A los pies de Venus (los Borgia)
Part 26
Cuando le dieron la noticia de que el Papa había expirado, llamó á su fiel don Michelotto, hablándole al oído. El fallecimiento del Pontífice era el principio de una guerra, y para sostenerla resultaba indispensable tener mucho oro. Y encargó á su terrible _alter ego_ que se apoderase inmediatamente del tesoro del Vaticano.
Mandatos de tal clase los aceptaba don Micalet como si le invitasen á una fiesta. Espada en mano, exigió la llave del tesoro al camarlengo encargado de su custodia, ahuyentando luego á cuchilladas á otros funcionarios papales. Con tal fervor servía á su amigo y amo, que se llevó á las habitaciones del duque moribundo, no sólo las arcas llenas de dinero, sino también muchas joyas valiosas de la Santa Sede.
Fuera del palacio no era menor el desorden. La tribu de los Orsini, que vivía oculta, temiendo á César, se lanzaba á las calles al conocer la muerte de su padre. Los Colonna formaban un pequeño ejército, avanzando hacia Roma á marchas forzadas. Los Savelli, fugitivos desde años antes, volvían á su palacio, convirtiéndolo en fortaleza. Todos los vasallos de la Iglesia desposeídos de sus feudos y los _condottieri_ enemigos del Papa aparecían repentinamente en la metrópoli pontificia ó en sus antiguas tierras.
Los españoles residentes en Roma y los italianos amigos de los Borgia se veían obligados á levantar barricadas frente á sus palacios ó casas. La Ciudad Eterna estaba en revolución. Por todas partes riñas, choques de partidos opuestos, que hacían sucumbir docenas de personas.
Asaltaban los Orsini las viviendas de los españoles para robarlas y quemarlas. Los Colonna, sus eternos adversarios, olvidaban por unos días el odio secular para vengarse de César y sus amigos.
Las más estupendas ficciones circulaban en Roma sobre la muerte de Alejandro VI, inventadas por las familias enemigas de los Borgia.
Siete diablos habían aparecido junto á su cama para llevárselo, apenas muerto. Esto era porque Alejandro, en el momento de su elección, había vendido su alma al demonio á cambio de doce años de pontificado. «Al morir--según escribía uno de la familia Gonzaga--se levantó en su cuerpo un gran hervor y espumeó su boca como una marmita puesta al fuego.»
Tales patrañas se basaban en la hinchazón y rápida descomposición de su cadáver. Tan voluminoso era al fin, que resultaba difícil acoplarlo en el ataúd é imposible cerrar la tapa de éste.
Mientras tanto, el duque de las Romañas, sobreponiéndose á su desaliento con prodigios de voluntad y ocultando la tristeza que le causaba verse inmovilizado en su lecho, hacía frente á todo. Dictó órdenes imperiosamente, como si no dudase de que continuaba siendo el amo de Roma; se impuso al Colegio de cardenales, obligándolo á reconocer su calidad de gonfaloniero, capitán indiscutible de la Iglesia, no permitiendo que otros se encargasen de reprimir los desórdenes públicos.
Por suerte para él, don Michelotto estaba sano, y al frente de la guardia personal del duque imponía respeto á sus enemigos en las calles. Los alborotadores del bando Orsini y del bando Colonna cesaban en sus agresiones á los españoles así que presentían la proximidad de don Miguelito, el perro feroz de César.
En vano amenazaban á este último con que el rey de España iba á enviar contra él las tropas que tenía en Nápoles, y Luis XII haría lo mismo desde el Norte. Tendido en su lecho de dolor, obligaba á los delegados del Sacro Colegio y á los representantes de los diversos partidos á venir á tratar con él directamente. Mientras Micalet Corella y sus hombres se imponían á los revoltosos, gracias á su disciplina, él, empleando una diplomacia genial, estorbaba que los Colonna se aliasen con los Orsini, atrayéndolos finalmente á su causa.
