A los pies de Venus (los Borgia)
Part 15
Presintiendo Alfonso II las justas vacilaciones del Pontífice, por convenirle á éste en realidad ser enemigo de la dinastía napolitana, ratificó las proposiciones que había formulado su padre referente á los Borgia, haciéndolas aún más tentadoras. Su hija natural, doña Sancha, se casaría con el pequeño Jofre Borgia, llevándole además del principado de Esquilache 40.000 ducados de renta y una compañía pagada de cien hombres de armas para su guardia personal. El dote de Sancha sería de 200.000 ducados (más de millón y medio de francos oro). El hijo mayor de Alejandro VI, Juan, duque de Gandía, recibiría del rey de Nápoles el principado de Tricarico, en la Basilicata, y á tal presente irían unidos ricos beneficios eclesiásticos en las diócesis napolitanas para el joven cardenal de Valencia César Borgia, que acababa de recibir las órdenes del subdiaconato, entrando en la vida clerical contra su voluntad.
En Abril se decidía el Papa resueltamente á favor de Nápoles, encargando á su sobrino Juan de Borja, cardenal de Monreale, que coronase á Alfonso II. Jofre le acompañó para consumar su matrimonio con doña Sancha. Cinco días después Juliano de la Rovere se embarcaba en Ostia, la noche del 24 de Abril, abandonando á su hermano Juan la defensa del castillo en la desembocadura del Tíber. Un navío le llevó á Génova, pasando de allí á Francia enviado por Ludovico «el Moro», señor de Milán, para que acelerase la marcha invasora de Carlos VIII.
Alejandro llamó á Roma al conde Pitigliano, encargándole el sitio del castillo de Ostia, y á pesar de la fama de éste como fortaleza inexpugnable, capituló con sólo un mes de asedio.
Durante varias semanas vió satisfecha el Pontífice su vanidad paternal, gozando las delicias de una paz que fué á modo de breve paréntesis en los sucesos de dicho año, tan angustioso para él.
El 7 de Mayo se celebraba en Nápoles la boda de don Jofre y doña Sancha con gran aparato. Alfonso II, padre de la novia, deseaba levantar su crédito ante los napolitanos y los barones de su reino, dando gran brillo á las ceremonias nupciales para inspirar confianza al país, haciéndole creer que su nuevo parentesco con el Pontífice era una garantía contra la anunciada expedición francesa.
Claudio Borja creyó del caso recordar una carta del cardenal de Monreale á su gran amigo el valenciano don Juan Marrades, camarero ó cubiculario íntimo del Papa, contándole lo ocurrido en esta boda para que lo transmitiese al duque de Gandía, residente en Valencia. Dicha carta la guardaba el canónigo Figueras en el archivo de su catedral, y era notable por la alegre crudeza con que relataba en valenciano algunos detalles de las nupcias del pequeño Jofre.
--La moral de aquellos tiempos--siguió diciendo--era más desenfadada que la presente. Usted habló antes del Nuncio del Papa en Pésaro presidiendo un baile hasta el amanecer y conduciendo la última «farandola» por las calles. El cardenal Juan de Borja, según costumbre de la época, fué en compañía de los padres de la novia y otros de la familia á visitar á los nuevos cónyuges cuando ya estaban acostados. En todas las bodas aristocráticas de entonces era de ritual dicha visita, riendo padres y amigos ante las tímidas caricias preliminares de los recién casados.
Hacía elogios el cardenal de la valerosa desenvoltura de su primo Jofre, que aún no había cumplido catorce años. Sin duda debió deslizar una mano bajo las ropas del lecho, pues afirmaba en su carta que salió del dormitorio seguro de que el nuevo príncipe de Esquilache «estaba muy alegre y bien preparado para la batalla».
Esta certidumbre del cardenal-legado fué de corta duración. El menor de los Borgia se convenció pronto de que había caído en la más temible de las esclavitudes sexuales. Doña Sancha, mezcla de napolitana y española, era de un temperamento furiosamente lúbrico, que acortó su existencia. Antes de los veintiséis años de edad, en 1506, murió agotada por sus demasías licenciosas.
