A los pies de Venus (los Borgia)
Part 27
Poco después lo trasladaban al castillo de la Mota, junto á Medina del Campo, en plena Castilla, donde no contaba con amigos de su familia.
Isabel la Católica había muerto, el 26 de Noviembre de 1504, en la misma Medina del Campo, cuya fortaleza iba á guardar ahora á este prisionero célebre.
Castilla estaba amenazada de una guerra civil. Parte de la nobleza pedía que Fernando el Católico siguiese gobernando dicho reino en nombre de su hija doña Juana. Los más de los señores, ansiosos de novedades, se mostraban enemigos suyos y partidarios de que reinasen sin tutela doña Juana, que después fué llamada «la Loca», y su marido Felipe el Hermoso, hijo de Maximiliano, emperador de Alemania.
Esta situación anormal vino á favorecer al prisionero de Medina del Campo. Lucrecia Borgia desde su corte de Ferrara, los cardenales españoles residentes en Roma y el rey don Juan de Navarra, influenciado por las súplicas de su hermana Carlota, hacían esfuerzos comunes por conseguir la libertad del duque del Valentinado.
Se negaba el papa Julio II á apoyarlos, y hasta por instigaciones suyas, la viuda de Juan de Borja, duque de Gandía, solicitaba de Fernando el Católico que instruyese un proceso contra César, acusándolo de la muerte de su marido y de su cuñado el duque de Biseglia. Como esta duquesa viuda pertenecía á la familia de don Fernando, muchos creyeron que el proceso era un pretexto inventado por dicho monarca para oponerse pasivamente á todas las demandas venidas de fuera en pro del prisionero.
Dos partidos se habían formado en Castilla: el de don Fernando, teniendo á su frente al duque de Alba, y otro que sostenía los derechos de Felipe el Hermoso y su mujer doña Juana, dirigido por el conde de Benavente. Ambos grupos pusieron sus miras á la vez en el solitario cautivo.
Hubo un momento en que don Fernando creyó que Gonzalo de Córdoba intentaba traicionarle, apropiándose el reino de Nápoles, y su conocimiento de las cosas de Italia le hizo pensar en el duque de las Romañas como el jefe más idóneo para combatir al Gran Capitán. En los mismos días los partidarios de Felipe el Hermoso proyectaban poner en libertad á César Borgia, considerándolo el mejor caudillo para vencer á Fernando el Católico, si es que estallaba una guerra civil.
Todo esto sirvió para que el hijo de Alejandro VI se viese en dicha fortaleza más vigilado que nunca. Púsose el conde de Benavente en relaciones secretas con él valiéndose del capellán que le visitaba en su prisión, y así se concertó una de las evasiones más audaces y peligrosas que se conocen.
Claudio recordaba la considerable altura de la torre del homenaje en el castillo de la Mota.
Facilitaba dicho clérigo á César una cuerda muy larga, pero aun así resultaba corta, quedando á varios metros del suelo. El único criado de Borgia, un español admitido á su servicio pocos meses antes, fiel hasta la muerte por la seducción natural que ejercía el duque sobre todos sus allegados, se prestaba á ser el primero en descender por la cuerda, y al llegar á su extremo caía, rompiéndose las piernas. Allí quedaba sin poder moverse, hasta que salían las gentes de la fortaleza, matándolo.
Dejábase deslizar César á continuación. Llevaba manos y brazos envueltos en trapos; pero tan largo era el descenso, que estas envolturas se desgastaban, cortando la cuerda sus carnes. Luego quedaba indeciso al final de aquélla, viendo debajo de él á su criado con las piernas rotas.
La alarma dada por los centinelas ponía término á su incertidumbre. El alcaide, desde lo alto de la torre, cortaba la cuerda para que se matase, y César caía lo mismo que su doméstico. A pesar de su magullamiento, atravesaba á nado el foso de agua fría, subiendo á gatas la escarpa opuesta. Allí le esperaban tres ballesteros del conde de Benavente, é izándolo en un caballo, lo llevaban á todo galope á Villalón, lugar fuerte del que era señor el citado prócer.
