A los pies de Venus (los Borgia)
Part 10
Rodrigo de Borja, uno de los más jóvenes, tenía delante á otros príncipes eclesiásticos de mayor edad, que le superaban en opulencia. El más famoso, Scarampo, almirante pontificio, era apodado «el cardenal Lúculo» por los derroches de su mesa. Al mismo tiempo que mantenía numerosos palacios y costosas amantes, daba protección al célebre pintor Mantegna. Otro cardenal, el francés Guillermo de Estouteville, poseedor de incalculables rentas, vivía igualmente como un príncipe seglar, con numerosos hijos, sin miedo á los escándalos que provocaba su vida licenciosa y pensionando también á pintores y escultores.
Al fallecer estos dos magnates eclesiásticos, Rodrigo de Borja quedó á la cabeza de los cardenales que la gente llamaba «aseglarados», á causa de sus costumbres.
Paulo II moría casi repentinamente en 1471 á consecuencia de un hartazgo de melones, después de cenar al aire libre en los jardines del Vaticano, á la hora en que la atmósfera parecía más envenenada por las pestilencias palúdicas.
Como los venecianos habían sido los más influyentes durante el pontificado de su compatriota, el pueblo de Roma los aborrecía, lo mismo que años antes á los sieneses y á los españoles. Otra vez Rodrigo de Borja, que figuraba al frente del importante grupo de cardenales aseglarados, ricos, audaces é inquietos, influyó en la elección pontifical, ayudado por sus compañeros Gonzaga y Orsini, que tampoco eran de mejores costumbres. Fué el elegido un genovés, antiguo fraile, el cardenal Francisco de la Rovere, que tomó el nombre de Sixto IV.
La primera preocupación del nuevo Pontífice y del Sacro Colegio fué buscar los tesoros reunidos por Paulo II durante su pontificado. Poco antes de su fallecimiento había hecho saber al consistorio que guardaba medio millón de ducados para hacer la guerra á los turcos si los príncipes de la cristiandad se decidían á ayudarle. Lentamente fueron descubriendo estas riquezas que el Papa noctámbulo había ocultado en distintos lugares: cincuenta y cuatro copas de plata llenas de perlas, enorme cantidad de oro sin labrar, numerosas piedras preciosas y cuatro depósitos de moneda acuñada, que sumaban más de cuatrocientos mil ducados. Todos estos tesoros se confiaban á la custodia del obispo de Calahorra, alcaide del castillo de Sant Angelo.
Era el cardenal Borja quien ceñía la tiara al nuevo Pontífice, viendo asegurada por tercera vez su autoridad en el manejo de los negocios de la Santa Sede. Pero aunque Sixto IV le apreciaba en mucho y lo favorecía con valiosos donativos, se fué entregando á la influencia de sus nepotes, que formaban dos grupos igualmente rapaces, los Rovere y los Riario, hijos estos últimos de una de sus hermanas.
A la cabeza de los Rovere estaba Juliano, cardenal de carácter ardoroso y enérgico, semejante en costumbres y ambiciones á Rodrigo de Borja, sobrino de Papa como éste, licencioso en su vida, lo mismo que el cardenal de Valencia, amigos ambos unas veces por la comunidad de gustos, y tenaces adversarios en otras ocasiones, hasta los mayores extremos de enemistad. Juliano de la Rovere había de ser el eterno conspirador contra Alejandro VI, ciñéndose la tiara, después de la muerte de éste, con el nombre de Julio II.
En realidad, Sixto IV mostraba mayor afecto por otro sobrino suyo, Pedro Riario, al cual hizo cardenal teniendo veinticinco años. Juliano no pasaba de los veintiocho cuando recibió la púrpura al mismo tiempo que su primo. Muchos contemporáneos tenían la certeza de que el cardenal Riario era hijo, y no sobrino, de Sixto IV, explicándose así que el Pontífice lo prefiriese á Juliano de la Rovere, de más talento y carácter.