--Esta hispano-napolitana--siguió diciendo Claudio--fué culpable, á causa de sus ardores, de la horrible fama que durante tres siglos ha pesado sobre la pasiva y sonriente Lucrecia. Los enemigos de Alejandro, para desacreditar más á su familia, pasaron á la cuenta de la hija todos los desenfrenos de la nuera, y los escritores de la Reforma, arrastrados por el odio religioso, mantuvieron dicho error.
Cuando dos años después los jóvenes príncipes de Esquilache volvieron de Nápoles á Roma para vivir en el Vaticano, doña Sancha, todavía muy jovencita, pero en plena erupción de su temperamento precoz y perversamente lujurioso, se entregó á los mayores excesos, encontrando tal vez una ampliación de sus placeres en el escándalo que provocaban.
--Hacía gala de sus amoríos con sus dos cuñados: Juan y César. Era inútil que éstos guardasen cierta prudencia; ella, con cínicos alardes, se encargaba de hacer saber á todos sus placeres incestuosos. Al mismo tiempo se entendía con otros hombres de la corte papal que eran de su gusto, así eclesiásticos como laicos. Lo raro fué que no atentase contra su propio suegro el Pontífice, pues éste, á pesar de su vejez, continuaba mostrándose alegre y galante con las damas en las fiestas del Vaticano... Alejandro sentíase, en realidad, indignado por la conducta de su nuera y la triste situación de su hijo Jofre. Este sólo deseaba que su mujer le dejase tranquilo y olvidado. Ella lo escarnecía por la prudencia con que cuidaba de su salud, y tales y tan continuos fueron los escándalos dados por la napolitana, que el Papa, en sus últimos tiempos, acabó por encerrarla en el castillo de Sant Angelo, para que no hablasen más en Roma de su ostentosa impudicia.
Al día siguiente de dicho matrimonio, el cardenal de Monreale coronaba con gran aparato á Alfonso II de Nápoles, renovándose acto seguido para el Papa la sucesión de conflictos que llenó todo el curso de 1494, el año más tenebroso de su vida.
Después de haberle abandonado Rovere, hizo lo mismo Ascanio Sforza. Los dos cardenales habían vivido siempre como implacables adversarios; pero se unieron en la presente ocasión para combatir juntos al Papa: Juliano como protegido del rey de Francia, Ascanio como hermano de Ludovico «el Moro», de Milán.
Además, el peligro se alzaba repentinamente para Alejandro VI dentro de su propia casa. Toda la nobleza romana que había recibido sus Estados en feudo de la Santa Sede declarábase en rebelión. Los Colonna, los Orsini, los Savelli y tantos otros, bajo la influencia de Ascanio Sforza, se unían al tirano de Milán y á Carlos VIII.
Más de la mitad de Italia era enemiga del Papa. Sólo podía apoyarse en el rey de Nápoles, y éste á su vez buscaba su protección, temiendo á los señores feudales y al pueblo de sus propios Estados, por tener la certeza de que se sublevarían contra él apenas avanzase la expedición de los franceses.
Se daba cuenta Alejandro de su gran error diplomático, aunque en realidad lo había visto claramente desde el principio. Era su amigo el rey de España quien le había impulsado á tomar esta determinación, más que el propio deseo de engrandecer á sus hijos. Y Fernando el Católico sólo le enviaba palabras de amistad y esperanzas de auxilio, sin que llegasen detrás de ellas soldados ni dinero.
El peligro inminente le hizo pensar en la seguridad de su familia. Lucrecia vivía en Pésaro con su esposo. Este Juan Sforza, sobrino del duque de Milán, no podía permanecer tranquilo en Roma desde que el Papa desertó la liga formada por milaneses y venecianos, uniéndose con Alfonso II de Nápoles. Creía más prudente vivir lejos de la Ciudad Eterna, en sus tierras propias, y Alejandro VI dejó que se llevase á su esposa.
