A los pies de Venus (los Borgia)
Part 23
_Salve Italum o splendor Dux illustrissime Cesar, o Salve Cesar, Maxima fama Ducum._
El arte antiguo iba resurgiendo entre las ruinas de la campiña romana. Con frecuencia, el arado, movido por búfalos, sacaba á luz mármoles prodigiosos ó dejaba descubiertas tumbas cuyos cadáveres, envueltos en vestiduras áureas, se deshacían al quedar en contacto con la atmósfera.
César hacía siempre regalos de valor artístico, enviando á las señoras estatuas antiguas ó ricas joyas cinceladas por sus protegidos. Muchas damas de entonces adoraban las obras de la antigüedad.
A Miguel Ángel lo conoció de un modo extraordinario. Llegaba éste á Roma por primera vez, casi ignorado, y el cardenal Riario, sobrino de Sixto IV, enseñó al joven florentino su museo de mármoles clásicos, dándole á entender que nunca los artistas del presente conseguirían producir obras parecidas.
Fijábase Miguel Ángel en un Amor dormido que tenía un pie roto, y declaraba que dicha obra la había hecho él en Florencia, años antes, enviándola á un vendedor de Roma. Este había quebrado un pie á la pequeña estatua para hacerla pasar mejor por obra remota, vendiéndola en doscientos ducados al cardenal Riario, y no dando al artista mas que treinta.
Procedió el príncipe eclesiástico con avaricia y falta de nobleza. Al enterarse de que tan hermosa obra no era antigua, á pesar de que todos la creían así, protestó exigiendo que le devolviesen su dinero. Entonces intervino César con su generosidad de gran señor, adquiriendo la estatua por su primer precio, y guardándola algunos años. Luego la envió á Isabel de Este, que se la había pedido en repetidas ocasiones, afirmando que le sería imposible dormir tranquila mientras no la hiciese tal regalo.
Desde entonces el escultor florentino empezó á ser célebre, gracias á la intervención de César; pero éste sólo pudo verlo en contadas ocasiones, á causa de sus guerras. Miguel Ángel, poco afecto á las cosas militares, no quiso seguirle en su vida de campamento, como hicieron otros artistas.
Se apoderaba al fin de Faenza el duque Valentino, tratando amistosamente á su heroico defensor. Los dos jóvenes comían juntos y se apreciaban como hermanos de armas.
Conocedor César de los nobles sentimientos de este guerrero casi adolescente, quiso hacer de él uno de sus capitanes. Al perder Faenza y sus tierras, quedaba Astor Manfredi sin fortuna, y aceptó con agradecimiento las proposiciones de Borgia. Siguiendo al caudillo victorioso, que sólo tenía unos pocos años más que él, podría conseguir nuevos señoríos en los países que éste conquistase.
Si César hubiese querido deshacerse de Manfredi, fácil le habría sido en los primeros momentos de su triunfo. Astor se fué con él á Roma, llevando la vida alegre de un héroe joven, en una ciudad de costumbres licenciosas. Su belleza era famosa en toda Italia. Mujeres y artistas conocían de oídas al hermoso señor de Faenza, semejante á las estatuas más puras legadas por la antigüedad.
Una mañana el cadáver de Astor Manfredi apareció flotando sobre las aguas del Tíber con los brazos atados y--según decían algunos, sin poder aducir pruebas--con vestigios del mayor de los ultrajes que puede recibir un hombre. Horas después se encontraban en el río los cadáveres de otros dos jóvenes y el de una mujer desconocida. El Tíber daba estos presentes casi á diario, como testimonio de las bacanales y citas misteriosas de la noche anterior.
Inmediatamente los agentes de Venecia atribuyeron dicha muerte al duque Valentino, como si fuese el único, en aquella Roma depravada, capaz de realizar tales crímenes. Ningún interés le aconsejaba suprimir al señor de Faenza; en cambio, le convenía conservarlo á su lado para que los faenzinos, que amaban mucho á su antiguo príncipe, aceptasen voluntariamente el nuevo gobierno papal. Su única culpabilidad consistió en acceder á los ruegos de Astor, deseoso de acompañarlo á Roma para gozar sus placeres y lujos, en vez de obligarle á que se retirase á otra población, en uso de la libertad que le había concedido.
