A los pies de Venus (los Borgia)

Part 18

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Paseaba Claudio por la Roma moderna, capital de la unidad italiana, en igual estado de ánimo que Platina y los humanistas de fines del siglo XV. Estos sólo tenían ojos para lo antiguo, considerando indigno de mención lo que no fuese estatuas desenterradas, ruinas de termas ó palacios. Borja menospreciaba la Roma actual y también la remota antigüedad clásica. Sólo merecían su atención los recuerdos del llamado Renacimiento, especialmente de su primera época, cuando los españoles influyeron en Roma por obra de los dos Pontífices compatriotas suyos.

El resto de la tarde y gran parte de la noche, hasta que le acometió el sueño, lo pasó Claudio en aquel «estudio» que era la mejor habitación de su casa, leyendo y reflexionando. Los apuntes manuscritos y artículos impresos entregados por su tío en Niza, meses antes, acababa de encontrarlos por casualidad en una maleta, y su lectura le hizo buscar ciertos libros recientemente adquiridos.

Veía á Alejandro VI triunfante, mas no por esto seguro, después que el rey de Francia huía de Italia. El de Nápoles había abdicado en su hijo, el joven Ferrantino; pero como era incapaz de reconquistar su reino, venciendo á los diez mil franceses acampados en él, España enviaba al célebre Gonzalo de Córdoba, llamado más adelante el Gran Capitán, y éste, con escasos recursos, iba poco á poco expulsando á los enemigos.

También el Papa tenía su guerra. Necesitaba castigar á los feudatarios de la Iglesia que en vez de defenderlo se habían unido á Carlos VIII, haciéndole sufrir grandes humillaciones y poniendo en peligro su vida.

César Borgia había contemplado, en un silencio reflexivo de guerrero, la deslealtad de los barones romanos, mientras organizaba mentalmente el porvenir.

Siguiendo una tradición de familia, vió el Papa, en esta campaña contra los Orsini y otros señores, una oportunidad para engrandecer á su primogénito, el segundo duque de Gandía, y lo hizo venir de Valencia, donde se había instalado como un príncipe, después de casarse con la sobrina de Fernando el Católico.

Conocía Claudio la vida íntima de este jovenzuelo, hermoso, valiente, pero de una inteligencia inferior á la de César y Lucrecia. En los papeles del canónigo Figueras había encontrado la copia de varias cartas dirigidas por el Pontífice á su hijo mayor. Le daba consejos sobre su manera de vivir, recomendándole que no fuese dispendioso y se mostrara siempre afable y bueno con los humildes, procurando en todas ocasiones no dar motivos de intranquilidad ó disgusto á su esposa la duquesa, pues la paz de la familia debía ser más importante para un caballero cristiano que las fugaces aventuras amorosas. Le aconsejaba igualmente que fuese devoto de la Virgen y le reñía por algunas travesuras de su desenfadada juventud.

«Un papa Borgia--pensó--muy distinto al de las leyendas, donde aparecen padres é hijos de tal familia realizando juntos los actos más desvergonzados. De ser ciertas dichas calumnias, ¿cómo Rodrigo de Borja iba á enviar semejantes cartas, recomendando una vida moral y cristiana á hijos que le habían acompañado en sus orgías?... Son cartas de un padre, igual á todos los padres, que ha podido tener sus aventuras amorosas, pero dentro de su casa procura conservar la disciplina tradicional.»

No era hipocresía su devoción á la Virgen. La adoraba de buena fe, sin dejar por ello de ser un gran pecador. Tal mezcla de religiosidad y costumbres licenciosas se encontraba en todos los hombres notables de entonces, quienes unían ingenuamente el cristianismo con el paganismo.

«Su alma compleja--siguió pensando--no la comprendemos los modernos, mas no por eso deja de haber existido. A mí me inspira admiración un Papa pecador y creyente. Cuando se duda de la existencia de otra vida, con sus premios y castigos, el pecado no representa ningún acto valeroso. Algunos Pontífices sucesores de Alejandro VI, uno de ellos León X, fueron sospechosos de ateísmo. Rodrigo de Borja creía en Dios y en la Virgen, estaba seguro de su perdición eterna, y sin embargo, se dejó llevar por sus pasiones ardientes. «Le vencía la carnalidad», como dijo uno de sus contemporáneos. Era de la misma patria de Don Juan, español libertino y católico. Un sincero arrepentimiento podía salvarlo á última hora».

