A los pies de Venus (los Borgia)

Part 22

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En cambio, resultaban indiscutibles la bondad y la tolerancia de Alejandro. Tenía pruebas de que Catalina había preparado su envenenamiento, librándose de él por un azar. Podía haberla sometido á un tribunal que la condenase á muerte con todas las formas legales; también le habría sido fácil desembarazarse de ella haciéndola estrangular cuando vivía en el castillo de Sant Angelo ó en la dulce prisión del Belvedere, imitando los procedimientos de otros soberanos. Pero al verla vencida se dejó llevar por su carácter jocundo, incapaz de largas y premeditadas venganzas, permitiendo finalmente que se retirase á un convento de Florencia. De él salió luego para casarse con Juan de Médicis, teniendo un hijo que fué el famoso _condottiere_ Juan de las Bandas Negras.

Dejaba César como gobernador de Forli á un español de su confianza, don Ramiro de Lorca, y pretendía seguir adelante en sus campañas, cayendo sobre los territorios de Pésaro y otros Estados inmediatos, cuando Luis XII, por exigencias de Tribulcio, su representante en Milán, le quitó momentáneamente las tropas francesas que figuraban en su ejército. Esto le obligó á suspender sus operaciones, retirándose á Roma, no sin antes conquistar otras plazas de menos importancia.

Toda Italia se convenció de que la Iglesia tenía por primera vez un gran capitán propio, capaz de defender sus tierras actuales y recobrar las perdidas. Movíanse Alejandro y César por una ambición de familia, «pero no resultaba menos cierto--como dijo Maquiavelo--que después de fallecidos Alejandro y el duque Valentino, la Santa Sede iba á heredar todas sus conquistas».

«La Iglesia--pensaba Claudio--salió agrandada del pontificado de Alejandro VI y no disminuída, como en muchos papados anteriores. Julio II, el vengativo Juliano de la Rovere, que tanto escarnecía á su antiguo amigo Borgia, heredaba de él la paz y el orden establecidos por su autoridad en los Estados pontificios, el aumento de las Romañas y otras provincias, así como la ruina de los barones feudatarios, escarmentados é incapaces de reproducir sus demasías contra los Papas. El cosechó lo que otros habían sembrado.»

Fué la entrada de César en Roma una imitación de los cortejos triunfales de la antigüedad. Le esperaba su padre con una impaciencia que no podía disimular, llorando y riendo al mismo tiempo. Sentíase orgulloso de este hijo de veinticuatro años que, luego de mostrarse en Francia superior á los primeros diplomáticos de Europa, acababa de revelarse un guerrero invencible.

«Ante sus ojos--siguió pensando Claudio--se abrían nuevos cielos. El también soñaba, como César, en un porvenir glorioso. Su vida particular, con todas sus debilidades y pecados, la consideraba independiente de sus funciones de Pontífice. Aspiraba á ser uno de los más grandes Papas, trabajando con desinterés por la prosperidad de la Iglesia. Sus carnalidades de hombre no le impedían sentir una profunda fe religiosa. Era igual á los personajes de su época, creyentes en los dioses paganos, en la astrología, en la magia, y al mismo tiempo en el cristianismo; adoradores sinceros de la Virgen y escandalosamente licenciosos en su vida ordinaria.»

Dios le protegía; estaba seguro de ello. Un nuevo mundo había sido descubierto bajo su pontificado. Y un gran capitán de la Iglesia revelábase ahora en su familia. Cuando sojuzgase á los tiranuelos de Italia, estableciendo en ella la unidad política, el orden y la prosperidad, tendría que pensar en la reconquista de Jerusalén y Constantinopla, aspiración de todos los Pontífices anteriores, que nunca pasó de ser vano proyecto. El y su hijo realizarían tan enormes empresas.

Todo el Sacro Colegio, los embajadores, la curia, la nobleza romana, los ciudadanos notables, salían fuera de la puerta de Santa María del Popolo para recibir con la cabeza destocada al nuevo caudillo de la Iglesia.

