A los pies de Venus (los Borgia)

Part 28

Chapter 283,348 wordsPublic domain

El canónigo se mostró discreto. Con una curiosidad casi infantil quiso ver y tocar el vendaje que aún llevaba el joven en la pierna herida. Escuchó luego el relato del encuentro, formulando preguntas pueriles para explicarse ciertos detalles.

--¡Las majaderías que hacen los hombres!...

Pero á tal exclamación unía cierto orgullo, pensando que uno de su familia había expuesto la vida tranquilamente, como lo hicieron en otros siglos, yendo de torneo en torneo, ciertos caballeros andantes del reino de Aragón que ostentaban ante su nombre el título de «Mosén».

Evitó alusiones directas á la dama que él había conocido en la Costa Azul, autora inconsciente de tales hechos dramáticos. Su honestidad eclesiástica le hizo evitar estas y otras escabrosidades de la conversación.

--Creo que después de las tonterías que llevas hechas--dijo con un acento severo que no causó mella en su oyente--, renunciarás á tu vida actual. La verdadera culpa de todo la tiene tu existencia de vagabundo, sin familia, sin mujer, sin casa. Esta mañana hemos hablado de ello don Arístides y yo. El se muestra dolido, y con razón, de lo que ha pasado; pero te quiere, y lo mismo ese pobre ángel de Estelita, y hasta su tía, que tiene su geniazo, pero en el fondo es una buena de Dios. Te perdonan y te esperan. No digas que no; para algo me ha traído la Providencia aquí. Les harás una visita conmigo. Nada de hablar de lo que ya está olvidado. Yo te ayudaré... Volverás á vivir con la familia de tu antiguo tutor, lo mismo que antes de que conocieras á esa señora. Lo que debe ser será. Como don Arístides goza de tanto poder en el Vaticano, puede arreglar tu boda en pocos días, suprimiendo trámites. Te advierto que no me voy de aquí sin dejarte casado con Estelita.

Y creyó que con esto quedaba dicho todo.

A la mañana siguiente salió Borja por primera vez de su casa, para buscar al canónigo en un hotelito de la calle del Governo Vecchio, muy frecuentado por clérigos á causa de su proximidad á la Ciudad Leonina, y que le había servido de alojamiento en todos sus viajes á Roma.

Andaba Claudio sin dificultad, apoyándose ligeramente en su bastón, gozando las delicias del movimiento, del aire libre y del sol, en una mañana suave, cuya luz dorada, cernida por nubes sutiles, daba cierto color de naranja á las piedras antiguas.

Figueras, al salir de su alojamiento, le hizo saber que estaban invitados á almorzar en la Embajada de España á la una de la tarde. Pero era oportuno presentarse antes, para que se restableciese la cordialidad entre Claudio y la familia de don Arístides.

--Ahora son las diez. Nos iremos allá á las doce, cuando disparen el cañonazo en el castillo de Sant Angelo.

Como ya no le inspiraban preocupaciones los asuntos de su sobrino, volvió otra vez á pensar en «su tema», excitado por el ambiente de Roma.

--Necesito ir, antes del almuerzo, á echar un vistazo á las famosas Estancias, decoradas por el Pinturicchio.

Mientras caminaban hacia el Tíber, siguiendo luego por el puente de Sant Angelo y las calles rectas y estrechas de la Ciudad Leonina, don Baltasar formuló una vez más sus protestas contra los «grandes calumniados», como él llamaba á los Borgia.

--A Lucrecia ya le hicieron justicia. El protestante Gregorovius y otros historiadores han probado que esta dama, muerta á los treinta y nueve años, de mal parto, no fué nunca la mujer sensual ni la envenenadora inventada por los enemigos de su familia, y que ciertos poetas de nuestra época ennegrecieron aún más, caprichosamente. Siendo princesa de Ferrara, ella que en su juventud había figurado como la mujer más elegante de Europa, renunció á las vanidades mundanas, se despojó de joyas y ornamentos, entregándose á la vida piadosa, fundando monasterios y hospitales, sin abandonar por ello el cuidado de sus hijos ni los deberes representativos de una princesa reinante. Su muerte, ocurrida en 1519, fué la de una buena madre, mostrándose serena, piadosa y cristiana hasta el último momento. Todavía en la antevíspera escribió doña Lucrecia de su propio puño al pontífice León X, con el que estaba en correspondencia frecuente. Por sus cartas sabemos que hacía diez años que llevaba bajo sus vestiduras majestuosas un áspero cilicio y dos años que se confesaba todos los días, comulgando semanalmente.

