A los pies de Venus (los Borgia)

Part 17

Chapter 173,864 wordsPublic domain

Y los mudos consejos de sensatez iban acompañados de cierta envidia sin rencor, una envidia semejante á la del niño ante los goces destinados á las personas mayores. No podía olvidar la buena suerte de Claudio con aquella Rosaura que simbolizaba para él todas las tentaciones de la vida.

Una noche, en los salones de la Embajada francesa, buscó á Borja para darle una noticia:

--¿Sabe usted quién está en Roma?... La viuda de Pineda. Tal vez venga esta noche. No la he visto; pero sé que está aquí por un joven que es secretario de una Legación sudamericana y la visita con frecuencia.

Luego fué examinando con ansiosa curiosidad á todas las damas que entraban en el salón, como si esperase ver de un momento á otro á la bella argentina.

Acogió Claudio la noticia con aparente frialdad, no pudiendo conocer Enciso la verdadera impresión que causaba en él. Tal vez era de sorpresa nada más, y pasado el primer momento, no pareció interesarse por la próxima llegada de Rosaura.

Ella no vino finalmente, y al salir don Manuel de la fiesta con su mujer y tres de sus hijas, las abandonó por unos momentos, para hablar otra vez á Borja:

--Indudablemente no ha podido venir--dijo sin nombrar á la viuda de Pineda, como si á ellos dos les fuese imposible preocuparse de otra persona--. Pienso visitarla mañana en su hotel, y la verá usted en casa muy pronto. Vamos á dar una modesta comida uno de estos días; pequeña fiesta entre amigos para celebrar cierta distinción que acabo de recibir, sin mérito alguno.

El millonario representante gratuito de su país hablaba siempre de modestos banquetes, pequeñas fiestas y distinciones recibidas inmerecidamente. Un grande hombre debe expresarse así. Lo que no impedía que fuese á la caza, sin descanso, de condecoraciones y dignidades académicas, y para «las modestas comidas de amigos», vistiese á una docena de domésticos, propios y alquilados, con casaca de seda amarilla, calzón corto y peluca blanca, que hacía chorrear de sudor las frentes de estos pobres italianos disfrazados. Su alma de cardenal de otros siglos, en la que se mezclaban la devoción y el pecado--aunque este pecado fuese sólo de pensamiento--, creía indispensable una servidumbre aparatosa, en consonancia con el aspecto de su palacio.

Al recibir Borja por escrito una invitación de Enciso de las Casas, abundante en ingenuas confidencias, se enteró de que el banquete era para celebrar una gran cruz pontificia que acababan de concederle, la única que faltaba en la brillante colección con que cubría el lado izquierdo de su frac.

Acompañó á don Arístides y su familia en la noche fijada por la invitación, encontrando desde los primeros peldaños de una escalinata del siglo XVIII, que era motivo de orgullo para Enciso--enorme como la de un museo, con balconajes de mármol y bustos de diosas y héroes--, á todos los domésticos de los días de gala, ostentando sus pelucas y sus libreas de seda color oro.

Salió el dueño de la casa á recibirlos en la puerta del gran salón. Aunque el banquete era de los «sencillos», y los altos personajes amigos suyos venían simplemente de frac, sin las condecoraciones reservadas para las comidas oficiales, él se había colocado en el lado izquierdo de su pecho una placa de falsos brillantes, con la imagen de un santo en el centro, y una banda bicolor sobre la pechera de la camisa, insignias de la nueva distinción que el Vaticano dejaba caer sobre él.

Debía dar tal muestra de gratitud á Su Eminencia, que estaba entre los demás invitados: uno de los muchos cardenales amigos suyos, á los que adoraba unas veces, no pudiendo vivir sin ellos, ó repelía con momentánea indiferencia, según las fluctuaciones de su apasionada amistad, pues mostraba caprichos y veleidades de coqueta nerviosa en sus relaciones con el Sacro Colegio.

Ahora su grande hombre era un cardenal que figuraba en todas las comisiones para los asuntos del Vaticano, y había vivido mucho tiempo fuera de Roma, como Nuncio del Papa en importantes capitales.