Recordaba Claudio haber visto en Valencia una tabla pintada del siglo XV representando á todos los hijos de Alejandro VI. Tal vez era regalo del mismo Papa, el cual envió numerosos cuadros á las iglesias y conventos de su país. En dicha tabla se mostraba el duque de Gandía con el rostro de perfil, una barbilla rubia cortada en punta, coronado de rosas como un poeta, las facciones puras y tranquilas, un ojo rasgado en forma de almendra y la pupila de expresión dulce, algo burlona.

El primogénito del Pontífice se embarcaba en Valencia, venciendo la disimulada oposición de Fernando el Católico, el cual prefería conservarlo en España para dominar mejor al Papa. Se despedía de su esposa y de sus dos hijos, uno de los cuales iba á ser padre del futuro San Francisco de Borja. Al subir á su galera, cubierta de flámulas y gallardetes como un navío de príncipe, estaba lejos de imaginarse que ya no vería más á sus pequeños, pues empezaba á navegar hacia la muerte.

Todos los hijos del Pontífice se juntaron en Roma. Lucrecia había abandonado á su marido, volviendo al lado de su padre. Se quejaba de que Juan Sforza no la «servía» como era su deber. Además, en el curso de la gran tormenta arrostrada por Rodrigo de Borja, este yerno procedía de un modo alevoso, manteniéndose en secreta relación con sus enemigos.

El primero en llegar era Jofre, nuevo príncipe de Esquilache, con su inquietante esposa la napolitana doña Sancha. Habían vivido durante la invasión francesa ocultos en Calabria, y las victorias de Gonzalo de Córdoba acababan de sacarles de dicho confinamiento, entrando en Roma dos años después de su matrimonio.

Preparó Alejandro una recepción ostentosa á los jóvenes príncipes, saliendo á caballo todos los cardenales y las corporaciones fuera de las puertas de la ciudad, para acompañarlos hasta la presencia del Santo Padre, rodeado de su corte y de los embajadores.

Sancha se hacía gran amiga de su cuñada Lucrecia. Esta no era un modelo de virtud; casi ninguna mujer de aquella época lo era en Italia; pero su reposado temperamento la mantenía al margen de la mala conducta, mientras Sancha, de ardores voluptuosos inextinguibles, no reconocía obstáculo para la satisfacción de su lubricidad, mostrándose audaz y escandalosa en gestos y palabras.

Juntábanse en la corte papal tres mujeres jóvenes. La más vieja de ellas apenas pasaba de los veinte años, y sus dos amigas vivían aún lejos de dicha edad: la bella Julia Farnesio, Lucrecia y Sancha.

Claudio las veía imaginativamente cubiertas de joyas, vestidas con un lujo asombroso, seguras de su influencia sobre los hombres, atrevidas al poder contar con la más alta de las protecciones, tomándolo todo á risa, con la ligereza é inconstancia propias de su edad, y las llamaba en su interior «las niñas del Vaticano».

Julia sólo pensaba en el engrandecimiento de su familia; Sancha, era moralmente la más temible de las tres, buscando el amor por el amor, sin importarle el escándalo, uniendo á su ardorosa sexualidad cierta gracia literaria que le hacía manejar la pluma con soltura, describiendo en largas epístolas las fiestas de entonces.

Durante la solemnidad religiosa celebrada en la basílica de San Pedro con motivo del recibimiento de los príncipes de Esquilache, predicó un capellán del obispo de Segorbe, pedantón español, que, enardecido por la majestad del ambiente y lo escogido del auditorio, habló más de una hora, aburriendo al Papa, muy admirador de la verdadera elocuencia, y á toda su corte. Lucrecia y Sancha, ocupando un lugar prominente del coro, empezaron á bromear en alta voz con la corte de señoras romanas sentadas en el suelo, alrededor de ellas. El Papa, sus cardenales y demás próceres eclesiásticos, que daban muestras de impaciencia ante el interminable sermón, acabaron por mirar benévolamente la desenfadada actitud del grupo femenino.

