia Gil Muñoz, llamado Clemente VIII, para que renunciase á la tiara en el castillo de Peñíscola, y el Pontífice de Roma lo premió otorgándole el obispado de Valencia. Luego vivía en Nápoles al lado de Alfonso V, ayudándole en la reorganización de dicho reino, despedazado por largas guerras.
Aquí el canónigo abandonó momentáneamente á Alfonso de Borja para hablar de su regio protector.
--Con razón--dijo--llamaron á Alfonso V «el Magnánimo». Ningún rey de su época tan caballeresco y tan humano.
Célebre en Europa por tales condiciones, Juana II de Nápoles, que no tenía hijos, le prometía su corona en herencia si la apoyaba contra el duque de Anjou, aspirante á dicho trono con el auxilio de un partido de descontentos.
Ayudado por la flota aragonesa, conquistaba Alfonso V el reino napolitano. Luego, la vieja Juana reñía con él, nombrando heredero al de Anjou; pero el aragonés continuaba la guerra, y tras muchas alternativas, adueñábase definitivamente del reino de Nápoles en 1442, quedando en él para siempre.
--En realidad, este rey español vivió más tiempo en Italia que en España. Una historia de amor contribuyó, según dicen algunos, á mantenerlo lejos de su patria. Cuando acababa de recibir la corona de Aragón y vivía en Valencia, su ciudad favorita, tuvo relaciones ilícitas con doña María de Híjar, noble dama valenciana. Estaba casado don Alfonso con una prima suya, doña María, hija de Enrique III de Castilla, y se ha dicho, no sé con qué fundamento, que la esposa, en un arrebato de celos, hizo matar á la amante, historia romántica con la que se justifica el hecho de que Alfonso V viviese treinta y ocho años lejos de su mujer, guerreando en Italia ó gobernando pacíficamente á Nápoles.
Ensalzó don Baltasar la popularidad italiana del rey español, protector de sabios y escritores. Los humanistas más atrevidos buscaban refugio en Nápoles. Como era amante de la gloria, procuraba merecer los elogios de estos literatos, distribuidores entonces de la celebridad. Griegos desterrados de Constantinopla venían á dar lecciones en Nápoles y Sicilia, honrándolos el rey con títulos de caballero.
Se contaban anécdotas sobre el respeto de Alfonso V á las letras clásicas, afirmando que empleaba muchas veces como medicina la lectura de ciertos autores antiguos, curándose así las dolencias nerviosas. Hasta se abstuvo en una recepción de espantar una mosca posada sobre su nariz por no perder ninguna frase de la arenga latina que le dedicaba un orador célebre. En sus guerras para conseguir la posesión definitiva de Nápoles, perdonó á varias poblaciones que le habían opuesto empeñada resistencia, al acordarse de que eran patria de grandes hombres de la antigüedad.
--Su título de «magnánimo» fué merecido. Al combatir á su adversario el duque de Anjou en su misma tierra de Provenza, apoderándose de Marsella, rehusó los presentes que le ofrecían las damas de dicha ciudad por haberla salvado del pillaje de sus tropas. «Yo he venido á vengarme como príncipe--dijo--y no á hacer la guerra como ladrón.»
Sitiando á Gaeta, dejaba salir de la famélica plaza á las mujeres y los niños. Esto permitía á sus defensores aguardar un avituallamiento que imposibilitó momentáneamente la toma de la población; mas no por ello se arrepintió «el Magnánimo» de su generosidad. A unos que conspiraban contra él los perdonó, diciendo: «Yo los obligaré á reconocer que cuido más de su vida que ellos mismos.»
Una galera llena de soldados estaba próxima á naufragar, y como notó Alfonso V que sus órdenes para salvarla eran obedecidas con timidez, se arrojó el primero en una chalupa, gritando á los vacilantes: «Quiero mejor ser el compañero que el testigo de su muerte.» Y esta resolución enardecía á sus gentes, haciéndolas salvar el buque.
Sonrió Figueras con cierto rubor, como si pidiese perdón á la dama que le estaba escuchando, y dijo:
--Lo único que se le pudo reprochar fué su gran afición á las mujeres. Toda su vida mostró esta debilidad, hasta en sus últimos años. Cuando ya tenía cerca de sesenta, hizo reir un poco á los de Nápoles con su amor senil por la hermosa y joven Lucrecia de Alagno, aunque él dijo siempre que esta pasión era puramente platónica. Hasta en su vejez tenía bella presencia y aspecto majestuoso, siendo uno de los caballeros más cumplidos de aquella época.
