A los pies de Venus (los Borgia)
Part 14
--Víctor Hugo--dijo Claudio--, con la maravillosa difusión de la poesía fijó inconscientemente en la memoria de todos esa Lucrecia monstruosa inventada por los folicularios al servicio de los señores feudales, del cardenal Rovere y demás enemigos de Alejandro VI. En realidad, no sintió otros deseos que verse admirada por su hermosura y su elegancia, casándose y divorciándose según convino á la política de su padre (lo mismo que las hijas de todos los reyes de entonces), y en el curso de su vida sólo tuvo uno ó dos _flirts_ verdaderos. Fué preciso que los historiadores revisasen de nuevo su existencia, casi en nuestros días, para que recobrara su legítima personalidad. Por suerte, únicamente en novelones terroríficos, buenos para porteras, vive ya la Lucrecia Borgia de melodrama que conocimos de niños.
Dos protestantes, el inglés Roscoe y el alemán Gregorovius, estudiando directamente los documentos de la época, se convencían de tan enorme calumnia histórica, emprendiendo la rehabilitación de dicha princesa, comparable por su carácter á las Gracias antiguas, y que los enemigos de la familia Borgia habían pintado como una Euménida sedienta de sangre, con un puñal y un frasco de veneno en sus manos.
Describía Enciso á Lucrecia tal como la había visto en los documentos de su época, con vestiduras casi siempre blancas y muy bordadas de oro, mangas abiertas, fijas en sus muñecas con brazaletes á la moda española y llevando al cuello una sarta de perlas enormes.
--Las perlas fueron su orgullo y su ambición, apreciándolas tanto como su hermano César, aunque ambos no llegaron nunca al entusiasmo de su padre. Puede llamarse á la perla «la favorita de los Borgia». Muchas veces los embajadores encontraron al Pontífice junto á una ventana del Vaticano contemplando al trasluz gruesas perlas regaladas á Lucrecia. Cuando la hija del Papa fué duquesa de Ferrara, una de sus mayores satisfacciones consistió en poseer el célebre collar de perlas y rubíes que había pertenecido á su suegra.
Todos los contemporáneos alababan su hermosura, su esbeltez, su boca un poco grande, pero fresca y carnosa (una boca de Borgia), sus dientes brillantísimos, su pecho firme y blanco, visible en gran parte por los audaces descotes de entonces, y sobre todo, su dulce sonrisa. Esta alegría de su rostro la había heredado de su padre, rara vez triste, aun en los momentos mas difíciles de su vida, jocundo hasta en su concupiscencia.
Esbelta y graciosa de jovencita, redondeábase luego de formas, sin perder la elegante ligereza de sus movimientos. Había algo en ella de blando, revelador de una voluntad floja y sin iniciativas. Era de pocos nervios, incapaz de resistirse al destino, dejándose llevar por él, buscando solamente las alegrías momentáneas, sin energía para ir más allá de los goces de su vanidad, mostrándose en toda ocasión un instrumento dócil de su familia.
--No heredó la energía de los Borgia, pero sí el talento. Ella y César fueron los hijos de Alejandro más inteligentes. Vivía esclava de su propio medio, haciendo lo mismo que las personas que la rodeaban. Mientras existió su padre mostróse aficionada á los asuntos políticos, y hasta gobernó tierras de la Iglesia en ausencia del Pontífice. Al morir Alejandro y quedar en Ferrara como esposa del príncipe Alfonso de Este, vigoroso soldado, la hija del Papa fué «la perla de las esposas», «la triunfante princesa», «la santa Madona Lucrecia». El poeta Ariosto cantaba sus virtudes, el pintor Ticiano la admiraba al tratarla en su corte... Es una esposa que sólo piensa en sus hijos, en el gobierno de su palacio, y sobrelleva resignada y afable las infidelidades de un marido rudo que en el fondo la adora.
Claudio Borja se la imaginaba en su primera juventud, tal como la habían descrito muchos, creyendo reconocerla en la Santa Catalina pintada por el Pinturicchio, con su rostro gracioso é ingenuo de niña un poco «paradita», orlado de magnífica cabellera rubia y luminosa, comparable á una nube de oro flúido.