Un mes necesitó en este nuevo encierro para restablecer sus fuerzas. Su evasión la había efectuado el 25 de Octubre de 1506, y cuando á fines de Noviembre pudo salir oculto de Villalón, todavía llevaba los antebrazos y las manos envueltos en vendajes.
Con dos hombres conocedores del país y fingiéndose los tres mercaderes que iban de feria en feria, se dirigieron á Santander, embarcándose allí para Laredo y Bermeo. Luego reanudaron su viaje terrestre por Bilbao, Durango, Mondragón y Vergara, llegando finalmente á Pamplona el 3 de Diciembre.
Resultaba admirable una vez más, en este viaje peligroso, la energía de César Borgia. Todas las autoridades estaban avisadas de su fuga. Sumas cuantiosas eran ofrecidas al que lo descubriese. Los tres mercaderes se vieron detenidos por los alcaldes de dos poblaciones; pero con tanta serenidad y habilidad contestaba el que parecía más importante de aquéllos, que inmediatamente los soltaron.
El detalle más triste de esta fuga novelesca fué la identificación que iban haciendo los perseguidores de César Borgia al seguir su pista. Todos los que declaraban haber visto á los tres mercaderes hacían mención especial de uno de ellos, «de cara muy fea, algo negro, las narices anchas». Era el hijo de Alejandro VI, el «_príncipe biondo e bello_» tan admirado años antes por las damas romanas.
Ya libre al lado del rey Juan de Navarra su cuñado, procuró el duque Valentino regularizar sus embrollados asuntos. A Luis XII de Francia le reclamó el pago de la dote de su mujer Carlota de Albret, que nunca había hecho efectivo, así como las rentas que le correspondían por su ducado de Valence.
Dicha reclamación resultaba inútil. Para que le pagase Francia, necesitaba seguir la política de Fernando el Católico, aliado otra vez á Luis XII; y él, por su parentesco con el rey de Navarra y su fuga de Medina del Campo, venía á figurar entre los amigos de Felipe el Hermoso y el emperador Maximiliano. Por esta última razón, lo que hizo el rey francés fué recuperar el Valentinado, quitándoselo para siempre.
Rotas sus relaciones con Luis XII, aceptó el mando de las tropas de su cuñado, y sin miedo á potencias tan fuertes como España y Francia, puso en abierta hostilidad con ellas al pequeño reino de Navarra, para preparar el triunfo de Felipe el Hermoso.
Antes creyó necesario dar fin á una guerra insignificante que existía entre el monarca navarro y uno de sus feudatarios, Luis de Beaumont, conde de Lerin, súbdito rebelde--lo mismo que los vasallos romanos desleales con el Papa--, el cual se defendía de su legítimo señor sostenido por Fernando el Católico.
En esta pequeña campaña sin gloria iba á perecer obscuramente el capitán que había intentado la unificación de Italia.
El 11 de Febrero de 1507 atacó la plaza de Viana, cerca de Logroño. Las fuerzas con que contaba César podían hacerle dueño de dicha población rápidamente. Sus defensores carecían de víveres, y algunas bandas del conde de Lerin se movían durante la noche en torno al campamento de los sitiadores, buscando ocasión para introducir un convoy en la ciudad.
Dichas operaciones nocturnas ocasionaban frecuentes escaramuzas, y un amanecer, al notar César Borgia que varios grupos de enemigos intentaban una de las mencionadas sorpresas, se armó rápidamente, no acabando de colocarse bien las piezas de su armadura, y montó á caballo, sin que en realidad fuese necesaria su presencia, galopando hacia los partidarios de Beaumont, ya en retirada. Tal era su ímpetu, que no volvió la cabeza atrás para enterarse de si era seguido.
Le perdieron los suyos de vista, y al percatarse los adversarios de que sólo era un jinete quien venía en su persecución, le hicieron frente, encontrándose de pronto César rodeado de enemigos. Sintieron éstos aumentar su osadía á la vista de las ricas armas del caballero, y como eran muchos, lo abrumaron bajo una lluvia de golpes.