César, que había heredado de su padre el genio de la magnificencia, supo mostrarse digno de tan grandiosa recepción. Sus tropas de italianos y españoles, así como su cortejo de caballeros, desfilaron con un orden poco conocido en los ejércitos de entonces, mostrando gran suntuosidad en sus vestimentas. Hasta los carromatos de su bagaje llevaban ricas fundas con el escudo de los Borgia.

En cambio, él, deseoso de llamar la atención por el contraste, iba á la española, su traje favorito, vestido de terciopelo y satén negros, con elegante modestia, pero llevando al cuello el gran collar de San Miguel, presente de Luis XII, distintivo reservado á los príncipes de sangre regia. Además, cada una de sus armas era una joya artística.

Entró en la empavesada ciudad entre cañonazos y volteos de campanas; las mujeres le enviaban flores, sonrisas, besos. El pueblo daba vivas á «nuestro César». Era un capitán victorioso nacido en Roma, el hijo de la señora Vannoza la del Transtevere, y todos creían propia la gloria del hijo del Papa. Por el Corso llegó al castillo de Sant Angelo y luego al palacio papal, recibiéndolo el Pontífice en el célebre salón del Papagayo, destinado á los embajadores.

Modesto y grave, dió gracias el joven caudillo en una corta arenga, inclinándose á continuación ante el Papa para besarle un pie, según el ceremonial; pero Alejandro, con los ojos llenos de lágrimas, le tendía los brazos, estrechándolo en ellos.

Sucedíanse las fiestas, desfilando á través de la ciudad un cortejo simbólico que representaba el triunfo de Julio César. Las glorias de los dos Césares, hijos de Roma, eran confundidas por la muchedumbre entusiástica. Mientras ésta se regocijaba día y noche en mascaradas y bailes, el héroe permanecía al margen de tales diversiones, oculto en su alojamiento del Vaticano, entre caudillos, prelados, escritores y pintores, hablando con ellos de poesía, de historia ó artes plásticas.

Empezó á llevar la existencia anormal de sus últimos años, que le rodeaba de misterio, dando cierta veracidad ficticia á las calumnias de sus enemigos. Gustaba de no ser visto nunca por las gentes que hablaban de él en todo momento. Vivía de noche, dando audiencia en las horas de la madrugada. Si salía por la ciudad, era con antifaz y vestido de negro, para que nadie lo reconociese.

«Particularidad inexplicable--se decía Claudio--. Este hombre tan rápido en sus operaciones de guerra, tan amigo del esfuerzo físico, que consideraba un placer la lucha á brazo partido con sus más vigorosos súbditos, cuando estaba en su casa, rara vez usaba las sillas. Permanecía días enteros acostado en un diván, y así leía ó escuchaba las lecturas de su secretario; así escribía sus breves cartas, comía ó jugaba al ajedrez con sus amigos. En los últimos años de su existencia, cuando no estaba á caballo vivía tendido.»

Todo en él era con exageración y violentas alternativas. Podía galopar días enteros, reventando corceles, y era capaz de pasar una semana lo mismo que un musulmán en su harén, sin sentir necesidad de movimiento.

Después que el Papa le dió la Rosa de Oro, distinción reservada casi siempre á los reyes, que el Sacro Colegio votó unánimemente premiando sus servicios á la Iglesia, dejóse ver otra vez en público, pasando sin esfuerzo de su pereza oriental á la más arriesgada actividad. A espaldas de la basílica de San Pedro se había improvisado una plaza de toros, para dar una corrida, á la que asistió toda Roma.

Mostrábase el héroe en esta corrida á cara descubierta, bajando á la arena con simple jubón y calzas para torear á pie, matando cinco toros con una espada pesadísima y una capa que le servía de muleta. El último toro lo remató de un golpe que era su secreto, hiriéndolo entre dos vértebras tan profundamente que cortaba por entero su pescuezo, y el público rugió de admiración ante dicha habilidad, no pudiendo explicarse tanta fuerza en un joven esbelto y de facciones delicadas. Los embajadores enemigos de la familia papal escribían á sus gobiernos asombrados del valor y la maestría de César, reconociendo el inmenso entusiasmo de los romanos por él.