También temía Borgia los horrores de una invasión, pensando en «la bella Julia» y demás mujeres de su familia ilegítima. Todas ellas siguieron á Lucrecia en dicho viaje, con pretexto de pasar el verano junto al Adriático, y en realidad para mantenerse á cubierto de la próxima guerra. La «Farnesina», doña Adriana de Milá y «la Vannoza» emprendieron el viaje á Pésaro. El único de sus hijos que permaneció en Roma cerca de él fué César, ayudándole con una serenidad de juicio y una sangre fría impropias de sus pocos años.
Se esforzó el Papa por hacer frente al próximo avance francés. Como Venecia estaba en relaciones con el sultán de Constantinopla, envió á éste un agente secreto, llamado Bocciardo, pidiéndole aconsejase al gobierno veneciano que se pusiera de parte de Nápoles. El hecho de guardar en su poder á Djem, hermano del sultán Bayaceto, facultaba al Pontífice para intentar dicha gestión. Al mismo tiempo, el enviado debía pedir al jefe del Islam que pagase anticipada una anualidad por el mantenimiento de su hermano en Roma. Dicha pensión, de 40.000 ducados, serviría al jefe de la Iglesia para defenderse de la invasión francesa.
Mientras tanto, Carlos VIII justificaba sus preparativos guerreros con un fin falsamente religioso. Luego que se apoderase del reino de Nápoles, iría á conquistar Constantinopla y Jerusalén (¡el eterno pretexto de la cruzada!); pero ni él ni sus capitanes pensaban en cumplir tales promesas.
Salía de Roma el Pontífice para avistarse con Alfonso II cerca de la frontera napolitana, examinando los medios de resistir con las armas á los invasores. Alejandro VI y el joven cardenal César sostenían la conveniencia de ir al encuentro del adversario con un movimiento ofensivo, aprovechando la dispersión de sus fuerzas en el avance. Alfonso temía salir del reino con sus escasas tropas, por miedo á la sublevación que seguramente estallaría apenas se alejase.
El 3 de Septiembre pasaba el rey de Francia la frontera de Saboya. Iban con él 15.000 hombres de armas y escuderos, 8.000 arcabuceros gascones, 6.000 alabarderos suizos, 1.500 arqueros franceses y 150 cañones enormes. Esta aglomeración de hombres armados, la más grande en realidad que se había visto en aquella época, no llevaba tiendas de campaña, ni víveres, ni dinero. Las tropas vivían sobre las tierras conquistadas. Además, este ejército de franceses iba hacia la rica Italia en el mismo estado de ánimo que las andrajosas y famélicas brigadas de la República, tres siglos después, cuando el principiante Bonaparte las mostraba desde lo alto de los Alpes la tierra de promisión.
Carlos VIII, hijo degenerado del terrible Luis XI, era feo de rostro, débil de piernas, poco inteligente, pero con un insaciable apetito genésico. La campaña de Italia iba á servirle para conocer nuevas mujeres, uniendo al deleite carnal el incentivo de la violencia.
--Esta expedición francesa--dijo Borja--no pudo ser más fácil ni proporcionar mayores placeres. Tan imponente número de guerreros atravesó la mayor parte de Italia sin esgrimir sus armas, pudiendo entregarse finalmente en Nápoles á la más ruidosa de las orgías. Sólo á la vuelta, al salir de la península, tuvieron que pelear una sola vez, con verdadero empeño, para abrirse paso. En realidad la tal campaña merece el nombre de «guerra de la fornicación». No hicieron otra cosa el joven rey de Francia, apodado «el Cabezudo» por su fealdad, y los 30.000 hombres de su ejército.
Enciso acogió con gestos afirmativos el título de dicha guerra. Resultaba exacto.
Dos soberanas, la duquesa Blanca de Saboya y la marquesa de Monteferrato, abrían la península al joven conquistador. La primera lo recibía espléndidamente en Turín y la segunda en Casale. Entradas triunfales sin ningún combate previo, justas y torneos antes de los grandes banquetes, por la noche danzas con las damas, y luego el reposo de cada héroe en un lecho de finas telas, «con carnes dulces que palpar». Si el monarca y sus paladines llegaban con el deseo de conseguir numerosas conquistas femeninas, las hermosas señoras italianas mostrábanse aún más vehementes y prontas á entregarse, olvidando á padres y maridos, con la esperanza de alegar luego el haber sido forzadas por los invasores.