Todo el pueblo de Ferrara lloró su muerte. Alfonso de Este, su esposo, rudo soldado que escribía al pie de su firma «bombardero», como el mejor de sus títulos, vivió quince años más, pero acordándose siempre de ella.

Sin fijarse en que Claudio no parecía mostrar en aquel momento gran interés por esta rehabilitación histórica, el sacerdote continuó:

--El último en morir de la familia Borgia fué don Jofre, príncipe de Esquilache. Este joven, que César tuvo siempre como «hombre para poco», débil de cuerpo y encogido de ánimo, debió sentirse feliz al verse solo en la tierra.

Su mujer, la inflamable doña Sancha, había fallecido en 1506, luego que César la hizo sacar del castillo de Sant Angelo, donde estaba encerrada por orden de su suegro el Papa, enviándola á Nápoles. Al morir, aún no había cumplido veintisiete años.

--Aquella gente vivía muy aprisa, yéndose del mundo antes de tiempo. A pesar de su mala fama, he leído, en cartas de algunos españoles de entonces, que fué doña Sancha «muy acabada y valerosa princesa, y muy favorecedora de España». Fuese como fuese, lo cierto es que don Jofre, viéndose viudo á los veintitrés años, se marchó á nuestro país, donde casó con una hija del conde de Albaida, quedándose allá, en la obscura y humilde dicha de los que no tienen historia.

Mostró Claudio Borja un repentino deseo de saber algo que había excitado su curiosidad repetidas veces.

--¿Y don Michelotto?--preguntó--. Nadie habla de él después de la muerte de César, ni figura durante los últimos años de éste, cuando estaba prisionero en España.

Sonrió el canónigo, haciendo al mismo tiempo un gesto de cómico terror.

--¡Micalet Corella!... ¡Qué tipo!... Efectivamente, nada he leído sobre el final de su vida terrible. César salió de Italia sin poder verle. Don Miguelito, luego de defender como perro rabioso los dominios de su amigo y señor, cayó prisionero de los florentinos con otros partidarios de César, y el nuevo papa Julio II consiguió que se lo enviasen á Roma, encerrándolo en el castillo de Sant Angelo. Aquí le hizo dar tormento con la esperanza de que confesase los crímenes de César. El testimonio de este hombre considerábalo precioso para incoar un terrible proceso contra el duque de las Romañas... Pero el duro don Micalet aguantó toda clase de suplicios sin hablar, manteniéndose fiel á su protector. Indudablemente le preguntaron acerca de muchos delitos imaginarios que César no había cometido nunca. ¡Le inventaban tantos!... Como si no tuviese bastante con los que resultan completamente ciertos...

Calló Figueras, repasando sus recuerdos, para añadir poco después:

--Ni una palabra sobre don Michelotto, luego de su encierro en Sant Angelo. La noche cae sobre su nombre. Tal vez murió á consecuencia de los tormentos. Es posible igualmente que recobrase su libertad y lo mataran en una emboscada al verle solo, sin el auxilio de aquellos temibles compañeros de aventuras, que había tenido que licenciar. ¡Resultaban tan numerosos sus enemigos!... También pudo ser que consiguiera huir á España y pasase el resto de su existencia al lado de su hermano el marqués de Cocentaina, aquel Corella de nacimiento legítimo, que salvó al papa Borgia de un león, aquí cerca, en el Belvedere. Nada tendría de extraño que en nuestra tierra viviese y muriese como un hidalgo, buen creyente, pasando los días en la iglesia del pueblo y relatando sus aventuras á los hijos de su hermano.

Después de oír esto, Claudio Borgia volvió á acoger con indiferencia las palabras de don Baltasar.

Se iban cruzando en las estrechas calles con damas extranjeras que volvían de la iglesia de San Pedro. Eran norteamericanas pertenecientes á una peregrinación. Sin saber por qué, las encontró el joven alguna semejanza con la mujer que llevaba en su pensamiento. En realidad, no existía ningún parecido físico; eran rubias las más, y la otra tenía los ojos y el pelo negros. Pero había de común entre ellas cierto aire de soltura gimnástica, la buena conservación de la carne por los cuidados higiénicos, esa uniformidad del bienestar que caracteriza á la mujer rica. La ausente era una viajera como todas ellas, y la vida de gran hotel, de _dancing_, de _sleeping_, de lujosos trasatlánticos, las unificaba con el mismo aire inconfundible é indescriptible que aglomera á los individuos de una nación, emparentándolos, aunque sus aspectos particulares sean distintos.