Pronto empezaron á sentir los Borgia las consecuencias de su triunfo militar en forma de calumnias y ataques anónimos.

Claudio veía imaginariamente al padre y al hijo como si hubiesen metido los pies en un inmenso avispero, no pudiendo defenderse de sus enjambres irritados. Un Papa español osaba hacer lo que ninguno de los Pontífices nacidos en Italia, restableciendo la autoridad de la Santa Sede, desconocida siempre por los tiranuelos que detentaban las tierras de la Iglesia. Un joven romano, cuya sangre era por mitad española, iba á acabar con todos ellos, acariciando el designio de apoderarse más adelante de Florencia y hasta de los Estados que tenía Venecia en la tierra firme, para constituir una Italia única... Y todos los señores, grandes ó mediocres, así como las repúblicas comerciales, difamaban á estos dos extranjeros triunfantes en Roma. Los libelistas escribían contra los Borgia crónicas monstruosas, que empezaban siempre por un «se dice». Forjaban epigramas feroces ó historias inverosímiles, aceptadas sin obstáculo por las muchedumbres, dispuestas siempre á creer todo lo que causa daño á los poderosos.

Nadie mostraba interés en apoyar al Pontífice y á su hijo, y en cambio, eran muchos los que juzgaban conveniente su muerte. Sólo podían proteger á un contado número de autores residentes en Roma, y los demás escribían ó inventaban en el resto de Italia contra la victoriosa familia.

Los mismos españoles instalados en el país contribuían á esta guerra desleal. Los Borgia no podían dar colocación á todos, y con una saña reconcentrada y envidiosa repetían las maledicencias de los noveleros italianos, agrandándolas. Uno de ellos, el capitán Fernández de Oviedo, que fué años después el primer historiador del Nuevo Mundo, acogió en Roma las más absurdas patrañas contra Alejandro y César, culpables en realidad de no haberlo empleado nunca.

En Nápoles, el rey Federico, que adivinaba un próximo ataque del monarca francés y de César Borgia, dió libertad á sus escritores para que agrediesen con la pluma á la familia papal. El rey de España, desde lejos, aprobaba igualmente esta guerra contra un compatriota que había osado emanciparse de su autoridad. Venecia era un foco de propaganda antiborgiana. En Florencia, los consejeros del Estado indicaban á Maquiavelo la necesidad de impedir que César continuase sus campañas «fuese como fuese», lo que significaba, en el lenguaje de entonces, la conveniencia de asesinarlo.

Dos sucesos ocurridos dentro del Vaticano preocuparon por algún tiempo al pueblo de Roma. En Junio de 1500 una tempestad echó abajo la gran chimenea del palacio papal, destruyendo con sus escombros el techo del salón donde daba audiencia Alejandro VI. Dicho derrumbamiento mató á varios de los que rodeaban al Pontífice, pero éste resultaba indemne gracias á una larga viga que al caer formó ángulo encima de su cabeza, librándole de la lluvia de cascotes que indudablemente le habría matado.

Una vez más se mostró el valor tranquilo del Papa, hombre que ya contaba setenta años. Sólo quiso dejarse curar por su hija Lucrecia, sin que se notasen en él signos de miedo; antes bien, creyó en un influjo providencial que velaba por su existencia para que pudiese realizar todos sus planes en pro de la grandeza del Pontificado. Semanas después, cuando los romanos comentaban aún el «milagro» con que Dios había protegido al papa Borgia, un crimen hizo olvidar dicho suceso.

Alfonso de Aragón, duque de Biseglia y marido de Lucrecia, era apuñalado á las once de la noche en la escalinata de San Pedro por un grupo de hombres enmascarados, cuando iba á reunirse con su esposa en el Vaticano. Los agresores huían creyéndole muerto, protegidos por un grupo de jinetes, hasta una de las puertas de Roma. Alfonso, que sólo estaba herido de gravedad en la cabeza y los brazos, llegaba arrastrándose á las habitaciones del Pontífice, pidiendo auxilio, y su mujer sufría un síncope al reconocer su voz.