Cuando su secretario Alfonso de Borja pasó á ser Papa con el nombre de Calixto III y andaban ambos en cuestiones por considerar el Pontífice un feudatario de la Iglesia á su antiguo señor, la bella Lucrecia de Alagno marchó á Roma con imponente cortejo, siendo recibida como una soberana. Pero Calixto se negó á dar licencia para que Alfonso V pudiera contraer con ella un segundo matrimonio. Mantenía su antigua amistad con la verdadera reina doña María, residente en Zaragoza ó en Valencia. Sin esto la hermosa Lucrecia habría acabado por ser soberana de Nápoles.
--Pero volvamos--dijo el canónigo--á la carrera prodigiosa del profesor de Lérida y rector de la parroquia de San Nicolás, en Valencia, que llegó á Pontífice.
Alfonso de Borja procuraba reconciliar á su rey con el papa Eugenio IV, y éste, agradeciendo las gestiones del obispo de Valencia, lo hacía cardenal en 1444, asignándole como iglesia titular la antigua basílica de los Cuatro Santos Coronados, situada en una eminencia del llamado Monte Celio. Obedeciendo los deseos del Pontífice, se quedaba en Roma, logrando fama de cardenal exento de adulación, independiente, sin espíritu de partido.
La sencillez y pureza de costumbres de Borja, que no se había ordenado de sacerdote hasta que fué obispo, llamaron la atención en aquella época de cardenales aseglarados, iguales á los príncipes laicos en desórdenes y liviandades. El titulado cardenal de Valencia vivía modestamente, en riguroso celibato. Hasta en las épocas que gobernó á Nápoles como delegado de Alfonso V, concitándose enemigos por sus medidas extraordinarias, los libelistas napolitanos sólo supieron decir de él que amaba los perfumes y gustaba de conversar con las damas de la corte, sin poder añadir anécdotas escandalosas á estas particularidades ordinarias en el consejero de un monarca, acostumbrado á vivir en palacios.
Así fué llegando á la ancianidad. Sus estudios y el mucho trabajo á que le obligó la incesante colaboración con el rey de Nápoles habían quebrantado su salud, hasta el punto de figurar como uno de los cardenales más enfermos y débiles de la corte pontificia.
Algunas veces hablaba melancólicamente á sus íntimos recordando la profecía del maestro Vicente Ferrer. Nunca llegaría á Papa. Aquel santo predicador se había equivocado. Otro fraile ascético, que luego figuró igualmente en los altares, San Juan de Capistrano, gran amigo de Alfonso de Borja, oyó muchas veces cómo recordaba éste dicha predicción, seguro de que iba á resultar falsa.
Tres Papas se habían sucedido en Roma después del Concilio de Constanza: Martín V, Eugenio IV y Nicolás V, todos italianos. A la muerte de Nicolás, «el Papa bibliotecario», preocupado especialmente de proteger á los humanistas y adquirir libros valiosos, mientras los turcos, dueños de Constantinopla recién conquistada, amenazaban el centro de Europa, la elección del nuevo Pontífice se presentó como un problema pavoroso.
El prestigio de la Iglesia se había extinguido. Reyes y príncipes desobedecían al Pontificado después de verlo pasar por las vergüenzas del Gran Cisma. Dentro de Roma existía un gran partido republicano y antipapal. Pocos años antes, en tiempo de Eugenio IV, el patricio Esteban Porcaro, ardoroso y enérgico, de mejores condiciones que Rienzi, había pretendido hacer una revolución para proclamar la República romana, muriendo en la horca por orden del Papa.
De existir el elocuente y hábil Porcaro en Marzo de 1455, la reunión del cónclave para elegir nuevo Pontífice habría sido la señal de una gran revolución popular. Las dos facciones aristocráticas, representadas por las familias de los Colonna y los Orsini, siempre en pelea por el gobierno de la ciudad, iban á guerrear dentro del cónclave para obtener la tiara. Un cardenal Colonna y un cardenal Orsini, deseosos cada uno de ser Papa, buscaban alianzas por medio de la intriga y el dinero. De los quince cardenales electores, siete eran italianos, dos franceses, dos griegos y cuatro españoles: Torquemada, Lacerda, Carvajal y Borja.
Nadie pensaba en la posibilidad de un Papa extranjero. El Gran Cisma había sido motivado por la oposición de Roma á todo Pontífice que no fuese de Italia. Hasta en el Concilio de Constanza, gran asamblea internacional de la Iglesia, había sido elegido un italiano, Martín V, para terminar el conflicto definitivamente.
Como ni Colonna ni Orsini tenían votos suficientes para triunfar, se hablaba de otras candidaturas italianas, profetizando la victoria de Scarampo, cardenal muy rico, aficionado á la espada, ó de Pedro Barbo, que años después fué Pontífice con el nombre de Paulo II.