Después de varios días de encierro, le impresionaba el continuo paso de estas extranjeras, que en otro momento le habían parecido transeuntes vulgares.

«¡Y no la veré más!--pensaba--. ¡Y la he perdido para siempre!...»

El canónigo continuó hablando.

--Así como ahora existe una Lucrecia completamente distinta al monstruo que inventó la fantasía, también empieza á dejarse ver un Alejandro VI que no es el bandido creado por sus calumniadores. Yo soy clérigo y me está prohibido hablar contra los Papas; mas sin incurrir en pecado, puedo establecer una diferencia entre los hombres y la sagrada función pontifical que ejercieron, y te digo que Juliano de la Rovere, ó sea Julio II, procedió como un malvado al denigrar á su antecesor, acogiendo todas las calumnias, por disparatadas que fuesen, para difundirlas, y dando protección á cuantos quisieron escribir contra los Borgia... El tal Rovere, tú sabes que tuvo hijos, lo mismo que Alejandro VI, y además fué aficionado á otras cosas infames no conocidas por nuestro compatriota.

Al surgir la reforma protestante, necesitaban sus escritores concretar sobre la cabeza de algún Pontífice todos los vicios y delitos de la corte de Roma durante siglos, y Julio II les daba ya hecho el trabajo con la leyenda contra los Borgia, de reciente formación.

Este Papa, que fué grande por lo mucho que le dejaron preparado ó realizado Alejandro VI y su hijo, continuó la calumnia contra ellos, aun después de muerto, por medio de los escritores que aceptaron á ciegas su falsa y apasionada información.

El mayor defecto de Rodrigo de Borja había sido tomar á risa lo que inventaban contra él: su falta de miedo al juicio de la posteridad, su bondadosa pereza, que nunca se tomó el trabajo de rectificar la mentira diaria.

--Que hablen--decía--. Al pueblo romano hay que permitirle el insulto, y así se deja gobernar mejor.

Los enemigos del Papado encontraban á su disposición un Pontífice, víctima expiatoria preparada por otro Pontífice. Además era español, del país que sostuvo con su espada la unidad religiosa del mundo. ¿Qué más podían desear?...

--Y durante tres siglos, casi hasta nuestros días, los historiadores se han copiado unos á otros, sin tomarse el trabajo de subir hasta las fuentes originales.

Luego el canónigo añadió, con una cólera reconcentrada que no podía inspirarle ningún suceso contemporáneo:

--Hasta los españoles aceptaron la calumniosa leyenda de los Borgia, dejándose influenciar por autores extranjeros que repiten falsedades sin comprobarlas antes. Sólo en el curso de nuestra vida ha empezado á verse un nuevo Alejandro VI. Yo mismo--dijo con cierta modestia--he contribuído un poco á tal justificación. El hombre que escribe á su hijo unas cartas que sólo éste debe leer, dándole consejos morales é instrucciones religiosas, no tiene la menor relación con el monstruo sádico inventado por los folicularios de aquella época, celebrando orgías con toda su familia.

Le hizo insistir el entusiasmo en sus afirmaciones optimistas y enérgicas.

--Alejandro fué un gran Pontífice, y hasta su hijo César (la peor persona de la familia) resulta igual á los príncipes de su época. Sólo se diferencia de ellos por tener más talento y mayores condiciones de energía y actividad. Muchos de los crímenes que le atribuyen son indignos de su inteligencia y su carácter. Cuando César se decidía á obrar como malvado, por razones políticas ó particulares, realizaba sus delitos con una franqueza bárbara ó con una habilidad diplomática que arrancó gritos de admiración á Maquiavelo.

Marchaba Claudio al lado suyo sin oirle, pero él continuó su peroración como si el otro le escuchase, y una sonrisa irónica acompañó sus palabras.