Otros amigos de indiscutible fidelidad quedaban á su lado, el escritor Agapito de Amalia, su secretario inseparable, y el obispo de Chiusi, llamado Bonafede, un italiano joven y bravo, con más de guerrero que de capellán, tan atrevido y feroz como don Michelotto y dispuesto á dejarse matar por César. Este conseguía siempre que sus íntimos lo adorasen hasta el sacrificio.
Desde su cama iba dictando un nuevo tratado de alianza con Luis XII, que firmó el embajador francés. El Sacro Colegio, obedeciendo sus órdenes, enviaba heraldos por toda Roma para que pregonasen en nombre del gobierno pontificio que todo el que atentara contra el duque de las Romañas ó los suyos sería condenado á la pérdida de la vida y sus propiedades.
El protocolo del cónclave exigía que ninguna persona que llevase armas pudiera permanecer en Roma durante la elección de un nuevo Pontífice, y cumpliendo dicho mandato, los Orsini, los Colonna y otras facciones habían salido ya de la ciudad el 2 de Septiembre.
César tuvo que hacer lo mismo al frente de su pequeño ejército, pero con otro aparato que dichos señores italianos, ostentando el lujo de un gran príncipe seguro de su poder, sobreponiéndose de un modo heroico á su enfermedad para mostrarse en público.
Antes de salir de Roma pagó á sus tropas con las riquezas arrebatadas por don Michelotto. Abrían la marcha trece piezas de artillería, cañones y bombardas, y cien carros conteniendo los equipajes del duque. Su caballería escoltaba este convoy, mostrando todos los jinetes un aspecto uniforme y silencioso, revelador de la sólida disciplina mantenida por una mano severa. Así abandonó el Vaticano, saliendo de él por la puerta Viridaria.
Hasta en la rapidez de esta retirada guardó César las apariencias majestuosas y la dignidad que no le abandonaron nunca. Doce alabarderos lo llevaban en hombros sobre una camilla cubierta de brocado carmesí. Detrás de él venía su caballo de batalla con caparazón de terciopelo negro, bordadas en oro sus armas ducales, y sostenido de las riendas por un paje.
Los embajadores de Alemania, Francia y España lo acompañaron hasta más allá de los muros de Roma. El cardenal Cesarini lo esperaba en una puerta de la ciudad para comunicarle algo importante en nombre del Sacro Colegio, y César contestó con altivez, desde lo alto de sus andas, que no podía darle audiencia.
En realidad, hacía esfuerzos sobrehumanos para guardar su aspecto impasible y no desmayarse. Al amparo de él salió del Vaticano toda la familia Borgia. Su madre la Vannoza había ido á pedirle protección, pues al conocerse la muerte del Pontífice el populacho intentaba asaltar y robar su casa.
Detrás de su lecho portátil iba también don Jofre, pero solo. Su esposa, la liviana doña Sancha, vivía presa en el castillo de Sant Angelo desde algunos meses antes, por orden de Alejandro VI, á causa de sus escándalos. César acababa de ordenar su libertad, encargando á los Colonna que la condujesen á Nápoles.
Habían atraído especialmente su atención los pequeños de su familia, colocándolos en el lugar más seguro de dicha comitiva. Cuatro niños marchaban detrás de su cama ambulante. Dos de ellos eran el duque de Sermoneta, hijo de Lucrecia y del napolitano Biseglia, que había de morir pocos años después, y el príncipe de Camerino, último retoño del Pontífice muerto y de la bella Julia Farnesio. César mostraba un afecto paternal por este hermano tardío. Los otros dos niños eran bastardos suyos, habidos de madres desconocidas, pues sus verdaderos amores procuró siempre mantenerlos en el misterio.
Y ponía fin al cortejo don Michelotto, la espada en la diestra, mirando á un lado y á otro con agresiva inquietud, seguido de sus hombres, que abandonaban Roma de mal talante, como una jauría silenciosa pronta á ladrar y morder al menor incidente.
«Esta retirada--se dijo Claudio--, comparable á una apoteosis, fué el fin de la carrera de César, tan corta y gloriosa. Ya no triunfó más á partir de tal momento. Sólo le quedaban cuatro años de vivir, los cuales fueron en realidad una lenta agonía».