--Es el futuro Pontífice--decía Enciso con tono misterioso--. Estoy bien enterado y no puedo equivocarme. La tiara es para él.

Y sus amigos se acordaban de las numerosas veces que les había hecho la misma confidencia respecto á otros cardenales, designando como Papa futuro á todo el que era en aquel momento su amigo favorito.

Como el embajador de España y su séquito familiar llegaban un poco retrasados por culpa de doña Nati, los saludos en el gran salón de techo altísimo, muros cubiertos de cuadros y muebles dorados, con sedas rojas, fueron muy rápidos. Además, todos se conocían. Eran unas treinta personas pertenecientes á la diplomacia papal y á la antigua nobleza romana, servidora por tradición del Vaticano.

La presencia del príncipe de la Iglesia estorbaba esta noche la confraternidad con los diplomáticos acreditados en el Quirinal y ciertas gentes extremadamente mundanales que otros días invitaba Enciso. El único á quien no conocía Su Eminencia era Borja, y el dueño de la casa lo presentó á este sacerdote delgado, pálido, de pómulos salientes, frente alta y ojos de cuencas profundas que miraban con una expresión alternativamente grave ó maliciosa.

El cardenal lo acogió lo mismo que si le conociese de mucho antes. Igual hacía con todos. Vivía entre las gentes como si nadie pudiera sorprenderle, como si nada le fuese ignorado y adivinase con anticipación todo lo que podía ocurrir.

Mientras pasaban los invitados al enorme comedor, construído doscientos años antes, sin tener en cuenta el espacio, por unas puertas tan amplias que podían atravesarlas tres parejas á la vez, don Manuel habló unos momentos á Borja, considerando preciso darle una explicación.

--Estaba invitada por mí, pero á última hora se ha excusado. Sin duda no quiere ver á sus antiguos amigos. Prefiere estar sola, ó mejor dicho, acompañada nada más por el que es actualmente su predilecto.

Y la sonrisa con que el plenipotenciario acompañó sus últimas palabras hizo daño á Borja.

Fueron sentándose los invitados con arreglo á la sabia distribución del dueño de la casa. A pesar de lo frecuentes que resultaban sus banquetes, todos ellos eran precedidos de una conferencia de Enciso con su secretario, apreciando ambos los méritos de cada comensal, para que ninguno se colocase indebidamente con relación á los otros.

Su Eminencia era esta noche el personaje más alto. Aparte de sus méritos propios, necesitaba mostrarle agradecimiento Enciso, pues á él debía su última distinción. Únicamente don Arístides, por ser embajador, podía igualársele, y los dos ocuparon los mejores puestos de la mesa. Se aburrió Borja entre un periodista católico, compatriota de don Manuel, de paso en Roma, y cierta condesa de escote flácido, que ostentaba uno de aquellos apellidos romanos tantas veces leídos por él en la historia de los Borgia.

Además, la comida no era digna de aprecio en este palacio de banquetes frecuentes. Resultaba vulgar y descuidada, como la de los hoteles de muchos huéspedes. El dueño no podía fijarse en su preparación, por preocuparle más el aspecto de sus salones y el orden jerárquico de sus invitados.

Sonreía el cardenal á todos los de la mesa, cuidándose de dedicar una palabra amable á cada uno de ellos, con arreglo á sus gustos ó su patria. Este prócer eclesiástico usaba la amabilidad como una herramienta profesional.

Borja no lo perdió de vista en el curso de la comida. Era el más interesante de los convidados. Admiraba la sonrisa enigmática de sus labios sutiles, la expresión felinamente acariciadora de sus ojos profundos. ¿Qué estaría pensando Su Eminencia de toda esta gente que lo rodeaba con devoción, de la cual sólo Bustamante se atrevía á tratarlo con cierta familiaridad, por su categoría de embajador?...

Maquinalmente fué apurando Borja las copas que tenía delante, y que llenaban acto seguido los servidores empelucados. Parecía buscar con este continuo beber una compensación al solemne aburrimiento de la comida y á la mala calidad ostentosa de los platos.