--¡El veneno de los Borgia!... Ya sabes cómo lo fabricaban; una invención absurda, digna de la medicina y la farmacopea de aquellos tiempos, si es que realmente se puso en práctica alguna vez. Hartaban á un cerdo de alimentos cargados de arsénico, luego lo apaleaban, y la baba que iba soltando la recogían para que sirviese de veneno. Es cierto que el arsénico deja sus huellas en los envenenados, pero más discretas, menos visibles y escandalosas que las mencionadas por los enemigos de los Borgia. Cuando un cardenal ó un gran señor moría cubierto de pústulas ó grandes abcesos con numerosos orificios, era voz general que lo había matado el «veneno de los Borgia». ¡Como si de faltarles este veneno no hubiesen llegado á morir nunca! ¡Como si no existiesen enfermedades entonces!... Precisamente acababa de aparecer la terrible dolencia vergonzosa que tú sabes, extendiéndose por toda Europa, sin respetar á Papas ni á reyes. Para su curación se recetaban los remedios más extravagantes. Tampoco se conocía la verdadera naturaleza de la diabetes, y hay que pensar la vida de continuo banqueteo y excesos en bebidas y dulces que llevaban los próceres y prelados del Renacimiento. Apenas enfermaba alguno de ellos, perdiendo sus fuerzas y cubriéndosele el cuerpo de abcesos, se atribuían dichos tumores al «veneno de los Borgia». Era el resto del tósigo que se escapaba por la epidermis, y el único remedio, según la medicina de la época, consistía en beber caldo de culebra negra ó buscar centenares de perros, gatos ó gallos, abriéndolos vivos para aplicarlos con todo su calor sobre el enfermo.

Hizo una pausa el canónigo, y añadió:

--Indudablemente, dar veneno á los enemigos era entonces una regla aceptada por todos los jefes de gobierno. Los más de los príncipes tenían á su devoción alquimistas encargados de buscar nuevos tósigos, y una de las mayores preocupaciones de Alejandro y su hijo no fué envenenar á los demás, sino librarse ellos del veneno ajeno, cuyos verdaderos efectos resultaban más disimulados que el de muchas enfermedades naturales, mal conocidas en aquel tiempo.

Habían llegado á la plaza de San Pedro, admirando Figueras, como siempre, las columnatas semicirculares y la enorme cúpula de la basílica.

Mostróse emocionado una vez más por el aspecto majestuoso del monumento. Era un símbolo de la universalidad de sus creencias... Y acto seguido acopló en su imaginación el recuerdo del Pontífice que él llamaba «su Papa» á dicha grandeza arquitectónica.

--Nunca puedo ver esto--dijo--sin pensar en nuestro Alejandro. Sé bien que se construyó luego de su muerte, pero nadie me negará que durante su pontificado llegó el catolicismo á su mayor grandeza. Después de los primeros siglos del triunfo de la Iglesia, la cristiandad romana empezó á perder gente, en vez de aumentar sus prosélitos. Los griegos nos abandonaron, llevándose una parte de Europa, y luego de muerto el papa Borgia, sus inmediatos sucesores perdieron otra parte al rebelarse los pueblos afectos á la Reforma. El catolicismo, tal como es actualmente, inicia su desarrollo bajo el gran Papa español. En su tiempo se descubre la América; él es quien reparte el mundo entre españoles y portugueses; Colón le escribe en castellano (á pesar de que Rodrigo de Borja llevaba viviendo en Italia tres cuartas partes de su existencia) contándole que ha descubierto trescientas leguas de la costa de Asia, el Japón y un sinnúmero de islas inmediatas. Veinte naciones americanas son ahora católicas, al otro lado del Océano, por haber nacido á la vida cristiana en tiempos de nuestro Alejandro. Más de cien millones de seres acatan á Roma en el opuesto hemisferio por el proselitismo del papa Borgia, que se apresuró á enviar misioneros á América en el segundo viaje de descubrimiento. Se comprende el orgullo de aquel Pontífice. ¿No habríamos incurrido nosotros en el mismo pecado?... Realizaban los españoles el prodigio de llegar á Asia por Occidente (pocos sospecharon entonces que se había descubierto un nuevo mundo), y el Pontífice consagrador de tan inaudita hazaña era también español. Un creyente como Alejandro VI debía ver en ello la mano de la Providencia.

Claudio sólo pensaba en la visita que iba á hacer hora y media después á don Arístides y su familia.

Seguiría su destino. Una voz burlona parecía gritarle desde el fondo de su memoria: «¡Adiós, caballero Tannhäuser!»