Jamás llegaron los Borgia á las fastuosidades de este cardenal Riario, presunto hijo del Papa, el cual pasó repentinamente de ser un pobre frailecito á malgastar las riquezas de la Santa Sede. Le dió su padre tantos obispados, abadías y otros cargos fructuosos, que sus rentas anuales ascendieron á tres millones de francos oro, y aun con esto no tenía bastante para su desatinada prodigalidad.
Sólo comía en vajilla de oro; montaba los más valiosos corceles; su servidumbre vestía de seda y púrpura; iba á todas partes llevando un cortejo de poetas y pintores; daba la importancia de negocios de Estado á la organización en sus palacios y jardines de funciones teatrales y representaciones bélicas. «Quiso competir--dijo Platina, el humanista protegido por él y nombrado por Sixto IV bibliotecario del Vaticano--con todos los personajes antiguos en grandiosidad y magnificencia... lo mismo en las cosas buenas que en los vicios.»
Este joven, que era fraile franciscano meses antes, andaba por sus palacios con vestiduras de oro y «cubría á sus amigas de perlas finas desde la cabeza á los pies». Los personajes que pasaban por Roma, reyes cristianos de Oriente empujados por el avance de los turcos, ó soberanos occidentales, no podían disimular su asombro ante las fiestas con que les obsequiaba el cardenal Riario.
Hacía construir palacios de madera para banquetes de gala que sólo duraban unas horas, deshaciéndolos á continuación. Cada servicio lo anunciaba su senescal entrando á caballo en el comedor, con traje distinto y seguido de músicos que escoltaban los platos.
A una princesa de la dinastía Aragón de Nápoles la obsequiaba con un banquete que duró seis horas, sirviéndose en su transcurso cuarenta y cuatro platos, ciervos enteros asados con su piel, cabras, liebres, terneros, grullas, pavos y faisanes conservando su plumaje. El plato más enorme, llevado en hombros por una docena de servidores vestidos de seda, tenía la apariencia de un oso de tamaño natural, con un palo en la boca. El pan había sido dorado, y los peces, así como otros manjares, llegaban á la mesa cubiertos de plata. En las obras de confitería intervenían los mejores escultores de Roma. Los doce trabajos de Hércules, todos ellos con personajes de dimensiones ordinarias, estaban esculpidos en materias azucaradas. Otro plato era una montaña con una sierpe gigantesca que se movía lo mismo que un reptil viviente.
También desfilaban ante las mesas castillos embanderados, todos de confitería, y estas obras eran arrojadas á continuación por los balcones del comedor sobre el populacho, que coreaba desde fuera con sus gritos las músicas del banquete. Igualmente estaban hechos de turrón y otras materias semejantes diez navíos que se presentaban cargados de peladillas en forma de bellotas, por figurar la bellota en el escudo de los Rovere. Como final, aparecía Venus en su carro de nácar tirado por cisnes; una montaña que se partía, saliendo de ella un poeta para expresar en forma rimada su admiración ante tal banquete; y tropas coreográficas de mujeres, bailando danzas antiguas, pretexto, según el gusto de entonces, para excitar la concupiscencia.
En los tres años que duró su cardenalato, gastó Pedro Riario 300.000 ducados de oro (varios millones de la moneda actual), dejando aún deudas por valor de 60.000. Sixto IV le lloraba con un dolor de padre, olvidando sus despilfarros y la enfermedad crapulosa que ocasionó su muerte en pocos días, viendo solamente lo que este joven, digno de su época, había hecho en favor de las artes, protegiendo á pintores, escultores y arquitectos. Todos los poetas de Roma le lloraron en sus versos como un nuevo Mecenas.
La desaparición de Pedro Riario dejó campo libre á las ambiciones de su primo Juliano de la Rovere. Además, éste pudo robustecer su influencia entre los cardenales aseglarados, sin obstáculo alguno, por hallarse Rodrigo de Borja fuera de Roma.
Pretendió Sixto IV organizar de nuevo la cruzada contra los turcos, enviando legados á las principales potencias cristianas para que le ayudasen en dicha empresa. A Borja le encargó que fuese á España, emprendiendo éste el viaje en Mayo de 1472.
