A los pies de Venus (los Borgia)

Part 21

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Todo el resto de la entrevista continuaba en el mismo tono, rechazando el Papa las imputaciones que le hacían y de las cuales la más importante era la exagerada protección á sus hijos. Y como aludiesen los delegados españoles á la muerte del duque de Gandía, presentándola como un castigo divino, replicó el Papa, enojado:

--Más castigados por Dios han sido vuestros reyes, pues no tienen descendencia masculina. Ese sí que es castigo, por los repetidos ataques que se permite don Fernando contra los derechos de la Iglesia, para satisfacer su ambición.

De que el Papa tuviese hijos ilegítimos no hablaron una palabra los embajadores, pues el rey católico poseía cuatro bastardos reconocidos y muchos más cuya paternidad no había querido aceptar. En aquel tiempo pocos podían jactarse de su moral doméstica y de la legitimidad de toda su prole. Monarcas, Papas y prelados eran igualmente padres, al margen de las convenciones sociales y de las leyes eclesiásticas.

Quedaban rotos los tratos entre Alejandro VI y los reyes de España. El antiguo legado, que los había conocido simples príncipes en desgracia, legitimando su matrimonio anormal, protegiéndolos con su influencia y dándoles finalmente el título de Reyes Católicos, decía ahora al nombrarlos:

--Son los dos bellacos más grandes que he conocido en mi vida.

En realidad, les llevaba dado más que había recibido de ellos, y don Fernando abusaba de su condición de español queriendo emplear la fuerza espiritual y política del Papado como un arma diplomática. Luis XII tranquilizó á Alejandro haciéndole saber que el rey de España estaba en tratos secretos con él, al mismo tiempo que pretendía asustar al Pontífice con amenazas de concilio y deposición, por ser aliado de Francia.

Se hablaba tanto en Europa de la posibilidad de un concilio y de negar la obediencia al Papa, que Cristóbal Colón, al fundar un mayorazgo, en el mismo año 1498, disponiendo de las riquezas descubiertas por él, que aún eran entonces imaginarias, encargaba á su hijo mayor, Diego, que acudiese en auxilio del Pontífice si un cisma de la Iglesia hacía perder á éste su dignidad ó sus bienes temporales.

Todos los peligros que se cernían sobre Alejandro VI quedaron repentinamente desvanecidos cuando Luis XII le hizo saber, por un mensajero, que el 12 de Mayo de 1499 se había celebrado y consumado el matrimonio de su hijo con Carlota de Albret.

César, que sólo contaba entonces veintitrés años, conseguía con esto cuanto llevaba en su mente al emprender el viaje á Francia venciendo la oposición de los principales Estados de Italia, cuyos diplomáticos pasaban por maestros en dicho arte, é igualmente las maquinaciones de dos zorros tan astutos como el rey de España y el emperador de Austria.

Un correo expedido por el duque de Valence al otro día de su boda llegaba á la Ciudad Eterna á matacaballo para entregar un pliego al Pontífice. En él daba César breve cuenta á su padre de este triunfo diplomático, añadiendo de pasada, en un estilo crudo, propio de la época, su segundo triunfo, puramente matrimonial.

La carta contenía un simple número 8, indicador de las veces que había poseído á la bella y robusta Carlota de Albret.

Claudio se explicaba este «ocho». Era inverosímil que hubiese enviado un correo especial á su padre únicamente para jactarse de tal hazaña voluptuosa. Su lacónica confidencia no estaba dictada por el impudor ó la grosería.

«Denota orgullo--pensó--por la solidez y aguante de esta navarra vigorosa que va á ser la madre de sus hijos. Necesita alegrar con su confidencia al futuro abuelo, ansioso de que la estirpe de los Borja se prolongue, de que lleguen éstos á ser reyes de Italia, ambición persistente en la familia desde Calixto III.

