A los pies de Venus (los Borgia)
Part 11
Rovere, su adversario, convencido de su propio fracaso, trabajó por crear un Pontífice que se lo debiera todo á él y siguiese su dirección, fijándose en Juan Bautista Civo, cardenal de origen genovés, como su tío Sixto IV. Apeló Juliano á todos los medios para hacerlo triunfar, valiéndose hasta del soborno, y finalmente ganó la votación el cardenal Civo, tomando el nombre de Inocencio VIII.
Era un hombre grande, fuerte, carilleno, extraordinariamente blanco y de ojos muy débiles. Su familia genovesa, aunque pobre, estaba emparentada con la riquísima de los Doria. Tenía dos hijos ilegítimos: Teodorina y Franceschetto. Sus enemigos afirmaban que estos hijos eran únicamente sus predilectos y que había dado la vida á muchos más, haciéndolos ascender algunos comentaristas á siete, y otros á diez y seis.
Sixto IV lo había protegido por su carácter blando y tolerante, que le permitía ser benigno con todos. Juliano esperaba obtener cerca de él una influencia mayor que durante el pontificado de su tío. Todos los embajadores escribían á sus potencias que el cardenal de San Pedro, ó sea Juliano de la Rovere, iba á resultar el verdadero Papa.
Pronto se dió cuenta de que no era tan absoluto su poder como se lo había imaginado en el momento de la elección. El Pontífice tenía un hijo cerca de él, Franceschetto Civo, deseoso de aprovechar la buena fortuna paternal para reunir dinero y entregarse á toda clase de desenfrenos. Como era extremadamente jugador y poco favorecido por la suerte, intervenía en toda clase de negocios á cambio de valiosas comisiones. Mientras tanto, Inocencio VIII parecía preocuparse de la organización de una cruzada, lo mismo que sus antecesores, pero sin éxito alguno. Su única victoria fué traer á Roma al príncipe turco Djem ó Hixem, como decían los españoles.
A la muerte del gran Mohamed, dos de sus hijos se habían disputado la corona imperial. Era Bayaceto quien sucedía al victorioso padre, y su hermano menor, Djem, que contaba con muchos partidarios, tenía que huir de Constantinopla en 1482 para que aquél no lo suprimiese, buscando refugio entre los caballeros de San Juan que ocupaban la isla de Rodas. El Gran Maestre de dicha orden veía en Djem un poderoso medio para tener en jaque á Bayaceto, y ajustaba, finalmente, con éste un tratado, en virtud del cual los llamados caballeros de Rodas guardarían en custodia al pretendiente Djem, á condición de que el emperador turco no atacase su isla, pagando, además, con pretexto de la manutención de su hermano, un tributo anual de 45.000 ducados.
Djem era enviado á unas tierras que los sanjuanistas poseían en Auvernia, y desde entonces los reyes de Francia, de Nápoles y de Hungría, la república de Venecia y el Papa--todos los que deseaban ser temidos de Bayaceto para que les dejase en paz--pretendieron tener bajo su custodia al «Gran Turco», pues así llamaban al príncipe Djem.
Inocencio VIII pudo más que sus contendientes, dando el capelo cardenalicio al Gran Maestre de Rodas, así como muchos privilegios y libertades á la mencionada orden, y el príncipe turco pasó á vivir en Roma con una guardia, para su propia seguridad, de caballeros sanjuanistas. Además, como Djem iba á ser huésped del Papa, éste cobraría en adelante los 45.000 ducados anuales que entregaba el sultán.
Roma entera se puso en movimiento para recibirlo. Tal era el pavor infundido por Mohamed después de la toma de Constantinopla, que había circulado la predicción de que el soberano de los turcos iría un día á apoderarse de la Ciudad Eterna, estableciendo su alojamiento en el Vaticano. Y todos creyeron ver un acto de la voluntad divina al cumplirse tal vaticinio, pero de diferente modo, llegando el «Gran Turco» como cautivo y no como vencedor.