Todo lo malo de entonces, ocurriese donde ocurriese, era sabido de antemano que lo hacía César Borgia, con asombrosa ubicuidad. Igualmente le atribuían todas las demasías amorosas de los soldados á sus órdenes, los cuales no eran mejores ni peores que otros guerreros de aquella época.
Diego Ramírez, uno de sus capitanes españoles, raptaba á la bella Dorotea Caracciolo, esposa de un militar al servicio de la República de Venecia. Y sin embargo, César se veía acusado como autor directo del rapto, á pesar de que la hermosa Dorotea y el capitán español habían desaparecido y sus relaciones adúlteras databan de mucho antes. En su campaña contra Nápoles, al entrar en Capua, sus tropas italianas se llevaban cautivas á cuarenta mujeres de dicha ciudad, tal vez para exigir rescate por ellas, cosa corriente en las guerras de entonces, pues igual habían hecho los franceses con damas de la corte papal. Acto continuo, los gaceteros de Venecia y Florencia hacían circular por toda Italia la noticia de que César Borgia, en el botín de Capua, se había reservado cuarenta hermosas cautivas para llevarlas á su harén.
El capitán francés Ives d’Allegre reía de tales calumnias contra su compañero de armas, considerándolas estúpidas.
--Las mujeres--decía--no le han faltado nunca al duque del Valentinado. Tiene que defenderse de ellas, tanto es lo que le buscan, y no necesita tomarlas por la fuerza.
En aquel tiempo era imposible mantener agrupado un ejército si no se ofrecía á los soldados, de tarde en tarde, el saqueo de alguna ciudad, con todas sus consecuencias, para su diversión y provecho.
Después de haber tomado á Capua en su campaña contra Nápoles, tuvo que atender César al sitio de Plombino, confiado hasta entonces á sus lugartenientes.
Figuraba en su corte ambulante un ciudadano de Florencia llamado Nicolás Maquiavelo. La República florentina, justamente alarmada por los progresos de César, había encargado al más sutil de sus diplomáticos que le siguiese de cerca para adivinar sus intenciones. El duque, tan diplomático como él, adivinaba esta hipócrita vigilancia, comunicándole únicamente aquello que le convenía decir. De todos modos, Maquiavelo se mostraba cada vez más convencido de que este conquistador de veinticuatro años acabaría por adueñarse de Florencia y demás Estados inmediatos, creando una Italia única y compacta bajo el protectorado de los Pontífices.
Lucrecia se casaba en Roma por poderes con Alfonso de Ferrara, emprendiendo una marcha lenta hacia los Estados de su marido, seguida de majestuoso cortejo. Durante el baile con que se celebró su matrimonio en el Vaticano, mostrábase de pronto un danzarín, vestido elegantemente de negro, con antifaz del mismo color. Bailaba solo, con una maestría y una gracia que hacían retirarse á los demás, atrayendo las miradas de todos los presentes y creando en torno á su persona un silencio admirativo. A los pocos momentos lo reconocían á causa de su habilidad.
--Es nuestro César... el único César. Sólo puede ser él.
Había abandonado sus tropas, llegando á Roma en una de aquellas galopadas que duraban días enteros y eran motivo de que las gentes le viesen á un mismo tiempo en diversos lugares, muy apartados unos de otros. Bailaba algunos minutos nada más en la boda de su hermana y desaparecía tan misteriosamente como había llegado.
El Papa hacía un viaje por mar á Piombino para ver esta última conquista de su hijo, cuyo puerto y murallas reparaba Leonardo de Vinci.
Mostrábase triste Alejandro luego de la partida de su hija para sus nuevos Estados, como si presintiese que ya no la vería más. Después de las fiestas de Piombino y las conversaciones del Pontífice con Leonardo, maravillosamente experto en toda clase de materias, una horrible tempestad ponía en peligro las galeras pontificias ante las costas de Toscana.