Contaba en el cónclave con el partido español, compuesto de trece cardenales, y desde fuera de Roma, luchando desesperadamente con su enfermedad, envió continuos emisarios al Vaticano, influyendo en la elección pontificia.
Todos los Borjas de carrera eclesiástica habían llegado á cardenales, hasta un Francisco Borja, natural de Sueca, cerca de Valencia, que empezó por cubiculario del Papa, para llegar á ser su tesorero, arzobispo de Cosenza y cardenal de Santa Cecilia. Hubo un momento en que se contaron diez Borjas entre los altos dignatarios de la Iglesia.
Vera y Remolino, los compañeros españoles de César en la Universidad, también recibían el capelo cardenalicio, así como un clérigo de Valencia, Juan Llopis, gran amigo de la familia. Y los demás íntimos de Alejandro, su camarero Marrades, Pedro Carranza y otros, llegaban á ser arzobispos sin abandonar el Vaticano. Hasta el alemán Burckhardt, el autor del _Diarium_, recibía una mitra, mientras continuaba en secreto la fría obra de difamación contra su protector.
Juliano de la Rovere, amigo de los Borgia en apariencia y el más implacable de sus detractores, esperaba ser elegido Pontífice por los cardenales italianos. César ganó su última batalla consiguiendo desde lejos que el cónclave designase á un octogenario, el cardenal Piccolomini, sobrino de Pío II, el cual tenía varios hijos, como la mayor parte de los príncipes eclesiásticos de entonces.
Tomó el mismo nombre de su tío el Papa escritor, llamándose Pío III, é inmediatamente confirmó á César Borgia en sus títulos de gonfaloniero de la Iglesia y duque de las Romañas. Este hombre terrible con sus adversarios era capaz de los más audaces sacrificios para los que se mantenían fieles á él. Pío III, aparte de que la familia Piccolomini había sido siempre amiga de los Borgia, mostraba un amor paternal por César. Lo conocía desde niño y no podía olvidar cómo le salvó la vida en cierta ocasión, combatiendo á sus enemigos personales.
Por desgracia para el duque de las Romañas, el nuevo Papa era tan viejo y estaba tan débil, que ni había podido asistir al cónclave.
Volvió á Roma el gonfaloniero, enviando jefes de su confianza á todos los dominios de la Santa Sede conquistados por él, para tenerlos más seguros. Los enemigos de los Borgia fingían obedecer á Pío III, traicionando al mismo tiempo á su capitán general. Venecia apoyaba en secreto á los feudatarios desposeídos. Florencia enviaba una vez más á Maquiavelo cerca de este enemigo temible, con el encargo de procurar su muerte si lo creía oportuno.
Fernando el Católico le asestó el golpe de gracia. Siempre había visto con recelo y antipatía á este joven formado en su misma escuela. Era el odio del maestro viejo al discípulo audaz é insolente. Gonzalo de Córdoba, obedeciendo á su rey, dió desde Nápoles la orden de incorporarse á sus banderas á todos los españoles al servicio de César Borgia. Don Hugo de Moncada y sus mejores capitanes tuvieron que abandonarlo, precisamente en el momento que más se estrechaba en torno á su persona el cerco de sus enemigos.
Don Miguelito y la tropa mandada directamente por él fueron los únicos en desobedecer dicha orden, quedándose al lado del Valentino por lo mismo que empezaba á obscurecerse su buena estrella.
Al perder el apoyo de tres mil españoles, ejército pequeño, pero el mejor organizado de entonces, los _condottieri_ y los señores feudales desposeídos creyeron llegado el momento de acabar con el conquistador de las Romañas, formando un círculo de tropas alrededor de Roma y acabando por entrar en ella para exigir á Pío III que les entregase al duque «vivo ó muerto».
César se refugió en el castillo de Sant Angelo, haciéndose llevar á hombros por la vía subterránea que comunicaba dicha fortaleza con el Vaticano.
Don Michelotto y otros amigos estaban ausentes, por haberlos enviado á las Romanas á que gobernasen sus principales fortalezas; mas algunos partidarios fieles que permanecían junto á él, especialmente el belicoso obispo Bonafede, bastaban para defender la antigua Mole Adriana, tenida por inexpugnable luego de las obras hechas en ella por Alejandro VI.