Se aposentó Djem en el Vaticano, y allí vivió tranquilamente varios años, sin dejar de inspirar inquietudes á su hermano Bayaceto, pues una parte del pueblo turco, así como los genízaros, parecían dispuestos á sublevarse á favor suyo si se presentaba en el país.
Otro suceso más importante hizo olvidar la llegada de Djem. En la noche del 31 de Enero de 1492, recibió el Papa la noticia de haberse rendido Granada á los Reyes Católicos el 2 de dicho mes, colocándose en las torres de la Alhambra las banderas cristianas y un gran crucifijo de plata regalado por Sixto IV para que precediese á las tropas en esta última guerra contra los infieles.
La rendición de Granada la consideraron en Roma como una especie de compensación por la pérdida de Constantinopla. Los futuros Reyes Católicos enviaron al Papa cien prisioneros moros, en agradecimiento á los auxilios que les había prestado durante su campaña.
A pesar de hallarse muy enfermo, fué Inocencio VIII en procesión desde el Vaticano á la iglesia de Santiago, en la plaza Navona, que era propiedad de los españoles, celebrando allí una gran fiesta. Los regocijos públicos resultaron numerosos. El embajador español pagó una representación pública de la conquista de Granada, el cardenal Rafael Riario organizó un cortejo reproduciendo la entrada triunfal de los soberanos españoles en dicha ciudad, y Rodrigo de Borja dió en la plaza Navona la primera corrida de toros, á estilo de España, que presenciaron los romanos.
El sultán turco, en relaciones continuas con el Papa desde que éste guardaba á su hermano Djem, le envió como regalo una preciosa reliquia: la lanza con que Longinos había abierto el pecho de Cristo clavado en la cruz. El musulmán Bayaceto garantizaba la autenticidad de dicha reliquia.
Los cardenales más afectos al Papa, presididos por Juliano de la Rovere, salieron lejos de Roma para recibir á los mensajeros turcos, incautándose de la Santa Lanza. Inocencio VIII, próximo ya á la muerte, abandonó el lecho para presidir dicha solemnidad. El arma bendita fué llevada en procesión á través de Roma, hasta las habitaciones particulares del Pontífice.
Al verse Rodrigo de Borja suplantado por Rovere, que ocupaba en la ceremonia el sitio más honorífico después del Papa, quiso abrumar á dicho rival con su riqueza y su gallardía, y asistió al recibimiento de la Santa Lanza vestido lujosamente á la española, montando un brioso corcel, que manejaba con su habilidad de consumado jinete, la espada al costado y en la cabeza una gorra con adornos de perlas, rematada por airoso penacho.
Dicha procesión fué el último acto público de Inocencio VIII. De Junio á Julio estuvo entre la vida y la muerte, y la certeza de su próximo fin agravó la falta de seguridad en Roma.
No pasaba un solo día sin asesinatos. Las turbas vivían olvidadas de todas las imposiciones del orden. El médico del Papa, que era judío, hizo degollar tres niños de diez años--según contaban las crónicas de entonces--, llevando al enfermo la sangre de ellos para que la bebiese, único medicamento capaz de reanimar su vigor. Este remedio monstruoso no era raro en la medicina de aquella época, siempre predispuesta á emplear la sangre humana para fines terapéuticos.
Se negó Inocencio á admitir el terrible brebaje, y en sus últimos días aún tuvo fuerzas para llamar á los cardenales en torno á su lecho, exhortándolos á la concordia, pidiendo que eligiesen un Pontífice mejor que él.
El 25 de Julio de 1492, en las primeras horas de la noche, moría Inocencio VIII. Sus actos más notables habían sido dar ayuda á los Reyes Católicos en la expulsión de los judíos de España y publicar una bula contra las brujas y hechiceros existentes en Alemania, documento que sirvió de base á ulteriores persecuciones de la Inquisición.