Sancha y Lucrecia dedicábanse á su curación, y el Papa prohibía bajo pena de muerte que las gentes penetrasen con armas en la llamada Ciudad Leonina, ó sea en los barrios inmediatos al Vaticano. Además, colocó centinelas ante la puerta del dormitorio del herido, á pesar de que le velaban su mujer y su hermana á todas horas. Esta conducta de Alejandro denunció su temor de que volviera á repetirse la intentona de asesinato por parte de alguien que él no se atrevía á castigar.

Mostrábase el esposo de Lucrecia más inclinado á favor de su tío el rey de Nápoles que de la familia Borgia, y dicho monarca napolitano consideraba gran fortuna la posibilidad de que desapareciese César. Este era enemigo suyo y esperaba solamente que el rey de Francia avanzase contra Nápoles para unirse á él. Ofendido, por su parte, el hijo del Papa á causa del menosprecio con que le había tratado Federico cuando solicitó la mano de su hija, incitaba á Luis XII para que se apoderase de Nápoles cuanto antes. Convenía esta conquista á sus intereses políticos, esperando sacar de ella muchos territorios para aquella Italia futura unificada bajo su mando.

La opinión general creyó la tentativa de asesinato del duque de Biseglia obra de César. El tampoco se recató en mostrar el odio que le inspiraba su cuñado.

«Los encargados de ennegrecer á los Borgia--se dijo Claudio--sólo hablan del asesinato del príncipe napolitano y no consignan las declaraciones de César, el cual afirmó que Biseglia, por encargo del rey de Nápoles, había querido matarlo dos veces; una de ellas valiéndose de un arquero muy hábil, para que lo suprimiera desde lejos y sin ruido con un flechazo certero cuando lo viese pasar por un patio del Vaticano.»

Sin duda, su guardia personal, dirigida por el terrible don Michelotto, había descubierto las mencionadas asechanzas, y el duque Valentino se mostraba implacable en tales casos, ordenando matar para que no le matasen.

Explicábase Claudio dicho suceso recordando las costumbres políticas de entonces. Todos reconocían la necesidad y hasta la santidad del crimen de Estado. El que estorbaba á un príncipe debía morir por obra del puñal ó del veneno.

No había gobernante ni personaje rico que dejase de hacer probar viandas y bebidas á sus criados antes de sentarse á la mesa. Tampoco existía Papa, rey, príncipe, cardenal ó simple _condottiere_ que no poseyera un navío de plata con las velas desplegadas, cuyo casco se abría con llave, guardándose en su interior el cubierto propio, la servilleta, la sal y todas las especias, para evitar así un posible envenenamiento. Todo invitado á un banquete enviaba por delante su navío con un doméstico fiel encargado de colocarlo en la mesa, y al llegar lo abría con su llave, sacando el cubierto y las especias, sin que al dueño de la casa le ofendiese tal precaución.

Una de las razones de la vida nocturna de César y su aislamiento de la multitud, que le hacía ir enmascarado, era que así podía librarse más fácilmente de las tentativas de asesinato y envenenamiento urdidas contra él por los tiranuelos de Italia. Ninguno de éstos sentía limpia su conciencia. Todos tenían en su historia uno ó varios homicidios por motivos políticos ó privados.

La muerte del duque de Biseglia fué relatada de diverso modo por cada uno de los embajadores y los folicularios enemigos de los Borgia. Atribuyéronla unos al veneno, los más á la estrangulación.

Contaban que el príncipe napolitano estaba en su dormitorio, convaleciente de sus heridas, conversando con su esposa y su hermana Sancha, cuando llamaron á la puerta. Una de las dos preguntó:

--¿Quién es?

--El diablo--repuso desde fuera una voz burlona.

Se abrió la puerta bajo el rudo empujón de varios hombres. Unos echaron fuera de la cámara á las dos señoras, mientras otro más pequeño, que parecía su jefe, el terrible don Michelotto, estrangulaba en su lecho al duque de Biseglia.