Iba á acabar su vida de locuras. Se contentaría con una existencia reposada, dulcemente monótona, sin delirios felices y sin conflictos. Sería el marido de Estela; y la misma voz lejana repetía como un eco lamentoso: «¡Pobre Estela!»

Se aproximaron á una puerta del Vaticano, y el canónigo, como si hablase ante una muchedumbre de diversas creencias y razas, siguió diciendo:

--Y para los que no pertenecen á nuestra religión, el pontificado de Alejandro VI representa un gran acontecimiento histórico, el mayor tal vez de nuestra raza... ¿Qué éramos los blancos nacidos en Europa? Una minoría de la humanidad aglomerada en un continente estrecho. ¡Quién sabe si, faltos los blancos de expansión, debilitados en una lucha incesante por la propiedad del exiguo suelo, esos pueblos de Asia que parecen inmensas colmenas ó interminables nidos de hormigas habrían acabado por caer sobre los nuestros, esclavizándolos por la fuerza de su inmensa superioridad numérica!... Pero descubrimos los españoles el mundo americano en tiempos del papa Borgia, y gracias á nosotros pudo Europa desarrollarse en la más prolongada de las masas continentales, donde se repiten dos veces, á un lado y á otro de la línea ecuatorial, todos los climas y todas las riquezas, triunfando con ello definitivamente el hombre blanco sobre el resto del planeta.

Como si por primera vez se diese cuenta de la distracción de su sobrino, cesó de andar y se volvió hacia él, señalando el palacio grandioso que tenían enfrente.

--Me imagino--dijo con entusiasmo--la emoción de Rodrigo de Borja á mediados de 1493, cuando sólo era Papa unos meses y el Pinturicchio iba trazando sus primeras figuras en los salones que ahora llaman Estancias de los Borgia. Había empezado á difundirse una noticia entre los miles de españoles avecindados en Roma ó acudidos á ella para solicitar mercedes del cardenal compatriota recientemente elegido Papa.

Uno de estos españoles-romanos, clérigo aragonés, llamado Lorenzo de Cosco, que añadía á su calidad de presbítero el título de «generoso y literato», traducía al latín, idioma universal de entonces, la carta escrita por un tal Colón, desde Lisboa, á un judío converso, el magnífico Gabriel Sánchez, tesorero del rey Fernando el Católico.

En ella relataba el marino las peripecias de su viaje con un centenar de españoles y tres barcos á través del Océano.

--Iban en busca de las tierras del Gran Kan de la Tartaria, y las habían encontrado por la ruta de Occidente, aunque sin poder llegar á su capital, la rica Calambú, ó sea el moderno Pekín, descrita por Marco Polo y Mandeville. El Papa español, entusiasmado por este suceso providencial, facilitaba la impresión de la carta traducida por Cosco, enviándola á todos los soberanos de la tierra... Y lo raro del caso fué que Alejandro VI, que había vivido la mayor parte de su existencia en Italia, hablase de Colón llamándolo español. También el italiano Jacobo Trotti escribía á su señor, el duque de Ferrara, sobre las nuevas tierras descubiertas por el «español» Colón... Esto resulta otro misterio histórico, necesitado de luz, como la falsa leyenda de los Borgia. ¿No lo crees así?...

Nada dijo Claudio. Tal vez no había oído las palabras de don Baltasar; pero éste, sin percatarse de su indiferencia, siguió hablando:

--El papa Borgia fué el primero que hizo saber á los hombres, de una manera que puede titularse oficial, el descubrimiento de América, que aún no se llamaba América, y cuya verdadera naturaleza nadie había llegado á presentir. ¿No te conmueve este recuerdo, evocado aquí mismo, antes de que subamos á ver sus famosas Estancias?...

Cogió á Claudio de una solapa, mirándolo de cerca, al hacer dicha pregunta, y el joven, aunque ignoraba á causa de su preocupación lo que había dicho el canónigo, aprobó moviendo la cabeza.

Un lamento continuo seguía resonando en su interior. Era lo único que podía oir:

«¡Y se fué para siempre!... ¡Y no la veré más!»

FIN

«Fontana Rosa» Mentón (Alpes Marítimos) Junio-Septiembre 1926

[NOTA 1: Esta novela es la segunda y última parte de la titulada EL PAPA DEL MAR, del mismo autor.--_Nota del Editor._]