--Todos los documentos de aquel tiempo, lo mismo las crónicas particulares que las comunicaciones diplomáticas, hablan de la fornicación general de las tropas y de sus capitanes, empezando por el rey. Según testimonio de los franceses, las bellas italianas no esperaban á ser violadas ó solamente rogadas, sino que se ofrecían espontáneamente. Después de haber gozado de todas maneras la hospitalidad de la duquesa Blanca de Saboya y la marquesa de Monteferrato, se hacía prestar Carlos VIII, con una franqueza admirable, las joyas de estas hermosas damas, empeñándolas para pagar á sus tropas. Luego la orgía continuaba en el Milanesado.
La joven esposa de Juan Galeas, verdadero señor de Milán, se echaba á los pies del rey francés haciéndole saber que el usurpador Ludovico «el Moro» guardaba á su sobrino preso, para conservar el gobierno del país. Lloró Carlos VIII de emoción escuchando tan justos lamentos; pero como Ludovico era quien le abría la península italiana, dejándolo entrar en Milán, se enjugó las lágrimas y siguió adelante. Poco después, Galeas moría envenenado por su tío, para que la viuda no hiciese más protestas.
Pasaba de Milán á Florencia el ejército invasor, siendo acogido en todas las ciudades lo mismo que en Turín: fiestas, torneos, banquetes, fornicación general y al marcharse grandes contribuciones de guerra.
César Borgia abandonó Roma, encerrándose en Orvieto--ciudad confiada á su gobierno por el Papa--para improvisar su defensa.
Este hijo de español nacido en Roma empezó á mostrar un orgullo italiano, del que parecían desprovistos los más de sus compatriotas. Ya que todos se sometían al invasor y numerosas mujeres aumentaban tal bajeza con su liviandad escandalosa, él sería el único en protestar por medio de las armas. Y la sola resistencia que encontraron los franceses antes de su llegada á la frontera de Nápoles fué la de Orvieto. Contra su ciudadela chocaron inútilmente las olas de la invasión, teniendo que seguir adelante.
Mientras Carlos VIII avanzaba desde Florencia á Roma, dos grandes contrariedades entristecieron al Papa, que había quedado solo.
Bocciardo, su agente secreto, desembarcaba cerca de Ancona, en el Adriático, con un enviado turco de Bayaceto, portador de los 40.000 ducados de la pensión de Djem. Ambos viajeros caían en poder de una banda capitaneada por Juan de la Rovere, hermano del cardenal, expulsado del castillo de Ostia. Se apoderaba aquél de los 40.000 ducados, dejando en libertad al mensajero del sultán. A Bocciardo manteníalo preso, y despojado de todos sus papeles lo enviaba al cardenal Juliano, que había venido de Francia en el séquito de Carlos VIII.
Sirvió la pensión de Djem para los gastos de la campaña, y los papeles fueron utilizados por Juliano, quien los desfiguró, publicándolos luego para desacreditar á su adversario. Basándose en dichos documentos falsificados, inventó una calumnia digna de su violento carácter, diciendo que Bayaceto proponía al Papa la muerte de su hermano Djem, ofreciéndole 300.000 ducados á cambio de su cadáver.
--Esta calumnia demasiado grosera--dijo Claudio--no produjo el efecto que esperaba Juliano. Se deshizo sin tocar á su enemigo. Era posible que Bayaceto hubiese escrito dicha proposición. Varias veces intentó, en el Pontificado anterior y en el de Borgia, asesinar á su hermano por medio de enviados turcos ó de italianos, que aceptaban sus planes sin realizarlos nunca. El interés de los Papas era, por el contrario, guardar á Djem para tener en respeto al Gran Turco y percibir la pensión anual de 40.000 ducados. Matarlo equivalía á suprimir «la gallina de los huevos de oro», pues el mantenimiento de dicho personaje no costaba ni la décima parte de la cantidad recibida.
--Nadie hizo caso del violento Juliano de la Rovere, es cierto--añadió Enciso--. Mas transcurrido un siglo, los escritores de la Reforma recogieron la olvidada calumnia para acusar al papa Borgia de la muerte de Djem, ocurrida meses después, y perfectamente explicable por sus excesos alcohólicos, cuando ya estaba en manos de Carlos VIII.