En realidad, este suceso no produjo gran escándalo. Todos vieron en él un crimen de Estado, corriente en aquella época, y los embajadores de las principales naciones no le concedieron en sus despachos extraordinaria importancia. Casi lo atenuaron por odio á César, como si tal asesinato fuese un acto meritorio de gran político.

«El salvajismo de los mencionados procedimientos--pensó Claudio--nos espanta, porque tenemos un alma diversa á la de entonces; porque hemos perdido las nociones del arte de morir, amando más la vida con todas las cobardías que comporta dicho amor; cobardías que los hombres del Renacimiento no conocieron por estar convencidos de que morirían jóvenes.»

Aterrada é indignada Lucrecia por la muerte del padre de su hijo, se retiró á Nepi, cayendo enferma de fiebre; pero transcurridos tres ó cuatro meses volvía á Roma para figurar en las fiestas papales, consolada ya de su viudez.

Mujer de su época, respetuosa ante los crímenes de Estado, la convencía César fácilmente de sus razones para obrar así, en defensa propia, demostrando que su difunto esposo merecía la muerte que él le había hecho dar. La misma razón de Estado consiguió que Lucrecia aceptase, sin oposición alguna, un tercer matrimonio, el más brillante de todos, con el duque Alfonso de Este, soberano de Ferrara, uno de los mejores Estados de Italia.

César iba á empezar de nuevo la guerra. Luis XII, que se había preparado á invadir el reino de Nápoles, enviaba otra vez al Valentino las tropas que le retiró. Esta segunda campaña contra los vasallos rebeldes de la Iglesia también la secundaban las ciudades sometidas á ellos. Oprimidas y arruinadas, acogían al duque del Valentinado como un salvador. Los vecindarios de Pésaro y Rímini sublevábanse contra sus señores al ver las avanzadas del ejército papal.

El primer marido de Lucrecia, implacable calumniador de los Borgia, huía despavorido de Pésaro antes de la llegada de César, que había hecho juramento de matarlo por su propia mano.

Se entregaban las poblaciones ó eran tomadas por asalto después de corto asedio. La única ciudad que opuso una resistencia heroica fué Faenza, debiéndose esto á que los habitantes sentían un sincero afecto por su soberano, Astor Manfredi, casi un adolescente, el mozo más hermoso de su época, valeroso, de nobles sentimientos, y que trataba á sus súbditos con una bondad constante. Reconociendo César el heroísmo de este adversario, lo combatió con toda clase de miramientos caballerescos. En los días que se suspendía la lucha, mantenían los dos jefes y sus tropas relaciones de amistad.

Consideraba Claudio Borja estas campañas del hijo de Alejandro como una obra de artista. Su ejército celebraba las fiestas de Carnaval mientras mantenía el sitio de una de las ciudades de la Romana, y para que los sitiados se divirtiesen igualmente, César hacía entrar en la plaza, como regalo suyo, varios carros cargados de disfraces y caretas.

Su corte militar abundaba en literatos, músicos, pintores y escultores. Su secretario, Agapito de Amalia, era un gran humanista. También acompañaban al duque varios poetas, entre ellos el célebre improvisador Serafino de Aquila.

El ingeniero general de su ejército y constructor de fortificaciones se llamaba simplemente Leonardo de Vinci y era ignorado aún en Italia. Esta profesión de ingeniero del futuro autor de la _Gioconda_ no resultaba extraordinaria en una época cuyos grandes hombres mostraron las más diversas aptitudes. Mientras llegaba la hora de inmortalizarse como pintor, Leonardo de Vinci hacía dibujos para el Valentino, planos de fortalezas, puentes, acueductos, caminos y puertos, ó discurría nuevas máquinas de guerra. Tal multiplicidad en las manifestaciones del talento la mostraban igualmente otros artistas de entonces, aunque ninguno de ellos llegó al proteísmo genial de Leonardo.

De vida aventurera, ansioso de abrirse paso en medio de la general indiferencia, sin sentir los trastornos que causa la atracción de la mujer, con una tranquila asexualidad que le permitía ser dueño de sus acciones, y acusándole algunos injustamente de afición al «vicio griego», Leonardo de Vinci sentíase deslumbrado por este capitán glorioso que acababa de surgir como un astro de rápida trayectoria.