Era la primera vez que regresaba á su patria, de la que había salido siendo adolescente, y luego de dicha visita nunca volvió á ella. Según era costumbre, todos los cardenales residentes en Roma escoltaron á su compañero hasta la puerta de San Pablo, dándole el beso de despedida. En el puerto de Ostia tuvo que aguardar á que pasase un furioso temporal, y emprendió su navegación días después en dos naves del rey Ferrante de Nápoles, haciendo escala en Córcega y llegando el 17 de Junio á la playa de Valencia.
Llevaba con él varios obispos italianos, abades, jurisconsultos, poetas, que le servían de secretarios, y dos pintores napolitanos que acabaron quedándose en España.
Valencia era entonces la ciudad más rica del Mediterráneo español y la de costumbres más alegres y libres. Juan II, padre de Fernando el Católico, vivía en incesante lucha con los catalanes, negándose Barcelona á reconocer su autoridad, y todo el movimiento marítimo había pasado á Valencia. Su puerto era desde el reinado de Alfonso V un centro receptor y distribuidor del comercio con Italia.
Recordaba Claudio Borja lo que había leído en las Memorias de un tal Münzer, viajero alemán que visitaba dicha ciudad en el último tercio del siglo XV, admirando sus campos de limoneros, naranjos y palmeras, y aún más la elegancia de sus mujeres.
«Las valencianas--decía el alemán--visten con singular pero excesiva bizarría, pues van descotadas de tal modo, que se les pueden ver los pezones, y además, todas se pintan la cara y usan afeites y perfumes, cosa en verdad censurable. Los habitantes de Valencia acostumbran á pasear de noche por las calles, en las que hay tal gentío que se diría estar en una feria, pero con mucho orden, porque nadie se mete con el prójimo. Las tiendas de comestibles no se cierran hasta medianoche. No hubiera creído que existiera tal espectáculo á no haberlo visto.»
Esta ciudad rica y jocunda, que parecía reflejar las costumbres de la Italia del Renacimiento, situada enfrente, en la otra ribera del Mediterráneo occidental, recibió al embajador del Papa con el mismo aparato que si fuese un rey. Tuvo que pasar Rodrigo de Borja dos días en un monasterio inmediato, mientras preparaban su recibimiento. El cortejo ocupó una extensión de dos kilómetros. El cardenal de Valencia entró á caballo, bajo un palio que sostenían los personajes más importantes de la ciudad, entre timbales y trompetas, por calles cubiertas de ricos tapices, precediéndole todas las parroquias con cruz alzada y numerosas hermandades. En días sucesivos empezaron los banquetes dados por Borja en su palacio episcopal.
Este vicecanciller de la Santa Sede poseía, además de las ricas mitras de Valencia, Cartagena y Oporto, numerosas abadías, y la fortuna heredada de su hermano Pedro Luis. Todas sus rentas las gastaba espléndidamente.
Viviendo en Roma, había vencido en 1461 á los cardenales más opulentos cuando se estableció una pugna entre ellos por quién arreglaría mejor la fachada de su palacio en la fiesta del Corpus. El pueblo romano lo apreciaba como el más generoso y munificente de los príncipes de la Iglesia. También había sobrepasado á sus compañeros del Sacro Colegio al disponer Pío II grandes fiestas para recibir en Roma la cabeza del apóstol San Andrés, y al intentar dicho Pontífice la organización de una escuadra contra los turcos. En esta ocasión era el único que le obedecía, regalando un buque completamente armado.
La gula resultaba, según sus enemigos, el solo vicio ignorado por él. Le gustaba comer un plato único, pero abundante, y cuando fué Papa los cardenales temían como una desgracia que los invitase á su mesa. Tampoco mostraba afición al vino, condición de muchos hombres del Mediterráneo, enérgicos y ardorosos, y cuando lo bebía era mezclado con agua.