También en su tiempo se falsificaron muchas bulas pontificias por empleados de la Santa Sede, ganosos de adquirir dinero fuese como fuese, á imitación de Franceschetto Civo, el hijo del Pontífice. Este, cuando no andaba á altas horas de la noche por las calles de Roma con un grupo de libertinos, intentando penetrar á viva fuerza en las casas donde vivían mujeres bonitas y recibiendo las más de las veces palizas de padres y esposos, se dedicaba al juego en casa del cardenal Riario, que era un incansable tahúr. Una noche perdió Franceschetto 14.000 ducados, y fué á quejarse á su padre de que el cardenal jugaba con cartas marcadas. Así debía ser, pues todos los que jugaban con Riario, aunque fuesen compañeros suyos de consistorio, salían perdiendo.
Claudio Borja recordaba la tumba de Inocencio VIII. Como era un monumento de bronce con hermosas esculturas del arte cuatrocentista, la habían conservado, pasando de la antigua iglesia de San Pedro á la actual basílica. Gracias al valor artístico de dicha sepultura, la memoria de Inocencio VIII se perpetuaba más que la de otros Pontífices superiores á él, caídos en olvido.
Lo designaba la inscripción sepulcral como el Papa bajo cuyo reinado había sido descubierto el Nuevo Mundo.
«Una falsedad escandalosa--pensó Claudio--. El Papa murió el 25 de Julio de 1492, ó sea cuando Colón vivía aún en Palos, sin saber cómo iniciar su viaje por falta de marineros, y Martín Alonso Pinzón lo salvaba reclutando las tripulaciones.»
Esta inscripción de la tumba de Inocencio VIII había sido redactada muchos años después de la muerte de dicho Papa. Los enemigos y calumniadores del español Alejandro VI hasta pretendían robarle la gloria del gran acontecimiento geográfico ocurrido bajo su pontificado.
III
En el que se habla del ruidoso triunfo del vicecanciller, de la bella Julia, «esposa de Cristo», y de su hermano «el cardenal faldero».
Cuando doña Natividad, la cuñada de Bustamante, torcía el curso de su humor agrio contra Enciso de las Casas, formulaba siempre la misma crítica:
--Le gustan las gentes de mala conducta; no lo puede evitar. ¡Un hombre que la echa de cristiano! ¡Un padre de familia con tantos hijos, y una esposa tan buena... y tan tonta!
Si el embajador oía tales críticas, procuraba excusarlas con una benevolencia protectora.
Su rico amigo, y ahora compañero de diplomacia, quería ser ante todo un artista, un escritor. Tenía una concepción romántica de la vida. Todos los grandes hombres, según él, habían llevado una existencia desordenada, hasta incurrir á veces en los mayores vicios. Le parecía imposible el talento sin ir acompañado de escandalosos defectos y hasta de aberraciones. Y por una lógica á la inversa, imaginábase que todos los que vivían emancipados de la moral corriente debían ser de gran talento, aunque no lo demostrasen. Por esto consideraba con irresistible simpatía á los intelectuales y á los pecadores, cual si unos y otros perteneciesen á la misma familia.
Doña Nati no iba completamente descaminada en sus maledicencias. Este personaje que visitaba al Papa todos los meses y mantenía una estrecha relación de amistad con la mayor parte de los príncipes eclesiásticos, se consideraba obligado á ser «un poco bohemio» dentro de la magnificencia de su vida, perdonando fraternalmente á cuantos menospreciaban las conveniencias sociales y morales, manteniéndose al margen de ellas. Por algo escribía libros y coleccionaba cosas antiguas.
La concurrencia á su mesa y sus salones resultaba algo heterogénea. Al lado de los cardenales tomaban asiento gentes de vida aventurera, pero de nombre célebre: aristócratas arruinados y sospechosos, artistas cuyas costumbres eran contadas al oído con guiños de ojo y rubores.
--A mí lo que me interesa--decía Enciso--es que las personas tengan una novela en su vida. Lo importante es ser alguien. El malo acaba por hacerse bueno; Dios perdona á todos, y debemos imitar su bondad infinita.
