A los pies de Venus (los Borgia)
Part 19
Empezaron á mostrarse inquietos en el curso del día los allegados al Pontífice. El palafrenero del duque había sido encontrado al amanecer en la llamada «plazoleta de los Hebreos», cerca del sitio donde se despidieron los dos hermanos, herido tan gravemente que apenas podía hablar. El caballo del duque, con silla y riendas, erraba por las calles inmediatas. Interrogado el moribundo, respondió dificultosamente que había seguido á su señor hasta la expresada plazoleta, y allí le había ordenado que esperase una hora y se volviera solo al Vaticano si no le veía aparecer en dicho tiempo. Y no pudo explicar cómo lo habían sorprendido y herido de muerte durante la mencionada espera.
Todavía creyeron á Juan de Borja oculto por una cita amorosa; pero al día siguiente, 16, su persistente desaparición comenzó á justificar las peores conjeturas. En vano el prefecto de Roma con sus tropas de esbirros registró las calles y casas de la barriada donde había desaparecido el primogénito del Pontífice. Sus investigaciones se dirigieron luego hacia el Tíber, testigo de tantos delitos y que guardaba para siempre el secreto de los numerosos cadáveres arrojados á sus aguas. Dos esclavones que habían velado á orillas del río contaron entonces lo que vieron en la noche del 14 de Junio. Uno de ellos guardaba montones de leña recién desembarcada. El otro, batelero de profesión, dormía en su barca, y despertado por el frío nocturno, asistió al mismo espectáculo que su compatriota.
Dos hombres habían salido con precaución, cerca del amanecer, de una calleja inmediata al hospital llamado de los Esclavones para explorar si la ribera estaba desierta. No viendo á nadie, retrocedían, regresando luego con otros dos individuos, que permanecieron junto al Tíber vigilando los alrededores, mientras los primeros tornaban por segunda vez á la calleja. Cuando se mostraron por tercera vez, luego que los vigías les hicieron señales para que avanzasen sin miedo, escoltaban á un jinete, llevando éste sobre la grupa de su caballo blanco, tendido á través, un cadáver cuyos brazos y piernas pendían á ambos lados de la bestia.
Llegó el grupo al borde del Tíber, deteniéndose en un lugar donde desaguaba un albañal. El jinete volvió la grupa de su caballo hacia el río, sus ayudantes tiraron del cadáver, sosteniéndolo por los pies y los brazos, y luego de balancearlo dos ó tres veces para que adquiriese más impulso, lo echaron al agua. Al volver el caballero su montura cara al río, vió flotar la capa de la víctima é hizo un signo. Entonces sus acompañantes arrojaron piedras, hasta que la capa desapareció. Hecho esto, los cinco hombres se reunieron, alejándose por una calleja distinta.
Riñó el prefecto de Roma al humilde mercader de leña y al batelero por no denunciar antes dicho crimen; pero ambos respondieron con sencillez que habían visto en el curso de su vida arrojar al Tíber más de cien cadáveres durante la noche, sin que nadie se inquietase al otro día en averiguar su procedencia.
Esto no era una especialidad del tiempo de los Borgia. En el siglo XV, robos y asesinatos figuraron como accidentes ordinarios en la vida romana, y así continuó ésta bajo los pontificados siguientes.
Trescientos pescadores del Tíber fueron convocados para registrar las aguas, y á mediodía del 16, uno de ellos sacó en su red el cadáver del duque de Gandía, cerca de la iglesia de Santa María del Popolo. El cuerpo de Juan de Borja estaba vestido, con la garganta cortada y el pecho atravesado por nueve heridas. Su elegante justillo no tenía un solo botón sin abrochar. Los guantes largos y perfumados los llevaba pendientes de su cinturón, y su bolsa contenía treinta ducados de oro.