Todo esto no fué obstáculo para que el fastuoso cardenal--obispo de Valencia--diese grandes banquetes en su palacio. La ciudad había adornado sus calles en relación con la especialidad de los comerciantes ó menestrales establecidos en ellas. En la Tapinería, donde trabajaban los fabricantes de _tapines_ ó chapines, calzado alto, inventado por los moros, que aumentaba la estatura de las mujeres y cuya moda se extendía hasta Venecia, las casas se mostraban cubiertas de chapines de los más caros, que tenían las suelas con adornos de oro, plata y diamantes. En la calle de las Platerías los orfebres ostentaban sobre tapices de brocado sus obras más suntuosas, y en la Puerta Nueva, cerca del sitio donde se iba á construir poco después la famosa Lonja, aparecían revestidos los edificios, del tejado al suelo, con piezas de ricas telas. Los señores circulaban entre la muchedumbre montados en mulas y llevando á la grupa su dama.
El sobrino de Calixto III era saludado por el pueblo como una gloria nacional. Todos presentían que iba á ser Papa como su antecesor. Tuvo que abandonar la ciudad para ir en busca del rey de Aragón y su hijo, el futuro don Fernando el Católico, que estaban sitiando á Barcelona. Este último se había casado con la princesa Isabel, hermana del rey de Castilla, y necesitaba que le ayudase el cardenal para la legitimación de dicho matrimonio.
Como los que se llamaron después Reyes Católicos eran parientes en tercer grado de consanguinidad, habían visto negada por el papa Paulo II la dispensa necesaria para su casamiento. El Pontífice obedecía á las sugestiones de los reyes de Castilla y de Portugal, opuestos á la mencionada unión. Pero el entonces arzobispo de Toledo, don Alfonso Carrillo de Acuña, hombre enérgico, de pocos escrúpulos en las cosas eclesiásticas por considerarlas como propias, falsificó una dispensa del Papa, y el matrimonio pudo realizarse fingiendo los Reyes Católicos no estar enterados de dicha irregularidad.
Después, cuando Isabel la Católica mostró remordimientos, viéndose en estado de concubinaje según las leyes de la Iglesia, el cardenal Rodrigo de Borja, que se había interesado por los dos, como español, obtuvo una bula de Sixto IV, en la cual recriminaba el Pontífice á los contrayentes por haberse ido á vivir juntos sabiendo que su casamiento era nulo; pero de todos modos comisionaba al actual arzobispo de Toledo para que lo revalidase.
Esta dispensa, en realidad, no era gratuita. Sixto IV esperaba que á cambio de ella don Fernando, rey de Sicilia y heredero de la corona de Aragón, diese barcos y hombres para la cruzada contra los turcos.
Luego de pasar varios meses en Cataluña volvió á Valencia el legado para avistarse con don Pedro de Mendoza. Este era entonces obispo de Sigüenza nada más, y Borja le traía el capelo cardenalicio. En adelante fué el famoso cardenal Mendoza, que llegó á ministro universal, llamándole muchos por su influencia «el tercer rey de España».
Viajaba don Pedro de Mendoza con más aparato que los monarcas, siendo su lujo tan grande como el de los más fastuosos cardenales. Entró en Valencia precedido de una música de negros á caballo, entre muchos señores castellanos que llevaban sobre sus pechos pesadas cadenas de oro, y seguido de una escolta de doscientos jinetes y una tropa no menor de halconeros y monteros. Como Borja conocía la esplendidez del prelado de Castilla, lo obsequió con un banquete que hizo recordar á los cronistas de Valencia el lujo de Alfonso el Magnánimo.
Entre ricas tapicerías estaba servida la mesa, con letras góticas sobre el mantel hechas de flores, que repetían la leyenda del escudo episcopal de Borja: _Ave Maria gratia plena_. Ocho obispos pertenecientes á ambas comitivas sentábanse al banquete, con los dos poderosos magnates eclesiásticos y numerosos invitados seglares.
El lavatorio de las manos lo hacían en «grandes bacines de plata dorada con el fondo de esmalte», poniéndose inmediatamente sobre la mesa varias copas llenas de jengibre verde, planta aromática que se mezclaba entonces en todas las salsas. Luego aparecían siete grandes platos con dos pavos cada uno rodeados de numerosas perdices, siendo doradas las cabezas de aquellos animales y pendiendo de sus cuellos cartelitos con el escudo de los Borja. Desfilaban á continuación cuatro fuentes de plata, enormes como rodelas, llevadas cada una por cuatro hombres, en las que había altísimos pastelones rellenos de ocas, ánades, fúlicas, palomos, gallinas, terneras, cabritos y otras viandas. Todos estos manjares eran acogidos con músicas de los ministriles, que ocupaban un tablado, y llevaban su escolta correspondiente de salsas.
