A los pies de Venus (los Borgia)
Part 25
Consideraba lógico que dos hombres quisieran matarse por aquella hermosa viuda, hacia la cual se volvía su recuerdo muchas veces. Todas las mujeres de vida interesante que provocaban batallas entre los hombres ó eran motivo de sus lágrimas, heroínas de teatro y de libro, le hacían pensar inmediatamente en la señora de Pineda. Era para él una concreción de cuantas aventuras y caprichos alegran la existencia humana y la amargan á un tiempo, embelleciendo su natural monotonía. El también, de no ser quien era, habría acabado por hacer locuras, lo mismo que estos jóvenes que le inspiraban una envidia mansa.
--Estoy en relaciones--dijo--con los cuatro testigos que preparan el encuentro. Hasta les he ayudado un poco con mi influencia.
Había conseguido el permiso necesario para que el duelo se efectuase en un jardín, cerca de Roma, propiedad de una princesa austríaca, que ahora tenía embargado el gobierno de Italia, pero exigiendo á los padrinos la más absoluta discreción.
--Que nadie sepa nada. Imagínese usted si en el Vaticano llegaran á enterarse de estas cosas... ¡Un ministro plenipotenciario cerca de la Santa Sede!...
El encuentro iba á realizarse aquella misma tarde. Como él no había presenciado nunca un duelo, deseaba aprovechar la ocasión.
--Les veré sin que ustedes me vean--siguió diciendo--. Me he preparado un escondrijo de acuerdo con el hombre del jardín. No pasará nada grave; me lo dice el corazón.
Esta tranquilidad permitió al buen Enciso mostrarse algo jactancioso en sus apreciaciones sobre el próximo combate. Hubiese preferido un duelo á espada. Aborrecía las armas modernas. La pólvora, según él, había acabado con la poesía de la Historia.
--Además, ya sabe usted, amigo mío, que soy un cardenal del Renacimiento, nacido con cuatro siglos de retraso; uno de aquellos cardenales aseglarados como nuestro Rodrigo de Borja, que se presentaban en las fiestas con espada al cinto, botas altas y plumas en el gorro. La pistola no me parece de mi época; pero debemos resignarnos á los usos de los tiempos de ahora, ya que en ellos vivimos.
Era López Rallo quien había exigido esta arma, creyéndola más eficaz para suprimir á su enemigo. De un combate con armas blancas podían salir, uno ú otro, sin mas que un simple rasguño.
--Dicen que es gran tirador...--continuó Enciso--. A usted también lo creen experto en la pistola y otras armas... Por suerte, yo tengo la corazonada de que no correrá sangre, y nunca me equivoco en mis presentimientos.
Recibió Claudio con gestos despectivos esta afirmación de la habilidad de su adversario. Le parecía bien la pistola. Recordaba sus ejercicios en Madrid, durante varios años, amaestrándose en el uso de diversas armas.
--Hace tiempo que no tiro--dijo--, pero le aseguro que al primer disparo le partiré de un balazo el monóculo. Téngalo por indudable.
Se alarmó Enciso ante esta afirmación, dicha con una sinceridad que le parecía terrorífica.
--No, amigo mío; usted no hará eso. Usted va á limitarse á tirar sin mala intención, y el otro hará lo mismo. Yo se lo exigiré, y me obedecerá. Deben ustedes salir del paso como buenos caballeros, y luego... ¡ya veremos! Hablaré á esa señora para que resuelva las cosas á gusto de todos... no sé cómo.
Después de dudar unos segundos, comprendiendo la inutilidad de su última promesa, se apresuró á añadir:
--Lo importante es lo inmediato, lo que ocurrirá dentro de unas horas.
Tomó cierto aire solemne mientras sacaba de un bolsillo interior de su chaqué un pequeño sobre de los que sirven para tarjetas.
--Va á prometerme, amigo Borja, que guardará esto en el traje que lleve esta tarde. Es el ruego de un hombre que sabe de la vida más que usted... No me pregunte. Obedezca.
A pesar de su tono de mando, se notaba en don Manuel un deseo vehemente de ser interrogado acerca del misterio del pequeño sobre.