--En realidad, era Pedro Barbo el más cercano á la tiara al abrirse el cónclave; pero los romanos tienen un refrán que dice: «el que entra en el cónclave como Papa sale como cardenal», y así fué una vez más.
Apenas empezaron las sesiones, los que deseaban un candidato independiente, agradable á todos, se fijaron en el cardenal Bessarion, griego refugiado en Roma, de grandes conocimientos científicos, y que vivía apartado de contiendas, en un aislamiento de hombre estudioso. Pero no hizo nada por robustecer su candidatura, y algunos cardenales dijeron que era indigno ver á un neófito, que aún usaba la barba á estilo oriental y acababa de abandonar el cisma griego, colocándose de golpe á la cabeza de la Iglesia romana. Además, los cardenales aseglarados como Scarampo temían la severidad de costumbres de Bessarion.
Transcurrió el tiempo, se hicieron muchas votaciones inútiles, el pueblo se impacientaba, y al fin los dos partidos difirieron su lucha para otra elección, acordando proclamar á uno de los cardenales más ancianos, amigo del poderoso rey de Nápoles, y al que le quedaban pocos meses de vida. De esta suerte fué elegido inesperadamente Alfonso de Borja, á la edad de setenta y siete años, tomando el nombre de Calixto III.
Toda la población de Roma quedó absorta al ver elegido á un español. La tradicional resistencia á los Papas extranjeros, origen del Gran Cisma, resultaba de pronto ineficaz. Pedro de Luna, último Papa de Aviñón, triunfaba póstumamente treinta y dos años después de su muerte. El mundo católico no le había querido, á pesar de sus virtudes, porque era español, y un segundo español venía ahora á sentarse en el trono de aquella Roma donde no pudo entrar nunca el otro.
Se llegó á temer que estallara de nuevo el cisma y los cardenales italianos abandonasen á Roma para elegir un segundo Pontífice. Al Papa inesperado le daban el apodo de «el viejo catalán», y su amistad con el rey de Nápoles era interpretada como un anuncio del crecimiento de dicho reino.
--Si al valenciano Borja--continuó Figueras--lo llamaban catalán, era porque los catalanes gozaban en Italia de una impopularidad algo menor que la de los franceses, mas no por eso menos odiosa é intolerable para el vulgo. Dominaban á Sicilia y Nápoles y hacían la guerra en el mar á las galeras de varias repúblicas y principados italianos. Temían las gentes de Roma que el nuevo Papa confiase las fortalezas de la Iglesia á guerreros «catalanes», ó sea españoles, de suerte que luego de su fallecimiento fuese difícil volver á recobrarlas. Pero la índole apacible y bondadosa de Alfonso de Borja, su fama de hombre justo y puro de costumbres, la severidad para el trato de su propia persona y el tono suave con que acogía á todos, acabaron por acallar estas inquietudes públicas.
Además, el descendiente de los caballeros de Játiva, eternos guerreadores contra los moros, publicó inmediatamente cuál iba á ser la verdadera finalidad de su pontificado: combatir á los turcos hasta reconquistar Constantinopla, que su antecesor, el Pontífice bibliófilo, había dejado perderse con desesperados lamentos, pero sin ninguna medida enérgica que impidiese dicha catástrofe cristiana.
Los primeros días del pontificado de este español no fueron dichosos. Roma continuaba viviendo en la inseguridad de la guerra civil, con su vecindario dividido en bandos implacables. El 20 de Abril se celebraba la coronación del primer Borgia. Por la mañana iba Calixto á la basílica de San Pedro, y un canónigo, para recordarle la fugacidad de las cosas terrenas, quemaba ante sus ojos un poco de estopa, diciendo: «Santo Padre, así pasa la gloria de este mundo».
Luego celebraba la misa ayudado por los dos candidatos que días antes figuraban en el cónclave como Papas probables, cuando nadie pensaba en él. El cardenal Orsini cantó la epístola y el cardenal Colonna el Evangelio. Finalmente se procedía á la coronación ante la basílica, y Próspero Colonna, como el más antiguo de los cardenales diáconos, colocaba en la cabeza de Calixto el _tryreinum_, diciendo así:
--Recibe la tiara adornada con tres coronas, y sabe que eres padre de los príncipes y de los reyes, guía del orden y vicario en la tierra de nuestro salvador Jesucristo, cuya es la honra y la alabanza por una eternidad de eternidades. Amén.