A continuación eran presentados dos soberbios platos, teniendo ambos el aspecto de una montaña cubierta de verdura, sobre cuya cúspide se erguía un pavo con todo su plumaje y la cabeza intacta, lanzando por su pico un chorro de agua perfumada. Y mientras los trinchantes cortaban la carne por debajo de las alas, los dos pavos seguían derramando sus fuentes de perfume. Luego venía la «comida blanca», llamada así por ser de leche, huevos y gran abundancia de azúcar, terminándose el banquete con numerosas variedades de confites y conservas dulces.
Duraban muchos días los festejos y mascaradas, y una vez más el cardenal Borja abandonaba Valencia para irse á Castilla, siendo recibido en Madrid con gran pompa y bajo palio, al lado del rey don Enrique, apellidado «el Impotente», que iba á su izquierda. Se esforzaba el cardenal por inclinar al monarca á favor de la sucesión de su hermana doña Isabel, contra las pretensiones de los partidarios de su hija única, apodada «la Beltraneja», por creerla adulterina, ocasionándole todo esto grandes enemistades. Al fin, conseguía que don Enrique hiciera las paces con su hermana y su cuñado Fernando, y en Julio de 1463 volvía de nuevo á Valencia, preparando su regreso á Roma.
Esto fué en el mes de Septiembre. Muchos valencianos de familia noble y otros dedicados á las Letras se dispusieron á seguir al cardenal. Tenían gran fe en su porvenir, repitiendo la tradicional marcha á Roma de los españoles en tiempos de Calixto III.
Varios centenares de caballeros y estudiantes componían ahora el cortejo del legado. Todos se dirigieron al puerto tan alegres «que parecía iban á bodas», según expresión de un cronista contemporáneo. Los del nuevo cortejo y los del antiguo, llegado con el cardenal, se embarcaron en dos navíos venecianos, cuyos capitanes hacían pagar de un modo abusivo el precio del pasaje.
Apenas salidos al mar, se desencadenó una de las horribles tempestades que agitan el Mediterráneo al iniciarse el otoño, acompañándoles dicha tormenta en toda su travesía, que duró más de un mes, por haber tenido que refugiarse en varios puertos.
El 10 de Octubre, hallándose frente á Liorna, se recrudeció la tempestad, y asaltando las olas de través á una de las galeras la echaron á pique, desapareciendo instantáneamente. La otra nave, rota la quilla y descuadernada, pudo aproximarse á tierra, salvándose el cardenal Borja con algunos señores de su séquito.
Al día siguiente aparecían en la playa más de doscientos cadáveres, entre ellos los de tres obispos italianos y otros personajes que habían seguido al legado en su viaje á España. Setenta y cinco familiares de la servidumbre del cardenal se ahogaron igualmente, y con ellos doce jurisconsultos, seis caballeros y gran número de jóvenes valencianos que iban á Roma por el gusto de vivir en ella ó para estudiar en la Universidad de Bolonia.
Todas las ropas y alhajas del fastuoso cardenal se perdieron, así como gran cantidad de valiosos regalos que le habían hecho en España reyes y próceres, y numerosas cajas de vajilla de Manises.
Rodrigo de Borja no llevaba mas que la camisa puesta cuando los tripulantes de la encallada nave lo sacaron en hombros. Su valor sonriente había infundido admiración á los más duros marineros.
Según costumbre de la época, los habitantes de la costa, que consideraban todo naufragio un presente de Dios, se arrojaron sobre el buque, robando lo que no se había llevado el mar y apoderándose igualmente de las ropas de los cadáveres.
Volvió el cardenal de Valencia de su legación en España con las manos vacías, pero Sixto IV le hizo un recibimiento como si hubiese obtenido éxitos enormes á favor de la Santa Sede. En realidad, traía grandes promesas de los reyes españoles para ayuda de la cruzada, pero ninguna de ellas llegó á cumplirse.