Al llegar el rey de Francia á Lucca, encontraba al cardenal Piccolomini, sobrino de Pío II, hombre bondadoso y transigente, encargado por el Papa de intentar un acomodamiento con él. Conocían los del séquito real la situación desesperada de Alejandro VI, sin medios de resistencia, abandonado de todos, con su propia vida en peligro. Los barones romanos sublevados no esperaban mas que una ocasión favorable para apoderarse de la capital pontificia y tal vez para asesinarlo.
Se negó el monarca á recibir á Piccolomini, alegando no tener necesidad de intermediarios para hablar con el Papa. Ya trataría con éste directamente durante las fiestas de Navidad, que era cuando pensaba entrar en la Ciudad Eterna.
Un gran disgusto de índole privada vino á unirse en Noviembre al desaliento político de Alejandro VI. La «bella Julia», siguiendo uno de sus caprichos, se había separado de Lucrecia en Pésaro para ir á Viterbo, donde estaba su hermano el cardenal, en compañía de una cuñada suya y doña Adriana de Milá.
Varios jinetes franceses, mandados por Ives d’Allegre, el mismo que iba á ser años adelante compañero de armas de César Borgia, hicieron prisioneras á las tres damas, pidiendo por ellas rescate, como de costumbre. La guerra y el bandidaje apenas se diferenciaban entonces.
--A pesar de que Ives d’Allegre habló con entusiasmo de la belleza de Julia á Carlos VIII, éste se negó á verla, decisión que no se explica, tratándose de un hombre de insaciable curiosidad en el conocimiento de beldades italianas. Tal vez Rovere y los otros cardenales que iban con él evitaron, por toda clase de medios, que llamase á la bella prisionera, temiendo que ésta lo sedujese con su hermosura y lo inclinara á favor de Alejandro VI.
Mostró el Papa las angustias de un viejo enamorado al enterarse del suceso, haciendo toda clase de gestiones para la liberación de las cautivas. Envió inmediatamente los 3.000 ducados de rescate exigidos por el capitán Allegre y despachó á dos cardenales para que solicitasen de Carlos VIII la cesión de las prisioneras, protestando de la indelicadeza de dicho rapto. Las tres damas fueron enviadas á Roma con fuerte escolta, y el cubiculario secreto del Papa, Juan Marrades, su hombre de confianza, salió á recibirlas fuera de la ciudad.
Su cautiverio sólo había durado cuatro días, y Borgia se consoló momentáneamente de sus inquietudes políticas al ver otra vez á «la bella Julia».
Tal accidente, digno de la «guerra de la fornicación», hizo reir á media Italia.
Ludovico «el Moro» protestó al enterarse del modesto rescate fijado por el capitán francés.
--¡Tres mil ducados!--dijo--¡qué locura! El Santo Padre habría dado diez veces más, cien veces más, por entrar otra vez en posesión de su bella concubina.
Aproximábanse á Roma, al mismo tiempo, por un lado el ejército francés y por otro un ejército napolitano, cuyo auxilio no podía inspirar confianza, ya que su jefe, el duque de Calabria, aconsejaba al Pontífice que huyese de su capital, refugiándose en Nápoles.
Alejandro no sabía qué hacer. Su valor sereno y confiado le evitaba las ofuscaciones del pánico. Seguía esperando un auxilio providencial, aunque ignoraba de dónde podía venir. Los reyes españoles, que le habían empujado á la situación presente, sólo enviaban promesas.
Hubo un momento en que resolvió huir, por no verse con Carlos VIII, que pensaba exigirle el reconocimiento de sus derechos sobre el reino de Nápoles. Pero ya era tarde. Las avanzadas francesas galopaban por la campiña romana, y desde el Vaticano podía ver el Papa á sus jinetes en las alturas del Monte Mario. El castillo de Sant Angelo, muy descuidado por sus antecesores, no podía oponer una resistencia seria.