Esta tolerancia causaba extrañeza á muchos de sus comensales. No podían explicársela en un hombre clasificado para siempre entre las gentes tranquilas y de morigeradas costumbres. Invitaba á todas las familias de su país que pasaban por Roma, y sonreía conmovido agradeciendo los elogios dedicados á su lujosa vivienda.
--Me distingo algo de mis colegas de las otras repúblicas de América--decía con falsa modestia--. Esto consiste en que soy un poco artista. Tengo aficiones que ellos no conocen. ¡Y pensar que en nuestro país no se enteran de la importancia que les estoy dando con mi prestigio en Roma!...
Algunas matronas sudamericanas resumían su admiración deseando para sus hijas un esposo tan rico y tan bueno como Enciso de las Casas.
--¡Qué suerte ha tenido Leonor!--éste era el nombre de su esposa--. ¡Qué marido insustituíble!...
Para Enciso resultaban molestos y hasta ofensivos estos elogios á su fidelidad conyugal y que todos la considerasen fuera de duda.
--No se fíe, señora--contestaba con una expresión maliciosa según él--. Tal vez la estoy engañando con mi hipocresía. ¡Soy muy diablo!
--¿Usted, Manuel?...
Y quedaba confundido y apesadumbrado al mismo tiempo por la extrañeza casi burlona de las damas. De ningún modo podían admitir que fuese «un diablo». Todas se resistían á creerle de vida desordenada y secreta... «como los hombres de talento».
Definitivamente era un padre de familia que sólo podía pensar en los suyos; un personaje tranquilo, incapaz de tener una historia secreta; un «burgués» que debía quedarse para siempre ante las puertas de la bohemia, sin conseguir penetrar en ella por más que hiciese. Pero esto no disminuía su afecto hacia los que estaban dentro de aquel infierno, cerrado para él.
A Claudio Borja considerábalo interesante á pesar de su gravedad melancólica y poco expresiva. Incluíalo entre los que «tienen novela». Y al español le agradaba que Enciso aludiese en sus conversaciones á la hermosa viuda, mostrando gran aprecio por su persona.
Era el único que parecía acordarse de la existencia de Rosaura, sin duda porque ésta también «tenía novela». Con una discreción sonriente procuraba mencionar á la argentina valiéndose de los más diversos pretextos, y al mismo tiempo sus ojos de pupilas claras, con las córneas un poco purpúreas, miraban al joven como diciéndole: «Lo sé todo y envidio su buena suerte».
En realidad, había pensado muchas veces en Rosaura como algo que se admira de muy lejos, con el convencimiento de no poseerlo nunca. Una mujer así hubiese redondeado su vida de «artista». Pero juzgándola fuera de su alcance, dedicaba una parte de la mencionada admiración á los que habían sido más dichosos que él, viendo en Claudio un reflejo de la personalidad de la otra.
Esta era la causa, tal vez, de que lo invitase con frecuencia á su palacio, conversando ambos en la vasta biblioteca, cuyos libros parecían luminosos por la rutilancia de sus encuadernaciones.
--Yo soy un creyente--dijo una tarde después de haber almorzado con Borja--. Acepto cuantas reglas me imponga la Iglesia; pero al mismo tiempo soy muy humano y conozco las debilidades del hombre, consecuencia lógica de su imperfección. Simpatizo con los Borgia, sin que esto disminuya mi catolicismo. No incurriré en el absurdo de querer hacer de ellos unos santos calumniados, como algunos de sus panegiristas; pero tampoco fueron unos demonios, como quieren sus detractores. En punto á pecados, resultaron iguales á sus contemporáneos, y si alguna vez llegaron un poco más lejos que ellos (un poco nada más), fué por la fogosidad excesiva, por la tendencia al contraste y á desafiar á la opinión, propias de las gentes del Mediterráneo... Todos ellos se mostraron religiosos y creyentes. No hablemos de Calixto III, varón de santa memoria. Alejandro VI, el Borgia más abominado, fué un Pontífice eminente, que manejó con maestría los intereses de la Iglesia y la dejó poderosa, hasta el punto de que su adversario y sucesor Julio II le debe la mayor parte de su grandeza, heredada de él. Usted sabe que Rodrigo de Borja mostró siempre una sincera devoción á la Virgen y llevaba á todas horas una hostia consagrada dentro de un relicario de cristal pendiente del pecho ó de una muñeca, para poder comulgar sin pérdida de tiempo en el caso de que le sorprendiera la muerte.