--En algunas ocasiones, Madona Lucrecia, que el Papa llamaba siempre á la española, «Doña Lucrecia, mi hija», tenía oculta su esplendorosa mata de pelo dentro de amplia redecilla de oro con una piedra preciosa en cada cruce de sus mallas. Otras veces, orgullosa de tal opulencia capilar, daba suelta á sus chorros esplendorosos, que descendían casi á sus pies. Todavía se conserva en la Biblioteca de Milán un rizo, color oro fuego, de esta beldad hispano-italiana, bucle cuyo tono brillante desafía al tiempo, y que hizo ensoñar tres siglos después á lord Byron, sumido en su contemplación.
Acogió Enciso con una sonrisa escéptica los entusiasmos del joven.
--Siento decirle, querido Borja, que su remota parienta nunca fué rubia. Era una valenciana de tez morena, clara y mate, semejante al color pálido del arroz. César Borgia también debió ser algo moreno, y sin embargo le llamaban las damas de entonces «_il biondo Cesar_»... Tal vez tuvo Lucrecia los cabellos castaños; pero esto no le impidió ser rubia oro ardiente, rubia veneciana, ensalzando su cabellera color de antorcha pintores y poetas. Algo semejante ocurre en la actualidad. Las damas teñidas conocen, mejor que nadie, el secreto de su falsificación, y no obstante aceptan de buena fe los elogios de personas igualmente enteradas de que no son rubias. Ya sabe que vivimos de convencionalismos é ilusiones. ¡Qué haríamos sin la mentira!...
Los alquimistas vendían muy cara la receta de los «cabellos de oro». En España, el mismo tinte recibía el título de «lejía de enrubiar», siendo uno de los secretos de la madre Celestina para ganar dinero.
--Todas las damas de la época eran rubias, hasta el valeroso marimacho Catalina Sforza, de la cual conoce usted el heroico arremangamiento de faldas, apreciado por la Historia como un hecho sublime. De este virago batallador llegó hasta nosotros una receta para enrubiar, escrita por ella misma, á fin de que ninguna otra mujer participase de su secreto. Consistía en ceniza de madera y paja de cebada, hervidas un día entero. A esta lejía se agregaban flores y hojas de nogal durante una noche. Bastaba lavarse la cabeza á la mañana siguiente para tener los cabellos dorados; pero había que secarlos al sol, con peligro de las neuralgias, de que se quejaba con frecuencia Madona Lucrecia.
Una de las preocupaciones de la hija del Papa era el lavatorio de la cabeza, acto indispensable todas las semanas. Cuando partió de Roma para siempre, yendo á reunirse con su tercero y último esposo en Ferrara, invirtió veintisiete días en el viaje. Cada cinco días, el lento y majestuoso cortejo hacía alto en una población para que Madona Lucrecia pudiera «_lavarsi il capo_». Y príncipes, embajadores, damas de honor, escuderos, hombres de armas, suspendían su marcha un día entero, mientras la nueva princesa de Ferrara permanecía varias horas bajo los ardores del sol, llevando encima de sus vestidos un peinador de seda blanca, de gran finura y sutilidad, llamado _schiavonetto_, y en la cabeza un sombrero de paja sin cumbre, por cuya abertura pasaba la cabellera, abrigando sus bordes los ojos y el cuello de la beldad.
--La coqueta Borgia decía que necesitaba lavarse la cabeza todas las semanas á causa de sus neuralgias, y eran, por el contrario, estas teñiduras solares las que exacerbaban los dolores de su cerebro. Indudablemente, César también se teñía la barba, adorno capilar de moda reciente entre los hombres. Todos los jóvenes se dejaban crecer la barba, al revés de sus padres, que habían mantenido durante el siglo XV la costumbre de rasurarse el rostro á la romana. Fueron los humanistas, imitando á los filósofos y poetas griegos, los que resucitaron esta moda, generalizada por Carlos V y Francisco I años adelante.
Enciso volvió á ocuparse de Lucrecia.