--Iba á empezar para él--dijo Enciso--un verdadero calvario, que duró un mes; pero tan larga prueba hizo palpable hasta dónde llegaban su habilidad y su firmeza, consiguiendo finalmente salir victorioso de tantos peligros.
Aceptó que Carlos penetrase en la ciudad con sus tropas, pero á condición de mantenerlas en la ribera izquierda del Tíber. En los últimos días de Diciembre, algunas fracciones del ejército invasor se alojaron en Roma, fuera de la llamada Ciudad Leonina, cometiendo iguales atropellos que en las otras poblaciones italianas, especialmente en la persecución de las mujeres.
Mientras tanto, el monarca francés consultaba á sus astrólogos el día más favorable para hacer su entrada en la Ciudad Eterna. Estos designaron el de San Silvestre, y el 31 de Diciembre penetró Carlos en Roma con el aparato de un triunfador, dando por segura, los enemigos de Rodrigo de Borja, la pérdida de su tiara. Rovere y los cardenales que iban en el séquito real proyectaban la reunión de un cónclave que le depondría, nombrando á otro Pontífice.
Escuchó Alejandro pacientemente todas las imperativas exigencias de los delegados del joven monarca. Pedían la entrega inmediata del príncipe Djem, y que permitiese una guarnición de franceses en el castillo de Sant Angelo. César Borgia seguiría en rehenes á Carlos VIII hasta que éste conquistase Nápoles, y el Pontífice debía darle en seguida la investidura de dicho reino, legitimando así sus derechos como heredero de los Anjou.
Ante unas exigencias tan rudamente expuestas por los enviados regios, no había mas que aceptarlas con una abdicación vergonzosa, ó romper las entrevistas, negándose á todo. Alejandro no hizo ni una cosa ni otra. Discutió, dió largas á la resolución de cada una de las peticiones. Cuando se veía obligado á responder acto continuo, sufría un síncope, y era preciso dejar el asunto hasta el día siguiente.
César había abandonado á Orvieto al ver la plaza libre de sitiadores, y adelantándose á éstos con uno de aquellos galopes sorprendentes que empleó luego en sus campañas, estaba otra vez al lado de su padre. El aconsejó la única medida enérgica que se podía adoptar, y el 7 de Enero, Alejandro y sus cardenales abandonaron en secreto el Vaticano por el pasaje subterráneo que une éste al castillo de Sant Angelo, refugiándose en dicha fortaleza, como si pretendieran defenderse desesperadamente.
Tan grande era aún el prestigio del Papa, que el rey de Francia no osó atacarlo ni deponerlo, como le aconsejaban Juliano de la Rovere, Ascanio Sforza y tres cardenales más que figuraban en su séquito. Temía el descontento que pudieran provocar dichos actos en Francia y fuera de ella. Al mismo tiempo, el Pontífice y sus cardenales fieles se daban cuenta de que el castillo de Sant Angelo no podría resistir un verdadero asalto, y esta doble consideración hizo que por ambas partes se reanudasen las conferencias, poniéndose de acuerdo finalmente el 15 de Enero.
Dicha convención casi fué un triunfo para el Pontífice, al que todos creían perdido días antes. El príncipe Djem quedaba confiado al rey de Francia en todo el curso de la expedición contra los turcos; pero el Papa continuaría cobrando del sultán la pensión de 40.000 ducados. César Borgia iba á acompañar á Carlos VIII en su campaña durante cuatro meses, no en rehenes, sino como legado pontificio, con todos los honores debidos á tan alto cargo. Una guarnición francesa ocuparía Civita-Vecchia mientras el ejército del rey atravesaba los Estados de la Iglesia y Juliano de la Rovere se reinstalaría en el castillo de Ostia.
Alejandro VI, en compensación, debía conservar el castillo de Sant Angelo, recibir testimonio de obediencia públicamente del rey de Francia, gobernar con entera libertad sus Estados y ser protegido por dicho monarca contra todo ataque. ¡Y ni una palabra sobre el reconocimiento de los derechos de Carlos VIII al reino de Nápoles, que era lo que deseaba evitar Borgia!... Tal omisión y el juramento de obediencia del rey francés al Pontífice representaban una victoria diplomática enorme, un triunfo de su autoridad espiritual.