Hizo don Manuel una pausa, mientras parecía retroceder con su pensamiento á través de la Historia.
--Los que juzgan el pasado con arreglo á su mentalidad moderna--siguió diciendo--se equivocan de un modo lamentable y no pueden comprender el alma de los hombres de aquellos tiempos. Era más compleja que la nuestra; vivían en el período renacentista, donde todos luchaban entre las ansias de placer, despertadas por la literatura, y una educación cristiana adquirida en su juventud. Comprendo perfectamente la devoción mística por la Virgen que mostró el papa Alejandro, la Santa Forma acompañándole á todas horas, y al mismo tiempo sus varios hijos ilegítimos, su lubricidad acometedora, sólo comparable á la del animal que figura en su escudo.
Casi todos los cardenales y muchos Pontífices eran parecidos á él. Aún no se habían purificado las costumbres eclesiásticas para hacer frente á las críticas de los protestantes. Los Papas vivían como reyes, teniendo sus mismos defectos, y los cardenales como príncipes laicos. Estaba lejos todavía el Concilio de Trento con su nueva disciplina eclesiástica. Los pecados de la carne cometidos por gentes de la Iglesia provocaban regocijados comentarios, nunca indignación ó severidad, como ahora.
Enciso se valía de una imagen para aminorar los defectos de Rodrigo de Borja y de los Papas y cardenales de aquella época, igualmente culpables por sus lascivias y escándalos. Los comparaba al soldado que merece castigo por faltar á los reglamentos militares: desobediencia á sus jefes, mal ejemplo para sus compañeros, palabras sediciosas, costumbres desmoralizadoras. Pero este soldado criminal no es un traidor á su país, no ha renegado de su bandera, no ha servido á los enemigos de su patria.
Aquellos Pontífices y cardenales pecadores continuaban siendo, en medio de sus desórdenes, buenos católicos, y muchas veces (el caso de Alejandro VI) servían á la grandeza de la Iglesia mejor que los Papas virtuosos, gracias á su talento y á su carácter. Ninguno de ellos incurría en herejías; antes bien, se mostraban intolerantes y enérgicos en la defensa de la fe.
--Rodrigo de Borja se preocupó en todo momento de mantener la pureza del dogma y ensanchar los dominios de la Iglesia. Esta no perdió nada durante su pontificado; al contrario, aumentó enormemente su poder temporal. Era sobrio en la mesa, apenas bebía vino, nunca se mostró jugador, como Scarampo, los Riario y otros cardenales. Su pecado fué gustarle las mujeres de un modo irresistible, hasta en su más extrema ancianidad, sin incurrir nunca en el «vicio griego», como muchos de sus compañeros de cardenalato... Podía haber ocultado fácilmente sus hijos, por ser ilegítimos, llamándolos «sobrinos», á imitación de otros Pontífices; pero este español era incapaz de tapujos é hipocresías en sus afectos. Amaba á sus retoños con un apasionamiento extremado de meridional; fué un «padrazo», preocupándose sin recato de engrandecerlos. Una lujuria de toro bravo, siempre fecunda, y un ambicioso deseo de elevar á su prole, fueron los dos grandes defectos de este varón, indiscutiblemente superior, por la firmeza de su carácter, por su coraje reposado y sereno y por sus talentos de gobernante, á todos sus contemporáneos.
Animado Enciso por la atención con que le escuchaba Claudio, siguió comunicándole algunas particularidades de la vida de sus remotos antepasados, seguramente desconocidas para él. Guardaba en su biblioteca cuanto se había escrito acerca de los Borja, convertidos en Borgia al establecerse en Roma. Todos le eran familiares; sabía cómo habían sido sus casas, su manera de vivir, sus comidas, sus aventuras.