Al fin hubieron de renunciar sus adversarios á los procedimientos violentos para suprimirlo, y solicitaron de Pío III que iniciase un proceso contra él, Así transcurrió Octubre de 1503, y como Juliano de la Rovere había conseguido atraerse mientras tanto á todos los individuos del cónclave pertenecientes al partido francés y consideraba segura su elección, creyó llegado el momento de acortar los días del anciano Piccolomini, que ya duraba demasiado.
Hizo el médico del Pontífice una operación torpe pero oportuna en una pierna que tenía enferma, y esto lo mató repentinamente, dejando vacante el trono apostólico. Rovere, á pesar de su odio á los Borgia, se puso en comunicación con César, haciéndole toda clase de promesas á cambio de que le proporcionase los votos de los trece cardenales españoles.
«El futuro Julio II--pensaba Claudio--, tan injustamente alabado por los historiadores de su época, fué peor realmente que el más malo de los Borgia, uniendo á su perversidad la nota antipática de la traición y la hipocresía. Pasó una parte de su existencia insultando á su antiguo amigo Rodrigo de Borja, para adularlo á continuación servilmente, cuando éste le perdonaba sus deslealtades».
Alejandro VI era para él «un judío»; pero esto no le impidió casar á individuos de su familia con parientes de aquél, para asegurar mejor su influencia. Apenas elegido Papa, mandaba cerrar las Estancias de los Borgia, no obstante su belleza artística.
--Yo no puedo vivir--decía indignado--en los mismos lugares que habitó ese «marrano» español, ese circunciso.
Y semanas antes había suplicado á César que le proporcionase el apoyo de los cardenales españoles, debiendo á ellos su elección.
Su pontificado resultaba grande políticamente, porque el hijo de Alejandro VI había preparado sin saberlo dicha grandeza, ensanchando con su espada los Estados de la Iglesia. Lo mismo podía decirse en lo referente á las artes. Miguel Ángel, el primer artista de su tiempo, empezó á trabajar en Roma como protegido de César.
Prometía Rovere al duque de las Romañas una situación bajo su pontificado semejante á la que había tenido con Alejandro VI, pero pronto se convenció el enfermo de que iba á tratarle traidoramente, como siempre.
Apenas elegido Papa con el nombre de Julio II, confirmaba á César su título de gonfaloniero de la Iglesia, pero enviando al mismo tiempo emisarios á todos los Estados dependientes de la Santa Sede para que sustituyesen á los gobernadores amigos de Borgia. Estos agentes volvían á Roma poco después, declarando con asombro que los habitantes de las Romañas adoraban al Valentino y se mantenían fieles á él, no queriendo someterse á la autoridad directa del Papa.
Furioso Julio II por tal desobediencia, quiso encarcelar á César en el castillo de Sant Angelo. Luego, asustado por la protesta de los cardenales españoles, se limitó á tenerlo preso en las habitaciones que ocupaba dentro del Vaticano, ó sea en la llamada torre Borgia.
A principios de 1504 aún estaba el duque de las Romañas tendido en su lecho, rodeado de amigos fieles y procurando no comer más alimentos que los preparados por aquéllos, pues temía, con razón, verse suprimido como el viejo Pío III. La victoria definitiva de los españoles sobre los franceses en el reino napolitano contribuyó á que Julio II no se atreviese á abreviar la vida de su prisionero.
Hasta el mes de Abril de 1504 batalló el Pontífice para arrancarle el gobierno de las Romañas. Aceptaba César la entrega de sus Estados á cambio de la libertad y la vida, enviando órdenes á todos sus gobernadores para que cediesen á los representantes del Papa ciudades y fortalezas. Pero estaban allá don Michelotto y otros españoles, como delegados del duque Valentino, especialmente el castellano Gonzalo de Mirafuente, y se negaban á obedecer los mandatos de su señor.
--Cuando el duque esté libre--contestaba Mirafuente--y me escriba, le obedeceré. Mientras el Papa lo tenga preso, su firma carece de valor para mí.
César ya no estaba en el Vaticano. El nuevo Pontífice lo había trasladado á su castillo de Ostia, junto al mar, prometiéndole una licencia para embarcarse tan pronto como las Romañas se sometiesen.
Solamente algunas ciudades empezaron á acatar á Julio II, lamentando con ruidosas demostraciones verse privadas del gobierno justiciero, y hasta democrático para aquella época, del hijo de Alejandro VI.
Tales manifestaciones populares á favor de César fueron una prolongación de su salida triunfal del Vaticano, un año antes. El 26 de Abril consiguió embarcarse en una galera enviada por Gonzalo de Córdoba, dándole éste además un salvoconducto en nombre de don Fernando el Católico.
Llegaba finalmente César á Nápoles sin otro acompañamiento que su antiguo condiscípulo el español Remolino, ahora cardenal, y su paje Juanito Grasica, de la misma nacionalidad.
Al conversar con Borgia, sintióse Gonzalo de Córdoba seducido por sus vastos planes. Continuaba soñando con la constitución de una Italia única, pero ésta necesitaba vivir al amparo de una potencia vigorosa que la protegiese: España ó Francia.
Ya que su suerte le había empujado á Nápoles, tierra de Fernando el Católico, se ofrecía á emprender la conquista de toda Italia para que fuese de los reyes españoles, lo mismo que Nápoles y Sicilia. Y el Gran Capitán, como virrey, le autorizó para organizar una expedición contra la Toscana.
En menos de un mes tuvo formado un pequeño ejército. Acudían soldados de diversas nacionalidades, seducidos por la noticia de que el duque Valentino proyectaba hacer la guerra de nuevo. Ya tenía la artillería en varias galeras y sus tropas prontas, con el propósito de desembarcar en Pisa, que esperaba impaciente su presencia, cuando fué hecho prisionero por Gonzalo de Córdoba, cumpliendo una orden de los reyes de España.
La política tortuosa é incomprensible para los demás que siguió en todas ocasiones Fernando el Católico abundaba en tales sorpresas. Le convenía por el momento ayudar á Julio II, y éste deseaba tener otra vez al hijo de Alejandro á su disposición para que acabase la entrega de las Romañas. Sólo algunas plazas se habían rendido al Pontífice. Las más importantes continuaban en franca rebeldía, no pudiendo tomarlas las flojas tropas del Papa. Gonzalo de Mirafuente y otros capitanes fieles seguían gobernando las mejores posesiones del duque Valentino.
Para vencer su resistencia, intentó valerse el Pontífice del auxilio de ciertos españoles establecidos en Roma y despechados con los Borgia porque no les habían proporcionado empleos ó dado muy poco en los tiempos de su grandeza.
Uno de ellos, Pedro de Oviedo, antiguo servidor de César, se prestaba á ir á Forli como enviado de Julio II para sobornar al gobernador Mirafuente. Este le afeó su traición, indigna de un español, por ser los Borgia españoles de origen, y luego de acribillarlo á puñaladas lo hizo colgar de una almena.
Como el tesón de los representantes de César iba demorando la entrega de las Romañas, el Papa había buscado el apoyo del rey español.
También recibió Gonzalo de Córdoba el encargo de quitar al prisionero su salvoconducto á nombre de don Fernando el Católico.
Este documento, cuya desaparición interesaba mucho al monarca, no lo poseía ya el cautivo por haberlo confiado á uno de sus lugartenientes italianos, Baltasare de Scipione; mas al fin consiguió el virrey de Nápoles, por medio de los Colonna, apoderarse de él, rompiéndolo.
Resistíase el prisionero durante tres meses á ruegos y amenazas, no queriendo dar nuevas órdenes á sus gobernadores de las Romañas para que entregasen las fortalezas. Al fin cedió en Agosto, y la rendición de sus últimos defensores fué con gran pompa y no menores testimonios de afecto al duque vencido, demostrándose una vez más el gran amor que éste sabía inspirar á los que le rodeaban.
Gonzalo de Mirafuente obligó al Pontífice á darle una suma enorme como reembolso de los gastos que, según él, había hecho para defender la plaza desde que César no pudo socorrerle.
El acto de la entrega de Forli resultaba una marcha triunfal para su guarnición. Mirafuente salía armado de punta en blanco como si fuese á un torneo, llevando delante un heraldo que aclamaba el nombre de César, duque de las Romañas; á su lado, dos tenientes, Fracassa y Numai, y detrás toda su tropa, compuesta de españoles é italianos. La resistencia había durado nueve meses.
Indudablemente, esta aparatosa rendición de Forli, la más tenaz de sus plazas en resistirse, fué á cambio de promesas que Gonzalo de Córdoba hizo á César de acuerdo con las instrucciones de su rey; pero transcurridos nueve días, en vez de ponerlo en libertad lo embarcaba en una galera española, sin permitirle otro acompañante que su paje Juanito Grasica. Dicho buque hizo rumbo á España escoltado por una flotilla de guerra, para impedir que los numerosos partidarios que aún le quedaban á César en las costas de Italia saliesen á libertarlo.
Durante el resto de su vida sintió remordimientos Gonzalo de Córdoba por esta acción desleal. Hasta en el momento de su muerte se acordó de César Borgia, llorando la felonía con que lo había tratado por obedecer las órdenes de Fernando el Católico.
Baltasare de Scipione, el _condottiere_ al servicio de César, que se dejó engañar entregando su salvoconducto, sintió tal indignación ante el proceder del rey de España y de Gonzalo de Córdoba, que, con arreglo á los usos caballerescos de la época, hizo publicar un llamamiento en toda la cristiandad retando á combate á los que quisieran sostener que los reyes Fernando é Isabel no habían obrado como traidores, «con menosprecio de la fe jurada y con vergüenza para su corona real». Y ningún español se presentó, á pesar de que eran muchos los que vivían entonces en Italia, siempre dispuestos á batirse con el más ínfimo pretexto. Todos estaban convencidos de la justicia y verdad de dicho reto.
Lo inconcebible para algunos fué que un hombre como César creyese en la palabra de Fernando el Católico, quien consideraba superfluo dar valor á las promesas en asuntos políticos. El maestro viejo había acabado por engañar al terrible discípulo.
Recordó Claudio el cinismo diplomático de este monarca español grande á su modo. Un embajador francés se quejaba ante él de su falta de sinceridad con Luis XII. Su rey no quería nada con el de España, recordando cómo le había engañado una vez.
--¿Una nada más?--dijo Fernando el Católico, sonriendo finamente--. Yo creo que lo he engañado más de ocho.
Llegaba á Valencia la galera procedente de Nápoles á fines de Septiembre de 1504, desembarcando al prisionero. Era la primera vez que este hijo de español pisaba el suelo de España.
Teniendo quince años lo habían nombrado arzobispo de Valencia, y cuando al fin podía visitar su antigua diócesis, era como cautivo. A los ocho había empezado su carrera dentro de la Iglesia, recibiendo la mitra de Pamplona, y el destino lo iba empujando para morir en Navarra, al otro lado de la Península.
La tierra de sus ascendientes, que durante varios años había escuchado los ecos de sus grandezas y victorias, sólo iba á conocerlo vencido y muerto.
Como los Borgia disponían de tantos amigos dentro del reino de Valencia, el rey no lo dejó permanecer en dicha ciudad, enviándolo al castillo de Chinchilla, cerca de Albacete, fortaleza pobre é incómoda. Allí pasaba varios meses, y tal era su desesperación, que pretendía fugarse del modo más difícil y audaz, puesto de acuerdo sin duda con algunos de sus partidarios en Valencia.
El alcaide del castillo, Gabriel Guzmán, era famoso como hombre forzudo. Un día, cuando mostraba á César el triste paisaje desde lo más alto de la torre principal, aquél lo agarró por sorpresa, intentando arrojarlo desde las almenas al foso, para huir después. La lucha resultaba larga y tenaz, por ser ambos de un vigor hercúleo; mas al fin triunfaba Guzmán, y el prisionero decía riendo que todo había sido una broma para poner á prueba las tan ponderadas fuerzas del alcaide.