--Muy mujer, muy aficionada á vestidos y joyas; ninguna de su tiempo poseyó tantos trajes, y hay que pensar que uno de ellos valía entonces una fortuna. Algo indolente y pasiva, pero de gran talento. Hablaba el italiano, el francés, el griego y el latín. (Inútil mencionar las lenguas castellana y valenciana, que eran las íntimas de su familia.) Sabía igualmente el alemán, aunque menos que los idiomas ya citados, y escribió poesías muy aceptables en algunos de ellos. César también había hecho versos en la Universidad. En esta familia de exaltados y ardorosos, todos tenían algo de poeta. Una hermana de Alejandro VI, doña Tecla de Borja, fué notable poetisa en su tierra, muy loada por el gran trovador Ausias March. Al morir la lloraron casi todos los poetas de Italia.
Claudio se acordó de su tío. Esta señora era la Tecleta que jugaba con su hermano Rodriguet, el futuro Pontífice, en el caserón señorial de Játiva, según le contó repetidas veces el canónigo.
Mientras tanto, don Manuel había abandonado á los hijos de Alejandro VI, para hablar de las aventuras políticas de éste.
Asustado el rey de Nápoles al ver unido el Pontífice con sus adversarios, pedía auxilio á su primo ilegítimo Fernando el Católico para que interviniese en la política del Vaticano. Consideraba dicho rey al papa Borgia como un súbdito, abusando de su españolismo, y le hizo saber, por medio de su embajador en Roma, que siendo la dinastía de Nápoles obra de su tío Alfonso el Magnánimo, la consideraba igual á su propia familia.
--Es justo reconocer que Rodrigo de Borja mostró al principio un afecto sincero por Fernando é Isabel, reyes de origen no muy legítimo, á los que había ayudado en sus primeros años de matrimonio, cuando no eran mas que príncipes. Después de la toma de Granada, apenas ascendido al Papado, les dió el título de Reyes Católicos, que aún usan los actuales monarcas españoles. Todo lo que le pedía don Fernando se apresuraba á concederlo, entre otras cosas, los maestrazgos de las Ordenes militares, regalo que representaba cuantiosas rentas. En realidad, el papa Borgia dió á los Reyes Católicos más que éstos á él. Las exigencias continuas de Fernando fueron causa de que el Pontífice, aconsejado por su hijo César, se inclinase finalmente del lado del rey de Francia, más atento con su persona y con los suyos.
En los primeros tiempos de su pontificado admiraba á Isabel la Católica como una de las damas más hermosas y prudentes de aquella época. Aficionada á trajes costosos y ricas alhajas, era, sin embargo, de una virtud escrupulosa, exagerándola hasta la austeridad. Cuando su marido estaba ausente, aunque sólo fuese por una noche, hacía colocar su lecho en un gran salón, durmiendo rodeada de sus hijos y las damas de palacio, encargadas de velar el sueño de los reyes, que recibían el título de «cobijeras». Así se ponía á cubierto de maliciosas suposiciones en aquel tiempo de grandes escándalos. Todos los héroes de la guerra contra los moros estaban enamorados de doña Isabel, románticamente, sin esperanza y sin carnales deseos. Tenían por «dama de sus pensamientos» á esta reina de un rubio indiscutible, con ojos azules, grandes y tranquilos.
Fernando el Católico inspiraba al papa Borgia un afecto de compadre, y sonreía al hablar de sus hijos ilegítimos, tan numerosos como los suyos. Uno de dichos bastardos era arzobispo de Zaragoza. El cardenal Rodrigo de Borja, en sus tiempos de vicecanciller, había hecho este favor á su amigo, entonces simple heredero de la corona de Aragón. Otro» hijos del rey ocupaban cargos eclesiásticos y las hijas entraban en conventos.
Una vez más el nuevo Pontífice obedeció desinteresadamente las insinuaciones del monarca católico. Lo que á él le convenía, en realidad, era seguir fiel á su primera alianza con el Milanesado y Venecia, detrás de la cual se mantenía oculto el rey francés. Dicha alianza representaba un peligro inmediato, por estar Carlos VIII preparando numerosas tropas para entrar en Italia y apoderarse del reino de Nápoles.