La belleza morena y picante de Sancha se armonizaba con el esplendor rubio y la hermosura tranquila de Lucrecia, cuyos encantos podían llamarse pasivos. Diversas por su temperamento, se parecían á causa del perpetuo desacuerdo en que vivían con sus esposos. Las dos se quejaban de falta de «servicio» marital, la una por estar casada con un adolescente débil, la otra por los vicios de Juan Sforza, que hacían presentir un pronto divorcio.

El duque de Gandía entró en Roma tres meses después, en Agosto de 1496, desplegando el Papa igual pompa en su recibimiento y haciéndolo figurar un escalón más abajo de su trono, como presunto gonfaloniero ó capitán general de la Iglesia. A los pocos días le confió las tropas pontificias; pero aunque era valiente como todos los Borgia, sabía muy poco del arte de la guerra, y el Pontífice tuvo que colocar á su lado á uno de los _condottieri_ más célebres de entonces, Guidobaldo, duque de Urbino.

Había llegado el momento de recobrar las tierras dadas en feudo á aquellos señores, prontos á la explotación de los Papas en sus horas de debilidad y á abandonarlos en caso de peligro. El mismo plan, madurado en silencio por César Borgia, iba á intentar realizarlo con poco éxito su hermano mayor, el más brillante en apariencia de los hijos de Alejandro y el de menos condiciones intelectuales.

Empezó la guerra atacando á los Orsini, por ser los más temibles entre los feudatarios mencionados. Al principiar el invierno de 1496 todo se mostró favorable para el duque de Gandía y su maestro Guidobaldo, apoderándose de numerosas fortalezas.

El cardenal César Borgia, completamente solo y disfrazado de caballero de Rodas, salía de Roma para examinar de cerca las operaciones militares. Quería estudiar sobre el terreno la estrategia y las maniobras de un capitán famoso como lo era Guidobaldo, amaestrándose secretamente para sus empresas futuras. Con tanta audacia avanzaba en dichas excursiones, que una vez, á orillas del lago Braciano, sólo pudo salvarse de los enemigos gracias á la ligereza de su corcel.

Nadie ayudaba al Papa en esta campaña. Los Savelli, los Colonna y otros feudatarios de la Santa Sede, incluso el señor de Pésaro, marido de Lucrecia, se mantenían expectantes, deseando en el fondo de su ánimo la derrota del Pontífice. Esta surgió inesperadamente á fines de Enero de 1497. Gandía y Guidobaldo levantaron el sitio de Braciano para cortar el paso á un ejército de refuerzo que enviaban los amigos de los Orsini. El choque ocurrió cerca del pueblo de Soriano, una de las batallas más sangrientas y empeñadas de aquella época, que tuvo como final la fuga de las tropas papales. Guidobaldo quedó prisionero, y el duque de Gandía, herido en el rostro, tuvo que huir, luego de batirse valerosamente.

Por suerte para el Pontífice, Ferrantino ó Fernando II, rey de Nápoles, le envió á Gonzalo de Córdoba para que sustituyese al duque de Urbino, y el Gran Capitán español, reorganizando las huestes pontificias, consiguió algunas victorias, que permitieron al Papa ajustar una paz honrosa con los Orsini.

Padre de exagerados afectos, quiso Alejandro engañarse á sí mismo sobre las capacidades militares de su primogénito, y le concedió toda clase de honores, como si realmente hubiese obtenido un gran triunfo.

Tenía á su lado como maestro de ceremonias á un alemán, el famoso Burckhardt, testigo desleal, exagerado y rencoroso, que iba escribiendo en su _Diarium_ cuanto veía hacer de lejos á su protector el Papa, y lo que resultaba más terrible, todo lo que oía decir ó murmurar contra él, prescindiendo las más de las veces de buscar pruebas.