Fué una tormenta comparable á la de treinta años antes, cuando el nuncio Rodrigo de Borja volvía de su legación de España. César y los hombres más temibles de su séquito permanecían tumbados, sin voluntad, víctimas del mareo y del terror que inspiran el mar y el viento desencadenados á los que siempre combatieron en tierra. Las tripulaciones se daban por perdidas. Sólo el Pontífice guardó una admirable lucidez, considerando los marinos esta tranquilidad sonriente como algo milagroso.
Continuó el Valentino su guerra contra los señores italianos después de avistarse en Milán con Luis XII de Francia, que le daba públicamente grandes muestras de afecto.
Uno de los _condottieri_ á su servicio, Vitellozzo-Vitelli, fingía haber abierto por su cuenta la guerra contra la República florentina, aunque en realidad trabajaba siguiendo las órdenes de su jefe. De pronto, César empezó á notar que el suelo vacilaba bajo sus pies.
Su verdadero punto de apoyo era aquel ejército siempre invencible, formado con arreglo á la táctica de los tiempos modernos que empezaba á iniciarse entonces, basada en la fuerza demoledora de los cañones y la ligereza de la infantería. Pero este ejército resultaba heterogéneo; los _condottieri_, atraídos por la buena fortuna del joven capitán, eran demasiado numerosos. César sólo podía tener fe en los dos mil ó tres mil españoles alistados bajo sus banderas.
Habían vivido siempre de hacer la guerra sus principales lugartenientes italianos, y empezaban éstos á percatarse de que el joven caudillo, de victoria en victoria, los iría devorando á ellos mismos, pues su autoridad se engrandecía suprimiendo á las antiguas familias feudales. Además, creían llegado el momento de trabajar por su cuenta, quedándose con las tierras conquistadas, y si era necesario matar á su jefe, estaban dispuestos á hacerlo. Pero César no era hombre que tardase en enterarse de un peligro inmediato.
Todos los capitanes importantes que seguían al llamado ahora duque de las Romañas entendíanse secretamente en Septiembre de 1502, provocando una revuelta de sus tropas. Los dos más prestigiosos, Ventivoglio, señor de Bolonia, y Vitellozzo-Vitelli, convocaban á los demás _condottieri_ al servicio de César, ligándose entre ellos con un juramento trágico para desembarazarse del duque.
Juntaban una cantidad de tropas tan extraordinariamente superior á las que se mantenían fieles á César, que la derrota y la muerte del jefe no parecían dudosas; mas el duque de las Romañas, admirado por Maquiavelo, era «el Príncipe» descrito por éste en su libro famoso, y supo desbaratar las maquinaciones sordas de sus enemigos, proponiéndose al mismo tiempo el castigarlos con severidad.
Acababa de tomar á Urbino, destronando á Guidobaldo su soberano, el mismo que sirvió de maestro militar al duque de Gandía. Guidobaldo, _condottiere_ de profesión, se había puesto de acuerdo con sus camaradas, conjurados contra César. Los habitantes de Urbino, enterados de las divisiones en el ejército del gonfaloniero de la Iglesia, se sublevaban contra éste, repeliendo á sus capitanes. A la vez, Pisa llamaba á César para entregarse á él en odio á Florencia, pero el Valentino no se atrevía á emprender dicha campaña después de la defección de sus lugartenientes.
En realidad, estos revoltosos temblaban ante la idea de luchar de un modo decisivo contra su antiguo señor. Además, repugnábales ir muy lejos en su indisciplina, al no sentirse sinceramente unidos entre ellos.
Entablaba César relaciones secretas con muchos de sus antiguos subordinados para dislocar de tal modo la conjuración. Vitellozzo, Paolo Orsini y Oliveretto da Ferino, que eran los tres revoltosos más tenaces é influyentes, le presentaban una serie de reclamaciones abusivas, exigiendo su inmediato reconocimiento y amenazándolo en caso contrario con una franca revuelta.