No siendo hombre de espada, le servía como ingeniero y mecánico, pensando incesantemente para él, ofreciéndole todas las semanas un nuevo invento.

«También el artista--pensó Claudio--era distinto en los albores del Renacimiento á como es ahora. Pintores y escultores vivían como simples artesanos, formando gremios semejantes á los de los obreros manuales, sin otras aspiraciones que las de su pequeño círculo, divirtiéndose á su manera y procurando que los señores no los invitasen á sus palacios, pues se encontraban desorientados y tristes en un ambiente superior al suyo.»

Una de sus sociedades en Florencia, titulada «La Cazuela», obligaba á cada uno de sus individuos á asistir á los banquetes comunes, aportando un plato diferente al que llevasen los demás, imponiéndole multas ó penitencias grotescas cuando resultaba igual al de otro socio más antiguo.

Gobiernos y grandes señores empleaban á los artistas célebres en trabajos de guerra. Los escultores con el título de _magister arcium_ construían fortificaciones ó labraban con el cincel pelotas de piedra para las bombardas. Los pintores se esforzaban por inventar nuevas máquinas bélicas, viéndose recompensados por ello con más largueza que por sus cuadros.

Servían los artistas para todo lo que significase estudio, invento ó dirección de trabajos, y muchas veces les pagaban con un tabardo de brillantes colores ó unas cuantas varas de paño para la familia. «Son gentes groseras, que sólo conocen su arte.» Así se expresaba un obispo de la época.

En realidad, no existían especialistas. Todos servían para todo, siendo el gran Leonardo de Vinci el tipo perfecto de estos acumuladores de genio. También se dedicaban á contratistas de trabajos públicos. Miguel Ángel perdió siete meses de su vida dirigiendo en las canteras de Lumi la extracción de piedras, rodeado de excavadores y de carreteros, trabajo que podía haber hecho cualquier maestro de obras. Tal era su aburrimiento durante estos siete meses de capataz, que pensó esculpir toda la montaña, como si fuese un solo bloque, haciendo de ella gigantesca estatua.

El trato con los humanistas educaba y dignificaba á estos genios incultos que vivían como obreros. Se hicieron menos brutales en sus costumbres. Ya no admiraron á un Torrigiano que aplastaba de un puñetazo la nariz de su camarada Miguel Ángel. Y como los humanistas imponían la moda en aquel tiempo, señores laicos y eclesiásticos, viéndoles tratar con deferencia á los artistas, se acostumbraron á hacer lo mismo.

«Fueron los escritores--afirmó mentalmente Borja--los que sacaron de su humildad obrera á los artistas plásticos, iniciando la importancia que gozan en nuestra época el pintor y el escultor.»

César Borgia apenas tuvo tiempo para ejercer el mecenazgo. Su verdadera vida duraba tres años nada más, y fué la de un guerrero, preocupándose sólo de las artes en los raros intervalos de reposo que le dejaron sus campañas. A pesar de esto, su generosidad para los literatos y los artistas resultaba proverbial, designándola los poetas con el nombre de _Liberalita Cesarea._ En sus tiempos de cardenalato, todo el producto del arzobispado de Valencia, que era de los más ricos, gastábalo en mantener escritores, escultores y cinceladores.

No pudo conocer á todos los artistas de entonces, pero protegió á tres, los más famosos: el Pinturicchio, maestro tan admirado años después por Rafael, Leonardo de Vinci y Miguel Ángel.

Una constelación de poetas, algunos de ellos prodigiosos improvisadores, le seguía á todas partes, muriendo jóvenes lo mismo que su Mecenas, á causa de una existencia atropellada y libertina. Muchos escribieron en latín relatando las hazañas de su protector _De Gestis Cesaris Borgia_. Otros cantaban al toro, emblema heráldico de la poderosa familia, dedicando sus versos _Ad Bovem Borgia_, ó exclamaban así en honor del duque de las Romañas, futuro creador de una Italia única: