A los pies de Venus (los Borgia)

Part 16

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Volvía Alejandro, por el mismo pasaje secreto, desde el castillo á su palacio, recibiendo con gran majestad á Carlos VIII. Hizo tanta impresión en el joven monarca este Pontífice, al que veía por primera vez, y lo sedujo luego con tan agradables palabras en la intimidad, que ya no habló de su investidura de Nápoles, contentándose con dejar dicho asunto para otra ocasión.

Necesitaba el conquistador partir cuanto antes. Roma estaba amenazada por el hambre. Las tropas francesas habían devorado cuantas reservas se guardaban en la ciudad y sus cercanías. El pueblo no podía sufrir la arrogancia de los invasores. Diariamente surgían peleas. Los muchos españoles residentes en la ciudad se batían en todas las encrucijadas con estos soldados insolentes enemigos de los Borgia. Los alabarderos suizos excitaban especialmente la cólera popular. En su embriaguez perseguían y violaban á las mujeres hasta en mitad de las calles, mostrándose las plebeyas romanas menos fáciles que las altas señoras.

El 28 de Enero de 1495 abandonó Carlos VIII la capital pontificia al frente de sus tropas. César Borgia cabalgaba á su derecha, llevando sobre su vestido de viaje la capa roja de cardenal. Había aceptado, con aparente conformidad, este papel de legado que disimulaba su verdadera condición de rehén. Los que le conocían sospechaban que tanta mansedumbre debía ocultar algún propósito secreto.

Veinte carros, con vistosas fundas ostentando las armas de los Borgia, contenían el equipaje del joven cardenal. La primera etapa fué de Roma á Marino, y cerca de esta última población dos de los mencionados carros tuvieron que apartarse de la vía y quedar inmóviles por habérseles roto las ruedas. Eran los únicos que verdaderamente iban cargados con la vajilla preciosa y otros objetos de uso del legado.

La etapa resultó más larga al día siguiente, y la comitiva regia llegó á Velletri, donde el monarca francés, el príncipe Djem y César debían ocupar distintos alojamientos, preparados por el obispo de dicha ciudad.

Acompañó el cardenal de Valencia al rey hasta su casa, retirándose luego á la que le habían destinado. Una guardia de honor velaba en torno á su persona como representante del Pontífice, aunque en realidad su misión era la de vigilarle. Al cerrar la noche, César huyó de su alojamiento por una puerta trasera, vestido de caballerizo. Atravesó las calles á pie, sin darse prisa, para no llamar la atención, salió al campo, y en la Via Apia, lejos de las últimas casas de la ciudad, un hombre surgió de un grupo de árboles para ir á su encuentro, llevando de la rienda un caballo magnífico. Era un hidalgo de Velletri que César Borgia había conocido durante su permanencia en Marino el año anterior, cumpliendo una misión del Papa. Admirable jinete, saltó el cardenal sobre el fogoso corcel y á todo galope volvió á la Ciudad Eterna, entrando en ella antes que apuntase el día.

Nadie lo vió, ni su mismo padre. Sólo, mucho tiempo después, se supo que había vivido oculto en la casa de un español, Antonio Flores, auditor de la Rota, eclesiástico humilde, muy favorecido luego por los Borgia y que llegó á ser Nuncio en Francia.

Al enterarse Carlos VIII de la desaparición del cardenal, montó en cólera, considerando esta fuga como una afrenta para él. Su indignación aún fué en aumento al ser registrados los diez y ocho carros cubiertos con fundas blasonadas, que no se habían movido de Velletri por ignorar sus conductores la huída de su amo, viéndose que sólo contenían sacos de tierra y piedras. Esto demostró la premeditación de dicha fuga, y cuando una partida de jinetes fué en busca de los otros dos carros que se habían detenido en la jornada anterior por rotura de sus ruedas, resultaron tan invisibles como el cardenal de Valencia.

Encontró el pueblo de Roma muy graciosa la jugarreta de César. Era hijo de su ciudad: un verdadero romano, nacido de una transtiberina. Además todos se mostraban furiosos por los atrevimientos de los invasores. Los Borgia eran mirados ahora con cariño, y César fué de pronto el héroe popular, ayudando á tal prestigio su misteriosa desaparición.

Inventó el entusiasmo público venganzas patrióticas, atribuyéndolas al joven cardenal. Hasta propaló que unos suizos ebrios del ejército invasor habían penetrado en casa de «la Vannoza», violando á esta matrona, que todavía se conservaba apetecible, y su hijo, sabedor del atentado, había ido matando á puñaladas á sus autores. La noticia era falsa, pues «la Vannoza» estaba en Pésaro al lado de su hija Lucrecia; pero de todos modos el pueblo admitía como indiscutibles cuantas heroicidades vengadoras le contasen del que llamaba «nuestro César».

Mientras tanto, el Pontífice, alarmado por una fuga de la que su hijo no le había hecho la menor confidencia, daba excusas á Carlos VIII y ordenaba que un grupo de burgueses de Roma, amedrentados por el acto del cardenal de Valencia, fuese á Velletri inmediatamente para protestar del insulto inferido al rey francés y suplicarle que no se vengase en su ciudad.

Tuvo Carlos que seguir adelante, furioso por esta burla que le privaba de llevar junto á su persona un legado de la Santa Sede, dando apariencias de aprobación papal á su guerra. Esto hizo pensar á los cardenales enemigos de Borgia si la fuga sería una combinación del padre y el hijo, pues ayudaba perfectamente á la política de Alejandro.

En el mismo Velletri sufrió Carlos otra molestia. Al día siguiente de la huída de César se le presentaron unos embajadores españoles, enviados por Fernando el Católico, para protestar contra su expedición á Nápoles y la ocupación de las fortalezas del Papa. Al fin llegaba para Alejandro el apoyo de su amigo el rey español, aunque sólo fuese en forma de protesta diplomática.

Siguió adelante el joven conquistador, menospreciando dicha reclamación, en busca de una victoria que no podía ser más fácil. La guerra resultaba un simple paseo militar.

En vista de la flojedad y escasez de sus tropas, el rey de Nápoles había huído á Sicilia, abandonando sus Estados. A pesar de que nadie osaba oponer resistencia, el ejército invasor, ávido de pillaje, saqueó é incendió algunos pueblos al pasar la frontera napolitana, y esto fué suficiente para que las más de las ciudades apresurasen su rendición. Unas pocas semanas bastaron á Carlos para posesionarse del reino napolitano sin tirar de la espada.

El 22 de Febrero ya había entrado en Nápoles con honores de héroe. Llegaba el momento de cumplir sus promesas de cruzado, marchando sobre Constantinopla, luego de pasar por Grecia, que le esperaba impaciente para librarse de los turcos.

Tres días después de entrar en Nápoles moría el príncipe Djem. Contra toda verosimilitud, los enemigos del Papa le atribuían la muerte de este príncipe, diciendo que lo había entregado al rey de Francia, envenenado con un mes de anticipación, como si esto fuese posible.

Verdaderamente, el hermano del sultán sentíase enfermo desde mucho antes, á consecuencia de sus excesos en la comida y la bebida. El célebre pintor Mantegna, que le visitó repetidas veces en su alojamiento del Vaticano, declaraba que Djem comía de ordinario cinco veces al día copiosamente, y estaba ebrio á todas horas. Era gran jinete, pero á pie resultaba grotesco por su extremada gordura y la fealdad de su rostro.

César Borgia y su hermano Juan habían tenido con él cierta intimidad, y más de una vez, por la influencia de dicho trato amistoso, los dos hijos del Papa se mostraron en las calles de Roma con turbante y caftán, montados á la turca, imitando el aspecto del príncipe cautivo.

--Alejandro VI--dijo Enciso--no tenía ningún interés político en la muerte de Djem. Mientras viviese seguiría cobrando del sultán la pensión de 40.000 ducados. En cambio, de continuar Djem al lado de Carlos VIII, éste iba á verse en la obligación de aprovechar la influencia del cautivo, marchando inmediatamente á la conquista de Constantinopla. Era al rey de Francia, que nunca pensó seriamente en dicha conquista, á quien convenía la muerte del príncipe turco, y si existió envenenamiento, á él debe atribuirse... Pero en realidad Djem murió de sus excesos, que aún fueron mayores al abandonar el Vaticano y seguir á un ejército en el que todos iban ebrios ó acuciados por la lujuria.

La vida de Carlos VIII en Nápoles resultaba un final digno de la «guerra de la fornicación». Allí se desarrollaban las fiestas más suntuosas y las mayores aventuras libertinas. Ni el rey ni sus capitanes parecían acordarse ya de la promesa de guerrear contra los infieles. El ejército se iba empequeñeciendo con alarmante rapidez á causa de los excesos venéreos y las enfermedades. Todo Nápoles era una orgía. Además, estos vencedores sin combate maltrataban á los napolitanos, lo mismo que habían hecho en los otros países, robándolos individualmente é imponiéndoles fuertes contribuciones.

Commines, embajador de Francia en Venecia, escribía á su rey, alarmado por la opinión que empezaba á levantarse en Italia, aconsejándole que retrocediese cuanto antes.

Fernando el Católico creaba desde España una liga contra Carlos VIII, entrando en ella el Papa, el emperador de Austria, Venecia y hasta el mismo Ludovico «el Moro», que había abierto á los franceses las puertas de Italia y estaba arrepentido en vista de sus excesos. Dicha liga fué proclamada el 12 de Abril de 1495, y Carlos tuvo que replegarse inmediatamente hacia la frontera francesa para que no le cercasen los aliados dentro del reino de Nápoles.

No tenía barcos para evadirse por el Mediterráneo, y España y Venecia dominaban con sus flotas este mar, así como el Adriático. Debía volver á salir por los Alpes, lo mismo que había entrado, y para ello necesitaba atravesar otra vez las tierras pontificias.

Dejando una parte de su ejército en Nápoles, mandado por el duque de Montpensier, tomaba el camino de Roma, anunciando su regreso al Papa con las palabras más amables. Pero Alejandro, zorro viejo, no iba á caer en las trampas puestas por este mancebo alegre. Tal vez quería apoderarse de César Borgia, llevándolo á su lado como escudo protector para atravesar la Italia sublevada, entrando en Francia. Además, le placería mucho vengarse de un cardenal, más joven que él, que lo había puesto en ridículo con su fuga de Velletri.

Para que el Papa le esperase en Roma, le ofreció un regalo inmediato de 100.000 ducados y un tributo anual de 50.000 á cambio de la investidura de Nápoles. Como aún tenía parte de sus tropas en dicho reino, consideraba indiscutible su conquista, no pudiendo imaginar que Fernando el Católico enviase un ejército desde España para quitárselo.

Ni las ofertas del rey, ni las amenazas de los embajadores franceses, conmovieron al Papa; é imitando la táctica de César, huyó de Roma con veinte cardenales, refugiándose en Orvieto.

Carlos apenas se detuvo en Roma para ir también á Orvieto; mas entonces, Alejandro, que no quería verle á todo trance, se marchó á Perusa mientras las tropas de la liga formada contra aquél se iban reuniendo en Parma.

Tal noticia hizo desistir al rey francés de su entrevista con el Santo Padre, y precipitó su retirada hacia los Alpes, al mismo tiempo que Alejandro retrocedía tranquilamente á Roma guiado por César, quien meses antes había salido de su escondrijo en la casa del clérigo Flores, y seguía á su padre en estas hábiles marchas y contramarchas.

Hubo de librar Carlos una furiosa batalla para abrirse paso á través de los confederados. El peligro le hizo combatir valerosamente, siendo esta lucha la única digna de mención en toda la guerra.

Aunque consiguió ponerse en salvo, tuvo que dejar en manos del enemigo todos los bagajes de su ejército, así como el botín robado en Nápoles. Hasta los objetos personales del monarca quedaron abandonados en el campo de batalla, especialmente una colección de pinturas representando á todas las beldades «conocidas» por Carlos VIII en Italia.