Cerca de los postres, un repentino silencio hizo sonar con extraordinario diapasón, en un extremo de la mesa, las voces de doña Nati y otras señoras de la diplomacia sudamericana, hablando todas ellas en español.

Se estremeció Borja al oir el nombre de la señora de Pineda. Estaban sin duda hablando mal de Rosaura.

Fijóse igualmente Enciso en dicho diálogo, á causa del repentino silencio, y miró adonde estaban la cuñada de Bustamante y las otras, con una expresión dulcemente correctiva, cual si les aconsejase tolerancia con los ausentes.

A pesar de esto y contra la voluntad de don Manuel, la conversación sorprendida se hizo general, por el deseo que siente todo grupo humano de abandonar las frases banales y corteses, los diálogos sin objeto, entregándose al comentario mordaz, que anima voces y gestos con maligno placer.

Muchos dejaron de hablar á su vecino para enterarse de lo que decían estas damas vehementes en alta voz. Las más de ellas habían olvidado el italiano y se expresaban en español. Todos los de la mesa lo entendían. El mismo cardenal había vivido varios años como Nuncio del Papa en una república de la América del Sur. Seguía sonriendo de un modo enigmático, mirando á unos y á otros mientras hablaban, sin que nadie pudiese traslucir su pensamiento.

Doña Nati y sus compañeras de diálogo dábanse noticias mutuamente sobre la hermosa argentina, recién llegada á Roma, exagerando la expresión de su voz para mostrarse escandalizadas ó desdeñosas... Huía del trato con las personas decentes; por eso no aceptaba invitaciones. Todas las tardes la veían bailar á la hora del té en el _dancing_ del gran hotel donde estaba alojada. Ahora iba con ella cierto joven secretario de Legación.

Varias señoras mostraron extrañeza por tal «amistad». Conocían á dicho joven; unas lo menospreciaban por insignificante, otras hacían relación de sus defectos. Las más bondadosas en sus comentarios compadecían á Rosaura luego de haberla admirado tantas veces.

--¡Ella tan hermosa, tan elegante!... No comprendo ese capricho.

Por una tendencia instintiva al contraste, registraban el pasado de la hermosa viuda, hablando de Urdaneta, el general-doctor, al que todas conocían; personaje ya algo decadente, pero que había tenido sus tiempos de «hombre irresistible».

Descendiendo luego en sus recuerdos, empezaban á balbucear, como el que sospecha que puede decir una inconveniencia, quedando mudas finalmente, mientras sus ojos miraban á un mismo punto de la mesa, cambiando de dirección al encontrarse con los de Borja.

El dueño de la casa, siempre tolerante y afable, creyó del caso pasar de los gestos disimulados á las palabras para cortar dichas murmuraciones.

--Un poco de caridad, señoras. Piensen que es una amiga, y que esta noche debía haber estado entre nosotros.

Pero no resultaba fácil cortar de golpe la murmuración, por tratarse de una persona que las más de las mujeres presentes odiaban y admiraban á un tiempo.

Obedeciendo la esposa del plenipotenciario á una ojeada de éste, se levantó de la mesa, y todos pasaron al gran salón, donde iban á ser ofrecidos el café y los licores. Formaron diversos grupos; pero el de doña Nati y sus amigas fué atrayendo á los demás invitados. Muchos arrastraron sus sillones hasta este corro de señoras ó permanecieron junto á él, de pie y silenciosos, para enterarse de la conversación.

Los que no conocían á la rica argentina sentíanse interesados, por haber leído y oído muchas veces su nombre. Otros que se decían amigos suyos mostraban un malsano placer asistiendo impasibles á este despedazamiento verbal de la ausente, y si la defendían era con una flojedad que exacerbaba más las críticas. Su Eminencia manteníase aparte con los señores de la casa, el embajador español y unas damas italianas que preferían seguir hablando en su idioma.

Acabó por mostrarse francamente irritada la viuda de Gamboa al notar que sus compañeras de murmuración sentían aún cierto afecto admirativo por Rosaura. Su antigua enemistad le hizo expresarse con terrible encarnizamiento.

--Lo que yo no me explico es que una mujer de conducta tan irregular pueda ser recibida en casas respetables.

Esta agresión produjo un silencio temeroso en los oyentes, apreciándola todos como un ataque á Enciso de las Casas. Doña Nati no se dió cuenta de su torpeza y siguió dejándose arrastrar por su moralidad peleadora. Como su sobrina era la única señorita que había asistido al banquete y estaba con su padre al lado del cardenal, siendo todas las que le escuchaban casadas ó viudas, empezó á expresarse crudamente.

--Eso no es una señora... ¿En qué se diferencia de una cocota? Sólo en que no pide dinero á los hombres. ¿Quién sabe si el dinero tiene que darlo ella?... Porque á mí no me digan ustedes que es una belleza. Unicamente los tontos pueden admirarla. Hay que verla de cerca, como yo la he visto muchas veces... Pinturas, arreglos, artimañas de mujer mala, que las verdaderas personas decentes nos resistimos á usar.

Había olvidado la presencia de Claudio Borja. Hablaba de la moral con autoridad, como si fuese algo propio que le perteneciera desde su nacimiento. Por esto miró en torno con extrañeza, cual si no creyese en sus sensaciones auditivas al quedar cortada su peroración por una voz varonil, algo temblona de cólera, lo mismo que la de ella.

--¡La moral! ¿Qué es eso?... Hay muchas morales: la del vulgo, la de los envidiosos que murmuran, la de las malas personas... y la de las gentes superiores, que están más allá de los prejuicios burgueses.

Después de mirar la cuñada del embajador á un lado y á otro, acabó por fijarse en Claudio Borja. ¡Era él quien hablaba!...

No le produjo menos extrañeza su rostro pálido, con las alillas de la nariz palpitantes y un brillo de agresividad en los ojos. Era una cara de hombre que necesita pelear. Sin duda había bebido.

Reconoció el mismo Borja en su interior dicho estado anormal. Efectivamente, sentíase algo ebrio; pero estaba seguro de que en completa abstinencia habría hecho lo mismo.

Su voz dura se extendió por todo el salón, creando el silencio de los otros; mas este mutismo escandalizado, en vez de imponerle respeto, pareció exacerbar su acometividad. Y siguió hablando al grupo de señoras, sin miramiento alguno, como si fuesen hombres, fijos sus ojos en la tía de su novia.

¿Qué tenían que decir contra la señora de Pineda?... Todo envidia, desesperación por no poder igualarse con una mujer superior. A ella le era lícito vivir más allá de la moral corriente, al margen de las preocupaciones vulgares, con un derecho que las demás no conseguirían nunca. Su moral era la moral de las diosas de la antigüedad. Podía hacerlo todo; para eso había nacido más hermosa y más inteligente que las otras mujeres. Las que la criticaban no pertenecían á su misma especie. Sus palabras malignas las comparaba al croar de las ranas frente á una majestuosa estatua de Venus erguida en la orilla de un estanque. ¿Qué sabían ellas de la verdadera belleza y del amor?...

--Todas creen haber vivido y haber amado porque comen, duermen, y repetidas veces en su existencia conocieron á un hombre. Y se van del mundo imaginándose que lo saben todo... El amor es como el talento, como la riqueza, como la hermosura: el privilegio de unos pocos. Y los que nacieron para conocer de veras el amor no están sometidos á las mismas leyes vulgares que el gran rebaño en el que figuramos los demás. No podemos entender su modo de razonar, y lo juzgamos indigno... Dejen tranquilas á las personas superiores, ya que les es imposible comprenderlas.

Tuvo que callar de pronto, sintiéndose entre dos voces que le interrumpían: una de ellas á sus espaldas, la del embajador Bustamante, el cual le había puesto su diestra en un hombro:

--¿Qué dices?... ¿Qué disparates son esos?... ¿Estás enfermo?... ¿Qué te pasa?

Y al mismo tiempo la viuda de Gamboa, roja de cólera, se abanicaba rudamente, fijando en el joven los dos rayos de sus ojos, mientras decía entre balbuceos:

--Claro... ¡fueron tan amigos! El señor se acuerda de aquella vida escandalosa que nos afrentó á todos... ¡Y mi cuñado piensa dar su hija á un hombre así! Yo me he opuesto siempre... ¡siempre!

Pero de pronto calló, obedeciendo á una mirada de don Arístides.

La intervención de Enciso, que había acudido también al oir las palabras de Borja, puso fin á este rápido incidente.

Los invitados, como si obedeciesen á una consigna, se juntaron en pequeños grupos, hablando, con voces exageradamente altas, de asuntos que no les interesaban.

Claudio se vió solo de pronto. Todos fingían ignorar su presencia, alejándose. Al mirar en torno, únicamente encontró los ojos de Su Eminencia fijos en él. Nada de severidad. Continuaba sonriendo para su persona, lo mismo que para los otros. Su mirada seguía brillando felina y acariciante. Tal vez apuntaba en ella un nuevo interés. ¿Quién sabe si lo consideraba más digno de su atención que al principio del banquete, cuando lo habían presentado como uno de tantos jóvenes de aquel mundo frívolo y solemne?...

También encontró la mirada furtiva de unos ojos agrandados por el asombro y el dolor, los ojos de Estela, que parecían preguntarle: «¿Qué has hecho?»

Bebió con lentitud dos tazas de café, manteniéndose erguido junto á una mesa antigua de mármoles incrustados. Hasta los servidores se acercaban á él con titubeos, no obstante su porte falsamente majestuoso, como si temieran incurrir en el desagrado de la respetable concurrencia.

Aún latía en su interior la cólera que le había hecho prescindir de las conveniencias sociales, diciendo lo que pensaba con insolente franqueza. Quiso desafiar con su presencia á los que simulaban no verle. Se quedaría allí para demostrarles que no le inspiraban miedo.

Luego sintió de pronto todo el peso de aquella reprobación que le circundaba, y fingiendo interés por los cuadros y estatuas de los varios salones, fué pasando de una obra á otra, hasta llegar á la puerta del más lejano de aquéllos... y huyó.

Mientras un servidor, también con peluca blanca, le entregaba en la antesala su sombrero y su gabán, una mano amiga le tocó en la espalda.

Enciso, enterado de su fuga discreta, venía á despedirlo. Le estrechó la diestra silenciosamente, haciendo un gesto melancólico, lo mismo que si le saludase en un entierro.

El grande hombre parecía sinceramente apenado por lo que acababa de ocurrir. ¿Qué pensaría su amigo el futuro Papa?...

Mas no por ello el apretón de su mano y su mirada parpadeante dejaron de ser afables. Quería hacerle ver que continuaba teniéndolo por amigo suyo. Tal vez hasta le parecía su conducta justa y lógica.

Había defendido á una mujer que él mismo juzgaba adorable. Además estaba ligado á ella por su pasado. ¡Muy bien! Lo terrible era que hubiese hecho esto en su casa.

Acompañó silenciosamente á Borja hasta la meseta final de su majestuosa escalinata, oprimiéndole siempre una mano y sin decir palabra. Creyó el joven adivinar sus pensamientos. El «diplomático» abominaba de su franqueza escandalosa; el «escritor» la creía admirable.

Por algo había dicho muchas veces la tía de Estela que este padre de familia simpatizaba de un modo instintivo con todas las gentes de conducta irregular.

PARTE TERCERA

“NUESTRO CÉSAR”

I

Donde Claudio piensa en «las niñas del Vaticano», y se habla del asesinato del duque de Gandía y la ruidosa desesperación de su padre.

Claudio Borja se sintió avergonzado al día siguiente recordando su conducta en casa de Enciso. Luego, para defenderse de su propio remordimiento, se mostró arrogante.

«No volveré á ver á esas gentes--pensó--. Me alegro de lo ocurrido. En realidad, me interesan muy poco.»

Y satisfecho de haber cortado sus relaciones con «el diplomático-artista» y con su antiguo tutor, se juró á sí mismo no permanecer en Roma más de una semana. Necesitaba este plazo para resolver ciertos pequeños asuntos de la vida diaria que tenía pendientes y entregar el «villino» á un amigo de su propietario. Le dolía acordarse de la dulce Estela, «víctima inocente, merecedora de compasión», y á la vez su orgullo le hacía considerar la insolencia de la noche anterior como un acto providencial. Gracias á él iba á librarse de su matrimonio con la hija de Bustamante.