A partir de este viaje, empezó Rodrigo de Borja á tropezar con la influencia cada vez más grande del cardenal Juliano de la Rovere. Los dos eran igualmente hábiles, de carácter enérgico y pocos escrúpulos, con arreglo á la política de entonces; pero Borja llevaba la ventaja de su serenidad majestuosa, su valor tranquilo, su cautela, que le hacía contenerse á tiempo y no decir palabras irreparables. Juliano era más impetuoso, y parecía repulsivo á muchos por sus cóleras sombrías y sus venganzas. Adivinando Borja que Rovere preparaba su candidatura para el Papado, empezó también á pensar en su propia persona como aspirante á la tiara.
Celebró el pueblo romano, en 1481, con fiestas é iluminaciones la muerte de Mohamed, el terrible sultán conquistador de Constantinopla. Sixto IV había conseguido reunir una flota de treinta y cuatro barcos, mandada por un cardenal. Esta escuadra pontificia, con otros buques del rey de Nápoles, reconquistó á Otranto, puerto tomado por los turcos; pero después de tal victoria tuvo que volverse, por la flojedad de su almirante y la insubordinación de la marinería, asustada de la gran mortandad que empezaba á causar en ella la peste. Una vez más fracasaba el Papado en su guerra contra los turcos.
Continuó Sixto IV hasta su muerte sustituyendo los cardenales que fallecían con otros, en su mayor parte de vida mundana y pocos años. Mientras tanto, sus numerosos sobrinos, todos príncipes de la Iglesia, eclesiásticos ó laicos, se dedicaban á deplorables operaciones, concediendo por dinero las cosas más santas. Hasta el mismo Papa era acusado, sin prueba alguna, de dedicarse al acaparamiento de cereales para venderlos más caros al pueblo.
Al morir Sixto IV, en Agosto de 1484, el vecindario romano se entregaba á mayores excesos que al finalizar los Papados anteriores. Odiaba ahora á los genoveses, escandalosamente protegidos por el Papa difunto. La muchedumbre asaltó el palacio de su sobrino Jerónimo Riario, saqueándolo de tal modo que sólo quedaron las paredes. Hasta los árboles de su jardín desaparecieron. Todo lo que en Roma pertenecía á genoveses fué robado ó destruído: numerosos almacenes de cereales, dos barcos cargados que estaban en el Tíber, muchas tiendas de comestibles.
Este trastorno general iba á provocar una vez más la guerra civil entre Colonnas y Orsinis. Los vecinos se ocultaban en sus casas. Los palacios de los cardenales aparecían transformados en fortalezas. Especialmente Juliano de la Rovere y Rodrigo de Borja habían guarnecido sus elegantes viviendas con tropas de mercenarios á sueldo, levantando además bastiones de tierra ante las puertas, con abundante artillería. Toda la gente belicosa de la ciudad estaba en armas, dispuesta á la batalla.
Finalmente las gestiones de los cardenales más viejos lograban establecer cierta calma, y se reunía el cónclave para elegir el nuevo Pontífice.
Borja y Rovere iban á luchar frente á frente en esta elección; pero como ambos eran astutos y veían sin engaños la realidad, se dieron cuenta de que aún no había llegado su hora.
El número de cardenales aseglarados había sido aumentado por Sixto IV y ya no era Borja su único capitán. Rovere, sobrino de Papa lo mismo que él, rico, fastuoso, mujeriego y además muy jugador, dirigía igualmente á estos príncipes de la Iglesia semejantes en pasiones y vicios á los magnates laicos.
Algunos cardenales de sanas costumbres pensaron en elegir á su compañero Juan Moles, que era español y se había mantenido ajeno á las contiendas de Roma, viviendo con el decoro de un anciano virtuoso; pero su nacionalidad resultaba un obstáculo, y los italianos desistieron de su candidatura. Todos los embajadores residentes en Roma creían en la elección de Rodrigo de Borja, y él había fortificado su palacio para que no lo saqueasen, considerando seguro, durante algunos días, su próximo triunfo.