Cubierto con una capa fué llevado en barca hasta el castillo de Sant Angelo, donde lo desnudaron y purificaron, revistiéndolo después con el suntuoso traje de gonfaloniero. En la misma noche fué expuesto el cadáver en Santa María del Popolo y enterrado con gran pompa. El féretro no tenía tapa, viéndose el rostro del muerto. Detrás marchaban doscientos hombres con antorchas, toda la nobleza romana amiga del duque, los embajadores de España y de Milán, muchos cardenales y obispos.
Al mismo tiempo, los españoles que había capitaneado Juan de Borja en su última campaña se esparcían por Roma, espada en mano, dando gritos de venganza, buscando inútilmente al asesino, siendo por su exceso de celo un verdadero peligro para el vecindario.
Contaba la gente que al pasar el entierro nocturno frente al castillo de Sant Angelo, un grito desgarrador partió de una de sus ventanas. Era el Papa, que se había trasladado por el pasaje subterráneo desde el Vaticano á la fortaleza, para contemplar por última vez el rostro de su hijo preferido, acostado en un féretro, bajo los purpúreos resplandores de doscientas antorchas.
Tan violento fué el dolor de Alejandro, que tomó aspecto de demencia. El hombre meridional, con sus complejidades inexplicables y sus arrepentimientos ardorosos, reaparecía en este varón siempre sereno y jocundo. Tres días estuvo encerrado en su cámara, sollozando como un niño. A través de las puertas se escuchaban sus lamentos entremezclados con rezos é imprecaciones terribles. Del miércoles al sábado no tuvo un solo instante de calma. El cardenal de Segovia, su allegado más íntimo, permaneció en el umbral de su puerta durante los tres días, siendo el único que pudo decidirle finalmente á que comiese un poco.
Después de estos extremos ruidosos de pena se entregó al desaliento, mostrando una humildad que hizo dudar á muchos de su razón. Habló de renunciar á la tiara para dedicarse en absoluto á la penitencia, llevando una vida de asceta. Dejó estupefactos á sus cardenales con un discurso en el que se acusó á sí mismo de ser un objeto de escándalo, pidiendo perdón á Dios y á los hombres, jurando emprender inmediatamente una reforma completa de las costumbres eclesiásticas, purificación que prometían todos los Papas y ninguno osaba realizar.
Entrecortó su discuto con lamentos, se golpeó el pecho, expresando su desesperación ingenuamente, con hipérboles semejantes á las de la poesía oriental: «Si Nos tuviésemos siete tronos--decía--, todos ellos los daríamos por devolver la vida al duque.» Y lo que más le apenaba era recordar que el cadáver de aquel hijo, siempre cubierto de sedas y joyas, el primer elegante de su tiempo, había sido recogido junto á un albañal, en la parte más infecta del Tíber, por una red de pescador.
--¡Lo mismo que un saco de basura!--exclamaba dolorosamente el Pontífice.
Parecía asociarse la Naturaleza de un modo dramático á este dolor ruidoso. Una violenta tempestad empezó á rugir sobre Roma. La lluvia y la crecida del río inundaron las calles. El rayo cayó en las habitaciones privadas del Papa y también sobre el castillo de Sant Angelo, derribando la estatua colosal del arcángel que servía de coronamiento á la antigua _Moles Adriana_. La superstición popular añadió nuevos detalles á este cuadro trágico, asegurando que una procesión de espectros había desfilado durante la noche, bajo el estrépito de la tormenta, por las naves de la basílica de San Pedro, y que el duque de Gandía, en forma de fantasma, vagaba á medianoche por el mencionado castillo pidiendo que le vengasen.
Rodrigo de Borja, hombre de acción en su mocedad, incapaz de sufrir ninguna ofensa, abandonaba de pronto su actitud devota, resignada ante la desgracia, para dar órdenes furiosas al prefecto de Roma y á sus esbirros, así como á los capitanes españoles que estaban á sus órdenes y á todos los que pudieran ayudarle en su venganza. Era preciso encontrar á los matadores del duque, imaginando los más atroces suplicios para su castigo. Pero transcurrieron los días sin descubrir un indicio que permitiese conocer la verdad.
Claudio Borja pensaba en que iban pasados más de tres siglos sin que nadie pudiese aportar una prueba convincente de quién había sido el asesino. En realidad, Juan de Borja, con sus aventuras de amor incesantes y audaces, estaba destinado á perecer de tal modo dadas las costumbres vengativas de entonces.
En los días siguientes al de su muerte, todos creyeron, empezando por su padre, que ésta había sido obra de algún marido celoso. El hecho de quitarse los guantes, pasándoselos por el cinturón de su espada, era una demostración de que lo habían sorprendido y asesinado cuando iba á dar sus manos á alguna mujer. Luego, el misterio de dicha muerte fué agrandando el círculo de los comentarios. La hembra que le había dado la cita nocturna bien podía ser un agente al servicio de los enemigos del duque, deseosos de acabar con él. Además, el recuerdo de aquel enmascarado que le acompañaba desde semanas antes á todas partes y había sido su guía en la noche del crimen corroboraba tal suposición.
Se tuvieron sospechas de los Orsini, enemigos del Pontífice y en especial de Gandía, el cual les resultaba más insufrible que su padre, á causa de su jactanciosa mocedad. Se sospechó también del cardenal Ascanio Sforza, que se había disputado recientemente con Juan; de Bartolomé de Albiano, enemigo suyo; del duque de Urbino, prisionero en el desastre de Soriano, que se mostraba furioso contra los Borgia porque no le habían ayudado á pagar su rescate; de Juan Sforza, el antiguo esposo de Lucrecia, y hasta de los Colonna, siempre amigos de aquéllos.
El Papa examinó estas culpabilidades presuntas con una resignación dolorosa que le hizo mostrarse imparcial y justo. El mismo disculpó al cardenal Sforza, unas veces su colaborador, otras su adversario, cuya acusación parecía, por determinadas circunstancias, la más verosímil de todas. No sólo defendió á su amigo Ascanio, proclamando su inocencia; también hizo lo mismo con otros acusados por la voz pública. Unicamente guardó silencio en lo que hacía referencia á los Orsini. No los acusó, pero se abstuvo de defenderlos como á los otros.
«Indudablemente fueron los Orsini--pensaba Claudio--los que ejecutaron ú ordenaron el asesinato del duque de Gandía.»
Y repasaba en su memoria las opiniones de los pocos historiadores modernos que habían estudiado la vida de los Borgia de un modo concienzudo, sin hacer caso de apasionamientos y mentiras procedentes de aquella época. Aun siendo enemigos de los Borgia, reconocían en este asesinato del hijo mayor del Pontífice una venganza de la familia Orsini, furiosa por la muerte de su mejor capitán, Virginio Orsini, preso en el castillo del Huevo, en Nápoles, y al que sus parientes supusieron envenenado.
El dolor ruidoso del Pontífice conmovió á la cristiandad entera. Todos los reyes le enviaron cartas de condolencia. Hasta el austero Savonarola cesó en sus ataques al Papa, impresionado por la desesperación que mostraba el padre.
Permanecía ahora resignado y silencioso, absteniéndose de nuevas acusaciones. ¿Para qué?... Su hijo no podía resucitar. Transcurrieron nueve meses sin que los maldicientes, ni aun los más exagerados, ligasen á este asesinato el nombre del cardenal César Borgia, que se había ido á Nápoles poco después de dicho suceso para conferir su investidura al nuevo rey. A nadie se le ocurrió la monstruosa suposición de que César hubiese asesinado á su hermano.
Pasados los mencionados nueve meses, se forjó en Venecia tan infame patraña, siendo tal vez su primer inventor el lenguaraz invertido Juan Sforza.
Después de repasar Claudio sus estudios mentalmente, se convencía de la no existencia de pruebas que demostrasen la certidumbre de este fratricidio inútil. César Borgia había cometido crímenes; pero ¿á qué añadirle uno más, inverosímil y sin ningún fundamento?... Bastante tenía con los suyos.
Sus enemigos, para justificar la calumnia, le describían roído por la ambición, viendo en su hermano un obstáculo para su gloria, haciéndolo asesinar con la esperanza de que así conseguiría librarse del cardenalato, ser príncipe laico, sucediendo á Gandía en el mando de las tropas de la Iglesia.
«Todo falso--continuaba diciéndose el joven--. Precisamente Juan de Borja moría asesinado en el momento de su descrédito, después de la derrota que le habían infligido los Orsini en el combate de Soriano, cuando todos estaban convencidos, hasta su mismo padre, por más que lo ocultase, de que era un pobre príncipe de comedia, brillante, simpático, generoso, pero sin condiciones militares ni políticas. Incapacitado de ejercer en lo futuro ningún mando, toda la autoridad positiva de los Borgia iba viniendo á las manos de César. Este no necesitaba ya para conseguir sus fines hacer desaparecer al fracasado duque, crimen horrendo que le podía alienar en cambio el apoyo de su padre y de su familia.»
Resultaba absurda también la suposición de que Alejandro VI había transigido, por miedo ó por mantener incólume el honor de su estirpe, con el asesino de su hijo mayor, luego de confesar César su culpabilidad, como decían los calumniadores. Rodrigo de Borja, violento en sus cariños, era incapaz de aceptar un crimen tan inaudito. Jamás habría podido tener con el supuesto fratricida la confianza que le mostró en los años posteriores, ni sentir entusiasmos tan sinceros por sus victorias.
Algunos, para probar el crimen de César, empleaban como argumento el silencio y la resignación del Papa ante la muerte de su primogénito luego de las manifestaciones coléricas ó desesperadas de los primeros días.
Claudio se explicaba tal cambio de conducta en un hombre sanguíneo, arrebatado en sus pasiones. Después de sus ruidosas y terribles agresividades, caía en una pereza de sentimientos que le impulsaba á la mansedumbre y la tolerancia. Se decía, tal vez, que resulta más doloroso y cuesta mayores esfuerzos castigar á los enemigos que perdonarlos.
Sabiendo que los Orsini eran los autores más ó menos directos de la muerte del duque, no mató á ninguno de ellos. También Juliano de la Rovere, su eterno adversario, y otros cardenales no menos hostiles, estuvieron repetidas veces á merced de su voluntad, pudiendo vengarse en sus personas, y sin embargo el Papa de los innumerables asesinatos y del terrible «veneno de los Borgia» no atentó contra su existencia, ni siquiera alteró su bienestar encarcelándolos.
Quejándose una vez ante sus cardenales de las violencias de César, que realmente era vengativo y no tenía empacho alguno en exterminar á sus adversarios si lo consideraba útil, el Papa dijo así:
--Yo opino de otro modo, tal vez porque no soy joven, y moriré con la conciencia tranquila pensando que en muchas ocasiones pude quitar la vida á gentes que me habían causado grandes daños y sin embargo no lo hice.
Además, César nunca fué en sus combinaciones criminales amigo de tapujos. Luego de organizar el «bello engaño» de Sinigaglia para librarse de sus capitanes rebeldes, se jactó de la maestría con que había preparado dicha ejecución. Mataba él mismo, bajo el imperio de su cólera, ó confiaba el homicidio á sus íntimos, públicamente, asumiendo la responsabilidad.
En plena corte papal, casi en presencia de su padre, daba de puñaladas al español Pedro Calderón, que se había alabado de ciertas privanzas amorosas con su hermana Lucrecia. Estos amoríos, más verbales que carnales, y el _flirt_ epistolar en castellano con Pedro Bembo, futuro cardenal, fueron las dos aventuras conocidas de Lucrecia.
Parecido á todos los hombres de acción de su época, César tenía el orgullo de sus crímenes, apreciados entonces menos severamente que ahora, y justificados, según él decía, por la necesidad de «matar para que no lo matasen».
Durante su corta y ruidosa existencia nadie lo acusó terminantemente y con pruebas del asesinato de su hermano. La mayoría dudó siempre de esta suposición. Sólo al transcurrir los años hizo la calumnia un argumento de los propios triunfos de César, para sostener la hipótesis del fratricidio.
Viéndole victorioso de los tiranuelos italianos, apoyado por el rey de Francia, apoderándose uno tras otro de los pequeños Estados, conquistas que iban á colocar en su cabeza la corona de toda Italia, los enemigos dijeron que «César no habría podido ser nunca lo que era ahora, de seguir viviendo su hermano Juan». Y sacaron la conclusión de que para llegar á ello lo había asesinado. A falta de pruebas materiales de su culpabilidad, esto les parecía suficiente.
Al recordar Claudio Borja dicha imputación criminal, se encogía de hombros.
«Con tal sistema--pensó--todos los que heredan á sus antecesores, ó los que se valen para su propia grandeza de lo que aquéllos prepararon antes, podrían ser acusados igualmente de haberles dado muerte para abrirse camino.»
II
Del terrible don Miguelito y de cómo el cardenal de Valencia pasó á ser duque de Valencia en Francia, casándose y enviando á su padre el Papa una carta con un número 8.
«Ni reforma de las costumbres de la Iglesia--siguió pensando Borja--, ni abdicación de la tiara, ni vida de penitencia. Al Pontífice le ocurrió lo que á muchos hombres enérgicos cuando surgen indemnes de una gran borrasca y recobran su tranquilidad. Fué semejante al marino ó al militar que hace una promesa viendo su existencia en peligro, y después la olvida.»
Su lucha con los turbulentos feudatarios de la Santa Sede, y sus propios intereses de padre, ansioso de engrandecer á sus hijos, le hicieron recobrar el equilibrio de su vida diaria, olvidando al muerto.
César Borgia procedía en todo como un príncipe laico. Cuando se presentaba en público era siempre con la espada al cinto, vestido elegantemente á la española, ó sea de negro, con larga pluma blanca en el birrete. Otras veces lo veían los romanos á caballo, llevando turbante y rico caftán, por gustarle las modas orientales después de su amistad con el príncipe Djem.
Se había hecho fabricar una espada, magnífica obra de arte, en cuya hoja estaban grabados los episodios más interesantes de la historia de Julio César, y una inscripción latina, que luego fué el lema de su existencia, tan corta y abundante en aventuras: _Aut Cesar aut nihil_: «O César ó nada».
Manteníase en su familia una ambición tradicional que podía titularse borgiana. Desde Calixto III, los Borgia deseaban crear un reino en Italia que sirviese de apoyo al Pontificado. César se creía igual á los príncipes reales, destinados á heredar una corona. La única diferencia consistía en que él necesitaba adquirir el reino por su propio esfuerzo, apelando á la astucia y á la espada.
Lo más urgente era librarse de su cardenalato. Luego realizaría lo que no pudieron conseguir ninguno de los Borgia hombres de guerra; ni el arrogante Pedro Luis, predilecto de Calixto III, ni su propio hermano, el hermoso é inútil duque.
Todos sabían en Roma que el cardenal de Valencia pensaba abandonar la carrera eclesiástica. El mismo Papa no hacía un secreto de ello, diciendo que «en vista de su conducta mundana, era mejor que renunciase á la púrpura cardenalicia, para salvar su alma».
Dando ya por seguro este cambio de estado, César concentró su ambición en la casa reinante de Nápoles. Deseaba casarse con Carlota, hija de Federico, al que había impuesto la corona él mismo como legado. Este último monarca de la casa de Aragón rechazó todas las insinuaciones para dar su hija á César Borgia.
--No puedo tener por yerno á un capellán, hijo de otro capellán--dijo rudamente.
Soñaba César con ocupar el trono de Nápoles por herencia. Todos los Borgia se consideraban con derecho á dicho reino, creado por Alfonso el Magnánimo, el amigo de Calixto III, y ocupado por los descendientes de un bastardo valenciano, del que había sido maestro y protector dicho personaje antes de verse Pontífice.
Nápoles, los Estados de la Iglesia y lo que César fuese conquistando luego, formarían un gran reino italiano regido por una dinastía Borgia, protectora de Pontífices elegidos bajo su influencia. Pero el rey Federico siguió negándose á todas las propuestas indirectas de Alejandro y de su hijo.