La armadura, colocada con precipitación, tenía algunas piezas sueltas, y uno de los atacantes consiguió meterle un lanzazo por el sobaco, que le hirió de muerte, derribándolo de su corcel. Como aún intentaba defenderse en el suelo, lo remataron á golpes, despojándolo de su envoltura metálica, así como de gran parte de sus ropas valiosas.
Al ver el conde de Lerin la riqueza de dicha armadura, de las más finas que se fabricaban en Italia, quedó absorto, no pudiendo adivinar quién sería este enemigo poderoso, muerto sin gloria en un barranco. Al volver al sitio de la lucha con un grupo de los suyos, vió el cadáver del misterioso jinete, medio desnudo, y arrodillado junto á él y llorando á un mozo con aspecto de paje.
Era Juanito Grasica, que había vivido en tierra española todo el tiempo de la prisión de su señor, sirviéndole de intermediario con los que preparaban su fuga, y viniendo luego á Navarra á unirse con él.
Había seguido de lejos al duque en este amanecer, distanciado por la velocidad de su corcel, y acabó por descubrir su cadáver.
Beaumont y los suyos preguntaron á Juanito quién era el gran señor recién muerto, y el paje contestó entre gemidos:
--Don César de Borja, duque del Valentinado y de las Romañas.
Mostráronse los enemigos asustados de su propia obra, lamentando Beaumont que tan alto personaje, famoso en toda la tierra, hubiese venido á morir allí como un pobre montañés de los que guerreaban en sus partidas.
Quedaba el cadáver en la iglesia de Santa María de Viana, bajo una tumba monumental, mezcla de las gracias del Renacimiento y las nobles formas del gótico florido español.
Figuraban en ella los reyes de la Sagrada Escritura en actitud dolorosa, reflejando la emoción causada por la muerte de tal héroe, y sobre el sarcófago, un pomposo epitafio en castellano empezaba del siguiente modo:
Aquí yace en poca tierra El que toda le temía; El que la paz y la guerra En la su mano tenía...
«Pero estaba escrito--siguió pensando Claudio--que ninguno de los Borgia dejase un monumento firme, recordando su paso por la tierra. Calixto III y Alejandro VI, después de ser enterrados en San Pedro, han venido á parar á una iglesia española de Roma. La tumba de Lucrecia, princesa reinante de Ferrara, es hoy una simple losa con caracteres borrosos. Este monumento regio de César, costeado por el monarca de Navarra y que describieron varios autores españoles durante el siglo XVI, desapareció en el siglo XVII, siendo hecho pedazos».
El cadáver de César lo sacaban de la iglesia para volverlo á enterrar en plena calle. Fué esto venganza de un prelado á cuya diócesis pertenecía Viana.
Don Pedro de Aranda, obispo de Calahorra, había sido acusado de judaísmo en 1498 y encerrado en el castillo de Sant Angelo, prolongándose varios años su proceso. Era mayordomo de Alejandro VI, y éste tuvo que proceder así por exigencias de la Inquisición española y de Fernando el Católico, quienes veían con malos ojos el refugio concedido en Roma por el Pontífice á los judaizantes fugitivos de España.
Además, le fueron confiscados al obispo Aranda diez mil escudos de oro y otros diez mil que tenía en poder de varios banqueros, sumas considerables que sirvieron en parte para costear el suntuoso viaje de César á Francia, cuando le nombraron duque del Valentinado.
Murió Aranda á consecuencia del encarcelamiento, y uno de sus descendientes, también obispo de Calahorra, no podía hacer visitas á la iglesia de Viana sin mirar con ojos de odio la tumba del hijo de Alejandro VI.
Y como en aquel entonces ya se había generalizado la falsa leyenda de los Borgia, aprovechó una restauración del templo para hacer pedazos la ostentosa tumba y echar fuera los restos de César.
El obispo judaizante perseguido por la Inquisición quedaba vengado.
VI
«¡Y no la veré más!»
Llevaba Claudio Borja varios días recluído en su casa, sin otro ejercicio que cortos paseos, apoyado en un bastón, por el jardín del «villino». Todas las tardes recibía la visita de sus amigos, instalándose éstos en el estudio como si fuese una prolongación de aquel café, lugar de sus reuniones, para hacer compañía al que llamaban por antonomasia «el herido».