El austero Savonarola que tenía algo de charlatán, como la mayoría de los taumaturgos, enterado en secreto de la próxima campaña invasora de los franceses, anunciábala en sus sermones como una revelación que le había hecho Dios para castigo del Pontífice y del rey tirano de Nápoles. Y en un momento tan crítico, su amigo don Fernando le exigía que abandonase á los más fuertes y se uniera á un monarca próximo á ser destronado...
Sin embargo, aceptó, y los dos reyes procuraron endulzar con seductores presentes su aventurada resolución.
Jofre Borgia, el menor de sus hijos, se casaría con doña Sancha, hija natural de Alfonso de Aragón, heredero de la corona de Nápoles, llevando ésta como dote el principado de Esquilache y el condado de Caliata, en Calabria. Por su parte, Fernando el Católico propuso para Juan de Borja, segundo duque de Gandía, el matrimonio con doña María Enríquez, prima suya, que ya había estado prometida á Pedro Luis, el primer hijo de Alejandro VI.
Al mismo tiempo, don Ferrante de Nápoles procuraba reconciliar con el Papa á todos los enemigos de éste que se habían puesta á su servicio.
--De un lado, el peligro de la invasión francesa, que aún estaba lejos; de otro, la amenaza más inmediata de ver atacados los Estados romanos por el rey de Nápoles, sostenido ocultamente por el rey de España... Y optó, al fin, por esta última alianza, que al mismo tiempo ofrecía brillantes matrimonios para sus hijos.
El cardenal Juliano de la Rovere fué cínicamente á reconciliarse con Alejandro VI, sentándose á su mesa, él y Virginio Orsini, por ordenarlo así el monarca de Nápoles. Virginio entregó 35.000 ducados á cambio del señorío feudal de las tierras de la Iglesia ocupadas por él. Todos quedaron amigos, y Juan de Borja se embarcó en una galera española con séquito de príncipe y gran cantidad de alhajas, para ir á Valencia y casarse allá con la prima de Fernando el Católico.
Pocos días después Jofre se unía por poderes con doña Sancha de Aragón, dejando para más adelante, como ocurrió con Lucrecia, la consumación de su matrimonio. Sancha tenía catorce años y Jofre doce.
A la vez que ocurría esto, llegaba á Roma un enviado de Carlos VIII para solicitar del Pontífice--que aún creía amigo--la investidura del reino de Nápoles, antes de conquistarlo. Y Alejandro, que estaba ya comprometido con el monarca napolitano, sólo dió al embajador vagas palabras.
Los tres matrimonios, efectuados en un solo año, el de Lucrecia, el de Jofre y el del duque de Gandía, habían ocasionado gastos enormes al Papa, empobreciéndolo. Únicamente podía contar con los 35.000 ducados de Virginio Orsini, que en realidad eran de Nápoles, y para reunir más dinero acudió á uno de los expedientes empleados por otros Pontífices: hacer una promoción de nuevos cardenales.
Once príncipes de la Iglesia nombró en un consistorio celebrado en Septiembre de 1493. Dos de ellos era indudable que no habían dado nada á cambio de su nueva dignidad, por pertenecer á la familia del Pontífice: Alejandro Farnesio, más tarde Paulo III, y César Borgia, que sólo contaba diez y ocho años al recibir la púrpura. El público apenas habló de la elevación de César. Encontraba natural esta generosidad de padre, que ya habían mostrado otros Papas. Las ironías y los comentarios escandalosos se concentraron sobre el hermano de «la bella Julia», que entraba de un modo tan retorcido en el Sacro Colegio. Y entonces fué cuando le infligieron el epíteto de «cardenal faldero».
--En la vida extraordinaria de este papa Borgia, de carácter tan complejo--dijo don Manuel--, alternaron las anécdotas íntimas, agrandadas por la crónica escandalosa, las intrigas políticas en incesante juego de balanza y los más grandes sucesos históricos. Un día recibió Alejandro la noticia de que «cierto Cristóbal Colón», que había salido con un centenar de españoles y tres naves en busca de las tierras del Gran Kan de la Tartaria, en el extremo oriental de Asia, atravesando para ello el Océano siempre al Occidente, acababa de encontrar por tan nuevo camino las islas más avanzadas del mundo asiático, trayendo de allá muestras de oro y especiería. Algunos empezaban á sospechar si estas tierras descubiertas, sin más que hombres desnudos y una civilización rudimentaria, no serían de Asia, sino de un mundo completamente nuevo, ignorado hasta entonces.
Alejandro no era un sabio, pero dedicó á la lectura gran parte de su juventud, guardando en su biblioteca todos los libros, impresos ó manuscritos, célebres entonces. Muchas veces había conversado de cosmografía con Eneas Silvio, el Papa cuyo tratado geográfico iba á servir de guía á Colón. Inmediatamente se preocupó de las tierras descubiertas, organizando una misión de frailes españoles para evangelizarlas, é hizo obispo de ellas al padre Boil, religioso catalán.
--Como si el destino de este Pontífice fuese ser el Papa del descubrimiento de América en todas sus zonas, también había despachado poco antes una misión de evangelizadores para que fuesen á recuperar las tierras de la Groenlandia. Sabe usted que la América extremamente septentrional fué conocida por los navegantes escandinavos en el siglo X, estableciéndose en ella algunas misiones cristianas, que acabaron por extinguirse. En los primeros meses del pontificado de Alejandro VI iban de nuevo los misioneros á dicha América fría, levantando otra vez sus pobres iglesias de madera, al mismo tiempo que los frailes españoles elevaban los primeros templos de piedra y ladrillo bajo el cielo tropical de las Antillas.
Claudio Borja quiso hablar, pero Enciso, como si adivinase sus pensamientos, añadió:
--Sé lo que usted va á decir. También hizo Rodrigo de Borja el reparto más grande que se conoce en la Historia. Desde Alejandro el Magno hasta Napoleón, ningún conquistador trató con tanta desenvoltura la faz de la tierra, ni dividió sobre los mapas superficies tan enormes.
Partían los navegantes de la península ibérica al descubrimiento del mundo entero. Los portugueses navegaban al Oriente y los españoles al Occidente, buscando las flotas de unos y otros las riquezas de Asia, las maravillosas tierras del Gran Kan, descritas por Marco Polo y Mandeville. Todos iban en busca de las llamadas Indias.
El descubrimiento de Colón alarmaba al rey de Portugal, agriando sus relaciones con los reyes de España. Era preciso establecer un acuerdo entre ambas monarquías católicas, para que no se peleasen en lo futuro, dejando bien marcados los límites de sus respectivas zonas de descubrimiento.
--Aconsejado por cosmógrafos y marinos y basándose en sus propios estudios, trazaba el papa Borgia una línea de Norte á Sur, más allá de las islas de Cabo Verde, partiendo el globo terráqueo en dos hemisferios. Al Oriente de la llamada «línea alejandrina», todo era para los navegantes portugueses, y al Occidente para los españoles. Que cada cual navegase siguiendo su rumbo propio, hasta que vinieran á encontrarse en la cara opuesta del planeta.
Enciso, influenciado por el entusiasmo que le inspiraba España, se apresuró á quitar importancia á la decisión del Pontífice.
--Muchos autores extranjeros, ignorantes de nuestra historia, han creído ver una gran audacia científica del papa Alejandro en esta partición del mundo. Es verdad que su acto representa el primer reconocimiento público de la redondez de la tierra hecho por la Iglesia. Nunca habían hablado de ello los anteriores Pontífices. Pero resulta falso elogiarlo, como si entonces las gentes de estudio ignorasen que la tierra es redonda y sólo hubieran descubierto Colón y los sabios del Vaticano dicha esfericidad... Usted sabe bien que, antes de la era cristiana, Ptolomeo y Eratóstenes ya habían probado la redondez de nuestro planeta, midiéndolo más ó menos, aproximadamente, á las dimensiones que le da la ciencia moderna. Luego los árabes volvieron á establecer dicha redondez, especialmente su geógrafo Alfagramo. Los moros de España enseñaban en sus escuelas, durante siglos, la esfericidad de nuestro planeta, y los judíos españoles servían de intermediarios, revelando la geografía árabe á los hombres estudiosos de la cristiandad. Una oculta y sincera relación científica unía las escuelas de mezquitas y sinagogas con las bibliotecas de los conventos.