Describió el segundo palacio de Rodrigo de Borja con arreglo á una carta recientemente descubierta del cardenal Ascanio Sforza, su amigo más íntimo en el Sacro Colegio.
El cardenal de Valencia, frugal en su mesa ordinariamente, daba una espléndida cena á Sforza y otros tres príncipes eclesiásticos, entre ellos Juliano de la Rovere. Todo el palacio estaba adornado con magnificencia, siendo admirables los tapices que cubrían las paredes, representando sucesos históricos. Cada uno de los salones, según la moda de entonces, tenía un rico lecho de aparato, por considerarse este mueble el más importante de todos. Las alfombras y tapices estaban en perfecta armonía de colorido con el resto del decorado. En el último de los salones, el lecho de honor era de tela de oro y las alfombras traídas de Egipto. Había varias credencias ó aparadores, con vajillas de oro y plata cinceladas por los más famosos orfebres de la época.
--En aquel momento--continuó el diplomático--, Borja y Rovere eran amigos. Se juntaban y apartaban según las conveniencias políticas; pero en realidad Rovere mostrábase más implacable en su odio, por no hallarse éste exento de envidia. Sentíase indignado sordamente por los éxitos mundanos del cardenal de Valencia, por aquel «imán misterioso» que atraía de un modo irresistible á las mujeres, según decían los cronistas, por la certeza de que iba á ser Papa antes que él, no obstante la influencia que venía ejerciendo sobre Inocencio VIII, influencia que indignaba á muchos embajadores, haciéndoles gritar que «ya tenían bastante con un Pontífice y no necesitaban dos».
Junto á la cama de Inocencio VIII, enfermo de muerte, disputaban un día ambos cardenales, faltando poco para que viniesen á las manos. Borja, vicecanciller de la Iglesia, no podía admitir los aires de verdadero Papa que se daba Rovere... Y el cardenal de Valencia, siempre alegre, insinuante y cortés, resultaba temible cuando, de tarde en tarde, conseguía algún enemigo que montase en cólera.
Era grande, vigoroso, ágil para la acción, y tenía la costumbre de ir casi siempre en traje seglar y ciñendo espada.
Ascanio Sforza, el cardenal más amigo suyo, gustaba especialmente de la caza, y como recibía al año rentas eclesiásticas por valor de millón y medio de francos oro, ningún monarca de la tierra poseía caballos, perros y halcones como los suyos, con todo el personal necesario para el cuidado de tantas y tan costosas bestias.
--Cardenales como Borja, Sforza y Rovere--siguió diciendo Enciso--no eran una excepción. Casi todos los de entonces, á semejanza de los senadores de la antigua Roma, vivían rodeados de una curia de parásitos, á más de sus numerosos sobrinos ó hijos. Cabalgaban vistiendo traje guerrero, iban á diario con capa y espada, tenían en sus palacios una servidumbre de centenares de personas, aumentándola en caso de peligro con tropas de matones á sueldo. Los más ricos y mundanos capitaneaban una facción de partidarios de su nombre, porfiando entre ellos por quién desplegaría mayor esplendidez en las fiestas del Carnaval, costeando carros triunfales llenos de máscaras, orquestas y cantores para dar serenatas, ó compañías de cómicos que representaban en medio de la calle, ante sus palacios.
La antigua nobleza de Roma veíase humillada por los príncipes de la Iglesia. Cada uno de los cardenales tenía sus pintores, sus escultores, y sobre todo sus humanistas y poetas, que componían obras en loor suyo ó de su familia.
Rodrigo de Borja había tenido un hijo, llamado Pedro Luis, de una dama romana cuyo nombre se ignoró siempre, y una hija, Jerónima, habida probablemente de otra madre. Esto ocurrió algunos años antes de 1468, fecha en que el cardenal de Valencia, que se había mantenido hasta entonces simple diácono, tuvo que recibir la orden sacerdotal para posesionarse del obispado de Albano.