Pasó la mañana en su casa. Rehuyó el salir de ella, temiendo encontrar á alguno de los que habían escuchado sus palabras en el palacio de Enciso. Luego consideró tal aislamiento una acción cobarde. ¿Qué le podía importar que lo saludasen ó fingieran no verle aquellos personajes antipáticos?...

Al salir de su «villino» dirigióse instintivamente hacia la Ciudad Leonina. Frente á la basílica de San Pedro se unió á un grupo de viajeros, entrando en el Vaticano para ver las Estancias de los Borgia, llamadas por el Renacimiento latinizante las _Œdes Borgiæ_.

Repetidas veces llevaba hecha esta excursión, admirando los siete salones donde vivió Alejandro VI. El Pinturicchio había pintado sus bóvedas y los dos tercios superiores de sus muros, quedando desnudo el tercio inferior para cubrirlo con tapices.

Admiraba Borja esta decoración, dispuesta por un Papa artista, protector de pintores y escultores que luego tomaron á su servicio Julio II y León X, usurpándole una parte de su gloria de precursor. Especialmente Julio II (Juliano de la Rovere), había dedicado sus años de vida papal á destruir ó calumniar la memoria de su antiguo adversario. Al cerrar las Estancias de los Borgia, inició una leyenda sacrílega, que se fué agrandando en el transcurso de tres siglos. Como nadie podía ver dichos salones, se hablaba de ellos como de un lugar abominable, cubierto por el Pinturicchio de pinturas lascivas. En uno de los frescos estaba representada la Virgen con el rostro de Julia Farnesio, y el papa Alejandro á sus pies. Todos los Borgia figuraban igualmente en otras pinturas.

León XIII, el Pontífice diplomático, admirador de la obra política de Alejandro VI, daba fin en el siglo XIX á esta leyenda mentirosa, restaurando y abriendo al público los abandonados y misteriosos salones. La calumnia histórica se venía al suelo inmediatamente. Todo falso. Alejandro aparecía de rodillas, pero ante una imagen de Cristo resucitado saliendo de su sepulcro. Por ninguna parte se veía á «la bella Julia». Fueron otros, algunos años después de muerto dicho Papa, los que la copiaron desnuda, abajo, en plena iglesia de San Pedro.

Tampoco resultaba cierto que Lucrecia Borgia fuese la Santa Catalina de uno de los frescos y César el tirano que la condena al martirio. Cuando el Pinturicchio terminó este cuadro, los hijos del Papa eran aún adolescentes.

Lo único que representaba á dicha familia en las famosas Estancias era el toro de los Borgia repitiéndose como un motivo ornamental. La evocación de la historia antigua, á que tan aficionados se mostraban todos en aquella época, había reproducido igualmente en una de las pinturas la apoteosis del buey Apis, por su parentesco con la brava bestia heráldica del escudo del Pontífice.

En el piso superior encontraba Claudio las llamadas Logias de Rafael. En tiempo de Alejandro VI servían de habitaciones á su hijo César, y en ellas debió dar éste algunos de sus banquetes licenciosos.

Saliendo del Vaticano, seguía Claudio la calle llamada del Borgo Novo. Resultaba ahora estrecha, pero en el momento de su apertura fué celebrada con versos y fiestas, por la rectitud de su trazado, que iba suprimiendo callejuelas tortuosas y edificios ruinosos. Al inaugurarse se llamó Vía Alejandrina, por ser el papa Borgia el autor de dicha obra, que dió aire y luz á la vieja ciudad en torno al Vaticano. Esta calle la había abierto para el jubileo de 1500, que atrajo á Roma enormes muchedumbres de peregrinos.

Recordó Borja que uno de los que llegaron á dicho jubileo fué cierto hombre del Norte llamado Nicolás Copérnico. El verdadero estudio de la misteriosa inmensidad astronómica iba á empezar bajo el reinado del mismo Pontífice que había intervenido en los más grandes descubrimientos geográficos.