Era cierto que, en los primeros siglos de la Iglesia, algunos Santos Padres no creían en los antípodas y consideraban absurda la afirmación de que el mundo fuese redondo. Durante la primera Edad Media imperaba la geografía mística y absurda del monje bizantino Cosmas Indicopleustes; pero en la segunda Edad Media, á partir del siglo XIII, aurora del Renacimiento, era en España, país de moros, judíos y cristianos, donde más se creía en la llamada «esfera».
--Colón--siguió diciendo Enciso--, en vez de ser perseguido por la ignorancia española, como han supuesto tantos autores ligeramente, copiándose unos á otros, resultó en España un ignorante, comparado con muchos que escuchaban sus planes. Usted sabe que Colón no creía que el mundo fuese redondo, sino más bien en forma de pera, teniendo colocado en su pezón ó parte más alta el Paraíso terrenal. También afirmaba que en nuestro planeta, dividido en siete partes, seis de ellas son tierra firme y sólo una la ocupan los mares. En cambio, un obispo de España, cuando algunos colegas suyos criticaban por rutina el proyecto de Colón de ir hacia Occidente dando vuelta á la tierra, fundándose en que San Agustín y otros autores sacros dudaban de dicha esfericidad, contestó con energía: «San Agustín y otros respetables varones son autoridades en materias teológicas, pero de ningún modo en cosmografía».
Hubo un silencio, y Claudio Borja dijo con aire pensativo:
--De todos modos, fué un acto hermoso é interesante el del padre de Madona Lucrecia partiendo la tierra en dos pedazos. Demuestra la autoridad que aún gozaba entonces el Pontífice, no obstante sus propias liviandades y las de muchos antecesores. Pudo repartir el mundo como cosa propia... Lo malo fué que ya empezaba entonces á moverse en Alemania un frailecillo agustino llamado Martín Lutero.
V
La escandalosa «guerra de la fornicación», y cómo produjo, con diversos nombres, un espectro lívido que todavía existe.
Enciso se aproximó á una de las ventanas de su biblioteca, mirando al exterior.
--Llueve. No se vaya usted aún. Fumemos otro cigarro.
Brillaban calles y techumbres bajo una lluvia tenaz que obscurecía prematuramente el cielo del atardecer.
Claudio Borja, que ya se había puesto de pie para marcharse, volvió á ocupar un sillón, tomando el grueso cigarro ofrecido por el diplomático.
Se quedaría media hora más, esperando que pasase el chubasco. Y reanudaron su evocativa conversación.
--El año 1494--dijo Enciso después de reflexivo silencio--resultó para el papa Borgia el más peligroso de su existencia. A fines de Enero supo la muerte casi repentina del rey Ferrante ó Fernando, aquel bastardo nacido en Valencia, que fué cabeza de la dinastía napolitana de Aragón. Su heredero Alfonso II se apresuró á buscar el apoyo del Papa, único soberano de Italia que podía ayudarle. Veíase amenazado el nuevo monarca por la expedición de Carlos VIII y la hostilidad del pueblo y los barones de Nápoles, tratados con rudeza por el difunto don Ferrante.
Otra vez se consideró Alejandro VI en un dilema angustioso. El rey de Francia le enviaba embajadores amenazándolo con reunir un concilio que le quitaría la tiara si no se unía á él. Julián de la Rovere, separado del rey de Nápoles, empezaba á trabajar por el monarca francés. Además corría el peligro de perder á su íntimo amigo el cardenal Ascanio Sforza, partidario también del rey de Francia por su parentesco con el tirano de Milán.
Quiso contemporizar inútilmente, enviando la Rosa de Oro á Carlos VIII como símbolo de amistad, y prometió al mismo tiempo dar la investidura al nuevo rey de Nápoles; esto último por complacer á su amigo Fernando el Católico.