--Aseguran que el rey cambiaba casi todos los días de amante--dijo Borja sonriendo--, y su expedición duró once meses. Calcule usted, don Manuel, cuántos serían los retratos de las damas.

Esta guerra de una batalla única resultaba terriblemente mortífera por los combates de la fornicación más que por los de las armas. Una demencia lujuriosa parecía haberse apoderado de los treinta mil hombres desde que atravesaron los Alpes. Cierto cronista napolitano que dió alojamiento á dos señores franceses relataba cómo cada uno de ellos tenía ordinariamente siete hermosas jóvenes ó mujeres casadas á su servicio, las cuales se renovaban, disputándose sus caricias.

--Además, dicha guerra--siguió Borja--hizo conocer una de las grandes calamidades que todavía aflijen á los humanos. El espectro lívido de la sífilis tomó cuerpo repentinamente, aterrando á todos con la visión explosiva de su fealdad. Es probable que existiese antes, pero en una forma distinta, confundiéndose con la lepra... Por un misterio todavía inexplicable, exacerbado tal vez dicho mal por las licenciosas costumbres del Renacimiento, se difundió de pronto como un estallido, abarcando igualitariamente á todas las clases sociales, royendo las narices y las gargantas de reyes y Papas, diezmando las naciones con la ferocidad de una epidemia. Los medios curativos de entonces, con su ineficacia, facilitaron estos progresos del mal.

--Nunca perecieron tantos personajes á un mismo tiempo como en aquella época--dijo Enciso--. Y como los enfermos morían cubiertos de abcesos, desfigurados por hediondas gangrenas, atribuía el vulgo tales defunciones á envenenamientos preparados por la venganza ó la codicia. Todos consideraban dichas lacras un exceso de ponzoña que se escapaba á través de la piel.

Muchas muertes originadas por el legendario veneno de los Borgia eran verdaderamente obra de la sífilis, atribuyéndose al mencionado tósigo el aspecto horrible que presentaban los atacados de dicha enfermedad. Y como ésta se cebaba con preferencia en ricos y poderosos, el vulgo encontraba fáciles razones para suponerlos envenenados.

--Lo raro fué--dijo Borja--que al mismo tiempo que la epidemia sexual se difundía por Europa, los descubridores españoles la encontrasen en América, dándola el nombre de «mal de bubas». Tal dualidad hizo que durante mucho tiempo se atribuyese á los pobres indígenas del Nuevo Mundo el terrible regalo de la sífilis hecho al mundo viejo.

Puso término Enciso al asunto con expresión escéptica.

--En este suceso nadie está de acuerdo y no existe una sola verdad. Cada cual sostiene la suya. Durante varios siglos, la terrible dolencia propagada por la expedición de Carlos VIII ha tenido un origen denigrante para el vecino, según se hablase de ella á un lado ó á otro de los Alpes. Los italianos la llaman aún «mal francés» ó «mal gálico», y los franceses la conocieron con el nombre de «mal napolitano».

V

La inconveniente conducta de Claudio Borja en el palacio de Enciso de las Casas.

Algunos días después, la vida monótona y plácida, alimentada por recuerdos históricos, que venía llevando Claudio Borja en Roma, quedó conmovida por dos opuestos motivos.

El embajador Bustamante lo llevó á su despacho á la terminación de uno de aquellos almuerzos «de confianza» á que le invitaba frecuentemente, y empezó á hablarle con la autoridad cariñosa de un antiguo tutor, recordando su amistad íntima con el padre de Claudio. Siempre consideraba al joven como de su familia. Hasta podía decir que Estela y él se habían criado juntos, no obstante la diferencia de algunos años entre sus respectivas edades. Don Arístides no había perdido de vista la «afinidad electiva» que ligaba á los dos.

--En Madrid todos daban por seguro vuestro matrimonio. Después... después pasó lo que pasó. No hablemos de ello. Yo también soy hombre, y he tenido mis debilidades, de las que no quiero acordarme... Pero ahora, por suerte, parece que mi hija y tú habéis vuelto á ser novios. No me lo niegues; se ve claramente. Estela vive más contenta, y mi cuñada me ha dicho que cuando salís los tres juntos, vosotros dos procuráis marchar delante de ella, hablando á solas, lo que satisface y molesta al mismo tiempo á la pobre Nati.

Y el solemne personaje creía llegado el momento de intervenir en este asunto amoroso. Era preciso darle una solución, ya que empezaba á resultar inexplicable para los amigos de la casa. ¿Cuándo se casaban?...

Luego, Bustamante le fué explicando con aire paternal la conveniencia de adoptar pronto dicha resolución. Era hora de que terminase su vida de soltero, sin finalidad y sin provecho alguno. Trabajaría mejor al lado de su esposa, en una casa propia, llevando la existencia ordenada de todos los varones dignos de respeto que sirven á la sociedad, recogiendo al mismo tiempo provechos y honores. Hasta le insinuó hábilmente lo que iba á ganar en consideración social siendo yerno del embajador Bustamante. Podría pretender en España honorables cargos públicos; se vería admitido en Roma, por derecho propio, en el mundo de los representantes diplomáticos, que don Arístides trataba ya como si fuese su ambiente natal.

Reconoció que Borja se veía aceptado en dicho mundo como un joven simpático y de cualidades recomendables; pero tal vez el mayor de sus méritos consistía en ser allegado á la familia del embajador de España.

Quedó Claudio indeciso ante las insinuaciones de su antiguo tutor. En realidad, no había hablado jamás de casamiento con Estela. Como se tuteaban desde niños y existía entre ellos una confianza de camaradas, podían conversar de todo, cual si sus destinos tuviesen una finalidad común, pero sin concretar nunca el carácter de tales destinos. Se miraban sonrientes, se estrechaban las manos, tenían en sus palabras y movimientos una confianza igual á la de los muchachos que se entregan juntos á sus juegos; mas nunca habían hablado concretamente de amor. ¡Notaba él tal distancia entre sus conversaciones con Estela y otras desarrolladas en un hermoso jardín frente al Mediterráneo!...

Jamás la había besado ni sentido la tentación de hacerlo. Era á modo de un amigo dulce, plácido, de una simpatía reposante para él... y que llevaba faldas. Tal vez la amaba sin darse cuenta de hasta dónde podía llegar su pasión, pero con un amor distinto á los otros que había conocido en su existencia.

A dichas consideraciones se unió un poco de cólera contra la tía de Estela. Aquella doña Nati, agria de carácter, obligada á enormes esfuerzos para mostrar una amabilidad falsamente maternal, ¿con qué derecho se metía á interpretar sus sentimientos, dando como noviazgo digno de matrimonio lo que era solamente dulce amistad de los tiempos de su infancia?...

Extinguida esta protesta interior contra la viuda de Gamboa, volvió Borja á considerar las proposiciones de don Arístides con el mismo respeto que cuando vivía sometido á su tutela. ¿Por qué no casarse?... Alguna vez tendría que imitar el ejemplo de los demás, y mejor era Estela que cualquiera otra de las mujeres que podían salirle al camino. Aquellas embozadas promesas de honores alcanzados por el hecho de ser yerno de Bustamante no le emocionaban. Sólo tenía en cuenta el dulce carácter de ella, ó mejor dicho, su ausencia de verdadero carácter, lo que le haría plegarse en todo á las costumbres y las ideas de su esposo.

Y contestó finalmente al embajador admitiendo sus consejos. Estaba dispuesto al matrimonio, siendo don Arístides quien debía arreglar lo necesario para que se realizase.

Hombre imaginativo, acostumbrado á concentrar voluntad y deseos en la última idea aceptada, apreció Claudio su casamiento como una dicha un poco monótona, dulce y pálida, semejante á uno de esos días de bruma ligeramente enrojecida por el sol, en que personas y cosas parecen acolchadas flúidamente, dando á los movimientos una sensación de blandura silenciosa y elástica.

Además, por una regresión caprichosa de su pensamiento, él, que nunca se preocupaba de la moral, considerándola incompatible con el arte y el amor, admiró la pureza y la inocencia de esta joven, cualidades que meses antes habría llamado «el dote natural de una muchacha algo tonta». Hasta se dijo que la vida común con una mujer ingenua, simple de carácter, influiría en su porvenir, libertándole de las angustias y contradicciones mentales que habían amargado su juventud. Esta Elisabeta iba á hacer del caballero Tannhäuser un personaje «ponderado y ecuánime», como decía don Arístides al completar el retrato de cualquiera de sus amigos hispano-americanos.

A partir de dicha entrevista, Claudio y Estela se consideraron futuros esposos, sin que ninguno de los dos hubiese dicho una palabra concreta. El padre y la tía se encargaron de fijar la próxima unión y hacerla saber á todos los que frecuentaban la Embajada.

Sintió Borja en torno de él un nuevo ambiente más favorable. La vida de la alta sociedad romana consiste en comidas y fiestas que hacen encontrarse casi á diario á las mismas gentes. Existen más Embajadas y Legaciones que en ninguna otra capital del mundo. La representación diplomática es doble: una para el Papa, otra para el rey de Italia. Y los dos representantes de un mismo país, en el Vaticano y en el Quirinal, se miran con rivalidad, queriendo superarse mutuamente. Esto hace que todos los días se celebre alguna recepción, á la que acuden los diversos grupos de los dos ejércitos diplomáticos acampados en Roma, llevando detrás de ellos la aristocracia pontificia ó la puramente italiana, á más de los extranjeros distinguidos que están de paso.

Acompañando á Estela se dejó tomar Borja poco á poco por el engranaje de esta doble existencia vana y representativa. Comió todas las noches en una Embajada ó asistió á un baile, viéndose rodeado de gentes frívolas y solemnes, respetuosas de las jerarquías hasta la superstición, las cuales le miraban con nuevos ojos al saber que era futuro yerno de Su Excelencia Bustamante.

Rara era la noche en que no se ponía el frac. El «villino» alquilado sólo le servía para dormir. Almorzaba invariablemente con don Arístides y su familia en el palacio situado en la plaza de España. Manteníase silencioso el embajador, sonriendo á los suyos con aire distraído, cual si estuviese resolviendo en el magín angustiosos problemas internacionales. Claudio y Estela sonreían igualmente comentando con frivolidad las murmuraciones de aquella Roma diplomática, que en el fondo les interesaba muy poco.

Era doña Nati la que hablaba más, desahogando la acidez de su carácter contra el gobierno de Su Majestad Católica. ¿Cómo quería tener buenos embajadores pagándoles tan parcamente?...

Enumeraba cantidades con tono rabioso, comparando el sueldo de Bustamante con el que recibían ministros y embajadores de otras naciones más poderosas. Así se explicaba que los mencionados diplomáticos pudiesen dar tantas fiestas, mientras ella, encargada de la administración de la Embajada, debía ir espaciando las suyas con diversos pretextos, ocupándose en estudiar la manera de que costasen menos, sin perder su falsa brillantez. Y una vez más repetía: «Nosotros hemos venido á servir á nuestro país, no á arruinarnos».

El millonario Enciso de las Casas buscaba á Borja en muchas de estas fiestas, para hablarle aparte, tomando aires de grande hombre anulado por sus deberes oficiales.

--De seguir mis gustos, querido Borja, me quedaría en mi biblioteca, estudiando, escribiendo. En realidad, soy un escritor, no un diplomático; pero debo sacrificarme por mi país. Si yo me retirase, aquella república no se cuidaría de tener una representación digna cerca del Papa.

Fingía despreciar la frivolidad de una existencia de continuas recepciones, en las que se veían siempre las mismas gentes, y sin embargo, asistía á todas ellas, aun sintiéndose enfermo, y no pasaba semana sin que diese una comida en su palacio-museo.

Al hablar á Borja de su futuro parentesco con don Arístides Bustamante, sonrió casi lo mismo que el embajador. «Hace usted bien--parecía decir con su sonrisa--. Llegó la hora de la seriedad, joven. Debe usted casarse, como todos nosotros».