Paolo Orsini iba á buscar á César en Imola para llevarle este documento firmado por todos los _condottieri_. El duque de las Romañas aceptaba una entrevista con los más principales, y finalmente, designábase como punto de reunión la ciudad de Sinigaglia, que acababa de ser tomada por uno de sus tenientes. El gobernador aún se mantenía en el castillo de dicha ciudad, manifestando que sólo rendiría la fortaleza á César en persona, y esperaba para entregarla á que éste se presentase.
Salió César de Cesana el 26 de Diciembre. El día anterior, al amanecer, el vecindario había visto en la plaza principal el cuerpo decapitado de don Ramiro de Lorca, gobernador de las Romañas desde unos meses antes, y su cabeza clavada en el hierro de una pica.
Permaneció en el misterio esta ejecución del alto personaje español, favorito del duque. Tal vez estaba relacionada con la actitud de los conjurados. También pudo ser, como insinuó César, un castigo ejemplar por su conducta abusiva con los pueblos sometidos á su gobierno.
El 30 de Diciembre llegaba César á Sinigaglia, sin más escolta que una pequeña tropa de españoles, fieles á toda prueba, mandada por don Michelotto.
Nunca mostró tanta audacia ni tan firme seguridad en su buena estrella. Avanzó á sabiendas entre las mallas de la traición, sin guardar ninguna salida para salvarse.
La exigencia del gobernador de Sinigaglia de no entregar su castillo mas que á César era un ardid concertado con los _condottieri_ rebeldes. Estos mantenían disimuladas sus tropas á cierta distancia de la ciudad, para que el duque no sintiese inquietud, y cuando penetrase confiado en ella, con su escolta mandada por don Micalet, todo el ejército avanzaría en un movimiento envolvente, matando á César y á los españoles que lo guardaban.
Borgia, por su parte, tenía pensada otra traición como respuesta á tales preparativos. Era un duelo de disimulo y ligereza. El más audaz, el que pegase antes, sería el vencedor.
«Este descendiente de caballeros de la Reconquista española--se dijo Claudio--era por nacimiento generoso é intrépido. En todos los Borgia la franqueza y la bravura fueron condiciones naturales; pero trasladados al ambiente italiano del siglo XV, tuvieron que adaptarse á él, para poder vivir. Teniendo en torno la traición y la astucia, la mentira y la duplicidad, propias de la corte romana, en medio de eclesiásticos familiarizados con el disimulo y la perfidia, acabaron por sobresalir en esta nueva atmósfera, pues su inteligencia superior y su voluntad férrea les facilitaron dicha transformación. César, nacido en Italia y desarrollando su infancia y su juventud en el mundo papal, resultó el hombre más sutil de su época.»
Encontraba en los alrededores de Sinigaglia á Vitelli, á Paolo Orsini y Oliveretto da Fermo. Las tropas numerosas de éstos se mantenían invisibles lejos de dicha ciudad.
El jefe y sus antiguos tenientes se saludaron con falso regocijo. Los conjurados estaban seguros de que César admitiría todas sus exigencias, por la persuasión ó por la fuerza. No les seguían como escolta mas que dos pequeñas huestes: la que mandaba don Michelotto y la de Oliveretto, esta última de mercenarios italianos.
Don Michelotto marchó delante de todos al entrar en Sinigaglia, con el pretexto de que el enemigo, poseedor aún de la fortaleza, podía atacarlos de pronto. Un puente daba acceso á la ciudad, y don Miguelito, que ya tenía sus gentes dentro de ella, dejó pasar á César y á los tres _condottieri_ nada más. Luego se interpuso, é impidió la entrada de los soldados de Oliveretto, alegando la falta de alojamientos y que era mejor se instalasen en el arrabal.
Mientras Corella realizaba esta astuta maniobra, el duque y sus capitanes traidores llegaban á la puerta del caserón donde iba á instalarse aquél. Los tres intentaron despedirse; pero César los retuvo amablemente, rogándoles que entrasen en su alojamiento para continuar hablando de la toma del castillo de Sinigaglia, que debía realizarse aquella misma tarde, por rendición ó á viva fuerza. Le siguieron los _condottieri_, y el duque los abandonó en un salón, manifestando el deseo de cambiar de ropas ó con otro pretexto más natural y apremiante.
Pasaron unos minutos de espera, y la puerta de la sala se abrió, apareciendo en ella don Michelotto. Inmediatamente su gesto les hizo adivinar la emboscada en que habían caído. Los ojos del hombrecito eran los de un dogo feroz que considera inútil ladrar para morder. Hizo un ademán al grupo de españoles que le seguía, y en un instante los tres _condottieri_ se vieron amordazados y amarrados con cuerdas.
Volviendo en seguida don Michelotto su tropa contra la de Oliveretto, que había quedado en el arrabal, cayó sobre ella, matando á cuantos hombres intentaron resistirse y rindiendo á los más.
El verdadero ejército de los conjurados, que se mantenía esperando órdenes á varias millas de Sinigaglia, al saber lo ocurrido se apresuró á retirarse, no obstante estar mandado por un sobrino y un hermano de los presos. Terminada esta operación tan rápida y eficaz, el duque de las Romañas se posesionó de la fortaleza de Sinigaglia antes de que se ocultase el sol, tal como lo había prometido.
Luego de una especie de juicio muy rápido, Vitellozzo-Vitelli y Oliveretto da Fermo eran estrangulados á la mañana siguiente, en presencia de don Michelotto. César no gustaba de presidir las ejecuciones ordenadas por él. Su elegancia sólo consentía la vista de la muerte en los campos de batalla. Era el sanguinario y puntual Micalet quien atendía á estos quehaceres, inevitables en aquella época.
A Paolo Orsini, el tercer prisionero, lo guardó para conducirlo á Roma y confrontarlo con otros miembros de su familia que habían preparado una conjuración contra la vida del Pontífice. Dicha revuelta debía iniciarse en la capital tan pronto como se recibiesen nuevas de la prisión de César en Sinigaglia, ó de su muerte. Pero la noticia que llegó á Roma fué la del inesperado triunfo de César, y Alejandro VI se apresuró á encarcelar en el Vaticano á todos los de la familia Orsini, un cardenal, un arzobispo, un protonotario de la Curia y varios hombres de guerra.
Después de este golpe certero pudo completar el Valentino sus conquistas, seguido de un ejército fiel y compacto, cuyos capitanes, escarmentados por el ejemplo, no quisieron ya intentar ninguna sublevación contra su invencible señor.
Paolo y Francesco Orsini, cuya complicidad en la conjuración de los _condottieri_ era notoria, fueron ejecutados después de un proceso rápido, pero ordinario y legal.
Los Borgia, tan acusados de asesinos y envenenadores, podían haberse librado en tal ocasión de todos los Orsini, sus peores enemigos. Sin embargo, los de dicha familia presos en Roma quedaron con vida, y el único que murió en la prisión durante el proceso, el cardenal Orsini, fué sometido á toda clase de exámenes para demostrar que su muerte había sido natural, á causa de las emociones sufridas y de sus muchos años, reconociéndolo así sus parientes. Esto no fué obstáculo para que los embajadores de Venecia y de Florencia hablasen de envenenamiento, quedando visible una vez más la mala fe de estos enviados á la corte de Roma, todos enemigos de los Borgia, y especialmente de César, por sus pretensiones á favor de la unidad peninsular.
La astucia de Sinigaglia fué comentada en toda Europa con admiración. El duque de las Romañas había informado á las cortes del juicio y muerte de los culpables, así como de las medidas tomadas en Roma contra la facción Orsini. Casi todos los soberanos respondieron con cartas laudatorias.
Actos como el de César eran considerados entonces de buena guerra y excelente política. Resultaba acción brillante adivinar la traición de los adversarios y valerse de la sorpresa para desembarazarse de ellos con una traición más hábil y pronta.
Maquiavelo no pudo contener su entusiasmo ante la tragedia de Sinigaglia. Como florentino, temía al «Príncipe» que meditaba la conquista de su país; como tratadista político, lo admiraba, viendo en él una brillante personificación de todas sus ideas sobre la vida del Estado.
Y al examinar con qué serenidad y audacia se había ido prestando á las combinaciones de sus enemigos, dejándose envolver á sabiendas por su traición para sorprenderlos mejor, exclamó con un fervor de discípulo:
--¡Oh, el bello engaño!...
IV
De la conversación que sostuvo Claudio en un «dancing» y de cómo Enciso le regaló al día siguiente media estampa de los Reyes Magos de Colonia.
Repentinamente dejó de pensar en los Borgia.
De las múltiples caras de Roma sólo vió la moderna, la víctormanuelesca, calles de reciente edificación, con hoteles imitando los _palaces_ yanquis, legaciones diplomáticas, el mundo, en una palabra, que había frecuentado antes de su imprudente y escandalosa conducta en los salones de Enciso. Pasaba ahora el día entero fuera de su «villino», huyendo de la melancolía «histórica»--así la llamaba--de aquellos alrededores de la Ciudad Eterna, abundantes en ruinas y recuerdos.
Comía en un restorán donde estaba seguro de encontrar compatriotas suyos, pintores y escultores, ó varios secretarios y agregados diplomáticos pertenecientes á legaciones de diversos países de la América que habla en español (no en latín) y que el vulgo llama impropiamente América latina. Gustaba de sus diálogos alegres, sin relación alguna con las resurrecciones históricas que le habían mantenido varios días aislado en un estudio de pintor.
Sólo guardaba de dichas evocaciones un recuerdo insistente, el de la energía varonil de César Borgia, su prontitud en desembarazarse de los enemigos, su desprecio elegante y amable para las mujeres, que le proporcionaba el verse deseado por todas ellas. Y al pensar en esto último, sonreía ligeramente con una expresión--según él--semejante á la del Valentino cuando estaba preparando su terrible encerrona de Sinigaglia.
Influenciado por sus lecturas y sus meditaciones, se creyó poseedor de una parte del carácter complejo y temible de su remoto ascendiente. ¡Lástima que los tiempos actuales fuesen tan distintos á los de entonces y no permitieran el desprecio de la vida ajena y de la propia!...
De todos modos, pensaba hacer algo, sin saber con certeza qué podría ser. Iba creciendo en su voluntad el deseo de ponerse en relación con aquella señora de Pineda, de la que le hablaban muchas veces sus amigos en el restorán y en el café, como si ignorasen ó tuviesen olvidada la vida común que habían hecho ambos un año antes.
Mencionaban á Urdaneta, el general-doctor, sin acordarse nunca de Borja en sus comentarios. Esta preterición le indignó, viendo en ella un testimonio de su insignificancia. Además, le irritaba el tono de envidia con que todos ellos se hacían lenguas de la buena suerte de López Rallo, nombre de aquel diplomático sudamericano que acompañaba ahora á Rosaura en sus viajes.
No conocía personalmente á este joven, pero se lo imaginaba, sin grandes errores de apreciación, teniendo en cuenta lo que había oído á las señoras en el banquete de Enciso y lo que le contaban sus amigos de Roma al hablar con él en la _trattoria_ de artistas donde hacían sus comidas ó en el café.
Algunos de ellos aceptaban con indiferencia la fama de hombre elegante de López Rallo; otros negábanse indignados á admitir su distinción. Un escultor español amigo de Claudio protestaba de que las mujeres lo considerasen interesante.
--Un cursi--decía--, un personaje untuoso, que parece dado á todas horas de barniz. Tiene cierto exotismo en su persona; es un mulatón que alaba á sus nobles ascendientes españoles, y es posible que algún día le veamos con una corona en los gemelos de la camisa y otra en las tarjetas de visita. Lo único que admiro en él sinceramente es su monóculo.
Y todos celebraban, no sin asombro, la rara habilidad de este joven, que le permitía vivir las horas diurnas y gran parte de la noche, cumpliendo todas sus funciones vitales, sin que se desprendiese una sola vez el redondel de vidrio incrustado en una de sus cejas.