El español fué á tomar posesión de la iglesia de Letrán, que es el templo correspondiente á los Pontífices, como los cardenales tienen cada uno su iglesia propia. Iban en su cortejo ochenta obispos vestidos de blanco, todos los cardenales vestidos de rojo, muchos barones romanos con armaduras y los magistrados de Roma.
El hijo de la «universidad» de Canals, jinete en un caballo blanco, parecía rejuvenecido, no obstante sus años y enfermedades, por esta autoridad de carácter universal que acababa de serle impuesta. Ya no era un consejero del rey de Aragón; se veía por encima de todos los monarcas de la tierra.
Según antigua costumbre, en el lugar llamado Monte Giordano, una diputación de los judíos residentes en Roma aguardaba el cortejo solemne de todo nuevo Pontífice, para ofrecerle el libro de su Ley, ricamente encuadernado, en cuyo volumen leía el Papa algunas palabras, diciendo finalmente: «Nos, confirmamos vuestra Ley, pero condenamos vuestra exposición; porque Aquel de quien ella dice que vendrá ha venido ya, y es Jesucristo nuestro Señor, como la Iglesia nos lo enseña y predica.»
Para el populacho de Roma, la elección de un Pontífice era pretexto de motines, diversiones brutales y saqueos. Entre dos Papados, la ciudad vivía un período anárquico, negando obediencia á las autoridades del Pontífice muerto y aprovechándose de la incertidumbre y desorientación de las autoridades recién nombradas.
Otra de sus costumbres era saquear el palacio del cardenal que acababa de ser elegido Papa. Como iba á instalarse en el Vaticano, el populacho se creía con derecho á apropiarse todo lo de su antigua vivienda, llevándose muebles, ropas y joyas. Años después, los cardenales que aspiraban á ser Pontífices, antes de ir á encerrarse en el cónclave procuraban dejar en sus palacios una guarnición de espadachines y arcabuceros para que repeliese el asalto de la muchedumbre en el caso de que su candidatura resultase triunfante.
Al llegar Calixto III al Monte Giordano, mientras realizaba la ceremonia de leer el libro de la Ley judaica y contestar á la diputación del _ghetto_ las palabras rituales, el populacho se sintió tentado por la riqueza de este magnífico volumen encuadernado en oro, y para robarlo arrolló á los guardias del Pontífice. Se produjo tal confusión, que el anciano Borja vióse próximo á morir aplastado por el gentío. Los soldados papales repelieron á las turbas con sus espadas y lanzas, pero esto no impidió que arrebatasen en su retirada el rico baldaquino que servía al Pontífice cuando era llevado en andas dentro de las iglesias y que le seguía en este cortejo como símbolo de su dignidad.
Poco después, al pasar por el Campo dei Fiori, surgió otro incidente más grave. Napoleón Orsini andaba en pendencias con el conde de Anguillara, acuchillándose los partidarios de uno y otro dentro de Roma.
Orsini quiso aprovechar la ocasión, y abandonando la comitiva papal corrió al Campo dei Fiori, donde habitaba dicho conde, haciendo saquear su vivienda. «¡Quien quiera bien á la casa de Orsini que acuda en su auxilio!», gritaban los del mencionado partido. En pocos momentos se reunieron tres mil hombres armados á favor de los Orsini, mientras los Colonna, por la eterna rivalidad entre las dos familias, daban auxilio al conde de Anguillara, juntando otra tropa no menos considerable.
Ambos partidos se aprestaron á dar una verdadera batalla en presencia del nuevo Pontífice, siendo necesaria la intervención de los cardenales Colonna y Orsini para que, exhortando á sus parientes, restableciesen la tranquilidad.
Encargó Calixto III á Pedro Barbo y otros cardenales influyentes el afianzamiento de la paz en los Estados pontificios, ajustando una tregua de varios meses entre las familias rivales. El necesitaba su tiempo y su actividad para la organización de la guerra contra los turcos.
Resultaban sin fundamento los temores que había inspirado al principio de querer trasladar la corte pontificia lejos de Roma, tal vez á España, imitando con ello á los Pontífices franceses que la habían establecido en Aviñón.
--Este viejo español--siguió diciendo el canónigo--era de vista más larga y concepciones más universales. Sólo le preocupó la suerte del cristianismo; únicamente prestaba atención á la empresa de reconquistar Constantinopla y los Santos Lugares.
Los humanistas, acostumbrados á vivir como parásitos de la generosidad de príncipes y Papas, no encontraron apoyo en este antiguo jurisconsulto. Nunca se mostró hostil al Renacimiento, pero lo miró con indiferencia, preocupándole más el reunir dinero para la guerra contra los turcos que dar salarios á escritores venales y de estilo fácil, como lo había hecho su antecesor, Nicolás V, erudito confiado é ingenuo.