Hablando Claudio con Enciso, éste había concretado su opinión sobre Burckhardt y su famoso Diario:

--Me hace recordar á ciertos hombres de nuestra época que escriben sus Memorias para que se publiquen después de su muerte. Poco á poco se apasionan por ellas, con un cariño de autor; quieren que sean interesantes como una novela; se entristecen cuando transcurren días sin poder añadir algo sensacional, y acaban por aceptar serenamente toda clase de chismes y calumnias, sin otra precaución que poner al frente de ellas un «se dice». Alejandro VI mostraba cierto afecto por los alemanes. Después de los españoles, eran aquéllos los más numerosos en la corte papal. En realidad, el tal maestro de ceremonias sólo intervenía en los actos públicos, sin tener entrada en la vida particular del Papa, como el español Marrades y otros; pero suplió la falta de intimidad recogiendo en su Diario todas las calumnias y murmuraciones de antesalas y plazuelas contra su protector.

El _Diarium_ de Burckhardt, escrito en latín con letra casi ininteligible, había permanecido inédito hasta principios del siglo XVIII.

--Los escritores protestantes--continuaba don Manuel--lo descubrieron con verdadero regocijo, y allí donde el texto no se dejaba entender lo interpretaron suponiendo un nuevo crimen de los Borgia.

Recordó Claudio que con ocasión de las últimas campañas del duque de Gandía, este maestro de ceremonias había escrito en su Diario, con rara justicia, sobre los dos capitanes de la Iglesia que acababan de sacar al Papa de su difícil situación. «El uno, Gonzalo de Córdoba--decía--, es un verdadero hombre de guerra y un verdadero hombre de Estado; el otro, el duque de Gandía, un pobre príncipe de comedia cubierto de oro y de joyas.»

Al restablecerse la paz, tenía el Papa que combatir á los enemigos dentro de su propia casa, siendo el peor de ellos su yerno Juan Sforza.

Pariente de los Sforza de Milán y relacionado con la mayor parte de los adversarios del Pontífice, se había mantenido siempre en actitud ambigua, trabajando ocultamente contra la familia de su esposa. Además, Lucrecia no hacía un misterio de la frialdad y displicencia con que la trataba su marido.

Era este Juan Sforza de carácter inquieto, gritón, calumniador, sin límite ni recato en sus mentirosas invenciones, defectos propios de su mala calidad.

--Indudablemente fué un homosexual--había dicho Enciso--, y los de tal especie ganan á las más terribles comadres en mala lengua.

El dió origen á las acusaciones inauditas contra los Borgia, que luego agrandaron los calumniadores de dicha familia y han llegado hasta nuestra época; él inventó la Lucrecia Borgia falsa y legendaria, atribuyendo á su mujer envenenamientos é incestos.

«De ser los Borgia unos monstruos como él supuso--siguió pensando Claudio--, fácil habría sido para el Papa y sus hijos deshacerse de este Sforza dándole muerte. César demostró en el curso de su existencia que no necesitaba auxiliares para suprimir á un enemigo. Lo hizo francamente algunas veces y por su propia mano.»

En vez de esto, el Papa se limitaba á entablar una acción de divorcio, anulando el casamiento de Sforza con su hija, y para esto nombró un tribunal en el que figuraban las personas más respetables é íntegras de entonces. Como dicha anulación tenía por base el hecho de que Lucrecia aún estaba virgen, fué invitado el marido, según costumbre de la época, á demostrar su virilidad delante de testigos, y se negó obstinadamente á esta prueba.

Su tío Ludovico «el Moro», tirano de Milán, por honor de su familia y para evitar los comentarios regocijados de toda Italia que cubrían de ridículo á un Sforza, le exigió, lo mismo que el tribunal de Roma, que se sometiese á probar su virilidad ante testigos, y tampoco quiso obedecer dicha orden.

A lo vergonzoso de esta confesión tácita de impotencia se unió la amargura de tener que restituir la considerable dote que le había aportado Lucrecia, viéndose obligado, de no hacerlo, á la entrega de su señorío de Pésaro, dependiente de la Santa Sede.