Esta exagerada repetición de los cabalgamientos amorosos era algo común en aquella época de vidas cortas, tumultuosamente apasionadas. Los hombres de alta clase vivían entre continuas hazañas de guerra y de amor, obligándoles las últimas al uso de violentos afrodisíacos para exacerbar su vigor genésico. Tal fué una de las causas de que todos muriesen jóvenes, envenenadas sus vísceras por mixturas excitantes y roedoras.

En el resto de su existencia demostró César pertenecer á la misma especie que todos los hombres célebres por sus hazañas amorosas. Disponía á su arbitrio del ejercicio de sus fuerzas sexuales, dejándolas dormidas cuando le convenía, sin que le estorbasen con el acuciamiento del deseo; centuplicándolas otras veces si lo consideraba útil á sus fines. Esta cualidad era para Claudio el gran secreto de todos los héroes de la seducción agrupados en torno á la figura de su maestro el legendario Don Juan.

Recordaba la breve y obscura historia de la duquesa del Valentinado. También ella escribía al Pontífice mostrando gran entusiasmo por las asiduidades de su esposo. Un matrimonio que empezaba tan generosamente no podía reservarle desilusiones en lo futuro.

Durante cuatro meses, de Mayo á Septiembre de 1499, César y Carlota permanecían en silencioso retiro. Nadie hablaba de ellos, y á su vez, los nuevos duques procuraban vivir lejos de la Historia. De pronto, César tenía que abandonar á su esposa para ir á Roma y emprender la guerra contra los tiranuelos que detentaban las posesiones de la Santa Sede.

El estado físico de la duquesa no la permitió seguir á su esposo. En los primeros meses de 1500 daba á luz una niña, que recibió el nombre de Luisa. Ni ésta vió nunca á su padre, ni Carlota volvió á encontrar á su marido.

Al separarse de ella, iba César Borgia hacia las mayores glorias de su vida, á demostrar en tres campañas nada más que el antiguo cardenal de Valencia era un capitán famoso y á morir como soldado obscuro, sin que los que le daban muerte presintiesen la importancia de su acto.

Dos años se esforzó Carlota de Albret por ir á Italia en busca de su marido y que éste conociese á su hija. Enviaba para ello frecuentes cartas á su suegro el Papa; pero la continua movilidad del ejército pontificio, las inesperadas marchas y contramarchas de su estrategia, los peligros del viaje, la impidieron cumplir su deseo.

Claudio Borja sonreía al pensar en el «ocho» de la carta de César y en los cuatro meses de silenciosa felicidad de la bella Carlota, cuyo recuerdo le acompañó toda su vida, manteniéndola en voluntaria viudez.

Nunca quiso ser de otro hombre, pensando siempre en el único que había amenizado su existencia con tan apasionado vigor. Y moría á la edad de treinta años, sin haber hecho otra cosa que dedicarse á la educación de Luisa, la hija de César Borgia, casada por primera vez con un príncipe de Talmond, muerto en la batalla de Pavía, y finalmente con otro príncipe de la familia Borbón.

III

Las campañas de César, el heroico arremangamiento de faldas de Catalina Sforza y «el bello engaño» de Sinigaglia.

En las evocaciones de sus lejanos ascendientes, asimilaba Claudio el carácter de cada Borgia á la imagen de un animal.

El papa Alejandro le parecía un toro impetuoso, franco en sus arranques, como los que corren por el redondel del circo, acometiendo de frente á todos y dejándose engañar al fin. Los grandes diplomáticos de aquella época--los más retorcidos y astutos de la Historia--lo consideraban un hombre apasionado, y por lo mismo propenso á desorientarse en sus maquinaciones.

A César lo veía como un tigre de dorada piel, ojos de esmeralda y estiramientos peligrosamente elegantes. A continuación convertíalo en pájaro, á causa tal vez de su afición á vestirse, según la moda española, con rasos y brocados negros. Era un ave de presa del mismo color de la noche, las pupilas de fuego y un penacho blanco como remate.

Le parecía el padre más simpático y bondadoso. César tenía, en cambio, mayor elegancia, aun en su lobreguez misteriosa. Abarcaba su ambición más dilatados horizontes, y la vanidad masculina lo ponía á cubierto de las abdicaciones del amor.