Una mañana, cerca ya de mediodía, vino á visitarle Enciso de las Casas. En días anteriores se había valido del teléfono para preguntar por el estado de Borja, excusando su ausencia y justificándola con las grandes ocupaciones que le imponía cierta cuestión entre el gobierno de su país y el Vaticano. Atento siempre á cumplir las reglas del buen trato social, creía faltar á sus deberes no yendo en persona á pedir noticias.
Al presentarse ahora, volvió á hablar de sus importantes labores diplomáticas, celebrando á continuación el buen aspecto del convaleciente.
--¿Quién diría que tiene usted la pierna atravesada de un balazo? ¡Qué encarnadura vigorosa!... Es usted un verdadero Borja, digno de sus ascendientes.
Permaneció indeciso algún tiempo, como si temiese lo que iba á decir y el mal efecto que pudiera causar en su oyente.
--Ríñame, amigo mío--dijo de pronto con aire resuelto--. Aunque soy más viejo que usted, tal vez he cometido una chiquillada que le molestará, pero no dude que lo hice con buena intención. ¡Me asusté tanto al verle chorreando sangre en aquel jardín!...
Y bajo la mirada interrogativa de Claudio siguió expresándose con tono de excusa.
--Los médicos dijeron que la herida no era grave; pero yo juzgué oportuno cumplir mis deberes de amigo avisando al único de sus parientes que conozco. En resumen: necesito decirle que remití un largo telegrama á Valencia anunciando á su tío don Baltasar todo lo ocurrido.
Claudio acogió con inquietud las ultimas palabras.
--Luego envié otro telegrama quitando importancia al suceso; pero sin duda creyó el canónigo que mi segundo aviso era simplemente una treta para tranquilizarle, y se atuvo á mis primeras palabras. Total: que don Baltasar llegó anoche á Roma, esta mañana vino á verme, y ahora está en la Embajada de España hablando con el señor Bustamante.
En el primer momento no ocultó Borja su enfado contra este plenipotenciario tan bondadoso, tan simpático é inoportuno. Pero al fin se mostró sereno, acogiendo la noticia con afectada indiferencia. El canónigo Figueras ya estaba en Roma y era inevitable el verle. Escucharía con paciencia su sermoneo, si es que en realidad se interesaba por este episodio de la vida moderna, menos conmovedor para él que los otros que iba descubriendo en documentos antiguos.
No podía dudar, sin embargo, del afecto del santo varón. El era tal vez el único ser contemporáneo capaz de hacer vibrar su sensibilidad. Esto del duelo y el balazo debía haber sacudido como una catástrofe telúrica el venerable caserón, envuelto en discreto silencio, allá en la tranquila calle de Caballeros.
Según contó Enciso, había preparado Figueras rápidamente su viaje, y al tomar el tren se imaginaba encontrar en Roma moribundo á Claudio. Este tuvo, no obstante, la sospecha de que también debía haber influido en tal resolución el hecho de vivir él en la Ciudad Eterna. ¡Ver una vez más las Estancias de los Borgia, con los restos de la azulejería de Manises encargada por Alejandro VI!...
Volvería don Manuel acompañando á Figueras aquella misma tarde. Ya lo había preparado para que no agobiase á su sobrino con inútiles quejas ni reprimendas morales. Era conveniente olvidar lo pasado ó pensar sólo en ello para ponerle remedio. Todo lo ocurrido debía apreciarse como una aventura descabellada, propia de la juventud.
Acogió Borja con débil sonrisa de agradecimiento los buenos propósitos de Enciso. La presencia de éste acababa de despertar en su memoria muchos recuerdos adormecidos.
Vaciló antes de hacer una pregunta que desde algunos minutos antes se agitaba en su pensamiento, pugnando por exteriorizarse.
--¿Y Rosaura?--dijo al fin.
Ahora fué el diplomático-artista quien titubeó.
--Esa señora--repuso después de larga pausa--debe estar ya lejos de Roma en los presentes momentos. Me dijo que se marchaba hoy... ¡Ay, querido Claudio! La vida cambia incesantemente y nosotros también. Ya sabe usted que la existencia es á modo de una rueda, y cuando nos imaginamos ir siempre hacia arriba, en una ascensión sin término, nos vemos cabeza abajo. La que usted llama Rosaura ha dejado de merecer tal nombre poético. Es simplemente la señora viuda de Pineda, y pronto pasará á ser la señora de López Rallo. Se casa, querido amigo, y se casa con verdadero fervor, como si fuese á conocer por primera vez el matrimonio. Una mujer tan interesante, tan... poética, sólo habla de las cosas del hogar, embelleciéndolas con verdadero entusiasmo.
Y Enciso mostraba en palabras y gestos una desilusión de padre de familia cansado de los monótonos placeres caseros y admirador secreto de irregularidades y aventuras al ver á esta dama novelesca, perpetuo ídolo de sus ensueños, igual á su propia esposa y á la mayor parte de las mujeres que encontraba en los salones.
--Yo no sé--continuó--qué potencia de sugestión tiene ese muchacho del monóculo. ¡Quién podía imaginarse á Rosaura «la perfecta casada», pensando nada más que en sus hijos y deseosa tal vez de tener otros en su segundo matrimonio!...
Siguió escuchándole Claudio con cierta frialdad. Examinaba su interior, para saber si tales palabras despertaban en él ecos dolorosos. Realmente, no sufrió celos ni le agitó la cólera. Creía que le hablaban de otra mujer, distinta á la que él había conocido. Hasta sintió cierto deseo de reir imaginándose á Rosaura con este nuevo aspecto de hembra tranquila y procreadora. Era semejante á las llamadas «burguesas» que tantas veces excitaron las risas de los dos en el jardín de la Costa Azul.
La había creído igual á una de esas aves marinas cuyas alas son fuertes como las del águila y puramente blancas como las de la paloma, volando sobre la inmensidad oceánica, viendo las olas altísimas cual insignificantes arrugas de la llanura azul, y ahora resultaba un ave de corral, ansiosa de vivir entre polluelos.
--Yo creo, amigo Claudio--continuó el diplomático--, que esa bofetada dada por usted en el hotel no pudo ser más oportuna... para el otro. Tal incidente sirvió para que Rosaura se interesase por ese mozo como nunca, sufriendo angustias al pensar en su suerte, admirando su actitud valerosa. Para las mujeres, el hombre que aman resulta siempre un héroe. De ser López el herido, ella lo habría curado, lo mismo que se ve en las novelas, enternecida por su desgracia. Como ha tenido la buena suerte de que el herido sea usted, ella lo admira como triunfador. De todos modos, lo ama más fervorosamente que antes del choque de ustedes dos.
La consideración de su vencimiento y de que Rosaura creía al otro más valiente amargó por primera vez á Claudio, reflejándose en su rostro la molestia que le causaban tales palabras.
Enciso debió darse cuenta de sus pensamientos, y se apresuró á añadir:
--No crea que vive tranquila y orgullosa después de lo ocurrido. Al contrario, parece muy inquieta. Teme que usted vuelva á tener cuestiones con López Rallo. Dice que conoce su carácter, y que, sin duda, buscará al otro para perturbar la felicidad... de ellos dos... Sé bien lo que digo. Puedo afirmarlo, pues lo he escuchado de su propia boca.
Y sonriendo al evocar el recuerdo de una visita grata, contó á Borja cómo dos días antes la señora de Pineda le había suplicado que fuese á verla en su hotel.
En dicha entrevista le revelaba sus planes futuros de existencia, su matrimonio con el secretario de legación.
--Adivinará usted--siguió diciendo--que no me llamó únicamente para darme tales nuevas. Quería que yo la acompañase aquí mismo, presenciando una conversación de ustedes dos. Necesitaba verlo para pedirle en nombre de su antigua... amistad que la deje tranquila y no se acuerde más de su persona. Quiere que acepte los hechos, como ella los aceptó en otro tiempo. «Lo pasado fué un sueño, amigo Enciso, un sueño nada más. ¡Ay! ¿quién no ha soñado?...» Estas fueron sus palabras.
Asintió Claudio con movimientos de cabeza, permaneciendo silencioso. Lo mismo que había dicho Rosaura cuando se hablaron en el hotel.
--Usted reconocerá--continuó el diplomático--que el encargo resultaba un poco... difícil para mí. Las mujeres encuentran natural todo lo que favorece sus deseos. Figúrese un hombre como yo, tranquilo, de costumbres respetables, trayéndola aquí para presenciar una entrevista tempestuosa de antiguos amantes... Y si, por el contrario, la conversación se dulcificaba, con un grato desfile de recuerdos melancólicos, ¡imagínese qué papel para un ministro plenipotenciario cerca del Papa!... A mí me gustan las cosas novelescas... pero hasta cierto punto.
Y parecía vibrar en su voz un lejano eco de aquella envidia mansa, de aquel tranquilo despecho con que había comentado siempre las historias amorosas de la bella argentina, tan admirada por él.
--Por fortuna, ella misma desistió de la visita cuando le propuse que viniese sin mí, dándole las señas de esta casa. Por nada del mundo se atreve á quedar á solas con usted. Tal vez tiene miedo á que los recuerdos puedan más que su voluntad; y esto, querido Claudio, resulta lisonjero para un hombre... En resumen: se limitó á rogarme que influyese con usted para que no moleste más á ella ni á su futuro marido. Hoy se han marchado de Roma no se adónde. Verdaderamente, después del duelo, su existencia aquí no resultaba grata. Tenía que permanecer en sus habitaciones del hotel, sin atreverse á bajar al comedor ni al salón. En nuestro mundo se comenta todavía el suceso... Todos los que no la conocen querían verla. Las mujeres se ocupaban envidiosamente de su buena suerte. ¡Dos jóvenes queriendo matarse por una viuda con hijos!... Y exageraban su edad para dar cierto aspecto ridículo al choque de ustedes...
Eran más de las doce, y Enciso quiso marcharse. Antes de partir creyó del caso dar por adelantado algunos de los consejos que seguramente iba á oir Borja de boca de su tío.
--Don Baltasar piensa como nosotros dos. ¿Se extraña usted y quiere saber quién es el otro?... Me refiero á don Arístides. Mi ilustre amigo le quiere como siempre. Lamenta un poco lo que ocurrió aquella noche en mi casa; pero ahora, gracias al tiempo transcurrido, lo ve con frialdad, lo mismo que lo vi yo desde el primer momento. Una humorada un poco fuera de tono; un capricho genial de poeta, como digo á todos... Las cosas se arreglarán, amigo Claudio. Déjese llevar por las exigencias sociales como si fuesen olas dulces. Después ya se saldrá de la corriente, cuando lo juzgue oportuno, para hacer sus gustos, pero siempre sin escándalo... Siga los consejos de nosotros tres, que le queremos.
Al quedar solo el joven, resurgió en su memoria la imagen de Rosaura tal como la veía un año antes, entre las florestas de la Venusberg.
En días anteriores era una pálida imagen, falta de vida, logrando evocarla sin que despertase en él vibración alguna. La tenía cerca, podía verla en cualquier momento, repitiendo la escena del _dancing_, perturbando sus nuevos amores, y la convicción de tal potencia le mantenía inactivo, en resignada calma. Al saberla ahora lejos, fugitiva con aquel hombre de gustos frívolos, hábilmente egoísta para asegurarse una vida de lujo por medio del matrimonio, fuera ya de su alcance, imposibilitado de adivinar dónde se encontraba, resurgía en su recuerdo como la Venus medieval emerge ante los ojos del caballero Tannhäuser, desnuda, luminosamente blanca, cual una nube hecha carne, entre las valvas de la enorme madreperla que le sirve de lecho.
Ya no la comparaba ahora con un ave doméstica. Desplegaba sobre la inmensidad azul sus alas blancas de paloma de Afrodita, majestuosa como un águila, pero en su vuelo iba hacia otro.
--¡Y no la veré más!--dijo con voz de lamento--. ¡Ay! ¿quién me la devolverá?...
Seguía pensando en esto á media tarde, cuando llegó don Baltasar Figueras, acompañado hasta la puerta del «villino» por un doméstico de la Embajada de España.