--Que el Papa--dijo á los intermediarios--cambie las reglas de la Iglesia, si quiere ser mi consuegro, y declare que un cardenal puede tomar mujer.
Dándose cuenta después de su débil situación y necesitado del apoyo papal, se ofreció á unir su sobrino Alfonso, hermano de doña Sancha, con Lucrecia la divorciada del señor de Pésaro. Los dos cónyuges eran de nacimiento ilegítimo, pero esto nada tenía de extraordinario en aquella época de príncipes bastardos. El Pontífice acabó por aceptar dicho matrimonio con la esperanza de que facilitase luego el de César con Carlota de Aragón.
Las bodas de Lucrecia y Alfonso se celebraron en Roma al principio del verano de 1498. Presentábase el novio en la ciudad papal, dotado por su tío el rey de Nápoles con los ducados de Biseglia y de Quadrata. Al contrario de su hermana Sancha, este Alfonso era débil de carácter y algo tímido. Tenía diez y siete años, uno menos que Lucrecia, y no parecía sentir gran entusiasmo por el matrimonio. En cambio, la hija del Papa mostró una verdadera pasión por este joven napolitano, esbelto, elegante y de bello rostro. Su carácter, siempre pasivo hasta entonces, se caldeó con el fuego del deseo. Fué ella la que amó verdaderamente, y el duque de Biseglia se dejó admirar, correspondiendo con cierta tranquilidad á los transportes de su esposa.
De todos modos, el segundo casamiento de Lucrecia no se pareció en nada al que se había roto siete meses antes, pues dentro del mismo año la joven duquesa de Biseglia quedó embarazada.
Alfonso y la hija del Papa se instalaron en el palacio de Santa María in Portico. Adriana y la bella Julia Farnesio ocupaban ahora el palacio Orsini en Monte Giordano. Las bodas de Lucrecia dieron ocasión á largos festejos. Doña Sancha, que era ágil de pluma, relató detalladamente sus magnificencias. El banquete nupcial se celebraba de noche y las danzas duraron hasta la salida del sol.
Mostraba el Pontífice una afición extraordinaria por el baile, atribuyéndolo los italianos á su origen español. Lucrecia y su hermano César eran consumados danzarines. Los cardenales y demás personajes de la corte tenían verdadero gusto en ver bailar á Madona Lucrecia, poseedora de una gracia especial para las danzas españolas, heredada sin duda de sus abuelas paternas. Toda la tribu de los Borja más ó menos auténticos, venidos de España para engrandecerse, los señores romanos afectos á la familia y los cardenales fieles á Alejandro, figuraron en dichas fiestas. De acuerdo con las costumbres de entonces, era un honor servir los platos y las bebidas al Pontífice. Un prócer le escanciaba los vinos, otro le servía de «paje de pañizuelo», ofreciéndole la servilleta. Tres horas duraba el banquete, y antes de levantarse los manteles hacía entrar Su Santidad los regalos destinados á doña Lucrecia: dos fuentes enormes de plata cincelada con dos copas no menores, en cuyo interior había muchas joyas; dos candelabros del mismo metal para sostener hachones; una nave, también de plata, con sus velas desplegadas, y guardando en su casco, bajo llave, toda clase de especias; una caldereta de agua bendita, con su hisopo, y en su interior un collar de oro con numerosas piedras preciosas.
Los cardenales presentes le fueron entregando por turno sortijas y otras alhajas. Madona Lucrecia era una princesa, á la que convenía halagar para tener propicio á su omnipotente padre.
Terminado el banquete, todos se dirigían á las Estancias nuevas, ó sea los salones pintados pocos años antes por el Pinturicchio.
César, cardenal de Valencia, aparejaba una montería en dichos salones. Uno de éstos, donde estaba el sitial de Su Santidad, figuraba un bosque, y en la pieza inmediata existía una fuente con cascadas y varias culebras nadando en ella, para dar un carácter más auténtico al decorado.