Finalmente huyó de Roma, afirmando que hacía esto para salvar su vida, y no le faltaba razón. Con su facundia venenosa, había empezado á lanzar acusaciones dignas de una mentalidad anormal y que equivalían al mismo tiempo á una demostración de que jamás había amado á su mujer. El fué quien inventó la inconcebible calumnia de que Lucrecia era amante de su padre y sus hermanos. Es seguro que de haber permanecido unos días más en Roma, el mismo César lo habría matado á puñaladas.

«Este hispano-italiano--se dijo Borja--, sereno y frío en los cálculos de la política y la guerra, mostraba una furia que era casi demencia cuando alguien insultaba á sus más próximos parientes. Algunos de sus crímenes no tuvieron otro origen. Además, por un pundonor que parecía heredado de sus abuelos valencianos, nunca quiso encargar á otros sus venganzas de familia. Era él quien debía realizarlas por su propia mano.

El parlanchín Sforza se refugió en Venecia, donde vivían los principales adversarios del Papa, y desde allí fué inventando nuevas atrocidades para la leyenda negra de los Borgia, que muchos años después reprodujeron los propagandistas de la Reforma, con el deseo de hacer daño al Papado, sin pararse á examinar su veracidad ni á sostenerlas con pruebas.

Los Borgia asesinos y envenenadores podían haber matado muchas veces á este calumniador valiéndose del puñal de un esbirro ó de su famoso veneno, inventado por la fantasía de los enemigos. Sin embargo, Juan Sforza siguió viviendo, y del único que procuró librarse fué de su antiguo cuñado. Sólo osaba viajar por Italia cuando César estaba muy lejos. Durante las campañas militares del joven Borgia, el señor de Pésaro se guardó muy bien de ponerse á su alcance, huyendo de su persona como de la hidra.

En aquella época las calumnias de este degenerado fueron comentadas con la afición que muestra siempre el público por los escándalos que afectan á los grandes, pero nadie creyó en ellas. Después de repetir las vociferaciones del señor de Pésaro, la gente se ensañaba con él, diciendo que más fácil le habría sido, para salir del paso honradamente, prestarse á la prueba de su virilidad, y glosaba el abandono en que había tenido á su esposa. Además, cuando el cobarde Sforza, para justificar su fuga de Roma, dijo que los Borgia querían envenenarle, todos recordaron que en esta materia los Sforza eran famosos, y sobre todos ellos Ludovico «el Moro», que se había apoderado del ducado de Milán envenenando públicamente á su sobrino, dueño verdadero de dicho Estado.

Continuaba la corte pontificia en 1497 ofreciendo un aspecto brillante. Todos los hijos de Alejandro VI vivían en Roma, menos Lucrecia, que se había retirado á un convento, algo avergonzada por su divorcio. César, más soldado que cardenal, se instalaba en el castillo de Sant Angelo, vigilando sus obras de reparación. Su cuñada, la ardiente doña Sancha, seguía en relaciones incestuosas con él.

Mostrábase el joven cardenal de Valencia muy reservado en sus amores. Nunca fueron conocidos por indiscreciones suyas. Sancha estaba instalada en el palacio Aleria, cercano al castillo, comunicándose con éste por un pasaje subterráneo semejante al que unía dicha fortaleza y los jardines del Vaticano. Pero César Borgia se preocupaba de la gloria y la riqueza, bases del poder, con preferencia á las voluptuosidades carnales. Sus luchas con los hombres le atraían más que las dulzuras amorosas. Dirigía la nueva fortificación del castillo de Sant Angelo para que resultase un refugio inexpugnable si otra vez venían invasores á atacar al Papado en su capital. Y poco á poco las relaciones entre estos dos grandes apasionados fueron menos frecuentes apartándose atraídos por nuevos afectos.

La sensual Sancha, que dormía en cama aparte, con gran satisfacción de su joven esposo, pudo dedicarse sin obstáculos á la satisfacción de su lascivia, y al llegar á Roma su otro cuñado, el duque de Gandía, mostró por él una pasión más vehemente que la inspirada por César.

Era, en realidad, un hombre superficial, no correspondiendo su carácter á su brillantez exterior. Mas para una hembra como ella resultaba apetecible este varón, de cuya elegancia y vigor masculino se hacían lenguas muchas damas.