Rodrigo de Borja era un enamorado hasta su vejez, dejándose guiar por las mujeres. César las poseía más por ansia de dominación que por verdadero amor, sin obedecerlas nunca, manteniéndolas lejos de sus asuntos, utilizándolas sólo para sus placeres, y mostrando á continuación cierto desprecio por ellas, semejante al de los orientales poseedores de un gran harén.

«De ser mujeriego simplemente, como su padre--pensaba Claudio--, no habría podido realizar lo que hizo en tres años».

Su regreso á Italia esparcía la inquietud entre los soberanos italianos, quienes venían temiendo desde mucho antes las consecuencias de tal viaje.

Claudio Borja se dirigía siempre, en sus paseos por Roma, á los lugares donde se había desarrollado la última parte de la vida de César y de su padre, las Estancias de los Borgia, los jardines del Belvedere, teatro de suntuosos banquetes y fiestas al aire libre, el castillo de Sant Angelo, fortificado por Alejandro VI hasta hacerlo inexpugnable para las armas de aquella época.

Suprimía con la imaginación toda la obra de los Pontífices posteriores, y después de eliminada esta cascara histórica que él llamaba «moderna», creía ver el Vaticano tal como era entonces, con su vida de intrigas y pequeñas guerras, con el populacho al exterior, maldiciente y tornadizo, entusiasmado unas veces por los triunfos de los Borgia, llamando á César «el único», propalando y aceptando en otras ocasiones las calumnias más monstruosas forjadas contra ellos en Venecia y en Florencia, que los cronistas copiaban en sus Dietarios y los embajadores en sus cartas, precedidas simplemente de un «se dice» ó un «según cuentan».

El triunfo de César en Francia sembraba el pánico entre los enemigos de la política pontificia. El cardenal Ascanio Sforza, de carácter pusilánime, no obstante sus intrigas continuas, huía de Roma temiendo la vuelta de César; mas en su perpetua indecisión se abstenía de ir á Milán al lado de su hermano Ludovico «el Moro», para que no le creyesen de acuerdo con éste. Tal ejemplo influía en Alfonso de Aragón, esposo de Lucrecia, el cual escapaba igualmente del Vaticano. Era sobrino del rey de Nápoles, y como el duque de Valence mostraba enojo contra dicho monarca por haberle negado la mano de su hija Carlota, temió las consecuencias de la mala situación en que le colocaba esto dentro de la familia Borgia. Y sin que le amenazase ningún peligro inmediato, salió de Roma, yendo á reunirse con el cardenal Sforza.

Lucrecia no quiso seguirle, á pesar de sus ruegos, considerando inoportuno tal pánico, y su padre la nombró regente de Spoleto, ciudad y territorio gobernados hasta entonces por cardenales legados.

Este nombramiento no resultaba extraordinario. Era un gobierno político, sin ningún carácter religioso, y muchos Estados italianos vivían regidos por mujeres. Lucrecia, de juicio claro y tranquilo para resolver los asuntos públicos, fué objeto de las alabanzas de sus administrados. Más tarde, el Papa le dió el gobierno de Nepi, y al casarse con el duque de Ferrara administró igualmente, en ausencia de su esposo, este principado importante, demostrando poseer las mismas condiciones políticas de su padre y de su hermano César.

Al fin el marido de Lucrecia, convencido por ella, se tranquilizó, volviendo á su lado. La hija del Papa daba á luz en Noviembre un hijo, que recibió el nombre de su abuelo Rodrigo, siendo bautizado con gran pompa en la Capilla Sixtina.

Había penetrado en Italia el rey de Francia, apoderándose el 6 de Octubre de Milán, abandonado por Ludovico «el Moro», quien fué á refugiarse cerca de Maximiliano, emperador de Austria. César Borgia, llegado con Luis XII, organizaba rápidamente un ejército para guerrear por su cuenta contra los barones feudatarios de la Santa Sede que se negaban á obedecerla, y á los que Alejandro había declarado desposeídos de sus territorios.

Iban á empezar las brillantes campañas del nuevo duque. Su ejército se componía de mercenarios facilitados por el rey de Francia ó reclutados por él mismo. Con César Borgia y con Gonzalo de Córdoba iniciábase la verdadera guerra moderna.

Su caballería constaba únicamente de trescientas lanzas, al mando del capitán Ives d’Allegre, el mismo que años antes había cautivado á Julia Farnesio. El bailío de Dijón mandaba una hueste de suizos y gascones, y á estas tropas de procedencia francesa había unido Borgia las compañías de los _condottieri_ Tiberti y Ventivoglio. Además contaba con una legión de españoles, que ascendió algunas veces á 3.000 combatientes, figurando á su cabeza el noble valenciano don Hugo de Moncada, que fué luego uno de los mejores capitanes de mar y tierra de Carlos V, pereciendo como almirante en una batalla naval.

Claudio se detenía á reflexionar sobre la composición de esta tropa española, núcleo, durante tres años, del ejército de César.

Eran los más de sus hombres temibles revoltosos, inclinados á las acciones heroicas y á los actos reprensibles, que sólo podía gobernar un capitán como César, semejante á ellos, cruel y generoso, dispuesto á sostener la disciplina matando, y tolerante al mismo tiempo para los atentados particulares que cometiesen sus gentes, sobre todo en lo referente á mujeres. Estos soldados llegaban de España atraídos por las hazañas del «Valentino», como ellos llamaban á César, ó se habían trasladado desde el vecino Nápoles, desertando las banderas de Gonzalo de Córdoba, por parecerles más fructíferas y gloriosas las campañas del hijo del Papa. Muchos iban á embarcarse años después para combatir contra guerreros cobrizos, explorar tierras de misterio y echar los cimientos de famosas ciudades al otro lado de la mar océana, en un mundo recién descubierto. Otros se quedaban para siempre en Europa, haciendo la guerra en diversos países, como si todo el viejo mundo, sin distinción de idiomas ni fronteras, fuese para ellos interminable campo de batalla.

Uno se llamaba Diego García de Paredes, y era apodado «el Sansón de Extremadura», atribuyéndole la tradición--tantas eran sus fuerzas--el arranque en una iglesia de la pila de agua bendita para que una dama mojase sus dedos en ella con más facilidad, el detener con sola una mano la marcha de una carreta de bueyes, el hacer frente á todas las avanzadas de un ejército, protegiendo de este modo la retirada de los suyos. A otro, también extremeño, Gonzalo Pizarro, lo apodaban «el Romano» en Trujillo, su ciudad natal, á causa de sus campañas en Italia. Mucho antes de servir á César Borgia había tenido un bastardo con una campesina de su tierra, abandonándolo, y este chicuelo, llamado Francisco, que guardaba cerdos y no había tenido tiempo para aprender á leer, conquistaba años adelante á orillas del Pacífico un Imperio enorme, llamado del Perú, gobernando como rey los vastísimos territorios de los Incas vencidos.

Don Michelotto era capitán de una de las más temibles compañías, compuesta de españoles bullangueros y espadachines reclutados en los suburbios de Roma.

También en la hueste italiana los hombres eran de una existencia no menos aventurera. Los había ignorantes y brutales, verdaderas bestias de combate; otros cultos, de gustos artísticos, llevados á la guerra por violencias de su carácter ó aventuras de su historia azarosa. Todos los escritores capaces de manejar una espada, estudiantes de humanidades aburridos de su vida sedentaria, pintores ó escultores que habían descalabrado á un compañero en sus peleas de taller y andaban huyendo de la justicia, se acogían á las banderas del Valentino. Uno de estos soldados se llamaba el Torrigiano, y era el mismo escultor feroz y brutal que, discutiendo con su condiscípulo Miguel Ángel en la iglesia del Carmine de Florencia, lugar de su escuela, le aplastaba la nariz de un tremendo puñetazo, dejando para siempre afeado su rostro con esta desfiguración.

El ejército de César constaba solamente de unos diez mil hombres, pero con abundante artillería. Había observado en silencio el modo de hacer la guerra usado por Gonzalo de Córdoba cuando guiaba al duque de Gandía, aprovechando sus lecciones indirectas y perfeccionándolas. La infantería y la artillería eran sus verdaderas armas. Los peones marchaban, bajo sus órdenes, desembarazados de impedimenta, con gran movilidad. En aquel tiempo de caballería pesada, de jinetes cubiertos de hierro, de marchas lentas y reposos que duraban años ante las plazas sitiadas, César Borgia fué de un lado á otro, buscando á sus enemigos, con celeridad pasmosa.

Recordaba Claudio cómo algunos autores franceses habían comparado la rapidez de movimientos del joven conquistador papal con las campañas que debía realizar sobre el mismo suelo de Italia, tres siglos después, otro caudillo de sus mismos años llamado Bonaparte.

Empezó su guerra atacando á los señores que detentaban los feudos de la Iglesia al otro lado de los Apeninos, sobre la vertiente del Adriático, en las llamadas Romañas y la Marca de Ancona: los Manfredi de Faenza, los Riario de Imola y de Forli, los Malatesta de Rímini, el Juan Sforza de Pésaro, los Montefeltro de Urbino y tantos otros.

Las primeras operaciones fueron seguidas de rápidas victorias, casi sin combate. Abrían sus puertas los vecindarios de muchas ciudades al joven conquistador, recibiéndolo en triunfo. Habían vivido sometidos hasta entonces á la tiranía rapaz de pequeños déspotas, que se hacían guerra entre ellos y siempre estaban de acuerdo para explotar á la plebe. A César Borgia lo aclamaban como un libertador. Conocían su generosidad y sentíanse halagados por sus costumbres democráticas.

El astuto Borgia conquistaba para el porvenir, llevando ante sus ojos la quimera de agrupar todos los Estados italianos en un reino único, obediente al Pontífice, pero gobernado por monarcas salidos de su familia. La jornada iba á ser larga, y él debía acariciar al pueblo, que le serviría de cabalgadura en tal camino, economizando sus fuerzas en vez de molerlo á golpes y agotar su vigor, como hacían todos los pequeños tiranos del Renacimiento.

Se había propuesto una conducta política, concretándola en este lema: «Duro con los grandes, dulce con los humildes». Y para mantener dicha máxima derramó la sangre de sus allegados cuando fué necesario. En varias ocasiones ahorcó ó decapitó á gobernadores suyos, por haber imitado la mala conducta de los señores desposeídos, abrumando al pueblo con injusticias y robos.

Los romañoles, montañeses del Apenino, hercúleos y con gran afición á los ejercicios violentos, veían favorecidos sus gustos por este gran señor, siempre vestido de ricas telas y cubierto de joyas como las damas. Su exterior delicado en apariencia, su rostro fino y sus elegantes maneras ocultaban una fuerza atlética.

En las fiestas populares de los países conquistados por él, la muchedumbre veía al poderoso duque Valentino hablando familiarmente con labriegos y pastores. De pronto se quitaba el jubón de seda y la camisa de blondas, quedando con el torso al aire, é invitaba á hacer lo mismo á los señores que le acompañaban, entregándose á la lucha cuerpo á cuerpo con los más humildes de sus súbditos, siempre que tuviesen una poderosa musculatura, venciéndolos ó siendo vencido por ellos, y estrechando finalmente la mano de su adversario entre aplausos y aclamaciones.

Como la distancia carecía de obstáculos suficientes para intimidar á este jinete incansable, dejaba ir á sus tropas sobre Imola y á todo galope se dirigía á la Ciudad Eterna para ver á su padre, después de un año de separación. Permanecía dos días junto á él y tornaba á partir para Imola en una galopada inverosímil, corriendo en veinticuatro horas lo que exigía para otros varias jornadas.

Seguían las ciudades rindiéndosele sin resistencia. Sublevábase el vecindario contra sus antiguos déspotas, aclamando á César. Eran los castillos de cada población los que se defendían, por haberse encerrado en ellos el señor del pequeño Estado ó su principal lugarteniente.

En Forli, capital de las tierras de la célebre Catalina Sforza--una de las más trágicas figuras del Renacimiento italiano--, ocurría lo mismo. Entregábase la ciudad á discreción, mientras Catalina corría á encerrarse en la fortaleza, dispuesta á morir entre sus ruinas.

Este virago, sin duda heroico, vivió una existencia abundante en desgracias y crímenes. Sus infortunios conmovían á los contemporáneos porque era mujer, pero verdaderamente resultaba superior por la brutalidad de su carácter, más salvaje que viril, á todos los tiranos de su época.

Su padre, antiguo déspota de Milán, exasperaba de tal modo al pueblo, que éste lo mató, haciendo pedazos su cadáver. La mayor parte de sus parientes, todos ellos tiranos, perecían víctimas de motivadas venganzas. Mujer de cuerpo grande y vigoroso, teñida de rubio, como era la moda entonces, violenta en sus amores y en su sistema de gobernar, se había casado muy joven con un Riario, sobrino de Sixto IV y primo de Juliano de la Rovere. Dicho Riario cometía tales atrocidades, que los habitantes de Forli lo mataban, arrojando su cadáver desde lo alto de la fortaleza. En vez de corregir tal castigo popular el carácter de Catalina, lo hizo más autoritario y cruel. Tomó un amante que realizó iguales excesos, provocando una segunda revolución, en la que fué hecho pedazos, lo mismo que el esposo. Después de esto se dedicó ella sola á oprimir y castigar á su pueblo.

Montada á caballo al frente de sus tropas, hizo pasar á cuchillo una parte de la población de Forli, sin perdonar mujeres y niños. Repelida por la muchedumbre hasta la fortaleza de la ciudad y sitiada en ella, le exigieron los sublevados que se rindiese, avisándola que tenían entre sus manos á sus hijos y los harían morir si no capitulaba.

Entonces la rubia amazona, subida en una almena, se remangó las faldas, mostrándose desnuda de cintura abajo, y por toda contestación golpeó con su diestra el blanco globo de su vientre y el musgoso triángulo final. Podían matar á sus hijos: ella guardaba el molde para hacer otros.

Poseedora de Forli y las poblaciones anexas, como viuda de un sobrino de Papa que las había recibido en feudo, este marimacho joven y bárbaramente heroico resultaba un enemigo digno de César. En vano avanzó Borgia á pecho descubierto hasta el pie del castillo para rogar á la Sforza que capitulase, evitando las consecuencias de una lucha desesperada. La terrible hembra no le quiso oir, y el 12 de Enero de 1500, por una brecha abierta á cañonazos, penetraban los asaltantes en el primer recinto. Catalina se refugió entonces en la torre central, apodada «el Macho», pero las minas preparadas estallaron á destiempo, haciendo más daño á los suyos que á los enemigos, y éstos consiguieron apoderarse de toda la fortaleza.

César hizo prisionera á Catalina, tratándola con los honores debidos á su rango, mientras esperaba ocasión de enviarla á Roma, donde la seguían un proceso por haber intentado envenenar al Papa. Los cronistas de Venecia, que aprovechaban todos los sucesos para inventar una nueva calumnia contra los Borgia, escribieron que el vencedor de Catalina Sforza no se había contentado con penetrar en la fortaleza de Forli, haciendo sufrir á su antigua poseedora otros asaltos. También llegaron á insinuar que Alejandro VI había abusado de ella cuando la tuvo cautiva en el Vaticano, cómodamente alojada en el palacio del Belvedere.

Tales suposiciones eran absurdas. César, de gustos refinados en sus amores, no podía sentirse atraído por esta amazona admirable á causa de su brutalidad, pero poco atractiva como mujer; y en cuanto al padre, vivía más dominado que nunca por Julia Farnesio.