Claudio lo mantuvo en su diestra, preguntando con su mirada, antes de guardarlo, y el diplomático se decidió finalmente á revelar su contenido.
Era la mitad de una estampita representando á los Reyes Magos tales como los conservan en la catedral de Colonia. Todo el que llevase este santo papel encima de su cuerpo no podía morir de muerte violenta. Sin duda, en su visita al otro combatiente, le había regalado la primera mitad del sacro fetiche.
--No sonría usted, Borja. Un cardenal alemán, muy sabio y gran amigo mío, me ha hecho conocer infinitos milagros de esta estampa; un varón eminentísimo, incapaz de mentir... No se extrañe de que yo lo crea, á pesar de que soy hombre mundano, «demasiado artista», como dice de mí el tío de su adversario.
Luego adoptó cierto aire pedantesco, para añadir:
--«Existen entre el cielo y la tierra muchas cosas misteriosas que los hombres ignoramos...» Ya sabe usted quién dijo esto, mejor que lo digo yo.
Claudio hizo esfuerzos para mantenerse serio al oir que el gran Enciso citaba á Shakespeare con el deseo de probar la fuerza milagrosa de una media estampa de los supuestos Reyes Magos de Colonia.
Al darse cuenta el diplomático-artista de este asombro de su oyente, añadió con modestia, como si se excusase:
--Inútil reirse de mí. Ya le he dicho que soy de otra época: igual á aquellos personajes que creían á la vez en la Virgen María y en Venus, llevaban sobre el pecho un medallón con la hostia consagrada y se entregaban á la astrología y la magia. Siendo grandes pecadores, no dudaban un momento del poder de Dios y la existencia de la vida eterna... Le repito que soy el último cardenal del Renacimiento, con mujer y cargado de hijos, lo mismo que muchos de ellos... pero todos hijos legítimos.
V
El ocaso y la muerte
Envolvía á Claudio Borja una sensación de paz interior, de indiferencia para cuanto le rodeaba. Era á modo de una brisa refrescante, venida del infinito sólo para él, no pudiendo gozar nadie más su soplo.
Recordaba lo ocurrido veinticuatro horas antes, con el relieve de los hechos recientes. Veía árboles de obscuro follaje limitando el semicírculo de una planicie cubierta de hierba con florecillas. Ante sus ojos, López Rallo, vestido de negro, con el cuello de su chaqué subido, cual si cayese sobre él una lluvia invisible, el codo en escuadra, la diestra cerrada y en alto, sirviendo de remate á este puño una gran pistola.
Claudio estaba en la misma actitud, y á sus espaldas existía indudablemente una arboleda igual á la otra. Enciso debía mantenerse oculto en algún macizo de verdura, jadeante de emoción.
Sonaban tres palmadas, y una voz repetía dichos golpes de manos numerándolos. Los dos bajaban el brazo hasta ponerlo horizontal.
El quería matar, más por egoísmo que por verdadera cólera. Necesitaba desembarazarse del «hombre del monóculo». Y aprovechó un breve intervalo entre las tres palmadas para rectificar su puntería, buscando el brillo de aquel redondel de vidrio, que el otro había conservado por petulancia tal vez.
Oyó el tiro de la pistola que tenía enfrente, un ruido muy lejano, y apretó el gatillo de la suya; mas no pudo escuchar su detonación. En el mismo instante sintió un golpe en la parte alta de su pierna derecha, una contusión, que le hizo recordar la que había sufrido, siendo pequeño, al recibir cierta pedrada en una contienda con otros de su edad.
Se le ocurrió que el proyectil de su enemigo había chocado en el suelo, levantando un guijarro que rebotaba hasta él. No podía ser una herida. Se mantuvo de pie, sin sentir que le abandonasen sus fuerzas, rígido y bien plantado, dispuesto á continuar el combate. Los padrinos les entregarían nuevas pistolas para que prosiguiese el lance. El accidente carecía de importancia.
Lo único que le pareció raro fué el calor de dicha piedra, cuyo contacto resultaba cáustico, igual á una quemadura.
De pronto vió correr hacia él á los cuatro padrinos, á los dos médicos, al encargado del jardín y otras personas que habían estado ocultas presenciando el encuentro. Hasta el plenipotenciario Enciso surgió de entre unos árboles, pálido, alzando las manos á impulsos de su emoción. Todos habían visto vacilar á Claudio, inclinándose á su derecha, sin que él se diese cuenta de ello.
Como si aguzase sus sentidos esta convergencia general hacia el lugar ocupado por su persona, empezó á percatarse de que algo húmedo iba deslizándose á lo largo de su pierna, brotando de la contusión producida por la pedrada caliente. Era sangre que manaba de un orificio repentinamente abierto en su pantalón, más abajo de la cadera derecha.
Todos estos hombres se lo llevaban, quitándole la pistola, sin escuchar sus deseos de proseguir el combate. Tampoco entendía en realidad sus palabras. Vió solamente en torno á su rostro gesticulaciones, ojos inquietos, y escuchó frases que le parecían faltas de sentido.
Pretendieron llevarle en alto, pero Claudio los rechazó, marchando fácilmente por sus propios pies. Una nueva fuerza le hacía invulnerable para el dolor. La pierna herida la consideraba como si fuese de otro, pareciéndole cada vez menos sensible.
Luego se veía acostado en una pobre cama, la del jardinero. Los testigos permanecieron junto á la puerta, dejando así más espacio á los dos médicos, que trabajaban en torno á él, después de haber bajado sus pantalones, para apreciar la herida.
Se dió cuenta de que su cuerpo estaba perforado por un nuevo agujero. Percibió contactos metálicos en la carne rota, pero ningún dolor que resultase intolerable.
Oyó exclamaciones de asombro, y tendido como estaba, no pudo ver los rostros de los que las proferían. Tal vez eran de horror ante la enormidad de aquel desgarrón que apenas si le causaba más daño que un simple pinchazo. Las heridas de muerte inmediata debían ser así.
Un dolor más agudo. Los médicos le hacían una incisión en la parte interior de la pierna, y sintió repentinamente un grato aligeramiento, comparable al del que pierde una muela cariada. El redondo proyectil le había atravesado el muslo, quedando junto á la piel, y los operadores acababan de extraerlo fácilmente por el extremo opuesto.
--Es lo que llamamos nosotros una herida de suerte--dijo el oficial español que le había servido de padrino.
Todos se acercaban á la cama con la confianza de la tranquilidad. Daban explicaciones los médicos hablando de arterias, músculos y huesos que podía haber fracturado la bala.
--Unos cuantos milímetros á la derecha, tal vez uno nada más, y la herida sería gravísima.
Al levantar Borja su cara pálida y sonriente, vió á Enciso en la puerta, mirando á lo alto con devota expresión. Movía la cabeza y hablaba al mismo tiempo con cierta incoherencia para los demás.
--¡Y luego dicen!... ¡Y todavía hay quien duda!...
Le vendaban la pierna, esparciéndose un fuerte olor de drogas antisépticas, é iba por su pie hasta el automóvil, situado frente á la casa del jardinero.
--Esto no es nada--dijo sonriendo.
Los cuatro padrinos le hablaron con cierta timidez. Su adversario lamentábase de lo ocurrido y olvidaba la ofensa recibida. Quería estrechar su mano. Claudio dejó de sonreir é hizo un gesto como si repeliese á un insecto invisible: «¡Ah, no!»
Le parecía ridícula tal proposición, y pasaron por su memoria como personajes simpáticos César Borgia seguido de don Michelotto. ¡Estos eran hombres!... Representaban la brutalidad de la existencia humana con todo su esplendor trágico, sin hipocresías.
Entretanto, Enciso iba diciendo á sus espaldas:
--Indiscutiblemente, un milagro... ¡Un verdadero milagro!
El médico de Borja contestaba, asintiendo con movimientos de cabeza:
--Herida asombrosa, mas no por eso hay que descuidarla.
Anunciaron á Claudio que le acometería la fiebre al cerrar la noche; pero no sufrió la menor alteración en su temperatura, mientras conversaba con todos los amigos del restorán, venidos á visitarle.
Sonaba con frecuencia la campana de la verja de su jardincito. Todas las gentes que había tratado en comidas y bailes cuando estaba en buenas relaciones con el embajador Bustamante venían á dejar su tarjeta y preguntar por su salud. Su duelo era en aquellos momentos tema de conversación en hoteles y legaciones.
Durmió con un sueño normal, como si nada le hubiese ocurrido, sin otra sensación extraordinaria que un fuerte cosquilleo en la herida y un hedor de drogas saturando su dormitorio. El médico que le había examinado la noche anterior, asombrándose de su falta de fiebre, vino á despertarlo á media mañana, seguido de Su Excelencia Enciso de las Casas.
Recibió el herido á éste con un gesto burlón.
--Anoche pensé que de poco me ha servido su estampita de los Reyes Magos.
El otro levantó las manos al cielo. ¿Y aún dudaba del prodigio?... Gracias á su precaución, la bala había atravesado nada más que los «tejidos blandos» de la pierna, como decían los médicos, sin tocar algo esencial que representase un peligro grave.
--Crea usted, amigo mío, que en el primer momento sufrí un gran susto. Anoche todavía estaba impresionado, y hablé de ello con... ciertas personas amigas. En realidad, es ahora cuando me convenzo de que no pasará nada, después de oir las explicaciones del doctor.
Y el médico italiano, complacido de que tan importante personaje diese fe á sus palabras, continuó hablando de la herida. Se mostraba maravillado del vigor del joven, de la fuerza de sus tejidos para rehacerse. En pocas semanas quedaría completamente cerrado aquel orificio de la pierna, sin más que una ligera señal. Podía caminar en aquel momento sin dificultad, cojeando ligeramente, pero resultaba preferible que guardase reposo. Esto facilitaría la cicatrización.
Pasó la tarde solo. Le cansaba recibir visitas, hablando horas y horas con aquellos amigos que venían á su estudio como á un café, llenándolo de humo con sus cigarrillos, conversando siempre del lance y de su adversario.
Estando á solas volvía á caer en aquella tranquilidad sobrehumana que le hacía ver los sucesos recientes como si fuesen lejanísimos. El «hombre del monóculo», y hasta la misma Rosaura, los creía personajes imaginarios conocidos en una novela, cuyas formas vagorosas podía cambiar al capricho de su pensamiento.
Indudablemente existían, pero ¡le interesaban ahora tan poco!... Su voluntad parecía haberse paralizado desde que recibió en una de sus piernas la pedrada caliente.
Con el deseo de entretener estas horas solitarias, buscó sus libros favoritos, abandonados varios días sobre una mesilla árabe del estudio.
Otra vez se puso en contacto con la vida de cuatro siglos antes. César Borgia, que había atravesado su imaginación en el momento de sentirse herido, volvía á buscarle con su fiel y terrible don Micalet.
Empezaba la hora del ocaso para «nuestro César». Iba á ser vencido por las misteriosas é inesperadas combinaciones de la suerte en el momento que se veía más poderoso.
Algo semejante á lo que acababa de ocurrirle á él, recibiendo una herida «estúpida» precisamente cuando se creía más seguro de meter una bala en el ridículo disco de cristal ostentado por su adversario.
«La vida es ilógica--pensó--, y por eso no la dominamos nunca.»
En Julio de 1503 únicamente tenía que hacer el duque de las Romañas un paseo militar por los territorios de la Iglesia, afirmando para siempre la potencia temporal del Pontificado y su propia autoridad. Sólo le quedaban por conquistar unos pequeños feudos de los Orsini, trabajo fácil que había dejado para el último momento.
Cada vez veía más segura su gran empresa de la unificación de Italia. Cierta parte de la Toscana, Perusa, Piombino y las islas de Elba eran ya suyas. Pisa le llamaba, admirándolo como un salvador. Siena no quería defenderse de él. Florencia estaba convencida de que fatalmente acabaría por pertenecer á este capitán invencible.
Después de incorporar la Toscana á los Estados pontificios, podría apoderarse del Milanesado y la República de Génova, donde no le faltaban amigos, atacando finalmente al mayor de sus adversarios, la República de Venecia, poco temible y vulnerable en una guerra terrestre. Terminadas tales conquistas, el reino papal recogería sin dificultad, como frutos maduros, Nápoles y Sicilia, siendo las avanzadas en el Mediterráneo de esta Italia borgiana Córcega y Cerdeña.
Un plan tan vastísimo no podía realizarse durante el pontificado de su padre, que ya contaba setenta y dos años; pero él sólo tenía veintisiete, y recordando las grandes victorias conseguidas en los últimos tres años, bien podía forjarse la esperanza de triunfar antes de la madurez de su vida.
Para ser el verdadero soberano de esta Italia unificada bajo la Iglesia, había ido preparando un Sacro Colegio de cardenales adictos, italianos y españoles. Después de la muerte de su padre, él sería el jefe de los consistorios, eligiendo á su gusto á los futuros Pontífices, y éstos se circunscribirían á ejercer el poder espiritual, delegando en su persona todas las funciones temporales.
«Mas César, siempre vencedor hasta entonces--se dijo Claudio--, ignoraba la existencia del microbio, y unos cuantos gérmenes palúdicos bastaron para derribar de un solo golpe la naciente y famosa dinastía de los Borgia.»
Mantenían las lagunas cercanas á Roma, con sus nubes de mosquitos, la fiebre palúdica todo el verano, matando diariamente centenares de personas.
Se quejaba el Papa, el 12 de Agosto, de un acceso de fiebre; el 16 y el 17 lo sangraban copiosamente, dándole varios brebajes algo extravagantes dignos de la medicina de entonces; y el 18, considerando cercano su fin, se confesaba y pedía la comunión, haciendo que celebrasen una misa junto á su lecho. Al terminarse ésta, sentía venir la muerte; al anochecer le administraban la extremaunción, y fallecía pocas horas después, rodeado de sus domésticos, casi todos españoles, y de algunos cardenales de igual nacionalidad.
César Borgia no podía visitar á su padre. El también estaba enfermo, casi agonizante, en otro piso del Vaticano, encima de la habitación mortuoria del Pontífice.
Era igualmente víctima de la fiebre, agravada por violentos «accidentes terciarios» de la sífilis, enfermedad contraída tres años antes, á mediados de 1500. El antifaz negro que llevaba al principio, por afición á la vida misteriosa y deseo de pasar inadvertido, le resultaba ya necesario para ocultar los estragos de su cara. El príncipe «rubio y bello», reputado como el más hermoso señor de Roma, tenía el rostro violáceo, cubierto de erupciones cutáneas. Su epidermis se había obscurecido. Sus narices empezaban á ser achatadas y muy anchas, acrecentando esta repentina fealdad la horrible leyenda que envolvió los últimos años de César.
El azar de que el padre y el hijo hubiesen caído enfermos de muerte á un mismo tiempo dió nuevo pretexto á los calumniosos «se dice» con que embajadores enemigos y folicularios al servicio de las desposeídas familias feudales abrumaban á los Borgia.
Como todo lo de César debía ser extraordinario, el populacho romano inventó unos terribles procedimientos terapéuticos empleados por el médico español Gaspar Torrella, para salvarlo de su crisis mortal, y que únicamente un hombre de su temple podía soportar. Habían abierto el vientre á una mula, según unos, y á un toro, según otros, para meter desnudo al enfermo dentro del cuerpo de dicho animal, chorreando sangre y agitado por las convulsiones agónicas. A continuación sumergían al paciente en una enorme tinaja llena de agua casi congelada.
Tales invenciones populares obedecían sin duda á que el valenciano Torrella, médico de gran celebridad (hecho obispo por el Papa para que cobrase las rentas de su diócesis), había aplicado á César un tratamiento riguroso de inmersiones frías, y por antítesis, inventaba el vulgo lo del encierro en el cuerpo caliente de un gran cuadrúpedo destripado.
Se salvaba el Valentino, pero su curación era muy lenta y quedaban en su rostro para siempre las huellas de esta crisis mortal.
Como Alejandro VI había muerto á consecuencia de una enfermedad microbiana de rápida evolución, y era grande y obeso de cuerpo, su cadáver se hinchaba inmediatamente, descomponiéndose. Su cara, negra y tumefacta, resultó á las pocas horas inconocible.
Este desfiguramiento no pudo ser disimulado, ni tampoco la súbita putrefacción del cadáver, y como el pueblo no tenía el menor concepto de tales fenómenos orgánicos, dió curso libre una vez más á su fantasía ávida de cosas dramáticas, suponiendo al Pontífice víctima del veneno. En aquel entonces sólo los Borgia podían envenenar, y el crédulo populacho inventó que todo lo ocurrido era obra de una equivocación, por haber tomado el Papa y su hijo en una cena el mismo veneno que destinaban al cardenal Corneto.
Tres meses después de la muerte de Alejandro VI, el humanista Pedro Mártir de Anghiera, protegido de los Reyes Católicos y enviado de España, fué el primero que se hizo eco de este cuento en una de sus muchas cartas, elegantes, amenas, pero escritas con deplorable ligereza. Todos los denigradores del Pontífice difunto se basaron inmediatamente en dicha epístola para hablar una vez más del terrible «veneno de los Borgia», añadiendo nuevos detalles á la leyenda popular.
El Papa y su hijo llegaban á «la viña» ó casa de recreo del cardenal Corneto, acompañados por el cardenal español Remolino y otros dos príncipes de la Iglesia. Alejandro VI había hecho traer á su bodeguero del Vaticano varias botellas de vino, una de ellas con veneno, destinada á Corneto. Pero al llegar, Alejandro y César sentían una sed violenta, y el bodeguero papal les servía con tal precipitación que se equivocaba, dándoles el vino envenenado.
«Y esta historia inverosímil--siguió pensando Claudio--ha vivido tres siglos, copiándola los escritores unos de otros, hasta que, casi en nuestros días, un examen ligero ha bastado para probar lo absurdo de su trama. ¡Varios convidados que llegan á un banquete llevando botellas de vino suyo, para que beba de una de ellas el dueño de la casa nada más!...»
Era verdad que el Papa y César habían cenado en casa del cardenal Corneto, pero el 5 de Agosto, sin que nadie sintiese en los días siguientes la más leve indisposición. Sólo el 10, pasados cinco días, fué cuando el Papa mostró cierto malestar; el 12 sufrió los síntomas preliminares de la fiebre, llamando por primera vez al médico, y no murió hasta el 18.
Contaba setenta y dos años de edad, y estaba gastadísimo por sus preocupaciones de gobernante más aún que por los placeres carnales, prolongados hasta su vejez. A nadie sorprendió su defunción ni tenía nada de extraordinario que César enfermase de fiebre al mismo tiempo que él, pues dicha dolencia perniciosa mataba algunos días en Roma más de cien personas, sin distinción de clase social.
Varios cardenales y arzobispos residentes en la ciudad perecieron en las semanas anteriores al fallecimiento de Alejandro VI. El 1.º de Agosto, diez y ocho días antes de su muerte, vió el Pontífice desde una de las ventanas del Vaticano el entierro de su sobrino Juan de Borja (el menor), cardenal de Monreale. Cual si presintiese su próximo fin, el Papa, que en aquel momento estaba sano, dijo melancólicamente á sus familiares:
--El difunto era vigoroso y abultado como yo. Este verano va á resultar fatal para los que somos obesos.
César, más joven y enjuto de cuerpo, lograba escapar de la muerte, pero con grandes trabajos y quedando por mucho tiempo inmóvil en su lecho.
Hablando semanas después con Maquiavelo, le decía tristemente:
--Todo lo que podía ocurrir después del fallecimiento de mi padre lo había yo previsto y remediado. Pero nunca se me ocurrió pensar que me vería enfermo de muerte al mismo tiempo que él.
A pesar de hallarse moribundo, este hombre extraordinario tenía la lucidez y la energía sobrehumanas de ordenar todo lo preciso para hacer frente al doble desastre, la desaparición de Alejandro VI y su propia agonía.
Varias veces por hora enviaba emisarios á las habitaciones inferiores donde estaba su padre, para conocer los progresos de su enfermedad y finalmente las angustias de sus últimos momentos.