Mientras su esposa, doña María Enríquez, y sus dos hijos vivían en Valencia, él amenizaba su celibato temporal en Roma con frecuentes y efímeros amoríos. Hermoso, rico, jactándose de una gran potencia genésica y con una falsa gloria después de sus triunfos debidos al Gran Capitán, era el hombre de moda en aquella ciudad de costumbres licenciosas, donde resultaban contadísimas las mujeres que no se rendían por sensualismo ó por ganancia. Algunas veces permanecía oculto un día entero, sin que esto inquietase á su familia. Se hallaba indudablemente en una encerrona amorosa, esperando la noche para salir de la vivienda de alguna dama y evitar que el escándalo manchase su nombre.

En Junio de 1497 los asuntos de Nápoles volvían á preocupar al Papa. Ferrantino acababa de morir sin descendencia, cuando Gonzalo de Córdoba había expulsado ya á los franceses de casi todo el reino. Su tío Federico, muy amado por los napolitanos, le sucedería en el trono. Por cuarta vez iba á conferir Alejandro VI la investidura del reino de Nápoles.

A César Borgia, hecho camarlengo recientemente, lo nombró legado _a latere_, encargándole la coronación de Federico. Juan le acompañaría, para que el nuevo rey le diese la investidura de los ducados de Benevento, Terracina y Pontecorvo, que acababa de concederle, con el deseo de tener propicio al Papa.

Por vanidad burguesa, al verse la Vannoza madre de un duque tan poderoso y un cardenal que iba á Nápoles como segundo Papa, quiso reunir antes de dicho viaje á sus dos hijos en un banquete de despedida.

Verdadera romana, había empleado todas sus riquezas en la ciudad, adquiriendo muchas casas, especialmente hospederías, que daban buena renta á causa de ser casi continua la afluencia de peregrinos. Numerosos clérigos poseían también posadas, industria fructuosa en las grandes peregrinaciones, y cuando éstas faltaban, volviendo la ciudad á su población ordinaria, dichos edificios daban hospedaje á espadachines y rameras, convirtiéndose sus propietarios eclesiásticos en dueños de mancebía.

La madre de tan grandes personajes se había construído un palacio cerca de la iglesia de San Pedro _ad Vincula_, con una viña á sus espaldas. Además de César y Juan asistieron á la comida su hermano menor Jofre, Sancha su mujer, y el primo de todos ellos, Juan de Borja, cardenal de Monreale.

Era ya avanzada la noche cuando los convidados de la Vannoza se marcharon. Juan y César salieron los primeros: el uno á caballo y el otro en una mula, cabalgadura ordinaria de los cardenales.

Juan llevaba delante de su corcel un palafrenero á pie y en la grupa á un desconocido, pequeño de cuerpo, con una máscara sobre el rostro. Esto no resultaba extraordinario en la Roma de entonces. De noche iban á caballo ó á pie damas y señores con careta, para pasar inadvertidos, é igualmente usaban antifaz los portadores de misivas reservadas. Una vida romántica y tenebrosa, pródiga en amores trágicos, apasionadas intrigas, desafíos y asesinatos, justificaba esta prolongación del Carnaval durante todo el año.

Hacía varias semanas que el duque se mostraba en público con este individuo misterioso, siempre enmascarado, que le acompañaba á todas partes, sin que nadie conociese su enigmática personalidad.

Cuando llegaron ante el palacio Cesarini--habitado ahora por el cardenal Ascanio Sforza, y construído por Rodrigo de Borja cuando aún no era Papa--los dos hermanos se despidieron. Juan pretextó el capricho de un paseo nocturno que deseaba hacer solo, y esto, unido á la presencia del enmascarado, hizo suponer á César que su hermano se encaminaba á una cita galante. Lo mismo creyeron el Papa y todos los de su intimidad, al ver que al otro día, 15 de Junio, el duque no regresaba á sus habitaciones del Vaticano, suponiéndolo oculto en la casa de alguna dama, no pudiendo salir hasta la noche, por miedo á la vigilancia del padre ó del marido.